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martes, 15 de noviembre de 2011

NO ME LLAMEN IDIOTA


Comenzamos (otra vez) la desesperada carrera hacia las urnas. A los disparates verbales, desencuentros, insultos y faltas de respeto habituales de los políticos en el escaparate que se ha convertido la televisión en sus muchas versiones y canales, se suman en estos días, el desenfrenado afán de descalificar al contrario con vistas a ocupar su poltrona. Y todo ello en la más absoluta ignorancia de que es o lo que quiere ese pueblo al que dicen dirigir sus esfuerzos. Los ciudadanos andamos preocupados por la avalancha de malas noticias que nos llueven en vez del agua de mayo a que estábamos acostumbrados. Hemos descubierto con estupor que unos chorizos encorbatados de Nueva York que concedían hipotecas a cascoporro a quienes no podían pagarlas, han arrasado con los beneficios de nuestros bancos, a los que el Estado (nuestro) tiene que enchufar a la corriente fiduciaria para que no se deshinchen y sigan ganando las mismas perras que antes, porque si no, no juegan; el paro no para de subir, sumiendo en la desesperación millones de familias; si los griegos, los italianos o los portugueses se constipan, a nosotros nos entra una calentura que nos postra en la cama a pique del infarto; unos entes misteriosos cuya existencia ni siquiera sospechábamos llamados mercados, son los que en realidad gobiernan los países y dirigen las erráticas decisiones de nuestros políticos; las bolsas nos producen sobresaltos un día si y el otro también con reacciones en cadena que empiezan en América o en Tokio con el Nikei arriba y abajo, acabando por arrastrar por el fango a nuestros escasos inversores; por si fuera poco, otra fantasma llegada de ultratumba, no una prima de Andorra, sino la prima de riesgo, parece ser la causa de todos los males que aquejan nuestra maltrecha economía. Y mientras, que si afligimos con el impuesto de sucesiones a los ricos, a los pobres o a todos por igual. Mira por donde, nuestra próxima esperanza son los chinos, aquellos a los que logramos sacar de la pobreza reciclando sellos de correos o recaudando perras gordas y papel de aluminio el día del Domund. A ver si, como dice el Evangelio, nos devuelven el ciento por uno y nos sacan del pozo al que no se le ve final.
En este maremágnum que está dejándome como única salida la de fraile mendicante, los que pusimos a dirigir el cotarro hace cuatro años (a unos en un lado y a otros en el otro), no hacen más que gastar las pocas energías que dedican al asunto en tirarse los trastos en la cabeza a ver si lo hacen todo un solar y entonces hay alguien que los interprete como redentores: un partido contra el otro, las autonomías contra el Estado central, como si ellas no fueran también (y mucho), Estado. Los que disfrutan de un idioma local, pretendiendo que sea universal y que se olvide el castellano, la perla que todos tenemos en común; un candidato diciéndonos lo malo que es el otro y viceversa; algún monaguillo mal encarado prometiendo tres millones y medio de empleos, como si nos hubiéramos vuelto todos gilipollas de golpe... Para qué seguir…
No sé a ciencia cierta a quien atribuir la culpa de todo este disparate. Cada vez me veo menos capaz de tomar decisiones medianamente lucidas con el cúmulo de elementos distorsionados de que dispongo y cada vez comprendo más a aquellos ácratas legendarios y utópicos evadiéndose de la ramplona realidad tras ilusorias banderas rojinegras. Tengo la sensación, cuando pongo la tele o escucho la radio, de que me están llamando idiota. (S/DRAE: Trastorno mental caracterizado por la falta congénita y completa de las facultades intelectuales).
Se avecinan tiempos peores que los pasados y no oigo, ni a unos ni a otros, plantearse un pacto capaz de hacerle frente a una situación que rebasa los límites políticos. Si los “mercados” ponen y quitan presidentes y primeros ministros, ¿a que esperamos para darles la batalla en su terreno en vez de seguir enzarzados en guerrillas domesticas?  
Sigan, señores políticos, a su bola alejada de los problemas de las gentes de a pie. Sigan medrando los más corruptos amparados por los más cobardes, sigan contándonos milongas. Solo me queda apelar al resto de caballerosidad que les supongo: ¡Por favor, no me llamen idiota!

martes, 8 de noviembre de 2011

ANOCHE, MIENTRAS DORMÍA (En vísperas de elecciones)


Anoche, mientras dormía –después de leer la novela de Saramago “Ensayos sobre la lucidez”- soñé, bendita ilusión, que se habían celebrado elecciones generales y había sucedido un hecho sorprendente, inaudito, jamás pensado. La ciudadanía, todavía aterrorizada y sorprendida ante lo insólito del acontecimiento (por más que hubiera sido conscientemente provocado y desencadenado por un aluvión de sms que volaban desde algunos días antes), permanecía en un letargo ansioso, con el temor del que da un golpe de fuerza largamente meditado y luego espera temeroso los resultados de su osadía, sospechando haber provocado consecuencias imprevisibles.
Llegado el momento de las votaciones, desde que se abrieron los colegios electorales, la jerarquía –alertada por los rumores- había permanecido expectante y representantes de “los medios” galopaban de uno a otro lugar tras los rumores del inusual acontecimiento. A medida que avanzaba el día, las noticias corrían cada vez más de prisa y en las sedes de los partidos, los movilizados se cargaban de nerviosismo: la afluencia a los lugares de votación era nula o al menos irrelevante: solo algunos –pocos- compromisarios habían acudido a depositar su voto a la vista de la ausencia de “población normal”. Los teléfonos echaban fuego animando a la comparecencia, pero no había posibilidad de atajar aquella resistencia pasiva que parecía bien organizada. A pesar de las llamadas y los mensajes angustiosos, al cierre de los colegios (hecha de forma reglamentaria), solo unos pocos votantes en todo el país, habían ejercido su derecho. No llegaba al 1% del censo.
Los telediarios de la noche competían en editar sus reportajes mostrando los lugares de votación desiertos a distintas horas del día y se empeñaban en obtener declaraciones de los líderes políticos que permanecían agazapados en sus respectivas sedes negándose a cualquier comentario. Muchos de ellos, temiendo males mayores, aprestaban maletas, recogían bienes y encargaban billetes con vistas a un inmediato éxodo recordando tiempos pasados; se habían quedado sin su principal herramienta: los votos del otrora manipulable ciudadano. El político había perdido su razón de ser.
Pasaron unos días de comentarios y zozobras, pero el país siguió funcionando con normalidad. El presidente del Gobierno hizo unas sentidas –lacrimógenas- declaraciones en las que reconocía (solo en parte) la responsabilidad de su equipo en lo sucedido y anunciaba la formación de un gabinete de crisis para estudiar el asunto (lo mejor para quitarse un muerto de encima es nombrar un comité, una comisión o un gabinete). El jefe de la oposición responsabilizaba al gobierno de todos los males pasados, presentes y futuros, y los cabecillas de los partidos minoritarios echaban la culpa a los grandes por su empecinamiento fratricida.
Y entonces, en los pueblos, en los barrios de las ciudades y en las pedanías, comenzaron a formarse asambleas que escogieron a representantes para formar directorios sin connotaciones de ningún tipo, ni políticas, ni religiosas, ni económicas, ni de sexo o cualquier otra condición. El poder, comenzó a establecerse de abajo arriba, como había pasado muchos años antes, durante la ocupación napoleónica, solo que ahora la rapidez y universalidad de los medios de comunicación ponía a las personas de acuerdo en unas pocas horas. La red y los móviles no se daban tregua.
Los políticos, perdida su función, dimitieron a regañadientes y se reintegraron a sus labores anteriores (el que las tenía) y el gobierno de la nación fue asumido por una asamblea de hombres ecuánimes, juramentados para perseverar en un solo objetivo: la buena gestión de la cosa pública, con exclusión de cualquier otro. Se mantenía la libertad de asociación, de prensa, etc. pero se eliminaba cualquier forma de acceder al poder que no fuera la asamblearia instituida y se prohibía, taxativamente, hacer bandera de creencia o condición alguna a los representantes elegidos por el  pueblo.
Naturalmente, fui escogido como asambleario y cuando estaba dando mi primer discurso, (por cierto de brillantez extraordinaria), ante los miembros de la pedanía a que pertenezco, el estridente canto de un gallo “americano” al que el día menos pensado pienso estirarle el cuello, me sacó del dulce sueño.
Sic transit gloria mundi.

martes, 1 de noviembre de 2011

POLÍTICA


Fernández, que me aventaja en prudencia como en tantas otras cosas, me recomienda con frecuencia que no toque asuntos de política, que siga la estela del menudo gallego cuyas recomendaciones iban en el mismo sentido, y mientras vivió, le fue la mar de bien. Seguro que la razón asiste a Fernández y al difunto del norte, pero me pilla viejo para consejos y sigo empecinado en proporcionar opiniones que a pocos importan.
Si, como decía aquel hombre nacido en Estagira en el año 384 aC., el hombre, por naturaleza, es un animal social (o político, tradujeron muchos) no tiene nada de raro que este animal político que les escribe quiera meter la cuchara en ese caldo.
Cada persona es un mundo, llega a sus conclusiones como puede y tiene la natural intención de que los demás las compartan para reforzarlas. Es absolutamente humano. Hasta a mi me pasa. Los catalanes lo dicen con gracia (a veces la tienen): Cuan mes serém, mes riurém  (Cuantos más seamos, más reiremos). Conviene que seamos muchos diciendo la misma cosa para que se convierta en verdad, es cuestión de Teología, y los teólogos, como es bien sabido, nunca se equivocan.
Es imprescindible hacer un esfuerzo por digerir lo que opinan los demás. Puede que la razón no esté absolutamente de nuestra parte, si no que tenga múltiples aristas.
Algún sabio de esos que todo el mundo cita y nadie conoce, parece que recomendaba incidir en lo que nos une y obviar (en lo posible) lo que nos separa. Puedo garantizar que, en las escasas ocasiones que he reunido la templanza suficiente para seguir el consejo, he obtenido resultados sorprendentes y acabé comprobando, no sin cierto estupor, que estaba más de acuerdo con mis contrincantes dialecticos de lo que había imaginado.
Me detesto cuando asumo el papel de agorero, pero se avecinan peores tiempos, que ya es decir. Desde fuera nos indican (eso sí, finamente) cuantos agujeros del cinturón nos hemos de apretar porque esto se ha complicado, somos una gran familia y cuando uno estornuda a los otros les entra cagalera. Y eso va a pasar con estos, con aquellos y con los de más allá.
Desde dentro, en vez de llegar a razonables acuerdos por el bien de la Feliz Gobernación, los mandarines se tiran los trastos a la cabeza y sacan a pasear las reliquias enfajadas con una vergonzosa escasez de imaginación. Los ancianos y venerables demiurgos cesantes de una y otra banda, hacen lo que les toca para seguir cobrando pingues estipendios y no descender del atril que les ha de encaramar directamente a la eternidad.
Parece como si en cada periodo de elecciones se bajara un escalón en la categoría de los ponentes y tuviéramos que echar mano de figuras ya periclitadas que son las únicas que suscitan cierto respeto entre sus respectivas mesnadas. La momia de Ramsés II parece condenada a no consolidar nunca su triunfo en la batalla de Kadesh.
El espectáculo de consignas, mítines y abrazos que nos proporcionan cada uno en “sus feudos”, sería bochornoso si al pueblo le quedara capacidad de sonrojo. Pero debemos estar inmunizados contra tonterías y despropósitos. Resulta sospechosamente actual la frase de Miguel Espinosa: “Porque el pueblo, como los dioses, carece de demiurgos, está fuera de la Historia; los sucesos solo ocurren a la clase gobernante” (Escuela de Mandarines, 1974.)
No sé si me explico.
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