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martes, 19 de marzo de 2013

DIOSES Y ESTATUAS


Ha vuelto Fernández de un viaje a Egipto patrocinado por alguna de esas organizaciones que se dedican a difundir la cultura entre las poblaciones llamadas de forma eufemística “tercera edad” o “mayores”, como si nos diera vergüenza reconocer que hemos llegado a lo que toda la vida ha sido la vejez, la digna, merecida e inevitable vejez. Es una recomendable práctica no confundir el culo con las temporas.
Venía el hombre impresionado por la cantidad de monumentos que todavía se tienen en pie, a pesar de la desidia de los egipcios, debida más a la falta de recursos y a desdichados regímenes políticos que a su voluntad. Le había asombrado la rica vida cultural que debió florecer a lo largo de los más de 3.000 años que duró la historia del país desde que se fundaron los primeros nomos hasta que Alejandro Magno lo invadiera en 332 a.C. Ptolomeo Soter, uno de los generales que se repartieron el imperio a su muerte, se hizo reconocer como faraón en 305 a.C., imponiendo el panteón griego que sincretizaría con los dioses egipcios como más tarde lo harían los romanos con ambos. Se da el curioso fenómeno de que una gran cantidad de momias que se conservan en el museo del Cairo son de época romana, como muestran las pinturas que las adornan. Los rostros de los difuntos aparecen en la parte externa del envoltorio a modo de prístinos DNI.
Lo que más había impresionado al Fernández filósofo rural, era la importancia que la religión había tenido para aquellas gentes. Incluso las estatuas de los faraones más importantes como Ramsés II, Seti I, Amenofis III,o las pirámides de Sakkarah o de Guiza, estaban construidas en función de una idea religiosa. Lo que se pretende es desvelar el misterio del más allá, cuestión que ha preocupado al hombre desde que adquirió conciencia de sí mismo en las tupidas selvas de Tanzania.


Las castas sacerdotales monopolizaron pronto el culto a las divinidades de cada momento y el faraón, que las encarnaba en la tierra antes de transmutarse en dios, acababa convirtiéndose en una correa de transmisión que le contaba al pueblo lo que convenía a los sacerdotes. En Kom-Ombo había visto, además del dios-cocodrilo Sobek artísticamente momificado, el nilometro, un pozo construido al lado del río con el que los sacerdotes podían predecir la fecha exacta de la crecida anual. Cuando las aguas comenzaban a subir, “ordenaban” al rio que creciera y las gentes, asombradas del poder de los sacerdotes, creían a pies juntillas que actuaban en estrecho contacto con los dioses.
Pero lo que más le ha impresionado, según contaba, era el conjunto de Karnak, construido por el famoso arquitecto Senenmut, en época de Tutmosis I (1530-1520 aC.) y el templo a cuyo interior solo podían acceder los sacerdotes y el faraón. En lo más recóndito del interior se encuentra el tabernáculo del dios. En la ceremonia del “despertar”, se abrían las puertas del recinto, se accedía a la estatua sagrada a la que se lavaba y perfumaba con esencias aromáticas, se envolvía en vendas de lino y se le repintaban los ojos y la boca. Los sacerdotes interpretaban sus deseos y estos le eran trasmitidos al faraón para que tomara sus decisiones de gobierno de acuerdo a la voluntad del dios.
Concluía Fernández que los sacerdotes eran los que menos razones tenían para creer en los dioses, unas criaturas inanimadas construidas a su imagen y semejanza. Aquellas, que fueron verdades incontrovertibles para millones de personas durante miles de años (bastantes más de los que llevamos desde el principio de nuestra Era) se revelaron, cuando llegaron pueblos más potentes con dioses más recios, creencias absolutamente falsas. Menos mal que nosotros tuvimos la suerte de descubrir otras que sí eran ciertas, claro que cada una con sus dioses, diferentes y enemigos entre sí. Todos verdaderos y omnipotentes, sin la menor duda.



martes, 6 de septiembre de 2011

FE Y RAZÓN (I)

Fernández, que conserva la visión candorosa y arcaica de la infancia, se extraña de las prácticas de ayuno mantenidas por muchos de los musulmanes que viven entre nosotros, durante su mes de ramadán.
- No me cabe en la cabeza –me decía- que un hombre que trabaja, porque lo necesita, ocho horas cortando limones bajo el sol abrasador del agosto murciano, no coma ni beba agua durante todo el día por cumplir una normativa religiosa que atenta, evidentemente, contra su salud.
Amén de intentar quitarle al asunto la visceralidad en que a menudo se cae cuando de asuntos de fe se trata, intento explicarle a mi amigo que es de buena educación y una excelente medida de profilaxis social obviar temas como ese si se pretende mantener una relación fluida con el personal.
- Mira, muchacho, el de las creencias es un mundo aparte, y uno debe guardarse de opinar sobre ellas como de meter la mano en un avispero. En este planeta existen gran número de religiones y todas son las únicas verdaderas para los que creen en ellas. Cada uno de los dioses, desde el punto de vista de sus adeptos, es el único que merece ese título y lo que es más, son antagónicos entre sí. Esa es la parte mala. Si los muchos dioses existentes se llevaran como buenos hermanos (ya que todos predican, poco más o menos la misma fraternidad humana, la bondad, la caridad, el desprendimiento, etc.), no nos veríamos en los líos que nos vemos, ni tendríamos que enemistarnos con los que practican una religión diferente a la nuestra (si la tenemos, que esa es otra). Por eso te digo: “mejor no meneallo” como D. Quijote dijo a Sancho en cierto momento refiriéndose a cosa que no debe mentarse sin pedir perdón. Cada uno debe practicar la religión que más le acomode (o ninguna), que el muestrario de posibilidades es más que suficiente. Eso pertenece a la intimidad de la persona y la mejor forma de  que todos nos llevemos bien es que respetemos las ideas de los demás y no pretendamos “iluminarlos” con nuestra verdad (aunque sea la única verdadera).
  -Tú eres un tibio que pretende contentar a todo el mundo. Esa es la mejor forma de no incomodar a nadie y dar la razón a todos, pero hay que ser valiente y proclamar lo que uno piensa y siente.
 - Pues yo seré lo que sea, pero creo que no hace falta ser valiente ni cobarde, cada uno que crea y sienta lo que le parezca, que tenga fe o no la tenga, que para él hace, sin tener que redimir a los demás, que no se lo han pedido. Cada uno puede manifestar lo que le apetezca y practicarlo, que para eso estamos en un país libre (no confesional, dicen). No sé a qué viene esa necesidad de intentar convencer a los demás de verdades que pueden servirnos a nosotros pero no a ellos. Habrá quien razone de forma diferente, sin que por ello tenga que estar equivocado. A lo mejor, si lo está pero déjalo que vaya a su infierno. No lo condenes al tuyo.
- Eso no es argumento. Los que creen que están en el verdadero camino de la verdad piensan: “¿no advertirías a una persona si supieras que está en peligro de caer a un pozo?”
 - Hombre, una cosa es advertir de un peligro y otra insistir machaconamente en una cuestión que depende exclusivamente de la fe que uno le ponga al asunto. Creo que el proselitismo (si tu religión lo exige) debe limitarse a una cortés y breve exposición (si te dan pié) que permita al interlocutor manifestar su interés por el tema. Más allá de eso, se entra en el territorio de la pesadez agobiante practicada por esos que van en parejas los domingos llamando a las puertas de las casas y soltando unos rollos soporíferos a los que se ven obligados, por una mal entendida educación, a soportarlos agarrados a la manija de la puerta para no caer desvanecidos.
 - En eso si que estoy de acuerdo, pero el caso es que las prácticas religiosas públicas, de una forma u otra nos afectan a todos los que hemos de sufrirlas, pertenezcamos o no a ese credo.
- Bueno, eso forma parte de la cortesía ciudadana y del respeto que nos debemos unos a otros. Hay que mirarlo de forma positiva y pensar que todos tenemos razón, la nuestra, sin que eso nos haga pensar que los demás están equivocados.
 - Si tú lo dices...  
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