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martes, 25 de enero de 2022

HISTORIA Y FE

 

Hace unos cuantos millones de años nuestros antepasados empezaron a caminar erguidos. En el grupo andaba Lucy y el resto de nuestros abuelos de los que ustedes deben tener noticia. En un momento de lejana memoria aquellos seres primitivos adquirieron la facultad de pensar y con ella la capacidad de reconocerse personas y saber que su vida sería efímera. Venían asombrándose desde tiempo atrás de los fenómenos que a su alrededor sucedían y sobre los que no tenían posibilidad de control. De pronto el cielo se abría y derramaba sobre ellos cataratas de agua que amenazaban ahogarlos y en muchos casos lo conseguía. Otras veces el rayo inclemente caía sobre sus cabezas incendiando el entorno y arrasando con lenguas de fuego lo que fueran ubérrimos bosques. Los humanos consideraron el fuego primero castigo, luego regalo de los dioses, lo domesticaron y en el futuro lo llevaron en su inacabable periplo ayudándose de él para cocinar sus alimentos y establecer prácticas barreras defensivas contra los depredadores que los acechaban de continuo. Se vieron obligados a rendir pleitesía a aquellos seres etéreos que habían imaginado hospedados en las alturas y a aplacarlos con ofrendas, pues de su capricho dependía el que la vida fuera placentera o un cúmulo de desdichas.

Pasaron los tiempos, avanzó la humanidad en conocimiento y habilidades. De cazadores recolectores, los seres humanos se vieron atrapados en el cultivo de la tierra y dejaron de andar. Se afincaron en la Creciente Fértil, edificaron ciudades y construyeron murallas que los defendieran de los asaltantes que codiciaban sus repletos graneros. Para que las ciudades tuvieran prosperidad y éxito en la defensa de sus enemigos, construyeron templos que elevaron hacia lo alto de forma que los dioses que habían imaginado tuvieran camino expedito para acercarse a las criaturas de su creación. En su lengua acadia les llamaron Zigurats y algunos de ellos ha llegado hasta nuestros días, aunque maltratados por el tiempo que ha deshecho las atobas de barro con que se construyeron. Hemos podido recoger las hazañas de uno de sus héroes fundacionales llamado Gilgames.

Este mozo alcanzaba, según el poema escrito en estelas de piedra por su biógrafo Sin-leqi-unnini hacia el 1400 antes de la Era Común, la notable talla de 5,60 metros de altura. En compañía de su amigo Enkidu inició un largo periplo en busca de la inmortalidad que no resultó demasiado exitoso. El poema, luego repetido en muchas tablillas cuenta el primer diluvio universal que más tarde sería recogido en diversos relatos míticos.

En Egipto surgió, por aquellos tiempos, una cultura capaz de imaginar un abigarrado mundo después de la muerte. Para sustentar sus ideas elevaron fastuosos monumentos que han llegado hasta nuestros días y puede que se mantengan en pie mucho después de que nosotros hayamos desaparecido. Los dioses, sin embargo, seguían siendo difíciles de contentar. Dice Manetón, un historiador egipcio del 1730 aC. relatando la invasión de los Hicsos a su país: “No sé por qué Dios estaba descontento de nosotros”.

 

 

Pasaron años y pasaron imperios, cada uno de ellos encomendado a uno o más dioses protectores al que se rendía culto y ofrecían sacrificios buscando siempre su acción benevolente. Los gobernantes fabricaron dioses a medida que avalaran su actuación.  No siempre el o los dioses se mostraban tan propicios como sus adoradores pretendían, pero el hecho jamás se atribuía a la mala intención de la divinidad sino al error de los humanos que lo invocaban. Para ello surgió enseguida una casta que ha perdurado a través de la historia y de las religiones: la casta sacerdotal. Los sacerdotes jugaban con ventaja pues además de ser los escogidos de los dioses por alguna oscura razón que al resto de los mortales se le ocultaba, eran en exclusiva los intérpretes de la voluntad y los designios de las divinidades. Solo ellos eran capaces de interpretar los deseos de los habitantes celestes. Los griegos de los siglos sexto antes de nuestra era en adelante hicieron florecer, en época de Pericles, Fidias y Pitágoras, una rica cultura que llevaba aparejada el invento de un panteón divino habitante del monte Olimpo comandado por el rijoso Zeus que, descendiente de la primera generación de dioses, Cronos y Gea, fue capaz de poblar el monte con los hijos fruto de sus innumerables amoríos. A los dioses griegos se les atribuyeron todos los elementos positivos y negativos que afectaban a los mortales y todos los sentimientos tanto excelsos cuanto miserables que los hombres tenían.

 

Detrás de los griegos vinieron los romanos, admiradores de su cultura que adoptaron el panteón griego sin más diferencias que las de cambiarle el nombre a la mayoría de los dioses reclutados por el nuevo amo. Fueron, en ese aspecto, tan elásticos los romanos que el panteón de los dioses fue ampliándose hasta incluir a hombres de relieve o emperadores, incluso en vida, como fue el caso de Augusto y algunos otros. Mientras la religión fue politeísta el asunto no presentó mayores dificultades. Los dioses se llevaban tan bien o tan mal como los miembros de cualquier familia de humanos e intervenían en las disputas de estos ora a favor, ora en contra según las ofrendas y las simpatías que les granjearan. 

La cosa empezó a complicarse cuando en un pequeño estado del Mediterráneo oriental llamado Judea, un rey de extenso reinado llamado Josías encontró o dijo encontrar en el año seiscientos y pico antes de nuestra Era la verdadera Torá o conjunto de los cinco libros santos atribuidos a Moisés y sus descendientes. (En este punto, como en tantos otros, la historia se pierde entre los vericuetos de la tradición y los intereses de los gobernantes del momento. No hay que perder de vista que las religiones de diversa índole han sido utilizadas como eficaz vehículo para mantener a la población en un estado de sumisión y obediencia a las leyes emanadas del poder civil confundiéndose a menudo con él). 

Era, el judío, un pueblo de escasa dimensión poblacional, sojuzgado y vejado a lo largo de su larga historia por los vecinos que no comulgaban con sus principios, pero la ley mosaica les aseguró que, a pesar de su pequeñez o quizás por ello, era el pueblo elegido por Yahvé, único digno de alcanzar la bienaventuranza eterna siempre que soportara con paciencia y resignación las asechanzas y desdichas que los gentiles les infringían.

A no tardar mucho, en el siglo I de nuestra era, a los judíos les salió un reformador llamado Jesús de Nazaret que remozó su doctrina añadiendo sus seguidores, unos años después, a los cinco libros primigenios otros cuantos que los completaban y mejoraban. Ésta constituyó la primera gran escisión del judaísmo que tendría notable éxito en el número de adeptos, sobre todo a partir de que Constantino impulsado por su devota madre Helena, instituyó mediante el edicto de Milán —de dudoso origen—, la nueva doctrina como religión oficial del imperio. Así fue como los habitantes del Imperio Romano un día de junio del año 313 se acostaron paganos y se despertaron cristianos, aunque el cristianismo no se convertiría en religión oficial del Imperio hasta el 380 con el Edicto de Tesalónica del emperador Teodosio. Ocioso es recordar las numerosas sectas, subsectas, cismas y escisiones que desde los ofitas, cainitas, albigenses, y otras muchas hasta llegar a la fundamental escisión de Lutero, le han salido a la doctrina primigenia.

Pero la historia no acaba aquí. Seiscientos y pico años después de la fundación del cristianismo, a un beduino de la península arábiga se le apareció el arcángel Gabriel (de cuya existencia, ahora sí, no cabe duda razonable) anunciándole otra buena nueva: la de que lo dicho hasta entonces debía matizarse para que se adaptara a los nuevos tiempos. Esta buena nueva, anunciada en apariciones sucesivas a lo largo de unos cuantos años fue recogida por los seguidores de aquel beduino llamado Mahoma en un libro, el Corán, considerado santo por sus seguidores. Ni que decir tiene que, de la misma forma que a las que le habían precedido, a esta nueva religión pronto le salieron ramas reformadoras, consideradas más o menos espurias que mantienen tan animadas controversias con la original como en los demás casos.

 

A La luz de este breve esbozo de la historia religiosa que tenemos más próxima, cabe reflexionar sobre la necesidad de recurrir a la fe, esa fe que supone la creencia ciega en unas verdades que se nos presentan sin más sustento que el de la voluntad de cada individuo para adaptarnos a una u otra de las religiones en cuyo seno nos hemos visto inmersos por la geografía. 

Puede que, por eso, ninguna religión, desde los tiempos primigenios hasta nuestros días, pueda sustentarse sin el atributo imprescindible de la fe, que en ningún punto debe someterse a controversia.  Creer o no creer es potestad de cada persona, más allá de cualquier discusión de tipo científico o histórico. Es, simplemente potestad del libre albedrío de cada uno.

 

 

 

 

 

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