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martes, 8 de noviembre de 2011

ANOCHE, MIENTRAS DORMÍA (En vísperas de elecciones)


Anoche, mientras dormía –después de leer la novela de Saramago “Ensayos sobre la lucidez”- soñé, bendita ilusión, que se habían celebrado elecciones generales y había sucedido un hecho sorprendente, inaudito, jamás pensado. La ciudadanía, todavía aterrorizada y sorprendida ante lo insólito del acontecimiento (por más que hubiera sido conscientemente provocado y desencadenado por un aluvión de sms que volaban desde algunos días antes), permanecía en un letargo ansioso, con el temor del que da un golpe de fuerza largamente meditado y luego espera temeroso los resultados de su osadía, sospechando haber provocado consecuencias imprevisibles.
Llegado el momento de las votaciones, desde que se abrieron los colegios electorales, la jerarquía –alertada por los rumores- había permanecido expectante y representantes de “los medios” galopaban de uno a otro lugar tras los rumores del inusual acontecimiento. A medida que avanzaba el día, las noticias corrían cada vez más de prisa y en las sedes de los partidos, los movilizados se cargaban de nerviosismo: la afluencia a los lugares de votación era nula o al menos irrelevante: solo algunos –pocos- compromisarios habían acudido a depositar su voto a la vista de la ausencia de “población normal”. Los teléfonos echaban fuego animando a la comparecencia, pero no había posibilidad de atajar aquella resistencia pasiva que parecía bien organizada. A pesar de las llamadas y los mensajes angustiosos, al cierre de los colegios (hecha de forma reglamentaria), solo unos pocos votantes en todo el país, habían ejercido su derecho. No llegaba al 1% del censo.
Los telediarios de la noche competían en editar sus reportajes mostrando los lugares de votación desiertos a distintas horas del día y se empeñaban en obtener declaraciones de los líderes políticos que permanecían agazapados en sus respectivas sedes negándose a cualquier comentario. Muchos de ellos, temiendo males mayores, aprestaban maletas, recogían bienes y encargaban billetes con vistas a un inmediato éxodo recordando tiempos pasados; se habían quedado sin su principal herramienta: los votos del otrora manipulable ciudadano. El político había perdido su razón de ser.
Pasaron unos días de comentarios y zozobras, pero el país siguió funcionando con normalidad. El presidente del Gobierno hizo unas sentidas –lacrimógenas- declaraciones en las que reconocía (solo en parte) la responsabilidad de su equipo en lo sucedido y anunciaba la formación de un gabinete de crisis para estudiar el asunto (lo mejor para quitarse un muerto de encima es nombrar un comité, una comisión o un gabinete). El jefe de la oposición responsabilizaba al gobierno de todos los males pasados, presentes y futuros, y los cabecillas de los partidos minoritarios echaban la culpa a los grandes por su empecinamiento fratricida.
Y entonces, en los pueblos, en los barrios de las ciudades y en las pedanías, comenzaron a formarse asambleas que escogieron a representantes para formar directorios sin connotaciones de ningún tipo, ni políticas, ni religiosas, ni económicas, ni de sexo o cualquier otra condición. El poder, comenzó a establecerse de abajo arriba, como había pasado muchos años antes, durante la ocupación napoleónica, solo que ahora la rapidez y universalidad de los medios de comunicación ponía a las personas de acuerdo en unas pocas horas. La red y los móviles no se daban tregua.
Los políticos, perdida su función, dimitieron a regañadientes y se reintegraron a sus labores anteriores (el que las tenía) y el gobierno de la nación fue asumido por una asamblea de hombres ecuánimes, juramentados para perseverar en un solo objetivo: la buena gestión de la cosa pública, con exclusión de cualquier otro. Se mantenía la libertad de asociación, de prensa, etc. pero se eliminaba cualquier forma de acceder al poder que no fuera la asamblearia instituida y se prohibía, taxativamente, hacer bandera de creencia o condición alguna a los representantes elegidos por el  pueblo.
Naturalmente, fui escogido como asambleario y cuando estaba dando mi primer discurso, (por cierto de brillantez extraordinaria), ante los miembros de la pedanía a que pertenezco, el estridente canto de un gallo “americano” al que el día menos pensado pienso estirarle el cuello, me sacó del dulce sueño.
Sic transit gloria mundi.
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