CHAPETE
El salón es diáfano, sin ninguna concesión estética. Las ventanas, grandes, permiten otear paisajes de la huerta. Por una se vislumbran extensas plantaciones de limoneros alineados como soldaditos en inmóvil formación. Por la opuesta, un trozo de monte pelado y reseco, inicio de la Sierra de Orihuela. El menú, sencillo, como pide la clientela estragada por los años y la erosión de las pensiones compartidas. El camarero es breve de estatura. Compensa volumen con una dimensión horizontal generosa. Diríase próximo a lo esférico; recuerda a Chapete, sempiterno enemigo de Pinocho. No se sabe si a causa de su especial humanidad, o precisamente por ella, es de una amabilidad extrema con el transeúnte ocasional. En la barra, el contrapunto: una muchacha de esbeltez admirable, longilínea. Los rubios cabellos le caen desmayados sobre los hombros, la sonrisa permanente se multiplica atendiendo a la clientela mientras distribuye los platos. Una entrevista cocinera los suministra a través del...