SEÑOR PRESIDENTE (y X). Banderas
Cuentan las leyendas que, en su lecho de muerte, herido de espada o lanza (que en esto los historiadores no andan muy precisos), Carlomagno otorgó a su vasallo Wilfredo el Velloso (así llamado por su espectacular atuendo capilar, desde entonces envidiado por muchos de nosotros y natural, por cierto, de Carcasonne, actual Francia), como enseña, las cuatro barras que dibujó en su escudo mojando los dedos con su propia sangre. Con su habitual perspicacia, Sr. Presidente, habrá reparado que me he referido a este relato como “leyenda”, porque eso es y no otra cosa: Carlomagno vivio entre 747-814 y Don Wifredo (Guifré en catalán) murió en 897, así es que no tuvieron el gusto de conocerse, cuando menos de intercambiar símbolos sanguinolentos. Por si fuera poco, lo de la heráldica es un invento varios siglos posterior (aproximadamente hacia el s. XII). El tema ha sido tratado con el rigor que merece por historiadores tan reputados como Martin de Riquer y Menéndez Pidal de Navascués...