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jueves, 25 de junio de 2026

RELEYENDO EL INFINITO EN UN JUNCO

VALLEJO, IRENE, El infinito en un junco, Siruela, 2019

Por fortuna estamos rodeados de libros, no siempre fue así. Han proliferado ferias y escritores hasta el punto de que uno se pregunta si habrá más de un lector por cada uno de los escritores que pueblan las innumerables casetas de esos eventos. Eso es bueno, en cualquier caso, es una muestra de que la familia cultural está viva y en ebullición, pero dada la limitación de las cosas humanas se impone la selección. Si, además, el lector pertenece a la longeva clase de los que se sienten irremisiblemente tentados a la relectura de textos cuyo recuerdo se va opacando entre las telarañas del olvido, es imprescindible una cuidadosa elección de los ‘libros de cabecera’. Supongo que cada uno tenemos la nuestra, un número de autores seleccionados sobre los que volvemos una y otra vez sin que ninguna de ella salgamos defraudados porque -como diría el filósofo-, el libro ha cambiado y nuestros ojos también, nunca se lee dos veces el mismo ejemplar. Algunos de esos libros fueron descubiertos en la juventud ávida de conocimientos. Otros más tarde, y algunos cuando ya el lector andaba en las postrimerías y pensaba -con la ignorancia que nunca desechó-, que nada le quedaba por ver.

A esta última clase de libros quería referirme: a El Infinito en un junco de Irene Vallejo.

Un comentario pausado sobre este excede con mucho mi capacidad, el libro me resulta inabarcable para una reseña, así es que me centraré a modo de disección, en los párrafos referidos al relato de algunos pensadores griegos. Me limitaré a señalar una serie de citas que excusan cualquier comentario, ya que, Los griegos siempre tuvieron fama de grandes charlatanes y de litigantes inagotables - los que cumplían los requisitos de ser libres y hombres-, tenían la posibilidad de hablar ante sus conciudadanos en la Asamblea, donde se votaban las decisiones políticas. (203)

Los griegos, amaban las palabras y los argumentos incisivos. Por eso eran capaces de crear poemas de bellísima orfebrería verbal, pero también de convertir cualquier discusión en una riña estéril y destructiva. En ausencia de leyes contra los libelos y agravios, los oradores se maltrataban unos a otros con un verdadero lujo de injurias. En los tribunales –todos compuestos por jurados-, las cuestiones legales importaban menos que la astucia de la argumentación. (204)

Como resulta imprescindible, se hace en el libro mención al mito o alegoría de la caverna que Sócrates explica a Glaucón. Hay en este relato una bellísima invitación a dudar, a no conformarse con las apariencias, a romper las ataduras y abandonar los prejuicios para mirar la realidad cara a cara. (209)

Platón imagina una gruta en la que están encadenados, inmóviles desde la infancia unos hombres que solo pueden mirar fijamente la pared que tienen delante. A su espalda, un fuego proyecta sombras movedizas de los hombres cargados de objetos que discurren como en una procesión. Para los prisioneros inmovilizados, esa es la única realidad que existe, no han conocido otra.

Uno de los prisioneros se libera de sus cadenas, se gira y ve una situación distinta a las sombras que se proyectaban sobre la pared, pero si alguien le dijera que esta que ve ahora es la realidad, no lo creería. Intentaría volverse de nuevo a su antigua posición desde contempla lo que él considera la auténtica realidad. Platón imagina que el hombre sale al exterior y queda momentáneamente cegado por la luz del sol, pero poco a poco sus ojos se van acostumbrando a la claridad y percibe una nueva situación y un conocimiento del entorno diferente a la percepción que tenía dentro de la cueva. Le es dado conocer la situación de seres reales, del firmamento, de la luna y el sol. Piensa que esa existencia es superior a la que conocía en la caverna y decide compartirla con sus compañeros de cautiverio, sacarlos a la luz del sol, darles a conocer la verdad que ha descubierto. El prisionero liberado se ha convencido de que el mundo que ha descubierto es superior al que estaba acostumbrado a ver en la cueva, estaría satisfecho de su descubrimiento, se compadecería de los demás y querría llevar a sus compañeros encarcelados en la caverna fuera de ésta, hacia la luz del sol, hacia el mundo real.

Vuelve a la caverna, pero sus ojos, acostumbrados a la luz exterior no pueden percibir nada en la oscuridad. Sus compañeros creen que su ceguera ha sido provocada por su salida y lo matarían si no estuvieran encadenados, matarían a cualquier persona que intentara alterar su situación dentro de la caverna, de ninguna manera querrían salir al mundo exterior.

La alegoría da para mucho, tanto que lleva dando vueltas por las facultades del mundo entero desde el siglo IV antes de nuestra era y proporcionando abundantes quebraderos de cabeza a los estudiantes de filosofía que se tropiezan con ella en las aulas.

Sin embargo, nos dice la autora, las enseñanzas de Platón siempre me han parecido asombrosamente esquizofrénicas en su explosiva mezcla de libre pensamiento e impulsos autoritarios. (209). En su opinión [de Sócrates], se debe procurar que los jóvenes mueran gustosamente en la batalla “Haremos muy bien –afirma- en suprimir los lamentos de los hombres ilustres, para atribuírselos en cambio a las mujeres”. (210)

Descubrimos que en Platón late un riguroso censor que propone una policía poética para vigilar la nueva literatura que algunos jóvenes poetas se aventuran a poner en circulación. El poeta no podrá componer nada que contradiga lo que la ciudad considera legal, justo, bello o bueno; una vez escrito su poema, no podrá darlo a conocer a ningún particular, antes de haber sido leído y aprobado por los jueces que para ello hubieran designado los guardianes de las leyes (…) y aquel al que escogimos como director de educación. (210) Aunque Platón sigue fascinándonos porque, al contrario de lo que prescribe, es agudo, paradójico e inquietante. (212)

Sabemos que Platón era contrario a la democracia ateniense que había sido la inductora de la muerte de Sócrates, del que toma la responsabilidad de hacerlo hablar después de muerto, probablemente hubiera querido instaurar un modelo político inmutable, en el que no hicieran falta nunca más cambios sociales ni impúdicos relatos que socavasen los cimientos morales de la sociedad. Deseaba estabilidad, deseaba el gobierno de los sabios y no el de la necia mayoría. (211)

Al parecer, ya en su tiempo los escritos de Platón referidos a Sócrates eran motivo de discusión y controversia. Relata Calimaco, un escritor miembro del Museo de la Gran Biblioteca de Alejandría que un joven lector, Cleómbroto de Amgracia, se lanzó al vacío desde lo alto de las murallas después de leer un tratado de Platón.

Como vemos, las figuras de Sócrates y su escribano Platón siguen estando vigentes dos mil quinientos años después de la desaparición de sus autores debido, sin duda, a ese artilugio que la llegado a nuestras manos en diversas modalidades agrupadas con el nombre de libro. Que proliferen tanto que resulte al común de los mortales abarcar siquiera una ínfima parte de ellos no debe resultar frustrante, de la misma forma que hemos de conformarnos con la propiedad –a ser posible- de algunas pepitas de oro sin envidiar por ello la posesión de la enorme cantidad de ellas esparcidas por la faz de la Tierra.

Y quizás sea cierto que sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la inquietud que en el alivio. (213)

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 21 de junio de 2026

BRUJERÍA E INTOXICACIÓN DEL BULO

 

La brujería establecida en Europa como fenómeno de masas durante los siglos XV al XVIII constituye un efecto social, cultural y religioso completamente vacío de constructos reales o comprobables que, sin embargo, ha dejado un consistente poso en la literatura, el arte y las tradiciones de las sociedades europeas actuales.

En su libro Nexus, Yubal Harari cita esa cuestión como ejemplo de manipulación toxica sin base real que, sin embargo, puede alcanzar proporciones capaces de alterar la convivencia y acarrear graves daños a las sociedades afectadas.

Los orígenes de la brujería pueden rastrearse hasta la antigüedad clásica. Griegos y romanos emitieron leyes al respecto dejándonos amplia documentación, pero tuvo su máximo apogeo en Europa hacia finales de la Edad media que se prolongaría durante más de doscientos años. Se extendió la idea de que las brujas -casi siempre mujeres, a las que se atribuía cierta debilidad de caracter y propensión a prácticas esotéricas-, obtenían una serie de poderes mágicos mediante pactos con el diablo. Se desarrolló una potente mitología tras la que se ocultaban delaciones por crímenes y abusos reales o supuestos asociados con varias sectas heréticas practicantes de orgias, canibalismo, infantilismos rituales y otra serie de barbaridades que tenían fácil asiento en el ambiente crédulo e ignorante de la época. La quema en la hoguera era el castigo generalmente empleado para las acusadas de brujería que, sometidas a tormento, acababan confesando cualquier crimen que les sugirieran sus verdugos y delatando a otras personas sin motivo. Dado que sus bienes (aunque casi siempre exiguos) iban aparar a verdugos, acusadores y jueces, el sistema proliferó de forma extraordinaria.

La caza de brujas se intensificó a partir de la aparición en 1486 del Malleus Maleficarum (Martillo de brujas) del dominico Heinrich Kramer, en el que se mezclaban en un totum revolutum la brujería con las practicas satánicas en contra de la religión católica propiciadas por las herejías albigenses, dulcinistas, fraticelli, prisciliacenses y otra larga serie de ellas aparecidas en el sur de Francia, Alemania e Italia. A pesar de su gran incidencia y difusión, el libro fue rechazado pronto por la jerarquía eclesiástica y después de 1580 los jesuitas sustituyeron a los dominicos en la caza de brujas.

La iglesia católica, con la Inquisición propiciada en España por los Reyes Católicos en 1478, tuvo parte importante en la caza de brujas donde se mezclaban brujería con herejía sosteniéndose mutuamente para no dejar escapar del inflexible castigo -casi siempre definitivo- a la víctima una vez que había caído en las garras de los inquisidores. (Inevitable la referencia al libro de Umberto Eco El nombre de la rosa y a la película protagonizada por Sean Connery y Christian Slater entre otros)

Lo interesante a remarcar del fenómeno de la brujería que durante años estuvo vigente en nuestra cultura mediterránea dando lugar a tanta agitación social, promulgación de leyes, procesos inquisitoriales, muertes y conmoción social, es que se nutría esencialmente de chismes, bulos, sospechas sin justificar o rumores recogidos no se sabe dónde de incierto origen y objetivos interesados. Ninguna base cierta y real.

En palabras de Yubal Harari:

    Supuestamente había una conspiración mundial de brujas lideradas por Satanás              que  constituía una       religión anticristiana institucionalizada. (155)

La gente comenzó a denunciarse, unos a otros de brujería partiendo de pruebas inconsistentes, a menudo por venganzas personales o para obtener ventajas económicas o políticas y una vez iniciada la investigación oficial los acusados eran condenados con frecuencia. Si la persona acusada confesaba que era bruja, era ejecutada y sus bienes repartidos entre el acusador, el verdugo y los ejecutores (160)

 Los fenómenos sociales son producto de cada una de las comunidades en que se producen. En nuestros días la información de todo tipo, escrita, oral, visual, se ha multiplicado de tal suerte que consigue producir desinformación y nadie se encuentra a salvo de ella. Por mucho que se pretenda seleccionar, la pérfida información que oscuros poderes tienen dispuesta para que nos asalte, se cuela por los intersticios de nuestra intimidad como insuperables ninjas adiestrados en la lucha nocturna. Quiérase o no, acaban penetrando nuestras defensas y logrando -siquiera fugazmente- su objetivo. Lo grave es que esa información no siempre es leal y contrastada, sino que en momentos de populismo como los que padecemos, gran parte de esas redes de información proceden de estamentos que aprendieron las técnicas de manipulación informativa de tiempos que creíamos –erróneamente- enterrados en el olvido para siempre. Personajes perversos que ingenuamente pensábamos que era imposible que existieran entre nosotros, han vuelto a renacer merced a la repugnante semilla que los manipuladores de opinión que condujeron a la Segunda Guerra Mundial habían esparcido. Esos personajes manipuladores, perversos, populistas en definitiva, descubrieron que era suficiente tejer una tupida red de relatos que tergiversaran la realidad para que una parte importante de la sociedad la adoptaran con la fe ciega del poco informado y la defendiera a capa y espada, convencidos de que era fruto de su propia reflexión.

La democracia se basa en la voluntad de la mayoría expresada en las urnas mediante elecciones libres y periódicas. El principio parece albergar una perfecta salud social, pero el sistema democrático lleva implícito su propio caballo de Troya: el populismo. La historia susceptible de ser manipulada como tantas veces, nos demuestra a poco que profundicemos en ella, que en numerosas ocasiones basta una campaña de bulos bien orquestada para orientar el voto de una mayoría suficiente en el sentido que un partido populista se propone. Una vez logrado eso, controlar el poder judicial y los medios de comunicación es cuestión de hábiles maniobras y tiempo.

No me resisto a terminar con estas palabras de Harari que suscribo plenamente:

 Como en las democracias solo el Pueblo habría de tener el poder político, y como supuestamente solo los populistas representan al pueblo, se deduce que el partido populista habría de tener todo el poder político. Si algún otro partido gana las elecciones, eso no quiere decir que este partido rival haya ganado la confianza del pueblo y tenga derecho a formar gobierno. Quiere decir que las elecciones han sido robadas o que el pueblo ha sido engañado al votar de una manera que no expresaba su verdadera voluntad. Hay que subrayar que, para muchos populistas, esta es una creencia genuina más que una táctica de propaganda. Incluso si solo obtienen una parte pequeña de votos, los populistas pueden continuar creyendo que ellos son los genuinos representantes del pueblo. (204).




 

miércoles, 10 de junio de 2026

UN LEÓN EN EL CONGRESO

No soy creyente, ni en la religión en que fui bautizado ni en ninguna otra. He tenido tiempo suficiente para estudiar alguna de las que me son próximas y he llegado a esa conclusión. En cierta manera envidio a los creyentes que, con un acto de fe, se evitan el cumulo de preguntas sin respuesta a los que estamos abocados quienes optamos en su momento por el camino de la reflexión.

Creo que la parafernalia organizada por las clases sacerdotales que descubrí en mis visitas a Egipto -que sobrevivieron más de 3 000 años con excelentes resultados-, son parecidas a las de iglesias que nos rodean en la actualidad, revistiéndose de formas y modelos adaptados a los tiempos. Todas se basan en modelos arcaicos, vestiduras ultramontanas, rituales repetitivos mágico-espirituales y cualquier tipo de escenificación mayestática que produzca en el adepto la sensación de irrelevancia que solo puede verse aliviada en la seguridad de la grey. ‘Somos muchos, todos decimos lo mismo, luego esa es la verdad’ decía Rudyard Kipling por boca de los monos en el Libro de la selva.

He llegado a la convicción de que el pensamiento involucionista y dogmático no solamente es nocivo, sino peligroso por antinatural. Nos aleja del don envidiable con que nos ha dotado la naturaleza: la capacidad del libre raciocinio, la libertad de pensamiento. Iglesias y sectas (¿qué diferencia hay entre ellas, sino el número de adeptos?) nos dan una solución inmediata y perversa: ‘no pienses, todo está revelado en este o aquel libro sapiencial escrito hace miles de años. Si tanta gente lo cree y ha sobrevivido hasta ahora ¿Cómo es posible que no sea cierto?’ Palabra de dios, amen. Llegué a pensar que la solución de nuestra especie podría venir de una catástrofe como la del Yucatán en la que un mundial reseteo le permitiera comenzar de cero.

Esta breve declaración de principios baste para conducirnos hasta el objetivo de mi reflexión: la visita y las actuaciones del papa León en España. Dicen que es un acontecimiento histórico, como si la historia no hubiera aparecido con Heródoto hace un porrón de años y todo lo que acontece de relevante con posterioridad no formara parte de ella. Tras lo manifestado más arriba, se entenderá que las actividades del personaje, en principio no fueran de mi interés. Sin embargo, sometido al bombardeo informativo inevitable, he ido tomando cercanía con sus actuaciones y discursos, recibiendo la agradable sorpresa de escuchar conceptos y reflexiones que echaba de menos, es más, echaba a faltar entre la clase política de este país. Ya sé que meter a todos los políticos en el mismo saco es, además de una injusticia, una irrealidad, pero entiéndaseme, esto no es una clase de filosofía política sino una reflexión que quiere compartir un ciudadano de a pie. Que cada uno tome el rábano por las hojas que más justas le parezcan.

Decía que he escuchado con placer y asentimiento las reflexiones que este papa ha venido haciendo ante los diversos auditorios, incluido la Cámara de mayor representatividad del país. Y me ha admirado. Ha de ser un hombre muy hábil para rodearse de un equipo ‘invisible’ capaz de llevarlo en volandas de una a otra situación más o menos comprometida y salir airoso de todas ellas. Ha hablado de pobres, de migrantes con derechos, de diversidad y convivencia, de justicia social, de reparación y plaga (esto último con la boca pequeña, me parece),  de comprensión con las presas, en general de convivencia lejos de la estúpida polarización que nos amenaza. Algo se ha quedado en el tintero: matrimonio igualitario, aborto, eutanasia, igualdad de la mujer en la iglesia, quizás el tiempo que inaugura vaya limando asperezas. Le ha leído la cartilla a la Conferencia que, como moderno Sanedrín, pretenden ser los detentadores de la ortodoxia, pero parece que los mantiene a raya.

Los discursos medidos, sin una palabra de sobra, la dicción impecable, el aguante físico, sobrehumano. Que los congresistas lo escucharan reverentes y aplaudieran a rabiar, lo demuestra. Que después cada uno interprete lo que sus adeptos desean oír, era lo esperado. Hasta los más recalcitrantes y antisociales han encontrado migajas del discurso que llevarse a la boca. El Congreso actual no da más, para desgracia nuestra. Lo importante –a mi juicio- es que, se crea en su mensaje evangélico o no, León se ha postulado como el importante referente moral en un mundo que ha hecho de la ética un objetivo vacío, irrelevante, inútil. El nocivo ejemplo de nuestros líderes ha cundido. Lo que prima es la zafiedad que nos demuestran cada dia desde las más altas instancias, lo vulgar, elemental, grosero, agresivo. León les ha dado un motivo de reflexión.

Por eso el lenguaje del papa –que hasta habla catalán-, me ha parecido una bocanada de aire fresco en medio de este marasmo de fetidez, cosa que debemos agradecerle profundamente. Le ha faltado poco para invocar el viejo deseo revolucionario: ‘libertad, igualdad, fraternidad’, pero su mensaje ha estado muy próximo.

Papa León, desde mi libre pensamiento, cuente con mi admiración y reconocimiento. 

martes, 19 de mayo de 2026

OPERACIÓN CATARATA

 

Era una tarde plácida que invitaba a la meditación. Había decidido visitar la cercana ciudad, sus calles céntricas por las que transcurrió parte de mi feliz infancia ya no me recordaban aquellos momentos, el tiempo que todo lo muta y enrarece, las había trocado en fachadas multicolores y diminutos comercios que me resultaban extraños. Aun así, el transcurso por ellas era placentero y aleccionador. La gente seguía transitando, quien, plácidamente recreándose en los escaparates siempre novedosos, quien apresurado y sudoroso como si fuera a extinguir un fuego existente en su imaginación. El mundo del farrago multitudinario de aquellas calles recoletas parecía no haber cambiado sino en los atuendos, ahora variopintos e imaginativos, ropas elegantes y olor a colonias exóticas. La pobreza ya no existía.

Yerra quien cree que el entorno ha de mantenerse inmutable como intentamos que permanezcan nuestros recuerdos; sin nuestro concurso va adaptándose a circunstancias que los tiempos imponen constriñéndonos a un mar de memorias ilusionadas.

Andaba en eso, recorriendo a pasos breves y melancólicos las losas planas en que la bonanza municipal ha convertido uno de los pocos paseos arbolados de la ciudad, cuando me pareció entrever entre la multitud bulliciosa una figura conocida que caminaba en mi dirección. Tate, me dije, ese es Zenón, Zenón Reviriego, mi antiguo camarada de estudios.

Era él, en efecto, más encorvado y rotundo, con menos pelo, abundosa papada y andar mesurado que sustentaba un bastón de Manila.

—¡Zenón!

Quedó perplejo. Quise achacarlo a la dificultad que le propiciaba el ojo tapado con un parche, antes que al tiempo que había pasado desde nuestro último encuentro. Me entristeció su visible deterioro.

Carlos, Carlos Martí, tu colega de pupitre en los Hermanos.

—Coño, Carlitos, perdona, este ojo…

Recordé que Zenón tenía un ojo de cristal. Un accidente infantil con una res en la granja de su padre, había sido el causante de aquella circunstancia de la que con frecuencia hacíamos crueles bromas en el colegio.

Él nunca pareció apocarse por ello -no sé si podría llamarse defecto o minusvalía- que durante los primeros días del curso hizo que cruzáramos apuestas sobre su capacidad para morderse un ojo, ganándolas al sacarse de la cuenca aquel objeto cristalino que daba un poco de repelús cuando lo enseñaba en la palma de la mano.

—¡Cuánto tiempo!

—Y tanto, por lo menos…

Siguió un dialogo tan inane como cualquiera que surge entre dos ancianos que fueron colegas en tiempos olvidados y no tienen en común más que los años y la decadencia física, sobre la que pueden extenderse sine die a poco que encuentren quien soporte la retahíla.

Aludí al parche sobre el ojo –no supe si era el de cristal o el otro- por pura cortesía y Zenón, con el agradecimiento servil de quien se interesa por el tema de nuestros achaques, me indicó un banco cercano.

—Ven, nos sentaremos a la sombra de aquellos Castaños de Indias, tengo esta ciática que...

El banco estaba profusamente decorado de cagadas de paloma que a Zenón no parecían importarle. Tuve que adecentar mi zona con un pañuelo de papel previamente escupido que me apresuré a arrojar a la papelera cercana.

Zenón no había interrumpido su perorata, al parecer tampoco su oído andaba demasiado fino, o la suerte de encontrar interlocutor le hacía crecerse.

—…un artefacto de última generación, en China la medicina está muy adelantada, hay quien dice que es un régimen totalitario, pero eso son cuentos, allí las cuestiones sociales son prioritarias. Todo el mundo tiene acceso a la cultura y a la sanidad.

—-Hombre, la libertad de prensa, la igualdad, la democracia… -me atreví a sugerir.

—Todo eso son puñetas, antes la mitad de la gente pasaba hambre y ahora comen todos los días, aunque sea un plato de arroz.

—Visto así…

—El caso es que, en mi última revisión, me recomendaron un médico chino. Acudí a la consulta más por curiosidad que por otra cosa, creyendo que sería una cuestión de agujas o algo por el estilo. El chino me propuso implantarme en lugar del ojo de cristal, uno de ‘visión binocular estroboscópica’. En vez de tener un foco, como tenemos en cada ojo, este tiene dos, de manera que la visión binocular se la hace el solo, tenía otra cualidad extraordinaria: con el ojo se podía leer cualquier lengua oriental excepto el sanscrito, que esperaban incorporar en fecha próxima. Recordé que hacía poco compré un terminal telefónico cuyas instrucciones venían exclusivamente en chino y me pareció aquella la ventaja definitiva. Puestos a probar…al fin y al cabo, por el de cristal, no veía gran cosa –se reía del chiste-, el caso es que tiré de ahorros y me implanté el artilugio.

—Entonces…

—Por eso llevo el ojo tapado. Me dijo el doctor que era cuestión de unos días hasta que pasara el último control y me diera de alta. Ya te contaré.

No hubo ocasión, pocos días después me encontré con la desagradable noticia de su esquela en el periódico. Asistí al entierro y una hija de Zenón –era viudo hacía años- me aclaró que su padre había fallecido de una septicemia generalizada y fulminante.

La prudencia que siempre me ha acompañado me impidió recabar detalles, para siempre me quedó en la imaginación –nunca sabré si de forma injusta- la imagen de un oftalmólogo chino charlatán y chapucero.

 La historia de Zenón me vino a la memoria cuando en mi última revisión oftalmológica, el amable galeno que me explicó los resultados, me sugirió la conveniencia de operarme de cataratas.

 

sábado, 16 de mayo de 2026

CUESTAS ARRIBA Y CUESTAS ABAJO

En materia de abuelos no tuve mucha suerte. Los años de estúpida guerra civil y de penosa posguerra incivil bajo una todavía más estúpida y cruel dictadura, hicieron estragos en aquellas generaciones. Solo llegué a conocer a una abuela, ya longeva. En eso si tuve suerte, era instruida para su tiempo, aunque no llegó a la universidad -que no era para mujeres-, pero tenía una formación autodidacta suficiente y, sobre todo un sentido común y la inevitable experiencia que ya quisieran para sí doctos pensadores o pensadoras de la época.

Me ha venido el recuerdo de mi abuela Joaquina a las mientes después de un suceso que ahora no tiene importancia, si no fuera porque me ha proporcionado la oportunidad de compartir con ustedes su teoría de las cuestas.

Decía mi abuela que en la vida hay trechos planos, cuestas arriba y cuestas abajo, y que por todos hay que transitar inevitablemente. Para los trechos planos, cualquiera sirve, para las cuestas abajo con mayor razón, pero para las cuestas arriba ya es harina de otro costal. Y lo decía, refiriéndose a la compañía adecuada para cada ocasión.

—¿Entonces, abuela -le decía yo-, hay que escoger gente que sirva para echarte una mano en las cuestas arriba?

–No, si fuera así estaríamos limitando mucho el campo, porque en el mundo, como decía el torero, hay gente pa tó y no a todo el mundo se le puede exigir más de lo que está dispuesto a dar. Hay mucha gente adecuada para los trechos planos, gente con la que puedes relacionarte sin complicaciones, amigos o amigas con los que compartir momentos agradables, conversaciones instructivas, conciertos y excursiones, vida placida y agradable.

—¿Y para las cuestas abajo?

—Lo mismo. Hay mucha gente interesante para las cuestas abajo, las que te mantienen informado y te ilustran, las que están dispuestas para acompañarte a una fiesta o a una merienda, personas simpáticas con las que se pueden pasar ratos tranquilos e instructivos, pero no les pidas más, porque no pueden o no quieren darlo.

—Hay que prescindir de esas.

—No, esas también forman parte de tu vida, nadie tiene derecho a desechar a nadie, todo el mundo puede aportar algo a los demás de la misma forma que tu puedes aportarles algo a ellos. Recuerda lo que decía el bachiller Sansón Carrasco, que no hay libro por malo que sea que no tenga algo bueno. Con las personas pasa algo parecido. No te debe sorprender que unas sean buenas para las cuestas abajo y otras más adecuadas para las cuestas arriba, tienes que aprender a distinguirlas y no pedirle a las de las cuestas abajo que te acompañen en las cuestas arriba. Eso, además de inútil, sería injusto. Tendrás que decidir a qué clase perteneces y que pueden esperar de ti los demás, si eres útil para las cuestas arriba o para las cuestas abajo.

 Lo que son las cosas, ahora que soy más viejo que mi abuela, todavía la recuerdo, y procuro poner en práctica su teoría de las cuestas arriba y abajo.

viernes, 13 de marzo de 2026

LOS COCHES DE MI AMIGO ZENÓN

Ya me lo habían dicho: “Ándate con ojo, ese Zenón es muy especial”, a mí, la verdad, me traía sin cuidado, no soy amigo de consejas ni advertencias. La gente está llena de prejuicios las más de las veces poco fundados y muchos heredados de habladurías sin fundamento o de recuerdos ancestrales de incierta localización. Quizás por eso, aquella mañana no me sorprendió encontrarme a Zenón –nunca se sabe quién encuentra a quien- caminando torpemente tanteando con su bastón de manila las losas desiguales del paseo hasta la mesa donde me encontraba, ante un apurado café con leche, mientras ojeaba el periódico insustancial y daba breves chupadas a la pipa a punto de apagarse.

Me pareció que andaba un poco más desastrado que la última vez que lo vi. Lo recordaba atildado y pulcro cuando dirigía su negocio de coches usados. Andaba cargado de espaldas y de años, no llevaba corbata, el cuello de la camisa se abría a un pescuezo de tortuga nada limpio. La chaqueta, otrora de espiguilla de moda y ahora de color indefinido con lamparones variopintos, le flotaba alrededor como banderola de tiempos pretéritos y los pantalones de rodilleras transparentes parecían de un par de tallas mayor de la que le correspondía. Lo único que parecía vivaz en aquel rostro ajado y de un poco atractivo color amarillento, como si la muerte ya se hubiera adueñado de él, era el ojo sano que giraba como el de un camaleón en todas direcciones. El de cristal mantenía la inconmovible fijeza de siempre, una mirada al infinito que con frecuencia había imaginado dueña de visiones misteriosas que a los demás nos estaban vedadas.

No esperó a que le invitara a sentarse –Zenón no era de los que guardan etiqueta-, apartó con imprudente ruido la silla que tenía al otro lado de la mesa y tomó asiento después de apoyar el bastón a su costado. Mi primera intención fue improvisar una excusa y marcharme. Luego pensé que no tenía nada mejor que hacer y se estaba bien en aquella terracilla dejándose acariciar por el agradable sol de mayo tamizado por las hojas superviviente de los castaños de indias.

—Tienes buen aspecto -me dijo después de los saludos protocolarios-, salgo poco y siempre por las mismas calles de nuestra infancia que me cuesta trabajo reconocer, han cambiado las tiendas y desaparecido los bares donde nos refugiábamos, para dar asiento a franquicias que cambian cada tres meses renovando rostros de gente de otros países. Me cuesta trabajo reconocer a viejos camaradas, decadentes o motorizados en artilugios que se manejan con una palanca diminuta, sonriendo al saludarte como si viajaran a lomos de aquellos chismes con tres cojinetes que elaborábamos con cuatro chapas de madera cuando éramos críos.

—Los tiempos cambian y la vida sigue, me atreví a decir, aprovechando la pausa del camarero que depositó en la mesa un café con leche y dos cruasanes que se añadirían a mi cuenta.

—Desde luego, me recuerdan aquellos en que los que yo andaba en el trapicheo de coches de segunda mano. ¿Te acuerdas de aquel Ford Taunus?

Sí, me acordaba, era un coche magnifico de tres marchas, con el cambio en una palanca bajo el volante capaz de alcanzar la increíble velocidad de cien km que pocas veces las carreteras permitían.

—Aquel si era un buen coche, dije recordando el color verde plata que suscitaba envidias y comentarios en cualquier sitio que lo aparcara.

—Y tanto, ya te lo advertí, los coches buenos envejecen bien, los malos duran cuatro días, están hechos bajo el principio de la ‘obsolescencia programada’, como un artilugio más, cuando les llegue su tiempo se cambian y a otra cosa, compras uno nuevo si tienes con que pagarlo, y el viejo a la chatarra. Un coche bueno tiene una buena vejez, si le haces un rasguño, se repara la chapa, una capa de pintura y queda como nuevo. Si se le va un manguito, se cambia. Si se perfora el radiador, se busca uno de desguace. Aquellos motores admitían dos o tres rectificados y podían hacer una pila de km. A poco que se cuidaran, eran eternos.

Zenón, tenía, entre otras virtudes, la de comer vorazmente sin parar de hablar. Para entonces, había engullido sus dos cruasanes y apurado el vaso de café con leche. Requirió el bastón, apartó la silla y se dispuso a macharse dando por concluida la conversación.

—Nos vemos otro día, dijo mientras se alejaba con su paso tardo y dificultoso.

Volví a la lectura del periódico, pero ya no me interesaban las noticias del desdichado giro que habían tomado desde que el loco del pelo rojo tomó el mando en aquel país lejano, otrora faro de la democracia. Pagué la cuenta y me dispuse a volver a casa pensando si aquella metáfora de los coches de Zenón no sería aplicable a nuestra propia existencia, prolongada a base de los recambios y cuidados que nos proporcionan los talleres de la medicina actual.

 

 

 

 

martes, 10 de febrero de 2026

¿EN ARAGÓN GANAMOS TODOS?

Es un pueblo de la Vega Media del Segura donde suceden las mismas cosas que en los demás pueblos. Fernández el conciliador, el Cacaseno, admirador de Lenin; Juan de la Cirila, devoto del PP; María “la Tutuvía”, activista izquierdosa, y el doctor Mateo de forma ocasional, dialogan en sus desayunos del Hogar del Pensionista. Yo escucho.

 

La ciudad de la alegría” en la que vivimos, no nos parece tan alegre desde que el bar del Hogar del Pensionista está cerrado por algún misterioso entresijo del gobierno municipal que no acaba de resolverse. No hemos tenido más remedio que acogernos a la hospitalidad de alguna de las terrazas al aire libre que invaden la plaza donde el humo reina por doquier. Todo menos renunciar a nuestra tertulia, sal que condimenta los escasos platos con los que, todavía nos regala la vida. Como era obligado, el tema del dia han sido las elecciones de Aragón, dicen los entendidos que estas serán el modelo de lo que en su dia haya de suceder en la próximas nacionales.

Eso comentaba el tío Juan de La Cirila que llegó pavoneándose con el periódico recién comprado bajo el brazo.

—No diréis que no os lo dije: tal cual con anunciaban todas las encuestas: ventaja total para el PP que puede gobernar y debacle absoluta para el PSOE y como consecuencia castaña para Sánchez que ha mandado a sus ministros a colonizar las autonomías y ha fracasado.

 —Si tú le llamas ganar a convocar unas eleciones porque VOX le come la tostada y lo único que consigue es perder dos escaños y que VOX multiplique por dos los suyos, me quito el sombrero ante la perspicacia del señor Azcón. Ahora tiene el aliento de Abascal en el cogote y con más fuerza que antes, a ver qué clase de gobierno va a hacer.

—Ha ganado las elecciones y el PSOE las ha perdido, eso no me lo puedes negar, Cacaseno.

—No, y bien que lo siento, me gustaba a mi la señora Alegría, hasta el nombre lo tiene bonico, pero que se le va a hacer. La juventud que vota está cabreada porque sus perspectivas de vida están en tenguerengue y ven el futuro negro sin poderse independizar y con salarios de miseria. No saben lo que pasamos en otros tiempos y no se dan cuenta de que, con todos los inconvenientes –que los hay- disfrutan de una libertad que nosotros no tuvimos, y de una medicina y una farmacia que nos puede mantener vivos años de los que no hubiéramos podido disfrutar si las cosas fueran como antes. A ellos también les llegará y a lo mejor se arrepienten.

—Se olvidan de la igualdad de género y otras muchas conquistas sociales que le debemos al ahora tan denostado zapatero -salta María-, la ley del matrimonio igualitario, la de identidad de género, la de dependencia, la de igualdad y tantas que ahora da vergüenza ver como se le tiran al cuello los voceras de tu partido, Juan.

El Cacaseno tampoco se resiste a entrar en liza:

—Y la retirada de las tropas de Irak, y la Ley de Memoria histórica, y las que han hecho los gobiernos de izquierdas apoyados por los partidos que verdaderamente somos de izquierda. Reconoce, Juan, que aquí hay un punto de partida: el PP no es un partido de oposición, no sabe hacerlo. O gobierna o nadie tiene derecho a gobernar fuera de ellos, España le pertenece y se toman como un insulto que alguien pretenda discutirlo.

—El problema es que se terminó el bipartidismo, antes bien que se entendían los dos, ahora tu, ahora yo.

—Eso se acabó, juan, y el que no quiera verlo es que no tiene ni idea de lo que es este pais hoy dia. Lo triste es que parte los jóvenes, que al fin y al cabo han de ser los que lo usufructúen dentro de bien poco, anden tan despistados y creyéndose las tontadas que les dicen desde esos partidos ignorantes y negacionistas que están dinamitando las instituciones desde dentro.

—No lo diras por el PP.

—El tuyo ya no se sabe lo que quiere, como no sea propagar bulos, insultar y hacer lo que VOX le ordene, se han colocado a su rebufo. Han optado por tomar el camino de hacerle tanto daño como puedan al PSOE, aunque les cueste dejar que VOX se les suba a la chepa, ya me explicarás que futuro les espera en Extremadura y en Aragón.

—Pues pactar, como todos.

—¡Pero que van a pactar! No tienen a nadie más que a VOX, los llevarán por el ronzál, que se lo han puesto en las manos sin que ellos hayan hecho más que dejarse querer. Los tuyos se han metido en un callejón sin salida. Ya lo decía el profesor Cipolla en ese librito que tanto os he recomendado, Las leyes fundamentales de la estupidez humana, no hay peor idiota que el que con tal de hacer daño a otro, es capaz de hacérselo a sí mismo.

—Esperemos acontecimientos, siempre que llueve, escampa.

—Tienes razón, Fernández –concluye María-, pero ¡que feo está todo!

 

 


domingo, 14 de diciembre de 2025

ORATORIO DE NAVIDAD

Encontré aquella mañana en el bar del Hogar del Pensionista, a Fernández con un aire ensimismado que no le era habitual, miraba el periódico sin verlo, mientras mordisqueaba con aire distraído su tostada. Apenas reparó en mi y tuve que hacerme presente con la discreción que pude arrastrando ostensiblemente la silla que tenía enfrente.

—Perdona Fernández… ¿Algo nuevo?

—Estaba recordando… todavía estoy impresionado

—Tú dirás.

—Nada importante, pero me causó viva impresión, quizás la falta de costumbre…

—Me tienes en ascuas.

Quise concederle un poco de espacio mientras solicitaba mi magro desayuno a la amable camarera y le di tiempo a que concluyera la tostada mientras agitaba con aire todavía distraído el café con leche. Al fin se decidió.

—El Oratorio de Navidad

—¿Como?

—Que anoche tuve ocasión de asistir en el Auditorio Municipal al Oratorio de Navidad de J.S. Bach por la coral Kodáli de Molina de Segura, una delicia.

—¿No lo conocías?

—No, fue una experiencia impactante. ¿Tú lo habías oído?

—Hace ya años, pero cada navidad suelo escucharlo en la tranquilidad de mi cuarto de estar, claro que ‘enlatado’ es diferente, me pasa lo mismo con la Pasión Según san Mateo o la Pasión Según san Juan cuando llega la Semana Santa.

—Será porque eres hombre religioso. A mí, la música sacra nunca me ha llamado la atención, pero anoche me pareció que la música y sobre todo aquellas voces que me parecieron angelicales tenían poco o nada que ver con motivos religiosos, era la profundidad de la melodía y sobre todo la belleza de las voces tan bien conjuntadas lo que llenaba el corazón de hermosa dicha, me pareció algo sobrenatural que me condujo casi al éxtasis.

—Te diré que mi opción religiosa –si la tuviera- nada tiene que ver con el gusto musical, también me gusta Wagner y no creo que ni La Valkiria ni Los Maestros Cantores de Núremberg fueran fervientes melodías católicas, y menos la aparición del tuerto Odín en medio del lío. Recuerda, Fernández, que los cantos corales ya están en las primeras tragedias griegas, siglos más tarde en el Himno atribuido a san Francisco, el Canto Gregoriano y las muchas misas orquestales que debemos a tantos insignes compositores cuya lista sería interminable. La creencia religiosa es una cosa y la música –por mucho de inspiración mística que tenga-, otra. La religión y el arte en nuestra cultura judeo-cristiana siempre han ido unidas.

—Puede que así sea, en cualquier caso, el mérito del Oratorio es de Bach, de la coral Kodály, de la orquesta y de los solistas que lo interpretaron. Y, sobre todo, de lo bien articuladas que estaban las imágenes del belén de Salzillo que ilustraban las Cantatas, fue una buena idea aparejar las dos cosas, al fin y al cabo, eran contemporáneos.

—Me alegra, amigo Fernández, que podamos disfrutar en nuestras postrimerías de estos espectáculos que nos llenan el alma de calmados sentimientos, en una época demasiado convulsa con actuaciones políticas de baja estofa que enturbian y llenan de lodo una situación democrática y cívica de la que deberíamos sentirnos orgullosos. Sobre todo, los que hemos padecido otros tiempos en los que estos de libertad y bonanza económica nos estuvieron vedados.

—Mejor no se puede decir, así es que te deseo felices fiestas.

—Y tú que lo veas.

 

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