A HACER PUÑETAS
Vivíamos tan felices desde que, entrados de lleno en la democracia y rediseñados los reinos de taifas, descubrimos que nuestra situación era beatifica e inacabable. La bonanza económica se había instalado entre nosotros para siempre. No hacía falta que los jóvenes estudiaran ni se sometieran a esfuerzo alguno: bastaba con irse a una obra, emplear sus energías desbordantes en cualquier trabajo sin cualificación pero bien remunerado y hala, a comprarse un piso, tirar de cochazos, fiestas y rayuelas. Pero de pronto, la cruda realidad nos dio un soplamocos. Los bancos cerraron el grifo y decidieron que era mejor ir a los mercados especulativos de fácil y rápida respuesta que seguir invirtiendo en industrias de dudoso resultado ni en hipotecas basura que el ventilador americano había distribuido por el mundo entero. Y nos encontramos con que no podíamos pagar las hipotecas sobredimensionadas, que los pisos que habíamos comprado sin necesidad no valían lo que nos habian dicho y que com...