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martes, 7 de mayo de 2019

EL VENTANUCO


La luz del amanecer comenzaba a desvelar los contornos de la habitación cuando sonó el golpe. La portería era estrecha, un tabuco, pero ella se encontraba feliz en aquel espacio mínimo. Había sido su único hogar desde hacía más de veinte años; los vecinos del inmueble y los otros porteros del Ensanche eran la única familia que le quedaba desde que a su Paco lo atropelló el camión tres calles más abajo. Había ido reduciendo su vida a aquel entorno como una tortuga a su concha, y el mundo exterior le resultaba indiferente. La pequeña ventana que daba a la escalera era como un cinematógrafo por el que desfilaban los acontecimientos de la vida, y la función se repetía todos los días con una regularidad sin altibajos: la despertaba la luz del amanecer, que se iba tornando más viva a medida que avanzaba la mañana. Mientras preparaba su café, comenzaban a desfilar los actores de aquella película muda: la criadita del segundo que iba a buscar los croissants recién hechos para la actriz retirada, el mecánico del primero que bajaba a grandes y ruidosos trancos la escalera mientras se ajustaba la cazadora de cuero resobado, la profesora de francés cuyo rastro de perfume perduraba hasta el mediodía, el chico de los Bermúdez, con la boca llena de un plátano que comía a tragaloperro… Todos echaban una breve mirada hacia el tragaluz y esbozaban un gesto de saludo. Eran su familia, una familia con la que raramente cruzaba una palabra, excepto con el chico de la buhardilla. Él había sido la excepción desde que se instaló allá arriba hacía un par de años. Y no fue casual que escogiera las alturas.
Cuando escuchó el golpe supo que, por fin, el día había llegado. Pobre muchacho. Durante los últimos tiempos había confiado en que la aprensiones y temores que le confiaba en sus tardes de “terapia”, como ella decía, le hicieran desistir, pero ya ves.
Al principio se lo tomó a broma; aquellas monsergas le sonaban a existencialismo de chalina y pelos largos, trajes oscuros llenos de lamparones y angustia vital trasnochada. Luego lo fue tomando más en serio, cuando le contó lo del hospicio y la desgarrada historia de su amor imposible. Fumaba unos cigarrillos delgados que liaba con avaricia, escatimando el tabaco, único lujo que se podía permitir con el sueldo de mandadero en la linotipia. Ella le servía un café de achicoria con un par de magdalenas, posiblemente su única comida del día. Después lo escuchaba como una abuela comprensiva y paciente, a veces disimulando cabezadas, sin entender del todo las extrañas razones de su melancolía destructiva.
Cuando sonó el golpe, supo que ya no habría más charlas, ni cigarrillos misérrimos, ni café con magdalenas.    
El primer rayo de sol entraba por el ventanuco.

Este relato se publicó en Historias de portería de La Esfera cultural, Septiembre 2012

martes, 23 de abril de 2019

OLORES


Nunca pudo recordar cuándo empezó a manifestarse aquella extraña cualidad que habría de acompañarle para siempre. Las imágenes más antiguas de su memoria eran un cuerpecillo regordete e indefenso rodeado de sabanas espumosas y de la infinita panoplia de olores que le invadían: olor a espliego de las sabanas, olor agrio y dulzón de sus orines, olores corporales entremezclados con fragancias, algunas repugnantes, de las personas que se inclinaban sobre la cuna musitando tonterías como si él las entendiese. Pronto se dio cuenta de que el mundo estaba compuesto de elementos que tenían un olor característico, un olor que solo él era capaz de percibir. Eso lo sumió, al principio, en una extraña desazón. Sentirse diferente no resulta cómodo, pero aprendió enseguida que no podía compartir aquella percepción con nadie. Sus primeros amigos no sabían de qué les hablaba. Para ellos no existía el olor a comida rancia, a polvo de siglos, a vetustez y carcoma que flotaba por todo el colegio. Ni el acre olor corporal que salía de las sotanas con patina de siglos de sus maestros, ni el pimpante olor a primavera cuando, a primeros de abril se abrían las ventanas. Los demás parecían no tener narices; para él eran su medio de contacto con el mundo. Los olores eran como un arco iris donde caben todos los colores: cada cosa tenía el suyo y cada olor hablaba  del objeto o la persona de donde procedía. Los objetos hermosos tenían olores agradables. Los feos, olores “negros”, igual que las personas; unas eran amables, acogedoras, buenas, atractivas; esas tenían colores hermosos, blancos, olores que le llegaban hasta el fondo del estómago y le hacían sentirse feliz cuando se acercaba a ellas. Otras tenían olores oscuros, repugnantes que trasmitían sus sentimientos de mezquindad, avaricia o egoísmo. Su cercanía le provocaba un malestar que lo hacía palidecer y le bañaba la frente en sudor. A veces fantaseaba con la posibilidad de asfixiarlas lentamente mientras respiraba todas las gradaciones de olor que tendría el miedo a medida que la muerte fuera llegándoles al corazón. Era una fantasía recurrente, y le agobiaba la certeza de que algún día, cada vez más cercano, se vería obligado a realizarla.
No fue hasta muchos años después que leyó El perfume y supo que no estaba solo.

Este relato fue publicado en la antología Con un par de narices, editorial La Esfera cultural, Marzo de 2012.

martes, 2 de abril de 2019

COCODRILOS Y MCGUFFIN


Por supuesto que no había ningún cocodrilo roncando sobre la cama de la habitación de invitados cuando abrió la puerta. Ángel Zapata, en su estupendo manual "La práctica del relato", nos regala la imagen a modo de señuelo para mostrar la conveniencia de mantener la atención del lector con ese cocodrilo inverosímil entremetido en la historia. Los personajes, los objetos, las acciones y los escenarios que dan cuerpo a una historia han de ser únicos y peculiares y el autor de ficciones debe elegirlos con cuidado, huyendo siempre de lo previsible, nos dice. Y seguramente tiene razón, aunque no siempre se encuentre la habilidad necesaria para seguir tan sabias enseñanzas. Más cerca estoy de consolarme con las palabras de Cervantes: Yo, que siempre me afano y me desvelo/por parecer que tengo de poeta/la gracia que no quiso darme el cielo.
No solo los cocodrilos sirven para atrapar la atención mudable del lector. Enrique Vila-Matas, por cuya obra confieso cierta debilidad, utiliza una especie de cocodrilo en forma de mcguffin. ¿Y qué será eso del mcguffin, preguntará quizás el paciente lector que me haya acompañado hasta aquí? La explicación es un poco larga, pero no he tenido tiempo para hacerla más corta, así que parodiando a aquel entrañable alcalde de pueblo con voz ronca y sombrero cordobés, se la voy a dar en las letras del autor de “Kassel no invita a la reflexión”:
Como algunos saben, para explicar qué es un mcguffin lo mejor es recurrir a una escena de tren:” ¿Podría decirme que es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza”? pregunta un pasajero. Y el otro responde “Ah, eso es un mcguffin”. El primero quiere entonces saber que es un mcguffin y el otro le explica: “Un mcguffin es un aparato para cazar leones en Alemania” “Pero si en Alemania no hay leones” dice el primero. “Entonces eso de ahí no es un mcguffin” responde el otro.  Luego el autor nos recuerda el estupendo mcguffin que supone la estatua del pájaro en la película El Halcón maltés.
Nadie piense que lo del mcguffin es cosa de estos tiempos. Invito a quien tenga tiempo y ganas a leer la divertida poesía de Baltasar de Alcázar (1530-1606), “Una cena”, que arranca con un estupendo mcguffin: En Jaén donde resido vive Don Lope de Sosa…
Un antecedente más moderno del mcguffin fueron los inolvidables charlatanes que los días de mercado se aposentaban en la vereda del río Segura que entonces, si no caudaloso, era discreto cauce de aguas corrientes.
Muchos recordareis aquellos personajes que, para hacer corro, instalaban un pequeño chiringuito cubierto con un paño negro bajo el que decían tener un animalillo o alimaña misteriosa –quizás un lagarto traído de las lejanas islas de Comodo- que, pasados unos instantes efectuaría las más increíbles acrobacias. El personaje –llamémosle Ramonet por el momento- continuaba ponderando las habilidades del misterioso animalillo excitando la curiosidad del público que se iba añadiendo al círculo. Cuando la afluencia era suficiente, el astuto vendedor cambiaba el sentido del discurso hacia su verdadero objetivo: ponderar las excelencias de sus mantas de las que hacia lotes que malbarataba, según él, en un afán solidario de aliviar los fríos habituales en la época. Algunos chiquillos bobalicones –apártate nene que no me dejas trabajar- que como yo, esperaban ansiosos la aparición del misterioso lagarto quedarían para siempre defraudados. Los de Ramonet constituían estupendos mcguffin, aunque probablemente él
no lo supiera.

Ahora ya sabemos lo que es un mcguffin, para qué sirve un cocodrilo roncando sobre la cama de la habitación de invitados; que la estatuilla del halcón de porcelana era solo una excusa para los interminables diálogos de la película; que el criado portugués de don Lope de Sosa no tiene nada que ver con la cena que luego describe el autor y que Ramonet fue un precursor del mcguffin oratorio. Otra cosa es que tengamos la habilidad de emplear mcguffin, cocodrilos, criados portugueses o dragones de Comodo con el acierto suficiente para atrapar la volátil atención de nuestros lectores.


martes, 12 de marzo de 2019

MUJERES EN LA TERTULIA


 Al llegar esta mañana al Centro Municipal de la Tercera Edad (conocido familiar y cariñosamente como “Hogar de los viejos”), una sorpresa nos aguardaba. En la mesa que ocupamos habitualmente y que Pepe el camarero nos reserva en acuerdo tácito con los demás parroquianos, el Cacaseno conversaba animadamente con Maruja la del tío Paco “el Tutuvía”. En varias ocasiones habíamos tratado el tema. Dadas las circunstancias actuales y la inevitable y justa irrupción de las mujeres en la vida pública, resultaba anacrónico que esa circunstancia no se viera reflejada en la tertulia. Lo que no sospechábamos era que el Cacaseno se iba a mostrar tan diligente.
—Si hay que hacer algo, cuanto antes mejor.
—Escrito está, Cacaseno: “Lo que hayas de hacer, hazlo pronto”.
—No me saques a Getsemaní, tío Juan, que yo también fui monaguillo.
—Haya paz, señores –debuta Maruja- yo he venido, según me ha dicho el Cacaseno, invitada por todos, para poner una voz femenina en la tertulia…
—Que falta nos hace, tercia Fernández el conciliador. Lo que siento es que no esté Mateo, seguro que le hubiera gustado verte.
— ¡Tiempo habrá! Este es un buen momento, el 8M de este año fue día clave, con mucho éxito de participación a pesar del señor Casado y los del diccionario. Parece que la cosa va animándose, ¿no, muchachos?
Juan de la Cirila arruga el morro. Los cambios, de la clase que sean, le cogen un poco a contramano, y si le nombran a su señorito, más.
—Los que vosotros llamáis conservadores o inmovilistas, siempre hemos tenido claro el papel de la mujer: ahí está la Virgen, las santas y las monjas, al mismo nivel de los hombres.
—No digas tonterías, Juan -el Cacaseno se atraganta con su media tostada- no te lo crees ni tú. Eso es una mentira como una casa ¿acaso las mujeres  pueden decir misa, administrar sacramentos o subirse a un púlpito?
— ¡Hombre, pueden ser nazarenas!
—Eso sí, pero igualdad quiere decir igualdad en todos los aspectos -tercia dulcemente Maruja-, se trata de cambiar el viejo paradigma judeo-cristiano que adjudica papeles diferentes a hombres y a mujeres. Hasta que no eliminemos eso, no habrá igualdad real. Los hombres se arrogarán el derecho de decidir por las mujeres y si se ponen bravas darles una somanta o matarlas.
— ¡Mujer!
—Sí, sí, Juan. Todos los años hay un montón de muertas a manos de sus parejas. Para desdichada muestra, el mismo día 8 y siguientes. Eso es lo que hay que evitar.
— ¿Solución?, dice Fernández.
—No se me ocurre ninguna inmediata, por desgracia. A largo plazo está claro: la educación adecuada e igualitaria, aunque es preocupante la actitud de algunos grupos de jovenes. Igualdad en las fábricas y en los tajos. Igualdad de salario a igual puesto de trabajo, imprescindible. Soy optimista, creo que por ese camino vamos. Por eso debe ser bienvenido cualquier acto encaminado a que todos nos concienciemos: manifestaciones, huelgas, batucadas, cualquier cosa, aunque pueda resultar onerosa en otros aspectos, la cuestión es urgente.
— ¿Y lo de la paridad forzada, los actos exclusivos para mujeres y las listas cremallera? Si fuera a la inversa, ¿Qué diríamos? Creo que hay que respetar lo que la gente vota sin más manipulaciones. Para cambiar las cosas, hay que convencer, no imponer.
—Juan, las cosas están sujetas, inevitablemente, a movimientos pendulares y en el transporte siempre se rompe algún huevo, pero la mayoría llegan a puerto felizmente.
—Leches, Maruja, ya estas aprendiendo de Fernández.
—O Fernández de mí, vaya usted a saber.
— ¡También tienes razón, Tutuvía!



martes, 5 de marzo de 2019

SUGERENCIA PARA SALIR DE LA CRISIS (O las cosas cambian poco)


Leo en el periódico que la corporación municipal de Murcia, en pleno “y bajo mazas”, acudió a renovar el Voto del Concejo a la Virgen del Rosario.
¿De qué va esto?, puede que se pregunten ustedes, como me pregunté yo. Pues va de que en el año 1677, entró por Cartagena (riesgos de los puertos de mar) una peste de lo más dañino, de esas que trasmiten las pulgas, que a su vez la han adquirido de las ratas, causando la muerte a 1314 personas de las 26.000 que poblaban entonces  la región. En el documentado estudio de Juan Hernández Franco “Morfología de la peste de 1677-78 en la ciudad de Murcia” no se alude a tal Voto del Consejo, sino que se postula que la dura tarea de reprimir el mal se encomendó a las instancias gobernadas por los santos Sebastián y Roque, y como apoyo extraordinario, dada la gravedad de la situación a San Miguel Arcángel, como recoge el acta de la reunión del Concejo de 28 de julio de 1677: por las noticias ciertas que se tienen de que en muchas ocasiones imbocando su patrocinio a librado a muchas ciudades de la enfermedad pestilencial y contagiosa. No debía confiar mucho en el remedio el Obispo de la diócesis, D. Francisco Rojas y Borja, que seguramente había leído el Decamerón y optó por quitarse de en medio para refugiarse en su palacete de La Ñora hasta que pasara el temporal.
En la actualidad, las pestes medievales han sido sustituidas por plagas más a ras de suelo. En nuestra región, las calamidades se abaten sobre el personal como el granizo que azota periódicamente el Altiplano.
Tenemos un aeropuerto en Corvera que, además de no servir para nada, nos va a costar una ruina, como ha pasado con los de Burgos, Albacete, Castellón y Ciudad Real, pero el presidente Valcárcel dijo en la Asamblea que ya se hablaba de ese aeropuerto en 1935, cuando los aviones iban todavía a pedales. Él no ha hecho más que ponerlo en marcha (con la aquiescencia, por cierto, del PSOE); el AVE llegará cuando llegue si es que llega algún día. Por lo pronto, el Director General de Murcia Alta Velocidad y Cartagena alta Velocidad se ha quitado de en medio antes de que lo salpique el desastre; en la Asamblea Regional, las mociones de PSOE e IU tardan hasta dos años en sustanciarse, en un alarde de agilidad democrática; este año no se convocan plazas para oposiciones de secundaria, porque solo se podían sacar 47 y “para poca salud, ninguna”; el alcalde Cámara, en una pirueta legal, pide la nulidad del caso Umbra desde Enero de 2011, arena sobre el yacimiento, como se ha hecho en San Esteban, y aquí no ha pasado nada; la variante de Camarillas entra y sale de los presupuestos como si bailara la yenka, no se sabe si acabaremos por verla terminada en este siglo; pasa lo mismo con la autovía del bancal, que desemboca de forma abrupta en un huerto de limoneros para sombro de los que por ella circulan.
Y digo yo, vista la eficacia manifestada, bien por la Virgen del Rosario, bien por los santos Sebastián, Roque y el Arcángel San Miguel en la feliz resolución de pestes ancestrales, ¿No sería práctico que el actual Consistorio que tan buenas relaciones con las alturas mantiene, los conminara a echar una mano en este desbarajuste que nos aqueja?

(Este artículo se publicó en VEGAMEDIAPRESS el 11.10.2013)

martes, 5 de febrero de 2019

CHATOS Y NAPIAS


Cuando la conoció quedó prendado, aunque se dio cuenta enseguida de que ya nunca podría emplear una de las expresiones que le gustaba utilizar con frecuencia: chatilla. Y es que aquella chica lo era de forma extremada. Era chata como “la Chata”, popular hermana de Alfonso XII, chata como un japonés chato, el colmo de la chatez, chata del todo. Lo cual resultaba gracioso, porque él tenía una nariz de considerables dimensiones. En el colegio le llamaron “Napy” y arrastró el mote durante toda su vida. Era la suya muchísimo nariz, nariz tan fiera…, prominente y altiva, entre borbón, Cyrano o Pinocho, que le precedía como un heraldo y de la que se sentía orgulloso.


Encajaron como la llave en la cerradura y pronto fueron uno. Les sonrió la fortuna. Todo iba de maravilla, salvo el pequeño detalle del acoplamiento facial: a él le sobraba lo que ella no tenía. Cada uno fingía no advertirlo, pero allí estaba.
Ese verano decidieron pasar las vacaciones con las familias respectivas, él en su pueblecito de la Mancha, ella con los abuelos de Jaén.

Cuando se reencontraron en Atocha les paralizó la sorpresa. Ambos había pasado por el taller de las batas verdes: a ella le habían añadido y a él le habían quitado.
Pero no eran los mismos. Nada volvió a ser igual.




martes, 29 de enero de 2019

BOINAS, GORRAS Y SOMBREROS


García Márquez nos relató en su momento la importancia de colocar un letrero explicativo sobre cada cosa o animal cuando los habitantes de Macondo perdieron la memoria afligidos por la peste del insomnio. Explicaba como ejemplo el letrero que José Arcadio Buendía había colocado en la cerviz de la vaca: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche.
Mi abuelo, modesto terrateniente de la zona de Nerpio, tenía colocado en el zaguán de su casa este otro letrero sobre una percha situada detrás de la puerta:
Percha: adminiculo que sirve para que el visitante de esta casa deposite, mientras permanezca en ella, la boina, gorra o sombrero de que venga provisto.
Pretendía mi abuelo, como enseguida habrá colegido el sagaz lector, que sus visitantes del entorno no permanecieran durante su estancia en la casa con la prenda de cabeza encasquetada en ella, lo que era a la sazón costumbre generalizada por aquel territorio. Creía mi abuelo que, como el Emperador Carlos cuando implantó en nuestro país la etiqueta borgoñona, en lugar cerrado suponía una descortesía hacia el anfitrión permanecer cubierto. Ignoro si mi abuelo, al igual que el Emperador, eximía de esa formalidad a los Grandes de España cuando le visitaban.

Han cambiado los tiempos, seguramente para bien, y esas exigencias protocolarias y otras normas de conducta social se han desleído como los antiguos azucarillos se disolvían en el café. Por fortuna, hoy día, nadie se extraña de que las prendas de cabeza utilizadas, bien como adorno, bien como imprescindible prótesis, permanezcan en su lugar cuando el usuario se encuentra en sitio cerrado, banquetes, espectáculos, incluso en actos públicos o en tertulias televisivas. No es extraño verlos en esos lugares con la gorra encasquetada hasta las orejas, como si se la hubieran embutido a presión.
Seguramente es un avance de nuestras modernas sociedades dar al traste con costumbres añejas y eliminar de nuestra convivencia diaria normas antediluvianas y protocolos sociales anticuados, como los saludos mañaneros, los usted perdone, ceder el paso a las señoras o el asiento en los autobuses a los mayores o disminuidos. No puedo por menos que regocijarme de ello y animar a los “engorrados permanentes” a que no prescindan de tan útil prenda ni en los momentos más íntimos, pero me reservo el derecho de despojarme del sombrero cuando entro en un lugar público, llego a casa de unos amigos o saludo a una señora. ¡Que le vamos a hacer! Como ustedes habrán deducido, pertenezco a una raza coetánea del Tiranosaurius Rex.



martes, 15 de enero de 2019

ALTERNANCIAS


Los gobernantes romanos en las diferentes fases políticas por las que atravesó la nación Monarquía, Republica e Imperio, se aplicaron con tal denuedo a producir leyes que aún hoy son la base de la legislación de muchos estados europeos. El estudio del Derecho Romano es materia que por lo compleja y minuciosa sigue proporcionando innumerables dolores de cabeza a los estudiantes de nuestras facultades. Después de los romanos, siguieron los visigodos la misma tónica de abundancia legislativa, esta vez conciliar; se cita, como ejemplo de inoperancia de la legislación visigoda el excesivo volumen de normas reguladoras sobre los mismos asuntos. La abundancia de leyes, como la de cualquier otra cosa, no resulta medida de su excelencia, es preciso que sean también de calidad, es decir, justas, oportunas y reflejo de la sociedad que pretenden regular amén de estar dotadas del necesario presupuesto para que su implantación las haga viables. Dictar leyes por meras razones ideológicas o represivas suele conducir a la ineficacia y el ridículo.
Las leyes solo se cumplen, son oportunas y culminan su función primordial de regular las conductas de los ciudadanos cuando son justas y aceptadas sin reservas, proporcionando a la sociedad los cauces adecuados para una adecuada convivencia.
Hemos vuelto, por desdicha, a los tiempos de alternancia partidista en los años de Isabel II. Puede que aquel sistema de gobierno respondiera a una exigencia histórica o a una mera cuestión de supervivencia política, pero hoy las circunstancias y los hombres son bien diferentes. Aquellos eran pactos entre caballeros (especie en vías de extinción), cuyo primer compromiso era no echar por tierra lo edificado por los adversarios políticos en el periodo anterior. Hoy asistimos a todo lo contrario: unos y otros prometen a sus seguidores derribar el edificio legislativo que no les parece adecuado en cuanto logren hacerse con el poder. Así, como en una triste parodia de Sísifo y su peñasco, jamás daremos por acabada la toma del Palacio de Invierno, nos interrumpiremos en el camino teniendo que acatar nuevas reglas que se cambian a mitad del partido. En los tiempos que padecemos, con unas administraciones sobredimensionadas, unos reinos de Taifas cuyo ineficaz mantenimiento es insostenible, unos reyezuelos locales que, en su megalomanía dilapidan nuestros ahorros en proyectos ilusorios y  ansían hacer del pueblo ciudad, de la ciudad emporio y de la región nación, este vaivén legislativo es solo otro más de los disparates que se ciernen sobre nuestro maltrecho esqueleto.
Pluga al cielo que logremos ver tiempos mejores.



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