VALLEJO,
IRENE, El infinito en un junco,
Siruela, 2019
A esta última
clase de libros quería referirme: a El Infinito
en un junco de Irene Vallejo.
Un comentario
pausado sobre este excede con mucho mi capacidad, el libro me resulta
inabarcable para una reseña, así es que me centraré a modo de disección, en los
párrafos referidos al relato de algunos pensadores griegos. Me limitaré a
señalar una serie de citas que excusan cualquier comentario, ya que, Los griegos siempre tuvieron fama de grandes
charlatanes y de litigantes inagotables - los que cumplían los requisitos de
ser libres y hombres-, tenían la posibilidad de hablar ante sus conciudadanos
en la Asamblea, donde se votaban las decisiones políticas. (203)
Los griegos, amaban las palabras y los argumentos incisivos.
Por eso eran capaces de crear poemas de bellísima orfebrería verbal, pero
también de convertir cualquier discusión en una riña estéril y destructiva. En
ausencia de leyes contra los libelos y agravios, los oradores se maltrataban
unos a otros con un verdadero lujo de injurias. En los tribunales –todos
compuestos por jurados-, las cuestiones legales importaban menos que la astucia
de la argumentación. (204)
Como resulta
imprescindible, se hace en el libro mención al mito o alegoría de la caverna que
Sócrates explica a Glaucón. Hay en este
relato una bellísima invitación a dudar, a no conformarse con las apariencias,
a romper las ataduras y abandonar los prejuicios para mirar la realidad cara a
cara. (209)
Platón imagina una
gruta en la que están encadenados, inmóviles desde la infancia unos hombres que
solo pueden mirar fijamente la pared que tienen delante. A su espalda, un fuego
proyecta sombras movedizas de los hombres cargados de objetos que discurren como
en una procesión. Para los prisioneros inmovilizados, esa es la única realidad
que existe, no han conocido otra.
Uno de los
prisioneros se libera de sus cadenas, se gira y ve una situación distinta a las
sombras que se proyectaban sobre la pared, pero si alguien le dijera que esta
que ve ahora es la realidad, no lo creería. Intentaría volverse de nuevo a su
antigua posición desde contempla lo que él considera la auténtica realidad. Platón
imagina que el hombre sale al exterior y queda momentáneamente cegado por la
luz del sol, pero poco a poco sus ojos se van acostumbrando a la claridad y
percibe una nueva situación y un conocimiento del entorno diferente a la
percepción que tenía dentro de la cueva. Le es dado conocer la situación de
seres reales, del firmamento, de la luna y el sol. Piensa que esa existencia es
superior a la que conocía en la caverna y decide compartirla con sus compañeros
de cautiverio, sacarlos a la luz del sol, darles a conocer la verdad que ha
descubierto. El prisionero liberado se ha convencido de que el mundo que ha
descubierto es superior al que estaba acostumbrado a ver en la cueva, estaría satisfecho
de su descubrimiento, se compadecería de los demás y querría llevar a sus
compañeros encarcelados en la caverna fuera de ésta, hacia la luz del sol,
hacia el mundo real.
Vuelve a la
caverna, pero sus ojos, acostumbrados a la luz exterior no pueden percibir nada
en la oscuridad. Sus compañeros creen que su ceguera ha sido provocada por su salida
y lo matarían si no estuvieran encadenados, matarían a cualquier persona que
intentara alterar su situación dentro de la caverna, de ninguna manera querrían
salir al mundo exterior.
La alegoría da
para mucho, tanto que lleva dando vueltas por las facultades del mundo entero
desde el siglo IV antes de nuestra era y proporcionando abundantes quebraderos
de cabeza a los estudiantes de filosofía que se tropiezan con ella en las aulas.
Sin embargo, nos
dice la autora, las enseñanzas de Platón
siempre me han parecido asombrosamente esquizofrénicas en su explosiva mezcla
de libre pensamiento e impulsos autoritarios. (209). En su opinión [de Sócrates],
se debe procurar que los jóvenes mueran gustosamente en la batalla “Haremos muy
bien –afirma- en suprimir los lamentos de los hombres ilustres, para
atribuírselos en cambio a las mujeres”. (210)
Descubrimos que en
Platón late un riguroso censor que propone una policía poética para vigilar la
nueva literatura que algunos jóvenes poetas se aventuran a poner en
circulación. El poeta no podrá componer
nada que contradiga lo que la ciudad considera legal, justo, bello o bueno; una
vez escrito su poema, no podrá darlo a conocer a ningún particular, antes de
haber sido leído y aprobado por los jueces que para ello hubieran designado los
guardianes de las leyes (…) y aquel al que escogimos como director de
educación. (210) Aunque Platón sigue
fascinándonos porque, al contrario de lo que prescribe, es agudo, paradójico e
inquietante. (212)
Sabemos que Platón
era contrario a la democracia ateniense que había sido la inductora de la
muerte de Sócrates, del que toma la responsabilidad de hacerlo hablar después
de muerto, probablemente hubiera querido instaurar
un modelo político inmutable, en el que no hicieran falta nunca más cambios
sociales ni impúdicos relatos que socavasen los cimientos morales de la
sociedad. Deseaba estabilidad, deseaba el gobierno de los sabios y no el de la
necia mayoría. (211)
Al parecer, ya en
su tiempo los escritos de Platón referidos a Sócrates eran motivo de discusión
y controversia. Relata Calimaco, un escritor miembro del Museo de la Gran
Biblioteca de Alejandría que un joven lector, Cleómbroto de Amgracia, se lanzó
al vacío desde lo alto de las murallas después de leer un tratado de Platón.
Como vemos, las
figuras de Sócrates y su escribano Platón siguen estando vigentes dos mil
quinientos años después de la desaparición de sus autores debido, sin duda, a
ese artilugio que la llegado a nuestras manos en diversas modalidades agrupadas
con el nombre de libro. Que proliferen tanto que resulte al común de los
mortales abarcar siquiera una ínfima parte de ellos no debe resultar
frustrante, de la misma forma que hemos de conformarnos con la propiedad –a ser
posible- de algunas pepitas de oro sin envidiar por ello la posesión de la
enorme cantidad de ellas esparcidas por la faz de la Tierra.
Y quizás sea
cierto que sentir cierta incomodidad es
parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la
inquietud que en el alivio. (213)



