Me
pareció que andaba un poco más desastrado que la última vez que lo vi. Lo
recordaba atildado y pulcro cuando dirigía su negocio de coches usados. Andaba
cargado de espaldas y de años, no llevaba corbata, el cuello de la camisa se abría
a un pescuezo de tortuga nada limpio. La chaqueta, otrora de espiguilla de moda
y ahora de color indefinido con lamparones variopintos, le flotaba alrededor
como banderola de tiempos pretéritos y los pantalones de rodilleras
transparentes parecían de un par de tallas mayor de la que le correspondía. Lo
único que parecía vivaz en aquel rostro ajado y de un poco atractivo color
amarillento, como si la muerte ya se hubiera adueñado de él, era el ojo sano
que giraba como el de un camaleón en todas direcciones. El de cristal mantenía
la inconmovible fijeza de siempre, una mirada al infinito que con frecuencia había
imaginado dueña de visiones misteriosas que a los demás nos estaban vedadas.
No
esperó a que le invitara a sentarse –Zenón no era de los que guardan etiqueta-,
apartó con imprudente ruido la silla que tenía al otro lado de la mesa y tomó
asiento después de apoyar el bastón a su costado. Mi primera intención fue
improvisar una excusa y marcharme. Luego pensé que no tenía nada mejor que
hacer y se estaba bien en aquella terracilla dejándose acariciar por el
agradable sol de mayo tamizado por las hojas superviviente de los castaños de
indias.
—Tienes
buen aspecto -me dijo después de los saludos protocolarios-, salgo poco y
siempre por las mismas calles de nuestra infancia que me cuesta trabajo
reconocer, han cambiado las tiendas y desaparecido los bares donde nos
refugiábamos, para dar asiento a franquicias que cambian cada tres meses
renovando rostros de gente de otros países. Me cuesta trabajo reconocer a
viejos camaradas, decadentes o motorizados en artilugios que se manejan con una
palanca diminuta, sonriendo al saludarte como si viajaran a lomos de aquellos chismes
con tres cojinetes que elaborábamos con cuatro chapas de madera cuando éramos
críos.
—Los
tiempos cambian y la vida sigue, me atreví a decir, aprovechando la pausa del
camarero que depositó en la mesa un café con leche y dos cruasanes que se
añadirían a mi cuenta.
—Desde
luego, me recuerdan aquellos en que los que yo andaba en el trapicheo de coches
de segunda mano. ¿Te acuerdas de aquel Ford Taunus?
Sí,
me acordaba, era un coche magnifico de tres marchas, con el cambio en una
palanca bajo el volante capaz de alcanzar la increíble velocidad de cien km que
pocas veces las carreteras permitían.
—Aquel
si era un buen coche, dije recordando el color verde plata que suscitaba
envidias y comentarios en cualquier sitio que lo aparcara.
—Y
tanto, ya te lo advertí, los coches buenos envejecen bien, los malos duran
cuatro días, están hechos bajo el principio de la ‘obsolescencia programada’,
como un artilugio más, cuando les llegue su tiempo se cambian y a otra cosa, compras
uno nuevo si tienes con que pagarlo, y el viejo a la chatarra. Un coche bueno
tiene una buena vejez, si le haces un rasguño, se repara la chapa, una capa de
pintura y queda como nuevo. Si se le va un manguito, se cambia. Si se perfora
el radiador, se busca uno de desguace. Aquellos motores admitían dos o tres
rectificados y podían hacer una pila de km. A poco que se cuidaran, eran
eternos.
Zenón,
tenía, entre otras virtudes, la de comer vorazmente sin parar de hablar. Para
entonces, había engullido sus dos cruasanes y apurado el vaso de café con
leche. Requirió el bastón, apartó la silla y se dispuso a macharse dando por
concluida la conversación.
—Nos
vemos otro día, dijo mientras se alejaba con su paso tardo y dificultoso.
Volví
a la lectura del periódico, pero ya no me interesaban las noticias del
desdichado giro que habían tomado desde que el loco del pelo rojo tomó el mando
en aquel país lejano, otrora faro de la democracia. Pagué la cuenta y me
dispuse a volver a casa pensando si aquella metáfora de los coches de Zenón no sería
aplicable a nuestra propia existencia, prolongada a base de los recambios y
cuidados que nos proporcionan los talleres de la medicina actual.






