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martes, 7 de febrero de 2012

HA LLEGADO EL FRIO

Los largos periodos de bonanza climática de que disfrutamos en esta tierra (ya que otras bonanzas nos están vedadas por el momento) hacen que, de año a año, se nos olvide que el frio también existe. Y suele suceder, por mor de los accidentes atmosféricos que cumplen su ciclo inexorable, que el día que les toca, se abaten sobre nosotros y nos pillan con el sensible culo al aire. Allí el llanto y rechinar de dientes sin que el día final haya llegado, allí los catarros y toses de los escasos fumadores que se refugian en terrazas emplastecidas, allí los resbalones, accidentes y caídas. Solo las estaciones de esquí reciben alborozadas el blanco manto (que diría un cursi) permitiendo que se trasladen al mes de agosto.
En tiempos pasados, el hombre era paciente y recibía con naturalidad las estaciones, gozándose incluso el cambio que comportaban y que lo libraba de la monotonía existencial. Ahora, con la ilusoria pretensión de que dominadnos la naturaleza y esta deben permanecer a nuestro servicio (Ana Botella, preclara augur, dixit), nos hemos acostumbrado a los veintidós grados y cualquier circunstancia que nos aparte de ellos nos parece un grave atentado al bienestar de “la especie dominante”.
Ocurre también que en zonas privilegiadas desde el punto de vista climático como la nuestra, acabamos convenciéndonos de que aquí ni hace frio ni llueve nunca, de manera que cuando caen cuatro gotas, el desastre se desencadena sobre nuestras cabezas como temieron siempre los vikingos, los arroyos de aguas llenas de la suciedad acumulada inundan nuestras calles, los ríos se desbordan y las goteras proliferan. Como tampoco hace frio por estos lares, cuando este llega, nos pilla en camiseta y tenemos que recurrir a estufas y radiadores de emergencia, olvidadas hace ya tiempo las “salamandras”, estufas, chimeneas y braseros de picón.
Me ha recordado esta ola de “frio Siberiano” (con ligeras diferencias, igual a la de cualquier otro año) un pasaje de “Cartas finlandesas” del poco recordado miembro de la generación del 98, Ángel Ganivet, escritas durante su estancia en Finlandia como Cónsul, entre 1895 y 1898:

El frío. Voy a sorprender a mis lectores diciéndoles que aquí no hace frío. Dentro de las casas se vive en perpetua primavera, y en la calle, envuelto en pieles, suda uno más que en verano. Sólo la cara, que tiene que ir al descubierto, se resiente de las caricias un tanto brutales de la nieve y el viento. De 10 grados para abajo, la barba se hiela y la cara se adorna con un marco de estalactitas; cuando se vuelve a casa después de pasear un rato, de cada pelo cuelga un carámbano, y al sacudirse suena uno como una araña de cristal. A los 20 grados bajo cero lloran hasta las personas menos sensibles, y hay que tomar precauciones contra la congelación.

Como se ve, lo nuestro al lado de esas temperaturas es una broma. Sin embargo, más adelante, el autor nos dará una pista de la tristeza que lo invadió en aquel clima y que lo llevaría a precipitarse en las heladas aguas del Dvina a su paso por Riga desde el alto bordo de un navío:

Lo que angustia más no es el frío; es la falta de sol: más luz da el suelo nevado que el cielo gris, triste como el rostro de un mudo; a veces una mancha rojiza marca el sitio por donde el sol quiere asomarse; algún día el sol luce al fin; pero sus rayos no calientan ni dan vida al
paisaje, siempre silencioso, solemne.

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