GABINO Y LAS MONJITAS
Su padre consideró conveniente depositar, en una primera instancia, la responsabilidad de su buena educación en las sabias y bondadosas manos de las monjitas del Carmelo. Aquel colegio aún sobrevive convertido, por el paso del tiempo, en Mayor. Gabino llegaba cada mañana –unas veces más puntual y la mayoría menos- a una de las dos colas que se formaban a la puerta. Se habilitaba una para niños y otra para niñas. Llegado su turno, restregaba rápidamente las narices en el largo y negro escapulario de la hermana portera, (que presentaba un sólido y añejo reguero de mocos infantiles), y entraba sin demasiada premura al gran patio desde donde se accedía a las aulas. Recordaría, años después, aquel olor inconfundible: mezcla de cocina rancia, espacios cerrados con aire respirado varias veces, sotanas de paño nada limpias y cuerpos con zonas íntimas que jamás llegaron a trabar amistad estrecha con la pastilla de jabón ni el maligno invento francés del caballito. Un olor característico...