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jueves, 25 de junio de 2026

RELEYENDO EL INFINITO EN UN JUNCO

VALLEJO, IRENE, El infinito en un junco, Siruela, 2019

Por fortuna estamos rodeados de libros, no siempre fue así. Han proliferado ferias y escritores hasta el punto de que uno se pregunta si habrá más de un lector por cada uno de los escritores que pueblan las innumerables casetas de esos eventos. Eso es bueno, en cualquier caso, es una muestra de que la familia cultural está viva y en ebullición, pero dada la limitación de las cosas humanas se impone la selección. Si, además, el lector pertenece a la longeva clase de los que se sienten irremisiblemente tentados a la relectura de textos cuyo recuerdo se va opacando entre las telarañas del olvido, es imprescindible una cuidadosa elección de los ‘libros de cabecera’. Supongo que cada uno tenemos la nuestra, un número de autores seleccionados sobre los que volvemos una y otra vez sin que ninguna de ella salgamos defraudados porque -como diría el filósofo-, el libro ha cambiado y nuestros ojos también, nunca se lee dos veces el mismo ejemplar. Algunos de esos libros fueron descubiertos en la juventud ávida de conocimientos. Otros más tarde, y algunos cuando ya el lector andaba en las postrimerías y pensaba -con la ignorancia que nunca desechó-, que nada le quedaba por ver.

A esta última clase de libros quería referirme: a El Infinito en un junco de Irene Vallejo.

Un comentario pausado sobre este excede con mucho mi capacidad, el libro me resulta inabarcable para una reseña, así es que me centraré a modo de disección, en los párrafos referidos al relato de algunos pensadores griegos. Me limitaré a señalar una serie de citas que excusan cualquier comentario, ya que, Los griegos siempre tuvieron fama de grandes charlatanes y de litigantes inagotables - los que cumplían los requisitos de ser libres y hombres-, tenían la posibilidad de hablar ante sus conciudadanos en la Asamblea, donde se votaban las decisiones políticas. (203)

Los griegos, amaban las palabras y los argumentos incisivos. Por eso eran capaces de crear poemas de bellísima orfebrería verbal, pero también de convertir cualquier discusión en una riña estéril y destructiva. En ausencia de leyes contra los libelos y agravios, los oradores se maltrataban unos a otros con un verdadero lujo de injurias. En los tribunales –todos compuestos por jurados-, las cuestiones legales importaban menos que la astucia de la argumentación. (204)

Como resulta imprescindible, se hace en el libro mención al mito o alegoría de la caverna que Sócrates explica a Glaucón. Hay en este relato una bellísima invitación a dudar, a no conformarse con las apariencias, a romper las ataduras y abandonar los prejuicios para mirar la realidad cara a cara. (209)

Platón imagina una gruta en la que están encadenados, inmóviles desde la infancia unos hombres que solo pueden mirar fijamente la pared que tienen delante. A su espalda, un fuego proyecta sombras movedizas de los hombres cargados de objetos que discurren como en una procesión. Para los prisioneros inmovilizados, esa es la única realidad que existe, no han conocido otra.

Uno de los prisioneros se libera de sus cadenas, se gira y ve una situación distinta a las sombras que se proyectaban sobre la pared, pero si alguien le dijera que esta que ve ahora es la realidad, no lo creería. Intentaría volverse de nuevo a su antigua posición desde contempla lo que él considera la auténtica realidad. Platón imagina que el hombre sale al exterior y queda momentáneamente cegado por la luz del sol, pero poco a poco sus ojos se van acostumbrando a la claridad y percibe una nueva situación y un conocimiento del entorno diferente a la percepción que tenía dentro de la cueva. Le es dado conocer la situación de seres reales, del firmamento, de la luna y el sol. Piensa que esa existencia es superior a la que conocía en la caverna y decide compartirla con sus compañeros de cautiverio, sacarlos a la luz del sol, darles a conocer la verdad que ha descubierto. El prisionero liberado se ha convencido de que el mundo que ha descubierto es superior al que estaba acostumbrado a ver en la cueva, estaría satisfecho de su descubrimiento, se compadecería de los demás y querría llevar a sus compañeros encarcelados en la caverna fuera de ésta, hacia la luz del sol, hacia el mundo real.

Vuelve a la caverna, pero sus ojos, acostumbrados a la luz exterior no pueden percibir nada en la oscuridad. Sus compañeros creen que su ceguera ha sido provocada por su salida y lo matarían si no estuvieran encadenados, matarían a cualquier persona que intentara alterar su situación dentro de la caverna, de ninguna manera querrían salir al mundo exterior.

La alegoría da para mucho, tanto que lleva dando vueltas por las facultades del mundo entero desde el siglo IV antes de nuestra era y proporcionando abundantes quebraderos de cabeza a los estudiantes de filosofía que se tropiezan con ella en las aulas.

Sin embargo, nos dice la autora, las enseñanzas de Platón siempre me han parecido asombrosamente esquizofrénicas en su explosiva mezcla de libre pensamiento e impulsos autoritarios. (209). En su opinión [de Sócrates], se debe procurar que los jóvenes mueran gustosamente en la batalla “Haremos muy bien –afirma- en suprimir los lamentos de los hombres ilustres, para atribuírselos en cambio a las mujeres”. (210)

Descubrimos que en Platón late un riguroso censor que propone una policía poética para vigilar la nueva literatura que algunos jóvenes poetas se aventuran a poner en circulación. El poeta no podrá componer nada que contradiga lo que la ciudad considera legal, justo, bello o bueno; una vez escrito su poema, no podrá darlo a conocer a ningún particular, antes de haber sido leído y aprobado por los jueces que para ello hubieran designado los guardianes de las leyes (…) y aquel al que escogimos como director de educación. (210) Aunque Platón sigue fascinándonos porque, al contrario de lo que prescribe, es agudo, paradójico e inquietante. (212)

Sabemos que Platón era contrario a la democracia ateniense que había sido la inductora de la muerte de Sócrates, del que toma la responsabilidad de hacerlo hablar después de muerto, probablemente hubiera querido instaurar un modelo político inmutable, en el que no hicieran falta nunca más cambios sociales ni impúdicos relatos que socavasen los cimientos morales de la sociedad. Deseaba estabilidad, deseaba el gobierno de los sabios y no el de la necia mayoría. (211)

Al parecer, ya en su tiempo los escritos de Platón referidos a Sócrates eran motivo de discusión y controversia. Relata Calimaco, un escritor miembro del Museo de la Gran Biblioteca de Alejandría que un joven lector, Cleómbroto de Amgracia, se lanzó al vacío desde lo alto de las murallas después de leer un tratado de Platón.

Como vemos, las figuras de Sócrates y su escribano Platón siguen estando vigentes dos mil quinientos años después de la desaparición de sus autores debido, sin duda, a ese artilugio que la llegado a nuestras manos en diversas modalidades agrupadas con el nombre de libro. Que proliferen tanto que resulte al común de los mortales abarcar siquiera una ínfima parte de ellos no debe resultar frustrante, de la misma forma que hemos de conformarnos con la propiedad –a ser posible- de algunas pepitas de oro sin envidiar por ello la posesión de la enorme cantidad de ellas esparcidas por la faz de la Tierra.

Y quizás sea cierto que sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la inquietud que en el alivio. (213)

 

 

 

 

 

 

 

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