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ISMAIL

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Mi amigo Ismail es buena gente. Nació en un pueblecito colgado en las laderas del Rif y cuando se hartó de pasar hambre y de pastorear una punta de escuálidas cabras -lo que constituía su labor diaria desde que cumplió los siete años-, reunió lo suficiente y se embarcó en una patera rumbo a España. De eso hace ya muchos años. Ahora Ismail es padre de familia, vive en el pueblo y respeta y es respetado por sus vecinos. Trabaja ocasionalmente en época de fruta, cobra en negro a cuatro euros la hora, y el resto del tiempo subsiste gracias a su pensión no contributiva. Los años de duras labores campesinas no perdonan y su espalda se resiente de vez en cuando, pero tiene una buena cobertura médica y su incipiente diabetes se controla perfectamente con las tiras coloreadas de que lo proveen regularmente en su centro de salud. Su mujer contribuye al mantenimiento de la casa cuidando hijos de otras vecinas magrebíes que tienen trabajo en las industrias de la localidad. Ismail viste a ...

LA MAR

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Durante mis primeros años el mar fue una perspectiva inabarcable por la que unos cuantos pilluelos nos aventurábamos en un esquife de remos. Llenos de sueños infantiles, pretendíamos emular hazañas mal leídas y peor interpretadas en las que se mezclaban sin tino Colón con los Vikingos de Vineland, El Corsario Negro y la Perla de Labuán, o Sandokán con sus tigres de Mompracem. Tardé poco   (lo que tardan en desvanecerse los sueños infantiles) en averiguar que aquel era un mar finito y limitado, “una laguna interior”, como dicen ahora los folletos turísticos en un vano intento de atraer extranjeros con posibles, y que “el mar mayor” como llamábamos a la enorme extensión que comenzaba al otro lado de la Manga, era el auténtico mar, el mar inabarcable. Poco después, anclado en Tarragona durante una temporada, descubrí fascinado aquella extensión de vacío azul con cargueros no más grandes que una hormiga en lontananza, observados desde el “Balcón del Mediterráneo”. Allí pasé la...

PADRE, HIJO Y BURRA

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Debo aclarar, para no vestirme con plumas ajenas, que el origen de esta historia es un cuento de padre incierto, posiblemente hindú, que conoce muchas versiones, en una de las cuales adaptada a mi tierra, lo he oído contar. Pues señor, esto era una vez un campesino dueño de unas viñas distantes del pueblo en que vivía. Llegado el tiempo de la escarda levantóse una mañana al alba y ordenó a su hijo, mozo sólido y trabajador, que aparejara la burra para llegarse hasta el majuelo. Salieron, padre hijo y burra, y a poco, tropezaron con un vecino que les dijo: —Se ve que queréis mucho a la burra, que va de señorita; por lo menos podría montar el más viejo. Hízolo así el padre y siguieron caminando un trecho hasta encontrar a otro vecino que les dijo: — ¿A escardar vais?   ¿Y quién ha de trabajar más duro? —El mozo, como es de ley —Pues entonces, bien podría ir él montado, que llegaría más fresco Recapacitó el padre, y encontrando justa la sugerencia que nadie ha...

COLECCIONISTAS Y COLECCIONES

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Decía mi profesor de Antropología en un libro titulado “El animal paradójico” (algunos traviesos alumnos lo remedaban de forma burlesca como “El animal parapléjico”) [1] , que el afán de coleccionismo es lo que sitúa al hombre, desde tiempos prehistóricos, en su auténtica dimensión humana. El utensilio no existe sino en un ciclo operatorio y la colección de utensilios del Australopitécido nos habla de un lenguaje de posibles, una visión de del futuro, de lo por-venir que descarta selectivamente (en el hecho mismo de hacer tal selección) una serie de imposibilidades funcionales, de actos. Lo posible prevalece siempre sobre lo real y lo real no es más que el residuo de lo posible . En lenguaje más pedestre, el afán de coleccionar parece estar estrechamente ligado con el de poseer el utensilio o el bien para siempre, con el afán por trascender uno mismo a través de los objetos; en definitiva, con la conquista de un futuro eterno ante el miedo de la extinción que nos amenaza desd...

JULIO Y SU SEÑORA, CON CIFUENTES AL FONDO

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Cayo Suetonio Tranquilo (70-126) fue un gran escritor romano al que pirraban las noticias de alcoba. Se tomó la molestia de investigar la vida y milagros de ‘Los doce césares’ (desde Julio a Domiciano) para dejar a la posteridad un interesante libro, hasta hoy lectura obligada en las facultades de historia.  Una de las muchas historias que relata se refiere a Pompeya, esposa de Cesar, de la que se sospecha que el taimado Julio quería deshacerse de forma que no ofendiera a las leyes ni a la sociedad. Para ello, aprovechó que en unas fiestas sólo para mujeres (ya entonces un incipiente feminismo –al menos entre las clases altas- comenzaba a manifestarse), llamadas de la Bona Dea , se había colado un enamorado de Pompeya, llamado Clodio. Enterado Cesar de la profanación festera y haciendo aparecer a su esposa como cómplice del hecho (al parecer sin serlo), aprovechó la ocasión para repudiarla basándose en el evanescente principio de que ‘la mujer del Cesar no solo debe ser hones...

TRES CANTORES Y UNA DAMA CON PEINETA

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El Hogar del Pensionista ofrecía un aspecto desangelado. La gente había acudido en masa a la procesión del resucitado, la más folclórica del pueblo. En ella, para alivio del cuerpo y lenitivo del alma después de los pasados días de congoja, es tradición regalarse con empanadillas y otras exquisiteces de bollería, donadas por los generosos cofrades o adquiridos con cargo al peculio propio. El Cacaseno, renuente a los festejos religiosos, desmenuzaba la prensa en una mesa apartada cuando llegó Fernández. —¿Qué?, poniéndote al día de los festejos populares. —Calla, calla, que estoy ojeando el periódico local y parece la hoja dominical de la parroquia.   —Pues que quieres, en estas fechas ya se sabe… —Lo digo por los cantores del himno de la legión y la señora del diferido con teja y mantilla. Pa mear y no echar gota. —No me digas que no te parece bien que canten. —No te quedes conmigo, Fernández, que no soy Juan de la Cirila. —Por cierto, Juan estará viendo p...

DE PENSIONES Y OTRAS HIERBAS (AMARGAS)

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Cuando llegamos al Hogar del Pensionista, el Cacaseno ya llevaba un buen rato estudiando el periódico (si dispone de tiempo, el Cacaseno parece que quiera memorizar el diario a juzgar por el deleite con que se detiene en cada una de sus páginas), y al parecer, no estaba nada satisfecho con su estudio. Fernández, el provocador, atacó enseguida: —No te veo muy conforme esta mañana con las noticias, ¿Qué peje pillamos? —Déjate de latinajos que no está el horno para bollos, Fernández. —No son latinajos, sino una frase del Quijote, pero si te molesta, la retiro. —Ni me molesta ni me deja de molestar, lo que pasa es que abro el periódico y me dan ganas de hacer como mi sobrino, que se ha ido a vivir a Polonia. —Leches, ¿y que ibas a hacer tú en Polonia, aparte de pasar frío? —Pues no ver las desdichas a que estamos llegando en este país: los trabajos cada vez más precarios, los derechos de los trabajadores reducidos a la mínima expresión, los raperos en la cárcel por canta...