UN PERRO RABIOSO
Caminaba por el sendero que atraviesa el bosque silencioso y nevado, cuando me encontré con aquel perro, grande como un ternero. Jadeaba con estertores roncos, el pelaje entrapizado y sudoroso, las fauces llenas de espuma, la mirada agónica, sanguinolenta. Al verme se agazapó, prevenido para el salto, con el rabo abatido y las orejas gachas. Me detuve indeciso y atemorizado; dirigí instintivamente hacia él la vara en que me apoyaba, imaginé su salto y me vi metiéndole la contera metálica del báculo por la boca, ensartándolo como una becada lista para las brasas. Pero eso era solo una fantasía. La realidad es que me temblaban las piernas y mis dientes no se daban tregua. Si superaba el ataque, el menor roce de aquellos colmillos que me parecían dagas florentinas sería suficiente para contagiarme la rabia. Y de rabia se muere uno sin remedio. Pensé llegado mi último momento en aquel lugar perdido, de una forma ignorada y estúpida. En las situaciones de peligro –todos lo habré...