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martes, 10 de noviembre de 2020

El VIENTO

 



                       Los suspiros son aire y van al aire

Las lágrimas son agua y van al mar

Dime, mujer, cuando el amor se muere

¿Sabes tú dónde va?

Gustavo Adolfo Bécquer

 

De pronto, sin más aviso que el de las predicciones de la tele que nadie se toma en serio, el viento se abate sobre la ciudad desprevenida. No hay nada más dañino que ese aire en movimiento, que recordamos desde la escuela. Llega, casi siempre precedido por la lluvia que ha llenado los predios sedientos y se derrama por torrenteras y barrancos obstruidos de maleza tras la larga sequía. Muchos árboles, con las raíces desprendidas por la tierra anegada, se vienen al suelo con doloroso estruendo. El paciente trabajo de tantos años destruido en un segundo. El viento siempre es cruel, implacable.

La caída de un árbol te impresiona solo si es cercano, las desgracias lejanas nos son ajenas casi siempre. El viento, solo te molesta cuando filtra sus dedos de cuchilla por el cuello del anorak, esas corrientes espirales que invaden las perneras de tus pantalones o el golpetazo súbito y violento al doblar una esquina que te arrebata el sombrero y se lo lleva dando tumbos nadie sabe dónde. Consuélate pensando que el viento, como el río de Heráclito, nunca es el mismo. Este que te aflige ahora, por muchos años que pasen, nunca volverás a sentirlo.

¿Dónde irá ese viento después de arrasarte la piel? Quién sabe, a lo mejor en busca de los suspiros de Bécquer.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

SER FELIZ ES FACIL

Dice mi amigo Juan de la Cirila que es feliz. No tiene dudas existenciales. Si alguna se le plantea, le basta con recurrir a la sabiduría de los entendidos que lo remiten a las enseñanzas contenidas en los libros santos: el Hombre fue creado por el sumo hacedor en tiempos ya lejanos, para su augusto deleite y para que, boquiabierto ante las manifestaciones de su gloria, lo alabara incansablemente.

El mortal, agradecido, no tiene más que seguir los sabios mandamientos de su creador, grabados por el augusto dedo en piedra berroqueña, y entregados a Moisés en su momento. La cosa es bien sencilla. A cada uno ha colocado el creador en el lugar que le corresponde. A tal en la cúspide de la pirámide humana para que dirija los destinos de los demás, a tal otro al frente del sagrado ministerio que ha de orientar a la paciente grey. A la mayoría, en el valle de lágrimas que propiciará sin lugar a dudas la eternidad dichosa que ha de resarcirlo de todas las penalidades sufridas a lo largo de su vida. Todo está resuelto por quien tiene capacidad para ello. Basta, para ser dichoso, no sacar los pies del plato, atenerse a la ley inmutable establecida desde arriba y conformarse con el orden establecido. Si te ha tocado ser pobre, sin acceso a la educación, a la sanidad o a la justicia, mejor para ti, en la otra vida tendrás la oportunidad de gozar de la seráfica visión del todopoderoso, premio de inconmensurable valía que te compensará eternamente de las desgracias sufridas en este mundo. Todo lo demás es intentar subvertir el perfecto orden establecido y ganas de atentar contra el diseño divino. ¡Vade retro!

Conviene, para aplacar a la divinidad casi siempre insatisfecha por motivos que no se deben investigar, ejercitarse en plegarias y actos sacros, participar en novenas y rosarios, procesionar en su momento, y perseverar en el cumplimiento de los mandamientos con que la Santa Madre Iglesia complementa aquellos impresos en las tablas de la ley. El resultado está garantizado.

Por fortuna, según el papa Francisco, el infierno con el que se atemorizó a las almas crédulas a lo largo de tantos años ha dejado de existir, y lo de Adán y Eva era sólo un recurso literario. Ni siquiera había semovientes en el portal de Belén. Todo muta con los tiempos. Vaya usted a saber si, al final, Darwin tenía razón.

 Ya digo, mi amigo Juan es hombre feliz. A veces me entran ganas de acogerme a sus sabias enseñanzas.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

El Dr. JEKILL Y Mr. HYDE

 


Nos explicó Nietzsche cómo hablaba Zaratustra, fundador del mazdeísmo recogido en el libro Zend-Avesta, según el cual existen dos principios contrarios y alternos, el principio de la luz o el bien y el principio de las tinieblas o el mal. Esa doctrina caló tan hondo en la cultura judeo cristiana que muchos años después sería recogida por Descartes en su dualismo, comparando la mente con el marino y el cuerpo con el barco, de tal forma que nos acostumbramos a pensar en línea recta a diferencia de los orientales que lo hicieron en un círculo sin principio ni fin. Aplicamos ese principio al comportamiento humano de manera que vinimos a aceptar que en el Hombre pueden darse los comportamientos más éticos y los más nauseabundos. Los dos extremos.

R. L. Stevenson lo interpretó de forma magistral en su novela “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” publicada en 1886. A lo largo del relato, el lector se ve atrapado entre la simpatía que le despierta el doctor, una persona adornada de los más conspicuos atributos de la persona de bien, y la repugnancia suscitada por esa misma persona que, víctima de su afán investigador, se convierte en un ser despreciable que acaba en asesino.

El lector no puede por menos que preguntarse si la simpatía que siente en el primer caso es óbice para que desprecie y rechace las acciones de esa misma persona en la última etapa de su vida.

¿Justifican una serie de buenas acciones el hecho de que el mismo individuo acabe en defraudador, ladrón, violador o asesino?

 

 

martes, 11 de agosto de 2020

EL DISCURSO DEL PRESIDENTE RAJOY


Hay un conocido libro de Oliver Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero) que trata de sus experiencias clínicas con pacientes afectados de trastornos neurológicos a lo largo de muchos años de profesión. Me ha impresionado especialmente el capítulo 9 que se titula como el encabezamiento de estas letras. Y me parece procedente dedicarle algún comentario.
Cuenta sus vivencias en el pabellón de afásicos de uno de los centros en los que desarrolló su actividad profesional en Nueva York. Entre ellas, esta: un día de visita, le sorprendió escuchar las carcajadas estertóreas de los pacientes que estaban presenciando el discurso del Presidente por televisión en la sala que tenían destinada al efecto.
La afasia global o receptiva, nos explica, incapacita para entender las palabras en cuanto a tales, a pesar de que permite comprender la mayor parte de lo que se oye si se habla a los pacientes con cercanía y naturalidad. La razón es que el habla natural no consiste solamente en palabras ni en proposiciones, sino en expresión, una manifestación externa de sentido con todo el propio ser que implica una comprensión que va más allá de la mera identificación de las palabras. Esa es la clave de la capacidad de entender de los afásicos aunque no se les alcance el sentido de las palabras. A un afásico no se le puede mentir porque, no es capaz de entender por completo el significado de las palabras y precisamente por eso no se le puede engañar con ellas. Lo que capta lo capta con una precisión asombrosa, y lo que capta es la expresión que acompaña a las palabras, esa expresión involuntaria, espontanea, completa que nunca se puede deformar o falsear con tanta facilidad como el mensaje oral. Expresado en otros términos, lo que denominamos el lenguaje no verbal que es el espejo de las emociones y sobre lo que trabaja la programación neurolingüística, hoy bastante desacreditada. Como dice Nietzsche, “se puede mentir con la boca, pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad”.
Algo parecido ocurre con los perros (aunque la comparación no sea afortunada para ninguno de los dos colectivos), que no pueden entender el significado de las palabras pero captan a la perfección el tono y el sentimiento, por eso saben de quien se pueden fiar y en quien pueden depositar su afecto o rechazarlo con temor. En ese aspecto es muy difícil engañar a un perro.
Lo curioso del caso es que nadie quiere ser engañado y mucho menos -como mecanismo de defensa-, reconocer que ha sido engañado, como reza la frase atribuida a Oscar Wilde: “Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”
El capítulo acaba con unas palabras que no me resisto a copiar:
Ésa era, pues, la paradoja del discurso del Presidente. A nosotros, individuos normales, con la ayuda indudable de nuestro deseo de que nos engañaran, se nos engaña genuina y plenamente (Populus vult decipi, ergo decipiatur [1]). Y el uso engañoso de las palabras se combinaba con el tono engañoso tan taimadamente que solo los que tenían lesión cerebral permanecían inmunes, desengañados.
 “La paradoja del discurso” me proporcionó la ocasión de reflexionar sobre el asunto que comparto con ustedes.



[1] La gente quiere ser engañada, engañémosla (trad. Libre)

viernes, 7 de agosto de 2020

DESPERTARON

Despertó el Hombre de su larga noche y se maravilló de lo que vio a su alrededor, de cuanto de excelso y extraordinario había en él mismo. Podía pensar, deducir, prever, experimentar, reír, llorar, amar. Y se dijo: “esto no puede ser fruto de la casualidad ni de la evolución. No tenemos nada que ver con nuestros parientes más cercanos, los grandes simios y mucho menos con las ratas, las pulgas o los peces. El mismo ser, inmenso, inabarcable, que ha creado el universo cuya magnitud somos incapaces de comprender, nos habrá creado, puede que a su imagen y semejanza. ¿Con que objeto? Probablemente con el mismo que al resto de los animales que pueblan el planeta, con el mismo que a tantas galaxias, estrellas y soles con que ha vestido el universo: como muestra de su poder infinito o para alivio de la áspera soledad en que se veía atrapado desde el principio de los tiempos: Díjose entonces Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre todos cuantos animales se mueven sobre ella”. Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra. (Gen.1, 26)”.
Y el Hombre se esforzó en aplacar las iras de ese ser omnipotente, que eran frecuentes. De vez en cuando la tierra se estremecía y dejaba salir de sus entrañas ríos de fuego que arrasaban valles y montañas; o las aguas embravecidas de los mares inundaban la tierra acabando con toda vida que encontraran a su paso; o caía el rayo imprevisible que incendiaba bosques y llanuras dejando la tierra yerma para mucho tiempo. Aparecieron los intermediarios que conocían los designios de la divinidad y aleccionaron a las gentes sobre la mejor forma de ofrecerle sacrificios propiciatorios con los que hacerse acreedores a un buen futuro en la próxima vida. Ésta era solo una etapa más en la larga cadena de reencarnaciones a que cada espécimen estaba sujeto. El pensamiento de una sola vida al cabo de la cual cada uno volvería al polvo inanimado del que salió, era inaceptable para su mente limitada.
Cada pueblo, cada civilización, le dio rostro y forma diferente a la divinidad y la concibió a su imagen y semejanza. Los intermediarios se llamaron a sí mismos sacerdotes y alentaron el culto a los dioses, que proveía su propio sustento. Dijeron que la edificación de costosos monumentos les resultaba grata a sus representados que necesitaban morada también en este planeta. Tendrían en cuenta sus esfuerzos a la hora de evaluar si las acciones de los hombres habían sido correctas, según los códigos que los dioses habían facilitado a algunos de sus representantes más conspicuos.
Pasaron los años y los siglos. El humano fue convenciéndose poco a poco de que, efectivamente, era el rey de la creación, de que cuanto había a su alrededor estaba creado para su uso y deleite. Y se lanzó a una devastación ciega de cuanto le rodeaba, incluidos otros seres humanos que no pensaban de la misma manera, o habían concebido a los dioses de forma diferente; inventó armas capaces de arrasar la tierra contaminar el mar y envenenar el aire. Solo una razón podía prevalecer por encima de todo: la del grupo humano dominante.

La extinción llegó como resultado de su propia estupidez. Y todo volvió a comenzar de nuevo.






sábado, 18 de julio de 2020

LABRADOR


A la memoria de Ramón ‘el Estuto’, allá donde se encuentre.
Labrador,
ya eres más de la tierra que del pueblo.
Cuando pasas, tu espalda huele a campo.
Ya barruntas la lluvia y te esponjas.
Ya eres casi de barro.
De tanto arar, ya tienes dos raíces
debajo de tus pies heridos y anchos.
(Gloria Fuertes)

El hombre apura el vaso y chasquea la lengua complacido. El vinillo de la tierra, clarete y áspero, parece menos agrio que otros años. Se complace pensando que aún le quedan tres grandes damajuanas llenas, bien selladas, durmiendo en el frescor del sótano. Calcula que le hasta que las uvas maduren en octubre.
Aparta el plato, se levanta de la mesa y no puede evitar un gesto de dolor. La espalda se resiente después de un día duro. Atraviesa la puerta del cortijo y sale a la era. Es de noche y la luna creciente brilla. Faltan cuatro días para que esté llena. El hombre se sienta en el poyete junto a la puerta y se reclina contra la pared desconchada de la casa. Ha sido un día fuerte pero bien aprovechado. Se levantó al alba y, mientras los mulos daban cuenta del primer pienso fue a inspeccionar la era donde los muchachos extendían la mies. Las hijas ayudan a los hombres mientras la madre enciende el fuego y prepara los tazones de leche con achicoria. El padre saca el trillo con piedras de sílex incrustadas y prepara los atalajes de las bestias. No le gusta dejar esa faena a los muchachos que no acaban nunca de hacerla a su gusto. Enseguida empiezan la trilla. Los mulos, engandulados todavía, se muestran remisos a emprender la marcha. El látigo que acaricia los lomos con firmeza los convence de que no valen triquiñuelas. Arrancan a un trote cochinero que no les será permitido abandonar hasta el mediodía, cuando la parva se haya reducido a polvo.
A la hora de comer el hombre da orden de parar. El sol está en su zenit y fatiga en demasía a personas y animales. No corre viento aún. Es hora de tomar un bocado y hacer un alto hasta que el calor remita.
A una voz del amo la mujer sale de la casa con una gran sartén de rabo largo llena de migas blancas y esponjosas. En el centro, como diamantes negros, los tropezones de tocino, hígado y asadura. La coloca sobre los trébedes bajo la sombra entreverada de la parra. Los hombres se aproximan y esperan a que el patrón saque la primera cucharada. Comen despacio, a grandes bocados que mastican lentamente. A cada uno el ama le ha servido un tazón lleno de caldo caliente donde flotan pimientos secados al sol, es ‘el remojón’ que ayuda a suavizar las migas. El amo mantiene el porrón a su lado en el suelo y lo pone en circulación cuando le parece oportuno. Los hombres, por turno, se lo echan a la cara y dejan que el hilillo trasparente les acaricie los labios entrecerrados. Después alguien saca una petaca que recorre el círculo y fuman todos en el mismo silencio concentrado. El cuerpo cansado es poco proclive a la conversación ociosa. Queda mucho día por delante.
A media tarde, cuando la sombra del cortijo se ha alargado, comienza a soplar el airecillo de la sierra. La era está situada en un altozano en el centro del valle, expuesta a los cuatro vientos. Lleva allí toda la vida.  Pudo ser obra del abuelo o del padre del abuelo, vaya usted a saber. Quienquiera que fuera, sabía el oficio. Las lajas de piedra siguen firmes y encajadas como el primer día, el lugar perfecto para aventar la parva que ya está preparada. Los hombres, provistos de largas palas de encina, lanzan la mies al viento. El grano cae cerca y la paja va amontonándose, un poco más lejos, en un largo caballón adonde el viento la arrastra,
Al anochecer se acaba la faena. Los sacos de trigo se alinean junto a la pared de la casa, listos para llevarlos al granero cuando acaben de perder la humedad.

El hombre se recuesta un poco más y estira las piernas doloridas. La trilla ha terminado. Han sido días intensos, pero valió la pena. La cosecha es buena. Hay cebada y trigo suficiente para el año y aún se podrá vender una buena parte. Se trasformará en harina de primera en el molino maquilero; alimentará a hombres y animales, engordará la cochina y parirá, si Dios quiere, un buena camada; los embutidos colgarán de las cañas, cabe el techo; las orzas panzudas rebosarán de lomos y costillejas en aceite. Se avecina un buen año.

Se levanta poco a poco, tentándose los riñones que le arden y se encamina a la casa a paso lento. Mañana será otro día.


sábado, 25 de abril de 2020

VIRUS Y DIOSES


Las pestes, epidemias o pandemias, vienen acompañando al hombre desde su primitivo asentamiento en este planeta, que comenzó siendo infinito para los pocos miles de pobladores que se expandieron por él en un principio, y ha acabado por reducirse ante el crecimiento en progresión geométrica de nuestra especie.
Si nos referimos a la pequeña parte del mundo del que tenemos noticia los europeos, conocemos las "pestes" desde tiempos bíblicos: las diez plagas de Egipto; la plaga de Justiniano en el S.I que se llevó por delante a unos 25 millones de personas; la plaga Antonina o plaga de Galeno, hacia el año 170 (igual que la anterior, de sarampión, de viruela o de ambas cosas), que mató a unos cinco millones de personas; la peste de Justiniano (541) entre 30 y 50 millones de muertos; la Peste Negra de 1347, unos 200 millones de personas. Y así sucesivamente, pasando por las grandes pestes del siglo XVIII, el cólera, la gripe española (que no era española) de 1918 que mató entre 40 y 50 millones; la gripe rusa, la gripe asiática; el VIH que se instaló entre nosotros para quedarse, en 1981 y lleva causadas entre 25 y 35 millones de muertes, y una larga serie de pestes y epidemias que harían esta relación interminable.
A la vista de esta somera exposición de datos, cabría preguntarse: ¿A que se deben estas epidemias, pandemias, infecciones o cualquier otro nombre que quiera darse al fenómeno? Caben dos grandes grupos de explicaciones: las científicas y las religiosas. Ambas, hasta tiempos recientes, han estado muy mezcladas. En el primer grupo de razones también podríamos hacer dos grandes subgrupos: bacterias y virus. Las bacterias son "bichitos" que nos invaden -muchos de ellos nos acompañan de por vida y su acción nos resulta imprescindible-, y a los cuales se puede combatir con medios, digamos "naturales", como los antibióticos. Si los antibióticos se hubieran conocido en la Edad Media, la Peste Negra y su variedad más mortífera la Septicémica, causadas por la bacteria Yersiria pestis, otro gallo les hubiera cantado. 
Los virus, a diferencia de las bacterias, son "partículas formadas por ácidos nucleicos, es decir, moléculas largas de ADN o ARN, rodeados de proteínas, con capacidad para reproducirse a expensas de las células que invaden". Necesitan un "huésped" para sobrevivir, pues a la intemperie mueren en un plazo más o menos largo. Aun así, el virus tampoco desea la muerte del huésped, que sería la suya propia, por lo que espera que el huésped desarrolle un sistema de equilibrio que les permita coexistir a los dos mientras siguen infectando. Ahí entran las vacunas.
Ambas formas de peste pueden ser atribuidas a dos grandes conjuntos según su origen: el científico y el religioso. En el primero están los que lo suponen consecuencia de mutaciones genéticas o proveniente de animales en los que existe como huésped habitual. En el segundo, los que tienen por cierto que se trata de un castigo divino de razones desconocidas. Para el primer caso solo hay que esperar que el sistema inmunológico del afectado reaccione ayudado por tratamiento sintomático y toda suerte de medidas profilácticas. Para el segundo, las plegarias o hecatombes.
Dado que entre los 7.500 millones de personas (más o menos) que actualmente poblamos La Tierra hay seguidores de varios miles de dioses, se trataría de averiguar cuál de ellos ha sido el causante del estropicio. Y si no ha sido el de nuestra preferencia, rogarle que tras la hábil negociación con el dios causante, le convenza de que haga remitir el fenómeno. Por su parte, los no creyentes opinarán que es más práctico encomendarse a los cuidados de la ciencia y dejar el mundo de la creencia a los administradores de los dioses en La Tierra que tan bien suelen gestionar sus recursos.


martes, 14 de abril de 2020

MI AMIGO EL PASTOR


Tengo un amigo campesino al que algunas tardes acompaño en su pastoreo. Me lleva por montes y cañadas llenas de encanto, al ritmo lento que las cabras siguen, mientras van alimentándose de cuanto les sale al paso. Los tres perros, gos d’atura, bien entrenados, se cuidan de que el grupo permanezca unido. Delante, con una enorme cencerra que casi le arrastra por el suelo, va un viejo macho de luengas barbas, con cuernos grandes y retorcidos. Mi amigo y yo aprovechamos el momento para rememorar viejos tiempos, recordar la infancia que compartimos, y dedicar un añorante recuerdo a la gente con la que ya no podemos contar. A pesar de que vive retirado del mundo, está bien informado de las circunstancias políticas que nos agobian. Tiene por compañía permanente una radio diminuta que lo mantiene al día. 
Aquella tarde, mientras el ganado seguía a lo suyo, nos acomodamos sobre unas rocas a echar un cigarro. Los perros, a nuestros pies, parecían seguir la plática de mi amigo. 
- ¿Te acuerdas de la familia que vivía en el cortijo de la loma, al final de la cañada? La pareja con cinco o seis hijos ocupaba una casa medio derruida y un patio lleno de escombros. Por toda ayuda tenían una burra vieja que el patrón había desechado. El padre trabajaba en lo que podía. Si había jornal, se comía, si no, se ayunaba. Los chiquillos, a los seis años ya llevaban el ganado del amo. La madre no paraba en todo el día y siempre llevaba un chiquillo mamantón colgando del costado. Todos estaban secos como espátulas. El amo era rico y malo, la mujer, avariciosa. Disfrutaban de todas las comodidades y mataban un par de cochinos todos los años. La despensa rebosaba y sus hijos merendaban pan blanco con chocolate sobre rebanadas de pringüe, mientras los hijos del jornalero los miraban con ojos desencajados y barrigas a punto de explotar. De vez en cuando, la señorita llamaba a la madre al cortijo para entregarle un exiguo “presente” de la matanza. Hacía que se lo diera su hijo para enseñarle a tener caridad con los pobres.
Han pasado los años. Los hijos del señorito se hicieron marxistas, luego comunistas y han acabado en socialistas. Los hijos del bracero se hicieron de Alianza Popular, luego del PP, y han acabado en Vox. ¿Qué te parece?
Los perros y yo guardamos silencio.



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