VIAJE A MAURITANIA
INTRODUCCIÓN
El "Viaje a
Mauritania" es parte de un largo periplo iniciado en Febrero del año 2006 en un lugar remoto del
Tiris, lo que fue "El Sahara Occidental" o "El Sahara español" para España y ahora son "Las
provincias del sur" para el reino de Marruecos. En compañía de otros viajeros llegamos al Tiris,
donde reposa Chej Mohamed el Maami, en cuya vecindad dormimos esa noche.
Fue ese el primer
contacto con el mundo de los saharauis que viven en el territorio de Marruecos. Mi gratitud por
aquel viaje inolvidable al profesor Alejandro García que me hizo conocer a otro personaje al que
debo cuanto conozco del Sahara y sus habitantes: Mrabbi Rebbu uld Chej el Hiba uld Chej Mrabbi
Rebbu uld Chej Ma el-Ainin[1], al que desde aquel primer
encuentro bauticé en mi interior como Muftah al
Sahara, mi particular llave del Sáhara. Él fue quien abrió para mí el hermoso desierto y
quien me dio a conocer a muchas de sus hospitalarias gentes que con el paso del tiempo se
convirtieron en mis amigos. Después de aquel primer viaje hubo otros que nos llevaron hasta el
sur de Marruecos, Mauritania y Senegal, para terminar con el que más adelante se describe.
Los avatares de los viajes no eran, en principio, objeto de relato.
El objetivo final era la visita, documentación y señalamiento por coordenadas GPS de los lugares
de enterramiento de los Walis u hombres santos (algunos de ellos fundadores de
tribus o allegados) del espacio saharaui. Sin embargo, las circunstancias de este último viaje
que realizamos juntos, me han parecido dignas de ser reflejadas por escrito como tributo a la
memoria de mi buen amigo Mrabbi Rebbu, al que su Dios conceda la bienaventuranza eterna.
INICIO
Este viaje empezó
muchos años antes, aunque entonces no lo sabía. Comenzó una noche en "Zalacaín", en el invierno
de 2005. Los integrantes de Radio Termita donaban sus instalaciones a la radio del Frente
Polisario en Tinduf y para celebrarlo Diego Arques, el propietario del emblemático bar de Murcia
decidió celebrar el acontecimiento con una fiesta que amenizó Tote Cánovas con una exhibición de
batería. Me había llegado alguna noticia del asunto saharaui a través de amigos comprometidos
con la causa, especialmente el profesor de la universidad de Murcia, Alejandro García y otras
personas interesadas en el tema, Concha Pando, Tono Bujhlal, Patricio Valverde, Antonio Vicente
Frey, y algunos otros. Aquella noche conocí a Mahayup Salek, un beduino alto y flaco, con una
espesa cabellera negra y rizada que nimbaba un rostro franco con sonrisa pronta y ruidosa de
niño grande. Nos hicimos amigos enseguida y durante nuestras conversaciones de los días
siguientes me puso al corriente de la situación en los campamentos de Tinduf y de la suya como
exiliado de Marruecos después de la guerra con el Frente Polisario. Fue por aquellos días cuando
oí hablar por primera vez de Mauritania a Mahayup, que había llegado a España a través de ese
país. Los saharauis exiliados en Tinduf no disponían de documentación. No pertenecían a ningún
sitio.
Mahayup Salek había
sido locutor de preciosa voz y facilidad de palabra en "La voz del Sáhara libre", una emisora
radicada en Argel que publicaba un periódico, "Sáhara libre" en tres idiomas, árabe, francés y
español. En la emisora conoció a Mrabbi Rebbu que, según sus propias declaraciones, había sido
raptado por el Polisario cuando se inició la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en 1975 y,
tras un periodo de encarcelamiento y tortura, fue trasladado a Argel para hacerse cargo de la
dirección de la radio, principal vehículo de propaganda de Argelia que utilizaba al POLISARIO
como rehén. La amistad de ambos duró para siempre, pese a que los motivos que los llevaron al
POLISARIO eran muy diferentes (Mahayup había sido uno de los fundadores y amigo personal de El
Uali, su primer dirigente y mártir), y que pertenecían a tribus diferentes. Mahayup era Tubalt y
Mrabbi, Ma el-Ainin.
—Un día tienes que
venir conmigo a Mauritania, me dijo Mahayup una de aquellas noches de té, maniya[2] y pipa.
Habrían de pasar
varios años antes de hacer ese viaje, y no en su compañía sino en la de nuestro común amigo
Mrabbi Rebbu uld Chej Ma el-Ainin, que por desgracia ya no está entre nosotros desde el día
18.04.2020.
Antes de iniciar el
viaje pasaron muchas cosas. Había tenido ocasión de visitar en varias ocasiones los campamentos
de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia, y comprobado de primera mano las difíciles
condiciones de vida de aquellas personas enclaustradas en terrible situación hacía muchos años y
con escasas perspectivas de poner fin a su cautiverio. Vivían en tiendas de lona sometidas al
terrible sol y a las noches heladas, agrupadas en cinco grandes campamentos o Wilayas que
reproducían los nombres de las ciudades que habían abandonado en territorio marroquí: Bojador,
Aaiún, Dajla, Smara y Auserd. Los asentamientos estaban separados entre sí por
distancias de entre 20 y 60 km. -excepto la más alejada hacia el sur, Dajla, que dista de las
demás 200 Km.- reproduciendo el patrón geográfico de las ciudades originarias. Por lo que se
refiere al número de personas que pueden convivir el aquella inhóspita hamada
todo son especulaciones interesadas. No existe censo desde el efectuado por el gobierno
español en 1964, con todas las dificultades que entrañaba hacer el recuento de una población
nómada. Arrojó un total de 74.000 individuos. En 2014 se efectuó otro por el Alto Comisariado de
Planificación (HCP) de Marruecos en el que se computaron un total de 497.631 almas[3]. En este no se hacía
ninguna distinción étnica, por lo que la población Saharaui se encuentra "diluida" entre la
marroquí acudida hacia el sur durante la Marcha Verde, atraída por las ventajas fiscales y de
todo tipo que el Gobierno marroquí concede a los habitantes de "Las provincias del sur". En el
momento del éxodo a Tinduf, los Saharauis calculaban unas 250.000 personas (muchas de ellas
obligadas por la fuerza). A lo largo de los años, se inició un permanente reflujo hacia la zona
marroquí, donde eran bien acogidos a condición de rendir pleitesía -la Bai’a, un acto de vasallaje- al monarca, cómo todos
los demás súbditos, y en el año 2006 ACNUR cifraba en 90.000 los habitantes de los campamentos
con vistas a la ayuda humanitaria. Los cálculos más realistas cifran la población saharaui en un
total de entre 500.000 y 750.000 personas contando los de la parte argelina, la marroquí y la
diáspora que puede abarcar entre 10.000 y 20.000 personas. Insisto en que todo se reduce a
especulaciones más o menos fundadas, pues todas las partes están interesadas en que los números
confluyan con sus objetivos.
En 2015, Ignacio
Cembrero, conocido periodista y escritor (Vecinos alejados, 2006), especializado en temas
del Magreb, publicaba un artículo en El Mundo[4] en el que denunciaba los
fraudes del POLISARIO a lo largo de los años 2003 a 2007, tanto en lo referente a las mercancías
enviadas por la ayuda internacional que acababan vendiéndose en los mercados de Argelia,
Mauritania o Mali, cuanto a lo concerniente al número de refugiados, cuyo cómputo era la base
para el cálculo de esa ayuda, establecida en torno a los 10 millones de Euros anuales. De la
cifra de 155.000 personas suministrada por Argelia, una comprobación por satélites de
observación encargada por la OLAF (Agencia de la Comisión Europea), al Centro Común
de Investigación Europeo, dio como resultado la cifra de unos 91.000 refugiados.
En la primera visita
a los campamentos de Tinduf, algo me sonaba raro de la enorme maquinaria de propaganda y del
torpe montaje de artificios que se hacía evidente, enfocados a impresionar a los desinformados
visitantes. Había mucho de puesta en escena. Por encima de toda aquella parafernalia un objetivo
se hacía patente: la necesidad de ayuda permanente, tanto en útiles enseres y alimentos, como en
dinero. Todo lo administraba la dirección del Polisario, partido único de una "democracia" sui generis. Esas circunstancias eran agravadas
por el contrasentido de eliminar el sistema tribal que había intentado -con escaso éxito- el
POLISARIO, y la más grave: la mayoría de la cúpula dirigente pertenecía a los Ergueibat, una de
las tribus más numerosas y potentes del Sáhara que seguían utilizando sus privilegios tribales
para el ascenso político. Conviene recordar que desde el-Uali Mustafá Sayed, fundador del Frente
Polisario y protomártir, hasta el actual jefe del POLISARIO[5] y presidente de la
Republica Árabe Saharaui Democrática (RASD), Ibrahim Ghali, pertenecen a esa tribu.
En realidad los
Ergueibat constituyen un conglomerado de tribus. Entre ellos se admite con verdadero espíritu
democrático a cualquiera que solicitara su protección. El lema de la tribu es "bajo el paraguas
Ergueibat cabe todo el mundo". Se estima que los Ergueibat -en sus dos ramas, Ergueibat Charg y
Ergueibat Sahel- pueden agrupar a una cuarta parte de la población beduina.
De mis visitas a los
campamentos obtuve la penosa sensación de estar presenciando la degradación de un pueblo altivo
y acostumbrado a la libertad del desierto sin fronteras, reducido a la situación de "anclados"
en un territorio inhóspito y extraño, condenados a la inactividad y dependiendo para su
subsistencia de la caridad internacional.
Saqué la conclusión
de que sólo conocería la realidad de los hechos percibiendo la opinión de la otra gran parte de
saharauis que, de grado o por fuerza se habían quedado en la zona marroquí y vivían mezclados en
la parte sur del país con parte de los 350.000 "colonos" desplazados por Hassan II en La Marcha
Verde. Fue la presión de aquella masa de enfervorizados ocupantes lo que, en definitiva, expulsó
a los españoles que quedaban a finales de 1975, en plena crisis española con la inminente muerte
del dictador Franco. El entonces Príncipe de España visitó El Aaiún el 2 de Noviembre de 1975
manifestando en su discurso ante los notables saharauis y los representantes en Cortes de lo que
era la provincia nº 53 de España que "Deseamos
proteger también los legítimos
derechos de la población civil Saharaui, ya que nuestra misión en el mundo y nuestra
historia nos lo exigen" [6]. Haciendo honor a la principesca promesa, el 26
de febrero de 1976- muerto ya Franco-, se arrió la bandera española en el IV Tercio Sahariano
Alejandro Farnesio, después de 92 años de permanencia en el territorio. Los legionarios serraron
el mástil para que en el no pudiera ondear la marroquí y se abandonó la zona con armas y
pertrechos, llevándose hasta los cadáveres de los españoles que habían muerto en aquella zona,
que ocupó desde aquel momento el ejército marroquí.
La historia del éxodo
hacia Tinduf de la población saharaui tiene tantas versiones como partes interesadas. Los
argelinos entraron en el conflicto contentos de poder meterle el dedo en el ojo a Marruecos, su
enemigo tradicional especialmente desde que perdieron La Guerra de las Arenas de 1963. Una
herida sangrante que le quedó para siempre a Argelia. Por otra parte se abría, aunque de forma
difusa, la posibilidad soñada desde siempre de un acceso al Atlántico.
Se hacía preciso un
viaje a lo que se denominaba el Sáhara Occidental, que antes había sido el Sáhara Español desde
que España reclamara la región situada entre Cabo Bojador y Cabo Blanco en 1884, durante la
Conferencia de Berlín, basándose en acontecimientos históricos anteriores. Más adelante se fijó
el límite norte del Sáhara Occidental en el paralelo 27º 40', constituyéndose, a partir del año
1958 la provincia nº 53, el Sáhara Español con sus representantes en Cortes como todas las demás
provincias españolas.
La ocasión llegó a
finales de 2005. El profesor Alejandro García me propuso un viaje hasta el Sáhara. Él debía
cumplimentar un encargo para la edición española de
Le Monde Diplomatique: un artículo sobre la realidad de los saharauis en la zona
marroquí. Me pareció un sueño, pero ¿En calidad de que iba yo? le pregunté. Yo hago las
entrevistas, tú tomas notas y luego me las pasas, me dijo.
Me pareció que ya
tenía un papel en la expedición y a el me apliqué de forma concienzuda.
El viaje nos condujo
hasta el Tiris, florido en una poca que había sido de abundante lluvia. La amplia zona desértica
cambia de aspecto después de las lluvias y es la cuna de los grandes poetas que formaron el
entramado de la cultura saharaui, conocida como "la escuela del Tiris" (Muhammad el- Maami, su
fundador, Muhammad al-Talba, Semyedre u. Habib Allah y Muhammad u. Muhammad Salim). Fue una
aventura iniciática y placentera, conducida por Mrabbi Rebbu al que conocí en ese primer viaje.
Su presencia y amistad permanecerían en mi corazón durante las varias expediciones que
sucedieron a aquella.
Ese primer viaje,
largo, prolijo y plagado de interesantes incidentes, dio lugar a un libro[7] del que Mrabbi hizo una
magnífica traducción al árabe y publicó en Marruecos, en el que procuré narrar las vicisitudes
de la expedición. Tal como me había sugerido Alejandro, y con la precisión del escribano que
siente la necesidad de cumplir su misión con eficacia, me dediqué a tomar notas minuciosas de
todo lo acontecido a lo largo de nuestro peregrinaje. Cuando volvimos, las pasé a limpio y llamé
a Alejandro. Tengo disponibles las notas, le dije. No las necesito, ya tengo el artículo, me
repuso[8].
Fue una expedición
con ribetes políticos, desde luego, pero la vertiente política de la situación saharaui me
interesaba poco en aquel momento. Me impresionó más la situación de la parte de los beduinos
saharauis que permanecían en Marruecos y, sobre todo, la historia de su distribución tribal de
singular arraigo entre ellos. El estatus social, su formación, su rango y hasta su actitud
humana y en muchos casos sus posibilidades de promoción social vienen determinadas por la
pertenencia a una u otra tribu. Nadie puede emparentar aleatoriamente con miembros de otra
tribu, y las hay que son rivales desde tiempo inmemorial[9].
De aquel viaje surgió
la idea de investigar más a fondo la historia de las tribus saharauis, que no es tan lejana
-aproximadamente los siglos VIII o IX, cuando el Islam llegó a la zona-, en la que me propuse
trabajar en adelante. Hubieron más viajes, más encuentros con Mrabbi, más relaciones con muchos
miembros de su extensa familia, los del Ahel Chej Ma el-Ainin, de los que siempre recibí
generosa acogida y documentada información. Conocí también a muchos miembros de otras tribus que
me proporcionaron parecidas atenciones. Comprobé que la tradicional hospitalidad saharaui no es
una leyenda, sino una práctica que llevan a cabo con generosidad y sencillez, según un código
ancestral impreso en el fondo de sus corazones. Lo que había comenzado como un simple afán de
aventura por un país exótico se convirtió en un intento de aproximación a la cultura islámica
con un objetivo más concreto: la localización de los lugares de enterramiento de algunos de los
fundadores de tribus y de otros personajes representativos de la cultura bidani cuyos restos se
encontraban diseminados en la amplia franja de desierto que ocupa el sur de Marruecos,
Mauritania, Senegal y parte de Mali hasta llegar a Tombuctú, la ciudad de los 333 santos. El
programa era demasiado ambicioso para un neófito del tema, aún con una mediana formación
histórica, pero es preciso plantear los retos con cierta ambición y así lo hicimos, confiando la
parte documental al Dr. Frey Sánchez de la Universidad de Murcia, que también participó en
algunos de los viajes, y la documentación gráfica a mi buen amigo, entrañable compañero y
excelente fotógrafo Eduardo Cos Vinader (Chosi).
Sobre nosotros
planeaba la sombra protectora de Mrabbi Rebbu uld Chej Ma el-Ainin, sin cuya asistencia,
colaboración y ayuda, el proyecto jamás se habría realizado. Teníamos en mente hacer una
aproximación a la cultura bidani a través de la historia de los fundadores de tribus y otros
hombres considerados santos que constituían la espina dorsal de la cultura bidani, los
hombres y mujeres que tienen como elemento común y diferencial el hasaní o hasania, un
derivado del árabe que participa en un 70% de este. El estudio nos llevaría al de las
tribus, sus relaciones a lo largo del tiempo transcurrido desde su llegada a la zona hasta
terminar, cerrando el círculo, a la penosa situación de muchos de ellos en los campamentos
de Tinduf.
Fueron muchos
viajes, algunos de los cuales hicimos por nuestra cuenta bajo el paraguas protector del
señor Larosi y su esposa Fatiha acompañados del entrañable
Jamál, que
sustituyó circunstancialmente a Mrabbi en la resolución de los frecuentes problemas que para
un europeo supone viajar por esas áridas tierras. Fueron muchos kilómetros de desierto los
recorridos, muchas gentes a las que entrevistamos, mucho lo que aprendimos e innumerables
los amigos que dejamos. Aprendimos el importante papel que los Wali
(hombres santos) habían representado en la vida social y política de los beduinos
saharauis que habían estudiado en sus
madrazas y se habían adoctrinado en
sus zawiyas situadas con frecuencia en los mismos lugares de
culto y enterramiento; que aquellos hombres eran considerados depositarios de la baraka [10], que
los acercaba a su creador y de la cual eran trasmisores para los que se enterraban cerca de
sus tumbas, convertidas con el paso del tiempo en lugares de peregrinación y de fiestas
anuales, el Musem. En eso se convirtió
nuestro trabajo: en una peregrinación a la búsqueda de una cultura que en principio nos
había resultado por completo desconocida pero que acabó atrapándonos hasta sentir por ella y
por sus gentes un amoroso respeto.
Aprendimos que
había otra forma de ver la vida y otras creencias diferentes de las nuestras, otra forma de
contemplar el paso del tiempo y una manera distinta de relacionarse con la naturaleza.
Aprendimos, en fin, que nuestros conocimientos no bastaban para entender gran parte del
resto del mundo y que nuestra soberbia de europeos prepotentes estaba edificada sobre
cimientos de barro.
El producto de
esas peripecias está todavía cocinándose en los fogones del Dr. Frey que trabaja las salsas
de la historia de forma concienzuda y meticulosa. El resultado se hará pronto público.
En uno de
aquellos viajes, aprovechando el
Musem de Tantan que tan relacionado
estaba con su familia y con el Chej Larabás uld Chej Ma el-Ainin -cabeza de los ulemas de
Marruecos y Mauritania que nos proporcionó generoso alojamiento y varias tardes de impagable
conversación-, Mrabbi me dijo: "El año que viene, a Mauritania".
¿Qué interés
podía tener Mauritania para nosotros? ¿Qué santones podíamos encontrar allí? Aquí es
inevitable hacer algo de historia.
Mauritania, hoy
República Islámica de Mauritania, fue colonia francesa hasta 1960. Debe su nombre actual al
explorador francés Xavier Coppolani que en 1899 propuso cambiar el nombre de la
colonia, Bilad Chinguetti (el país de Chinguetti), en recuerdo de las
mauritanias romanas del S.I, Mauritania Cesariense y Mauritania Tingitana. Tiene una
extensión aproximada del doble de España y una población que no llega a los cinco millones
de habitantes. La mayor parte de ellos se arracima en las dos principales ciudades de la
costa: Nuakchot y Nuadibú. Y Rosso a orillas del Senegal. El resto de la población se
distribuye por el amplio desierto subsistiendo del pastoreo de camellos, vacas, asnos y
cabras. Es un país pobre y sujeto a la ignorancia y la corrupción que son comunes a los
países descolonizados. Dicho con dolor, el patio trasero de Marruecos.
Sin embargo,
Mauritania es el "reservorio" intelectual de la cultura saharaui. De sus ciudades del sur[11] surgieron los
movimientos fundamentalistas (Almorávides y Almohades) que llevarían su fuego purificador a
los musulmanes corrompidos por la molicie de Al-Ándalus durante los años siguientes a la
caída de Toledo (1085) y la aparición de los reinos de taifas. Chinguetti es considerada una
de las ciudades santas del Islam[12].
Estábamos a mitad
de diciembre del año 2007, la mejor época para iniciar el viaje a aquellas latitudes. El
equipo estaba compuesto por Mrabbi Rebbu, nuestro imprescindible guía, Julián, un fotógrafo
experto en medios audiovisuales, y yo, que me encargaría de recopilar la documentación y de
fijar por coordenadas GPS los puntos exactos de los lugares visitados para el posterior
trabajo de biblioteca a cargo del Dr. de la Universidad de Murcia Antonio Vicente Frey
Sánchez. Nos proponíamos localizar, como ya habíamos hecho en gran parte del territorio
Saharaui en expediciones anteriores, los lugares de enterramiento de personajes importantes
de las distintas tribus a los que pudiéramos tener acceso.
Con esa intención iniciamos nuestro viaje en los
primeros días del año 2008.
TRANCO I
Enero, 3. Jueves.
Con la ilusión que todo viaje comienza, nos lanzamos
a la carretera de madrugada. El camino hasta Algeciras no se hace excesivamente largo. Son 530
km. que recorremos por la cómoda autopista. Con las paradas imprescindibles llegamos hasta
Algeciras y tomamos el ferry de Ceuta. Nuestro destino es Fez, la capital cultural de Marruecos,
reserva de tradiciones y cuna de ortodoxos, famosa por su intrincada medina donde los
extranjeros no son bien recibidos. El paso del Estrecho siempre es
emocionante.
Para los que
somos de tierra adentro la visión del mar representa una estimulante novedad. Con la
experiencia de anteriores viajes, preferimos hacerlo en cubierta aprovechando la ocasión
para respirar el vivificante aire marino y entretenernos con la visión de los muchos barcos
que cruzan la pequeña distancia que nos separa de África. Resulta emocionante pensar que
este mismo recorrido lo hicieron, en uno u otro sentido, griegos, cartagineses y
romanos, sirios y magrebíes de la primera oleada, Almorávides y Almohades, muchos de los
cuales se quedarían en la Península durante ocho siglos. Esas aguas azules y movedizas
surcadas por las blancas estelas de los navíos que las cruzan cada día, están cargadas de
historia.
Desembarcados en
Ceuta, que nos ha parecido el paso más apropiado a la vista de la ruta que hemos de seguir.
Tras los siempre engorrosos trámites de la aduana y cambiar dinero en el puerto, salimos
hacia Fez bajo una lluvia torrencial que habrá de acompañarnos durante los próximos días. Es
época de lluvias, nos dicen. ¡Hamdulilá!
El camino a Fez,
a través del Rif, es hermoso aunque muy accidentado. La lluvia torrencial lo hace peligroso.
Julián conduce con pericia y me abandono a la ensoñación. La carretera, estrecha en muchos
tramos, serpentea entre las montañas que se levantan a los lados envueltas en la neblina.
Están pobladas por el bosque mediterráneo compuesto de diferentes especies: pino carrasco,
alerces, alcornoques, encinas y algunos acebuches rastreros que pelean por un rayo de luz
entre los troncos gigantescos de sus compañeros.
No cesa la lluvia
tenaz durante el recorrido. Los árboles parecen agradecerla y sus ramas se comban bajo
el peso agresivo del agua que se desliza en pequeños arroyuelos. Con frecuencia invaden la
calzada haciéndonos aminorar la marcha. El Rif es de una belleza impresionante matizada por
la niebla que nos impide disfrutar del paisaje. Pasamos por la zona que conduce a Isagüen y
Ketama, donde existen grandes plantaciones de hachís en la falda de las montañas. En las
frecuentes curvas de trazado peligroso donde es preciso aminorar la marcha, hay rústicos
tenderetes montados con palitroques y desechos de plástico bajo los que se guarecen dos o
tres muchachos. A nuestro paso, surgen del refugio haciendo ademán de fumar.
Paramos en
Quazzate, un poblado de mal aspecto, cerca de Tetuán, para aliviar el hambre que ya comienza
a hacerse enfadosa. Julián, neófito en este tipo de viajes, no se ha percatado de que se
come cuando el momento lo permite, o se ayuna esperando mejor ocasión. El tugurio en el que
nos detenemos está regentado por dos muchachos. No hay mucho donde elegir. La
harira desprende un vapor apetitoso en una
olla que más vale no inspeccionar. Un
Tajín humea sobre el braserillo de
cerámica donde brillan unos cuantos carbones que uno de los chicos anima de tarde en tarde
con un malgual de esparto. La comida es reparadora y el precio nada exagerado. El pan, a
voluntad.
Llegamos
extenuados a Fez a las nueve de la noche. Mrabbi nos espera en medio de la avenida
principal, bajo la lluvia torrencial, con un paraguas verde que identificamos desde lejos.
Nos aloja en un buen hotel y se marcha precipitadamente, agobiado por los preparativos del
congreso sobre el Chej Ma El Ainin del que es responsable y organizador. Constituimos la
"delegación española" en el evento.
A la hora de
bajar los equipajes del coche (es un tipo "ranchera" con un maletero enorme), me percato de
que Julián va provisto de un voluminoso cajón plateado donde deben ir la cámara de cine y el
resto de los enseres que necesita para su trabajo de reportero gráfico. Prefiere acarrearlo
hasta su habitación a dejarlo en el coche.
Una parca cena en
el hotel y nos vamos a la cama molidos. Por suerte nos han reservado habitaciones
individuales.
En las murallas de Ceuta
TRANCO II
Fez
Tenemos tres días para visitar la ciudad de Fez y sus
alrededores, incluido el cementerio, y una interesante excursión a Muley Idris y
Volúbilis. Nuestra parada en la ciudad se debe a la celebración de un congreso sobre el
Chej Maelainin en el que debemos leer una ponencia[13].
Fez son tres ciudades en una. La más antigua, Fez el-Badi, está
situada a orilla de los ríos Fez y Zitu. La fundación del núcleo original se atribuye a
Muley Idris ibn Abdallah ben Hasan ben Alí, conocido como Idris I (+791/174), fundador
de la dinastía Idrisí, que fijó su primera residencia en el actual barrio de los
andaluces. Lo de Fez (pico en árabe) según los cronistas de la época, hace referencia al
acto fundacional. El hijo de Idris I, Idris II, hacia el 809/193 estableció la sede de
su dinastía a la orilla del río Fez, en un lugar denominado el-Aliya o ciudad alta. En
las primeras décadas del S. IX los Omeyas cordobeses expulsaron a muchos desafectos de
al-Ándalus que vinieron a instalarse el burgo de Idris I. Otro tanto sucedió con algunos
desterrados de Qairuán (Túnez), que se establecieron en la orilla opuesta. Así vinieron
a desarrollarse dos poblados, uno a cada una de las márgenes del río. Fez siguió
prosperando durante la época de los Almorávides y Almohades, a pesar del ascenso de
Marrakech.
Hacia 1250/648 Fez fue conquistada
definitivamente por los Benimerines que la convirtieron en capital del sultanato, creando un
nuevo asentamiento en 1276/674: Medinet el-Beïda, o la ciudad blanca. Pronto se transformó
en Fez el-Jedíd, Fez la nueva, por contraposición a Fez el-Bali, la vieja. Bajo el reinado
de los sultanes benimerines Abu er-Rabi (1308-1310/707-710) y Abu Said Othman
(1310-1331/710-731), Fez conoció un periodo de gran esplendor y a su universidad de Karauine
acudieron sabios y profesores de todos los territorios del Islam. El ocaso de la dinastía
meriní fue también el de Fez. En 1465/869 una revuelta acabó con el último representante de
la dinastía, Abd el-Haqq, y la ciudad cayó en poder de la dinastía Watasí. En 1522/928 Fez
fue parcialmente destruida por un terremoto y en 1544/951 pasó a poder de la nueva dinastía,
los saadies. La ciudad quedó sumida en la anarquía y fue sustituida en su papel de capital
política por Marrakech. Muley Ismail (1672-1727/1083-1140), segundo sultán alauita,
estableció su capital en Mequínez y asentó en la ciudad decadente a la tribu de los Udala
que lo habían ayudado a conquistar el poder. En 1912/1330 se acordó en Fez la instauración
del protectorado francés y con él apareció una nueva ciudad de estilo occidental. Fez perdió
definitivamente sus funciones políticas, administrativas y económicas que se trasladaron a
Rabat. El gobernador Lyautey la declaró monumento histórico-artístico preservando en cierta
forma su prestigio artístico e intelectual.
Después de un largo paseo por las murallas, nos dirigimos a la
medina, entrando por la puerta de Bab Bujelud, una impresionante construcción decorada
con hermosos esmaltes en los que se mezclan armoniosamente el azul cobalto de Fez con el
verde del Islam. La medina de Fez el-Bali es el espacio peatonal más grande del mundo.
En ella se agrupan por barrios todos los oficios de los habilidosos artesanos. En sus
intrincados callejones de trazado anárquico es fácil encontrarse un carro de manos o una
caballería cargada de diversos materiales que amenazan con estamparnos contra las
paredes mientras sus conductores lanzan estertóreos gritos de aviso.
La estrella de la medina es la Mezquita de el-Karauin, fundada
como modesto oratorio en el año 857/242 por Fatma, hija de Mohammed el-Feheri, un
emigrado de Qairuán. Sucesivas ampliaciones, entre las que destacan la emprendida por el
sultán almorávide Alí ibn Yusuf hacia 1135/529 le han conferido su actual esplendor.
Está situada en el centro de la medina y su discreta entrada no hace sospechar el
esplendor de su interior. Solo a los musulmanes les está permitida la entrada, para lo
que deben agacharse bajo una barra de madera colocada a media altura. Según Mrabbi, es
un acto de humildad al que debe someterse cualquier peregrino. Puede que también sea una
barrera para los no creyentes. En el recorrido nos salen al paso una serie de Madrazas
-escuelas coránicas- (Bu Inania, el-Attarin, es-Seffarin, ech-Cherratin), construidas en
las diversas épocas del esplendor de la ciudad. Algunas pueden visitarse, otras están
reservadas solamente a los musulmanes. A destacar, el museo Dar el-Batha que data del
año 1894/1312, situado en un palacio de arquitectura hispano-musulmana que muestra
interesantes colecciones de objetos artísticos y artesanales de la región. Una de las
alas del palacio está reservada a los libros sobre cultura marroquí, sistemas de
encuadernación, miniaturas e instrumentos musicales.
Visitamos la zawiya de Chej Ma el-Ainin, otorgada por el sultán
Muley Sidi Mohamed hacia 1873/1290. En ella se enterró a su hijo Chej Hasenna uld Chej
Ma el-Ainin. Situada cerca a la de Muley Idris II fundador de la ciudad, es amplia y
decorada con esmero, siendo durante años lugar de predicación y enseñanza coránica.
Recoge también numerosos enterramientos que han ido sucediéndose a lo largo del tiempo
de discípulos y otros allegados de la familia. Ha estado abandonada durante algunos años
y el tiempo ha hecho estragos en la cúpula y en otras dependencias. En la actualidad se
encuentra en vías de restauración, gracias a los esfuerzos de la familia Chej Ma El
Ainin que celebraron en la ciudad el primer congreso de estudio sobre la figura de su
fundador en enero de 2008/1429.
Abundan las madrazas, centro cultural que todas las dinastías
cuidaron especialmente ya que en ellas se potenciaba el culto religioso y la obediencia
al sultán, máximo representante de Mahoma en la tierra. La más importante es la de Bu
Inania de 1350/751, vestigio de los meriníes, así como la de el-Attarin, situada al otro
lado de la alcaicería. Nos detenemos en la zawiya de Muley Idris, lugar de culto al que
asisten numerosos peregrinos en busca de la baraka del santo. Se reconstruyó en
1437/840 tras el descubrimiento de la tumba de Idris II al que se creía sepultado en
Volúbilis.
No podemos abandonar Fez sin visitar el barrio de los
curtidores, un lugar verdaderamente curioso en medio de edificios desde los que se puede
apreciar el amplio espacio lleno de pocillos multicolores donde las pieles sufren el
laborioso proceso de curtido y tintado. El olor, debido en gran parte al excremento de
paloma que se emplea en el proceso, es nauseabundo. Los amables guías lo minimizan
ofreciendo a los visitantes unas ramitas de menta que se introducen en la nariz.
Terminamos la visita a Fez con el barrio de los andaluces,
llamado así porque en él se asentaron los desterrados de la España musulmana. Allí se
encuentra la madraza es-Sahrij, erigida en 1321/721 y la Mezquita de los andalusíes,
construida en el S.IX con numerosas aportaciones posteriores. Inaccesible a los no
musulmanes y, como todas, con sus dos puertas de acceso separadas, para hombres y
mujeres.
Salimos temprano para visitar la ciudad de Muley Idris de la que
nos separan unos 65 Km. por una carretera que discurre entre montañas y valles de
hermoso verdor.
La ciudad está enclavada sobre un macizo rocoso que domina el
valle de Jumán y la llanura sobre la que se asientan los restos de Volúbilis. Es un
conjunto de casitas blancas que recuerdan los pueblos de la Alpujarra almeriense entre
las que destacan los techos verdes del mausoleo de Muley Idris el-Akbar, origen de la
primera dinastía árabe de Marruecos. Según cuenta la historia, Mula Idris ibn Abdallah
ben Hassan ben Alí, era descendiente de Fatma, hija del Profeta y de Alí, su primo y
primer seguidor. Como es habitual en muchas religiones, a la muerte del Profeta,
diversos partidos batallaron entre sí y en la batalla de Faj (786/169), los creyentes se
escindieron en dos ramas: sunitas y chiitas. Mulai Idris, exiliado, encontró refugio
entre los bereberes auraba del Magreb, que para entonces poblaban la extensa planicie de
Ulália, antigua Volúbilis. Los auraba lo acogieron como líder político y militar dando
lugar a la que más tarde sería Fez. Sin embargo, el brazo de los abasíes era largo y
Muley Idris murió envenenado a manos de un sicario en el año 791/174.
Los visitantes no musulmanes no son bien recibidos en la ciudad,
cuyos habitantes hacen gala del aura de santidad que la envuelve. Es frecuente mantener
las creencias envueltas en un halo de misterio que las protege de cualquier reflexión
crítica. Tanto la muralla, la mezquita de Sidi Abdallah el-Haijan, como el mausoleo de
Idris I son inaccesibles a los forasteros no musulmanes, de manera que nos contentamos
con un té a la menta en la plaza del pueblo mientras Mrabbi visita el mausoleo. Nos
advierten de que, dada nuestra calidad de extranjeros, no podemos pernoctar en la
ciudad.
Hemos dedicado la mañana a visitar las ruinas de Volúbilis, en
un estado decadente. Poco queda del esplendor que tuvo en su día.
A la entrada, los funcionarios instalados en una precaria
oficina, exigen un modesto óbolo y nos recomiendan seguir el itinerario marcado por
flechas rojas. "Le chemin des visiteurs".
La ciudad, patrimonio de la humanidad por la Unesco desde 1997,
tiene sus orígenes en un asentamiento bereber, una de las capitales del reino mauritano
de Juba II (25 a.C-24 dC.). Tras la conquista romana (40-45 dC.) Volúbilis se convirtió
en una de las principales ciudades de la provincia tingitana organizada, como era
clásico de los campamentos romanos, en torno a dos grandes ejes: el cardium y el
decumanum. En ella se instalaron los procuradores que representaban el poder de Roma,
alcanzando su máximo esplendor durante los siglos II y III, bajo el dominio de Antoninos
y Severos. De esa época datan la muralla, los edificios civiles y religiosos, los
barrios residenciales y las almazaras. La producción y comercio del aceite, el trigo y
los animales salvajes para abastecer el circo romano, fueron las principales fuentes de
riqueza de la ciudad. En el 217 se levantó el Arco del Triunfo de Caracalla que celebra
el edicto de 212 por el que se concedía la ciudadanía romana a todos los habitantes del
Imperio (excluidos los esclavos).
La decadencia de la ciudad se inició con el declive del Imperio
Romano. En 285 Diocleciano inició el repliegue de las provincias africanas, abandonando
a su suerte los territorios al sur de Lixius (Larache). El acueducto de Volúbilis fue
abandonado y la población abandonó las zonas altas para asentarse en la ribera del río.
Hacia el 630/8 los árabes tomaron definitivamente la zona
instalando una guarnición en Volúbilis y en 789/172 Idris I se asienta definitivamente
en la zona, que recupera su antiguo nombre de Ouili. Su hijo, sin embargo, traslada la
capitalidad a Fez y con ello se inicia el fatal declive de Volúbilis. Muley Ismail, el
segundo sultán alauita desmanteló gran parte de los edificios para aprovechar los
materiales en su ciudad de nueva creación, Mequínez. Un enorme terremoto en 1755/1168
dio el golpe de gracia a lo que había sido floreciente ciudad romana, cuya excavación
comenzaron los franceses en 1915/1333.
Al atardecer, con el ánimo reposado y los sentidos llenos de una
historia que nos resulta tan familiar, emprendemos el regreso a
Fez.
TRANCO III
Fez-Rabat
8 Enero. Martes.
Nos despedimos de la milenaria Fez para emprender viaje a Rabat,
donde nos instalamos en el hotel Anahil, viejo conocido. Esta vez nos sorprende no
encontrar las habituales cucarachas en el cajón de la mesilla de noche.
Estamos en medio de la fiesta nacional. Hoy Moharram de 1492H,
primero de año, seguida de la celebración de la solicitud de la independencia, cuya
placa conmemorativa pudimos ver en la medina de Fez.
Nos desplazamos hasta Sidi Caçem para visitar a Sidelkom Ma el
Ainin, el "tesorero- administrador" de la expedición. Es hombre menudo y piadoso que
tiene cierta ascendencia religiosa entre los miembros de su comunidad. Un saharaui
incrustado en la comunidad marroquí. Su casa, a las afueras del pueblo, es espaciosa con
una amplia planta superior que se reparten la terraza y una habitación diáfana donde nos
instalamos sobre alfombras y cojines en el suelo. Es la zona de los hombres. No hemos
visto mujeres, que suponemos atareadas en la confección de la exquisita comida que nos
sirve uno de los hijos del anfitrión.
De primero unos pinchos de hígado de cordero envueltos en su
grasa, luego un té digestivo para hacerle sitio a un exquisito cuscús de cordero con
sopa de verduras. Después, Tajín de ternera con manzanas dulces. En la sobremesa se
suscita el tema de la cámara. Julián nos advierte que no ha traído cámara alguna y
Mrabbi monta en cólera. La subvención de que disponemos para el viaje estipula que hemos
de presentar un reportaje de video a la vuelta. Yo propongo que nos volvamos a Murcia y
cuando el asunto esté resuelto, regresamos. Julián sugiere que nos hagamos con una
cámara local. Comienzo a tener la sensación de estar atrapado. No me explico que puede
contener el cofre plateado que supuse guardián de la cámara de video.
El tiempo transcurre con una parsimonia a la que no estamos
acostumbrados. Nadie tiene prisa, como si el objetivo principal de la vida fuera ver
pasar las horas. Los trámites administrativos funcionan con ese mismo esquema. El
"vuelva usted mañana" de Larra parece haberse inventado aquí.
Localizo "La Source", una fundación cultural francesa regentada
por jesuitas. Disponen de una buena biblioteca donde me propongo pasar los días de
espera que no sabemos cuánto van a durar. Me recibe un amable personaje llamado Mr.
François Devaliere, que me enseña las instalaciones y las pone a mi disposición. Se
interesa por nuestro proyecto. Un grupo de investigadores de la biblioteca está
trabajando en algo parecido, los maestros sufís.
Dedicamos la tarde a visitar la medina. Encerrada tras las
murallas de época almohade, no tiene las dimensiones de la de Fez, pero es lugar que
conviene visitar si se quiere tomar contacto con lo genuino de la población. Todas las
medinas de Marruecos parecen la misma. Iguales tenderetes de verduras, iguales
carnicerías con las piezas colgantes en el frescor de las calles estrechas, las mismas
gentes coloridas y variopintas circulando, discutiendo y regateando. En un principio, el
viajero opinaba que vista una, vistas todas pero ahora le hechiza la contemplación de
cada una de ellas y no deja de sorprenderle la peculiaridad que encuentra en cada
calleja, a cada vuelta de una esquina o en cada callejón umbrío que imagina conduciendo
a destinos misteriosos.
A la entrada, desde la avenida de Mohamed V que se ha cruzado
más arriba con el bulevar Hassan II (en todas las ciudades de Marruecos hay unas vías
principales llamadas Mohamed V, Hassan II y Mohamed VI), se encuentran una serie de
cafetines y restaurantes con veladores en las extensas terrazas. Las mesas están
ocupadas por hombres solos o en pequeños grupos que permanecen absortos ante los restos
a medio consumir de un té a la menta o un café con leche. Miran con curiosa indiferencia
a los transeúntes y producen la impresión de que están allí desde siempre, formando
parte de la decoración de la ciudad. Los camareros de largo mandil deambulan entre las
mesas de tarde en tarde, pues las consumiciones duran eternamente.
En la Medina, los oficios están agrupados por
zonas y en ésta se ven muchos turistas acosados, como nosotros, por los guías ocasionales a
la busca de la pequeña propina que reclaman con una insistencia que llega a hacerse
enfadosa. Me tientan los puestecillos que venden comida preparada, bocadillos, o pescado
frito en un aceite chisporroteante y negruzco, pero la elemental prudencia me contiene. Me
contento con una taza de caracoles picantes que se comen sobre el terreno depositando las
cáscaras en el montón del carrillo del vendedor. El caldo resulta exquisito.
El punto neurálgico de la medina es la calle Suika y su
continuación, Suk es-Sebbat, la calle cubierta con un primoroso artesonado de filigranas
con cristales que protegen las tiendecillas de las inclemencias.
Nos dirigimos a la plaza de Suk el-Gezel a la que se abre la
amplia puerta de la kasbah de los Udaya, Bab el-Udaia. Se construyó hacia el año
1184/580 bajo Abu Yakub Yusuf, llamado al-Mansur (el victorioso), como la giralda de
Sevilla y la kasbah de Marrakech.
A la izquierda de la puerta se extiende el gran cementerio de
el-Alu y al suroeste la prisión, antigua fortaleza erigida por orden de Muley er-Rachid
en 1667/1078. En el S.X se ubicaba en ella la rábida y la fortaleza almorávide de la que
no queda rastro. La kasbah está situada en un promontorio rocoso de importancia
estratégica que domina la entrada del puerto natural y el estuario del Bou Regreg. Su
nombre se debe a la tribu Udaïa que llego al norte de África a principios del S.XIII y
protagonizo varias sublevaciones en Fez, como consecuencia de las cuales los sultanes
los diseminaron por varias zonas del país. Las murallas son de época almohade,
construidas en piedra. Tienen 2,5 m. de espesor y una altura que varía entre los 8 y 10
m. El paseo por la kasbah es delicioso y desde la cima de la muralla se divisa el amplio
estuario del Bou Regreg, y al otro lado la ciudad de Salé. Hay un pequeño reducto donde
unas cuantas mujeres tejen interminables alfombras. Más adelante, está el museo de los
Udaya,
en su origen palacio mandado construir por Muley Ismail en
1672/1083. Es tradición de los sultanes marroquíes y de los reyes de nuestros días
mantener palacios, con su servicio correspondiente, en cada una de las ciudades del país
de manera que no se sepa a ciencia cierta en cuál de ellos moran. El museo reúne
numerosos objetos de artesanía, vajillas, cerámica azul de Fez, bordados, ejemplares del
Corán manuscritos, instrumentos musicales andaluces y bereberes y otra serie de objetos
dignos de interés. Nos encaminamos hacia la amplia plaza donde se encuentran la Torre
Hassán y el mausoleo de Mohamed V.
La torre, elemento emblemático de La ciudad como
es la Kutubiya de Marraquech, fue concebido como almiar de la gran mezquita que comenzaba al
final del núcleo urbano del momento. La mandó construir el almohade Yakub al-Mansur en
1195/591 con intención de que fuera la más grande del mundo después de la de Samarra en
Irak. Sin embargo a su muerte, cuatro años después, la obra quedó inconclusa. De los más de
60 m. que había de medir, solo se alcanzaron los 44 que hoy pueden contemplarse junto a los
restos de la mezquita que debía medir 180x140 m., rodeada de muros en los que se abrían 16
puertas de acceso a los cuatro puntos cardinales. Abandonado el proyecto, gran parte de los
materiales se reutilizaron en otras obras y el terremoto de 1755/1168 vino a completar el
desastre. El moderno pavimento enlaza la enorme superficie con el mausoleo de Mohamed V,
artífice de la independencia marroquí. A la entrada, por la puerta que da al Bou Regreg, hay
dos soldados de la Guardia Real montados en pacientes caballos.
La anacrónica estampa da fe de que nos encontramos en un mundo
de enormes contrastes donde conviven tradiciones ancestrales con los más modernos
avances de la civilización, como muestran las grandes vallas publicitarias que exhiben
imágenes de teléfonos móviles y artilugios electrónicos de última generación. Al pie de
la torre hay dos escalinatas que permiten el acceso a la tumba del soldado desconocido y
al monumento conmemorativo de la historia de las dinastías que gobernaron el país. El
mausoleo, concluido en 1971/1391 es un compendio del arte moderno marroquí. Es tradición
que en su construcción y ornamentación se afanaron artesanos de las distintas partes y
tendencias del país. Sin embargo, su realización no se encargó a arquitectos marroquíes,
sino al vietnamita Vo Toan. Bajo la monumental kubba[14],
en el piso inferior pueden verse, desde la barandilla del primero, accesible a los
visitantes, los sarcófagos de Mohamed V (+1961/1381), su hijo Muley Abdallah
(+1983/1404) y su otro hijo, rey de Marruecos, Hassan II (+1999/1420). A pesar de que el
mandamiento coránico impide toda manifestación de lujo en las sepulturas de los
creyentes, el esplendor de la construcción es manifiesto. El sarcófago de Mohamed V está
tallado en un bloque de ónix paquistaní que recuerda a los de los faraones
egipcios.
12. Enero. Sábado. Rabat
Dedicamos el día a visitar la necrópolis de Chellah y la vecina
Salé. La antigua Colonia Sala es citada por Ptolomeo en el itinerario de Antonino Pio.
Se trata de un antiguo complejo que ocupa más de diez hectáreas con habitamientos
posteriores de época medieval situado en el emplazamiento de la antigua ciudad de Salé,
a 3 km. del centro de Rabat. Con anterioridad a los romanos, fenicios y cartagineses
habían fundado factorías en la desembocadura del Bou Regreg al amparo de su puerto
natural casi inexpugnable. La ciudad romana llegó a ocupar un amplio espacio en
dirección al río, sobre todo en la época de Trajano (98-117). Luego fue abandonada
durante muchos años hasta ser elegida por los benimerines para establecer su necrópolis.
Una inscripción en escritura cúfica situada en el dintel de la puerta recuerda que los
trabajos finalizaron en 1339/739 bajo el reinado de Abu al-Hasan ben Uthman. Junto a su
tumba, adornada con un hermoso tejadillo decorado con estalactitas, se encuentra la
lápida de su esposa, Chams el-Duha (sol de la mañana), ciudadana europea convertida al
islam. Abu fue derrocado por su hijo Abu Inan y murió en el Alto
Atlas.
El muchacho tuvo el detalle de llevar el cuerpo del padre a
Chellah para que recibiera sepultura. Es tradición que en el oratorio de la vecina
zawiya rezó en su día el propio Mahoma. Una tradición tan cierta como tantas que
tendremos ocasión de escuchar en los días venideros.
Cerca hay un pequeño estanque donde moran gordas anguilas que se
alimentan de huevos duros ofrecidos por las parejas para que propicien su fertilidad.
Hay una anciana que los dispensa, ya pelados, a precio módico. Las anguilas se acercan,
haciendo carantoñas cuando advierten nuestra presencia.
La colonia de cigüeñas con nidos permanentes situados en los
grandes árboles nos despiden con su alegre crotorar.
Nos encaminamos a la vecina Salé, la ciudad origen de Rabat,
situada al otro lado del estuario del Bou Regreg, atravesando el puente de Muley Hassan.
Hay un tranvía en construcción cuyo lento avance seguimos en cada viaje. Algún día unirá
el centro de Rabat con la medina de Salé. La especial dimensión que el tiempo adquiere
en estos lugares no deja lugar a la impaciencia.
La ciudad, en su origen, fue un puerto natural, más tarde
fortificado, que ofrecía refugio para las correrías de los piratas que daban golpes
de mano a enclaves terrestres o abordaban barcos de cualquier nacionalidad para
refugiarse en el puerto inexpugnable, que ya entonces abarcaba la incipiente
Rabat. Valga como anécdota la referencia que Daniel Defoe, en Robinsón Crusoe
hace de la ciudad, cuando se refiere al comienzo de las aventuras del protagonista
diciendo "fuimos
llevados como prisioneros a Salé, un puerto que pertenecía a los moros"[15].
La ciudad está constituida en gran parte por la medina
amurallada que data de tiempo de los almorávides. A destacar la Gran mezquita de tiempos
del almohade Abu Yusuf Yakub (1163-1184/558-580) a cuyo costado se alza la madraza de
Abú el-Hasán, el sultán negro, construida hacia 1341/741. Visitamos y documentamos el
morabito de Sidi Abdallah ben Hassun, patrón de Salé y de sus marineros. Es famosa la
procesión que recorre la medina en la víspera del Mulud, que conmemora el aniversario
del nacimiento de Mahoma. Los participantes llevan multitud de cirios decorados y
coloreados para la ocasión. Junto a la costa hay un gran cementerio que llega hasta el
mar, en uno de cuyos extremos se encuentra otro morabito: en de Sidi Ahmed ben Hacher,
un asceta y hombre santo del S.XIV que según la tradición curaba las enfermedades
mentales y llegó a construir unas dependencias destinadas a ese fin. Las ciudades de los
muertos crecen continuamente invadiendo las de los vivos. En los países no musulmanes,
el fenómeno se ha minimizado con la cremación, pero en el Islam no está permitida.
Consulto en La Source una serie de manuscritos que pueden ser
útiles para nuestro trabajo sobre los santos y las tribus del Sahara. Encuentro
numerosas referencias de Asín Palacios y sus estudios sobre los maestros sufís[16]. Una breve
excursión propiciada por Mrabbi nos lleva hasta un restaurante "Popular" en la ruta de
Kenitra. Nos ofrecen porciones de Mechuí -cabrito añoso-, de una textura
exquisita cocinado al vapor durante horas. El cabrito, de incipientes cuernecillos,
tiene el cuello retorcido en un extraño ángulo, prueba de que ha sido sacrificado
mirando a La Meca. Se adoba con polvo de cúrcuma en unos pocillos de los que se han
servido a voluntad unos cuantos comensales antes que nosotros. Las huellas son todavía
visibles. El Mechui se come a pequeños pellizcos utilizando los dedos pulgar, índice y
corazón de la mano derecha. Después se lamen cuidadosamente.
Los días transcurren sin que haya novedad apreciable. Seguimos
sin saber cuándo podremos partir hacia el sur. Mrabbi no sabe en qué momento podremos
disponer de los fondos para la expedición, aunque nos manifiesta repetidamente que
"pronto". En ese pronto caben todas las posibilidades del mundo.
Es imprescindible la visita a nuestro viejo conocido "Al Bahía",
situado en la muralla, a la entrada de la medina. Continúa sirviendo en la terraza el
cortés y eficaz Abdel Atif que conocemos de anteriores expediciones. Nos recibe con los
parabienes acostumbrados y le entregamos una copia en árabe del libro "Viaje por el
Sahara Occidental. El Badía[17]" que publicamos
después de la primera expedición al Tiris con Alejandro García y Mrabbi. Efusiones,
fotos y un excelente Tajín de cordero. Lástima que esta vez no nos hemos provisto, como
en aquella, de vino camuflado en botellas de Coca-Cola. El Tajín con agua -tomarlo con
Coca-Cola me parece todavía peor- pierde mucho. De postre nos obsequia con unos
dulcecitos de miel exquisitos.
Mrabbi nos invita a un concierto de música popular con
representación saharaui en el teatro Mohamed V. Se trata de un festival organizado por
una asociación de "handicapés". Tocan el Concierto de Aranjuez para piano y laúd. Con
guitarra sonaba mejor. Cantantes, danzas saharauis con música howl, un grupo de
handicapés sordos y finalmente los Nas el Guigauen, magníficos músicos bereberes.
Mrabbi nos invita a cenar en un restaurante Sirio esplendoroso.
Me contento con puré de garbanzos y yogur natural. Mis vísceras se resienten del régimen
de los últimos días y de la tensión acumulada. El resultado es cierta incontinencia que
me exige prudencia gastronómica. Nos anuncia Mrabbi que el lunes próximo estará todo
resuelto.
Tarde en casa de Mohamed Boughdadi, militar retirado y autor de
libros sobre el Sahara, muy densos, compuestos a mayor gloria de la dinastía alauita que
se los compra por miles. Mrabbi nos invita a cenar en el restaurante sirio.
Pasamos el día trabajando sobre la fatwa de Chej Melanina que
refleja la estudiosa Ángela Hernández en un interesante documento[18]: Se
trata de un estudio en el que se relata, entre otros, el momento de la fatwa
emitida por el Chej sobre la actitud a adoptar ante la llegada de los españoles a la
costa sahariana. La fatwa, cuya copia me facilita Mrabbi, comienza (traducción
libre):
Me han preguntado sobre un grupo de cristianos y sus
circunstancias. Estos cristianos (nazarenos) han venido a un país musulmán donde
no hay sultán que ordena y no hay soldados que reciban a las gentes que salen
del mar. Solamente hay algunos musulmanes pacíficos, pero son como leones si se
les ofende.
La traducción que emplea Ángela Hernández continúa:
He enviado a ellos –los cristianos- emisarios para
saber si su llegada a la zona cuenta con el beneplácito del Su Majestad o no. Si
es así, se obedece Su Mandato y se informa a Su Majestad de la situación de los
habitantes de esta zona, con el fin de que les envíe quien les proteja de las
adversidades del enemigo y los instruya sobre la política adecuada que ha de
llevarse con él. Si no permite su presencia con la autorización de Su Majestad,
que no acepten su estancia, exigiéndoles que se conviertan al Islam o que paguen
el Yezia (impuesto) si no que abandonen la zona. Dios Todopoderoso quiso que no
aceptaran estas condiciones e hicieron (emisarios y habitantes) con ellos lo que
los portadores harán llegar al conocimiento de Vuestra Majestad (…)”
[19]
TRANCO IV
23. Enero. Miércoles
Por fin nos
ponemos en camino. Viajamos en el coche de Julián, tipo furgoneta, amplio y confortable a
pesar de su edad venerable. Mrabbi y yo nos entregamos a la meditación con ocasionales
comentarios sobre el terreno que atravesamos. Lo primero que impacta es, al paso por
Casablanca, la acumulación de chabolas de aspecto desastroso que se divisan durante un buen
tramo de carretera. La miseria ciudadana enseña su cara más desagradable al
transeúnte.
Nos detenemos
brevemente en la ciudad para admirar la mezquita, levantada por Hassan II en 1993/1414 con
proyecto del arquitecto francés Michael Pinseau mediante impuestos directos a los habitantes
de la zona. Es enorme (la tercera más grande del mundo) y su alminar de 172 m. de altura es
un faro que se levanta a la orilla del mar. Todo en ella es esplendoroso y gigantesco,
respondiendo al afán megalómano de Hasán. El complejo ocupa 90.000 m2 en los que se incluyen
madraza, biblioteca y salas para conferencias. Nos extasiamos especialmente en los sótanos
destinados a sala de abluciones con multitud de apartados tallados en blanquísimo mármol. El
resto no es visitable para nosotros.
Nos desencanta el
Rick's bar, que no tiene nada que ver con la película de Michael Curtiz con Humphrey Bogart
e Ingrid Bergman, rodada por completo en Los Ángeles. Este, situado en lo alto de una colina
es un triste remedo de aquel, destinado al turismo. Desde el año 1971 no hay vuelos a Rabat,
a pesar de disponer de un magnifico aeropuerto. La razón es que en esa fecha Hassan II
sufrió uno de los dos gravísimos atentados de los que salió ileso -de ahí la leyenda de
su baraka-. Unos cazas despegaron de
Kenitra, base próxima a Rabat, para ametrallar al avión real que traía a Hassan de unas
vacaciones en París. El rey mandó que se anulara el aeropuerto y hasta ahora. Esa es la
razón de que los vuelos a Rabat se tengan que hacer desde Casablanca.
La
carretera hasta Marrakech se ha convertido en una estupenda autopista por la que se circula con
toda comodidad. Es preciso controlar la velocidad máxima porque hay agentes camuflados tras las
adelfas del espacio central que acechan con unos visores a los demasiado presurosos. Como los
aparatos no tienen grabadora ni producen ningún rastro escrito, la posibilidad de multa supone
una larga discusión que suele acabar con una modesta contribución a la economía doméstica del
agente. No es extraño encontrar autoestopistas que confían en la amabilidad de los conductores o
algún grupo de ovejas pastando en los márgenes de la carretera. De vez en cuando alguien cruza a
pie el asfalto. Las alambradas de protección son un obstáculo que en muchas partes se ha
eliminado.
Paramos a comer
en Ben Guerir, un pueblecito al borde de la carretera que conocemos de nuestro primer viaje
a la zona[20]. Carne de cabrito
asada, kefta (una especie de albóndigas exquisitamente sazonadas) y Tajín de cordero.
La carne se expone en aireados puestecillos que permiten al comprador escoger los bocados de
su preferencia. El hecho de que las moscas acudan a ella es síntoma de buena calidad, las
moscas no se contentan con cualquier cosa.
Continuamos viaje
y a unos 40 Km. de Marraquech nos detenemos en el sitio conocido como Sidi Bu Othman donde
el 6 de septiembre de 1912/1330 se dio la batalla entre las tropas beduinas y las francesas
del general Manjon. Ahmed el-Hiba, heredero espiritual del Chej Ma el-Ainin y primer "Sultán
azul", sufrió una espectacular derrota que dejó la zona cubierta de cadáveres de hombres y
monturas. Hoy día es un espacio yermo y abandonado cubierto de detritus y bolsas de plástico
voladoras, abandonados por la gente que viene a rendir culto a sus difuntos desaparecidos en
aquella triste ocasión.
El viajero ha
visitado una buena parte de las ciudades europeas y aún del Magreb, Egipto y Turquía. Cada
una de ellas tiene su encanto especial que las hace diferentes unas de otras y permiten, en
el revoltillo de los recuerdos que con el tiempo van anudándose en la memoria, distinguir
este o aquel rasgo característico o aquella imagen ligada para siempre a una plaza, al
encanto de una calleja porticada o a la melancolía de una tarde lluviosa. Marrakech no es
una excepción, pero quizás por la historia que late en cada uno de sus estrechos y
decadentes callejones, por el cúmulo de olores cambiantes a medida que el día avanza, o por
la luz deslumbradora de día y fantasmagórica de noche, parece que esté dotada de ciertas
características que la hacen única y merecedora de un lugar especial en el recuerdo. No es
la primera vez que visitamos la ciudad, pero siempre se llega a ella con la ansiosa
pretensión del descubrimiento porque en cada ocasión es una ciudad nueva y diferente, como
también lo son los ojos del viajero. Igual que en la paradoja de Teseo que recoge el viejo
dicho de Heráclito y su río, la ciudad ha variado, de la misma forma que el
visitante.
Marrakech tiene
su origen en un punto de intercambio comercial entre las caravanas que subían del desierto y
los mercaderes que acudían desde el norte para ofrecer sus productos a los beduinos
portadores de animales, productos de artesanía, esclavos y oro. Era un lugar donde abundaba
el agua, traída de las vecinas montañas, donde reina el Tubkal de nieves perpetuas, mediante
las jatara (fogaras) que constituyen todavía motivo para una
estupenda excursión. Hacia el año 1062/454, Abu Bakr, sucesor de Abdullah Ibn Yasin,
fundador de la dinastía almorávide, inició la construcción de la ciudad alrededor del amplio
espacio diáfano donde se realizaban los intercambios comerciales: la plaza Yemaa-Fna (o
plaza de los difuntos). Según Mrabbi, la leyenda, que mezcla la historia con la tradición
oral, cuenta que cuando Abu Bakr ocupó Agmat (a unos 30 Km. al este de Marrakech) quiso
tomar también a la bella Zainab, esposa del gobernador de la ciudad. Zainab era una mujer
ambiciosa que le comunicó su intención de no pertenecer sino al hombre capaz de conquistar
todo un país para ella. Después lo condujo, con los ojos vendados, a un aposento subterráneo
donde guardaba enormes riquezas que serían su dote. El entusiasmado Abu Bakr partió a la
conquista confiando el mando y el cuidado de la bella Zainab a su amigo (y primo), Yusuf ibn
Tasufin. A su vuelta victoriosa, el primo se había consolidado como líder de la ciudad y
feliz ocupante del lecho de Zainab y le negó la entrada al otro primo. Abu Bakr comprendió
que lo suyo eran las campañas militares y emprendió una nueva yihad [21] que lo llevó a conquistar Ghana y buena parte del
Sudán. Siguió ostentando el título de jefe de los almorávides hasta su muerte en 1087/480,
pero fue Ibn Tasufin el que completaría la conquista de Marruecos, convirtiéndose para la
historia en el auténtico fundador del Imperio Almorávide. A Tasufin le sucedió su hijo Alí
(ibn Yusuf ibn Tasufin) que completó el imperio construido por su padre con la toma de
Zaragoza en 1110/503. Construyó un enorme palacio en Marrakech que más tarde sería derribado
por los almohades para levantar sobre sus ruinas la mezquita de la Kutubiya. El imperio
almorávide, como todos, inició su penosa decadencia por razones que no son del caso y en las
montañas del Atlas, en un refugio inexpugnable, el Tinmal, apareció un nuevo líder entre los
bereberes masmuda de la fracción Harga, Abu Abdulah Mohamed ibn Tumart (nacido hacia
1075/467), un líder político y religioso de la escuela de al-Gazali, proclamándose mahdi
(elegido de dios). Los almorávides intentaron desalojar a los sediciosos de
su refugio, pero más vale que no lo hubieran intentado, porque estos, lejos de acobardarse
los persiguieron hasta su ciudad tomando Marrakech en 1147/541 y pasando a cuchillo a buen
número de sus habitantes.
Marrakech conoció
bajo los sultanes almohades un periodo de esplendor. Fue centro cultural del mundo musulmán
al que llegaron personajes de la talla de Mohammed ibn Rushd, conocido en al-Ándalus como
Averroes y otros como Abu Bakú, Mohammed ibn Tufail o Sidi bel-Abés, el argelino. En la
parte negativa hay que destacar la ola de antisemitismo que obligó a emigrar a muchos judíos
o la destrucción de mezquitas almorávides so pretexto de su deficiente orientación a la
Meca. Yakub demolió la primitiva versión de la Kutubiya para edificar sobre ella la actual
que se terminó en 1158/553. A renglón seguido hizo construir su homóloga en Sevilla,
concluida en 1184/580. Como no hay mal que cien años dure, también los almohades cayeron, y
después los meriníes, y después los saadies y luego... la historia nos devuelve a nuestros
días.
Cuarto de estudio
en la madraza Yusuf
TRANCO V
Marrakech
24. Enero.
Jueves. Marrakech
Dedicamos la mañana a la búsqueda de las tumbas
de los santos que hemos localizado en la ciudad. Tenemos constancia de varios puntos de
interés, además de la zawiya de los Ma el Ainin.
Yusuf Ibn Tasufin
tiene una hermosa zawiya con mezquita incluida que localizamos pronto, pero que nos es
imposible visitar. Los vecinos nos dicen que el guardián aparece de vez en cuando. Hacemos
dos o tres intentos, todos fallidos y optamos por la zawiya de Chej Othman, uno de los hijos
del Chej Ma el-Ainin. Se encuentra situada en el
Riad Zeitune, muy cerca de la Yemaa-Fna, cuidada por una familia de Ergueibat-
Ulad Tidrarín que dicen estar afincados en el lugar desde hace muchos años. Esta zawiya y
otra cercana en estado de abandono, fueron donadas al Chej por el sultán Muley Sidi Mohamed
hacia el año 1873 (1290 H).
Chej Utman o
Sidi Utman, como también se le conoce fue el tercer hijo del Chej Ma el-Ainin, nacido
hacia 1865 (1282 H) y muerto en 1887 (1305 H) sin descendencia en Marrakech. Su madre
Maimuna mint Ahmed uld Berbuchi, fue la 4ª esposa del Chej, que le dio, además, otros
hijos, algunos de gran relevancia (Chebihenna, Taleb Ajiar, Mohamed el Agdaf, Ahmed el
Heiba, Mohamed Mustafa Merebbi Rebbuh, Saadani, Mariem, Tahar y Lamina). Maimuna está
enterrada en Tiznit, en el mismo complejo funerario, hoy notablemente ampliado, que
guarda los restos del Chej.
En el mismo
recinto de la madraza de Marrakech conocida como
al-Khannaria reposa junto a
otro de los hijos del Chej: Sidi Takiola, y un sobrino, hijo de Alial Mentz Chej Ma el
Ainin: Ma el Ainin ben Al Atiq, más conocido por Mohamed ben Mohamed Bachir.
Fuera, en una
pequeña habitación adyacente, hay otro enterramiento probablemente de un discípulo del
Chej, llamado Abu Lancat. Sabida es la afición de muchos discípulos y seguidores a
designar como lugar de su enterramiento el mismo que el
de sus maestros confiando en que la proximidad del hombre santo
ha de servirles de baraka para la otra vida. Después de las
breves oraciones de rigor y de dejarles una generosa propina a los cuidadores de la
zawiya para obtener la necesaria baraka, nos dedicamos a localizar a los siete santos
más famosos de Marrakech. El número siete tiene, como en todas las "religiones del
libro", un significado entre mítico y cabalístico (ya vimos los siete santos de Fez).
Dedicamos el
resto del día y la mañana del siguiente a localizar y documentar a los siete santos más
conocidos (El Khadi Ahad, Imam Swahili, Sidi Yusuf Ben Alí, Sidi Abu L'abbas Sebti, Sidi
Mohamed al-Jazuli, Sidi Abdelazis Tebaa, sidi Abdallah al-Gazwani), a fotografiar sus
lugares de enterramiento (generalmente zawiyas con madraza y mezquita o lugar para
rezos) y a documentar en lo posible sus historias. Forman parte del trabajo que estamos
realizando junto con el Dr. Frey de la Universidad de Murcia y que esperamos ilusionados
que un día vea la luz. Dice la tradición -como todas, de origen incierto y difícilmente
verificable, que la visita a los siete santos debe hacerse en el orden citado,
constituyendo una especie de peregrinación a manera de vía-crucis de la que son
esperables notorias indulgencias para el más allá. Parece que es el origen yemenita la
razón de su importancia porque, según la tradición, el Profeta dijo: “La fe y la
sabiduría os vendrán del Yemen”.
En el mismo
complejo que el Khady Ayad se encuentra, en un pequeño edificio anejo, la tumba de una
mujer también venerada por su acendrada piedad en vida y sus hechos milagrosos. Se trata
de Lalla Mhalla, conocida por
Amehalla. Su tumba está
situada en una pequeña habitación con cúpula (kooba) exenta de los edificios principales.
En el Islam, hombres y mujeres deben mantener una respetuosa distancia. Según cuentan
los guardianes del recinto, Amehalla
fue mujer de vida austera y meritoria que sabía de memoria y recitaba con facilidad
“Al Mudawana”, un poemario escrito en métrica sencilla (Nar), compendio elemental
de legislación islámica. Debió ser contemporánea o ligeramente posterior al Khadi Ayadd,
o hacia la mitad del S.XII o principios del XIII (d.C.). Es una excepción que haya
mujeres a las que se venera de la misma forma que a los hombres, ya que hay muy pocas
referencias femeninas en el mundo sufí. Sin embargo, como veremos a lo largo de nuestro
viaje, no es un fenómeno infrecuente, aunque el número de mujeres santas
encontradas sea en una proporción mucho menor que
el de los hombres.
Marrakech tiene
dos versiones claramente diferenciadas: la diurna y la nocturna. Ambas atrapan al viajero.
Durante el día, además del recorrido por la Jemaa-Fna que cambia de forma y color a cada
hora, pueden visitarse cualquiera -o todos- los zocos y medinas que se extienden a su
alrededor. En su momento, la plaza fue lugar destinado a las ejecuciones públicas, tiempos
que por fortuna ya pasaron. En el “café Glacier” nos parece vislumbrar la figura de Juan
Goytisolo que suele aparecer por allí todas las tardes. Sus “Paisajes después de la batalla”
y algunas otras de sus muchas obras me causaron enorme impacto. Elegir para su
residencia un país donde su condición de homosexual y ateo no son bien vistas es una
circunstancia más de su sorprendente vida y de la curiosa tolerancia marroquí.
Una buena - y
descansada- opción, es el paseo en calesa, de las que se encuentran en abundancia en el
recorrido que va desde la Yemaa-Fna a la Kutubiya. Son vehículos que recuerdan a los que
circulan por Sevilla y otras ciudades españolas, tirados por dos caballos de mediana
alzada a los que las exigencias de limpieza modernas has colocado unas bolsas en la
parte posterior de forma que no repartan sus rastros por las ya colmatadas rutas de la
ciudad. Como en toda transacción, conviene ajustar el precio con el auriga por el
elemental procedimiento de ofrecerle la mitad de lo solicitado y seguir porfiando, en
una pugna que de ninguna manera lo ofende, hasta llegar a una solución satisfactoria. Lo
que no empece para que al final os solicite una propina pretextando que se ha excedido
de la ruta convenida en un principio. Nada grave, el Profeta premiará vuestra
generosidad. Una buena recomendación para el paseo, es admirar los lugares de paso,
haciendo abstracción de por donde circulan los animales, pues el peligro de choque o de
que arrollen a alguien parece inminente a cada paso. La circulación de animales, carros
y personas es abigarrada y caótica. A cada instante parece sobrevenir el accidente que
nunca acontece. Conviene ignorar el peligro y concentrarse en el paseo.
Desde primera
hora de la mañana, los puestos de té, frutas y zumos se enseñorean de la plaza. El ritmo
decae en las horas de calor y a media tarde hacen su aparición los tenderetes de
productos variados: elixires mágicos capaces de acabar con la impotencia más pertinaz;
dentistas con montones de muelas que confirman su habilidad y os pueden colocar con
presteza una dentadura de segunda boca; vendedoras de gorritos multicolores hechos a
ganchillo por ellas mismas; adivinadores del futuro mediante un mazo de cartas con
pringues ancestrales; vendedores de geodas traídas desde ignotos lugares del desierto;
dibujantes de henna que por un modesto óbolo os dibujarán filigranas de color marrón en
el antebrazo o la pierna con las que presumir ante los amigos a la vuelta; y así un
inacabable abanico de pacientes personajes situados en sus elementales chiringuitos
esperando al turista que les proporcione lo suficiente para esperar con ilusión al día
siguiente.
En otro
extremo de la plaza están los "encantadores" de serpientes con unas cuantas víboras
cornudas del Sahara -ahora ya no se ven lagartos de cola espinosa porque son especie
protegida- y alguna cobra desdentada y apática que son estimuladas convenientemente
cuando alguna turista muestra interés en hacerse una fotografía con ellas colgando del
cuello. Las culebras que el avispado "domador" le coloca, son inofensivas culebrillas de
agua.
Por la tarde,
el aspecto de la plaza cambia. Cuando el sol inicia sus últimos estertores, aparecen de
todos lados carrillos de viandas, bancos, mesas, ollas, fogones y toda suerte de
artilugios capaces de convertirla en un gigantesco restaurante. Allá se ven las
humeantes calderas de Harira o de sopa de cebada; las sartenes de pescado donde chirrían
sardinas y boquerones traídos del banco sahariano; las cabezas cocidas de cabra que aún
conservan la mirada tristemente dulce con que presenciaron su último instante; las
fuentes de huevos duros que pueden rebañarse en salsa de tomate picante; los puestos de
té de hibiscos adobado con pimienta; los pilones de olivas, frutos secos o dulces de
todos los colores, exquisitos y pegajosos; las fogatas donde se asan los trozos de
cordero, los pinchos de vaca o las albóndigas de perfumado kefta.
Un alumbrado tan provisional como eficiente convierte a la plaza en una
fiesta bulliciosa entre el humo, que las ráfagas de viento esparce a su capricho. Es una
fiesta peculiar que se recuerda para siempre.
El viajero
sostiene que en la visita a países exóticos como este se suceden cuatro fases:
1ª. Fascinación: A la llegada todo es nuevo
y diferente: la gente, las costumbres y las creencias se le antojan exóticas,
ligeramente primitivas y quizás por eso despiertan su interés. El viajero contempla ese
mundo recién descubierto con un asombro que lo devuelve a su infancia. Es una mirada que
conviene retener porque, igual que la infancia, no volverá a repetirse.
2ª. Conocimiento: La mirada fascinada deja
paso a la curiosidad propia del investigador. Y comienza a hacerse preguntas. ¿Cómo y
por qué? ¿Cuál es el origen de esta sociedad y cuyos los avatares que la han conducido
hasta aquí? ¿Cuál es su historia? ¿Cuál su auténtica realidad?, más allá de la visión
evanescente y folclórica que presentan. El viajero procura adentrarse en la verdadera
esencia de esa sociedad, vivir entre sus miembros, comer su comida y dormir en sus
jaimas, como uno más que los respeta e intenta comprender sus costumbres, hábitos y
creencias.
3ª. Juicio: Del conocimiento se sigue el
inevitable juicio. El viajero comienza a formarse su propia opinión, más allá del
decorado con bambalinas que le han mostrado, y unas cosas las acepta plenamente, otras
le parecen posibles de contemporizar y otras las rechaza de plano. Hay que hacer
abstracción de estas últimas para mantener una razonable convivencia.
4ª. Pérdida de interés: Llega un momento en
que la curiosidad se ha saciado por completo, todo lo que cabe esperar de la película es
que se reproduzca de nuevo de la misma forma y con el mismo metraje. Ha dejado de tener
aliciente. Lo que fue fascinante interés se ha convertido en aburrida monotonía. Resulta
imprescindible un alejamiento -quién sabe si temporal o definitivo- que permita
desaprender lo aprendido para empezar de nuevo.
A lo largo de
muchos viajes -algunos penosos y arriesgados como más adelante se verá- el viajero ha
ido perdiendo la mirada deslumbrada, inocente y fascinada de los primeros tiempos. Ahora
percibe la suciedad y la pobreza de Marrakech; la difícil vida que llevan muchos de sus
habitantes, huéspedes de casas medio derruidas en los lóbregos callejones de la medina;
las enormes diferencias entre unos pocos ricos y otros muchos pobres; la permanente
dependencia del turista, a menudo soberbio, que regatea hasta la ínfima moneda, pero,
sobre todo, la ignorancia y el oscurantismo que se sostienen en una serie de creencias
ancestrales implementadas a base de rituales complejos que son suficientes para
concederles entidad.
Por eso no
encuentra mejor fórmula que añadir las palabras que se le ocurrieron en su primera
visita a Marrakech en el año 2006 y que dejó reflejadas en el libro ya citado "Viaje por
el Sahara Occidental, el Badía":
Mrabbih,
el conseguidor, nos procura una guía encantadora, Jakima, para que nos muestre la
parte monumental de la ciudad. Nos conduce a El Badi, situado al sur de la Kutubiya,
construido por Hamed Al Mansur, uno de los más destacados sultanes de la dinastía
Saadi, con los que Marrakech había recuperado la capitalidad en el S. XVI. Fue
llamado “El dorado” por las riquezas que acumuló durante la expedición que envió al
reino de Songai y su capital Tombuctú en el año 1000 de la Hégira (1591), dejando su
huella indeleble en este palacio construido entre 1578 y 1602 y en las tumbas saadies. El palacio
fue desvalijado por Mulay Ismail cuando
el poder pasó a manos de los alauitas en 1672). Al Mansur se proclamó califa
universal e instauró el complicado ceremonial cortesano que incluye el parasol usado
hasta hoy día por los sultanes marroquíes. (En realidad, con la Constitución de
noviembre de 1962 se acabaría, oficialmente, con el título de sultán que pasó, con
Hasán II a ser el de Rey al mismo tiempo que Comendador de los fieles. Un primer y
tímido paso se había dado ya en 1956 cuando el movimiento nacionalista Istiqlal, que
defendía una monarquía constitucional, se identificaba con el rey, como se comenzó a
llamar al Sultán, entonces Mohammed V).
El
palacio, reconstruido y muy bien mantenido es de una belleza impresionante. La
austera decoración que el Islam impone se explaya sin embargo en los artesonados de
maderas nobles bellamente policromadas de las estancias dedicadas a los aconteceres
públicos.
Otras,
cerradas alrededor de patios recoletos con fuentecillas centrales eran las
habitaciones de las favoritas y del propio sultán; un gran patio central, lugar de
recepciones o de rezos es el epicentro de los edificios que se fueron añadiendo
alrededor.
Hay un
enorme estanque central de casi cien metros de largo rodeado por campos de naranjos
que prestan al recinto un aire de vergel, como un oasis ajardinado dentro de la
ciudad. Cerca están las tumbas saadies, también iniciadas por Al Manssur, donde los
miembros de la dinastía reposan bajo las bellas estelas de mármol blanco en una sola
pieza, más o menos trabajadas de complejas
inscripciones según la categoría del ocupante. Hombres y mujeres, como en la
vida musulmana, están en compartimentos separados. El mausoleo se divide en tres
pequeñas salas. Al Manssur y sus descendientes más directos ocupan la central,
rodeada por doce columnas de mármol italiano; su madre, Lalla Messaouda, tiene un
lugar aparte en un discreto mausoleo al fondo.
Las
tumbas tuvieron la suerte de que Muley Ismail, por indiferencia o por respeto, no
mostrara el menor interés por ellas, escapando así al expolio a que sometió a El
Badi. Se contentó con sellarlas y no volvieron a reabrirse hasta que el general
Liautey, en pleno protectorado, se sintió intrigado por lo que podrían contener
aquellos edificios.
Salimos
de El Badi y tomamos por unas callejuelas que nos llevan a la Place des Ferblantiers
donde encontramos el Palacio de la Bahía que fue construido en tiempos del sultán
Abdel Aziz, a finales del siglo XIX como residencia del Gran Visir. El trazado de su
arquitectura es laberíntico, con numerosas estancias enlazadas entre sí por pequeñas
puertas que parecen conducir a ningún sitio. Sólo son accesibles algunas de las
estancias que ocuparan el Visir, sus esposas y concubinas. El resto se reserva para
la familia real actual y los funcionarios que se ocupan del
mantenimiento.
Un ligero
periplo por las calles llenas de animación de la medina nos lleva hasta la madrassa
de Alí Ibn Yusuf que fue en su tiempo la mayor facultad de teología de todo el
Magreb.
Nos
cuenta Jakima que las madrasas se iniciaron con Abu Yusuf Yaqub entre 1270 y 1280 y
se convirtieron en el primer centro de aprendizaje potenciado por los últimos
sultanes Meriníes. Eran escuelas residenciales donde los estudiantes vivían y
estudiaban gracias a unas dotaciones
inalienables llamadas
hubus
o waqf que cumplían el doble objetivo,
religioso y político. A través de la enseñanza religiosa, los dirigentes procuraban
controlar a los ulemas, cuya influencia entre el pueblo siempre fue importante. Se
empleaban para la enseñanza resúmenes de los grandes textos islámicos con el fin de
establecer un modelo común y puesto que los Meriníes eran los principales donantes
de waqf se convirtieron en protectores del malikismo institucional y formaron una
escuela de juristas capaz de enfrentarse a la línea ortodoxa de Fez.
Las
escuelas coránicas no salieron nunca del ámbito urbano por lo que su influencia en
las zonas rurales fue escasa, de modo que los movimientos heterodoxos se hicieron
comunes entre la población campesina que prestaba mucho apoyo a personajes
carismáticos con ribetes de astrólogo o de mago como Abadía ibn Abd al-Wahid, jeque
de un emirato masmuda del Alto Atlas que falleció en olor de santidad en
1360.
Abu Hasan
Alí, siguiendo la estela de Abu Yusuf, se convirtió en el más prolífico constructor
de madrasas con la de Mesbahiyya, en Marraquech, hoy desaparecida. Su hijo Abu Inan
completó el ciclo de los constructores de madrasas Meriníes, de manera que, a su
muerte, cada una de las principales ciudades contaba con al menos una, símbolo de la
piedad meriní y de la ortodoxia malikí simultáneamente.
Abdallah
al-Galib (1557-1574) monumentalizó la religión tanto como su propio gobierno; en su
capital, Marraquech edificó la gran mezquita de Mouassin y reconstruyó por completo
la madrasa de Ibn Yusef que ahora visitamos. Construyó su necrópolis familiar en
Marraquech, en el cementerio de los emires hintata, además de un barrio judío
(mellah). Fue el principal responsable de la transformación de
Marrakech en una ciudad precolonial.
La
madrassa que visitamos es un edificio austero que se estructura alrededor de un
patio central coronado por un hermoso tragaluz con artesonados y celosías de madera
que recubren el segundo piso, donde se encuentran las habitaciones de los
estudiantes, sin más mobiliario que una yacija para el reposo y una mesa baja para
el estudio y anotaciones del Corán. Un braserillo de barro, una bandeja con la
tetera y los vasos, nos hablan de las inclemencias del invierno y de las parcas
comidas que cada estudiante debía prepararse. Un pequeño armario para ropa completa
el mobiliario de los estrechos recintos.
Frente a
la madrassa se encuentra el
koubba o
santuario de construcción anterior (S.XII), único vestigio de los Almorávides
escapado al furor almohade que guarda la ciudad. Era, probablemente, un lugar de
abluciones anexo a la mezquita que aún conserva mucho de la belleza original de su
decoración vegetal y elegantes bóvedas octogonales con decoración en estuco.
Menos
suerte tuvo el enorme palacio levantado por Tasfin ibn Alí (1106-1143) que fue
totalmente arrasado por los celosos reformistas, erigiendo en su lugar la Kutubiya que preside desde entonces la ciudad.
Cuando
cayó la dinastía almohade, Marrakech dejó de ser capital, que los benimerines
trasladaron a Fez. Luego, con los saadíes volvió a conocer tiempos de esplendor y
con los halauitas, que trasladaron la capital a Meknes, decayó de nuevo, aunque tuvo
su repunte de esplendor cuando, en 1873 fue coronado en ella Mulay al-Hassan I y más
tarde, cuando durante el protectorado francés, se construyó toda la parte de la
Ville Nouvelle, al otro lado de la Koutubyya, siguiendo una avenida de varios Km.
llamada, naturalmente de Mohammed V, que doblaría la extensión de la ciudad y que
contrasta con la Medina que nunca dejó de ser su centro neurálgico. Más tarde,
sufriría un nuevo sobresalto, cuando en 1912 Ahmad Haibat Allah, más conocido como
El Heiba, sucesor de su padre el Chej Ma el Ainín y primero de los “sultanes Azules”
cruzó sus muros victorioso, apoyado por las cábilas del Sous y sobre todo por las
del Sáhara, luchando contra el invasor y el majzen corrupto y llamando a la Yihad contra los franceses. Sobreviviendo
a todos estos avatares, como un corcho se mantiene sobre la espuma de las olas en la
tormenta más horrísona, Marrakech sigue siendo hoy una ciudad única cuyo encanto es
imposible encontrar en ningún otro lugar del mundo.
Nuestra
estancia toca a su fin, la nostalgia de la partida comienza a instalarse en los
corazones tan llenos de las vivencias de los últimos días; agotamos la tarde
paseando por la Yemaá y la Medina y comprando las inevitables chucherias para
turistas en medio del acoso de los niños que nos tocan inmisericordes los tambores
bajo la nariz. Es primero de Moharram y se celebra Ashurá la fiesta de los tambores en la que cada
uno, provisto de su correspondiente artilugio solicita del viandante unas monedas.
Quizás esta costumbre tiene parte de culpa de la opinión de muchos turistas mal
informados que aseguran que Marrakech está llena de niños mendigos tocando el
tambor. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, se trata solamente de una
tradición, como la del aguinaldo navideño entre nosotros. En el fondo, todas las
costumbres tienen elementos muy similares.
Nos
despedimos de Marrakech con el adiós nostálgico a los músicos bereberes de coloridos
ropajes, a los encantadores de somnolientas serpientes, a los adivinadores del
porvenir incierto que estudian con atención las manos del cliente a la escasa luz de
un farolillo de butano; antes de emprender el camino hasta Rabat, aún queda tiempo
para tomar un último vaso de agua servido por un aguador que parece un árbol de
navidad y ha perdido su función original desde que se le apareció el duro competidor
en forma de agua embotellada; trasmutados en elementos decorativos para mayor gloria
del retrato turístico, siguen dando la pincelada exótica con la sufrida expresión y
el inalterable espíritu de adaptación de los pueblos ancestrales.
¡Adiós
Marraquech, la única!
TRANCO VI
Marrakech-Aaiún
28.01.
Salimos con dirección a El Aaiún siguiendo la
ruta Agadir-Sidi Ifni-Gulimín-Tantan-Tarfaya. Un largo recorrido por la única carretera que
conduce hacia el sur. Tenemos el áspero desierto a la izquierda y el encrespado Atlántico a
la derecha.
En Agadir tomamos el desvío que
conduce a Taraudant (تارودانت), en el valle del Sus. A 80 Km. se encuentra la
ciudad fortificada en la ruta caravanera a la que llaman “la abuela de Marraquech”, por su
similitud con esta y el recinto amurallado que entorna la ciudad. Nos detenemos brevemente
para visitar la tumba de uno de los “abuelos” de los Tubalt, como nos ha encarecido nuestro
amigo Mahayup Salek.
Los
Tubalt son una tribu antigua y poco numerosa, con fama de piadosos y honrados. La tradición
remonta su origen hasta el S. XIII y a un personaje llamado Butaub Alí conocido como “el
hombre del vestido viejo”, del cual la tribu habría tomado el nombre.
Sidi
uld Sidi[22] es uno de los santos más representativos de la
tribu, su zawiya es visitada por numerosos fieles que recitan diariamente las cuatro
plegarias y una cuarta parte del Corán.
El
santuario está cuidado primorosamente por una mujer ya entrada en años que hace de
mokadem[23] y acoge con simpatía a los
visitantes “nazarenos”.
Seguimos nuestro viaje por la misma carretera que bajaron las
tropas marroquíes y los integrantes de "La Marcha Verde" hasta Tarfaya, el punto más
cercano a las Islas Canarias. Allí se detuvieron para esperar la retirada de las tropas
españolas que, siguiendo órdenes, no les dieron réplica. Luego continuaron hacia es sur
en su marcha de ocupación hasta la frontera mauritana siendo acosadas por los ágiles
todoterreno del POLISARIO, en una lucha que no terminaría hasta 1991, año en que se
decretó el alto el fuego después de que los marroquíes, aconsejados por "el amigo
americano"[24], construyeran el
muro de 2.700 Km. que encerraría a unos y otros congelando el relato hasta nuestros
días.
En Tarfaya, Cabo Jubi o Villa Bens, que esos tres nombres tiene,
son frecuentes las tormentas de arena, como en algunos países del norte lo son las de
nieve. Aquí, las "quitanieves" se afanan en despejar la carretera mientras detenemos los
vehículos para que la finísima arena no invada las partes más recónditas del motor.
Frente a la "Casa del mar", el edificio levantado por Mackenzie, el colonizador inglés,
en 1889 hoy invadido por las aguas, hay un pequeño y rústico monumento dedicado a
Antoine de St. Exupery, autor del universal "Principito" que durante muchos años utilizó
la base situada en Tarfaya para sus vuelos postales entre Toulouse y
Dakar.
Nos detenemos en Agadir, la Rusadir que menciona Polibio.
Fue en su momento lugar de penetración de los portugueses hasta el año 1554/961 en que
el sultán saadí Mohamed ech-Cheik los devolvió al mar. En 1911/1329 fue escenario del
llamado "incidente de Agadir"[25] en el que
franceses y alemanes midieron sus fuerzas en una confrontación por la ocupación de
Marruecos que estuvo a punto de desencadenar una Guerra Mundial.
El 29 de febrero de 1960/1380 Agadir sufrió un terremoto que
destruyó prácticamente la ciudad matando a más de 15.000 personas. Aún son visibles las
huellas del desastre en algunos barrios que se visitan como curiosidad. La
reconstrucción tras la tragedia convirtió Agadir en una ciudad moderna con gran
atractivo turístico por sus hermosas playas y su gente acogedora. El puerto aglutina
gran parte del tráfico comercial de Marruecos y a su alrededor han surgido importantes
factorías de transformación de pescado entre las que se cuentan algunas murcianas.
Además de la excelente comida de pescado y marisco con que nos regalamos en un
chiringuito cerca del puerto, nos ha traído a la ciudad la visita de algunos santos
(Sidi Bul Knadel, Sidi Ahmed al-Hamel, El Hach Mbarek, Sidi Busmaa Guineu, Lalla Yanna
M.S. Ibrahim y Sidi Said al-Masudi) que localizamos y documentamos con las dificultades
que son habituales.
Proseguimos la ruta hasta Tiznit, donde tenemos previsto hacer
noche y visitar el conjunto funerario de Chej Ma el-Ainin que resulta alto
imprescindible en todos nuestros viajes. Las edificaciones han ido creciendo de año en
año merced a los esfuerzos de la familia y hoy ocupan un amplio espacio con un edificio
de dos plantas destinado a madraza y salas de reuniones y congresos. Preferimos la
recoleta mezquita en la que se encuentran los túmulos funerarios del Chej, dos de sus
esposas y alguno de sus hijos. El descanso en aquella atmósfera de quietud y respeto,
resulta muy reconfortante, incluso para los no creyentes que son acogidos con extrema
generosidad por los descendientes del Chej, guardianes del recinto. Estamos en la zona
de los árboles de argán y en el desayuno el aceite no puede faltar, junto a la sopa de
cebada y unos huevos fritos sopados con el pan recién hecho. Suponemos que las artífices
del milagro son las mujeres de la casa, a las que nunca vemos.
Mohamed Sid El Mustafá uld Chej Mohamed Fadel uld Maminna, más
conocido por su apelativo familiar, Ma el-Ainin[26], nació en el mes
de sabán de 1830/1246 en la zona de Bamako, de Manna, una de las esposas de su padre con
la que siempre le unió un cariño muy especial. Murió en el año 1910/1328 y se encuentra
enterrado en el complejo funerario-mezquita en la ciudad de Tiznit.
El Chej Ma el Ainin perteneció a una importante familia
Chorfa[27] en
cuyo árbol genealógico (con ancestros comunes a la familia alauita) se remonta al
Profeta a través de los monarcas Idrisíes.
El relato de la vida y los hechos de Chej Ma el Ainin
puede encontrarse en la imprescindible obra de Caro Baroja, Estudios
Saharianos. En ella le dedica un amplio capítulo[28]. También
en la de Domenech Lafuente, Ma el Ainin, señor de Semara[29], y
en las varias biografías y documentos de su puño y letra que la familia conserva.
Especial mención requiere la obra del premio Nobel de Literatura del año 2008, Jean
Marie Gustave le Clézio que relata en forma novelada los últimos y amargos días del Chej
Ma el Ainin y sus hombres en su marcha hacia el norte empujados por las tropas francesas
que avanzaban desde el Senegal[30].
Fue uno de los grandes fundadores de tribus del Sahara,
comparable a los eruditos del Tiris de la primera generación como Chej Mohamed el Maami
o Chej Mohamed Tolba, y otros “padres” como Sidhamed el Kunti, Sid Ahmed Larosi o Sid
Ahmed Ergueib. La característica que lo distingue de estos es que fue testigo del final
de la era de los grandes nómadas, participando activamente en los principios de la
sedentarización con sus varios intentos que culminaron en la fundación de la ciudad
santa de Smara, comenzada en 1898/1316 y fue un referente imprescindible en la lucha
contra la ocupación francesa. En lo religioso, continuó la labor de su padre, fundador
de la cofradía La Fadelia, predicando la ortodoxia islámica en el Sahara.
Hacia 1898/1316, el Chej acampó con su numerosa descendencia y
sus seguidores en las cercanías del lugar de reposo del “abuelo” de los Arosíen Sid
Ahmed Larosi y le pareció que era aquel el lugar adecuado para anclar sus sueños de
sedentarismo fundando la ciudad de Smara. El Chej contaba con sesenta y ocho años y no
tenía tiempo que perder. Emprendió una actividad frenética recabando ayuda de marroquíes
y españoles para reunir los materiales necesarios llegados a Tarfaya y conducidos hasta
allí a lomos de camello. Edificó en medio del desierto una hermosa ciudad en un lugar
privilegiado, punto de reposo de la ruta caravanera del Adrar al Ued Nun, acogida a la
protección de los Ergueibi que nomadeaban por la zona. Quizás la ciudad fue “una
excepción radical”, como dice José María Lizundia, el escritor canario en su libro
Por el desierto del Sahara[31], o
el “Sueño crepuscular de un anciano megalómano a quien la vida había colmado de éxitos”,
como dice Alejandro García[32].
Smara, según la tradición, llegó a reunir más de 3.000 tiendas
durante su construcción pero fue abandonada por el Chej en 1909/1246 ante la
presencia de las tropas francesas del Coronel Mouret que avanzaban desde el Senegal
“pacificando” el territorio a sangre y fuego. En un acto de estúpida venganza, en
1913/1246, Mouret hizo volar la mezquita que hoy día se encuentra en un lamentable
estado.
Derrotado definitivamente por las tropas del general Moinier en
Tadla, el Chej se refugió en Tiznit donde murió, siendo enterrado en un edificio que la
familia poseía en la ciudad. Desde la lucerna abierta en lo alto de la torre, Chej
Mohamed el Hiba, hijo mayor del Chej, anuncio la muerte de su padre y fue proclamado
Sultán por la multitud que rezaba agrupada en la estrecha callejuela.
Dejó una copiosa producción escrita de hasta trescientos catorce
libros sobre materias tan diversas como Teología, Teosofía, Poética, Derecho y
Cosmografía. Su figura, agigantada a través del tiempo por su numerosa descendencia es
fundamental en la historia moderna del Sahara. Fue enviado por su padre entre los
beduinos ignorantes del norte y acabó siendo árbitro de las discusiones de los ulemas de
Fez y Marraquech.
Tan grande era su predicamento
entre los sultanes marroquíes que, según cuentan, cuando visitaba en Fez al sultán Muley
Hafiz, éste le cedía su sitial sentándose por debajo del Chej en prueba de la veneración
que le profesaba.
A su muerte, le sucedió en la lucha contra los franceses su hijo
Ahmed El Hiba, primer sultán azul, que había sido su Jalifa mientras vivió, luego
otro de sus hijos, Mrabbi Rebbu, abuelo de nuestro amigo, que acabaría sometiéndose a
los españoles.
Cerca de Esmara se encuentra la enorme piedra donde la tradición
sostiene que cayó Sidahamed Larosi cuando era transportado –pendiente de su cinturón
(serwal), por un ángel que lo alejaba así de la inquina del sultán marroquí. Es
irresistible la tentación del viajero por subir a la piedra y observar las huellas que
manos y rodillas del santo dejaron impresas. La fe graba montañas.
No podemos dejar la zona sin visitar el cementerio donde reposa
Sidahamed Ergueibi, el “abuelo” de los Ergueibat, el conglomerado de tribus más numeroso
de la zona. Desde Esmara sale una carretera en dirección a Habichin que pronto se
convierte en pista de arena y nos conduce a su lugar de enterramiento.
Sidahamed[33] habría llegado al Draa en
1503/909 tomando como esposa a Kauria Mentz Mohamed de la tribu Sel-lam, también de estirpe
árabe, aunque no consta que fuera de origen chorfa, cuyos componentes se integraron
más tarde con los Ergueibat de Brahim uld Daued. De ella tuvo tres hijos y cuatro hijas de
las que solo sobrevivieron Sultana y Baba Laareis. De sus tres hijos varones surgirían las
muchas ramas de su numerosa tribu, formándose a partir de sus nietos todas las fracciones
conocidas. Alí daría lugar a los Ergueibat Sahel, o del oeste y Kasem a los Charg o
Elgwasem, del este. Dice la tradición que, si en alguna ocasión acampan juntos, continúan
situando sus tiendas, unos al este y otros al oeste.
Sidahmed Ergueibi fue muy famoso en su tiempo por los numerosos
hechos milagrosos que se le atribuían (curaba enfermedades a los desauciados, imponía las
manos a las mujeres, que con ello quedaban embarazadas, volvía cuerdos a los locos, etc.), y
por sus manifestaciones de baraka, así como por su vinculación con los movimientos
sufís más rigurosos. Su genealogía lo remonta a Ben Machich, discípulo de Abu Madyan y
maestro de al-Sadhili[34], en la época del “sultán negro” Ahmed Al Mansur
“El dorado”, (1549-1603/956/1012)[35].
Acerca de este sultán, se cuenta[36] que en su expedición al sur, atravesó las
tierras del Draa, donde se encontraba Sidahamed Ergueibi retirado en una gruta dedicado a la
contemplación y a recitar de forma permanente los 99 nombres de Alá. Cuando supo que el
séquito real se acercaba, fue en busca de Al Mansur para rogarle que le vendiera, para sí y
los suyos, los territorios que van desde el Draa hasta Nuadibú. El sultán no se tomó en
serio la petición de aquel hombre, cuyo aspecto estaba lejos de aparentar prosperidad
económica. Por burlarse de él, le pidió una cantidad de oro desorbitada. Sidahamed respondió
que el precio le parecía justo y prometió volver con el oro suficiente. Esa misma noche
reunió a sus seguidores y les hizo preparar diez camellos cargados con sacos de arena.
Cuando a la mañana siguiente fueron a llevárselos al sultán, la arena se había convertido en
oro purísimo. Desde entonces, los Ergueibat se consideran dueños de la zona que va desde el
Draa hasta el país de los negros al sur, y desde el erg Chech en el este hasta donde rompe
la séptima ola del océano.
En
memoria de este acontecimiento, los Ergueibat no se adornan con ninguna pieza de oro y si
por descuido uno de ellos monta en un camello llevando algo que contenga oro, por pequeño
que sea, la bestia cae sobre sus rodillas y se niega a dar un paso más[37].
Nuestra próxima etapa es Gulimín, después de un breve paso por
Sidi Ifni, la antigua colonia española situada donde se supone que estaba la primera
factoría establecida en la costa por los españoles: Santa Cruz de Mar Pequeña,
establecida por pescadores canarios entre 1476 y 1524. Fue de nuevo entregada a España
en 1860 y retornada a Marruecos en 1969. La ciudad se asienta al borde de una plataforma
rocosa que domina el mar y sirve de puerto. En su día fue un importante puesto militar
español. Se trata de un enclave de escaso interés y mal comunicado por carretera. Al
salir de una de las curvas, que nos llevan a la ciudad, hay un hombre en el arcén, boca
abajo, como muerto. Mis compañeros ni se inmutan. "Es un truco para que nos detengamos.
Pueden ser atracadores", dicen. Me quedo con la duda. Ese recuerdo todavía me asalta a
veces.
El rastro de los edificios de época española es visible y poco
atractivo. Nos detenemos en una amplia terraza de la parte alta donde tomamos unas
cervezas de fabricación marroquí. El ambiente parece relajado. Las mesas de nuestro
entorno están ocupadas por hombres que tienen ante sí dos o tres botellas de cerveza ya
vacías y contemplan el horizonte con ojos vacíos. "Por la noche hay mucho jaleo", nos
dice el camarero. No tenemos tiempo para comprobarlo. Salimos de Sidi Ifni por un camino
que serpentea a través de la montaña cubierta de vegetación baja y cactus. Nos detenemos
ante una tiendecilla de campaña hecha con plásticos y desechos desde la que dos jóvenes
vigilan sus colmenas. Les compramos un par de tarros. La miel sabe ligeramente a
pimienta.
Pocos kilómetros, una cincuentena, nos separan de Gulimín o
Guelmin, antes llamada Ued Nun, una próspera ciudad de unos 100.000 habitantes
(recuérdese que las cifras poblacionales así como las estadísticas de población del
país, y especialmente en la zona saharaui son "interpretables"). Es la verdadera puerta
del Sahara. Hasta su relativa decadencia en el S.XIX, fue un importante centro
caravanero en cuyo gran mercado se traficaba con sal, oro, tejidos preciosos y esclavos
negros. Nos encontramos en territorio Tekna, una confederación de tribus que ocupa la
parte norte del Sahel, al sur del Aaiún y por el este más allá de Smara. Incluye las
fracciones Izarguíen, Ait Lahsen, Yaggut y Ait Bel-la con sus correspondientes
fracciones y subfracciones. A partir de aquí comienza la vecindad con el POLISARIO, que
se hacen evidentes en los controles que detienen a los pasajeros en cada cruce para su
identificación. Si se trata de europeos, los interrogatorios son exhaustivos, machacones
y repetitivos. Detestan particularmente a los periodistas. Nuestros nombres son anotados
cuidadosamente por policías no demasiado expertos en la grafía europea y hemos de dejar
constancia del objetivo de nuestro viaje, duración prevista, itinerario, nombres de
nuestros padres y otra serie de circunstancia que les parecen de especial interés.
Tomamos un excelente té a la menta en la cafetería del hijo de nuestro amigo Alí, que se
encuentra en “El Badía” y vuelta a la ruta hasta Tantan.
Cerca del morro de tierra que se yergue sobre el Atlántico, a
las afueras de Tantan, se instala el enorme complejo de tiendas para albergar a los
famosos de todo el mundo que vienen al Musem[38]
anual. Hay dos enterramientos, Dada Nasra y Umma Fatma, a escasa distancia uno de otro.
Los visitamos y documentamos. Encontramos a un pastor de edad indefinida perteneciente a
la tribu Arosíen que nos cuenta historias de la santa. Llegamos a Tantán a las 7 de la
tarde. Hotel Sables d'Or. Dedicamos el día siguiente a visitar unos cuantos morabitos de
santos de diversas tribus (Sidi Habab Sbai (Bu Sbaa), Sidi Mhamed Lajtoha (Filala), chej
el-Agdaf (Ma el-Ainin), Ayah ben ahmed ben Said (Izarguíen).
La ciudad nació en su día alrededor de un pozo (circunstancia
que suele ser común en el desierto). Cuenta con unos 80.000 habitantes, entre saharauis
autóctonos, retornados, y colonos llegados con la Marcha Verde. Fue importante foco de
disidencia saharaui de donde partió El Uali, líder del movimiento independentista hasta
que cayó en el curso de una emboscada en Mauritania (hay quien dice que preparada por
traidores del POLISARIO). Aunque hoy día los ánimos están más calmados, es todavía
visible la presencia policial, los controles a la salida de la ciudad en cualquier
dirección e incluso la "discreta" vigilancia con una furgoneta Kangoo a que nos
sometieron dos policías a lo largo de nuestra estancia. Cada vez que salíamos, a pie o
en coche, les dirigíamos un amistoso saludo que recibían con ademán adusto.
Visitamos, seguidos muy de cerca por nuestros amigos de la
furgoneta a la anciana madre de Mahayup y a dos de sus hermanos que se encuentran con
ella. Dado que Mahayup fue miembro destacado en los orígenes del POLISARIO, la familia
está estrechamente vigilada. Se produce un pequeño revuelo con la aparición de otro
coche policial, esta vez con un funcionario de más alto rango, que nos "invita" cortés
pero firmemente a reintegrarnos a nuestro hotel. Para quitarnos el mal sabor del
encuentro, nos dirigimos hacia la playa (Tantan-plage) situada a pocos kilómetros. Hay
un modesto chiringuito regentado por una familia de orientales que nos sirven con
extraordinaria deferencia unas cervezas fabricadas en Marruecos, probamos la Stork
Premium y la Casablanca Premium, un poco más fuerte. Mrabbi se conforma con su té
mientras nos relata la historia de la Venus de Tantan, que forma parte del catálogo
-inaugurado por La Venus de Wilendorf-, de las venus esteatopígicas del Paleolítico. Se
trata de una figura antropomorfa de unos 6 cm. de alto encontrada en un sedimento
fluvial del rio Draa por un equipo de arqueólogos alemanes. Está inserta en un soporte
de cuarcita y contiene restos de ocre. Algunos científicos sostienen que puede ser un
guijarro labrado por la naturaleza con forma antropomorfa, lo que no empece para que con
posterioridad fuera manipulado hasta ofrecer una figura vagamente humana coloreada de
rojo. Se trata de un hallazgo de suficiente importancia para colocar a Tantan en el mapa
mundial de los hallazgos del Paleolítico Inferior.Otra novedad que conocemos de Tantan es que en
algún lugar indeterminado se está construyendo un reactor nuclear del que se habla en voz
baja y con mucho misterio. En esta ciudad, todo es secreto y misterioso.
Pasamos por el complejo funerario de Chej el-Agdaf que tan bien
conocemos de anteriores ocasiones. Dedicamos un respetuoso recuerdo a la memoria del
hombre santo y seguimos viaje.
En 1963/1383, en homenaje a Chej el-Agdaf uld Chej ma el-Ainin,
se instauró el Musem de Tantan, en la amplia llanura que domina el complejo
funerario de este. Cuentan que, en sus primeros años, hasta mil tiendas de beduinos
venidos de todo el Sahara se reunían para la ocasión. El Musem es una feria de
interpretaciones musicales, cantos populares, juegos, concursos de poesía y otras
tradiciones orales hasaníes destinadas a promover tradiciones locales y facilitar un
lugar de intercambio, encuentro y celebración. En 1979/1399 se prohibió su celebración
debido a las turbulencias con el POLISARIO. En 2004, ya bajo Mohamed VI se volvió a
autorizar, siempre bajo estrictas medidas de seguridad ya que el conflicto sigue
latente.
Paramos a comer en un tugurio que Mrabbi conoce, antes de
Tarfaya, en Agnir, cerca de la gran duna roja. "El pescado es excelente" nos dice,
conociendo mi gusto por los lugares "populares". Nos conceden el comedor VIP: un cuarto
interior fresco, ventilado por una pequeña claraboya que deja pasar una luz mortecina a
través de su pátina aceitosa, una mesa baja y colchones de espuma destripada en el
suelo. El mantel de plástico, que un día fue de colores vivos, tiene el poso de varias
generaciones de comensales, pero el pescado es exquisito y fresco. Mrabbi siempre
acierta.
Dejando atrás las salinas de Gnifis, llegamos a El
Aaiún.
TRANCO VII
El Aaiún
30.01.2008.
En El Aaiún (Los
manantiales) tenemos parada obligada en casa de un primo de Mrabbi, Chej el Uali, nieto de
uno de los hijos menores del Chej Ma el-Ainin. Nos recibe con la generosa hospitalidad que
es tradicional entre los beduinos y nos agasaja con una comida pantagruélica: ensalada de
arroz con remolacha, verduras variadas y arroz blanco; pollos asados y camello cocido con
unos exquisitos huesos de los que se extrae un tuétano amarillento y sabroso. Viajar con
Mrabbi es una garantía de que vamos a encontrar una generosa acogida en cualquier sitio a
donde lleguemos. Los miembros de la tribu Chej Ma el-Ainin puede que no sean tan numerosos
como los de otras tribus, su dispersión geográfica, su elevado grado de cultura y la
generosidad de que hacen gala los convierten en compañeros excelentes con los que hemos
tenido la fortuna de encontrarnos durante nuestros viajes. Su característica de
Chorfa o descendientes del Profeta, hace que su trato con las demás tribus sea de
exquisita cortesía, de la que también hemos sido beneficiados. En su compañía, hemos sido
recibidos por miembros de tribus tan diferentes como Ulad Bu Sbaa, Arosien, Tubalt, Ulad
Delim, Ulad Tidrarin, Ergueibat y tantas otras, con un trato exquisitamente cortés y
generoso.
Después de comer,
nos acompaña Ahmed el Hiba, el hijo de Mrabbi, que se sienta recatadamente en un rincón
después de saludar a los presentes y besar la mano de su padre. De allí, a casa de otro
primo, Chej el Uali uld Chej Taleb Buia uld Chej Maelainin. En el trayectoe nos damos cuenta
de que el coche que nos ha traído pierde aceite por el cárter, fruto sin duda de alguno de
los golpetazos que ha dado en la visita a Dadda Nasdra. La baraka
de la santa no ha servido de mucho.
Pasa la tarde
entre tés, primos y parientes que van y vienen. Se ha corrido la voz de que hay beduinos de
viaje y los familiares acuden en busca de nuevas y a desear parabienes. Llevan sus rosarios
de 99 cuentas a los que dan vueltas mientras participan en la conversación. En los momentos
adecuados, se levantan para el rezo en la habitación contigua. A la hora de
cenar, mechui y cuscús.
Chej el Uali, que
ocupa siempre el mismo rincón de la estancia, es un hombre sesentón, guapo y de presencia
elegante, con una barba blanquecina y cuidada, tez morena de soles y aspecto sereno que
planea sobre los innumerables primos con una elegancia un poco distante. Todos, al entrar y
salir lo reverencian adecuadamente. Es de los personajes más cercanos al Chej que quedan y
eso le otorga cierto estatus. Solo habla algunas palabras en castellano, pero es hombre
afable, con el que pronto se establece complicidad.
Desde que
descubrimos que no hay cámara con qué filmar, las relaciones se han tensado, ya que la
subvención otorgada para el viaje tiene como contrapartida el reportaje gráfico. Por si
fuera poco, el coche con que hemos de emprender la marcha hacia el sur, que pertenece a
Sidelkom, otro miembro de la expedición, aún no está dispuesto. El ambiente se enrarece y la
relación va haciéndose incomoda por momentos.
Después de comer
salimos para el Badía por la carretera de Smara rumbo a Tafudart, donde reposa para siempre
el abuelo de Mrabbi, Merebbi Rebbu, el que fuera "segundo sultán azul". A 49 km. de Aaiun
tomamos una pista endiablada. Después de dos horas y perdernos varias veces, logramos,
gracias a las indicaciones de unos pastores que siguen sus rebaños en Land Rover, dar con el
lugar. En el morabito yacen, además de Mrabbi Rebbu, otro hijo del Chej, Abu Baker. Fuera
está el enterramiento de un hijo de Mrabbi Rebbu. Después de rezar y hacer fotos, nos
encaminamos a una edificación cercana donde están reunidos una serie de personajes con los
que compartimos unos menudillos de cordero fritos y un cuscús de cebada. Luego una
reparadora siesta sobre el terreno, despedidas y bendiciones. Alguno de los presentes besa
repetidamente la marca que Sidelkom lleva en la frente, fruto de sus intensas oraciones.
Volvemos por otra pista diferente que recorre en buena parte la cuenca de la Saquia el Hamra
y sale a la carretera de asfalto a 27 km. de Aaiún.
26. Enero. Sábado. Aaiún-Bojador
Salimos de
madrugada rumbo a Bojador. La expedición se compone de dos coches, un Toyota Land Cruiser
-de Sidelkom- y un Nissan Patrol de Chej el Uali. En el camino, a poca distancia, entre la
carretera y la playa cercana a Lemseid visitamos la tumba, muy sencilla de Sidi Bo Gambor de
Ulad Tidrarin, donde hay acampadas grandes bandadas de halcones. Dice la tradición que se
juntan en la cercanía del cementerio para pedir la
baraka del santo antes de emprender
su marcha migratoria.
Sidi Ahmed Bo
Gambor Uld Yaza Uld Abderrahamen, según la genealogía que manejan sus descendientes, puede
considerarse la primera figura documentada de Ulad Tidrarin, una de las tribus zwaia
más numerosa, rica y antigua del Sahara. Los orígenes de la tribu se pierden en la
nebulosa de las tradiciones y leyendas, alguna de las cuales recoge Caro Baroja en
Estudios saharianos[39]. Su
fundador habría sido un descendiente de Abu Duyaneta el-Ansari, Compañero del Profeta, que
llegó hasta las tierras del sur a finales del S. XVI dando origen a uno de los más
importantes linajes saharianos. Descendiente de este sería Hannin, cuyo apodo, Tidrarin (el
del Adrar) habría dado nombre a la tribu. Según Caro Baroja, Sidahamed Bo Gambor habría sido
contemporáneo de Muley Ismail el Kebir que vivió entre 1672 y 1727 (1082-1139). La relación
de sus hechos quedará reflejada en un trabajo sobre las tribus del Sahara y sus fundadores y
santos cuya recopilación y documentación gráfica es el objeto de este y de otros viajes
anteriores.
La tumba está en
un gran cementerio, con otros muchos enterramientos elementales -una piedra a la cabecera y
otra a los pies para los hombres, y una tercera en medio para las mujeres-, de personas,
sobre todo de la misma tribu, a las que se entierra en la vecindad del santo para que puedan
participar de su baraka. Los "santos" en
el Islam, no vienen definidos como en otras religiones por la jerarquía. Emergen
directamente del pueblo y es éste el que otorga el grado de santidad en función de sus actos
en vida o de sus milagros después de muertos. La proliferación de "santos" es
extraordinaria. No hay aldea ni lugar por pequeño que sea, que se resista a tener su
protector/a local y con frecuencia los patronímicos se refieren a los nombres de esos
personajes.
Yace Sidahamed Bo
Gambor en una simple fosa con una piedra grabada a su cabecera que no la diferencia de las
demás que se agrupan a su alrededor, gentes de su misma tribu o de otras, especialmente de
los Ulad Delim, pues es tradición que su madre pertenecía a esa tribu. Es un personaje muy
venerado entre las gentes de libro o
zwayas y sobre todo entre las
tribus costeras donde los Ulad Tidrarin han nomadeado desde tiempo inmemorial.
Desde Bojador
tomamos una carretera que se convierte pronto en pista, para cruzar el Imirikli, 200 km. al
SE. Después de numerosos rodeos damos con el morabito de Chej Taleb Buia, padre de nuestro
anfitrión Chej el-Uali. El Chalua es un enorme cauce seco la mayor parte del año, como todos
los ríos fósiles del desierto. El morabito, de forma circular con cúpula, es una edificación
que impresiona destacando en medio de la soledad de la arena. No hay nada más en todo el
espacio que la vista abarca.
Chej Taleb Buya,
según relata Domenec Lafuente[40], fue el número 18 de
los hijos de Chej Ma el Ainin y de su esposa, Aicha Mentz Mohamed Fadel, nacida en el Adrar
en 1871/1288 y muerta en Querdús, feudo familiar, en 1916/1335[41].
El Chej Taleb
Buya nació en la zona de nomadeo donde años más tarde su padre fundaría la ciudad de Smara,
en la vecindad del morabito de Sid Ahmed Larosi, padre de los Arosíen con los cuales la
familia habría de tener estrechos vínculos. Murió en la zona de Silanat en
1958/1378.
El morabito que
guarda sus restos es una kubba original muy espaciosa, que se levanta como una
plegaria hacia el cielo siempre despejado, en un paraje de aspecto lunar cerca del cauce
fósil de un afluente del Ued Silanat. Se encuentra a unos 150 km. de pista, impracticable
para los no iniciados, al SE. de Aaiún.
Sus
descendientes, especialmente su hijo, Chej el Uali, único varón que le dio Emmariem Mentz
Abdel-lah, una de sus seis esposas, le profesan una gran veneración y con primoroso
cuidado mantienen el remoto lugar en buenas condiciones. Son frecuentes las visitas que
suelen durar varios días, alojados en unas elementales dependencias anejas que reúnen las
condiciones imprescindibles para la permanencia, mientras se reza y se implora su baraka.
El paraje, hasta
los años setenta estaba lleno de taljas que entretejían sus espinas y árboles de
Ignil cuya madera dura es muy apreciada para construir utensilios elementales pero
imprescindibles para la vida del beduino: grandes bandejas para cuscús, aperos y
herramientas, sillas de camello y otros varios utensilios. Una tradición nacida sin duda con
la intención de preservarlos, dice que no se debe quemar su madera, pues el humo acre y
pestilente que despide engendra locura en quienes lo respiran.
Llegamos a media
tarde. Té, descanso, rezos, búsqueda de los escasos restos de leña por los alrededores y
fuego de campamento bajo las estrellas. Dormimos en el edificio anexo al morabito. La
temperatura, como es habitual en el desierto, ha bajado más de 30º desde el mediodía y la
sensación de frío es intensa. No conviene dormir al raso, aunque apetece, cerca del fuego
bajo un cielo iluminado y sereno. Nos dicen que las culebras (víboras cornudas generalmente)
salen, atraídas por el calorcillo del fuego. Aunque esto suena a historieta exótica para
turistas, conviene ser prudente. No vimos víboras, pero sí las huellas de zorros del
desierto (Fenec) diseminadas alrededor del morabito a la mañana siguiente. Habían
dado buena cuenta de los restos de la cena que dejamos a las afueras del
campamento.
Mohamed Limam, un
joven de tan hermosa planta como su padre, que acaba de terminar la carrera de farmacia en
Rabat, se acerca al morabito de su abuelo y desde allí inicia una salmodia en su honor que
llena la noche estrellada. En el silencio de la oscuridad, solo atenuado por el crepitar de
los maderos que arden, la oración fúnebre entonada por la hermosa voz del muchacho, tiene un
efecto mágico y sobrecogedor. Sensaciones que nunca podríamos haber experimentado de no
haberse dado estas extraordinarias circunstancias. Una razón más para agradecerles a
nuestros huéspedes la generosa acogida que nunca olvidaremos.
Después de la
plácida noche y de los rezos mañaneros, nos disponemos a recorrer de nuevo los 450 Km de
pista de desierto que nos separan de Aaiun. "Pista" es un eufemismo. Se trata, simplemente,
de una dirección a través del desierto. A veces se encuentran roderas de otros coches que
han pasado antes que nosotros hace días, semanas o meses, pero el conductor suele
desecharlas para descubrir su propia ruta. Pueden ser pastores, con los que nos cruzamos
algunas veces, o viajeros que van de un lado al otro del Badía. El desierto parece vacío,
pero está lleno de gente. Los pastores de camellos tienen una vaga idea de por dónde andan
sus rebaños, que circulan a su arbitrio por las interminables arenas. Una cosa es segura:
irán donde encuentren mejores pastos, y de eso se valen los pastores para localizarlos
cuando necesitan cambiarlos de sitio o recoger a las crías de ese año. Suelen viajar en unos
Land-Rover con muchísimos años a cuestas a los que han descubierto que les sobraban la mitad
de las piezas a medida que se les han ido estropeando. Los rústicos motores son prodigios de
ingeniería, reparados una y mil veces con alambres, tornillos y ataduras. El ingenio del
beduino, fruto de la necesidad, no tiene límites.
Volvemos, por la
misma pista o una parecida a la que trajimos, a través del desierto. Hacemos un alto para
comer a medio camino después del rezo de medio día: camello con cebolla que el eficiente
boticario Mohamed Lamin -además de admirable cantor es buen cocinero-, elabora detrás de un
montículo. En un momento de descanso, después de comer y rezar de nuevo, Sidelkom se quita
un anillo de plata, reza sobre él, le insufla su aliento bendecido por la oración y me lo
entrega. Dice que soy un buen hombre, casi un musulmán. Es un gesto que agradezco con otro
pequeño obsequio. Me siento muy honrado de ser tan bien recibido entre los Ma el-Ainin.
Me fijo en que el
contador de su coche marca más de 350.000 Km, lo que no me inspira demasiada confianza. Los
coches que navegan por el desierto no suelen tener una vida excesivamente longeva, a no ser
en manos de pastores.
Nos instalamos en
el hotel Mekka. El dueño es un español que lleva muchos años en El Aaiun y hace
clara profesión de su fe, como todos los conversos. De ella da buena muestra la señal que
exhibe en la frente.
La excursión de
Chalua ha tenido efectos nefastos para el coche de Sidelkom que comienza a dar pequeños
fallos: pierde líquido de frenos, el hidráulico de la dirección no funciona bien y el
volante se encasquilla inopinadamente, la reductora no entra, el embrague se agarra, el
portón de atrás no abre, etc. Ya en Aaiún acudimos a un mecánico que repara en plena calle.
A la reclamación de Sidelkom, acude el dueño anterior del coche y se discute animadamente y
a grandes voces, sin acritud. Al final quedan más o menos conformes y el hombre se retira.
Los mecánicos, con monos de cuero de Foss Bucraa, comienzan a desmontar piezas y ruedas por
si acaso, comprobando que sobran más de la mitad.
Al volver a casa
nos encontramos con una invitación del Wali de la ciudad para comer con él. El Wali y otros
ocho personajes, entre los que está el gobernador a sus órdenes, nos esperan. Me colocan en
lugar preferente y me dan numerosos parabienes y agasajos. Nos sirven un pulpo pequeño pero
exquisito, avutardas escasas de chicha pero tan sabrosas que parecen faisanes (y aún dudo
que no lo fueran).
Después de
desayunar en casa de Chej el Uali, salimos rumbo al morabito de Mansur uld Alí ben Jaber, de
la tribu Ulad Delim. Los Ulad Delim tienen fama de ser la tribu más guerrera del Sahara. En
su momento sostuvieron largas pendencias con los Tidrarin. Después establecieron alianzas y
ahora no es extraño hallar delimis (de Ulad Delim) en las proximidades de Bo Gambor. De los
delimi, con fama de apropiarse de cuanto encuentran a su paso, se dice que son la única
tribu del desierto que no tiene marca conocida para el ganado, cualquiera que encuentren les
pertenece.
En puridad, los
delimi no deberían tener santos, porque estos son mayoritariamente de origen chorfa
o allegados. Sin embargo hay otro camino de acceso a la santidad, el martirio. En eso
los delimi
son expertos. Para ellos, cualquier combate es bueno y se convierte con facilidad
en yihad, guerra santa. El que muere en la
guerra, va de cabeza al Paraíso.
Tras 45 km de
pista damos con las huellas de un rebaño que controla el pastor de Ulad Delim, Selami uld
Abdalahi, llamado Boahila que es al mismo tiempo guardián del complejo funerario de su
antepasado. Bohaila fue policía territorial en la época española y tiene una larga historia
con el POLISARIO, lo que por esta zona no es nada extraordinario. Muchos "retornados" lo son
defraudados por las actuaciones del POLISARIO vividas en Tinduf. Nos relata el asalto a la
cinta transportadora de fosfatos de octubre de 1974 por un comando de siete guerrilleros.
Tiempos duros que ya pasaron, nos dice. Ahora soy pastor de camellos.
Nos cuenta algo
sobre el difunto y nos invita, en el modesto refugio de que dispone, a té y pan con quesitos
en porciones de "La vache qui rit". Misterios de la globalización. Fotos, tomas, fijación de
las coordenadas GPS y vuelta a casa. Más té.
A las 6,
entrevista en la radio autonómica y luego en la nacional, en los jardines del hotel Parador.
El antiguo Parador Nacional de Turismo fue inaugurado por Manuel Fraga Iribarne, ministro de
Información y Turismo en 1968 y cedido a Marruecos, con la administración del territorio en
1975 por los Acuerdos de Madrid. Aún se discute si esos acuerdos fueron válidos según el
Derecho Internacional[42], con lo que se da la
curiosa situación de que el
estatus legal del territorio y la cuestión de la soberanía están por resolver.
Cena en casa de
Chej el Uali, un anfitrión excepcional, paciente y generoso. Carne de camello adobada con
verduras. Fátima, la chica que nos atiende va y viene, hacendosa y en silencio. Es la única
mujer que parece haber en la casa. Sospechamos que hay todo un mundo femenino en el interior
de la vivienda a la que no tenemos acceso. Este es un fenómeno que nos sorprenderá a lo
largo de los viajes. Las mujeres saharauis permanecen en un universo oculto a nuestros ojos.
Al parecer, el espacio público está reservado a los hombres mientras las mujeres permanecen
constreñidas (no se sabe si de mejor o peor grado) al espacio doméstico. Sin embargo, en la
zona universitaria de Rabat hemos podido compartir espacios públicos con grupos de
chicos y chicas (con y sin velo o hiyab) confraternizando con la mayor naturalidad,
como en cualquier ciudad europea. Marruecos es lugar de contrastes.
Mañana de té y
charlas. Nos visita un miembro del Ahel Berikal-lah y nos relata historias de su tribu y de
sus cualidades de alumbradores de pozos. Durante la conversación se decide alquilar una
cámara de televisión para hacer el reportaje comprometido. Parece que esa solución paliará
la falta de material de Julián. Por lo que se refiere a las fotografías y a la localización
de los lugares por GPS, es responsabilidad mía, así como la documentación. Para comer, una
Corvina de considerables dimensiones al horno. Le hacemos los debidos honores extrayendo su
sabrosa carne con nuestros ya expertos dedos de la mano derecha.
Por la tarde,
conversación en casa de un viejo patriarca de la tribu Izarguíen, al que nos recomienda el
Chej Larabás. Nos cuenta viejas historias de la época colonial, de cuando en Aaiun
triunfaban los militares y nos relata el episodio de Zembla de 1976. La matanza ignominiosa
de muchos saharauis a manos de los legionarios, nos dice. Fue la primera reacción
documentada de los saharauis contra la ocupación española, siguiendo el eslogan de Basiri:
"El Sahara para los saharauis". Su autor acabaría "desaparecido" a manos de la policía
española. Cuentan que su cadáver se encuentra en algún lugar, bajo las dunas que cercan la
ciudad de Aaiun.
Contactamos
con
Mbarca, una periodista de la radio del Aaiun. Nos acompaña a su asociación de discapacitados
y nos relata la lucha de su asociación para igualar el papel de la mujer al del hombre.
Entre los saharauis, como entre los musulmanes en general la discriminación de la mujer es
manifiesta. Recuerda años pasados de nuestra propia sociedad, y aún de tiempos actuales. No
hace tanto tiempo que en nuestra cultura española la situación era parecida y aún hoy la
lucha por la igualdad continúa. ¿Recorrerá la sociedad islámica ese mismo camino?
Mrabbi nos lleva
a hacer un corto recorrido por los "campamentos de la unidad" que ya habíamos visitado en
nuestro primer viaje. La situación no parece haber variado. Las mismas edificaciones
construidas con desechos, la misma miseria, barrios de chabolas sin alcantarillado ni
servicios de ningún tipo donde se hacinan las familias y los niños descalzos juegan sobre el
polvo y los riachuelos de escurrimbres. Los mismos coches de policía en los enclaves
estratégicos. En Aaiun se mezclan el temor autonomista con la miseria y la represión. Es un
ambiente enrarecido a medida que uno se aleja del centro donde existe una realidad
impostada.
A última hora nos dan una mala
noticia: parece que el coche no está listo para mañana. Es inútil hacer planes, todo depende
de la voluntad de Alá.
TRANCO
VIII
Aaiun-Dajla
31. Enero. Jueves.
A la espera de la reparación del coche, pasamos el día de
conversación y té en casa de nuestro anfitrión Chej el-Uali, donde nos visita Bachir
Edkhil, el amigo que conocimos en Rabat durante nuestro primer viaje, y cuya entrevista
reflejamos en Viaje por el Sahara Occidental, El Badía[43]. Su
conversación siempre es interesante y ponderada. Se ha convertido en un personaje
internacional que imparte conferencias y asiste a sesiones sobre derechos humanos por
medio mundo. Se expresa con facilidad en varios idiomas Dirige una fundación,
Alterforum, relacionada con esos temas. Es hombre encantador, de conversación fácil e
inteligente con el que resulta un placer charlar. Pertenece a la tribu Ergueibat. Todos
los presentes que nos visitan son saharauis y todos, de una u otra forma, están marcados
por los acontecimientos que sucedieron en los años de presencia española y siguientes.
El relato de sus experiencias y las historias que relatan invitan a la reflexión. Son
varias las partes implicadas en el conflicto y cada una tiene su propio relato. Para
conocer mejor a Bachir conviene revisar
la interesante entrevista realizada en su momento por la
periodista y escritora colombiana Clara Riveros[44].
El gobierno marroquí defiende que su zona de influencia ha
llegado desde tiempos inmemoriales hasta Mauritania (si en su momento hubiera podido
anexionarla, es probable que lo hubiera hecho). En épocas pretéritas en que el
majzén -el gobierno marroquí- era fuerte, su influencia, llegaba hasta remotos
lugares del sur. En los periodos de debilidad del majzén, las tribus se negaban a
pagar tributo y a reconocer el papel de ʾamīr
al-muʾminīn del sultán de turno según
su mayor o menor vinculación con el Profeta. Marruecos no enviaba a sus gobernadores
a la zona, sino que confiaba en los recursos organizativos de las tribus y en sus
órganos legislativos y administrativos como la Asamblea de Notables o Yemáa y
el Ait Arbain o Consejo de los Cuarenta.
Remontarse a la historia pasada, aunque imprescindible, resulta
poco útil a la hora de tomar opinión sobre el asunto. Marruecos fue una sucesión de
sultanatos de muy diferente forma y dominio territorial y no se constituyó como nación
hasta muchos años más tarde, en 1956.
Me vienen a la memoria unas líneas del libro Historias del
Sahara: "Durante siglos el límite sur de Marruecos fue un limes
cambiante. El valle del Sus, Agadir-Taraudant-Uarzazate, marcaba su frontera natural con
el desierto. Aunque en periodos de solidez, los límites se extendían 400 Km. al sur,
hasta el río Draa, dependía de la capacidad del sultán para defender su soberanía
territorial. En la práctica, el Sus era la línea de demarcación, desde aquí hacia abajo
un fugitivo que huyera de los poderes reales podía sentirse seguro, cruzando el Sus
estaba a salvo en el Sahara, en el Bled Siba. [...] Lo único posible era establecer
alianzas con la kabilas beduinas y conseguir de ellas la Bai'a, el pacto de
acatamiento al sultán"[45].
Argelia siempre ha tenido cierta ojeriza a Marruecos, prueba de
ello son los permanentes conflictos territoriales sobre la zona de Ujda y la Guerra de
las arenas de 1963 por la que el gobierno marroquí recuperó las provincias de Tinduf y
Bechar que Francia había anexionado a la Argelia francesa décadas atrás. Cuando Argelia
dio asilo al POLISARIO en Tinduf cubría dos objetivos: fastidiar a Marruecos y mantener
la ilusoria oportunidad siempre latente de abrirse una salida al Atlántico. Al
principio, tropas argelinas lucharon junto a las del POLISARIO contra las marroquíes,
hasta que el asunto estuvo a punto de derivar en una contienda entre los dos países que
no le convenía a ninguno. El presidente Bumedian le comunicó al Uali su retirada de la
contienda antes del asalto a Bir Mogreim preparado conjuntamente por los dos ejércitos.
Por su parte, el POLISARIO iniciaba la construcción de un estado
de forma harto precaria a pesar de la ayuda de Argelia y de la Libia de Gadafi en los
primeros tiempos. Un estado de corte marxista, animado por Cuba, donde fueron a parar
muchos de sus jóvenes para recibir instrucción. Hacer marxistas de beduinos no era tarea
fácil, empezando por relegar a segundo término el componente tribal, arraigado
profundamente en la cultura bidani. Es de imaginar la extrañeza de unos muchachos y
muchachas trasladados desde las arideces del desierto a la exuberancia tropical de Cuba.
Curiosamente, el régimen de "libertades" retenía los títulos académicos de los
estudiantes, con lo que todo su esfuerzo universitario resultó baldío.
Mauritania se encontraba entre dos fuegos: por una parte, los
llamados "saharauis" (apelativo inventado por los españoles cuando tomaron posesión de
la parte del Sahara que les habían concedido las Naciones en la Conferencia de Berlín)
eran gente del bidan, de su misma etnia y con su misma historia que se remontaba a los
Almorávides del S. XI. Pastores nómadas que ignoraban las fronteras y cuyos rebaños
pastaban en el amplio desierto creado por Dios para que fuera de todos y propiedad de
nadie. Cuando España abandonó a los que llamó saharauis a su suerte después de haberles
prometido, por boca del entonces príncipe de España, que se iba a cuidar de ellos como
de sus compatriotas peninsulares e isleños, Marruecos se apresuró a ocupar el territorio
desde el norte y Mauritania hizo lo propio desde el sur, según se había pactado en los
Acuerdos de Madrid de 14 de noviembre de 1975. El POLISARIO, que había nacido como
movimiento anticolonialista siguiendo la estela del desaparecido Basiri, se encontró
batallando contra los dos enemigos simultáneamente. Los beduinos eran duros, conocedores
del desierto y capaces de sobrevivir y dar la batalla en las difíciles fragosidades de
la inmensidad arenosa. Como en todas las guerras, los dirigentes diseñaron la estrategia
desde la retaguardia y la tropa dio la batalla. Lucharon por su supervivencia con uñas y
dientes. Bien provistos por sus dos valedores internacionales -Libia y Argelia- de armas
y combustible, optaron por la guerra de guerrilla en los rápidos 4x4 provistos de
cañones sin retroceso y ametralladoras montados sobre plataformas giratorias. En ese
campo eran invencibles frente a las mal organizadas columnas marroquíes compuestas por
soldados bisoños que jamás habían visto el desierto. Los largos convoyes marroquíes eran
atrapados en una única carretera entre el desierto y el mar. Los 4x4 de los guerreros
beduinos surgían de la arena como fantasmas mortales, los ametrallaban de forma
implacable y antes de que pudieran reorganizarse, habían desaparecido.
Tras la muerte del Uali, emboscado durante un ataque a Nuakchot,
Mauritania se retiró del conflicto en 1979 para convertirse en lugar de asilo en el que
se recogían muchos disidentes del POLISARIO que podían volver a ser ciudadanos del mundo
gracias a los pasaportes mauritanos. La muerte del Uali es otro de los puntos oscuros
que permiten, una vez más, la interpretación torticera de la historia. La prensa
española del momento, como recuerda Clara Riveros en su entrevista a nuestro amigo
Bachir Edkhil, daba una visión del asunto muy alejada de la realidad[46]. Cada
una de las partes cuenta la historia a su manera. Probablemente en todas hay una parte
de verdad y otra de mixtificación interesada. Distinguir cuál es la proporción resulta
difícil. Ser imparcial también. Depende desde qué parte se haya vivido el conflicto. Han
pasado más de cuarenta años, la situación ha cambiado por completo, ni Marruecos, ni
Argelia, ni Mauritania, ni Cuba, ni el POLISARIO son lo que eran durante aquellos
primeros años. Lo único que no ha cambiado es la desdichada situación de los que aún
siguen atrapados en los campamentos de Tinduf, abandonados a la molicie de la
subvención, sin horizontes y privados de muchas de sus costumbres ancestrales. El
proyecto de una nación independiente que pretendía la descolonización, se ha disuelto
como una utopía más. “El sectarismo es la seña de identidad del POLISARIO”, dirá
Ahmed Berical-la, embajador en Venezuela y uno de sus dirigentes, hoy “retornado” a
Marruecos y dirigente del Movimiento Saharauis por la Paz [1].
[1] https://tribunalibre.info/ahmed-bericalla-lider-del-movimiento-saharauis-por-la-paz-hay-opciones-intermedias-entre-marruecos-y-el-frente-polisario/?fbclid=IwAR2bstJZCf4E-mh3kqQIqzLwic892YS8NZeeW_eIjwiHZZyH7gEqZ_tNAGA
El POLISARIO, como partido, tiene una historia oscura que va
apareciendo a retazos cada vez más sangrientos, y la RAS[47] se ha convertido
en una entelequia que significa cada vez menos. Ninguna de las democracias conocidas
está exenta de defectos, pero una democracia de partido único es difícilmente creíble, y
la historia de los dirigentes polisarios abunda en zonas oscuras. La información
política referente a los campamentos de Tinduf se envuelve en una neblina de tinte
sospechoso, y la comunidad internacional tiene poco interés en la situación de unos
cuantos miles de personas abandonadas a su suerte en medio del desierto. Las NNUU van
emitiendo sucesivas resoluciones campanudas de las que nadie hace caso, mientras sus
observadores se alojan en buenos hoteles del Aaiun y muestran sus ostentosos coches
blancos a la población indiferente. Queda la solidaridad horizontal de muchas familias
españolas que acogen niños en vacaciones y viajan un par de veces al año cargados de
víveres y enseres para sus "familias saharauis". Personas bien intencionadas y
caritativas que no saben del asunto más que lo que allí les cuentan.
Los "retornados" han vuelto al que fue su país, sufriendo al
mismo tiempo la sedentarización y el cambio de sus modelos de vida a los que les resulta
difícil adaptarse. En las ciudades y pueblos del sur el trabajo para los saharauis es
poco y la miseria mucha. Queda el contrabando y el chalaneo. Conviven con los colonos
enviados desde el norte en un intento de "diluir" la población netamente saharaui y
evitar conflictos como el del campamento de Gdeim Izik a las afueras de Aaiun que se
montó en octubre de 2010 y fue desmantelado de forma violenta por el ejército con unos
resultados que la habitual opacidad del gobierno marroquí impide conocer. A pesar de
las subvenciones -sustanciosas- a "las provincias del sur"[48], la perspectiva de
vida es poco alentadora y el afán del antiguo beduino es retirarse unos días al "Badía"
haciéndose la ilusión de que todavía es posible la vida nómada. Para un europeo resulta
osado opinar sobre los sucesos de un país donde los ciudadanos son "súbditos" y las
leyes emanan directamente de los códigos religiosos de hace 1.500 años.
Por fin nos ponemos en marcha a las 9 de la noche hacia Dajla.
Mrabbi con cara de pocos amigos. La responsabilidad de un grupo tan heterogéneo recae
sobre él. Julián ha fallado con la cámara y ha sido preciso alquilar otra con el
deterioro que supone para nuestro ajustado presupuesto, Sidelkom nos ha proporcionado un
coche con pocas garantías y Mohamed Ma el-Ainin se ha incorporado a la expedición sin
previo aviso y nos hace esperar hasta última hora. Procuro mantenerme al margen. El
asunto se ha complicado. Somos cinco personas más los equipajes, más una serie de ollas,
cacerolas, saquillos de provisiones, una garrafa de agua de 25 litros y otra serie de
bolsas cuyo contenido no acierto a adivinar, que forman parte del abigarrado equipaje.
Recurro al aparato de música y procuro abstraerme. Las sonatas para violonchelo de Bach
vienen en mi auxilio. Me parece absurdo viajar de noche en esta época que aún no hace
calor, pero me guardo los comentarios. El coche, aunque espacioso, va sobrecargado y el
equipaje llega hasta el techo. El coche de Julián ha quedado en manos de los mecánicos
para que le reparen el cárter.
Llegamos a Dajla ya amaneciendo después de un viaje placido
aunque pesado. Se turnan en la conducción Mrabbi y Julián. Me ceden el lugar de
privilegio en el asiento del acompañante. Los otros tres se apretujan en el asiento
trasero. Julián está a punto de estimbarnos al apagar las luces en el cruce con un
camión. El coche se ha quedado sin luces y paramos en medio de la carretera. Algo no
funciona bien en el sistema eléctrico. Revisamos los fusibles a tentarujas y parece que
hemos dado con el fallo, aunque la avería se sigue produciendo de forma intermitente.
Mrabbi se hace con el coche y Julián pierde crédito como conductor. Quedamos para la
faena Mrabbi y yo.
Aterrizamos en el hotel que conocemos de anteriores ocasiones,
el Doums, cuyo propietario es antiguo conocido de Mrabbi. Está situado frente a unos
grandes generadores de gasoil que no cesan de funcionar día y noche para proporcionar
energía al hotel y a los edificios colindantes. En un aparte el propietario me comenta
la placentera dificultad de su vida con las dos mujeres con las que está legalmente
casado, una en Aaiun y otra en Dajla. En la actualidad, la poligamia está prohibida en
Marruecos, o por lo menos no bien vista, lo suyo es un estatus adquirido hace años que
lleva con normalidad.
Sidelkom es un hombre de sesenta y tantos años, prudente,
educado y silencioso. Habla castellano con esfuerzo, fue maestro coránico en el
POLISARIO, hombre muy religioso que dispensa bendiciones y se afana con su rosario de 99
cuentas. Sigue a pies juntillas la estela de los importantes santones de su tribu. Viste
una darrah blanca y no se desprende nunca el litham[49] blanco que retira
discretamente cuando conviene para exibir la mancha oscura que lleva en la frente y que
acredita su piedad. Su dignidad reside en los ropajes, e incluso a solas con nosotros,
cuida mucho ese aspecto. Es un hombre entrañable, pacífico y bondadoso que se ufana de
decir siempre la verdad con el que tengo la oportunidad de mantener largas
conversaciones. Según nos contará más tarde, tiene 13 hijos de tres mujeres
consecutivas, la más pequeña (de las hijas) de dos años y espera otro bebé. Se ocupa de
las finanzas de la expedición, pues Mrabbi trata el dinero como los príncipes. No le
concede valor alguno y cuando lo tiene lo distribuye con generosidad.
Mohamed Ma el-Ainin es de edad parecida a la de Sidelkom, ex
funcionario de Fos Bucraa en época española, habla un correcto castellano, también muy
religioso, con una fe elemental y profunda. Sigue la estela de Sidelkom. Antiguo
compañero de escuela de Mrabbi al que éste trata con cierto desapego y con el que
discute a menudo, hasta que Mohamed opta por callarse, es hombre pacífico, poco amigo de
conflictos y reconoce al líder con sumisión. Nunca estuvo con el POLISARIO. Nos dice que
los que fueron a Tinduf lo hicieron voluntariamente pero ahora cuentan que los llevaron
a la fuerza.
Recurrimos a la documentación y nos enteramos de que:
Dajla o ad-Dajla (ad-Daḫla/ en árabe,
الداخلة, “La Interior”), también conocida como Villa Cisneros por los españoles, es la
ciudad del Sahara Occidental situada más al sur. Desde Marruecos, se la considera capital
de la región de Dajla-Río de Oro, a unos 550 kilómetros al sur de El Aaiún, en la costa
atlántica del país, sobre una estrecha península llamada Río de Oro que se extiende paralela
a la costa en dirección noreste-suroeste con una población que rebasa los cien mil
habitantes. En esta ciudad se arrió el 11 de enero de 1976 la última bandera española en el
Sáhara. En su lugar fue izada la bandera de Mauritania.
El interés español por el Sahara Occidental se debió a las
actividades pesqueras llevadas a cabo desde las cercanas islas Canarias. En 1881/1298 se
fondeó un pontón en la costa de la península de Río de Oro para apoyar las tareas de la
flota pesquera canaria. Sin embargo, no fue hasta 1884/1301 cuando se fundó Villa
Cisneros. Ese año, en una operación promovida por la Sociedad Española de Africanistas y
financiada por el gobierno de Cánovas del Castillo, Emilio Bonelli reconoció el
territorio entre cabo Bojador y cabo Blanco, fundando tres establecimientos en la costa
saharaui: uno en Villa Cisneros, en honor al cardenal Cisneros; otro en cabo Blanco, al
que dio el nombre de Medina Gatell; y otro en Angra de Cintra, con el nombre de Puerto
Badía en memoria del arabista y aventurero Domingo Badía[50]. Bonelli consiguió
que los habitantes nativos de la península de Río de Oro firmaran un acuerdo mediante el
cual se ponían bajo la protección de España.Gracias a la presencia de los tres puestos,
en diciembre de ese año, el gobierno español comunicaba a las potencias reunidas en la
Conferencia de Berlín, que se adjudicaba la posesión del territorio situado entre los
cabos Bojador y Blanco. Tanto Medina Gatell como Puerto Badía fueron abandonados poco
tiempo después, permaneciendo Villa Cisneros como establecimiento permanente.
Aunque el gobernador Bens había llegado a Villa Cisneros en
1904, no fue hasta 1916 cuando se ocupó Villa Bens, en el territorio del protectorado
sur de Marruecos, al norte del actual Sáhara Occidental. En 1920 Bens ocupó La Güera, en
la zona atribuida a España en la península de cabo Blanco.
Durante el periodo colonial, Villa Cisneros fue la capital de
Río de Oro, una de las dos regiones en las que se dividía el Sahara español. Se
construyo una fortaleza, derribada por Marruecos en 2004, y una iglesia católica que aún
hoy constituye un punto de interés para los visitantes de la ciudad. También existió un
campo de deportados durante la Segunda República y la Guerra Civil Española, en el que
estuvieron presos anarquistas como Buenaventura Durruti, Ramón Vila o Francisco Ascaso,
un grupo de militares y civiles que se sublevaron contra la República en el golpe de
estado protagonizado por el general José Sanjurjo del 10 de agosto de 1932, o
republicanos de izquierdas que se opusieron a la sublevación del 18 de julio de 1936.
Entre ellos estuvo el escritor Pedro García Cabrera.
Entre 1975 y 1979, Dajla fue la capital de la provincia
mauritana de Tiris al-Gharbiyya, constituida sobre la porción del Sáhara Occidental
anexionada por aquel país.
Dajla es conocida en el mundo del
surf, el windsurf y el kite surf por su amplia bahía muy adecuada para la práctica de
esos deportes. En las cercanías de la bahía son habituales los campamentos de auto
caravanas procedentes de toda Europa. La ciudad se ha remozado con numerosos
restaurantes y establecimientos hoteleros que le dan un aire moderno y cosmopolita. En
uno de ellos con hermosas vistas al mar nos relajamos -los no creyentes- con unas
cervezas frías.
TRANCO IX
Dajla-Nuadibú
1. Febrero. Viernes.
Rumbo a
Mauritania, viajamos todo el día por una carretera larga y monótona que deja atrás la
bahía de Cintra y se adentra en el Adrar Sutuf. El runruneo del motor me adormece y en
la duerme-vela me viene a la cabeza el recuerdo de nuestro paseo por el Aaiún en la
tarde de ayer. Salí en compañía de Mrabbi a “explorar” y de paso comprar algunas
vituallas de última hora y, sobre todo, té y azúcar que no deben faltar nunca en un
viaje. Un poco alejada del centro encontramos una tiendecita a cuya puerta un muchacho,
casi un niño, tostaba cacahuetes. Mrabbi dijo “Es como una tienda de susís”. Los
tenderos del Sus tiene fama de disponer de tiendas muy pequeñas, de manera que deben
atender a sus clientes desde la puerta porque dentro no caben dos personas. Regentaba la
tienda un muchacho de unos veintitantos años que, cuando nos oyó hablar en español vino
enseguida hacia nosotros. Había estudiado en el colegio español La Paz y se expresaba
con toda corrección en ese idioma. Nos contó que su padre le había financiado la tienda,
una especie de pequeño bazar que le permitía una pasable subsistencia, pero que su afán
era irse a España de forma clandestina ya que no tenía opción a conseguir un pasaporte y
menos un visado. Nos dejó un poco sorprendidos. Pensábamos que los que intentaban la
peligrosa travesía eran personas que tenían poco o nada que perder. No tengo futuro en
esta tierra, nos dijo. Veo la televisión española y quiero vivir en un país como ese. Ya
he pagado casi la totalidad de los 5000€ que cuesta la patera y pronto me marcharé.
Estoy pendiente de que me avisen. O me quedo en España, o me quedo en el mar, lo que sea
mi suerte.
Intentamos disuadirlo argumentando las dificultades de la travesía y
las que luego le esperaban en España, pero todo era inútil, tenía el asunto muy bien pensado
y no había nada que pudiera desanimarlo. Le compramos una lata de té made in China y unos
cacahuetes y nos marchamos algo compungidos.
El largo
recorrido deja tiempo para repasar las notas tomadas en un viaje anterior sobre el
enterramiento de Sidahamed Ergueibi, el "abuelo" de los Ergueibat que ahora dejamos atrás.
Hay que tomar la carretera que une Esmara con Tantan y a la altura de As-Sakn se abandona
para tomar una pista que lleva hasta la zona. Sidahamed Ergueibi, de origen Chorfa, fue el
epónimo de la tribu más numerosa del Sahel, caracterizada por su actitud receptiva hacia
todo el que quisiera refugiarse bajo su sombra protectora, lo que contrasta con otras tribus
del Sáhara que suelen tener un espíritu fuertemente clasista, endógeno y excluyente. Los
Ergueibat consideran a los agregados que respetan sus costumbres y formas de vida como a
ellos mismos. Pasado el tiempo, ya no se recuerda quienes eran Ergueibat de origen y quienes
agregados.
De vez en cuando
hay que detener la marcha para dejar pasar algún rebaño de camellos que cruza la
carretera sabiéndose en territorio propio. Marchan lentamente sin que parezcan entender la
prisa de los humanos que tienen la poca imaginación de desplazarse por la monótona cinta de
asfalto.
De Sidahamed
Ergueibi, como de todos los grandes fundadores de tribus, se cuentan multitud de leyendas,
todas susceptibles de interpretación. Dio origen a la tribu más numerosa y fuerte del
territorio. Cuando se hizo el censo del Sahara Occidental en época española, más de la mitad
de sus habitantes pertenecían a la tribu Ergueibat. Según varios autores que se han ocupado
del tema[51], Sidahamed descendía
de Muley Abdesalam ben Machich, originario de Yebala, en el norte de Marruecos, de linaje
árabe puro que se mantuvo en su descendencia por línea agnaticia, a pesar de mezclarse con
los bereberes de la zona. Las mujeres tienen poca o ninguna relevancia a la hora de
considerar el linaje.
Según la tradición extendida
entre los Ergueibat, el Sidahamed fundador de la tribu era a su vez hijo y nieto de otro
Sidahamed, sin que se sepa muy bien cuál era la ubicación exacta de estos. El abuelo pidió a
Dios no tener hijos para que no sufrieran las duras condiciones del desierto, pero cuando
murió en la zona de Jarauia, su mujer, Alaiza de los Aaraib, estaba embarazada[52]. Su hijo, del
mismo nombre, casó con una mujer de Ait Usa llamada Elkalia. Tampoco quería tener hijos, pero se
repitió la misma historia y tuvo uno póstumo. De este, también Sidahamed, descendería toda la
tribu de los Ergueibat.
Sidahamed
Ergueibi fue famoso en su tiempo por los numerosos hechos milagrosos que se le atribuían
(curaba enfermedades irreversibles, imponía las manos a las mujeres y quedaban embarazadas,
volvía cuerdos a los locos) y por sus manifestaciones de
baraka, así como por su vinculación con los movimientos sufís más rigurosos.
Su genealogía lo remonta a Ben Machich, discípulo de Abu Madyan y maestro de al-Sadhili[53], en la época del
“sultán negro” Ahmed Al Mansur “El dorado”, (1549-1603).
Acerca de este
sultán, se cuenta[54] que en su expedición
al sur, atravesó las tierras del Draa, donde se encontraba Sidahamed Ergueibi retirado en
una gruta dedicado a la contemplación y a recitar de forma permanente los 99 nombres de Alá.
Cuando supo que el séquito real se acercaba, fue en busca de al-Mansur para rogarle que le
vendiera, para sí y los suyos, el territorio que abarca desde el Draa hasta Nuadibú. El
sultán no se tomó en serio la petición de aquel hombre, cuyo aspecto estaba lejos de
aparentar prosperidad económica, y por burlarse de él le pidió una cantidad de oro
desorbitada. Sidahamed con gran seriedad, respondió que el precio le parecía justo y
prometió volver con el oro suficiente. Esa misma noche reunió a sus seguidores y les hizo
preparar diez camellos cargados con sacos de arena. Cuando a la mañana siguiente fueron a
llevárselos al sultán, la arena se había convertido en oro purísimo. Desde entonces, los
Ergueibat se consideran dueños de la zona que va desde el Draa hasta el país de los negros,
al sur y desde el erg Chech en el este hasta donde rompe la séptima ola del océano.
En memoria de
este acontecimiento, los Ergueibat no se adornan jamás con ninguna pieza de oro. Si por
descuido uno de ellos monta en un camello llevando algo que contenga oro, por pequeño que
sea, la bestia cae sobre sus rodillas y se niega a dar un paso más[55].
Se celebra
un Musem anual en honor del santo coincidiendo con la
fiesta de Aid El Mulud (nacimiento del Profeta) que dura tres días y reúne a varios cientos
de personas[56].
El recorrido
comienza a animarse. Hay numerosos vehículos que se dirigen a la frontera de Mauritania o
vuelven de ella. La mayoría grandes 4x4 cargados de personas y enseres sobre el techo. El
paso por la frontera es largo y farragoso, a pesar de que nuestros acompañantes saharauis
son recibidos con muestras de respeto cuando se identifican como pertenecientes a la tribu
Ma el-Ainin. Hay una "tierra de nadie" de varios kilómetros entre los dos países cubierta de
desechos, restos de coches abandonados y artilugios de todo tipo por entre los que se
circula con dificultad, buscando cada uno el camino que más le acomoda. La zona es conocida
como "El Kandahar". El coche se nos clava varia veces en la arena y hemos de recurrir a todo
nuestro esfuerzo para sacarlo adelante.
Antes de llegar a
la barrera, tenemos que detener el vehículo junto a otros muchos que esperan para dirigirnos
a la oficina cuando nos llegue el turno. Los compañeros saharauis, que conocen el
procedimiento, se lo toman con calma. Bajan los bártulos, colocan una alfombra a la sombra
del coche y comienzan a hacer té.
Son, las del
puesto fronterizo, unas instalaciones básicas donde nos atienden dos funcionarios con
uniforme militar de poco lustre. Un tercero yace indiferente, quizás dormido, en un catre.
Quieren vernos el rostro y cotejarlo con el de la fotografía del pasaporte. Luego interrogan
minuciosamente a Mrabbi sobre la razón de nuestro viaje, itinerario previsto, alojamientos,
etc. Por suerte, él tiene recursos suficientes y siempre sale airoso.
A las 7 llegamos
a Nuadibú, el Port Étienne de los franceses, y nos instalamos en el hotel Tiris. Sidelkom
cambia lo necesario en Ugias, la moneda mauritana, de valor muy inferior a los dírham
marroquíes, a pesar de lo cual los precios son elevados. La comida y los hoteles mucho más
caros que en Marruecos. Aún estamos a un kilómetro de la frontera, fijada en su día por los
gobiernos de España y Francia que acordaron situarla sobre una línea que dividía en dos, de
norte a sur, la península de La Guera. En 1958/1378 Mauritania fue ocupada por tropas
francesas al mando del general Faidherbe. Después de la segunda Guerra mundial, se convirtió
en provincia francesa de ultramar llegando a tener representantes en el parlamento de París.
Algo similar a lo que sucedió con los saharauis respecto a España. En 1956 Mauritania obtuvo
la autonomía y en 1960 la independencia. Desde entonces, la inestabilidad política ha sido
permanente, con frecuentes golpes de estado propiciados por la pobreza del país, su elevado
grado de analfabetismo y la estratificación de las clases sociales que dividen a la sociedad
en castas, de las que los harratines son la más baja condenados a trabajos subalternos y a
la ignorancia de por vida. Por debajo de ellos, sin embargo, hay otros más desdichados aún:
los esclavos. A pesar de que oficialmente se considera erradicada la esclavitud desde 1981,
la realidad es muy distinta. Muchas personas siguen "perteneciendo" a sus amos de forma
encubierta ya que ese régimen les proporciona, al menos, la posibilidad de sobrevivir aunque
en precarias condiciones. En libertad, difícilmente podrían subsistir al carecer por
completo de recursos. Una prueba palpable de la existencia de esclavitud es la labor de la
asociación SOS esclavos que se dedica a rescatarlos de sus duras
condiciones para intentar reintegrarlos a la sociedad en condiciones de libertad.
De la zona que
hoy llamamos Mauritania, con restos poblacionales desde las épocas Paleolítica y Neolítica,
surgió el poderoso movimiento Almorávide, sustentado por un rigorismo cultural cuyos
fundamentos escritos se custodian en las bibliotecas de Atar y Chinguetti.
Aquellos
bereberes sanhadja impusieron una ortodoxia religiosa que se extendió por todo el norte de
África y alcanzó la Península Ibérica. Los almorávides y las migraciones fulanis
unificaron la población que se hallaba dispersa entre los llegados por las rutas
caravaneras que habían consolidado confederaciones poderosas, como los emiratos de Traza y
Brakna en el valle del Senegal, Kunta en el este y Rigaibat al norte.
Hay un hecho
crucial en la historia de Mauritania mal conocido y peor explicado por los vencedores: la
guerra de Char Bubba. Hacia el año 1644/1054 las tribus bereberes de la región se unieron
contra los árabes invasores y después de más de 30 años de guerra los árabes se alzaron con
la victoria. Impusieron condiciones leoninas a los vencidos a los que impidieron conservar
armas limitando su actividad al comercio, la enseñanza y ocupaciones subalternas. En la
actualidad, la mayoría de los habitantes de Mauritania son de ascendencia arabo-bereber de
origen nómada. Los negros representan el 20% de la población localizados en la parte sur,
hacia la frontera con el Senegal, entre los que el analfabetismo alcanza el 60%. El panorama
de Mauritania es desolador: la esperanza de vida de 54 años, 52,5 para los hombres y 55 para
las mujeres. La edad media de la población es de 17 años[57].
Dejamos la visita
a la ciudad para la vuelta. Mrabbi ha contactado con unos parientes y quedamos en reservar
un par de días para Nuadibú a nuestro regreso, aunque lo cierto es que por las informaciones
que tenemos, poco hay que ver en la ciudad, si no es su importante puerto pesquero. Al
parecer todo gira alrededor de éste y del importante ferrocarril minero que trae el mineral
desde Zuerat y F'dérik, lo que constituye el 40 % del ingreso de divisas del país. Hay otras
fuentes de riqueza extractiva: oro, cobre, gas natural y en los últimos tiempos,
prospecciones para buscar petróleo, del que hay suficientes indicios.
Nuadibú, a pesar
de ser una ciudad de 90.000 habitantes, nos ofrece la estampa de un pueblo donde reina la
miseria, con niños -y menos niños- haciendo sus necesidades junto a las tapias.
TRANCO X
2. Febrero. Sábado.
Después del
desayuno con el té al estilo mauritano, con espuma y requemado, salimos hacia Nuakchot a las
10 de la mañana dejando atrás la hermosa bahía del Galgo, el único puerto de la nación y
zona económica y comercial más importante de Mauritania. Constituye la base de la industria
pesquera y la vía por la que sale desde el puerto de Nuadibú el mineral de hierro procedente
de las minas de Zuerat, en un interminable ferrocarril de 2,5 Km. de longitud que tarda en
recorrer los 750 Km. de desierto más de 20 horas. Observando el mapa con atención se aprecia
el "bocado" que en el reparto de Berlín dieron los franceses a la frontera entre Mauritania
y el Sahara Occidental, de manera que las minas de hierro quedaran en lo que entonces era
colonia francesa. La línea recta se trunca haciendo un quiebro para dejar esa zona en
territorio de la colonia francesa. España, en aquel momento no estaba en condiciones de
protestar.
Llegamos a
Nuakchot a las 5 de la tarde, después de recorrer los casi 500 km. de desierto que la
separan de Nuadibú. El panorama por el que discurre la carretera es de gran aridez. La
arena, a diferencia del desierto que hemos abandonado más al norte, es roja, fina y
movediza. De tarde en tarde se ven unos cuantos camellos que buscan las escasas matas
sobrevivientes al borde de las dunas. Son
frecuentes los grupos de asnos de pequeña alzada que se pasean tranquilamente por la
carretera sin que la amenaza de los coches altere su paso. En el arcén de tierra, alguno
demasiado confiado, yace patas arriba con las fauces en una última sonrisa, el vientre
hinchado y rodeado de un enjambre de moscas. Pese a la inclemencia del sol, el aire del
desierto hace la marcha agradable, aunque la arena entra de vez en cuando a ráfagas. No es
posible cerrar las ventanas ya que el aire acondicionado del coche, si alguna vez lo tuvo,
no funciona. Al acercarnos a la ciudad, hay grandes espacios llenos de bolsas de plástico
semienterradas en la arena, en medio de barracas y chabolas construidas con materiales de
desecho. Una mujer con un bebé dormido a la espalda contempla nuestro paso con indiferencia
y un anciano que sestea a la sombra de un chamizo de cañas agita su bastón hacia nosotros,
no sabemos si en un gesto de saludo o de amenaza.
En Nuakchot la
mayoría de las calles son de arena que se amontona contra las paredes y cambia de sitio
continuamente. Las cabras, como en Nuadibú
circulan a sus anchas contribuyendo a eliminar los residuos de comida que la gente deposita
junto a la puerta de la casa. Junto a contenedores de basura llenos a rebosar no es difícil
ver algún cadáver de burro o de cabra con las patas apuntando al cielo. Nos espera a la
entrada de la ciudad un pariente de Mrabbi en un coche al que le faltan los retrovisores y
le sobran parches y abolladuras. Es un hombre amable, nos abraza dándonos la bienvenida y
ofreciéndonos los dátiles y el agua tradicionales en la bienvenida Su nombre es Mohamed
Fadel y pertenece a la rama de su ancestro del mismo nombre Mohamed Fadel uld Mamina, el
padre de Chej Ma el-Ainin. La hospitalidad de la gente del bidán es proverbial, como ya
hemos comprobado más al norte. Nos guía hacia nuestro hospedaje por entre la barahúnda de
coches que circulan a lo que parece, sin normas específicas. La casa es como muchas de su
entorno: en una calle de arena, de una sola planta con tejado plano que en verano sirve de
azotea donde dormir a salvo del calor. El interior tiene pocas ventanas y siempre veladas
por ligeros cortinajes que permiten la entrada de la brisa e impiden la de la arena. La casa
es fresca, en una agradable penumbra. La decoración, parecida a la de Marruecos: amplias
habitaciones con asientos corridos alrededor de la pared y suelo alfombrado al que se entra
descalzo. Haremos ha vida, diurna y nocturna en esa habitación, situada a la izquierda de la
entrada durante los días que permanezcamos en la ciudad. La casa estaba deshabitada hasta
llegar nosotros. Pertenece a dos hermanos, parientes de Mrabbi que la mantienen para eventos
como este. El servicio se compone de un
boy negro y su compañera que vive
fuera de la casa, en una explanada donde han levantado una especie de jaima con telas de
desecho. Ella jamás entra en la casa, al menos cuando están los hombres. Por lo poco que
pude ver, era joven, agraciada y estaba esperando un hijo. Vestía, como es costumbre,
una melkfa
que solo permitía ver, parcialmente, el rostro moreno.
En la habitación
interior fresca y cómoda, el boy nos sirve, a las cinco y media unos dátiles con
nata de entrada y luego jarretes de cabra[58] asados con
hígado. El hígado, pasable, pero la cabra difícil de comer por dura y correosa. El boy, Mohamed, acuclillado en el suelo
encima del mantel, va cortando pedazos de cabra y ofreciéndolos sucesivamente a los
comensales, primero a los forasteros y luego a los dueños de la casa. De postre un yogur de
frutas estupendo que no volveremos a encontrar.
Mrabbi nos hace
notar que los mauritanos no matan los cabritos como en Marruecos (el mechui), a los
seis u ocho meses, sino que matan las cabras ya adultas que es preciso cocer durante un
tiempo prudencial para que resulten comestibles.
Tarde de relax y
recopilación de información. Damos un pequeño paseo por la deprimente y sucia ciudad en el
coche, en medio de una circulación caótica.
No hay guardias y cada uno circula cómo y por donde le parece. Con
frecuencia se ven coches clavados en la arena que entre tres o cuatro ocupantes empujan para
volver a ponerlos en circulación.
Cena a base de
ensalada y un exquisito maru[59] con salsa picante. Para dormir, nos distribuyen
por parejas. Duermo en el mismo salón donde se hace la vida diurna. Gracias a mi saco y a lo
cómodo de los sofás, las noches son confortables.
Una familia
ratonil tiene su guarida bajo la mesa de la televisión que funciona todo en día en el canal
de al-Jasira. Cuando los demás se retiran, el explorador jefe saca tímidamente la cabeza,
extrañado sin duda por nuestra presencia. Al poco rato lo sigue su compañera, a la búsqueda
de las migajas que hayan podido quedar en el centro de la habitación. Apagamos la luz para
no perturbar la actividad de la familia. Las visitas se repetirán cada noche durante nuestra
estancia en la casa. Una vez establecida cierta relación, siempre les dejábamos algunas
migas de pan o un trocito de queso en el centro de la habitación que se apresuraban a
recoger sin temor alguno. Otros de los muchos amigos que
dejamos en el país.
TRANCO XI
Nuatchott-S. Luis de Senegal
3. Febrero. Domingo.
Al anunciar que tenemos intenciones de partir hacia Senegal
después de desayunar, la gente de la casa comienza a preparar comida.
Habíamos desayunado panecillos con mantequilla, té y una leche
en envoltorio de cartón, estupenda. Se me ocurre mirar la marca: es alemana caducada
hace tres meses. Conviene recordar con más frecuencia que "la curiosidad mató al gato".
A las 10 de la mañana nos sirven, sobre un mantel en el suelo como es habitual, una
fuente de jarretes de cabra con cebolla. Esta vez es uno de nuestros anfitriones quien,
provisto de un cuchillo breve y afilado va cortando trozos de carne que nos ofrece
sucesivamente. Como es costumbre y tradición, la comida se toma con la mano derecha, en
recuerdo de cuando el Profeta recibió el Corán del Arcángel Gabriel. El caldo y las
cebollas flotantes se sopan a voluntad con el pan recién hecho.
Nos visita el amigo escritor y profesor de la universidad, Taleb
Ajiar uld Mamina uld Chej Sidati uld Chej Maelainin (su padre, nos dice, fue un mártir
caído en 1967/1387 en Dajla, combatiendo contra los franceses). Nos comunica que la ruta
a Tombuctú no es segura: los integristas secuestran a los turistas para venderlos a
alguna franquicia de Al-Kaeda y si caen en manos de los Tuaregs, los despojan de
cualquier cosa que pueda serles útil, para abandonarlos en la vecindad de algún poblado
cercano. Depende de quién los atrape primero. Por otra parte, la ruta es a través del
desierto, por pistas de beduinos y según se viene comportando el coche parece arriesgado
someterlo a más pruebas. Parece que vamos a dejar Mali para otro viaje.
Por fin, a media mañana salimos hacia Senegal con un nuevo
acompañante, el joven Chej el Uali Aidara, de Senegal, otro pariente que nos servirá de
guía. En el coche cabemos todos.
Una carretera difícil nos lleva hasta Rosso, en la frontera. Hay
un trasbordador que cruza el río Senegal. Hacemos una parada pensando cruzar el río en
el barco pero hay un enorme gentío a la espera y nos tememos que los trámites sean
demasiado farragosos. No nos atrevemos a buscar sitio para comer, tal es la cochambre y
el aspecto de la población. Nos dirigen miradas aviesas, no es recomendable mirar a las
mujeres, y nada de fotografías. Tomamos una pista que bordea el río por la parte
mauritana hasta la frontera con Senegal. La pista es mala, llena de baches y debemos
marchar a poca velocidad. Pasamos con dificultad por un puente de aspecto dudoso después
de pagar una sustanciosa “mordida” al militar que hace el esfuerzo de levantar la
barrera.
El puente es poco fiable, viejo y carcomido por el óxido.
Seguimos el camino lleno de dificultades, en medio de una vegetación exuberante y
grandes campos maru alto como una persona. Hay rebaños de vacas con chepa,
pájaros de todas clases, pelícanos y jabalíes de la zona (facóqueros) en grupos
de tres o cuatro que no se extrañan de nuestra presencia. Es el parque natural de
Diawling, un espacio protegido de caza donde solo se permite la pesca con pelicanos
adiestrados. Los pescadores les colocan un anillo al cuello para que no puedan tragar el
pescado. En la frontera, después de demorarnos un buen rato para examinar los pasaportes
y cotejar las fotografías, nos dicen que no pueden ir dos personas junto al conductor,
así es que se encajan cuatro detrás como pueden. Es un país con normas claras.
Llegamos a San Luis de Senegal a las 8 de la tarde, y
localizamos un restaurante recomendado por un pariente surgido como por ensalmo de la
oscuridad. Después de una opípara cena, a base de maru y fruits de mer,
vamos a casa de otro pariente, Sidy Buia Aidara, uld chej Hadrami uld chej Jalifa, uld
Chej Saad Bu uld Chej Mohmed Fadel, jefe actual de la rama senegalesa del Ahel Mohamed
Fadel, que nos ilustra con todo detalle sobre el mussem del Chej Saad Bu, el
hermano de chej Ma el-Ainin e hijo de Mohamed Fadel. Nos proyecta un vídeo casero de
escasa calidad y dos horas de duración. Le proponemos tomar unas fotografías para el
recuerdo.
Pasa a sus aposentos y se provee de una darrah de lujo,
color azul violeta, recién almidonada con la que posa en su papel de santón junto a
otros miembros de la expedición. La sobremesa se prolonga. La casa sigue la distribución
habitual. Hay un gran espacia a la entrada con un sofá corrido a todo alrededor donde se
recibe a los visitantes, se come y si es preciso se duerme. Ningún extraño a la casa
accede al interior. Para casos de emergencia suele haber un pequeño cuarto de baño
adosado.
Por suerte, los asientos almohadonados a ras de suelo permiten
reclinarse cómodamente y abandonarse al ensueño. Cada uno de los presentes toma la
palabra cuando le llega el turno y es de mala educación interrumpirse, el que está en el
uso de ella no la suelta hasta que se le acaba el argumento. La conversación puede
prolongarse durante horas.
Después de dar una vuelta por la hermosa playa convertida en
vertedero que los rebaños de cabras se aplican en reciclar en medio de un olor agresivo,
visitamos el cementerio viejo de San Luis donde está el morabito de Chej Taleb Ajiar uld
Chej Maelainin, en el istmo que une la isla con el resto de la ciudad. Es una
construcción elemental rematada con azulejos de color blanco, en medio de un conjunto de
enterramientos multiformes con letreros de letra infantil escritos en
francés.
Es la zona de pescadores que llegan de madrugada con los
cargamentos apresados en los veloces cayucos, y de grandes mesas compuestas de
materiales diversos con el pescado a secar que exhalan vaharadas pestilentes. El
estómago, a esta temprana hora no está preparado para semejantes
agresiones.
A la puerta de cada chabola compuesta de toda clase de
materiales en precario equilibrio, hay atada una cabra o un cordero, generalmente con su
cría que se mantiene con restos de comida. En un prodigio de adaptación, comen los
materiales más diversos: restos de pescado, cartones de leche, plásticos, retales de
ropa. Las madres lactantes van provistas de un, a modo de sujetador rudimentario que
impide que mamen las crías, para así poder ordeñarlas por la noche.
Cruzamos de nuevo la frontera hacia Mauritania, donde nos
despachan, con toda parsimonia, los pasaportes. Vamos rumbo a Nimjat buscando el
morabito de Chej Saad Buh, el hermano de Chej Ma el-Ainin. Por la pista infernal de
vuelta a Rosso, intentamos buscarlo, nos perdemos varias veces a pesar de las
indicaciones de nuestro hábil guía mauritano, Chej el Uali
Aidara.
Paramos en un campamento donde me permiten montar uno de sus
camellos y nos acompaña un beduino que dice conocer bien la zona (ya somos 7 en el
coche), lo que no impide que nos perdamos varias veces, una de ellas embarrancando el
coche en la arena. La operación rescate nos lleva un par de horas: hay que descargar el
coche de todo lo posible, abrir zanjas delante de las ruedas, poner la reductora y salir
poco a poco, sin que las ruedas patinen. De lo contrario se vuelven a enterrar y hay que
empezar de nuevo. En circunstancias normales, habríamos deshinchado las ruedas hasta la
mitad para llenarlas de nuevo una vez salidos del atolladero, pero comprobamos que el
compresor que suelen llevar estos coches en un soporte dentro del motor, no existe. Al
coche, como a los de los pastores beduinos, le han reducido las piezas al mínimo.
Proseguimos nuestro rumbo a Nuakchot. En el camino, paramos en
Rosso donde, en el mercado de animales, compramos un cordero tras largos regateos a
cargo de Sidelkom. El vendedor nos lo degüella in situ según el precepto coránico
-un hombre circuncidado, de cara a la Meca, pronunciando las palabras de ritual
-bismilá Alá Akbar- y con dos pasadas de cuchillo sobre el guajerro. Una vez bien
desangrado, procede al despellejado y despiece.
A nuestro alrededor, sobre una espesa capa de excremento de cabra,
asnos y vacas, circulan sus autores en la mayor fraternidad, seguramente ajenos al destino
que les aguarda. La carne del cordero, una vez troceada y amontonada en un saco de cemento
vuelto del revés, cae en manos de una señora de piel oscura y edad indefinida que pertenece
al equipo del vendedor-matarife. Se retira a un chamizo de cañas en el que bulle una marmita
con posos ancestrales, sobre un fuego de bosta de camello, en la que va introduciendo los
trozos de carne, salvo las vísceras y la cabeza que son el pago de su trabajo. A la espera
de que la carne esté dispuesta, nos ofrecen la sombra de una cabaña adyacente. Sobre un
lecho de cemento de unos 50 cm. de altura que evita el acceso de las serpientes, hay un
chamizo de cañas cubierto de desechos de telas multicolores en forma de cúpula. A la
acogedora sombra, sobre cojines de paja, esperamos haciendo té a que la comida esté
dispuesta. El resto lo dejo a la imaginación del lector.
Seguimos viaje por carretera asfaltada para desviarnos hacia
Nimjat, por 47 km. de pista que nos deposita, ya de noche cerrada, en nuestro destino:
el morabito de Chej Saad Buh, custodiado por su familia, "primos" a su vez de todos los
Ma el-Ainin. Visitamos el morabito a tentarujas, después de un paseo agotador subiendo y
bajando dunas en las que nos clavamos hasta las rodillas en medio de la absoluta
oscuridad. Decidimos quedarnos a dormir, ya que sería un despropósito intentar volver a
Nuakchot a estas horas y en estas condiciones. Desde que salimos de la ciudad, en un
prodigio de desorganización, no llevamos equipaje, por lo que no hemos podido quitarnos
la ropa y el polvo recogido a lo largo de las pistas va formando una capa que, con el
leve sudorcillo propiciado por el sol del desierto, acartona la ropa. Los "primos"
hablan animadamente intercambiando noticias de la familia y de sus respectivos
asentamientos, les cuentan las razones de nuestro viaje y todos nos dan la enhorabuena
por lo que consideran una piadosa labor. Procuro echar un sueñecillo bajo el chamizo
abierto a todos vientos. Al cabo, nos traen el consabido maru con cabra del que
me sirvo con parquedad. El estómago empieza a manifestar prejuicios a cerca del ganado
caprino.
TRANCO XII
Nimjat-Nuatchott
5. Febrero. Martes.
Dormimos en la misma sala en la que hemos cenado, entre
ronquidos y otros sonidos de oculta procedencia que amenizan la noche fresca del
desierto, sin más interrupción que las breves excursiones al exterior en tributo a la
naturaleza. Despierto al alba y salgo a dar un paseo intentando localizar por mi cuenta
el morabito de Chej Saad Buh. De día las cosas son muy diferentes y mi sentido de la
orientación nunca ha sido destacable. Me pierdo y acabo en la otra punta del pueblo. Me
rescatan unos vecinos que han visto deambular a un extraño y han seguido su errático
vagar desde lejos y me retornan a casa de nuestros anfitriones. Damos una vuelta en
coche por el pueblo mientras filmamos desde la ventanilla gracias a la autorización del
wali local, Selcum uld Mohamed Mamun uld Mohamed Maelainin, otro pariente de la
familia. Los reporteros no están bien vistos y las personas se enfurecen a la vista de
una cámara de fotos o una filmadora. No es de extrañar, lo que divisamos desde el coche
es estremecedor. La gente vive entre excrementos de personas y animales en cabañas o
edificios muy precarios situados sin orden ni concierto. Estampas desoladoras se
encuentran por todas partes: niños comidos de moscas ordeñando las cabras en recipientes
llenos de mugre, mujeres haciendo sus necesidades acuclilladas bajo las amplias
vestiduras, cabras mordisqueando cualquier cosa que encuentran a mano o ancianos
envueltos en darrás harapientas sesteando a la sombra de una tapia medio
derruida.
Salimos del pueblo por una pista de arena en la que clavamos el
coche varias veces. Se desprende el tubo de escape en una de las ocasiones. Por fortuna
en la zona no parece haber control de ruido. Llegamos al morabito de Ahmed Baseid, padre
de los Berical-la y el de Suaadu uld Mohmed Fadel, la hermana gemela de Chej Saad Buh
(ambos hermanos de Chej Ma el Ainin). En el habitáculo que suele haber cerca de los
morabitos os con altos portales para dificultar la entrada de las abundosas culebras
venenosas, tomamos té y nos relatan historias a propósito de los personajes cuyos
morabitos hemos visitado. Los enterramientos son sencillos, con los escasos materiales
que pueden encontrarse en el desierto (troncos resecos, alguna piedra) o transportarse
hasta allí con dificultad. En siglos pasados, la inhumación se producía en el lugar de
la muerte y sin dejar demasiado tiempo a la descomposición. Eso hace que un gran número
de enterramientos se encuentren en lugares de difícil acceso.
Los orígenes de la tribu zwaia Berikal-lah, ni Chorfa ni
guerrera, sino religiosa y estudiosa, se remontan al S. XI, habiendo sido aliada de los
almorávides en aquella lejana época.
Es creencia general que el Ahel Berikal-lah posee cierta
baraka que permite a sus miembros identificar, de modo que produce asombro, a los
animales por sus huellas, y no solo esto, sino también su filiación y su color. Tienen
un extraño don para averiguar el lugar donde abrir un pozo y la habilidad y
conocimientos para llevar a cabo la perforación. Esta habilidad hace que sean conocidos
y respetados por todas las demás tribus del Sahara.
“Abrir un pozo era una epopeya, un acto heroico que daba
prestigio a quien lo hacía y a sus descendientes. Por eso los de la piadosa cabila
de Ahel Berikal-la fueron hombres respetados e intocables, porque cavaron los
mejores y más ricos. Los Berikal-la no abrimos los pozos para nosotros, los
entregamos a la humanidad para que se sirva de ellos”[60] “Los Berikal-la son gente muy religiosa que abren los
pozos para que la gracia divina del agua se extienda a personas y animales muchos
años después que el alumbrador del pozo haya desaparecido”[61] "Dicen
venir de Yaakob uld Abdala Ebnu Hassan con una genealogía de sabios y poetas, sobre
todo el famoso Chej Mohamed el Mami escritor de infinidad de libros entre ellos el
Chej Jalil, una poesía de 10.000 versos. Trató muchos temas: astronomía, geografía,
gramática, poesía o religión. Esta tribu ha excavado la mayoría de los pozos del
Tiris. En la actualidad existe una zawiya instalada en Nuadibú -Zawiya Chej Mohammed
el Mami- que ha reunido todos los escritos del sabio para su publicación"[62].
Chej Berikal-lah, el fundador de la tribu, participó en la
guerra de Char Bubba con Nacer Eddin y según la tradición, a los tres días se retiró al
presenciar la crueldad con que los combates se desarrollaban. Dicen que el mayor impacto
se lo causó un hombre de su misma tribu que abrió el vientre de una mujer encinta y le
sacó el niño que lloraba. Marchó entonces hacia la región de Tuat, en Argelia, dejo allí
su familia y emprendió la peregrinación a La Meca, donde conoció a un hombre santo que
le aconsejo instalarse en Egeida (a unos 100 km al sur de Dajla y al norte de San Luis).
A la vuelta de La Meca plantó sus tiendas en esa tierra e inició la labor de alumbrar
pozos por toda la región del Tiris.
Volvemos al poblado con dificultades parecidas a las de la ida y
nos acoge el cacique, Ahmed Baba, un hombre de mucha baraka , que nos ha
acompañado en su Land Cruiser con un par de muchachos negros (esclavos o ex-esclavos)
subidos en la rueda de repuesto trasera.
Su misión, empujar cuando el coche se clava en la arena, cosa que
sucede con frecuencia. En una curva, uno de ellos sale despedido dando volteretas sobre la
arena. Paramos, lo recogen, le sacuden la arena y vuelta a su difícil asidero. En casa de
Baba nos agasajan con una comida: más jarretes de cabra comidos de moscas y llenos de arena,
picadillo de lo mismo en su grasa, ambas capaces de revolver el estómago más férreo. Cuando
ya estamos dispuestos a la marcha, después de hacerle una sesión de fotos al anfitrión, que
se ha vestido para la ocasión, vuelven a sacar otras dos bandejas de jarretes y costillares.
Parece que la costumbre es que, cuando el invitado anuncia marcha, hay que darle de a comer
para el camino. "Come beduino, porque solo Dios sabe cuándo volverás a hacerlo". Salimos del
trance como podemos, mascujando varias veces el mismo trozo de carne reseca. Por fortuna el
té mauritano, obligado tras la comida, es breve y de una sola toma.
A mitad del trayecto que nos devuelve a Nuakchot, se revienta la
rueda trasera derecha. El Uali Aidara, que conduce alocadamente, ha tenido la habilidad
de pasarle por encima al único trozo de chatarra que había en la pista. Estamos sin
cobertura de teléfono y sin rueda de repuesto, por lo que decidimos ponernos a hacer té
bajo una talja espinosa. Cuando, al cabo del rato hay cobertura, llamamos a Nimjat y
viene, después de un par de horas, un coche que nos coloca su rueda de repuesto,
ligeramente mayor de diámetro que la del nuestro y con un tornillo de fijación menos.
Así logramos llegar a Nuakchot ya de noche. Hay un control especialmente exhaustivo a la
entrada, parece que ha habido un atraco o algo parecido, nada político, según nos dice
la policía. Nos hacen bajar del coche y entrar en la "oficina", un chamizo de bloques
sin revestir con techo de chapa metálica e iluminación de una lamparilla de gas. Dos
gendarmes yacen en sendas esteras en el suelo mientras calientan la tetera en un
fueguecillo de butano. El tercero toma nota de nuestros nombres y pasaportes en un
grueso libro repleto de letras apretadas como patas de mosca. Esa es toda la formalidad
que el caso requiere. Cuando se hartan de hacernos esperar nos dejan partir.
Llegados a casa de nuestros pacienzudos anfitriones, una ducha
después de tres días sabe a gloria. La ducha es elemental: una alcachofa en el techo que
dispara el agua en todas direcciones y un agujero en el suelo que sirve de desagüe y
para el resto de menesteres, pero es agua corriente y eso es un lujo. Nuestros
anfitriones, que son gente de posibles, tienen una cisterna que llena un camión
periódicamente y un motor que sube el agua a un depósito en el techo. No hay otro tipo
de abastecimiento de agua ni alcantarillado.
El reposo, después de nuestra breve
aventura, es reparador. Nuestros amigos roedores dan vueltas sin cesar buscando restos
que no encuentran. Nuestra ausencia se ha hecho sentir.
TRANCO XIII
Nuakchot
6. Febrero. Miércoles.
El concierto en Re de Tchaikovski me reconcilia con la humanidad
mientras digiero el parco desayuno y nuestros dos compañeros, Sidelkom y Mohamed hacen
el primer té de un día que se presenta tranquilo. El té a la manera saharaui es
ceremonia que templa los nervios y llama a la calma. Los tres vasos sucesivos pueden
llevar varias horas, lo que permite una relajada conversación. Tomamos gofio disuelto en
leche, una bebida alimenticia importada de Canarias, a base de harina de trigo o cebada
tostados. Sidelkom se ha provisto de un saquito para casos de emergencia. Los saharauis
la aprecian mucho desde la época española. Un puñado de gofio amasado con leche y unos
cuantos dátiles son alimento suficiente para pasar el día.
Hacemos cuentas. Según parece las reservas económicas se han
reducido mucho y con ellas nuestras perspectivas, pero ninguno se atreve a planteárselo
a Mrabbi, que vive ajeno a cuanto se refiera a cosas materiales. Tiene la teoría de que
el asunto económico no es cosa suya y que el dinero con el que partimos debe bastar
largamente para todo el viaje, pero la organización es tan catastrófica que se gasta de
forma descontrolada.
Mientras Mrabbi lleva el coche a que le arreglen las ultimas
desdichas que le han afectado y busca una rueda de repuesto en condiciones, Sidelkom, en
la tranquilidad de la habitación comunal, me cuenta sus peripecias: maestro coránico en
Tifariti, el POLISARIO se lo llevó a finales del 75 y estuvo dando clase en varios
campamentos, siendo controlado como poco afecto al régimen hasta que en el 1988 desertó.
Partió a pie hacia la zona marroquí, en una noche de marcha guiado por las estrellas en
la que cubrió 50 km. En los campamentos dejó a su segunda mujer. Desde entonces vivió en
Aaiún, después de prestar la necesaria Bai’a al monarca, enseñando el Corán hasta
que se retiró hace un par de años a Sidi Caçem, donde vive con su tercera esposa y parte
de los 13 hijos que entre todas le han dado, sin más ocupaciones que la de procurarle la
baraka a los que, afligidos por enfermedades y desdichas, acuden a pedírsela. Es
un hombre con gran predicamento en su vecindario.
Son las 4 de la tarde cuando empezamos a comer en ausencia de
Mrabbi, afanado en la reparación del coche. Mientras reposamos, nuestros amigos
ratoncillos se pasean sobre Sidelkom que ronca plácidamente en medio de la sala.
A las nueve de la noche llama Mrabbi. Nos espera en casa del
historiador Tal Bajiar uld Mamina para de allí dirigirnos a casa de Chej Othman uld Chej
Abi Al Maahari, Consejero de la Presidencia y líder del partido al-Fadila que
quedó en cuarto lugar en las últimas elecciones presidenciales. Nos llevan a una sala
con 50 sitiales donde esperamos hasta que llega el dueño media hora después. Subimos al
piso superior donde unos sirvientes negros de constitución hercúlea y pies como palas de
aventar nos sirven una ensalada, los ya conocidos jarrones de cabra añeja y un
maru con carne riquísimo.
Acabada la cena, volvemos al piso de abajo donde Mrabbi ha
preparado una entrevista que grabamos a cámara fija. Le hago preguntas al anfitrión y él
me responde con otras. Es un santón con ascendientes muy venerados. A las 12 de la
noche, regresamos a casa.
Por la mañana, descanso general y té mientras arreglan la rueda
del coche y los últimos alifafes que le han ido saliendo a lo largo del camino.
Acompañado de Sidelkom nos encaminamos al zoco local con el Wali Aidara en su
destartalado Mercedes con todos los pilotos de emergencia encendidos reclamando una
urgente visita al taller. En el mercado hay una notable acumulación de gente. En
pequeños tugurios se vende de todo, en un lado la ropa de hombre, en otro la de mujer,
en otro zapatos. No apetece comprar nada, porque el sistema es meterse en una de esas
que pueden llamarse tiendas, sentarse en el suelo con el/la dependiente, que suele estar
tumbado/a en una estera y comenzar el trato. Las mujeres siempre envueltas en sus
melkfas que solo permiten ver el rostro.
Después de comer, partimos hacia el enterramiento de Nur-al-Din,
el héroe de la guerra de Char Bubba, a 95 km. por la carretera de Rosso, sufriendo los
tediosos controles de policía. A la vuelta, después de una ducha reparadora, vamos a
cenar a casa de Tal Bajiar, que nos ilustra sobre la guerra de Char Bubba con otro
doctor que aparece más tarde, Hamaoullah Salem. Dos eruditos conocedores del tema cuya
conversación resulta muy interesante. Nos acompaña la mujer de Tal Bajiar. El servicio
recae en dos muchachitos de unos 12 años que, acabada la cena acuden a recostarse en un
extremo del sofá y se quedan dormidos. Nos cuenta Mrabbi que son huérfanos que tienen
prohijados para darles educación. Él , amigo -y pariente- de ambos, no se acerca a
saludar a la señora ni a llegada ni a la partida. Yo lo imito. Terminamos a la 1,30 de
la madrugada. Durante el recorrido hasta la casa, caótico como siempre, vemos los
comercios abiertos y mucha animación por la calle. La gente vive de noche.
Quedamos en buscar un guía para salir mañana temprano.
Cambio de planes. El poeta, Ameddu uld Abd el Kader, que está en
Rosso, vuelve mañana y está dispuesto a acompañarnos a Walata.
La inactividad hace el viaje más pesado. Durante el camino no
hay tiempo para pensar, pero los días de descanso se hacen insoportables. Lo dilatado de
la ceremonia del té saharaui tiene su explicación. Turandot me ayuda un poco, pero el
viaje comienza a hacerse pesado y me estremece pensar lo que todavía falta. Reparamos en
un lagarto de mediano tamaño que sale por detrás de la tele, atraído sin duda por las
noticias de al-Yazira.
A las 4, hora de la segunda comida (la primera, que nosotros nos
saltamos habitualmente es entre 11 y 12), Mohamed, el fiel boy, nos sirve unos pollos
rellenos de hierbas con patatas fritas. Sobremesa yaciente. Los Recuerdos de la Alambra
pegan bien con el ambiente, aunque incrementen la melancolía.
A las 21,30 llega la cena: pescado con verduras. Mrabbi ha
quedado con su cuñado Sidati para cenar en su casa y no les ha dicho nada a los de la
casa, lo que supone que hay que cenar aquí y luego allí.
Sidati uld Mohandi uld Chej Mrabbi Rebbu, primo de Mrabbi y
casado con su hermana Buha, es un hombre agradable y educado que habla un francés
excelente y con el que mantengo una larga conversación. Tiene rasgos caucásicos y la
piel de un negro azabache. Me contó Mrabbi que muchos Cheik tomaban, la final de su vida
esposas o esclavas negras, por lo que algunos de sus últimos descendientes eran de ese
color, lo que no impide que se llevaran bien con los hermanos más blancos. No distinguen
a los negros por el color, sino por las facciones. Negros son los de rasgos negroides,
mientras que los de rasgos caucásicos, por negra que sea su piel, son considerados
blancos. No existen hijos ilegítimos, todos tienen la misma consideración que los
nacidos de las mujeres "legítimas". El concepto de "blanco o negro" igual que el de la
procedencia, es exclusivamente patrilineal: el hijo de blanco es blanco, aunque la madre
sea negra y viceversa. La línea de descendencia es exclusivamente masculina, de ahí el
"uld" o el "ben": Fulanito de Tal, hijo de, hijo de, hijo de. La madre no figura en la
genealogía, salvo en casos especiales de los grandes jeques.
En la sobremesa me hablan del Islam, la única doctrina cierta.
El resto de la humanidad se empecina en el error. Yo, que he confesado desde el primer
momento mi falta de creencia, soy bien recibido y mi talante -según dicen-, me coloca a
escasa distancia de ser musulmán. En casa de Sidati, cuya cocina poblada de atareadas
mujeres siempre veladas vislumbramos al pasar, nos dan una cena fastuosa a base de
pescado frito, y maru con Corbina y verduras, todo regado con un licor parecido a
la sangría llamado Bisam, hecho con las flores de una planta de la familia del
Ibiscus que crece a orillas del Senegal. Se cuece y se bebe el agua de la cocción fría y
azucarada al gusto. Le atribuyen propiedades digestivas y terapéuticas. Es lo que en
Egipto se toma a modo de té y le llaman carcadé. Es una comida exclusivamente
para hombres. Las mujeres permanecen atareadas en la cocina o en sus aposentos.
Al día siguiente, esperamos entre té y conversación, a que
llegue Amedu. Cuando por fin llama, son las 2 de la tarde y el dueño de la casa dice que
tenemos que comer y descansar. La hospitalidad mauritana es muy de agradecer, pero
ligeramente empalagosa.
Comemos a las tres y media y el poeta, Ahmedu uld
Abdelkader de la tribu Idab Lahasen aparece a las 4. Charla y discusión sobre
el posible itinerario. Nos dice que ya se ha hecho tarde y que mañana será otro día, que
en el Sahara no hay que tener prisa, la prisa acaba matando.
Aprovechamos para ir al zoco de nuevo con la intención de
comprar unas sandalias, pero se me revuelve el estómago ante el panorama y después de un
conato de trato, abandonamos. Compartimos el destartalado taxi de vuelta con una señora
que lo paga al enterarse de que somos Ma el Ainin en misión religiosa. Vemos en la
televisión de la casa lo grabado en los últimos días, que no está mal. Las fotografías
corren de mi cuenta. Mi maquina es elemental pero suficiente. Gracias a ella
conservaremos toda la documentación gráfica de los morabitos visitados.
De cena, una parca ensalada para
estar ligeros mañana. Hemos quedado con el poeta para salir rumbo a Butilimint y visitar
la tumba del Djin y otras en el camino. Es la primera vez que oigo hablar del Djin, un
ser fantástico de la mitología semítica por el que más adelante sentiría gran
interés.
TRANCO
XIV
10. Febrero. Domingo.
Emprendemos viaje
a las 6,30 de la mañana, después de recoger a Ahmedu que nos espera en su casa
obsequiándonos con la tradicional leche de camella. Tomamos la carretera después de
"bautizar" el coche con la misma leche. Es un signo de buena suerte imprescindible al salir
de viaje. La mañana es fresca y a estas horas el desierto se aparece en toda su desoladora
belleza. A la vista solo se ofrece alguna destartalada cabaña o un pastor que arrea a una
punta de camellos. La soledad de las arenas excusa cualquier conversación. A estas alturas
del viaje, el cansancio comienza a hacer mella en el ánimo y el silencio es un buen
reconstituyente. Hemos visitado unos cuantos "santos" y confiamos en visitar otros tantos,
con lo que el objetivo que nos propusimos está razonablemente cubierto, pero el viaje es
algo más. Es un espacio que invita a la reflexión. Hemos visto gente de costumbres y formas
de vida diferentes. Hemos comprobado de primera mano -diría que en nuestras carnes- las
diferencias que existen entre los hombres sin más razón que la zona geográfica de su
nacimiento que los encadena, quizás de por vida, a una cultura, a una forma de pensamiento y
a unas creencias de las que difícilmente se alejarán. Un mundo muy distante de nuestro
bienestar, con frecuencia poco reflexivo, donde la vida es dura y el porvenir incierto.
Puede que eso explique el hálito religioso que todo lo envuelve. Es una religiosidad de
manifestaciones externas que difícilmente podremos averiguar hasta qué punto cala en la
espiritualidad de cada uno, pero que dirige claramente toda actividad social. El Islam es
una fuerza poderosa. Nuestro interés es puramente historicista y académico pero difícilmente
puede mantenerse alejado de lo religioso que impregna la vida del musulmán. Nuestros amigos
lo saben y respetan nuestra posición agnóstica. El Islam tiene, curiosamente esa vertiente
permisiva y respetuosa, siempre que no se cuestionen sus principios. Nos movemos entre
permanentes contrastes. Los que venimos de otros mundos culturales estamos acostumbrados a
"la globalización", pero es difícil llegar a una conclusión sobre la bondad o perversión del
término. Aquí tiene poco sentido. Este es un mundo poco global, encerrado en sí mismo
alrededor de verdades incontrovertibles heredadas de su tradición.
Proseguimos viaje
para visitar dos cementerios, el de las Tres Santas y Sidi Falli, de Ulad Daiman. Paramos a
comer a 90 km de Nuakchot en un lugar conocido como Bucafa, cochambroso y lleno de moscas y
desechos. Nos sirven un arroz con carne y arena en el que solo meto los dedos por elemental
cortesía.
Pasando por Aleg
pinchamos una rueda. Descargamos los bártulos y nos disponemos a cambiarla. La rueda de
recambio, además de no tener aire, lleva una llanta diferente a las del coche. Hay que
cambiar la cubierta a una de las otras cuatro. Nos indican un taller donde se comprometen a
hacer la operación. Para elevar al coche disponen de un sistema de palancas de madera y
materiales de desecho rudimentario pero eficaz. Dos "mecánicos", morenos y jóvenes, estudian
el problema sentados junto a una bandeja de té y por fin aceptan el trabajo y el precio,
tras un laborioso regateo con Sidelkom. Me estremece pensar que hemos hecho todo el trayecto
sin rueda de repuesto.
Nos recomiendan
un chamizo cercano donde aguardar a que termine la operación. Es un lugar agradable a
resguardo del sol. Una carpa de armazón metálico y retales multicolores sobre una plataforma
de hormigón anti-serpientes. Sacamos los trastos y nos disponemos a hacer té. Un paisano se
acerca a platicar con nosotros e intercambiar noticias por té. Hace cuatro días allí mismo
-nos señala un edificio un poco más lejano- frente a una especie de restaurante-bar-hotel
que aún guarda las señales de los disparos, ametrallaron a tres turistas franceses. No se
sabe cuáles fueran las razones. El comando no era de por aquí, a lo mejor terroristas o una
venganza. La policía se llevó los cadáveres y no se ha vuelto a saber de ellos, un hombre y
dos mujeres. La vida sigue como si tal cosa. Se está haciendo de noche cuando acaba la
operación de la rueda, pero ni se nos ocurre buscar posada en el lugar, así es que volvemos
a la carretera con el riesgo que entraña viajar de noche. Las manadas de burros que circulan
sueltos tienen una extraña predilección por el asfalto que mantiene cierto calorcillo por la
noche. Hay que circular con precaución. Es habitual encontrarlos cómodamente recostados en
medio de la carretera.
Llegamos a media
noche a Kiffa y nos alojamos en un hotel de aspecto europeo, dentro de un pequeño oasis. Nos
parece carísimo.
Ahmedu se despide
de nosotros para reintegrarse a los asuntos que lo han traído a Kiffa. Su compañía ha sido
un regalo y sus divertidos relatos sobre los Djins del Imirikli darán lugar a un libro para
jóvenes escrito al alimón con Marisa López Soria[63].
Después de una
noche plácida y reparadora, salimos temprano rumbo a Nema. Paramos antes de Aiún el Atrus,
entre las dunas, para una colación ligera a base de gofio y té de Sidelkom y nos alcanzan
unos chicos catalanes con aspecto de excursionistas primerizos que durmieron anoche en el
hotel y van a Níger con dos furgonetas cargadas de chiquillos. ¡A saber dónde acabarán estas
criaturas!
En el control
siguiente, los guardias, se aperciben de que no llevamos seguro (sacamos uno al llegar pero,
o ha caducado, o no se lo dieron a Sidelkom o vaya usted a saber). El amable agente que ha
detectado la carencia nos lleva a una aseguradora de un pariente para formalizar los
trámites y poder continuar. Más ugias al canto, todo se arregla a base de ugias.
A unos 25 km de
Nema, ya oscureciendo, tomamos una pista que después de 20 km de acacias espinosas que
amenazan de continuo con cerrarnos el camino, nos lleva al campamento de otros parientes,
los Beni Baba. El lugar, de construcciones elementales de adobe y chamizos parece desierto,
pero enseguida comienza a poblarse de sombras fantasmales cada una con su linterna de carga
solar. Se dan a conocer los compañeros y aparece el Chej, Turad uld ben Adrami (Babba) uld
Chej Mohamed Fadel, tuerto de un ojo y medio ciego del otro que nos saluda ceremonioso sin
distinguir a tirios de troyanos y nos conduce a la chabola de recepciones donde, en nuestro
honor, encienden una escuálida vela y nos regalan con la tradicional leche servida en
pringosos vasos de plástico decorados profusamente de cagadas de mosca.
Después de dos
horas de espera en las que, al amor de las interminables conversaciones y del calorcillo
lleno de vapores corporales que impregna la estancia, me quedo durmiendo varias veces y soy
despertado discretamente por Mohamed Maelainin cuando empiezo a roncar, cosa de vidente mala
educación. Al cabo del rato nos sirven un arroz blanco con carne de cabra. Más
conversaciones, más cabezadas, hasta que ya cerca de la una de la madrugada sacan el cuscús
de cebada y una pata de camello. A esta segunda cena ya no hay que hacerle tantos honores.
Dormimos en la
sala común, sobre las mismas colchonetas en las que hemos caído a la llegada, en medio de la
oscuridad solo matizada por la escuálida vela del rincón. Sólo abandonamos la estancia para
aliviar las elementales necesidades en un agujero que las deglute con voracidad, detrás de
una tapia.
TRANCO XV
Nema-Walata
12. Febrero. Martes.
Al alba, un
moderado desentumecimiento y salimos a otear el panorama. Las rusticas edificaciones de
adobe sin revestir se esparcen en medio de la arena roja y entre ellas circulan pequeños
grupos de cabras, borriquillos enanos y alguna vaca despistada que busca la difícil pitanza
entre la gente. Bandadas de gallinas escarban afanosas a la búsqueda de un gusano
desafortunado. Frente a nuestra casa un matarife degüella entre un enjambre de moscas, sobre
el tocón de un árbol, una cabra añeja sin duda destinada a nuestro agasajo.
Comienzan a
llegar parientes que nos acompañan en el desayuno de leche y té hasta que el sol del
amanecer, benigno y suave, comienza a hacerse enfadoso. Los niños descalzos y con el culo al
aire van asomando sus caritas morenas y curiosas a la vista de estos nazarani que les resultan extraños.
Con Walata,
Chinguetti y Azugui, Nema es de las ciudades que ha sobrevivido al embate del tiempo de
entre las más de veinte fundadas por los Banu Hassan a partir de su llegada a la zona en el
S. XIII. Es la capital del Hod Oriental y del departamento de su mismo nombre, reuniendo una
población de unas 200.000 personas. Los habitantes son mayoritariamente de ascendencia
árabe, aunque hay núcleos de población fulani y bambara. Es un punto de paso para Mali y
ruta caravanera hacia Walata.
A las nueve de la
mañana aparece el boy con la jofaina de plástico y la tetera a
juego para el lavatorio de manos que anuncia la comida: jarretes y costillas de la misma
cabra que hemos visto desollar de madrugada, en un estofado con patatas que resulta
extemporáneo y sabroso.
El ritual de la
comida siempre es el mismo: el sirviente deposita, sobre un mantel en el suelo una gran
fuente con el condumio, generalmente los jarretes y costillares descritos. Luego se
acuclilla junto a ella y con una primitiva navaja que saca de algún ignoto pliegue de su
escasa vestimenta y va cortando pedazos de carne que reparte entre los comensales. Cuando
estos se consideran saciados, se retiran ligeramente, manteniendo en el aire sin tocar cosa
alguna, la pringada mano derecha con la que se han servido ayudados de trozos de pan
repizcados del común. El boy, cuando todos
han terminado, engulle discreta y apresuradamente los trozos de carne sobrantes. Luego pasa
de nuevo el servicio de lavatorio para manos y boca.
Acabado el
ceremonial, salimos en dos coches para visitar el morabito de Mohamed Fadel, que representa
el hito final de nuestro viaje. Está situado a unos 50 km al SE. de Nema, pasando
por una difícil pista entre taljas espinosas y trampas de arena. La comitiva se ha ido
engrosando con otros coches cuando se ha corrido la voz de nuestra presencia. Se trata de un
famoso lugar de peregrinación. Mohamed Fadel uld Mamina es el fundador de la gran tribu que
se extiende por Mauritania, Senegal y Mali que también incluye la de su hijo Chej Ma El
Ainin ubicada básicamente en lo que fue el Sahara Español.
Al llegar por fin
al morabito la caravana se compone de cinco coches. Se procede a los rezos y abluciones de
rigor. Mrabbi deja junto a la tumba, como exvotos, unos cuantos libros editados por su
fundación y Mohamed Ma el Ainin la fotografía de una nieta que tiene con un ligero retraso,
logrando así el objetivo fundamental de su viaje que se nos desvela por fin. El santo sabrá
proceder de la forma más conveniente.
Chej Mohamed
Fadel uld Mamina fue uno de los personajes más importantes en la historia reciente de las
tribus del Sahara, tanto por la suya cuanto por las de sus sucesores, especialmente sus
hijos Chej Saad Buh y Chej Ma El Ainin, el último de los grandes fundadores de tribus del
Sahara Occidental.
Su vida
transcurrió nomadeando por toda la zona del Hodh, al norte del río Senegal. Pertenecía al
Ahel Taleb el Mojtar, fracción Taleb Mohamed considerado descendiente de los cherif idrisies
y se ufanaba de poder contar las 35 generaciones que lo separaban de Alí, yerno del
Profeta[64]. Su ascendencia pasa
por Sidi Iaia, un importante personaje de los Chorfas que poblaron el Sahara, conocido por
El Tadli (el grande) que vivió hacia el S. XIV y fue el fundador de una serie de linajes
nigerianos de gran prestigio.
El Chej nació
hacia 1780/1194, destacando por sus cualidades y estudios que, según la tradición hizo con
Sidi Mojtar el Kunti, seguidor de la cofradía
Quadiriya de la que había hecho una
derivación, La Mojtaria, de la que se
separó a su vez Mohamed Fadel creando la suya propia,
La Fadelia.
Tuvo una familia
de cuarenta y ocho hijos y cincuenta hijas, llevó una vida llena de piedad dedicada al rezo,
al cuidado de sus rebaños y al comercio caravanero. Compuso varios tratados de teología,
aunque progresivamente su prestigio y el poder alcanzado por su cofradía fue despertando los
recelos de los Kunta hasta el punto de que tuvo que emigrar hacia occidente durante unos
años para evitar el conflicto armado, al cabo de los cuales pudo regresar. Su hijo Chej el
Jalifa fue su lugarteniente y consejero durante esos tiempos de tribulación, mientras otro
de sus hijos, Chej Saad Buh se instalaba en el Adrar Sutuf y más tarde entre los Traza. Otro
de sus hijos, Sidi El Jeir se quedó en Walata, Hadrami en el sur y Chej Ma El Ainin fue
enviado al norte, quizás la zona más pobre y desértica, pero que habría de convertirlo en el
más famoso de todos ellos y el que tendría, por derecho propio, un relevante lugar en la
historia del Sáhara.
El morabito donde
reposa Chej Mohamed Fadel es de considerables dimensiones bien cuidado por sus familiares y
deudos, al frente de los cuales se encuentra el Chej Turad uld Ben Adrami (Babba),
Uld Chej Mohamed Fadel.
Dicen que la
arena que el viento acumula en el interior de la construcción, bajo el túmulo cubierto de
telas preciosas, está bendita por la proximidad del santo y tiene poderes taumatúrgicos.
Muchos visitantes guardan un puñado para colgarlo del cuello de los animales enfermos,
tradición que recoge Emile Dermengheim en su obra
Le culte des saints.[65]
Intentamos salir
para Walata, pero los parientes del Chej se empeñan en regalarnos con otro refrigerio,
afortunadamente leve esta vez. Cuando por fin nos ponemos en marcha, nos damos cuenta de que
no tenemos agua ni pan y desandamos lo andado para comprar provisiones y a las 4 de la tarde
por fin tomamos rumbo a Walata. Es una pista con tramos muy malos de arena donde nos
atascamos varias veces. Nos faltan unos 20 km. para llegar cuando empieza a oscurecer, pero
entonces hay que pararse para hacer té y rezar, así es que el último tramo lo cubrimos de
noche y con muchas fatigas. La pista, en medio del desierto, es difícil de seguir. Llegamos
ya de noche a las primeras construcciones de Walata. Comenzamos a dar vueltas por el pueblo
invadido de arena hasta que damos con el puesto de la gendarmería. Después de hacernos
esperar una hora, se quedan con los pasaportes y nos dicen que volvamos mañana a por
ellos.
Aprovechamos para
documentarnos sobre Walata recurriendo al magnífico libro Las ciudades perdidas de Mauritania[66], y
averiguamos que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en ese mismo año. Su leyenda
fundacional se remonta a la época Omeya y en concreto a Uqba ben Nafi, de los Banu Firi, un
clan conectado con los quraisies, que inició la conquista del Magreb imponiendo la fe
islámica en toda la zona que abarca hoy en día el oeste de Argelia y parte de Marruecos.
Constituye un punto de encuentro entre el mundo arabo-bereber y el mundo negro, por lo que
su espectro cultural es una mezcla de ambos, mientras el político ha ido cambiando en
función de las vicisitudes del territorio, hasta que en 1942/897, después de una serie de
conflictos religiosos fue separada de Mali y anexionada a Mauritania. Ibn Batutta visitó la
ciudad en 1352/753 y cuenta que estaba habitada por bereberes masufa. La ciudad sufre un
acelerado proceso de deterioro y la arena del desierto va apoderándose lentamente de los
muchos edificios en ruinas. La mezquita, alrededor de la cual se extiende la ciudad como es
costumbre en todas las del Islam -igual que en la cristiandad alrededor de iglesias o
catedrales-, se ha derrumbado varias veces y otras tantas ha sido reconstruida. Se yergue
sobre las ruinas de las antiguas, siguiendo la antigua tradición mauritana de edificar una
nueva casa cuando la antigua es sepultada por la arena. Otra de las peculiaridades de las
casas watasies es que servían también de almacenes para las mercancías que eran el objeto de
transporte de las caravanas, lo que explica la ausencia casi total de ventanas y los altos
muros con aspilleras que protegen las terrazas.
La característica
de las viviendas watasies es la decoración profusa que se muestra en especial en la entrada
de la casa, tarea encomendada a las mujeres, generalmente con motivos cruciformes que
encuadran piedras lustrales usadas para las purificaciones rituales[67].
Dormimos en un
albergue sin agua ni luz. Es una gran explanada preparada para que los turistas puedan
plantar las tiendas, rodeada por un muro al que se adosan pequeños habitáculos abiertos a la
plaza. En las fotos, la ciudad es muy bonita, con sus típicas construcciones de almagra
decoradas con pinturas murales, vista de cerca es otra cosa. Arena y suciedad por doquier.
Para colmo, la rueda de repuesto que colocamos en lugar de la buena amanece pinchada.
Sidelkom el paciente, dice que todo va bien, Hamdulilá y gracias a Dios. Saca su Corán y se
sumerge en la piadosa lectura.
El periodo más
floreciente de Walata tuvo lugar en el S.XV con la llegada a la ciudad numerosos sabios
procedentes de Tombuctú huyendo de los desórdenes y de la guerra. Entre ellos se encontraba
Sid Ahmed al-Bakai, nacido en la Sakia el-Hamra (la acequia roja que dejamos en Aaiún,
cuando visitamos el palmeral de Lemseid, propiedad de la familia Ma el-Ainin).
Vienen los
policías del control a buscarnos. Llegamos a la sencilla garita en que se encuentran
instalados y, después de media hora de conversación con Mrabbi, nos devuelven los pasaportes
y salimos en busca de la tumba de Sidahamed el Bakai, el padre de los Kunta. Es un morabito
sencillo, de adobes, como todas las edificaciones de la ciudad. Nos advierte un amable guía
que según dice lo fue también de J. Corral, el autor de otro magnífico libro sobre la
zona: Ciudades de las caravanas[68], de que no nos acerquemos
demasiado.
El morabito
está situado al norte de la ciudad, en la
vertiente opuesta al poblado, separado por el cauce que discurre al pie de la montaña, en el
lugar que según la tradición pasó su primera noche en la zona. Es cuadrado y rudimentario,
de atobas revestidas de arena roja y lugar de incesantes visitas, pero vedado rigurosamente
a los no creyentes, que no deben traspasar siquiera el cauce seco. Cuando nos acercamos al
cauce, desde la otra orilla, los fieles que se encuentran en el morabito nos hacen
expresivos gestos señalando la garganta de que nos retiremos, lo que hacemos muy gustosos.
Nos contentamos con el documento gráfico de nuestro buen amigo Mahayup Salek que en su día
sí tuvo acceso al morabito.
Sidi Ahmed
al-Bakkai, fue hijo de Sidahamed el Kunti, el fundador o uno de los ancestros de la tribu
Kunta. Proporcionó un periodo de gran esplendor a la tribu de los Kunta[69]. Según esa
tradición, murió a la edad de 100 años, en 1514/920. A finales del siglo XV o principios del
XVI habría llegado a Walata procedente de la Saquia el Hamra, huyendo de desórdenes o en
busca de tierras vírgenes que evangelizar. Según la leyenda, llegó a la ciudad de noche, y
se detuvo a acampar en la rambla, donde abundaban leones y leopardos que no le atacaron.
Hizo su entrada en la villa a la mañana siguiente entre grandes aclamaciones. Las gentes
atribuyeron a algún procedimiento milagroso que hubiera podido sobrevivir en medio de
aquellas fieras.
Acerca de su
sobrenombre al-Bakkai, “el lloroso”, se dice que, tras haber olvidado cierto día una de sus
oraciones, lloró de arrepentimiento el resto de su vida expiando su falta. Camille Douls en
su libo Il Finto musulmano[70],
relata que oyó hablar de él como “el hijo de un gran sheriff del Adrar”.
Proponemos dar
una vuelta por el pueblo, reparar la rueda y comprar agua. Cuando nos damos cuenta, el coche
que al parecer ha adquirido vida propia, corre velozmente por la pista de vuelta a Nema. Nos
clavamos varias veces en la arena, alguna de ellas con malas perspectivas. Con penas y
fatigas, descargando el coche, deshinchando un poco las ruedas y empujando, logramos salir
todas ellas.
Hemos recorrido
unos 25 km cuando se acaba el gasoil del primer depósito y tenemos una avería eléctrica que
impide funcionar al segundo así es que nos quedamos tirados a las 11 de la mañana en medio
del desierto bajo un sol implacable. Por suerte vamos provistos de una garrafa de 10 litros
de agua para el imprescindible té, amén de gofio y frutos secos. Me acuden a la imaginación
las lecturas de personajes perdidos en el desierto y rescatados al cabo del tiempo después
de haberse comido las suelas de los zapatos y bebido el agua escasa de las raíces de las
plantas. A las 6 de la tarde pasa el primer coche, cuyo conductor nos dice que a media tarde
salió un transporte de Nema que nos puede proporcionar gasoil. No hay más remedio que
esperar.
Aparecen en
escena, simultáneamente, un pastor que surge de la nada y el coche de transporte anunciado.
Al primero, Sidelkom le encarga cabrito después de un laborioso trato. El hombre desaparece
en la lejanía y vuelve al cabo del rato con el animal, algo renuente, de reata. Al segundo,
que va en dirección Walata, gasoil. Mohamed Ma el Ainin, con un bidón, se va con ellos para
el encargo que llevará sus buenas dos horas. Mientras unos matan, desuellan y trocean al
bicho, los demás recogemos leña por los alrededores.
Cena alrededor
del fuego sobre el que se ha cocinado el animal. A las 12 de la noche nos ponemos en marcha
para Nema. Son las tres de la mañana cuando encontramos un sitio adecuado para dormir cara a
las estrellas, a las afueras del pueblo. Bendito saco, hace un frío que
pela.
TRANCO XVI
Nema-Nuatchott
14. Febrero. Jueves.
El amanecer en el
desierto nos encuentra sobre la mullida arena roja empedrada de cagadas de vaca, camellos y
cabras. En la oscuridad de la noche, habíamos elegido la vecindad de un pozo que está
rodeado de una extensa porción de tierra llena de excrementos de los animales que aguardan
turno para beber. Eso hace que cuando las lluvias llegan -que tarde o temprano llegan- los
microorganismos sean arrastrados por el agua contaminando el pozo.
Dormir en el
desierto es una experiencia impactante que descubrí hace ya años en el Tiris, en mi primera
excursión a la tumba de Chej el-Maami. La oscuridad cae rápidamente y de pronto ya es noche
cerrrada. Hay que recurrir a las linternas si no se ha encendido fuego. Hacia media noche,
como si se descorriera un telón gigantesco que mantenía las estrellas ocultas, aparecen en
todo su esplendor. El viajero que reposa, el rostro contra el cielo, se siente invadido por
su propia pequeñez y se pierde en reflexiones acerca de la belleza y profundidad de ese
mundo sobre el que con frecuencia se pasa de forma inconsciente. Momentos así son
suficientes para llenar de contenido el viaje.
Mis compañeros,
como cada mañana, rezan piadosamente genuflexos sobre la blanda arena, luego salimos hacia
Nema en dirección a Kiffa. Paramos a reparar la rueda y a tomar un parco desayuno de
nuestras alforjas en uno de los pueblos que atravesamos de tarde en tarde.
Concluida la
operación con éxito, viajamos durante todo el día por la carretera que atraviesa el
desierto, salvo un pequeño alto para un poco de leche y té, hasta llegar al mismo hotel de
Kiffa donde estuvimos hace tres días, El Emel (la esperanza). Una ducha, una rápida colada y
el mundo parece diferente. Las habitaciones están organizadas alrededor de un patio central,
lo que le da un aire de motel americano. Lástima que la escasez de agua y la abundancia de
arena impide cualquier conato de verdor. Una talja raquítica sobrevive en el centro del
patio, junto a un banco de colorida cerámica. Este es un lugar privilegiado en medio del
secarral. Estremece pensar cómo viven los que, ni de lejos, tienen acceso siquiera a este
mediano confort. Por supuesto, no hay cobertura telefónica y la corriente eléctrica, a base
de generadores, no siempre funciona.
Salimos en
dirección Nuakchot y después del medio día llegamos a Sangrafa. Es el desvío para Tyjicha,
el palmeral en el que fue asesinado Coppolani. Hacemos alto en un chamizo cubierto con
retales de tela, lugar de reposo para viajeros, y Mrabbi contacta con alguien por teléfono
que le informa de que hasta Tyjicha nos quedan 260 km. con algunos trozos de pista en malas
condiciones. El palmeral, según las referencias, podría ser interesante, pero la dificultad
es demasiado grande. Tyjicha (تجكجة), la capital de la región de Tagant, fundada en 1680,
tiene una población de alrededor de 6000 habitantes. Es una ciudad conocida por sus palmeras
y su arquitectura popular que nos hubiera gustado visitar, pero no estamos en condiciones de
hacer el esfuerzo necesario.
Por la
documentada reseña de Cécile Frébourg en Revue
française d'historire d'outre-mer[71]nos
enteramos de que Dominique Coppolani fue el auténtico fundador de Mauritania. Aunque nacido
en Córcega de una familia de humildes pastores analfabetos, tuvo la suerte de asistir a una
escuela benéfica y se dedicó desde muy joven al estudio del árabe y de todo lo que tuviera
relación con el mundo islámico en Constantina, donde se trasladó a vivir con su abuelo
materno que residía en esa ciudad. Nombrado secretario de la comuna de Ued Cherg, inició su
carrera como funcionario y administrador de varios municipios de Argelia hasta que fue
enviado por el gobierno a organizar el protectorado francés en el Hodh, proponiendo en 1899
la creación en aquel territorio de una entidad a la que denominó Mauritania Occidental.
Mauritania fue proclamada territorio civil en octubre de 1904/1322 y Coppolani Comisario
General del gobierno. Después del Hodh, organizó el territorio de Tagant y pretendía
continuar unificando la gente del Adrar según su política de pacificación y negociación con
las tribus locales, pero un fanático acabó con su vida a los 39 años en el palmeral de
Tyjicha.
Optamos por el
prudente regreso a Nuatchott. Son 1000 Km. de desierto sin apenas cruzarnos más que con
alguna punta de camellos o un enorme camión de los que llevan mercancías desde Nuadibú a
Nema. Algunos, según nos cuenta uno de los conductores en una parada, vienen desde Marruecos
en un viaje que les lleva dos días en los que se turnan dos o tres conductores. Suelen ir
abarrotados y con frecuencia con gente apiñada sobre las mercancías, aferradas como pueden y
tapadas hasta los ojos para evitar las nubes de arena. Tanto los conductores como los
pasajeros, nos saludan alborozados al cruzarnos con ellos, como si estuviéramos en una
excursión dominical.
Llegamos a
Nuatchott cansados y hambrientos, con el ánimo justo para derrumbarnos en nuestros rincones
de dormir en compañía de nuestros amigos roedores.
TRANCO XVII
Nuatchott
16. Febrero. Sábado.
Día de reposo para arreglar parte de los desperfectos del coche,
que van haciéndose crónicos y nos persiguen como una maldición.
Nos invita Sidati a su casa. Ha convocado a parientes y amigos,
hasta ocho o diez personas, todos varones. Las mujeres están afanadas en la cocina según
entrevemos al llegar a la casa, por la puerta entornada. Nos distribuimos en una amplia
estancia, un chico joven nos trae una bandeja con pequeños vasos de té espumoso y entre
conversaciones y noticias familiares esperamos a que se coloque el mantel en el suelo y
aparezca de nuevo el muchacho de catorce o quince años (quizás un hijo de Sidati o un
pariente) con la jofaina y la tetera de agua para el lavamanos, luego una enorme fuente
de maru con fruits de mer, una especie de paella que comemos haciendo
bolitas con la mano derecha. Lavamanos posterior a la comida y pasamos al momento del
té. Nos recostamos en los cómodos sofás que rodean la habitación y comienzan las
divagaciones sobre los temas habituales: noticias de la familia, de la situación
política, las novedades sucedidas aquí o en Marruecos, el relato de los últimos viajes
de Mrabbi como Cónsul Honorario de Burguina Faso, de donde acaba de regresar. Las
interminables conversaciones alrededor del té pueden ocupar muchas horas para unas
personas que no parecen tener otra cosa mejor que hacer. Sidati me dedica su atención y
mantenemos una animada charla. Me repite la idea que ya me había expresado en nuestra
última conversación de que en el Corán se encuentra toda la explicación del mundo, el
pasado, el presente y el futuro. No hay nada que se escape al conocimiento del Libro
Sagrado. Adivinar el pasado no tiene mucho misterio, pero también anticipa que el hombre
haría viajes espaciales cuando relata el viaje del Profeta a lomos del caballo Borak. Le
argumento que eso son tradiciones imaginativas recogidas en el Corán[72]
Claro que yo he leído una traducción en castellano y el
auténtico Libro solo se puede leer en la lengua sagrada, que es el árabe. Dios creó al
Hombre en un rapto de su infinita magnificencia y, a pesar de que conoce perfectamente
cómo y de qué manera ha de realizar todos los actos a lo largo de su vida, lo dotó de
libre albedrío, de manera que puede obrar según su libertad le aconseje. No existe la
predestinación (esta idea parece no estar muy clara, pero la cortesía me impide
rebatirla de forma demasiado severa). Apunto, tímidamente, que para mí fue un gran
descubrimiento la obra de Darwin y que la parte de mis estudios de Historia que más me
ha interesado es la Prehistoria porque me he aclarado muchas cosas sobre el pasado de mi
especie, su función en este mundo y su previsible futuro, incluidos los recientes
descubrimientos de nuestros antepasados de hace cinco o seis millones de años y el
descubrimiento del ADN mitocondrial que se transmite exclusivamente a través de las
hembras. Esto parece no gustarle demasiado. Argumenta que nada de eso es cierto, son
elucubraciones de científicos materialistas faltos de fe. Apunto los últimos
descubrimientos de Arsuaga, Bermudez de Castro y Carbonell en Atapuerca, la constatación
científica del Homo Antecesor de hace más de un millón de años, los espectaculares
avances de los medios de datación y otra serie de argumentos que escucha en educado
silencio para decirme a renglón seguido que todo son especulaciones de científicos
cegados por el orgullo que desafían el plan creador de Dios. Acabo aceptando que la
discusión entre fe y ciencia es estéril y reconociendo que tiene razón. Difícilmente
llegaremos a un acuerdo sobre “de dónde venimos”. Quizás podríamos estar más de acuerdo
sobre “a dónde vamos”: coincidimos en que, en el curso de su caminar, la humanidad ha
trascendido la pura evolución genética y está en condiciones de dirigirla en el sentido
que decida. Otro asunto es que los 7.500 millones de seres que la componen lleguen a un
acuerdo para conducirla en la dirección más adecuada.
Me vienen a la memoria unas letras de Marina Garcés: El camino del yo al nosotros no es lineal, como pretendería la sociología que estudia las relaciones individuo-sociedad, ni dialéctico, como establecen algunas filosofías modernas. Más bien se trata de una tensión nunca resuelta, sin principio ni fin. Cualquier yo, incluso en las sociedades más individualistas, parte de los nosotros que le vienen dados: la familia, la lengua, la educación, determinados grupos sociales y territoriales, costumbres, hábitos, estilos…[1]
Nos despedimos entre abrazos y expresiones de gratitud.
Me vienen a la memoria unas letras de Marina Garcés: El camino del yo al nosotros no es lineal, como pretendería la sociología que estudia las relaciones individuo-sociedad, ni dialéctico, como establecen algunas filosofías modernas. Más bien se trata de una tensión nunca resuelta, sin principio ni fin. Cualquier yo, incluso en las sociedades más individualistas, parte de los nosotros que le vienen dados: la familia, la lengua, la educación, determinados grupos sociales y territoriales, costumbres, hábitos, estilos…[1]
Nos despedimos entre abrazos y expresiones de gratitud.
Hace un viento caliente durante todo el día -l'armatam-
que resulta insoportable en la calle. Nos acogemos al resguardo de la casa, en la
acogedora semioscuridad de nuestro salón-dormitorio. Me entretengo leyendo la
documentación sobre la guerra de Char Bubba facilitada por Taleb Ajiar. Es el borrador
de un libro que aún no ha publicado y que contiene datos esclarecedores sobre un tema
muy controvertido. Al final de la tarde nos visitan Sidati y otra serie de amigos y la
pasamos viendo las imágenes tomadas por nuestro cámara. Hay suficiente material para
hacer un reportaje que justifique el viaje. Sidati nos cuenta la situación del POLISARIO
que se percibe desde aquí. Volvemos a recordar las mismas cosas, cada uno cuenta sus
experiencias y no se llega a ninguna conclusión, salvo la penosa situación de los que se
encuentran en la hamada. Gracias a los teléfonos móviles, la comunicación es ágil, las
noticias vuelan por el desierto y todos están bien informados. Los canales de
comunicación funcionan perfectamente y el muro que separa a marroquíes y saharauis es
permeable. Los contrabandistas funcionan con impunidad. Conocen bien los extensos campos
de minas y evitan las rutas peligrosas. Es un estatu quo que se ha hecho endémico
y mantiene prisioneros a unos dentro y a otros fuera.
Aparece Chej el Uali Aidara, al que apodamos “la rueda” desde
que nos la reventó pasando sobre un trozo de hierro en la ruta de Nema. El coche está
reparado. Tenía los bulones de una rueda rotos y no sé cuántas cosas más. El arreglo ha
costado un dinero que acaba con las reservas de Sidelkom. Mrabbi nos propone viajar a
Atar, aunque al coche le falta cambiar el aceite del motor. Otro día de reposo.
A media mañana Chej el Uali Aidara trae el coche pero el motor
de arranque sigue sin funcionar. Vuelta al mecánico. Sidelkom y Mohamed anuncian su
intención de quedarse en casa mientras nosotros vamos a Atar. El mecánico necesita su
tiempo. Mohamed Lamin nos propone una excursión al puerto para comprar pescado. Hace
ramadán los lunes y jueves y le apetece una cena suculenta. El ramadán consiste en no
comer durante el día para compensarlo por la noche.
El espectáculo del puerto es impresionante. En medio de una
suciedad indescriptible, sobre toscas mesas construidas con desechos, hombres y mujeres
"procesan" la pesca del día. Los restos van amontonándose en recipientes o en sacos y
bolsas de plástico entre la peste de los detritus y las cabras que circulan entre ellos
y se han adaptado a comer restos de pescado. Abundan las grandes corvinas, los lenguados
y los pargos reales. Julián hace algunas tomas entre los gritos airados de los
pescadores y los gestos pudibundos de los hombres que cubren con sus anchas darrás a las
mujeres.
En medio de la baraúnda encuentro
cobertura (el teléfono da muchos problemas) y logro hablar con casa para trasladar una
tranquilidad que no siento.
TRANCO XVIII
Nuatchott-Atar
19. Febrero. Martes.
Poco después del
amanecer Mrabbi toca diana. Liamos los bártulos precipitadamente y cuando estamos listos
para salir, Sidelkom manda hacer té. Paramos el coche y volvemos a la casa. A las 9 aparece
Mohamed con el desayuno y el hermano de Mrabbi, Vidi, que ha decidido acompañarnos. Pasamos
por el electricista porque hay algún problema con los faros del coche, luego es preciso
acudir a la embajada de Marruecos. Debemos hacernos con el permiso para filmar en Mauritania
que debía haber llegado hace quince días. Salimos pasado el mediodía en dirección Atar. Hace
un calor asfixiante en la carretera que atraviesa el desierto. El irifi
reparte las ráfagas de arena como si de una espesa niebla se tratara.
A unos kilómetros
nos detenemos junto al monumento conmemorativo de la batalla que se dio entre la resistencia
mauritana y los invasores franceses. El profesor de la universidad de Nuakchot, Taleb Bajiar
ben Chej Mamina recoge con precisión el hecho en su obra
Chej Ma El Ainin, Ulemas y Emires frente al colonialismo europeo[73].
Mohamed FadeL (Vidi), que es hombre estudioso, nos la relata con todo
detalle: En el mes de Agosto de 1932/1351 la administración francesa del territorio tuvo
noticias de que se preparaba un gazzi[74] contra
Traza.
El jefe de los
meharistas de la zona aprestó un destacamento para interceptarlos que salió en su busca el
día 18, pero los resistentes les prepararon una emboscada en un bosquecillo de árboles de
Fernán, en la que fueron masacrados. En la batalla murió el hijo del Presidente de la
República francesa, a la sazón Mac Mahón, lo que tuvo gran eco en la prensa mundial y gran
impacto en la opinión pública europea que comenzaba a plantearse el fin de la era de las
colonizaciones.
El gazzi
estaba compuesto por unos cien hombres de Ulad Delim y 20 de varias tribus del
norte, Arosíen y Ait Lahsen. Lo mandaba Sidi ben Chej ben Larusi, que murió en la refriega,
con Brahim Salem ben Moisan y Sidi Ahmed ben el Cori ben Alí como lugartenientes. El
encuentro fue feroz y los muertos y heridos numerosos en ambos bandos. Por la parte
francesa, además del joven teniente Mahón, cayeron más de 40 hombres: 6 oficiales franceses,
10 tiradores senegaleses, 30 gumiers y 10 camellos. Los resistentes tuvieron 11 bajas de
Ulad Delim, 1 de Ulad Bu Sbaa, 2 de Ulad El Lab, 1 de Ergueibat Suaad y otro de Izarguien.
El botín de los
Ulad Delim fue grande: más de 50 camellos con sus monturas, una ametralladora transportada a
lomos de mehari, además de otros enseres, fusiles y munición en abundancia.
Los muertos
franceses fueron enterrados “in situ”, pero cuando las tropas francesas se retiraron de
Mauritania, acabado el periodo colonial, los cadáveres fueron exhumados y repatriados, algo
parecido a lo que se hizo en la "Operación golondrina" con los muertos españoles del Sáhara
Occidental.
El monumento está
situado a unos 85 km. de Nuakchot en dirección a Akjouit y Atar, en medio de un desierto de
fina arena blanca que el viento maneja caprichosamente dándole una apariencia de niebla
agobiosa y permanente.
Es zona
frecuentada por gentes de Idecom y Berical-la, dos tribus zwaia que comparten un origen
común. Ambas la recorren en búsqueda de pastos tras la época de lluvias.
Nos detenemos en
Akjoujt, capital de la zona minera, a unos 250 km. de Nuatchott, en casa de unos amigos de
Vidi que tienen ¡Oh lujo! Aire acondicionado instalado y sufragado por la compañía minera.
La ciudad es un punto importante en la industria de oro y cobre.
Nos agasajan con
dátiles de los que abundan en la zona, adobados, sin hueso y con nata de camella, luego una
fuente de tallarines de arroz con carne. Siguen a rajatabla las reglas de la hospitalidad
mauritana consiste en dar de comer al viajero cada vez que manifiesta intención de emprender
viaje.
Seguimos ruta
hacia Atar (طا), donde nos alojaremos en casa de Vidi, el hermano de Mrabbi. La casa está
situada en el centro de la ciudad-pueblo, en un conjunto de pequeñas edificaciones iguales:
alrededor de un pequeño patio de tierra lleno de restos variados, dos o tres estancias
alfombradas que sirven de comedor-estar-dormitorio. En las adyacentes a la que nos alberga
se entrevén sombras de lo que se supone mujeres y algún niño que asoma los ojitos curiosos.
La ciudad, en medio de la desolación del desierto y es la puerta de entrada para Uadan y
Chinguetti.
En contraste con
la pobreza de los edificios, se alza una espectacular mezquita que data de 1674/1085. De
cena, más dátiles del Adrar Tmar con nata, carne de cabra, ensalada variada y arroz con
carne, luego a dormir en el amplio recinto de sofás según la preferencia de cada uno.
Partimos al alba
rumbo a Chinguetti, a 80 km. Una pista que atraviesa grandes montañas por unas gargantas
impresionantes.
Visitamos las
bibliotecas que guardan los antiguos manuscritos en los que se condensa la historia y la
religión desde los tiempos fundacionales. Damos
un paseo por un curioso mercadillo turístico donde somos recibidos con el asombro de los
visitantes poco ocasionales y después uno de nuestros acompañantes nos lleva a su casa. Nos
ofrece más dátiles (estamos en el Adrar Tmar, el de los dátiles) y cabra cocinada. Unas
moscas que compensan su escaso tamaño con la persistente insistencia, participan en el
festín activamente. Tomamos los tres tés saharauis y cuando decidimos marchar, aparece una
fuente de arroz con más cabra, que hay que comer "por protocolo". Aprovecho que hay
cobertura para llamar a casa, dar las últimas noticias y asegurar que el viaje toca a su
fin.
Chinguetti[75], que fue la capital
religiosa y cultural de Mauritania, está situada en las altas planicies centrales de Adrar,
a 90 km. al este de Atar y a 120 km. al suroeste de Uadan, a 630 m. de altitud sobre el
nivel del mar.
Su principal
edificio conservado es la mezquita, emplazada en el centro del barrio antiguo. En ella se
reunían cada año los fieles de todo el adrar que iban a participar en la peregrinación a La
Meca. Su construcción se atribuye al S. XVI, aunque ha sido destruida y rehecha varias
veces.
Después de dos
horas de buena pista, a media tarde damos vista a Wadan, (وادان) la ciudad de los dos ríos,
el de las palmeras y el del saber, a 260 km de Atar. La ciudad está en el centro de un gran
oasis, una isla de verdor en medio del inmenso desierto. En la parte alta está la población
antigua y los restos de época almohade. Las edificaciones posteriores van desparramándose
hacia el valle que entorna el cauce del ued [76].
Un amable ulema
nos conduce a la tumba de Ahmed Mustafá,
enterrado en una grieta de las ruinas que una vez recibido el cuerpo se cerró,
seguramente por imperativo divino. La mezquita semeja un bosquejo de la Kutubya, en piedra
vista en seco en medio de las ruinas de la ciudad almohade que se mantienen en una
desoladora belleza. Volvemos a dormir a Atar, a casa de Mohamed Fadel, entre sombras de
gente que va y viene, fuertes olores de cocina y una cabra recién parida con su cría, atada
por una pata en "la toilette" que nos saluda con un amable balido cada vez que
entramos.
La fundación de
Atar en 1147 se atribuye a la tribu bereber Idalwa el Hadji que la convirtió en una ciudad
de gran importancia debido a su floreciente tráfico caravanero. Fue centro comercial, punto
neurálgico del emirato del Adrar. Era fama que allí todo se podía comprar o vender hasta el
punto que irónicamente se decía que hasta los
mexuac [77] tenían precio.
Ahmed uld
Sidhamed Aida, perteneciente a la tribu Yahia Ben Othman, fue el 5º emir del Adrar y vivió
entre 1857 y 1899. Su cuerpo reposa en el cementerio de la ciudad, bajo un rústico túmulo de
piedras que lo distingue de las demás tumbas diseminadas a su alrededor.
Sostuvo duros
enfrentamientos con el Emirato de Tagant, cuya tribu dominante eran los Idu Aich. Las
relaciones entre las familias emirales de Tagant y del Adrar siempre habían sido cordiales,
incluso familiares, pero sufrieron un drástico cambio hacia 1890, cuando Ahmed uld Sidi
Ahmed uld Aida descubrió que el instigador de la muerte de su predecesor y primo Ahmed uld
Ahmed no era otro que Bakar uld Soueid Ahmed, emir de Tagant. Ahmed entró en lucha contra
Bakar. Después de un golpe de mano contra los territorios de éste, que resultó herido,
emprendió una serie de razias contra Tidjikja, feudo de los Idu Aich. Sin embargo, el emir
del Adrar y sus aliados Kunta fueron vencidos en 1893/1311, aunque lograron mantener las
fronteras de su territorio e impedir que los Idu Aich invadieran su territorio. Ahmed
moriría unos años más tarde[78].
De este
personaje, dice Caro Baroja[79]:
En 1860 Uld
el Aida, hombre de cincuenta y cinco a sesenta años era el emir de Adrar. La cabila de
los Iaia ben Aozman había tenido una guerra algo antes con los Ulad Delim, que eran
menos potentes y numerosos, al decir de Vicent, el cual nos describe con muy
desfavorables términos la vida que llevaban los unos y los otros .
Al llegar a la
casa tuve oportunidad de observar a un niño de nuestro anfitrión que tenía los ojos medio
cerrados, supurando y se los frotaba insistentemente. Le proporcioné a un sirviente un
colirio antiséptico de mi botiquín de urgencia suponiendo que algún alivio le podía
proporcionar. No son extrañas las afecciones oculares en la zona, propiciadas por las
intensas radiaciones solares, la sequedad del viento y las tormentas de arena. Cuando
volvimos al día siguiente el niño seguía igual. Le pregunté al hombre si le había dado el
remedio y me lo devolvió diciendo que su amo, el padre del niño, se había negado aduciendo
que el mal era castigo divino por algún pecado suyo y que el asunto se arreglaba implorando
la benevolencia divina a base de plegarias a las que se aplicaba concienzudamente.
¡Hamdulilá!
Partimos sin
visitar a Chej Alí Chej uld Momma uld Chej Mohamed Taquiola uld Chej Mohmed Fadel, un santo
de la familia muy venerado en todo el sur, porque, según Mrabbi, puede entretenernos dos o
tres días mientras nos recibe y nos atiende. Es un gran redistribuidor de alimentos que
cocina él personalmente para los pobres dos días por semana y al que visita mucha gente para
solicitarle ayuda y que les conceda su
baraka. En otra ocasión, ¡In Shallah!
TRANCO XIX
Atar-Nuatchott
21. Febrero. Jueves.
Después de
desayunar salimos hacia Azugui, a unos 10 km. al oeste de Atar, donde tenemos intención de
visitar el cementerio y la tumba de Chej Imam al Adrami.
Azugui (آزوكي),
la ciudad de los almorávides, es candidata a Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde
el 14 de junio de 2001, en la categoría cultural. Es zona de numerosos petroglifos que
acreditan su poblamiento con elementos autóctonos por lo menos desde el siglo VII.
En el S. XI fue
la base desde la que se expandió el imperio almorávide cuyo dominio llegó desde el Imperio
de Ghana hasta gran parte de la Península Ibérica. Fue fundada por Yannu ibn Umar, hermano
de Abu Bakr Ibn Umar. Según cuentan las tradiciones, llegó a tener veinte mil palmeras y
fijaba los límites entre las tierras de los Lamtuna y los Gudala que habían sido antiguos
aliados hasta que los Gudala abandonaron el movimiento religioso dejando que los Lamtuna
formaran el núcleo principal del movimiento almorávide.
Las disputas
entre Lamtuna y Gudala tuvieron su final en el año 1056/448 , en el lugar llamado Tabfarilla
con la derrota de los Lamtuna por el ejército Gudala, batalla en la que murió su jefe Yahya
ibn Umar. En recuerdo de aquel acontecimiento, el lugar es punto de devota
peregrinación.
Hay un amplio
espacio ocupado por cabañas semiesféricas, unas construcciones peculiares que no se dan en
ningún otro sitio de los visitados hasta ahora. En la actualidad se encuentran en estado de
parcial abandono. Se pueblan en los meses de julio y agosto cuando se efectúa la recolección
de los dátiles. La ciudad cuenta con uno de los palmerales más bellos del Adrar Tmar, aunque
en la actualidad sufre un progresivo estado de abandono debido al desvió del trafico
caravanero hacia Wadan y Chinguetti. Resulta curioso observar que, a estas alturas del S.
XX, algunos de nuestros congéneres, en un país tan cercano, habitan en cabañas tan
primitivas que nos parecen salidas de una película de bosquimanos.
Mohamed Ibn Al
Hassan Al Mourady Al Hadrami, (+1095/489) como relata el profesor de la Universidad de
Nuatchott Hamahou uld Salem[80], es más conocido bajo
el nombre de Al Hadrami. Fue ilustre juez
y retorico considerado teórico importante en la fundación del movimiento almorávide y en el
traslado de la capital desde Awdagost, destruida en 1055, a Azugui tras la batalla de Al
Djebel (la montaña), que tomó ese nombre de la que se encuentra en el Adrar Tmar
(nor-oeste de Mauritania) cerca de la que tuvo lugar.
Fue designado
juez supremo del Estado almorávide por el Emir Mohamed ibn Yahya Ibn Omar en 1087, escribió
-como haría Maquiavelo años más tarde-, un tratado político para guía de soberanos con el
nombre de Al Ichara vi Adab Al Imara o “Espejo de Príncipes” que causó cierto escándalo
por acercarse a las tradiciones chiitas y esotéricas del imam oculto[81], Al Madjdhoub, (en
estado de éxtasis místico) y a la teoría de los siete imanes. Esto ha hecho que algunos
historiadores le supongan una vinculación directa con el movimiento ismaelita.
Nos detenemos en
casa de Vidi, el hermano de Mrabbi para un ligero refrigerio a base de la inevitable cabra
cocida y salimos hacia Nuatchott con un nuevo pasajero, un chico amigo de la familia que
aprovecha el viaje. En estos pagos, si dejas la puerta del coche abierta unos instantes, se
monta alguien al que le gusta "viajar con la caravana", no importa hacia donde vaya. Lo
importante es el viaje.
En Nuakchot nos
despedimos de Vidi, que nos ha dado alojamiento y comida durante estos tres días y en
Akjoujt habíamos dejado a nuestro experto y simpático conductor, Sidati. Nuestro coche se
convierte en un transporte que van ocupando sucesivamente amigos y conocidos que viajan de
un lado para otro.
El trayecto de
vuelta atraviesa un inacabable desierto de arenas blancas y deslumbrantes, con rectas
larguísimas de decenas de km. en las que no hay apenas circulación. Llegados a Nuatchott,
una buena ducha nos reconcilia con el mundo. Mañana, ¡in Shallah! Saldremos rumbo a Nuadibú
para cruzar la frontera en cuanto podamos (los viernes no se trabaja en el país y hay que
pasar el sábado porque el domingo es fiesta en Marruecos).
Chinguetti, Wadan
y Azugui son ciudades impresionantes que nos hablan con el eco de hace siglos, cuando la
cultura y la religión musulmana importada de oriente se expandió como un fuego sagrado hasta
llegar a al-Ándalus. La actualidad decadente e inhóspita de estas tierras nos recuerda, con
una nostalgia desesperanzada, aquellos tiempos de sueños enterrados ahora por la arena, e
invita a reflexionar sobre lo efímero de la trayectoria humana, incluidos los grandes
imperios. Esta última parte es lo más impresionante del viaje.
Para cenar,
nuestros anfitriones nos agasajan con unos lenguados exquisitos con patatas fritas. Sidelkom
y Mohamed Ma el-Ainin se han provisto de leche de camella que ya echábamos de menos.
Terminada la cena, se procede a discutir lo que vamos a hacer mañana. Todos dan su opinión
y, excepto Sidelkom y yo, nadie tiene ganas de emprender la vuelta. Como el motor de
arranque sigue dando problemas, Mrabbi y Sidati proponen que nos quedemos un par de días
para arreglarlo. Sidati nos promete invitarnos a comer pollo y pescado. Un escalofrío me
recorre la espalda, nadie tiene prisa por emprender el camino, da lo mismo un día o dos más
o menos. Es el auténtico espíritu beduino: lo importante es el viaje en sí, y cuanto más
dure, mejor. Por suerte, Sidelkom se muestra irreductible. Parece que nos vamos mañana. ¡In
Shallah!
TRANCO XX
Nuatchott- Nuadibú
22. Febrero. Viernes.
Mohamed Fadel,
nuestro generoso anfitrión recomienda llevar el coche a un electricista para que arregle el
motor de arranque. Resulta muy incómodo tener que empujar esa mole cargada hasta los topes
cada vez que el motor se niega a cumplir con su trabajo. El problema es que hoy es festivo y
resulta difícil encontrar un mecánico que quiera trabajar. Mohamed Fadel lleva el coche al
taller después de numerosas llamadas para localizar a un mecánico. Mientras, permanecemos en
el cuarto de los ratones. Llega la hora de la comida y aparece la cabra, luego, a esperar
acontecimientos.
A las cuatro y
media nos ponemos en marcha para llegar a Nuadibú a cenar. Mrabbi, ha quedado citado en casa
de unos amigos que no pudimos visitar en nuestro primer paso por la ciudad. Paramos a llenar
de gasoil los depósitos y cuando nos disponemos a partir, el coche se niega a arrancar,
exactamente como estaba antes de la "reparación". Hemos perdido el día para nada, pero
Hamdulilá y adelante. Conduzco yo y cuando, ya anochecido, estamos a 100 km. de Nuadibú,
intento encender las luces sin éxito. El coche se queda sin luz, sobresalto general. Son las
9,30 de la noche. El desierto se está cubriendo de esa oscuridad difusa que precede a la
oscuridad total.
Paramos cerca de
un cartel que anuncia la proximidad de un morabito desconocido pero ya es tarde para ir a
echarle un vistazo. Mohmed
Maelainin trastea la caja de conexiones y logra que la luz se haga después de varios cambios
de fusibles a tentarujas. Mrabbi toma el lugar del conductor y seguimos la marcha con ganas
de llegar a Nuadibú, cenar y descansar en un hotel. A los pocos km. el coche se queda sin
dirección. Veo que Mrabbi empieza a dar alocadas vueltas al volante, que no responde. A la
velocidad que llevamos (unos 100 km/h) el coche sale de la carretera y se va a la izquierda.
Veo pasar la rueda delantera derecha que nos adelanta como si hubiera decidido llegar al
destino por su cuenta. Andamos todavía unos metros y de pronto el coche vuelca sobre la
arena. En medio del desierto, da varias vueltas de campana y acaba quedando sobre sus
ruedas. Por un momento pierdo el sentido. Cuando lo recupero pienso: que forma más tonta de
morir, en un sitio tan lejano y qué disgusto se van a llevar Mari Carmen y mis hijos cuando
les llegue la noticia. Cuando para el coche de dar tumbos -el motor se ha detenido y el capó
se ha abierto-, salgo como puedo del asiento del copiloto que ocupaba sin apreciar ningún
dolor, salvo un golpe en la cabeza contra el cristal que se ha roto. Me toco la cabeza
dolorida y noto un líquido viscoso que supongo sangre. Me lío el turbante con fuerza -ha
impedido que los golpes me dañaran más- para que no se me salgan los sesos si me ha
machucado el cerebro. Me acuerdo de don Quijote y de cómo creía que se le habían derretido
los sesos cuando se colocó en la cabeza la bacía en la que Sancho había guardado unos
requesones. No puedo dejar de sonreír, todo ha perdido importancia y una extraña serenidad
me invade. No importa la vida ni la muerte, me parece estar flotando. A la escasa luz de la
luna en cuarto menguante, veo una mancha blanca a unos diez metros del coche, sobre la
arena; es la darrah de Mrabbi que ha salido despedido y se queja de la
espalda cuando me acerco a socorrerlo. Está boca abajo. Tiene la cara llena de sangre y el
ojo izquierdo cerrado y contuso. Me vienen a la cabeza todas las indicaciones recibidas para
casos similares que se escuchan como si estuvieran diseñadas para otros, pero ahora son de
necesaria aplicación. Lo giro boca arriba con cuidado, le digo que no se mueva y me voy a
buscar al resto de la expedición. Me sorprendo de no tener, a simple vista, ninguna secuela
del golpe a excepción de algunos rasguños que me escuecen en la cabeza y de mantener una
extraña lucidez.
Julián está
aprisionado bajo el coche, boca abajo, con la cara llena de sangre, tiene una herida
abierta, respira con estertores y está inconsciente. Me viene a la cabeza un accidente de
coche así que presencié en San Cugat hace muchos años y en el que la persona murió al
instante. Da la impresión de que el coche lo ha aplastado, pero un examen más detenido me
permite observar que, tirándole de los pies, puedo arrastrarlo si aparto la arena con las
manos. Me ayuda Mohamed Maelainin que ha aparecido, junto con Sidelkom, saliendo del coche
por la puerta trasera derecha. Logramos sacar el cuerpo de Julián y colocarlo boca arriba.
Sigue con los estertores. Tenemos la sensación de que está acabado. Busco los pasaportes que
iban juntos en la guantera por si nos los pedían en los controles, pero solo encuentro el de
Sidelkom y el mío. El resto han debido de caer en el motor por la grieta que se ha hecho en
el cubículo de la guantera. Aferro la pequeña mochila de cuero donde guardo la máquina de
fotos, los cuadernos de notas y el localizador de coordenadas. Me aterra pensar que se pueda
perder ese material y que, en adelante, el viaje no exista más que en nuestra imaginación.
Pierdo la noción del tiempo. En el paraje, desértico hasta el momento del accidente, empieza
a aparecer gente y paran algunos coches. La noche se ilumina a retazos y se oyen ayes y
ordenes confusas. A Mrabbi y a Julián se los llevan a Nuadibú en sendos coches y nosotros
tres vamos a parar, con el abundante equipaje, a una jaima -siempre hay una tienda más o
menos cerca en cualquier sitio del desierto-, llena de mujeres que hacen té y nos
proporcionan un poco de agua y unos paños mojados para lavarnos a la luz de una vela sin
acercarse. Más adelante me enteraría de que Sidelkom no estaba dispuesto a separase de los
bártulos de ninguna forma pues el botín era una tentación demasiado fuerte para cualquier
desaprensivo. En el otro extremo de la jaima, las mujeres forman un grupo de vestimentas
oscuras de las que solo se perciben los ojos, acuclilladas en el suelo musitando lo que
imagino oraciones a la luz mortecina de un par de velas que contribuyen a hacer más tétrico
el aquelarre. Al cabo de un par de horas aparece alguien con un coche destartalado que nos
lleva a Nuadibú, directamente al hospital español, donde han conducido a Mrabbi y al cámara.
Me las prometo felices cuando oigo hospital español. De hospital tiene poco y de español
menos. Se llama así porque en principio fue una fundación española, ahora es un edificio
destartalado en el que profesionales de buena voluntad se afanan en proporcionar un poco de
alivio a los muchos necesitados que se agrupan a sus puertas.
Cuando llegamos
me atiende un médico que habla español acompañado por una enfermera. Me pregunta por mis
lesiones y le digo que, en mi opinión, el traumatismo del golpe y la herida de la cabeza. Me
meten en una habitación con una camilla forrada de negro y acuchillada por varios sitios que
dejan ver la goma-espuma que un día fue amarilla. El suelo está lleno de sangre que una
empleada limpia con fregona. Acaban de salir unos camilleros que llevaban a un chico con una
pierna menos llena de vendajes ensangrentados. Me ofrecen una silla con el forro roto,
también ensangrentada, les digo que gracias, que lo mío no es nada y que prefiero morirme
por mi cuenta. Como hay que pagar las curas y comprar las medicinas, vendas, o lo que tengan
que poner, no me importan unos rasguños más o menos. En la calle de enfrente del hospital
hay una serie de "farmacias" donde venden los remedios necesarios. El sistema es sencillo:
el médico prescribe, el paciente sale, compra lo necesario y el médico lo aplica. Esto es
válido para todo el material quirúrgico: vendas, apósitos, gasas, medicinas... Aparece el
Cónsul de España y me explica que les están haciendo radiografías a los dos que están más
graves, que a Julián le han recetado una serie de sueros y calmantes que ha tenido que ir él
a comprar y que tendremos que pagarle. A Mrabbi, dada su categoría de marabú, lo tratan con mayor reverencia y no
se preocupan por el monto de las medicinas, su tribu es de gran solvencia. Al parecer tiene
alguna dolencia -aún no sabemos si más o menos grave-, en la espalda.
Cuando remite la
pesadilla y estamos camino de la casa donde hemos de alojarnos, llama el cónsul para
decirnos que alguien tiene que quedarse con Julián, allí no hay enfermeros suficientes ni
personal que pueda ocuparse de los enfermos por la noche, así es que volvemos al hospital y
me dispongo a pasar la noche junto al doliente, con más dolores que él. En la habitación,
lóbrega y con desconchones en las paredes, bajo la luz de una bombilla desamparada que pende
del techo, hay dos camas, una la que ocupa Julián y otra donde puedo recostarme. No tiene
colchón, una sábana de flores tapa el somier. Allí paso la noche como puedo suministrándole
a Julián pequeños sorbos de agua con el tapón de la botella cada vez que se queja. Le han
vendado media cara, no sé si cosido le herida que le corría de la frente a la barbilla. A
las nueve de la mañana vienen a buscarme y me acompañan a casa de nuestro anfitrión Si
Hamouny, pariente de los Ma el-Ainin que nos atiende con la generosa hospitalidad que faltan
palabras para agradecerle. Me duelen el cuerpo y el alma por igual. Duermo hasta después del
mediodía.
TRANCO XXI
Nuadibu_Dajla-Aaiun
24. Febrero. Domingo.
Pasa un día entre
nubes y claros, en una casa llena de gente que va y viene, conversaciones que no entiendo y
hombres que se acercan a abrazarme y a celebrar la
baraka que nos ha permitido salir
con vida del accidente. Lo importante es que estáis vivos, me dicen. A las horas
preceptivas, rezos en una esquina del salón orientada a La Meca.
Me retiro a la
habitación que me han destinado para entregarme, en la agradable penumbra, a descansar el
cuerpo magullado y a dormir entre pesadillas.
A las 8 de la
mañana se precipitan los acontecimientos. Nos han citado en la gendarmería para dar cuenta
del accidente. A mitad de camino, una serie de llamadas telefónicas al conductor alteran el
rumbo: nos encaminamos al hospital donde están preparando a los dos heridos para el viaje de
regreso a Marruecos. A la puerta de la habitación hay unas cuantas mujeres, familiares de
Mrabbi supongo, a las que no les está permitido el paso. En el pasillo hay un grupo de
parientes y amigos que se agolpan a la puerta celebrando la suerte que hemos tenido de
escapar con vida. Apenas puedo ver a los dos heridos un momento. Mrabbi me sonríe en medio
de sus dolores y me recomienda que no me preocupe, que todo va a salir bien, Hamdulila.
Llegan unos camilleros y los llevan a las ambulancias. A Mrabbi, debajo de la manta que lo
cubre le colocan dos melkfas multicolores, puede que como recuerdo o con
propiedades curativas. Vendrá a recogernos un helicóptero militar marroquí que no puede
aterrizar en territorio mauritano.
Es domingo y los
trámites entre militares de ambos países son complejos, el helicóptero debe posarse al otro
lado de la frontera, en territorio marroquí. A los tres que hemos escapado con mejor
fortuna, nos van a proporcionar un coche para que volvamos a Aaiún. Nos ponemos en marcha
después de recoger de casa de Hamouny el variopinto y abundante equipaje y nos dirigimos a
la frontera en el coche que conduce el cónsul de Marruecos acompañado por el secretario de
la embajada. Esta vez pasamos la frontera sin problemas, atravesamos "el Kandahar" y
llegamos al enorme helicóptero militar con aspecto de haber sobrevivido a varias
guerras. Nos despedimos, llenos de sentimientos
de gratitud, de nuestros anfitriones y de las personas que nos han acompañado. A los
heridos, sedados, los han colocado en unas camillas con encajes a propósito y el aparato
despega con un ruido ensordecedor. Otra experiencia inolvidable. Dos horas después,
aterrizamos en Dajla.
Las ambulancias conducen a los heridos al hospital militar y nos
ofrecen la posibilidad de coger un avión civil que está a punto de salir para Aaiún.
Aceptamos, pero cuando el comandante, ve el equipaje de que vamos provistos dice que no es
posible, el avión va sobrecargado. Solo hay sitio para pasajeros. Sidelkom y Mohamed Ma
el-Ainin no están dispuestos a separarse de sus esteras, ollas, cacerolas, sacos de arroz y
de gofio, etc. Me ofrecen la posibilidad de que embarque yo con el equipaje imprescindible,
pero no me parece oportuno. Hemos salido juntos y la suerte debe ser común. El avión parte
sin nosotros. Nos conducen a una salita y descansamos un rato entre ayes y suspiros. Los
golpes, ya en frío, comienzan a hacerse presentes. El jefe del campo nos comunica la
decisión de los mandos militares: el helicóptero que nos ha traído y ha de trasladar a los
heridos a Rabat, puede hacer una escala en Aaiún para dejarnos. ¡Hamdulilá!. A las cinco de
la tarde empiezan a cargar el transporte militar y subimos a bordo. Unos por su pie y los
dos heridos sedados en sus camillas. A
las 6 aterrizamos en Aaiún donde nos espera Chej el Uali con su coche y el conductor.
Saludos, parabienes, alegría y bendiciones celebrando la
baraka que nos permite seguir
vivos. Mohamed Lamin, el amable farmacéutico, me acompaña al hotel Mekka donde me instalo
con toda clase de lujos, ducha de agua caliente y televisión. Regreso al paraíso.
Después de un
sueño reparador que comienza a devolverme a la realidad, mis sensaciones van adquiriendo su
estado normal. Doy un paseo por la ciudad que a primera hora resulta fresca y con muy poca
gente circulando. Me detengo en la terraza de un cafetín poblado por otros madrugadores.
Solos o en pequeños grupos de dos o tres hombres parecen esperar un destino que nunca llega.
Delante de cada uno, un vaso de té a la menta o un cortado que se quedó frío hace mucho
tiempo, un paquete de cigarrillos y una botella o un vaso de agua. La misma estampa que
puede verse en cualquiera los muchos cafés parecidos en cualquier medina de Marruecos. Igual
que allí, no se ven mujeres en los cafés. El espacio público está reservado a los hombres.
Las pocas mujeres que circulan lo hacen presurosas, con un carrito de compra, de bebé o un
niño de la mano, cubiertas con sus
melkfas o con ropas largas estilo
marroquí. No hay mujeres musulmanas que vistan a la europea, eso está reservado a los
hombres que tienen libertad de elección. Las mujeres están obligadas, per se
o por la presión social, a dar muestras de pudibundez en el vestuario, como mandan la
ley y la costumbre.
Reanudo mi paseo
hasta casa de Chej el Uali, donde me reciben con una reconfortante sopa de avena. Antes de
salir para Rabat aprovechamos para visitar a nuestra amiga y periodista Mbarca que nos ha
preparado una entrevista con el antiguo director de Radio Nacional del Aaiún en los años 70,
Federico Campos Álvarez, con el que mantenemos una larga y amena conversación sobre los
últimos tiempos de la ocupación española en la que incluye a Pablo de Dalmases, autor de
“Los últimos de África”[82] que tiene un programa
literario en Radio 4 en el que hizo un extenso comentario sobre mi libro “ Viaje por el
Sahara Occidental, el Badía”.
De vuelta a casa
de Chej el Uali tenemos la ocasión de charlar con nuestro viejo amigo, el venerable Chej
Larabas al que abrazamos emocionados celebrando, una vez más, la afortunada baraka
de seguir vivos. Nos invita a comer mañana en su casa. Una invitación imposible de
rechazar.
TRANCO XXII
Aaiun-Rabat
26. Febrero. Martes.
Después del té y
el desayuno en casa de Chej el Uali, unas cuantas gestiones bancarias nos entretienen antes
de ir a casa de Chej Larabás para responder a su invitación. Sidelkom tiene que rehacer su
economía, harto maltrecha por las incidencias del viaje. Chej Larabás nos acoge con la
generosidad que lo caracteriza. Su casa de Aaiún es un pequeño palacete en uno de cuyos
salones ha reunido a una serie de principales que nos saludan con toda suerte de
parabienes. Ensalada de fantasía, corvina
gigante, mechui, arroz y postre de frutas
variadas. Chej Larabás es hombre de gran predicamento entre los saharauis y también entre
los marroquíes, incluido el Majzén, debido a su gran conocimiento de la ley islámica a su
categoría de presidente de la Confederación de Ulemas de Marruecos y Mauritania, amén de sus
antecedentes familiares que lo hacen descender de una de las figuras más importantes de la
historia reciente de Marruecos.
Sus antecesores
directos (los Sultanes Azules) estuvieron a punto de reinar en el país (de hecho El Hiba
llegó a ser proclamado sultán) y su ascendencia religiosa puede compararse sin menoscabo con
la del actual rey de Marruecos. Ambos comparten antepasados comunes que se remontan al
Profeta. Es hombre de trato afable y cortés, cercano, respetuoso con mi postura agnóstica
que conoce desde hace años. Me sienta a su lado y, a través de Mohamed Ma el-Ainin, me
trasmite su cariño y sus mejores deseos para el futuro. A la hora de la despedida, insufla
su aliento sobre mis manos extendidas transmitiendo la
baraka que recibo con respeto. Es
un hombre al que me siento próximo a pesar de las grandes diferencias que nos separan. Creo
que a él le sucede otro tanto. Ojalá que las diferentes formas de ver el mundo pudieran
convivir de la misma forma que he aprendido de él.
Nos ponemos por
fin en marcha acompañados de Walina uld Mohamed Maelainin uld Hasenna, uno de los hijos de
nuestro compañero Mohamed Ma el-Ainin, que acaba de terminar su licenciatura en económicas.
El viaje se hace monótono pero con la agradable perspectiva del regreso. La vuelta a casa
está llena de satisfacción. La querencia nos empuja como las olas impulsan el madero
abandonado a la corriente hacia la costa. Cada kilómetro nos acerca al final del
viaje.
Nos detenemos en
la gran duna de Agfnir, de tan gratos recuerdos, a poco más de 200 km de Aaiún para rezar y
tomar un té. Atravesamos las grandes plantaciones de Argán, un árbol que se parece al olivo
y que solo crece en esta latitud. Las cabras trepan entre sus ramas para recoger los
gustosos frutos. De los piñones que no pueden digerir y dejan en el aprisco, una vez
prensados, se extraerá el aceite que tiene múltiples utilidades además de la de sazonar los
alimentos.
Llegamos a
Gulimín a la hora de comer en un chiringuito y dedicamos el resto del día a deambular por la
ciudad. Gulimín es considerada la puerta del desierto, una ciudad llena de contrastes. Para
el régimen marroquí es un punto importante, considerada la capital de "las provincias del
sur" en virtud de los Acuerdos de Cintra de abril de 1958 por los que España cedió la zona a
Marruecos. Es una ciudad pobre y sin embargo se nota el esfuerzo de la administración por
modernizarla y conferirle el aspecto de un "nuevo Marruecos" o al menos un Marruecos
moderno. Contrastan los barrios tradicionales con las amplias avenidas, lo que se muestra en
el zoco, lejos de las habituales medinas de trazado laberíntico: calles amplias, modernas y
de trazado cuadricular. La ciudad es famosa por su mercado de camellos que se celebra
semanalmente y su representación genuina del mundo marroquí-saharaui. Tiene escaso interés
para los turistas que la consideran una ciudad de paso y sin embargo es la representación de
un Marruecos "autentico" por su tradición y su antigüedad. El inconveniente es que abundan
los controles "anti-Polisario" porque es zona fronteriza del conflicto.
27. Febrero.
Miércoles. Gulimín- Rabat
Pasando por Tiznit, la visita al morabito del
Chej Maelainin se hace imprescindible. En la apacible y fresca mezquita que guarda sus
restos desayunamos leche fresca y hacemos té acompañados por un sirviente de la familia y
por el guardián y responsable, nuestro viejo amigo Mustafá Ma el-Ainin que con tanta
generosidad nos acogió en nuestro primer viaje. Paramos en Amscrott, en plena zona de
arganes y nos aprovisionamos de un par de litros de exquisito aceite. De ahí a Chichaua para
comer unos tajines de cordero y unos plátanos menudos pero muy gustosos que se cultivan en
la zona. Chichaua es famosa por sus alfombras de nudos que tejen las mujeres, cuyos dedos
dicen que son más habilidosos que los de los hombres. Lo mismo he oído en otros sitios, debe
ser un truco para cargarles a ellas una labor monótona y repetitiva cuyo resultado es poco
gratificante. El color característico es el rojo en sus distintas tonalidades. Esas enormes
alfombras son las que adornan el
musem de Tantan que en los últimos
años se celebra en las cercanías del morabito de Umma Fatma.
Llegamos a Rabat
y dejamos el coche de Julián en casa de Mrabbi. Nos recibe su hijo El Hiba. Tampoco esta vez
conoceré a la esposa de mi amigo, que debe estar atareada con sus labores de ama de casa.
Haibatu, nombre familiar del El Hiba, nos anuncia que Julián está en el mismo hospital que
su padre y que, además de la herida de la cara, tiene una clavícula rota. Su recuperación
llevará más tiempo del que creíamos.
28. Febrero. Jueves. Rabat
Paso por el
hospital militar donde Mrabbi esta inmovilizado con un aparejo en la cintura y Julián con un
costurón lleno de puntos en la cara y una clavícula rota que requiere reposo. Me despido de
Mrabbi sin que ninguno de los dos sepamos que será nuestro último abrazo.
TRANCO
XXIII
Rabat-Murcia
29. Febrero. Viernes.
Aprovecho la mañana para dar un paseo en soledad y meditación
por el centro de la ciudad. El viaje toca a su fin y la impaciencia de la vuelta es el
sentimiento dominante, el resto ha dejado de tener importancia. Recorro una vez más la
medina, me siento en un cafetín y mientras dejo que se enfríe un té a la menta observo
pasar a la misma gente de siempre, como si fueran los extras de una película vista miles
de veces. El carretero que atormenta a un borriquillo apenas más grande que una cabra
que tira de un carro desproporcionado; un grupo de mujeres con largas faldas y
hiyab que solo dejan ver los ojos, cargadas de bolsas hablando animadamente. Se
me acerca un hombre delgado y cetrino, con un enorme bigote a la turca. Se abre
ligeramente la chaqueta y me anima a comprarle alguno de los relojes que cuelgan del
forro. "Barato", me dice. Lo desanimo con toda la amabilidad que puedo y me pide un
cigarro. Fumo en pipa, le digo. Ha hecho una mala elección. Se marcha resignado. Me
llego hasta la Kasbah de los Udaia recorriendo los umbríos callejones pintados de azul.
Me despido de mis amigos de La Source y, hacia el mediodía, me regalo con un tazón de
caracoles picantes. Pregunto al pasar en una agencia de viajes. Solo hay un vuelo
semanal vía Madrid. Hablo con Mrabbi, el conseguidor y me dice que tenga paciencia. Él
está bien. Tiene una vértebra fisurada y le han puesto una especie de corsé ortopédico.
A pesar de sus dolores y su malestar, se sigue ocupando de mis asuntos. Al medio día me
llama para decirme que me ha conseguido un vuelo para hoy mismo a las 17,30. ¡Hamdulilá!
una vez más.
A las 2 de la tarde aparece un tipo delgado, alto y serio con un
Mercedes automático último modelo para llevarme al aeropuerto de Casablanca. Conserva en
los asientos el plástico protector. Le pregunto por mi pasaporte y el billete. Todo
llegará, me dice en francés. Confiando en la providencia y en las barakas de chej Larabás y de Sidelkom superpuestas en mis manos, subo
al coche. El chofer habla por teléfono mientras conduce con la mano libre sorteando el
intenso tráfico. En medio de una gran avenida detiene el coche junto a otro gran
Mercedes estacionado con los que supongo dos funcionarios del Ministerio. Me entregan,
muy amablemente, billetes y pasaporte. Tomamos la carretera de Casablanca. El camino
está jalonado de gendarmes que cubren carrera, supongo que a la espera de que pase algún
personaje importante, quizás el propio rey. Saludan cuadrándose al coche oficial en que
viajamos. No se puede pedir más de una despedida. A las 18,40 embarco rumbo
Madrid.
Han sido dos meses vividos con intensidad, fuera de mi ambiente
habitual, en los que he recibido sabias enseñanzas. He tenido la suerte de conocer a
personas de gran talla humana que me han tratado con cariño y respeto a pesar de
nuestras grandes diferencias culturales. He reafirmado mi convicción de que el mundo es
mucho más amplio de lo que a cada uno nos es permitido ver desde la estrecha rendija en
que nos coloca el destino; que hay otras formas de verlo y de reflexionar sobre la vida.
Que ninguna de esas formas es mejor que otra, sino que todas son diferentes; que la
variabilidad es lo que nos enriquece y no la uniformidad, en cuya falsa seguridad nos
refugiamos rechazando al diferente; que nuestra suerte o nuestra desdicha, nuestra
creencia y nuestro grado de "civilización" no son más que accidentes geográficos sobre
los cuales no tenemos responsabilidad alguna. Y que, por fin, recordando al viejo
maestro, los viajes son una buena medicina para la cura de los nacionalismos, la
cerrazón, los exclusivismos y el pensamiento supremacista.
NOTAS
[1] Una referencia interesante sobre el
personaje es la entrevista publicada por la periodista y experta en asuntos magrebíes Clara
Riveros: https://atalayar.com/content/historia-memoria-eventos-y-actores-del-s%C3%A1hara
[2] Pipa rectangular de metal usada entre
los saharauis para fumar un tabaco muy picado.
[5] Acrónimo de Frente Popular
de Liberación de Saguía el Hamra y Rio de Oro (جبهة البوليساريو Ŷabhat
al-Bolisariu)
[7] SANZ NAVARRO, MARIANO, Viaje por el
Sáhara Occidental, El Badía, Diego Marín, Librero Editor, Murcia, 2006
[9] “Se constata la preferencia por
contraer matrimonio, no sólo dentro de la misma cabila y fracción mayor de esta a la que se
pertenece, sino dentro de grados de parentesco patrilineal más cercanos. Tipos de
matrimonios muy frecuentes son: Tío paterno con sobrina paterna y primo paterno con prima
paterna”. CARO BAROJA, JULIO, Estudios saharianos, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, Madrid, 1955. P.165
[10] Palabra árabe equivalente a “bendición divina”.
Se emplea con el significado de “suerte providencial”. Se dice que alguien tiene
baraka cuando ha superado favorablemente una situación muy complicada
[11] Wadan, Walata, Chinguetti, Azugui.
[12] Las otras
son Damasco, Lucknow, Mashhad, La Meca, Medina, Naÿad y Qum
[14] Cúpula semiesférica común en los
lugares de culto.
[16] ASIN PALACIOS, MIGUEL, Vidas de
santones andaluces, Ed. MAXTOR, Valladolid, 1933
[17] El Badía, para los beduinos, es el
viaje, la excursión y la permanencia en el desierto.
[19] Carta de
Chej Maelainin al sultán Muley Hassán I, 1 de Ramadán del año 1302 (14 de junio de
1885), Biblioteca particular de ‘Ali U/Chej Merebbi Rebbo U/ Chej Maelainin, Tiznit. Las
mayúsculas son de la traducción, ya que en árabe no existen.
[20] Ver
"Viaje por el Sahara Occidental, El Badía", DM, Murcia, 2007 ya citado.
[21] Guerra santa
Sidi Yamaa, Mulay Abdeljamaa, Mulay Abdalla, Mulay Alhasan,
Mulay Ali, Mulay Omar, Mulay Asalami, Mulay Aslaiman, Mulay Hassan, Mulay Rahman, Mulñay
Abdalla, Mulay Abderrrahaman, Mulay Ali, Mulay Mohamed, Mulay Ahmed, Mulay Ishag, Mulay
Hassan, Mulay Musa, Mulay Ibrahim, Mulay Mohamed, Mulay Said, Mulay Idris II, Mulay
Idris I, Abdullah El Kamel, Al Hasan El Muzana, Al Hasan Sebt, Ali Ibn Abitaleb,
Fatimetu Zahara, hija del Profeta Mohamed.
[23] Personaje a cuyo cuidado se encuentra el
morabito de un santo. Tiene la potestad de recibir las limosnas y la autoridad para
redistribuirlas entre los necesitados que se acercan a solicitarlo.
[24] Numerosa versiones coinciden en que fue
Henry Kissinger el que aconsejó y proporcionó la ayuda necesaria a SM. Hassan II para la
construcción del muro.
[25] Véase, entre otros muchos, este enlace:
[26] Cuenta la tradición que así lo llamó su
madre: “agua de los ojos” o “agua de mis ojos”.
[27] Descendiente del Profeta por línea
agnaticia.
[28] CARO BAROJA, JULIO, Estudios
saharianos, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1955. P. 284,
“Un santón sahariano y su familia”.
[29] DOMENEC LAFUENTE, ANGEL, Ma
el-Ainin, Señor de Semara, Editora marroquí, Tetuán, 1954
[30] LE CLÉZIO, J.M.G., Desierto,
Tusquets, Barcelona, 2008
[31] LIZUNDIA, JOSE MARÍA, Por el
desierto del Sáhara, Ed. Alhulia, S.L., Salobreña (Granada), 2018. P. 31
[32] GARCÍA, ALEJANDRO, Historias del
Sáhara, Catarata, Madrid, 2001. P.30
[33] Vid. CARO BAROJA, Op. Cit. P. 53
[34] Abu Madian de Sevilla. Patrón de
Tremcem (Argelia), de enorme influencia en todo el Magreb, vinculado al maestro bereber Abu
Yaza y a la cofradía Cahdilia. Era considerado por Ibn Arabí como “Maestro
por excelencia”, JUAN JOSÉ GONZALEZ, La presencia de Abu Madyan de Sevilla en el sufismo
magrebí contemporáneo, en AMINA GONZALEZ COSTA-GRACIA LOPEZ ANGUITA, Maestros sufíes de
al-Andalus y el Magreb, Almuzara, 2009.
[35] Además de personaje histórico, “El
sultán negro” es un personaje mítico del que se cuentan multitud de historias fantásticas
que lo sitúan en épocas diferentes.
[36]
CARATINI, SOPHIE, Les enfants des nuages, Editions du Seuil, Paris, 1993, p. 101
[37] La del oro es una tradición o costumbre
seguida por muchas tribus. Los Tubalt, por ejemplo, tampoco se adornan nunca con joyas de
oro.
[38] Festejo tradicional a modo de feria en
honor de un santo.
[39] CARO BAROJA, Op. Cit. P. 89 y 133.
[41] Al Chej se le atribuyen 23 mujeres
legítimas, 20 hijos y otras tantas hijas.
[42]Ruiz
Miguel, CARLOS (19 de abril de 2007).
«El acuerdo de pesca
UE-Marruecos o el intento español de considerar a Marruecos como “potencia
administradora” del Sáhara Occidental». Anuario de Derecho
Internacional. Western Sahara Human Rights Watch. «Las consideraciones anteriores se
hallan confirmadas por resoluciones de la Asamblea General de la ONU. De estas resoluciones
se desprenden dos conclusiones complementarias: la Asamblea General de la ONU nunca ha
considerado a Marruecos como “potencia administradora” sino como ocupante; y España ha
seguido siendo considerada como “potencia administradora” [...] VIII. Conclusiones. [...]
2º. El acuerdo tripartito de Madrid de 1975 no ha transferido “a Marruecos” la cualidad de
potencia administradora. [...] 4º. De acuerdo con las resoluciones de la Asamblea General de
las Naciones Unidas y la práctica del Secretario General la “potencia administradora” del
Sáhara Occidental sigue siendo España, aunque lo sea de iure, pero no de
facto».
[43] SANZ NAVARRO, MARIANO, Viaje por el
Sáhara Occidental, El Badía, D. Marín Editor, Murcia, 2007. P.42 y sig.
[45] GARCÍA, ALEJANDRO, Historias del
Sahara, El mejor y el peor de los mundos, Catarata, Madrid, 2001. P.153
[47] República Árabe Saharaui
[48] RIVEROS, CLARA, Diálogos
trasatlánticos, Marruecos hoy, Ed. Alhulia, SL., Salobreña, 2019, p.64: las
provincias del sur representan el 59% del territorio nacional [de Marruecos] y se
encuentran entre los desiertos más áridos del mundo. Las provincias del sur albergan a
un 3,2 % de la población del reino (1.028.806 habitantes). El Consejo Económico, Social
y de Medioambiente también destaca que la tasa de urbanización en el sur es mayor al
resto del país con un 74 % frente a menos del 60 % para el promedio nacional (MECHBAL,
febrero11, 2018)
[49] Franja de tela de unos tres metros que
se enrolla alrededor de la cabeza de modo característico. Su forma y color manifiestan la
procedencia. Es herencia de los antiguos al-Morabitum, los hombres del velo. El color blanco
indica, generalmente, al hombre que ha peregrinado a La Meca.
[50] También conocido como Ali Bey,
(Barcelona 1767-Damasco 1818) fue militar, espía, arabista y aventurero autor de Viajes
por Marruecos, Ed. De Salvador Barberá, Barcelona, 1997 y Viajes de Alí Bey,
Ed. Optima, Barcelona, 2001. Sobre el personaje existe numerosa bibliografía.
[51]
DEL BARRIO, ALONSO, Las tribus del Sahara, Servicio de
publicaciones del Gobierno General del Sahara, 1973, pp. 41-92; BONTE, P., Essai sur les formations tribales du Sáhara
occidental, Editions Luc Pire, 2007, P. 28; CARO BAROJA, JULIO, Estudios saharianos, Consejo superior de
Investigaciones Científicas, Madrid, 1955, pp. 53´- 90.
[53] Abu
Madian de Sevilla. Patrón de Tremcem (Argelia), de enorme influencia en todo el Magreb,
vinculado al maestro bereber Abu Yaza y a la cofradía Cahdilia. Era considerado por Ibn Arabí como
“Maestro por excelencia”, JUAN JOSÉ GONZALEZ, La presencia de Abu Madyan de Sevilla en
el sufismo magrebí contemporáneo, en AMINA GONZALEZ COSTA-GRACIA LOPEZ ANGUITA, Maestros sufíes de al-Andalus y el
Magreb, Almuzara, p. 200
[55] La del oro es otra tradición o costumbre seguida por muchas
tribus, los Tubalt, por ejemplo tampoco se adornan nunca con joyas de oro.
[56] Además de personaje histórico, “El sultán negro” es un personaje
mítico del que se cuentan multitud de historias fantásticas que lo sitúan en épocas
diferentes.
[59] Arroz local de tallo largo, como el
trigo o la cebada.
[62] Testimonio verbal de Salek Mahayup
[63] LOPEZ SORIA, MARISA-SANZ, MARIANO, Un Djins en la mochila, Ilustraciones
Eva Poyato, Ed. La Equilibrista, Barcelona, 2019
[64] Como es sabido, no existe línea directa
con el Profeta, al que sólo sobrevivió su hija Fátima. Sus descendientes lo son a través de
su yerno Alí.
[65]
DERMENGHEM, EMILE, Le culte des saints, Ed. Gallimard, París,
1954 p. 127: “Los campesinos tunecinos meten la arena en un saquito que cuelgan del cuello
de los animales enfermos […] la tierra de la tumba de Sidi Mahrez, patrón de Túnez, preserva
de los accidentes de navegación”.
[66] PASTOR
MUÑOZ, MAURICIO-VILLAR RASO, MANUEL, Las
ciudades perdidas de Mauritania, Ed. Sierra Nevada 95, Granada, 1996. P. 97 y
sig.
[67] Cuando no hay agua a mano, al creyente
le está permitido simular la purificación ritual con una piedra o con arena.
[68] CORRAL, JOSÉ, Ciudades de las
caravanas, Omnia IG. Madrid, 1985
[69] Algunos autores
aseguran que su historicidad no está comprobada y su existencia es solamente conocida por la
tradición Kunta (PASTOR Et. Al. Op. Cit. p.160
[70] DOULS, CAMILLE, Il
finto musulmano. Edizione di Torino, Torino, 1999. P.41: A aquel nome [Sidi Ahmed
El Bakay] riconobbi il figlio di un grande sherif (príncipe musulmano) dell’adrar, di
cui avevo intenso parlare il giorno prima.
Se trata del controvertido viaje aéreo que
Mahoma habría hecho del templo de la Meca al de Jerusalén y luego, a través de los siete
cielos hasta el trono de Dios recogido en la Sura XVII "El viaje nocturno". Mahoma
habría sido transportado a las regiones celestes por el ángel Gabriel en un caballo
llamado Borak a quien la tradición representa como un ser alado con cara de mujer,
cuerpo de caballo y cola de pavo real. En los primeros tiempos del Islam y según el
testimonio de Moawiya, compañero del Profeta y después califa, fue una simple visión
corroborada por su mujer Aicha, según la cual Mahoma no se había levantado del lecho.
Sin embargo una de las creencias universalmente admitidas entre musulmanes es la de que
la ascensión fue real.
[73]
TALEB AJIAR ULD CHEJ MAMINA, Chej Ma El Ainin,
Ulemas y Emires frente al colonialismo europeo, Fundación Chej Mrabbi Rebbu, Rabat,
2007. En árabe.
[74]
Tropa constituida por más de cien hombres, con los
camellos y caballos correspondientes, y es también lo cogido en la expedición guerrera
llevada a cabo por estos hombres. CARO BAROJA, JULIO, Estudios saharianos, Consejo
superior de investigaciones científicas, 1955. p. 342
[76] Río
fósil
[77]
El
mexuac es un palillo sacado de la
acacia espinosa que se utiliza en todo el Sahara como abrillantador de los dientes.
Comerciar con él se consideraría ridículo. Estudios Saharianos, Op. Cit. p.
297
[81]
Los musulmanes shiítas, que se extendieron
principalmente por las provincias de Irán, dicen que, si bien Muhammad fue el último
profeta que reveló una ley religiosa (Shari’ah) -y en esto coinciden con los
musulmanes ortodoxos llamados sunnitas- tuvo, no obstante, doce descendientes
llamados Imames (líderes). Estos Imames son los guías
que inician a sus adeptos y les conducen al sentido interno (batin) de las
revelaciones proféticas (zahir). Es el Imam quien enseña el sentido esotérico de la
«letra» coránica, él guía a los fieles hacia el sentido espiritual, interior, de la
revelación literal enunciada por el Profeta. El zahir podría compararse a lo que
los judíos y cristianos llamas la «letra», mientras que el batín es el significado
espiritual o interno. Para más detalles, el siguiente enlace: http://www.wocoshiac.org/es/contexto-chii/occasions-es/muharram-es
[82] DE
DALMASES, PABLO, Los últimos de
África, Ed. Almuzara, Cordoba, 2007


















































































Comentarios
Publicar un comentario