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Mostrando entradas de diciembre, 2020

LOS DOS PASTORES (Cuento que puede pasar por navideño).

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Pues señor, esto eran dos pastores que dada la escasez de recursos del lugar en que tenían sus ganados, se veían obligados a que ambos pastaran juntos. En principio, la armonía estaba garantizada: cada mañana, abrían la puerta de sus apriscos y las dóciles ovejas, en ordenada procesión y fraternal armonía, se desparramaban por el valle y se aplicaban al condumio con similar afán. Quiso el demonio, capaz de enredarlo todo, que los pastores, que nunca se habían llevado excesivamente bien pero hasta la presente se habían tolerado de forma más o menos educada, concibieran la extraña idea de que el valle les pertenecía en exclusiva. Y buscaron a otros pastores del entorno que, aportándoles un número relativamente pequeño de ovejas, dieran fuerza a sus reivindicaciones basadas en el número de cabezas. Cada día, los pastores de ambos grupos se reunían a la fresca sombra de una enorme encina y provistos de suficiente recado alimenticio se enmarañaban en inacabables discusiones acerca de ...

¿QUIERE UD. HACERME UNA FOTO?

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  Mi amigo Felipe gustaba de pasear las mañanas de domingo por el parque del retiro. Desayunaba en un chiringuito junto a la puerta de entrada donde ya lo conocían. El  camarero, con esa desenvoltura un poco chulesca que tienen los de Madrid, al verlo traspasar la puerta de cristales gritaba, hubiera o no gente: "¿Caballero, su con leche y las porritas de los domingos?" A Felipe no le hacía gracia que le llamaran caballero, le parecía una de tantas modas estúpidas surgida para sustituir la anticuada expresión, señor, que había pasado al limbo de las palabras retiradas de la circulación por clasistas. Sin embargo le hacía gracia la camaradería desenvuelta y profesional de aquel hombre con el que cruzaba escasas palabras una vez a la semana. Reconfortado con el desayuno decidió permitirse un cigarrillo en uno de los bancos, a la sombra refrescante del tilo situado junto al kiosco. Enfrente, una pareja de menudos japoneses mantenía una animada conversación. Parecían discutir sob...

UN BAR DE MECONIA

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  En Meconia no hace frio, pero los bosques que la circundan dejan caer en los atardeceres de invierno una pátina de humedad que moja las calles y hace estornudar con violencia a sus habitantes. Acobardado por este frio insólito, busco refugio en el Ipanema, un bar que recuerdo de mi años universitarios en esa ciudad. Pocas cosas han cambiado, la barra larga e inhóspita sigue en el mismo sitio, las estanterías polvorientas también han sobrevivido, pero los camareros son ahora jóvenes sudamericanos que ya no conocen a los parroquianos de antaño. Solo el patrón, de bigote blanquinoso, sobrevive a los embates del tiempo. Pervive también, por fortuna, la excelente ensaladilla rusa, a la que me aplico mientras requiero el periódico local, salpicado de manchurrones aceitosos. El vino de la tierra ha mutado en un Rioja que no me desagrada. Las cosas cambian al cabo de los años, me digo. La vuelta al terruño siempre depara sorpresas. Un hombre recién llegado se encarama al taburete d...