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Mostrando entradas de abril, 2018

COLECCIONISTAS Y COLECCIONES

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Decía mi profesor de Antropología en un libro titulado “El animal paradójico” (algunos traviesos alumnos lo remedaban de forma burlesca como “El animal parapléjico”) [1] , que el afán de coleccionismo es lo que sitúa al hombre, desde tiempos prehistóricos, en su auténtica dimensión humana. El utensilio no existe sino en un ciclo operatorio y la colección de utensilios del Australopitécido nos habla de un lenguaje de posibles, una visión de del futuro, de lo por-venir que descarta selectivamente (en el hecho mismo de hacer tal selección) una serie de imposibilidades funcionales, de actos. Lo posible prevalece siempre sobre lo real y lo real no es más que el residuo de lo posible . En lenguaje más pedestre, el afán de coleccionar parece estar estrechamente ligado con el de poseer el utensilio o el bien para siempre, con el afán por trascender uno mismo a través de los objetos; en definitiva, con la conquista de un futuro eterno ante el miedo de la extinción que nos amenaza desd...

JULIO Y SU SEÑORA, CON CIFUENTES AL FONDO

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Cayo Suetonio Tranquilo (70-126) fue un gran escritor romano al que pirraban las noticias de alcoba. Se tomó la molestia de investigar la vida y milagros de ‘Los doce césares’ (desde Julio a Domiciano) para dejar a la posteridad un interesante libro, hasta hoy lectura obligada en las facultades de historia.  Una de las muchas historias que relata se refiere a Pompeya, esposa de Cesar, de la que se sospecha que el taimado Julio quería deshacerse de forma que no ofendiera a las leyes ni a la sociedad. Para ello, aprovechó que en unas fiestas sólo para mujeres (ya entonces un incipiente feminismo –al menos entre las clases altas- comenzaba a manifestarse), llamadas de la Bona Dea , se había colado un enamorado de Pompeya, llamado Clodio. Enterado Cesar de la profanación festera y haciendo aparecer a su esposa como cómplice del hecho (al parecer sin serlo), aprovechó la ocasión para repudiarla basándose en el evanescente principio de que ‘la mujer del Cesar no solo debe ser hones...

TRES CANTORES Y UNA DAMA CON PEINETA

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El Hogar del Pensionista ofrecía un aspecto desangelado. La gente había acudido en masa a la procesión del resucitado, la más folclórica del pueblo. En ella, para alivio del cuerpo y lenitivo del alma después de los pasados días de congoja, es tradición regalarse con empanadillas y otras exquisiteces de bollería, donadas por los generosos cofrades o adquiridos con cargo al peculio propio. El Cacaseno, renuente a los festejos religiosos, desmenuzaba la prensa en una mesa apartada cuando llegó Fernández. —¿Qué?, poniéndote al día de los festejos populares. —Calla, calla, que estoy ojeando el periódico local y parece la hoja dominical de la parroquia.   —Pues que quieres, en estas fechas ya se sabe… —Lo digo por los cantores del himno de la legión y la señora del diferido con teja y mantilla. Pa mear y no echar gota. —No me digas que no te parece bien que canten. —No te quedes conmigo, Fernández, que no soy Juan de la Cirila. —Por cierto, Juan estará viendo p...