OLORES
Nunca pudo recordar cuándo empezó a manifestarse aquella extraña cualidad que habría de acompañarle para siempre. Las imágenes más antiguas de su memoria eran un cuerpecillo regordete e indefenso rodeado de sabanas espumosas y de la infinita panoplia de olores que le invadían: olor a espliego de las sabanas, olor agrio y dulzón de sus orines, olores corporales entremezclados con fragancias, algunas repugnantes, de las personas que se inclinaban sobre la cuna musitando tonterías como si él las entendiese. Pronto se dio cuenta de que el mundo estaba compuesto de elementos que tenían un olor característico, un olor que solo él era capaz de percibir. Eso lo sumió, al principio, en una extraña desazón. Sentirse diferente no resulta cómodo, pero aprendió enseguida que no podía compartir aquella percepción con nadie. Sus primeros amigos no sabían de qué les hablaba. Para ellos no existía el olor a comida rancia, a polvo de siglos, a vetustez y carcoma que flotaba por todo el colegio. Ni...