EL HOMBRE
Fue el primer hijo de la abuelita , y cuando lo conocí debía andar por los cuarenta y tantos años. Era alto, con un porte distinguido y elegante que le venía de familia, aunque por aquella época no vestía con el esmero que debía caracterizarlo años después; por el contrario, prestaba poca atención al atuendo. Los trajes, siempre arrugados, flotaban a su alrededor como banderolas al viento; pantalones con brillantes rodilleras y chaqueta siempre abierta de abultados bolsillos, que parecían seras, llenos de papeles y notas entre las que nunca encontraba la adecuada. Lo que sí usaba ya, era el sombrero, que en sus diversas variedades habría de acompañarlo el resto de su vida. Lo recuerdo presuroso siempre, afanándose de un sitio a otro, caminando a trancos cortos y veloces para atender, como un malabarista a los dos o tres trabajos que le eran precisos para mantener a la familia que crecía año tras año. Su casa era un pozo sin fondo habitada por una multitud en continuo aumento co...