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martes, 1 de noviembre de 2011

POLÍTICA


Fernández, que me aventaja en prudencia como en tantas otras cosas, me recomienda con frecuencia que no toque asuntos de política, que siga la estela del menudo gallego cuyas recomendaciones iban en el mismo sentido, y mientras vivió, le fue la mar de bien. Seguro que la razón asiste a Fernández y al difunto del norte, pero me pilla viejo para consejos y sigo empecinado en proporcionar opiniones que a pocos importan.
Si, como decía aquel hombre nacido en Estagira en el año 384 aC., el hombre, por naturaleza, es un animal social (o político, tradujeron muchos) no tiene nada de raro que este animal político que les escribe quiera meter la cuchara en ese caldo.
Cada persona es un mundo, llega a sus conclusiones como puede y tiene la natural intención de que los demás las compartan para reforzarlas. Es absolutamente humano. Hasta a mi me pasa. Los catalanes lo dicen con gracia (a veces la tienen): Cuan mes serém, mes riurém  (Cuantos más seamos, más reiremos). Conviene que seamos muchos diciendo la misma cosa para que se convierta en verdad, es cuestión de Teología, y los teólogos, como es bien sabido, nunca se equivocan.
Es imprescindible hacer un esfuerzo por digerir lo que opinan los demás. Puede que la razón no esté absolutamente de nuestra parte, si no que tenga múltiples aristas.
Algún sabio de esos que todo el mundo cita y nadie conoce, parece que recomendaba incidir en lo que nos une y obviar (en lo posible) lo que nos separa. Puedo garantizar que, en las escasas ocasiones que he reunido la templanza suficiente para seguir el consejo, he obtenido resultados sorprendentes y acabé comprobando, no sin cierto estupor, que estaba más de acuerdo con mis contrincantes dialecticos de lo que había imaginado.
Me detesto cuando asumo el papel de agorero, pero se avecinan peores tiempos, que ya es decir. Desde fuera nos indican (eso sí, finamente) cuantos agujeros del cinturón nos hemos de apretar porque esto se ha complicado, somos una gran familia y cuando uno estornuda a los otros les entra cagalera. Y eso va a pasar con estos, con aquellos y con los de más allá.
Desde dentro, en vez de llegar a razonables acuerdos por el bien de la Feliz Gobernación, los mandarines se tiran los trastos a la cabeza y sacan a pasear las reliquias enfajadas con una vergonzosa escasez de imaginación. Los ancianos y venerables demiurgos cesantes de una y otra banda, hacen lo que les toca para seguir cobrando pingues estipendios y no descender del atril que les ha de encaramar directamente a la eternidad.
Parece como si en cada periodo de elecciones se bajara un escalón en la categoría de los ponentes y tuviéramos que echar mano de figuras ya periclitadas que son las únicas que suscitan cierto respeto entre sus respectivas mesnadas. La momia de Ramsés II parece condenada a no consolidar nunca su triunfo en la batalla de Kadesh.
El espectáculo de consignas, mítines y abrazos que nos proporcionan cada uno en “sus feudos”, sería bochornoso si al pueblo le quedara capacidad de sonrojo. Pero debemos estar inmunizados contra tonterías y despropósitos. Resulta sospechosamente actual la frase de Miguel Espinosa: “Porque el pueblo, como los dioses, carece de demiurgos, está fuera de la Historia; los sucesos solo ocurren a la clase gobernante” (Escuela de Mandarines, 1974.)
No sé si me explico.
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