Comenzamos
(otra vez) la desesperada carrera hacia las urnas. A los disparates verbales,
desencuentros, insultos y faltas de respeto habituales de los políticos en el
escaparate que se ha convertido la televisión en sus muchas versiones y
canales, se suman en estos días, el desenfrenado afán de descalificar al contrario
con vistas a ocupar su poltrona. Y todo ello en la más absoluta ignorancia de
que es o lo que quiere ese pueblo al que dicen dirigir sus esfuerzos. Los
ciudadanos andamos preocupados por la avalancha de malas noticias que nos
llueven en vez del agua de mayo a que estábamos acostumbrados. Hemos
descubierto con estupor que unos chorizos encorbatados de Nueva York que concedían
hipotecas a cascoporro a quienes no podían pagarlas, han arrasado con los
beneficios de nuestros bancos, a los que el Estado (nuestro) tiene que enchufar
a la corriente fiduciaria para que no se deshinchen y sigan ganando las mismas
perras que antes, porque si no, no juegan; el paro no para de subir, sumiendo
en la desesperación millones de familias; si los griegos, los italianos o los
portugueses se constipan, a nosotros nos entra una calentura que nos postra en
la cama a pique del infarto; unos entes misteriosos cuya existencia ni siquiera
sospechábamos llamados mercados, son los que en realidad gobiernan los países y
dirigen las erráticas decisiones de nuestros políticos; las bolsas nos producen
sobresaltos un día si y el otro también con reacciones en cadena que empiezan
en América o en Tokio con el Nikei arriba y abajo, acabando por arrastrar por
el fango a nuestros escasos inversores; por si fuera poco, otra fantasma llegada
de ultratumba, no una prima de Andorra, sino la prima de riesgo, parece ser la
causa de todos los males que aquejan nuestra maltrecha economía. Y mientras,
que si afligimos con el impuesto de sucesiones a los ricos, a los pobres o a
todos por igual. Mira por donde, nuestra próxima esperanza son los chinos,
aquellos a los que logramos sacar de la pobreza reciclando sellos de correos o
recaudando perras gordas y papel de aluminio el día del Domund. A ver si, como
dice el Evangelio, nos devuelven el ciento por uno y nos sacan del pozo al que
no se le ve final.
En
este maremágnum que está dejándome como única salida la de fraile mendicante,
los que pusimos a dirigir el cotarro hace cuatro años (a unos en un lado y a
otros en el otro), no hacen más que gastar las pocas energías que dedican al
asunto en tirarse los trastos en la cabeza a ver si lo hacen todo un solar y
entonces hay alguien que los interprete como redentores: un partido contra el
otro, las autonomías contra el Estado central, como si ellas no fueran también
(y mucho), Estado. Los que disfrutan de un idioma local, pretendiendo que sea
universal y que se olvide el castellano, la perla que todos tenemos en común; un
candidato diciéndonos lo malo que es el otro y viceversa; algún monaguillo mal
encarado prometiendo tres millones y medio de empleos, como si nos hubiéramos
vuelto todos gilipollas de golpe... Para qué seguir…
No
sé a ciencia cierta a quien atribuir la culpa de todo este disparate. Cada vez
me veo menos capaz de tomar decisiones medianamente lucidas con el cúmulo de
elementos distorsionados de que dispongo y cada vez comprendo más a aquellos
ácratas legendarios y utópicos evadiéndose de la ramplona realidad tras
ilusorias banderas rojinegras. Tengo la sensación, cuando pongo la tele o
escucho la radio, de que me están llamando idiota. (S/DRAE: Trastorno mental
caracterizado por la falta congénita y completa de las facultades
intelectuales).
Se
avecinan tiempos peores que los pasados y no oigo, ni a unos ni a otros,
plantearse un pacto capaz de hacerle frente a una situación que rebasa los límites
políticos. Si los “mercados” ponen y quitan presidentes y primeros ministros, ¿a
que esperamos para darles la batalla en su terreno en vez de seguir enzarzados
en guerrillas domesticas?
Sigan,
señores políticos, a su bola alejada de los problemas de las gentes de a pie.
Sigan medrando los más corruptos amparados por los más cobardes, sigan
contándonos milongas. Solo me queda apelar al resto de caballerosidad que les
supongo: ¡Por favor, no me llamen idiota!
