La brujería establecida en Europa como fenómeno de masas durante los siglos XV al XVIII constituye un efecto social, cultural y religioso completamente vacío de constructos reales o comprobables que, sin embargo, ha dejado un consistente poso en la literatura, el arte y las tradiciones de las sociedades europeas actuales.
En su libro Nexus, Yubal Harari cita esa cuestión como
ejemplo de manipulación toxica sin base real que, sin embargo, puede alcanzar
proporciones capaces de alterar la convivencia y acarrear graves daños a las
sociedades afectadas.
Los orígenes de la brujería
pueden rastrearse hasta la antigüedad clásica. Griegos y romanos emitieron
leyes al respecto dejándonos amplia documentación, pero tuvo su máximo apogeo en
Europa hacia finales de la Edad media que se prolongaría durante más de
doscientos años. Se extendió la idea de que las brujas -casi siempre mujeres, a
las que se atribuía cierta debilidad de caracter y propensión a prácticas esotéricas-,
obtenían una serie de poderes mágicos mediante pactos con el diablo. Se desarrolló
una potente mitología tras la que se ocultaban delaciones por crímenes y abusos
reales o supuestos asociados con varias sectas heréticas practicantes de
orgias, canibalismo, infantilismos rituales y otra serie de barbaridades que tenían
fácil asiento en el ambiente crédulo e ignorante de la época. La quema en la
hoguera era el castigo generalmente empleado para las acusadas de brujería que,
sometidas a tormento, acababan confesando cualquier crimen que les sugirieran
sus verdugos y delatando a otras personas sin motivo. Dado que sus bienes (aunque
casi siempre exiguos) iban aparar a verdugos, acusadores y jueces, el sistema
proliferó de forma extraordinaria.
La caza de brujas se
intensificó a partir de la aparición en 1486 del Malleus Maleficarum (Martillo de brujas) del dominico Heinrich Kramer,
en el que se mezclaban en un totum
revolutum la brujería con las practicas satánicas en contra de la religión católica
propiciadas por las herejías albigenses, dulcinistas, fraticelli, prisciliacenses
y otra larga serie de ellas aparecidas en el sur de Francia, Alemania e Italia.
A pesar de su gran incidencia y difusión, el libro fue rechazado pronto por la jerarquía
eclesiástica y después de 1580 los jesuitas sustituyeron a los dominicos en la
caza de brujas.
La iglesia católica, con
la Inquisición propiciada en España por los Reyes Católicos en 1478, tuvo parte
importante en la caza de brujas donde se mezclaban brujería con herejía sosteniéndose
mutuamente para no dejar escapar del inflexible castigo -casi siempre
definitivo- a la víctima una vez que había caído en las garras de los inquisidores.
(Inevitable la referencia al libro de Umberto Eco El nombre de la rosa y a la película protagonizada por Sean Connery
y Christian Slater entre otros)
Lo interesante a
remarcar del fenómeno de la brujería que durante años estuvo vigente en nuestra
cultura mediterránea dando lugar a tanta agitación social, promulgación de
leyes, procesos inquisitoriales, muertes y conmoción social, es que se nutría
esencialmente de chismes, bulos, sospechas sin justificar o rumores recogidos
no se sabe dónde de incierto origen y objetivos interesados. Ninguna base cierta
y real.
En palabras de Yubal Harari:
La gente comenzó a denunciarse, unos a otros
de brujería partiendo de pruebas inconsistentes, a menudo por venganzas
personales o para obtener ventajas económicas o políticas y una vez iniciada la
investigación oficial los acusados eran condenados con frecuencia. Si la
persona acusada confesaba que era bruja, era ejecutada y sus bienes repartidos
entre el acusador, el verdugo y los ejecutores (160)
La democracia se basa
en la voluntad de la mayoría expresada en las urnas mediante elecciones libres
y periódicas. El principio parece albergar una perfecta salud social, pero el
sistema democrático lleva implícito su propio caballo de Troya: el populismo.
La historia susceptible de ser manipulada como tantas veces, nos demuestra a
poco que profundicemos en ella, que en numerosas ocasiones basta una campaña de
bulos bien orquestada para orientar el voto de una mayoría suficiente en el
sentido que un partido populista se propone. Una vez logrado eso, controlar el
poder judicial y los medios de comunicación es cuestión de hábiles maniobras y tiempo.
No me resisto a
terminar con estas palabras de Harari que suscribo plenamente:

Tengo que leer a Harari
ResponderEliminarEs interesante.
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