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martes, 26 de febrero de 2013

ADIÓS, ESTADO DE DERECHO


A SS., con mi respeto y afecto.

Creímos que habíamos tocado fondo, después de ver como se desmantelan los pilares básicos de la sociedad del bienestar que habíamos imaginado – ¡ilusos!- consolidados para siempre. Sin una sanidad universal, sin una enseñanza publica, sin la posibilidad de empleo y sin una investigación razonable que nos permita competir con los demás países, estamos condenados a la ruina. Nos acercamos, peligrosamente, a cualquiera de los países del sur donde no existe más derecho que el del pataleo o encomendarse a la divinidad que promete emparejar al personal en el más allá con recompensa de huríes y arroyos de leche y miel. Como decía mi abuela, muerto el burro, la cebada al rabo (mi abuela decía cebá).
Y a pique estamos de ese punto cuando se avecina, a lomos del Sr. Gallardon, el último jinete de este Apocalipsis tremebundo: el desmantelamiento de la Justicia. Pretende –y es muy posible que lo logre si la revolución social no se lo impide-eliminar de un  plumazo a los jueces sustitutos. Eso supone quitar de en medio al 25% de los jueces en activo para volcar su trabajo sobre el resto, que ya se ven y se desean para hacer honestamente un difícil trabajo en el que la inmensa mayoría se deja la piel y las ilusiones. La barbaridad supone, además, que unas tasas abusivas serán impuestas a todo el que pretenda tener la oportunidad de defender sus derechos. Ahí es nada, adiós al estado de derecho, adiós a la Constitución y a los principios universales de igualdad del ciudadano ante la ley. Volveremos al código de Hammurabi, aplicándonos la justicia a golpe de garrota.
Y todo eso en nombre de unos recortes que solo aplican a los más débiles, mientas el presidente del Gobierno, para dar ejemplo, se sube el sueldo y la corrupción generalizada empantana de una forma vergonzosa hasta las más altas instancias del estado, empalmes incluidos. Gotea desde las alturas como una melaza fétida, corrompiéndolo todo. Vamos camino de ser gobernados, en última instancia, por los poderes económicos que, en nombre de los mercados, se han convertido en el becerro de oro de nuestros días.
Muchos políticos –que se han profesionalizado para vivir del momio en otra pirueta propia de la perversión del sistema- no hacen sino lo que esos poderes económicos les sugieren, metiendo la mano en el cajón en cuanto tienen oportunidad. Así se desquitan de un largo camino de peloteos y abyecciones.
Los infelices contribuyentes, clamamos como aquel del desierto para que sean buenos y nos propongan un camino de regeneración. Como si fuera factible que el controlador se controle a sí mismo. Vana esperanza, si no tomamos la sartén por el mango y los mandamos a sus casas –después de vaciarles los bolsillos de los billetes que se apropiaron indebidamente. Escojamos a los políticos entre las filas de los ciudadanos honrados, como recomendaba el maestro de Estagira. Y, por si acaso, sometámoslos a una estrecha vigilancia, exigiéndoles un riguroso código ético que suponga, como a la mujer del Cesar, además de ser honrados, parecerlo.
¿Podremos?

martes, 19 de febrero de 2013

SEÑOR PRESIDENTE (y XIII). Despedida y cierre.




Como anuncio en el encabezado, Sr. Presidente, con esta de número infausto, doy fin a las misivas que, durante estos últimos meses le he dirigido. Estoy seguro de que alguna de  las muchas observaciones que me he permitido apuntar en ellas no habrán caído en saco roto, pues le considero con algo más de memoria que a Sancho. El cual, al final de la retahíla de consejos que su señor le dio para la buena gobernanza de su ínsula, le respondía: bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de que me han de servir, si de ninguna me acuerdo?

Es desesperante, Sr. Presidente, levantarse cada día con un nuevo anuncio de corruptelas bankiarias, de Barcenas, sus chanchullos y sus fugas de capitales; de alcaldes de Pozuelo y su, ora esposa, ora ex, cargada de payasos y confeti; de los memos de sus ministros diciendo insulseces allá donde los pillen con un micrófono, por no hablar de la Sra. ex-presidenta y su baile de la Yenka…

Los Florianos, Cospedales, Gonzalez Pons, y otros sacrificados pelotas de segundo y tercer nivel, que de lo que cantan yantan, se ven abocados a hacer tristes papelones diciendo hoy una cosa y mañana su contraria según sople el viento acomodaticio. Y se tragan los nuevos sapos con el desenfado de quien tiene tal repugnante hábito por norma.

El colmo es que Ud. se remita a su deber como forma de gobierno cuando ha vulnerado con desenfado manifiesto el programa electoral para el que lo elegimos. Y una cuestión, no menor: que se suba el sueldo mientras nos lo baja a los demás. Recuerde que sin estética no hay ética. Nos ha tomado el pelo, Sr. Rajoy, por lo menos a este servidor.

Y si, por lo menos hubiera Ud. tenido la decencia de darnos las explicaciones que nos debe -como aquel menudo alcalde del pueblo andaluz-, aun estaría dispuesto a concederle cierto crédito. Pero guarda Ud. un cobarde silencio que espero mis ciudadanos sepan anotar en su debe.

No cuente con mi crédito en adelante, Sr. presidente.

Y créame –se lo digo sin acritud- me avergüenza que Ud. presida el gobierno de mi nación y que todo lo que se les ocurre, a Ud. y a sus acólitos cuando se les afea el desastre al que nos están conduciendo, sea remitirse a los que otrora lo hicieron peor que ustedes. Ese afán corporativo de tapar a los –pocos, estoy seguro- corruptos que en sus filas han florecido (repugnantes flores del mal, como las de Baudelaire), avergüenza a todos los ciudadanos de este país y les deja a Uds., como personas y como Partido, a la altura del betún. (Diría el castizo, con el culo al aire, pero quiero guardar las formas).

No soy yo quien para decirle si debe o no irse antes de que suene la campana, otros hay que se lo propondrán con mejor fundadas razones. Solo quiero manifestarle, como ciudadano de a pie, que le retiro, desde este momento, el respeto que, de oficio, concedo inicialmente al Presidente del Gobierno elegido en las urnas, sea o no de mi cuerda y mi voto.

No cuente conmigo en adelante, Sr. Presidente.


martes, 12 de febrero de 2013

LOS MASS MEDIA (II)

 No se quedó a gusto Fernández con nuestra última conversación y tomó de nuevo el tema de los medios de comunicación masivos (la televisión, concretamente), después de un desayuno suficiente en el “Mesón de José Luis” a base de bocatas de caballa con tomate, olivas cornicabras y tallos, sus cañas correspondientes y apoteosis final con carajillo de anís seco. El mesón es lugar que, quizás por su vecindad a la iglesia, resulta propicio para la reflexión y el dialogo civilizado
—Lo de anoche fue de antonomasia: un tipo que se confesaba drogadicto desde hace años, aunque su aspecto deportivo lo desmintiera, amenazaba con suicidarse en directo desde el hotel de no sé qué país asiático, en el que se había refugiado huyendo del fisco español que lo amenazaba de cárcel por impago. Mientras, su gemelo, igual de calvo y desenvuelto, aireaba en otro programa, su reciente ascenso a la condición de cornudo con pelos y señales; lo del Gran Hermano, por el que pasé de puntillas, sigue de caldo gordo, con la que fue una buena presentadora haciendo ahora un triste papel, entre peloteras, gritos y revolcones calenturientos con abundante exhibición de nalga joven… No me digáis que la cosa no tiene bemoles, “¿mentiendes?” Estamos llegando a unos extremos que me hacen dudar de que podamos caer más bajo.
—Pero Fernández, ¿de qué te sorprendes a estas alturas? Estando de acuerdo con la mayor, te pregunto: ¿hay alguien que te obligue a ver esos programas? Porque yo no los veo de forma habitual, aunque confieso que, haciendo zapping, los atravieso de forma fugaz y a veces. Casi sin darme cuenta, me recreo en la carnaza, que todos somos humanos, de forma que no me escandalizan demasiado. Es un producto como otro (de acuerdo que un poco repugnante) que se ofrece en un mercado libre. El que quiere lo toma y el que no, lo deja. Por fortuna, la oferta televisiva es suficientemente amplia como para que la libertad de elección sea posible. No como aquellos tiempos que tú conociste bien en que había una sola cadena en blanco y negro, tétrica como el régimen que la sustentaba. Por otra parte, esto del morbo viene de muy lejos, de tiempos pretéritos. Recuerda los romances de ciego que nos han llegado desde la Edad Media en los que se relataban crímenes sangrientos y envenenamientos familiares. Y no hablemos del más reciente caso del periódico así llamado que pobló nuestra juventud de asesinatos y tétricos misterios sin resolver. Aquellas truculencias nos quitaban el sueño cuando, de niños, habíamos tenido la ocasión de ojear el libelo a hurtadillas. A la gente siempre le ha gustado lo truculento, el morbo y la desdicha o las historias de alcoba. Y si es todo mezclado, mejor. Lo que pasa es que ahora los medios y la técnica permiten tal lujo de detalles que penetran en la sensibilidad por todos los poros.
—Desde luego. No te niego que, generalmente, huyo despavorido de esas cadenas para refugiarme en las de informativos o de programas críticos, que algunos hay aunque pocos y aún no me explico de que viven. El peligro es que, queriendo salir de la sartén, caes en tertulias en las que participan gentes que al principio te causan buena impresión. Se expresan con corrección y hacen alarde de conocimientos que, comparados con los asilvestrados personajes a que antes nos referíamos están a tanta distancia como Don Quijote de Sancho. Más, de pronto, empiezan a desbarrar y se les ve la orejilla partidaria defendiendo, más que al sentido común y a la lógica dialéctica, a las posturas (a menudo cerriles) de tal o cual partido (el que mantiene la cadena, por supuesto). Y con frecuencia se dan también en estas las descalificaciones, los gritos y los insultos que les afeamos a las otras.
—Pues tal como lo pones, Fernández, estamos apañados.
—Aún hay esperanza, siempre nos quedaran los documentales o instalar una parabólica y seguir Al-Yazira.
—Mejor aún, apagar la tele y dedicarnos a la reconfortante y silenciosa lectura.
—Mejor.




martes, 5 de febrero de 2013

LOS MASS MEDIA (I)




A mi amigo “Juan El Perifollo” objetor resignado, como yo, de RTVE.

Llegó Fernández a nuestra plácida tertulia vespertina echando fuego por las muelas.
—Es indignante lo que acabo de presenciar: me había quedado endormiscao con un reportaje de la segunda sobre el paso de los Ñus del Gorongoro en el río Masai Mara (el mismo, por cierto, que ponen cada dos o tres semanas), cuando desperté sobresaltado por los gritos; mi señora, que se había adueñado del mando, seguía con expresión arrobada un programa en el que una muchacha, cuyo único merito para situarse en semejante ágora era el de haber estado casada con un torero de renombre, pontificaba sobre cuestiones de variada índole con una rotundidad que corroboraba su estulticia, entre ademanes de una vulgaridad ostentosa. Los así llamados “contertulios” buceaban con preguntas inconvenientes y sonrojantes, sobre su vida y la de una hija habida de su relación con  el mencionado “diestro” a la que el Defensor del Menor había salido a proteger con el pertinente escrito. El tribunal interrogador, que eso parecían los personajillos autodenominados periodistas situados en semicírculo confortable en torno del central, lanzaban sus preguntas, que les debían parecer cargadas de ingeniosa profesionalidad sobre el irrelevante tema, con el mismo énfasis que habría requerido un asunto de interés nacional. La asediaban con preguntas de carácter íntimo, entrando en detalles que sonrojarían a cualquiera dotado del más elemental sentido del decoro o del respeto. No me he atrevido a hacerle la critica que la ocasión merecía a mi boquiabierta esposa, en aras de mantener el equilibrio conyugal de por sí precario, y he optado por poner tierra por medio y refugiarme en vuestra acomodaticia compañía, buscando una complicidad que no estoy muy seguro de obtener.
—Fernández, cuando te pones finamente critico, me produces cierta estupefacción temerosa, además de dejar a tu señora en un lugar que dudo le corresponda.
—Tómatelo a chacota, pero lo de esos programas, me parece vergonzoso.
—Veamos, si somos capaces, el asunto con un poco de distancia ecuánime. El fenómeno es importante porque a él acuden un número significativo de nuestros conciudadanos. Esos personajes que nutren buena parte de las horas de audiencia de algunas televisiones privadas, se ganan la vida aireando las interioridades de sus vidas, por otra parte llenas de cutrerío y vulgaridad. Digamos que esa es una forma que han descubierto merced al afán de casquería barata que llena las ansias de una parte de nuestra población. Ellos solo se aprovechan. Que ese huracán, a la larga, acabe devorándolos, es otra cosa.
—Según lo dices, parece que disculpes tanta zafiedad. No falta sino que te pongas de parte de esas gentecillas que airean sus tristes vergüenzas y las de quienes los rodean (conyugues, hijos, padres, cuñados, etc.) simplemente porque les pagan y no tienen otro medio de vida, como antiguamente los enanos estaban condenados a ganarse la vida en el espectáculo del Bombero Torero o cosas parecidas.
—Si hombre, ahora remóntate a los gladiadores de la antigua Roma que habían de morir para saciar las bajas pasiones del populacho. No, Fernández, no. Lo que yo te digo es que veo a esos tétricos personajes más como victimas que como protagonistas. A su alrededor se ha montado lo que ellos mismos llaman un “circo mediático” del que vive mucho desaprensivo: desde el que pare (más bien aborta) los guiones, hasta el que lleva los bocadillos y el botijo al plató, pasando por la enorme cantidad de equipo y técnicos que esas cosas mueven. Y todo lo sostiene, en definitiva, el afán morboso del público que mantiene en candelero esos programas. ¿Te imaginas que al inicio de una de sus brillantes temporadas nadie viera el Gran Hermano?  Pues lo quitarían al día siguiente y santas pascuas y alegrías. Habría pasado directamente al olvido, como se merece, sin pena ni gloria. Pero considera, por un momento, la cantidad de gente que habríamos mandado al paro.
—No sé cómo te las apañas, que al final siempre me haces dudar de todo.
—Recuerda, muchacho, que solo de la duda puede salir alguna luz.

martes, 29 de enero de 2013

SEÑOR PRESIDENTE (XII) No maree la perdiz





Señor Presidente:

Ha llegado a mis oídos, por vías que entenderá no divulgue, el mucho aprecio que manifiesta por estos escritos de mi blog, así como el interés con que los sigue, y aún utiliza, en la difícil toma de decisiones a que se ve abocado día sí y día también. Ello me anima a reanudar esta práctica que tenía abandonada desde hace semanas, haciéndole generosa merced de mí caché por el bien del pueblo.

Considérese exonerado, de la obligación de proponernos más códigos éticos ni pactos anticorrupción. A estas alturas de la película, lo que necesitamos el común de los administrados son obras y no entelequias para seguir mareando -no sé si magreando, de paso- a la pobre perdiz. Sean honradas sus señorías, vigilen y denuncien a los que no lo sean y están a su lado; no es tan difícil, si hay estética en la ética. Déjense de zarandajas y de tomarnos el pelo con medidas futuras y comisiones mixtas.

Háganos la merced de apantallar por una temporada a la Sra. Cospedal que miente con la impasibilidad de Buster Keaton. Y, sobre todo, querido Presidente –sin acritud se lo digo- no nos tome más el pelo diciéndonos que su compañero de partido el Sr. Barcenas no tiene nada que ver con el resto de honrados peperos. ¿Qué hacía, pues, en el despacho que disfrutaba en la sede del PP en Genova, a pocos pasos del suyo, disponiendo, con cargo al Partido de chofer y secretaria hasta hace pocas semanas? Como presidente del Gobierno elegido por amplia mayoría (asunto lleno de misterio que los historiadores del futuro tendrán que dilucidar), le tengo grandísimo respeto, pero acabaré perdiéndoselo si Ud. sigue tomándome el mío, como al resto de nuestros conciudadanos.

Y no nos diga que la Constitución es intocable. Han dado un mal ejemplo haciéndole un injerto a traición en fin de semana veraniego. Ese es otro asunto que a la oposición pasará más factura que a Uds. mismos. Creo poco en Uds., pero empiezo a no creer tampoco en ellos.

Si de verdad quiere Ud. recuperar la credibilidad y sanear la vida política, comience tomando el toro por los cuernos y sajando lo que en su partido haya de podrido (que espero sea la pequeña proporción que todos sospechamos), para iniciar una nueva etapa libre de chorizos. Reconozca que hubo una época de dinero negro (normal, por otra parte en la sociedad española del momento; todos recordamos la doble contabilidad habitual en las empresas), y proceda en consecuencia. Averigüe -si no lo sabe ya-, como es posible que un tesorero de su partido, a partir de la nada económica, haya podido amasar una fortuna que, para mas INRI en el partido de los patriotas, se lleva al extranjero ¿No le da cierto tufillo, Sr. Presidente, el solo hecho de depositar las perras, aunque fueran suyas (de él), en un paraíso fiscal?

Y no nos taladre más con la herencia recibida, porque no es de recibo a estas alturas de la tragedia. Si de verdad ignoraban Uds. la debacle económica a la que se enfrentaban, lo honesto hubiera sido no recibirla y volver a convocar elecciones con nuevos pre-supuestos, no incumplir sistemáticamente cada uno de los puntos del programa con el que se presentaron. ¿Quién, de aquí en adelante creerá en el programa electoral de cualquier partido que concurra a las elecciones? Han levantado Uds. la veda para el embuste.

Sea valiente, que es lo que la ciudadanía le demanda, haga promulgar (con su mayoría absoluta) una verdadera ley de trasparencia que haga visible la financiación de los partidos y evite vergüenzas como las mencionadas, para siempre; proponga listas abiertas de una vez, y ataque los problemas de este país, que es para lo que le votamos de forma mayoritaria, muy especialmente el drama del paro que nos tiene ya medio enterrados en la ignominia.

La tragedia, en este momento, no es el gobierno que Ud. preside (siéndolo mucho), sino que la oposición, que tampoco puede permitirse hablar de ciertos temas más que con sordina, es inoperante, y si me aprieta, inexistente.

A la espera de que –remedando a D. Juan- “medite, por Dios en calma las palabras que aquí van”, reciba, Sr. Presidente, como siempre, un cordial saludo.

martes, 22 de enero de 2013

AMIGAS Y AMIGOS



Amigas y amigos, compañeras y compañeros, vecinas y vecinos, colegas y colegos, visitantas y visitantos de este blog: no creáis que porque me dirijo a vosotras y vosotros especificando de forma machacona y pertinaz el género al que cada uno de ustedes y ustedas pertenecen, ignoro el uso de los generales y universales o del genero epiceno, que hacen referencia a los individuos que componen un todo, inventados en el idioma castellano hace ya muchos años (humanidad, pueblo, multitud, gentío, personas, etc.)

Cuando hablamos del Pitecantropus Erectus, del Sinhantrophus, del Homo Eidelbergensis, Pekinensis, Neantertalensis o del más moderno Sapiens-Sapiens, a cuya especie pertenecemos todos los hombres y mujeres que habitamos La Tierra en la actualidad, a nadie se le ocurre distinguir entre los elementos del género masculino y los del femenino: está claro que cualquiera de esas denominaciones abarca, incluye y aúna a los dos géneros, mujeres y hombres. Lo mismo que cuando hablamos de la humanidad actual. El claro dimorfismo sexual, que existe en numerosas razas, no es más que otra característica especifica que solo distingue a unos de otras en el tamaño y en algunos otros atributos diferenciales.

¡Pero ay! la desdichada deriva histórica llevó a que la diversificación de funciones que tan buenos resultados diera a nuestra especie en su camino evolutivo (la mejor prueba de ello es que nos trajo hasta aquí) adjudicara valores distintos a las funciones de uno y otro género, de forma que las masculinas fueran prestigiosas y las femeninas no. Ítem más que la evolución cultural virara injustamente de forma que las mujeres quedaran relegadas al papel de floreros reproductores, eso sí, llenas de belleza, sensibilidad y armonía para que los poetos y juglares pudieran explayarse en sus versos inflamados al son de la mandolina. En unas culturas, los varones dominantes aprovecharon la coyuntura para relegarlas en gineceos y cubrirlas de velos reduciéndolas a valor de cambio; en otras las mantuvieron en los hogares ocupadas en el cuidado de la prole, los trabajos domésticos y campesinos más duros o recluyéndolas, con vistas a su salvación eterna, en monasterios y abadías, también cubiertas de tocas y sayales que preservaran su virtud para el más allá.

En  tiempos modernos, con toda razón, las mujeres, hartas de estos papeles que les habían adjudicado sin consultarles, decidieron cambiar las tornas y reivindicar los mismos papeles, en las mismas circunstancias que los hombres. Se produjo la inversión pendular, llegó el discurso político y  comenzó la carrera partidaria y obsesiva por evitar el lenguaje que pudiera contener la más mínima connotación sexista. Ya no era suficiente referirse al género humano, sino a los hombres y mujeres de forma tan explícita que propiciaba caer en el peligroso ridículo del lendakari Ardanza cuando, en un acto público de su partido, se refería a “los difunos y difuntas”, dando un alambicado giro semántico para que no se olvide citar al género femenino, ni siquiera una vez hermanado para siempre con el otro en la paz de los sepulcros.

Todo pasará y esta moda quizás más rápidamente por lo que de ridícula tiene. Hablaremos entonces de personas, gentes o habitantes de tal o cual sitio, entendiendo con claridad meridiana que hombres y mujeres somos las dos partes de un conjunto con claras diferencias físicas y con evidente igualdad de derechos en cualquier ámbito social.

Tengo la sensación de que las generaciones que nos sucedan recordaran esta época de minuciosa distinción semántica sexual, tan superficial como poco efectiva, de la misma forma que nosotros podemos recordar el último auto de fe presenciado por Felipe II en Valladolid en el año del señor de 1559, pongo por caso.

martes, 15 de enero de 2013

REINOS DE TAIFAS



Un acertado comentario (como todos los suyos) de Fulva Lux, me ha sugerido esta entrada, que le dedico con la humildad del alumno poco aventajado.
Estudiamos, de pequeños, que hacia el año 711, los malvados moros guiados por unos cuantos árabes envidiosos de lo bien que se vivía en este país (que entonces era visigodo después de haber sido romano), cruzaron el estrecho, se extendieron por la Península y llegaron a tierras francesas hasta que Carlos Martel les dio la vuelta en Poitiers iniciando un reflujo que duraría muchos siglos. Pero en el ínterin, desarrollaron una cultura en lo que llamaron (y llaman todavía) al-Andalus, de una brillantez nunca alcanzada hasta entonces. Establecieron un emirato dependiente de Damasco, donde habitaba el Jalifa y Comendador de los creyentes de la muy reputada familia de los Omeya. Pero otra familia, la de los Abasíes que les había tomado algo de ojeriza, decidió sustituirlos por el somero procedimiento de darles matarile, en el año 756. Escapó solo uno de los Omeya, llamado Abderrahamen, que se instaló en al-Andalus, propiciando así que un descendiente suyo constituyera en estas tierras el Califato de Córdoba un par de siglos después. Fue esa una época brillante desde el punto de vista cultural, aunque llena de conflictos larvados entre comunidades tan diversas (muladíes, mozárabes, romano-visigodos, judíos, etc.) que dieron lugar a guerras intestinas (fitna) durante veintidós años. En 1031, cayó el califato de Córdoba y se adoptó un sistema que cuadraba muy bien con el emergente espíritu libertario de los aborígenes españoles: los reinos de taifas (muluk al-Tawaif). Todas las grandes familias árabes, bereberes, mozárabes, muladíes o eslavos, se constituyeron en estados independientes que reproducían el central, ya extinguido, a escala doméstica. En principio fueron veinte, pero llegaron a haber más de treinta y dos, algunas de tamaño más que reducido. Poco a poco las mayores fueron absorbiendo a las pequeñas. Los reyezuelos locales, en su ambición de reproducir el fasto de los califas (de aquellos tiempos data, probablemente, la famosa frase “quiero ser califa en lugar del califa” del visir Iznogud), 

se rodearon de los mejores eruditos de la época tanto musulmanes como cristianos y judíos. Paradójicamente, durante el tiempo de las taifas se desarrolló como en ninguna otra época la cultura andalusí adquiriendo características propias que la distinguían netamente del resto del Islam. Es la época del nacimiento de un movimiento filosófico característico de al-Andalus donde florecían las matemáticas la astronomía y la poesía. La arquitectura desarrolló el estilo manierista que influiría posteriormente en el arte magrebí de almorávides y almohades. Surgieron relevantes figuras en el campo del saber, y, en una constante emulación de los lujos orientales, se construyeron suntuosos palacios, almunias y mezquitas, y se celebraron las fiestas más comentadas, fastuosas y extravagantes de la cuenca mediterránea. Naturalmente, la economía se fue al traste.

No era posible enfrentarse a la presión de los guerreros cristianos del norte con aquel desbarajuste de reinos, así que empezaron a contratar mercenarios que luchaban en uno u otro bando según de donde fluyera el oro, o comprando la paz a base de impuestos (parias) que pagaban a los reyes cristianos. (Uno de los más famosos mercenarios de la época fue el llamado Cide Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar). Los estados se endeudaron hasta los corvejones.

El asunto acabó como el rosario de la aurora: el rey de Sevilla al-Mutamid, llamó en su ayuda al de los almorávides de Yusuf Ibn Tasfin (cuya tumba, venerada como la de un santo, puede visitar cualquiera que tenga interés en Marrakech). Yusuf cruzó el Estrecho, derrotó a Alfonso VI de León y Castilla en Zalaca y, como no estaba para tonterías, decidió conquistar el resto de taifas e imponer el puritanismo religioso que pretendía (como todos los fundamentalismos) salvar al personal, aún a su pesar. Ahí se acabó, por el momento, el espíritu hedonista y liberal del pueblo andalusí.

Luego vinieron los almohades y los nazaríes residuales hasta que su último rey, el lagrimoso Boabdil, dio por terminada la aventura árabe en España y comenzó lo del yugo y las flechas para terminar en las autonomías tras la época oscura del exiguo  general.

*

No sé porqué, recordar los reinos de taifas me produce la sensación de que la historia se repite (con las naturales variantes), que muchos de los acontecimientos a los que asistimos son un deja vu, y que aprendemos poco o nada del pasado.

martes, 8 de enero de 2013

ROUCO ¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

Nos ha deleitado el Sr. Rouco en días pasados, aprovechando efemérides religiosas propias de estas fechas, con un encendido mensaje a la magna concentración de seguidores reunidos en la plaza de Colón de Madrid. Allí, además de a sus devotos seguidores, se ha permitido darnos lecciones al resto de los ciudadanos sobre los imperativos morales que su confesión postula para que nos mantengamos en el camino de bondad que ha de conducirnos a la venturosa vida eterna, una vez periclitada la presente.
Como ciudadano libre de este desdichado país que sigue siendo el mío, después de felicitar al Sr. Rouco por su éxito de público, me gustaría hacerle algunas precisiones que, dado su carácter dialogador y democrático, estoy seguro no han de caer en saco roto:
Quisiera recordarle, en primer lugar, que las creencias en general y las religiones en particular -entre las cuales, la que él profesa  es una más- son una opción a las que los humanos tenemos acceso para imaginar un hipotético futuro del que, hasta la presente, no tenemos garantía alguna de que exista. Por fortuna, la fantasía es una de las herramientas más potentes con las que la naturaleza nos ha dotado y, a lomos de sus elucubraciones, podemos llegar a los más alejados puntos de mundos desconocidos para imaginarnos, allí, una vida de eterna contemplación o de generosas huríes como otros ofrecen (en caso de duda, escogería esta última, por parecerme más tentadora).
Es encomiable el afán del Sr. Rouco en repartir a diestro y siniestro normas y preceptos para encaminar a todo vicho viviente hacia esa bienaventuranza eterna, pero empieza a resbalarse y a faltarnos al respeto a los que no comulgamos con sus creencias, cuando se permite adoctrinarnos -sin que nadie se lo haya pedido- y amenazarnos con los infantiles castigos de un infierno en el que no creemos. Yo no me atrevería jamás -y tengo el mismo derecho que él- a recomendarle que se adhiriera a mis creencias (suponiendo que tuviera alguna), y menos a reprocharle, con la vehemencia y rotundidad que él lo hace, que siguiera por el camino que lleva, que yo considero equivocado.
Por si fuera poco, este señor se permite poner en tela de juicio normas legales que el Estado dicta para todos los ciudadanos, sin que nadie, haciendo gala de una educación más exquisita que la mostrada por él, se atreva a mandarlo a hacer puñetas, por no nombrar otro lugar al que no debe uno referirse sin pedir perdón de antemano.
Creo que nos estamos pasando de conservadores y educados permitiendo que pontífices de confesiones religiosas, sean las que fueren, aprovechando la credulidad de las gentes se permitan, en ceremonias fastuosas que recuerdan las pantomimas de los faraones egipcios, dar lecciones de vida al común de las poblaciones. Prediquen señores, con toda la vehemencia que sus gargantas les permitan, las verdades incontrovertibles en que creen para los que sigan sus normas religiosas, pero respeten (como el resto de los ciudadanos a Uds.) las ideas y los hechos de los que tenemos otra opción diferente a la suya, o ninguna.
Y sobre todo, no se atrevan a poner en solfa las leyes civiles que, en uso de la libertad democrática, nos hemos concedido las gentes libres de pensamiento, si no quieren que, con el mismo o superior derecho, cuestionemos las suyas y acabemos (violentando nuestras más exquisitas normas de conducta), mandándolos, in aeternum, al lugar referido más arriba.
De una puñetera vez, Sr. Rouco, ¿por qué no te callas?
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