KUNG-FU
Este mes de junio se cumplen dos años de la desaparición, en circunstancias dramáticas, del actor que dio vida en tantas películas al viajero monje chino del monasterio Saolin, y la efemérides me ha catapultado in mente a los años setenta cuando las cosas y las personas eran tan diferentes en este país. En aquella época, años finales de una larga etapa de ignorancia teledirigida, ese tipo de series puso en contacto a los jóvenes con otros mundos y otras filosofías de vida a las que nos asomábamos fascinados. Muchos de nosotros, a través de las aventuras (que ahora nos parecen pueriles) del monje que recorría el mundo “desfaciendo entuertos” al son de su flauta de bambú durante más de sesenta episodios, atisbamos el budismo como ética y forma de vida, algo de más dimensión y libertad que el mero fenómeno religioso al que estábamos sujetos por nacimiento. Tuvimos acceso (con las normales dificultades) a libros, considerados entonces esotéricos y sospechosos como el “Dammap...