Me despierta la charanga de los ‘Moros
y cristianos’ y recuerdo el breve espacio en que estuve viendo el desfile
en la televisión. ‘Un vistoso espectáculo de luz y sonido’, como dirá hoy la
prensa de la ingle. Un desfile de marcialidad impecable, en estos tiempos en
que rechazamos la rigidez de los ejércitos. Trajes rutilantes llenos de
abalorios y pedrería, maquillajes de alto standing
y muchas horas, hermosa juventud sonriente bajo focos de colores y música
atronadora. Eso sí, ni un solo moro genuino, esos presencian el desfile emboscados
en esquinas discretas, preguntándose si toda esta parafernalia serán los restos
de cuando sus antepasados hacían florecer la cultura en Al-andalus. Paradojas
de los tiempos modernos, cristianos disfrazados de moros para festejar tiempos
de conquistas moras, bajo el patrocinio de santos y vírgenes locales.
Cambié de canal, noticias de Gaza.
Pocas y con sordina, parece que da vergüenza tratar ese sórdido tema que se ha de quedar en la memoria de
los habitantes del ‘mundo libre’ para siempre, el exterminio del pueblo
palestino a manos de unos verdugos en nombre del dios de los judíos. Sin
derechos, viviendo a la intemperie que patrullan manadas de ratas, sin comida,
masacrados por bombarderos que se manejan a distancia para que la sangre no
salpique, hasta su total extinción. Sin posibilidades de sobrevivir como
pueblo, porque los niños son los primeros en morir.
Mientras, el resto del mundo se
contenta con mandar una ayuda humanitaria que los verdugos detienen, y protestas
diplomáticas con la boca pequeña, no sea que los israelitas se enfaden y
bloqueen los muchos contratos de suministros en uno u otro sentido que tienen
con ‘los países democráticos’. Por si fuera poco, la sombra del terrible Mosad
planea sobre los secretos de los gobiernos, y el Mosad infunde mucho respeto.
Las naciones de Europa –unas más y otras
menos- tienen mala conciencia cuando recuerdan el holocausto judío de la
Segunda Guerra y cualquier referencia al tema se hace en voz baja y con sordina.
Los ganadores de la guerra se quitaron de encima el problema judío endosándoselo
a Palestina en 1948 y los ingleses respiraron aliviados abandonando un
protectorado que no les daba más que problemas. Dos estados, les dijeron, y a
partir de ahora a convivir como buenos hermanos, a fin de cuentas, todos sois descendientes
de los antiguos patriarcas. Asunto resuelto y nos quedamos de perfil. Si los
judíos fueran musulmanes o los musulmanes judíos, no habría mayor problema,
pero el caso es que los musulmanes no pueden ser judíos ni los judíos
musulmanes. No pueden compartir el mismo territorio, uno de los dos sobra. ¿Y quién
sobra? El más débil, es evidente. ¿Quién tiene el mandato divino para ocupar
esa tierra? Los israelitas, no hay duda. Lo dice Yahvé por medio de la Torá y
la Torá no puede equivocarse. Hay un principio incontrovertible: ‘la prioridad
nacional’, primero los judíos, los demás sobran.
Cualquier medio es licito en la guerra,
los palestinos no son israelitas, por lo tanto, se les puede matar impunemente:
balas, bombas, hambre o enfermedades, cualquier método es válido y cuanto más
eficaz mejor, menos tiempo se pierde. Cuando desaparezca el último palestino,
la misión de los judíos se habrá llevado a cabo con éxito y podrán disfrutar de
la tierra prometida con todo derecho, el de la guerra.
