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¿A USTED LE GUSTA EL GOFIO? (II)

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A veces, como todos sabéis, pasa con los recuerdos como con las cerezas de un cesto: sacando la primera surgen detrás de ella las demás, como si tuvieran miedo de quedar olvidadas... Volvamos a la ruta de Walata. Aquella noche pasada en el desierto, para mí interminable y para mis compañeros un simple contratiempo indigno de mayor referencia, quedó anotada en la memoria, entre otras cosas, por el afecto protector que mostraron conmigo, a quien nada debían y de quien poco podían esperar. Mientras el factótum encargado de los víveres amasaba las pelotillas que ya os he contado En la primera parte, el jefe de la expedición, sin duda para entretener mi desasosiego, dio en relatar, al amor del fueguecillo que nos alumbraba en la noche fría, historias de su juventud; pequeñas anécdotas de cuando la tribu de su padre nomadeaba por el ancho Tiris, persiguiendo las nubes bienhechoras que engordan los animales y alimentan a los hombres: Cuando cumplí los siete años, ya circuncidado, deje la ti...

¿A USTED LE GUSTA EL GOFIO?

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En Candelaria, Tenerife, un amable camarero me invita a probar el gofio. ¿Lo conoce?, me pregunta, deseoso de hacerme conocer las peculiaridades gastronómicas de las islas. Sírvame una ración, me gustaría probarlo, le respondo con la cortesía del “godo” ignorante. Pero si conozco el gofio. Es una harina de cereales (trigo, maíz o cebada), tostada, que alivió muchas hambres peninsulares en los tétricos años de posguerra y desdicha. Aún tengo en la memoria los anuncios murales, “Consuma gofio canario”, como los del Nitrato de Chile, aquel del tío a caballo con sombrero de ala ancha, en silueta negra sobre fondo amarillo; como los del negrito del África tropical que cantaba la canción del cola-cao en la radio, como tantos otros, ¿Recuerdan? Me encontré con gofio hace tiempo, en el desierto de Mauritania. Viajábamos hacia Walata, una de las ciudades perdidas, por una pista llena de trampas de arena en las que, con demasiada frecuencia el coche se nos quedaba atascado. Para colmo de peripec...

RESPETO

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En un viaje por el desierto mauritano, uno de los amigos que me acompañaban dirigió la expedición a una zona de pastos, en el Tiris, controlada por un personaje significado de la tribu a la que pertenecía, y tio suyo. “No es persona de mi agrado”, me advirtió, “tuvimos serias diferencias en el pasado que aun no hemos resuelto y es posible que no resolvamos nunca”. Cuando llegamos a la lujosa jaima donde el jefe se alojaba con su numerosa prole, todos los miembros de la expedición, en el orden establecido, lo saludaron ceremoniosamente. Incluso mi amigo, aunque sin besarle la mano como es costumbre y deber entre ellos, le besó ambas mejillas con muestras de la mayor cortesía. Yo asistí perplejo a la escena, pues no era mi acompañante persona proclive a fingimientos ni zalemas, así que le pregunté cuando la ocasión fue propicia por aquello que me parecía, como poco, “peloteo”. “Mira –me dijo- a mí, como sobrino carnal y Chej de la misma categoría, aunque sujeto a su autoridad por mi edad...