Tomó
pesambre Fernández con lo del Pilar y el desfile de las fuerzas armadas.
Republicano de toda la vida, ácrata y descreído, esas manifestaciones de
patriotismo que huelen a otros tiempos, según él, proporcionan sabroso material
para la tertulia, centrada en los últimos tiempos en la angustiosa situación de
la economía que nos proporciona disgustos un día sí y otro también.
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Digo yo que en los tiempos que
estamos y con la que está cayendo, bien podríamos ahorrarnos esos fastos
militares que solo sirven para que la gente se ocupe de cómo ha desfilado la
cabra de la legión y para que cuatro nostálgicos se regodeen con la fallida
ilusión de lo importante que somos en el concierto mundial, donde solo tocamos
el triangulo cuando dice la partitura, o sea, muy de tarde en tarde.
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Ya estamos con la intolerancia, tío Fernández.
Hay mucha gente a la que le gustan esas demostraciones llamadas patrióticas y
que se siente segura con un ejército capaz de defender al país. En lo de la
cabra no me meto. Eso es parte del folklore, heredado del tipo aquel tuerto y
medio desmantelado que decía estupideces en la universidad de Salamanca en épocas
más convulsas. Por fortuna, la historia pone a cada uno en su sitio sin
demasiada tardanza.
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No me refiero yo a eso, estoy más
bien por la parte práctica: si estamos en una crisis que no se la salta un
galgo bien entrenado ¿a qué vienen esas demostraciones militares en una época
en que los ejércitos tienen misiones humanitarias, según se dice? ¿No sería más
práctico reducirlos a una cosa testimonial, como la guardia suiza, pongo por
caso, que amén de vistosa es mucho más barata y encima da prestigio? Si el ejército
se dedica a labores humanitarias, ¿que hacen armados hasta los dientes con los
elementos más sofisticados y caros en países lejanos donde nadie los ha llamado?
Podrían convertirse en ONGS, saldrían más barato y quedaría dinero para
ayudarnos a salir de la crisis, que buena falta nos hace. Japón estuvo sin ejército
durante muchos años años después de la II Guerra Mundial y no solo no pasó
nada, sino que el ahorro en armamento fue seguramente una de las causas de que
se pusieran a la cabeza de las naciones más adelantadas del mundo. En la
actualidad, su Constitución limita el gasto armamentístico al 1% del PIB.
España es el segundo país del mundo que menos porcentaje del PIB dedica a la
I+D básica pero también el segundo que más recursos dedica a la investigación
militar. Paradojas.
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Pero bueno, ¿es que también eres
anti-militarista?
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No soy anti nada, pero procuro
reflexionar y haceros reflexionar a vosotros sobre tanto disparate a los que
estamos asistiendo en los últimos tiempos. Noto como una especie de falta de
criterio general en el que estamos sumergidos la mar de contentos, como las
ranas en su charca, nombrando rey al leño arrastrado por las aguas.
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Adiós mis pavos, Fernández, no te
pongas literario.
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Tomároslo a broma, pero esto se va al
garete y, menos los indignados y otros pocos, nadie reacciona.
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Si reaccionan, si. La prueba es el
cambio de gobierno que se avecina. Todo el mundo está convencido de que en
cuanto gane el PP, esto se arregla en cuatro días.
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Todo el mundo no, solo los más
ilusos. ¡Angélicos! Como si las decisiones económicas (que son las que mandan
por encima de las políticas en estos tiempos) se tomaran en cada país con
independencia de los demás. Nosotros haremos lo que manden desde Europa y
santas pascuas. Lo mismo con unos que con otros. Y saldremos de la crisis (si
salimos) cuando nos toque.
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Bueno, siempre nos quedarán los moros
y cristianos, los cartagineses y romanos, la legión con o sin cabra y los toros
embolados. Con una miaja de pan para acompañar.
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Y Unamuno en vez del tuerti-manco.
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También.


