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sábado, 18 de julio de 2020

LABRADOR


A la memoria de Ramón ‘el Estuto’, allá donde se encuentre.
Labrador,
ya eres más de la tierra que del pueblo.
Cuando pasas, tu espalda huele a campo.
Ya barruntas la lluvia y te esponjas.
Ya eres casi de barro.
De tanto arar, ya tienes dos raíces
debajo de tus pies heridos y anchos.
(Gloria Fuertes)

El hombre apura el vaso y chasquea la lengua complacido. El vinillo de la tierra, clarete y áspero, parece menos agrio que otros años. Se complace pensando que aún le quedan tres grandes damajuanas llenas, bien selladas, durmiendo en el frescor del sótano. Calcula que le hasta que las uvas maduren en octubre.
Aparta el plato, se levanta de la mesa y no puede evitar un gesto de dolor. La espalda se resiente después de un día duro. Atraviesa la puerta del cortijo y sale a la era. Es de noche y la luna creciente brilla. Faltan cuatro días para que esté llena. El hombre se sienta en el poyete junto a la puerta y se reclina contra la pared desconchada de la casa. Ha sido un día fuerte pero bien aprovechado. Se levantó al alba y, mientras los mulos daban cuenta del primer pienso fue a inspeccionar la era donde los muchachos extendían la mies. Las hijas ayudan a los hombres mientras la madre enciende el fuego y prepara los tazones de leche con achicoria. El padre saca el trillo con piedras de sílex incrustadas y prepara los atalajes de las bestias. No le gusta dejar esa faena a los muchachos que no acaban nunca de hacerla a su gusto. Enseguida empiezan la trilla. Los mulos, engandulados todavía, se muestran remisos a emprender la marcha. El látigo que acaricia los lomos con firmeza los convence de que no valen triquiñuelas. Arrancan a un trote cochinero que no les será permitido abandonar hasta el mediodía, cuando la parva se haya reducido a polvo.
A la hora de comer el hombre da orden de parar. El sol está en su zenit y fatiga en demasía a personas y animales. No corre viento aún. Es hora de tomar un bocado y hacer un alto hasta que el calor remita.
A una voz del amo la mujer sale de la casa con una gran sartén de rabo largo llena de migas blancas y esponjosas. En el centro, como diamantes negros, los tropezones de tocino, hígado y asadura. La coloca sobre los trébedes bajo la sombra entreverada de la parra. Los hombres se aproximan y esperan a que el patrón saque la primera cucharada. Comen despacio, a grandes bocados que mastican lentamente. A cada uno el ama le ha servido un tazón lleno de caldo caliente donde flotan pimientos secados al sol, es ‘el remojón’ que ayuda a suavizar las migas. El amo mantiene el porrón a su lado en el suelo y lo pone en circulación cuando le parece oportuno. Los hombres, por turno, se lo echan a la cara y dejan que el hilillo trasparente les acaricie los labios entrecerrados. Después alguien saca una petaca que recorre el círculo y fuman todos en el mismo silencio concentrado. El cuerpo cansado es poco proclive a la conversación ociosa. Queda mucho día por delante.
A media tarde, cuando la sombra del cortijo se ha alargado, comienza a soplar el airecillo de la sierra. La era está situada en un altozano en el centro del valle, expuesta a los cuatro vientos. Lleva allí toda la vida.  Pudo ser obra del abuelo o del padre del abuelo, vaya usted a saber. Quienquiera que fuera, sabía el oficio. Las lajas de piedra siguen firmes y encajadas como el primer día, el lugar perfecto para aventar la parva que ya está preparada. Los hombres, provistos de largas palas de encina, lanzan la mies al viento. El grano cae cerca y la paja va amontonándose, un poco más lejos, en un largo caballón adonde el viento la arrastra,
Al anochecer se acaba la faena. Los sacos de trigo se alinean junto a la pared de la casa, listos para llevarlos al granero cuando acaben de perder la humedad.

El hombre se recuesta un poco más y estira las piernas doloridas. La trilla ha terminado. Han sido días intensos, pero valió la pena. La cosecha es buena. Hay cebada y trigo suficiente para el año y aún se podrá vender una buena parte. Se trasformará en harina de primera en el molino maquilero; alimentará a hombres y animales, engordará la cochina y parirá, si Dios quiere, un buena camada; los embutidos colgarán de las cañas, cabe el techo; las orzas panzudas rebosarán de lomos y costillejas en aceite. Se avecina un buen año.

Se levanta poco a poco, tentándose los riñones que le arden y se encamina a la casa a paso lento. Mañana será otro día.


martes, 5 de marzo de 2013

COMIENZA EL DIA


A todas las madres que en el mundo han sido. 

La madre salta de la cama con las primeras luces. Aterida de frío, con los huesos aún entumecidos, se llega hasta la cocina y enciende el fuego con las cuatro astillas que dejó preparadas anoche. El calorcillo de la débil llama reconforta sus dedos empedrados de sabañones. Coloca una olla al fuego, que ya crepita. Cuando el agua esté caliente le echará un puñado de achicoria y unas cucharadas de miel. Ese líquido caliente reconfortará las tripas del marido y los hijos que ya empiezan a rebullir en las oscuras habitaciones.
En una pequeña alhacena reposan, cubiertos por una retalera blanca, los redondos panes que amasó el sábado. Saca uno, corta largas rebanadas de un dedo de espesor y las va colocando en el cestillo que ocupa el centro de la mesa. Luego descuelga una ristra de blancos que penden de una caña atada a las vigas. Ya están un poco resecos –este año aún no se ha hecho la matanza- pero son buen companaje para el pan sabroso y denso.
El padre atraviesa presuroso la cocina, que da a la cuadra, y le echa el primer pienso a las dos mulas que lo aguardan inquietas. Los hijos comienzan a aparecer con las caras aún húmedas de los manotazos de agua que se echaron en la zafa común.
Toman asiento en silencio y comienzan a comer con apetito. La madre vuelca el líquido negruzco y oloroso de la olla en los tazones. La chica desmigaja una rebanada de pan y va echando barquitos. Luego hunde la cuchara en las sopas y se las lleva a la boca soplándolas con precaución. El chico deja el tazón para el final. Coge un blanco, lo coloca sobre el pan y va cortando trozos con su navaja de cachas resobadas. Mastica lentamente, saboreando cada bocado. La madre, sin llegar a sentarse, mascujea un trozo de pan que ha calentado en la lumbre antes de echarle un hilo de aceite y un espolvoreo de pimentón.
Acaban el desayuno en silencio. El padre se acerca después de aparejar las mulas que devoran su pienso con aplicación. Se bebe el tazón de un trago y añade su rebanada de pan y un blanco al recado que la madre les ha preparado, en un cestillo de esparto, para la media mañana. Tiene prisa, en este tiempo los días son cortos.
Padre e hijo salen hacia el campo. La madre y la muchacha recogen la mesa.
La chica sale enseguida, con el barreño de la ropa apoyado en la cadera, camino de la acequia. La madre se dispone a empinar la olla con unas patatas y el medio pollo que cuelga, al fresco, en un clavo del porche. Los hombres llegarán al medio día con un hambre de lobo. Si el chico se queda con gana le freirá un par de huevos y que sope todo el pan que quiera.
Nota que hoy le duelen los riñones más que otros días. No puede ser la regla, que se le retiró el año pasado. A lo mejor es este tiempo húmedo que se ha metido ya en el mes de octubre. Cada año nota más los cambios de temporada. O será que se está haciendo vieja. No quiere ni pensarlo. El marido y los hijos la necesitan todavía.
Sale al patio y suelta las gallinas. Antes, las coge una a una y les tantea el culo. A las que tienen huevo les echa un puñado de grano. Las demás, que se busquen la vida por los alrededores. Ella las vigilará de tanto en tanto, por si sale la zorra.
El sol va calentando. Comienza un nuevo día, como ayer, como mañana. 

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