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jueves, 9 de julio de 2026

REYES, EMPERADORES Y TIRANOS

Somos resultado de una historia que empezó hace millones de años, aunque se escribiera hace tan solo unos siglos. Desde entonces, podemos acceder al conocimiento por los soportes escritos (aunque no solamente) y esa visión es capaz de producirnos cierta estupefacción al comprobar que la historia de nuestra humanidad es la de la guerra. La guerra, las masacres y la sangre están presentes en cualquier corte de la historia en que nos adentremos. Guerras y muerte propiciadas casi siempre por líderes, caudillos, reyes o emperadores que las iniciaron por diversos motivos: ambición de tierras, de riquezas o de poder. Esos hombres, casi siempre sobrevivieron al peligro de las batallas a las que mandaban a los hombres más jóvenes y aguerridos, que regresaban –los supervivientes- sin más patrimonio que una escasa soldada y las heridas que les recordarían de por vida sus hechos con frecuencia heroicos.

Los reyes, emperadores o tiranos, gozaron de un aura de poder que hacía que multitudes los siguieran aún a riesgo de sus vidas. Gobernaron con más o menos desacierto y acabaron, unos a manos de asesinos hartos de su gobierno (Julio, Calígula, Nerón, Mussolini, Ceaucescu, Trujillo), otros en la placida quietud de sus lechos (Stalin, Pinochet, Franco, Fidel Castro).

La humanidad avanza a pasos, unas veces breves, otras que se antojan gigantescos. Quizás la reciente sea una de esas últimas etapas. Los avances de los últimos cien años parecen más cercanos a una progresión geométrica que a la aritmética de tiempos pausados que venía sucediendo desde el S. XIX. Sería de esperar que lo aprendido –y sufrido- en las dos últimas guerras devastadoras que afectaron prácticamente a toda la humanidad, hubiera servido de ejemplo y experiencia para que aquellos terribles sucesos jamas volvieran a producirse. La reacción tras la experiencia de la última guerra, sin embargo, fue la contraria: Si vis pacem para guerra. Si quieres la paz prepara la guerra, propuso hace años Publio Flavio Vegencio, que al parecer vivía de ella. Los países ricos tomaron la cita al pie de la letra y comenzaron a armarse hasta los dientes, decidiendo quien sí y quien no tenía la opción de dotarse con armas nucleares. Entre las cuatro o cinco potencias nucleares de la actualidad, disponen de arsenales – que cuestan millones de millones- al lado de los cuales las bombas de Hiroshima y Nagasaki serían juegos de canicas, y su potencia capaz de desatar un desastre comparable al del meteorito que cayó en Yucatán y acabó con la vida de los dinosaurios.

El peligro es feroz, porque la brecha entre países ricos y países pobres se ha agrandado como dentro de las sociedades avanzadas lo ha hecho entre ricos y pobres.

El capitalismo salvaje se ha adueñado de las sociedades opulentas al frente de las cuales se han situado elites con una visión mercantilista de la política. Los movimientos de solidaridad horizontal ceden terreno ante una sociedad compuesta, cada vez en mayor cantidad, por elementos con escasa capacidad de raciocinio a los que los dirigentes convencen de que su grado de insatisfacción social está motivado por otros más pobres que ellos. La zapa en la educación pública de los últimos años da sus resultados.

Por difícil de creer que parezca en tiempos de democracias más o menos consolidadas, con libros fundacionales que dicen regular la convivencia en términos generadores de paz y armonía social, pueden llegar al gobierno de las naciones, con un poder casi absoluto, personajes que podríamos emparejar sin empacho con aquellos dictadores romanos que acabaron encontrando su final a manos de los que habían sojuzgado queriendo situarlos como vasallos.

Desde la alegoría de la Caverna de Platón, las ciencias del pensamiento no han cesado de avanzar. Sin embargo, resulta difícil de asimilar que, en nuestros días, individuos capaces de alterar el inestable equilibrio mundial, hayan llegado a acumular tal omnímodo poder que, en su afán megalómano infantil y narcisista, pongan en peligro la paz del planeta tan precariamente conseguida. Y todo a cambio de no se sabe que espuria satisfacción ególatra y unos cuantos millones de dólares más. Algo o alguien tiene la responsabilidad de que estén donde están, quizás todos nosotros.

Admitamos que la historia pone a cada uno en su sitio, pero ese es un flaco consuelo.

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