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PARA MI HERMANO JOAQUIN, ALLÁ DONDE SE ENCUENTRE:

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E L DESTINO Viajábamos hacia Walata en busca de las ciudades perdidas en el desierto. Las ciudades de las que surgió el fuego purificador de los morabitos, el fuego que haría renacer el esplendor malekí en los decadentes estados de al-Ándalus. En esas ciudades perdidas del sur de Mauritania: Atar, Walata, Chinguetti, Azugui, aún se conservan bibliotecas que guardan celosamente los textos sagrados del Islam en recónditas habitaciones donde apenas llega la luz del día; sólo se puede acceder a ellas tras una complicada operación con primitivas llaves de madera, capaces de abrir las puertas, casi taponadas por el incesante avance de la arena del desierto que amenaza con sepultar las frágiles construcciones. Ese era nuestro destino último. En una de las acampadas fuimos a parar a un pequeño oasis donde una veintena de palmeras daba escasa sombra a la familia de beduinos, de la tribu Yudala, poseedora del pozo que les permitía vivir de los exiguos peajes que cobraban a los viajeros que d...

MI AMIGO ISAAC PEDRAZA

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No me gusta el frío, como no me gustan los que tosen en los conciertos ni los que están seguros de todo, como mi amigo Isaac Pedraza que me insiste siempre “y te vuelvo a repetir…”. Claro que Isaac es amigo de la infancia y lo soporto como soporto este frío húmedo y sorpresivo con el que nos agrede algunas mañanas nuestro bonancible clima mediterráneo. Entonces, el recuerdo me lleva hacia otros tiempos y otros lugares. A veces me arrepiento de no haberme quedado en el desierto para siempre. No hay sitio más acogedor que la planicie inacabable de color rojizo. Solo en las horas intermedias del día, el calor exige inmovilidad, un reposo imprescindible que convida a la meditación. La vista se pierde en el infinito, no importa la dirección en que se mire; nada por ningún sitio, solo la posibilidad de que viajando en línea recta se llegue, por fin, a alguna parte. De tarde en tarde se tropieza el caminante con un bosquecillo de acacias de sombrero a cuya sombra han quedado, en la tibi...

RESPETO

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En un viaje por el desierto mauritano, uno de los amigos que me acompañaban dirigió la expedición a una zona de pastos, en el Tiris, controlada por un personaje significado de la tribu a la que pertenecía, y tio suyo. “No es persona de mi agrado”, me advirtió, “tuvimos serias diferencias en el pasado que aun no hemos resuelto y es posible que no resolvamos nunca”. Cuando llegamos a la lujosa jaima donde el jefe se alojaba con su numerosa prole, todos los miembros de la expedición, en el orden establecido, lo saludaron ceremoniosamente. Incluso mi amigo, aunque sin besarle la mano como es costumbre y deber entre ellos, le besó ambas mejillas con muestras de la mayor cortesía. Yo asistí perplejo a la escena, pues no era mi acompañante persona proclive a fingimientos ni zalemas, así que le pregunté cuando la ocasión fue propicia por aquello que me parecía, como poco, “peloteo”. “Mira –me dijo- a mí, como sobrino carnal y Chej de la misma categoría, aunque sujeto a su autoridad por mi edad...