RESPETO
En un viaje por el desierto mauritano, uno de los amigos que me acompañaban dirigió la expedición a una zona de pastos, en el Tiris, controlada por un personaje significado de la tribu a la que pertenecía, y tio suyo. “No es persona de mi agrado”, me advirtió, “tuvimos serias diferencias en el pasado que aun no hemos resuelto y es posible que no resolvamos nunca”. Cuando llegamos a la lujosa jaima donde el jefe se alojaba con su numerosa prole, todos los miembros de la expedición, en el orden establecido, lo saludaron ceremoniosamente. Incluso mi amigo, aunque sin besarle la mano como es costumbre y deber entre ellos, le besó ambas mejillas con muestras de la mayor cortesía. Yo asistí perplejo a la escena, pues no era mi acompañante persona proclive a fingimientos ni zalemas, así que le pregunté cuando la ocasión fue propicia por aquello que me parecía, como poco, “peloteo”. “Mira –me dijo- a mí, como sobrino carnal y Chej de la misma categoría, aunque sujeto a su autoridad por mi edad...