ÁRBOLES Y ROSAS VERDES
El viajero recorría la galaxia siguiendo el periplo del Pequeño Príncipe. Pasó por el planeta del rey sin súbditos, por el del hombre vanidoso que se creía el más admirado del orbe, por el del borracho que bebía para olvidar que lo era, por el del hombre de negocios que se creía dueño de las estrellas… Cuando llegó al asteroide B-612, hacía ya muchos años que el Principito no estaba. La rosa que con tanto esmero cuidaba, había desaparecido de su urna de cristal. El planeta, gracias a sus desvelos, estaba libre de baobabs, pero yermo de cualquier otra planta. El viajero recordó el vuelo nocturno de St. Exupery y sus aventuras en medio del inhóspito desierto del Sahara donde solo crecen plantas raquíticas después de las breves y espaciadas lluvias. Quizás el aviador se había marchado con la ilusión de cubrir de árboles el gran desierto. Imaginó un bosque lleno de verdor y decidió plantar en aquel asteroide abandonado unos árboles que recordaran tiempos pasados, al Principito y...