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domingo, 21 de junio de 2026

BRUJERÍA E INTOXICACIÓN DEL BULO

 

La brujería establecida en Europa como fenómeno de masas durante los siglos XV al XVIII constituye un efecto social, cultural y religioso completamente vacío de constructos reales o comprobables que, sin embargo, ha dejado un consistente poso en la literatura, el arte y las tradiciones de las sociedades europeas actuales.

En su libro Nexus, Yubal Harari cita esa cuestión como ejemplo de manipulación toxica sin base real que, sin embargo, puede alcanzar proporciones capaces de alterar la convivencia y acarrear graves daños a las sociedades afectadas.

Los orígenes de la brujería pueden rastrearse hasta la antigüedad clásica. Griegos y romanos emitieron leyes al respecto dejándonos amplia documentación, pero tuvo su máximo apogeo en Europa hacia finales de la Edad media que se prolongaría durante más de doscientos años. Se extendió la idea de que las brujas -casi siempre mujeres, a las que se atribuía cierta debilidad de caracter y propensión a prácticas esotéricas-, obtenían una serie de poderes mágicos mediante pactos con el diablo. Se desarrolló una potente mitología tras la que se ocultaban delaciones por crímenes y abusos reales o supuestos asociados con varias sectas heréticas practicantes de orgias, canibalismo, infantilismos rituales y otra serie de barbaridades que tenían fácil asiento en el ambiente crédulo e ignorante de la época. La quema en la hoguera era el castigo generalmente empleado para las acusadas de brujería que, sometidas a tormento, acababan confesando cualquier crimen que les sugirieran sus verdugos y delatando a otras personas sin motivo. Dado que sus bienes (aunque casi siempre exiguos) iban aparar a verdugos, acusadores y jueces, el sistema proliferó de forma extraordinaria.

La caza de brujas se intensificó a partir de la aparición en 1486 del Malleus Maleficarum (Martillo de brujas) del dominico Heinrich Kramer, en el que se mezclaban en un totum revolutum la brujería con las practicas satánicas en contra de la religión católica propiciadas por las herejías albigenses, dulcinistas, fraticelli, prisciliacenses y otra larga serie de ellas aparecidas en el sur de Francia, Alemania e Italia. A pesar de su gran incidencia y difusión, el libro fue rechazado pronto por la jerarquía eclesiástica y después de 1580 los jesuitas sustituyeron a los dominicos en la caza de brujas.

La iglesia católica, con la Inquisición propiciada en España por los Reyes Católicos en 1478, tuvo parte importante en la caza de brujas donde se mezclaban brujería con herejía sosteniéndose mutuamente para no dejar escapar del inflexible castigo -casi siempre definitivo- a la víctima una vez que había caído en las garras de los inquisidores. (Inevitable la referencia al libro de Umberto Eco El nombre de la rosa y a la película protagonizada por Sean Connery y Christian Slater entre otros)

Lo interesante a remarcar del fenómeno de la brujería que durante años estuvo vigente en nuestra cultura mediterránea dando lugar a tanta agitación social, promulgación de leyes, procesos inquisitoriales, muertes y conmoción social, es que se nutría esencialmente de chismes, bulos, sospechas sin justificar o rumores recogidos no se sabe dónde de incierto origen y objetivos interesados. Ninguna base cierta y real.

En palabras de Yubal Harari:

    Supuestamente había una conspiración mundial de brujas lideradas por Satanás              que  constituía una       religión anticristiana institucionalizada. (155)

La gente comenzó a denunciarse, unos a otros de brujería partiendo de pruebas inconsistentes, a menudo por venganzas personales o para obtener ventajas económicas o políticas y una vez iniciada la investigación oficial los acusados eran condenados con frecuencia. Si la persona acusada confesaba que era bruja, era ejecutada y sus bienes repartidos entre el acusador, el verdugo y los ejecutores (160)

 Los fenómenos sociales son producto de cada una de las comunidades en que se producen. En nuestros días la información de todo tipo, escrita, oral, visual, se ha multiplicado de tal suerte que consigue producir desinformación y nadie se encuentra a salvo de ella. Por mucho que se pretenda seleccionar, la pérfida información que oscuros poderes tienen dispuesta para que nos asalte, se cuela por los intersticios de nuestra intimidad como insuperables ninjas adiestrados en la lucha nocturna. Quiérase o no, acaban penetrando nuestras defensas y logrando -siquiera fugazmente- su objetivo. Lo grave es que esa información no siempre es leal y contrastada, sino que en momentos de populismo como los que padecemos, gran parte de esas redes de información proceden de estamentos que aprendieron las técnicas de manipulación informativa de tiempos que creíamos –erróneamente- enterrados en el olvido para siempre. Personajes perversos que ingenuamente pensábamos que era imposible que existieran entre nosotros, han vuelto a renacer merced a la repugnante semilla que los manipuladores de opinión que condujeron a la Segunda Guerra Mundial habían esparcido. Esos personajes manipuladores, perversos, populistas en definitiva, descubrieron que era suficiente tejer una tupida red de relatos que tergiversaran la realidad para que una parte importante de la sociedad la adoptaran con la fe ciega del poco informado y la defendiera a capa y espada, convencidos de que era fruto de su propia reflexión.

La democracia se basa en la voluntad de la mayoría expresada en las urnas mediante elecciones libres y periódicas. El principio parece albergar una perfecta salud social, pero el sistema democrático lleva implícito su propio caballo de Troya: el populismo. La historia susceptible de ser manipulada como tantas veces, nos demuestra a poco que profundicemos en ella, que en numerosas ocasiones basta una campaña de bulos bien orquestada para orientar el voto de una mayoría suficiente en el sentido que un partido populista se propone. Una vez logrado eso, controlar el poder judicial y los medios de comunicación es cuestión de hábiles maniobras y tiempo.

No me resisto a terminar con estas palabras de Harari que suscribo plenamente:

 Como en las democracias solo el Pueblo habría de tener el poder político, y como supuestamente solo los populistas representan al pueblo, se deduce que el partido populista habría de tener todo el poder político. Si algún otro partido gana las elecciones, eso no quiere decir que este partido rival haya ganado la confianza del pueblo y tenga derecho a formar gobierno. Quiere decir que las elecciones han sido robadas o que el pueblo ha sido engañado al votar de una manera que no expresaba su verdadera voluntad. Hay que subrayar que, para muchos populistas, esta es una creencia genuina más que una táctica de propaganda. Incluso si solo obtienen una parte pequeña de votos, los populistas pueden continuar creyendo que ellos son los genuinos representantes del pueblo. (204).




 

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