Anoche, mientras dormía –después de leer la novela de Saramago “Ensayos sobre la lucidez”- soñé, bendita ilusión, que se habían
celebrado elecciones generales y había sucedido un hecho sorprendente, inaudito,
jamás pensado. La ciudadanía, todavía aterrorizada y sorprendida ante lo insólito
del acontecimiento (por más que hubiera sido conscientemente provocado y desencadenado
por un aluvión de sms que volaban
desde algunos días antes), permanecía en un letargo ansioso, con el temor del
que da un golpe de fuerza largamente meditado y luego espera temeroso los
resultados de su osadía, sospechando haber provocado consecuencias imprevisibles.
Llegado el momento de las votaciones, desde que se abrieron los colegios
electorales, la jerarquía –alertada por los rumores- había permanecido
expectante y representantes de “los medios” galopaban de uno a otro lugar tras
los rumores del inusual acontecimiento. A medida que avanzaba el día, las
noticias corrían cada vez más de prisa y en las sedes de los partidos, los movilizados
se cargaban de nerviosismo: la afluencia a los lugares de votación era nula o
al menos irrelevante: solo algunos –pocos- compromisarios habían acudido a
depositar su voto a la vista de la ausencia de “población normal”. Los
teléfonos echaban fuego animando a la comparecencia, pero no había posibilidad
de atajar aquella resistencia pasiva que parecía bien organizada. A pesar de
las llamadas y los mensajes angustiosos, al cierre de los colegios (hecha de
forma reglamentaria), solo unos pocos votantes en todo el país, habían ejercido
su derecho. No llegaba al 1% del censo.
Los telediarios de la noche competían en editar sus reportajes mostrando
los lugares de votación desiertos a distintas horas del día y se empeñaban en
obtener declaraciones de los líderes políticos que permanecían agazapados en
sus respectivas sedes negándose a cualquier comentario. Muchos de ellos, temiendo
males mayores, aprestaban maletas, recogían bienes y encargaban billetes con vistas
a un inmediato éxodo recordando tiempos pasados; se habían quedado sin su
principal herramienta: los votos del otrora manipulable ciudadano. El político
había perdido su razón de ser.
Pasaron unos días de comentarios y zozobras, pero el país siguió funcionando
con normalidad. El presidente del Gobierno hizo unas sentidas –lacrimógenas-
declaraciones en las que reconocía (solo en parte) la responsabilidad de su
equipo en lo sucedido y anunciaba la formación de un gabinete de crisis para
estudiar el asunto (lo mejor para quitarse un muerto de encima es nombrar un
comité, una comisión o un gabinete). El jefe de la oposición responsabilizaba
al gobierno de todos los males pasados, presentes y futuros, y los cabecillas
de los partidos minoritarios echaban la culpa a los grandes por su
empecinamiento fratricida.
Y entonces, en los pueblos, en los barrios de las ciudades y en las
pedanías, comenzaron a formarse asambleas que escogieron a representantes para
formar directorios sin connotaciones de ningún tipo, ni políticas, ni
religiosas, ni económicas, ni de sexo o cualquier otra condición. El poder,
comenzó a establecerse de abajo arriba, como había pasado muchos años antes,
durante la ocupación napoleónica, solo que ahora la rapidez y universalidad de
los medios de comunicación ponía a las personas de acuerdo en unas pocas horas.
La red y los móviles no se daban tregua.
Los políticos, perdida su función, dimitieron a regañadientes y se
reintegraron a sus labores anteriores (el que las tenía) y el gobierno de la nación
fue asumido por una asamblea de hombres ecuánimes, juramentados para perseverar
en un solo objetivo: la buena gestión de la cosa pública, con exclusión de
cualquier otro. Se mantenía la libertad de asociación, de prensa, etc. pero se
eliminaba cualquier forma de acceder al poder que no fuera la asamblearia
instituida y se prohibía, taxativamente, hacer bandera de creencia o condición
alguna a los representantes elegidos por el pueblo.
Naturalmente, fui escogido como asambleario y cuando estaba dando mi
primer discurso, (por cierto de brillantez extraordinaria), ante los miembros
de la pedanía a que pertenezco, el estridente canto de un gallo “americano” al
que el día menos pensado pienso estirarle el cuello, me sacó del dulce sueño.
Sic transit gloria mundi.


