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martes, 1 de diciembre de 2015

SEÑOR PRESIDENTE (XVII). Cuente con mi voto.



Me impulsa a reanudar el intercambio epistolar, interrumpido en los últimos tiempos, el firme convencimiento de lo mucho que aprecia mis comunicados. Sospecho que, en más de una ocasión, le han servido de reflexión y apoyo, para la toma de sus siempre ágiles decisiones.
Quiero en esta ocasión darle ánimos ante la virulenta campaña electoral en que se encuentra inmerso, y felicitarle por la audaz decisión de no comparecer a debate alguno, por más que los devotos seguidores nos perdamos su aguerrida imagen cargando contra los enemigos del sistema como un Quijano redivivo.
Tenemos, por suerte, sus apariciones en medios diversos, comentando partidos de futbol, y sacudiendo collejas a su díscolo infante. Esperamos, alborozados, algunas más de semejante estilo. Eso basta a sus incondicionales para mantenernos irreductiblemente unidos a su estela.
Dicen las malas lenguas que su futuro político es incierto, que de Santa Pola llegan cantos insistentes de sirena, que su programa político de cara al nuevo periodo no contempla medida alguna anticorrupción, que no pueden olvidar su permanente huida de los medios, sus apariciones en forma de holograma y la dejadez en afrontar los problemas que mejora en tercio y quinto la atribuida a Felipe II.

No se inquiete, los que le hemos votado toda la vida pensamos seguir haciéndolo. En nada nos afectan sus escasas, aunque desastrosas actuaciones, su falta de dotación a la ley de dependencia, para que el problema se solucione por sí mismo. Ni que, bajo su égida este país haya entrado en una espiral de corrupción repugnante encabezada por su partido. Hasta los más sospechosos, merecen de su magnanimidad palabras de apoyo. Recuerdo, enternecido, aquel: ‘Luisito, se fuerte’ antes de su despido en diferido. Estamos convencidos de que, como nos ha dicho con claridad meridiana, ‘Ha sido muy duro con la corrupción’.
Los otros, han tenido más o menos, los mismos casos y de la misma o superior gravedad, y sin embargo ahí están, los ERES andaluces y los pujoles catalanes, maltrechos pero vivos. Solo los ‘emergentes’ aparecen sin mácula, y eso porque aún no han tocado poder, cuando lo toquen, ya veremos. Debemos acostumbrarnos a la corrupción como un mal inevitable. Es cuestión de echarle encima la tierra necesaria.
Usted tiene tablas suficientes para seguir convenciendo al paisanaje para que lo vote como hasta ahora, hay mucho crédulo y mucho desmemoriado. Es cuestión de prometer, como siempre: ‘bajaremos los impuestos, crearemos nosecuantos mil puestos de trabajo, mejoraremos la sanidad, la educación y el sumsun corda, haremos efectiva la separación de poderes, traeremos a los catalanes a camino a base de dialogo…’, etc. El pueblo es acomodaticio y fácil.
Cuente con mi voto.




martes, 17 de noviembre de 2015

TOMATINAS Y MOROS

Respeto las fiestas populares, pero no soy asiduo. A algunas, por compromiso, acudo de peor o mejor grado, otras las evito tan discretamente como puedo. Algo parecido me sucede con los festejos folklorico-religiosos, romerías y similares, que procuro soslayar sin desairar a nadie. Una de las primeras fotografías de mi infancia (en la que estas no eran frecuentes) me refleja, disfrazado ad hoc, subido a una carreta de bueyes en el “Bando de la Huerta”, que entonces era una cosa discreta y familiar. Para más detalles, la foto es de D. Miguel Herrero, excelente fotógrafo, mejor persona, y amigo de la familia. Guardo un entrañable recuerdo de aquellas fiestas de mi infancia y de la ciudad recoleta y provinciana que Murcia fue.
Hace poco, me invitaron a una fiesta, cuyo atractivo consistía en verter, para diversión de autóctonos y extraños, no sé cuantos miles de kilos de tomates con los que unos y otros se embadurnan hasta quedar hechos un ecce homo. Seguro que la diversión es cosa asegurada.
Es harto improbable que yo asista a tal fiesta. Estoy convencido de que si hubiera nacido en ese pueblo, pensaría de forma diferente, pero no he tenido esa suerte. Lo que supone el desperdicio de esa cantidad de alimentos, en estos tiempos de penuria -y en cualquiera otros-, es cuestión en la que no me adentro.
Más discreto, aunque igual de lúdico e ingenioso, se me antoja el lanzamiento de huesos de aceituna, insólito deporte que no dudo ha de alcanzar pronto las más altas cotas de reconocimiento internacional. Sus practicantes ya comienzan a ser considerados como deportistas de élite. Por desdicha, tampoco estoy dotado para su práctica.

Hace poco, un buen amigo me invitaba a participar en los actos que con motivo de la fiesta de “Moros y Cristianos” se celebran en su localidad. Cortesía que le agradecí en lo que vale.
— ¿Una fiesta tradicional?, le pregunté.
—Ya lo creo -me contestó- viene de hace cientos de años, ha estado latente hasta hace poco. ¿No sabes que los moros estuvieron aquí muchos siglos?
Hasta que los echaron, dije para mi coleto.
—Los judíos también –le dije- ¿Porqué no incorporarlos a la fiesta?
Mi amigo, que había concluido ya los argumentos de que disponía, me invitó a conocer el campamento moro, y el cristiano, la procesión del pan, el alarde arcabucero, la leche de camella y no sé cuantos inventos más. El asunto prometía, pero tengo acumuladas suficientes experiencias entre los habitantes del Sahara para contentarme con sucedáneos. Así es que lo de los moros y cristianos tampoco pudo ser.
Espero que me encaje la próxima fiesta a la que me inviten.

martes, 10 de noviembre de 2015

DE VIRGENES Y DEMOCRACIAS

Circula por mi pueblo una petición de firmas para nombrar a la Virgen del Rosario ‘Alcaldesa perpetua’.  Es iniciativa, aunque original y sorprendente, tan digna de consideración como cualquier otra, si bien invita a cierta reflexión que me permito compartir con quien se tome el trabajo de seguir leyendo.
Vivimos en un país aconfesional y según todas las perspectivas razonables, tendente a la laicidad, como nuestros vecinos europeos. Parece un síntoma de salud ciudadana separar los asuntos civiles de los religiosos.
Los ciudadanos disfrutamos la opción de practicar cualquiera de las religiones que el amplio abanico de creencias pone a nuestro alcance, o no practicar ninguna. Por el bien de esas creencias, no parece oportuno mezclar el gobierno de las almas con el funcionamiento de las instituciones civiles. Item más cuando se nos avecinan otras formas religiosas diferentes, y aún antagónicas, con las que habremos de convivir en paz y sosiego. Las normas religiosas afectan y obligan a sus adeptos, no así las civiles que son comunes a todos. Dice un consejo recogido en uno de los Libros Sapienciales: ‘A Dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar’. No se me ocurre más sabia recomendación; es sorprendente que los seguidores de esa religión no la apliquen con la rotundidad que merece.
La democracia que intentamos practicar -sin demasiado éxito hasta la presente-, supone el gobierno de la mayoría, pero también el respeto a todas las opiniones expresadas dentro del marco legal, y a la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, como dice nuestra Constitución, hasta ahora en vigor. Esta idea, que en otros países ya es madura y aceptada con naturalidad, en el nuestro no parece tan implantada. Reconocer –y aceptar de buen talante- a los que piensan de forma diferente, no es habitual –todavía. Todos queremos tener razón, la nuestra, y consideramos equivocado al que mantiene una postura diferente. Quizás eso haya producido los radicales desencuentros de que nuestra reciente historia está trufada.
Los que tienen el mandato de dirigirnos, de una u otra tendencia, no son enemigos entre sí, sino individuos que procuran el bien común a través de procedimientos diferentes, y las ideas y opiniones de unos y otros merecen tanto respeto y consideración como las nuestras. Naturalmente, desechando el insulto, la descalificación y, por supuesto, la corrupción que no es sino una enfermedad de la democracia, a la que todos deberíamos hacer frente sin distinción de ideologías ni partidos políticos.  
Tienen, las Vírgenes y los Santos, católicos o de cualquier otra religión, lugares de culto dignos de respeto, donde los fieles puedan acudir según sus normas les recomienden. La injerencia de cualquier creencia religiosa en asuntos civiles no es recomendable. Otras sociedades elevan a leyes civiles los códigos religiosos, Los resultados son de todos conocidos.

Cada mochuelo a su olivo, aquí paz y después gloria. 

sábado, 7 de noviembre de 2015

QUERIDA LAGUNA

A sugerencia de mi amigo ANF.
 Hace ya tantos años que la memoria se llena de boria…
En Lo Pagán, ‘La Salustiana’, un colmado universal donde las madres enviaban a chiquillos en bicicleta para comprar artículos imprescindibles, desde el pan hasta el ‘flit’ de las moscas. Un largo descampado hasta Villananitos, con modestas viviendas de veraneantes diseminadas a largos trechos, el Castillo de Trucharte, el tabuco de ‘Cruz la Negrilla’, reposo de marineros descalzos al amor del vino dorado de Cartagena, en grandes vasos, a palo seco; el molino de Quintín, a lo lejos el de La Calcetera apenas entrevisto en las mañanas de neblina, cuando los zagales madrugadores se afanaban a la caza de cangrejos. Enfrente La Manga, plana y silvestre, asiento de gaviotas, cormoranes y flamencos, reposo de pescadores que, tras levantar las redes, se aplicaban al rustico Caldero con sobras de la caza. La encañizada, preñada de alevines y galupes, las islas, vírgenes al fondo…
En La Ribera, la gente pudiente, con casas discretamente ostentosas; en Los Alcázares, el Carmolí y Los Urrutias, pocos veraneantes de alpargata, que proporcionaban una alegría efímera al escaso comercio de una población deprimida el resto del año.
El Mar Menor: un paraíso rústico en el que los caballitos de mar flotaban perezosos creyéndose inextinguibles, y los pescadores navegaban en menudas embarcaciones de vela latina buscándo un magro sustento.
Con el progreso llegó el disparate: el veraneo al alcance de todos de forma indiscriminada y salvaje, como si los recursos fueran inacabables, como si la naturaleza no mereciera el respeto de un bien perecedero. Devoremos el capital si no tenemos bastante con las rentas. Los que vengan detrás, que areen.
Crecieron las edificaciones como hongos malsanos. La Manga se puso de moda, cartageneros, murcianos y madrileños acudieron en tromba. Edificios monstruosos hasta la orilla del mar atormentado; un puerto de gran calado para barcos que, en un acelerón se salen de esa mar chica, vida nocturna de Cabo Palos y una Venecia menuda y pretenciosa, imposible. El progreso, la contaminación, el desastre ecológico para dejar a las generaciones venideras; los emisarios y la porquería diseminada en las aguas azules que mata los peces, ramblas con vertidos de metales pesados, espigones artificiales y arenas traídas de no se sabe dónde, tanques de tormentas que nada arreglan, medusas de las que hay que proteger a los bañistas con kilómetros de redes…


¿Irreversible? Nada es irreversible, siempre se está a tiempo. Tomemos conciencia de los errores cometidos, con humildad y decisión. Nunca es tarde. Los varios municipios costeros tienen la obligación de coaligarse en un frente que empuñe la batuta y nosotros, ciudadanos de a pié, dueños del bien común, la de presionarlos para detener –y revertir- tanto disparate.
El Mar Menor es uno de los mejores activos de nuestra región, muchas iniciativas deportivas lo atestiguan. Es lugar plácido para embarcaciones sin estruendo, para competiciones de remo y vela, para el reposo familiar en las playas artificiales, para el paseo sosegado en atardeceres inigualables.
Aún estamos a tiempo. Iniciativas como el Pacto por el Mar Menor, lo atestiguan.

martes, 3 de noviembre de 2015

POSTRIMERÍAS, SANTIAGO PADRÓS Y LA CASTAÑERA

Un recuerdo de Ubeda para Isabel .
Sé que no existen las casualidades, lo que llamamos azar no es más que un cúmulo de circunstancias a las que, por parecernos sorprendentes, atribuimos toda suerte de particularidades cuasi mágicas. Nada es real, nuestra fantasía o nuestros deseos, nutren las circunstancias normales de un halo de misterio. Creemos vislumbrar fuerzas ocultas en las que imaginamos designios de seres superiores siempre fantásticos. La magia, como explicación de los fenómenos que no comprende, acompaña al hombre desde el principio de los tiempos. Es la solución para todos los misterios que no es capaz de desentrañar, pero es una solución falsa, proclive a oscurantismos.
Cualquier noche de hotel ubetense, haciendo zapping, en una emisora local, me sorprende una señora que dice adivinar el futuro mediante una serie de adminículos que tiene sobre la mesa: cartas de tarot, velas de colores, perfumes, piedras que albergan en su interior misterios insondables...De pronto nombra a Santiago Padrón y despierta mi atención; sigo interesado la charla insustancial que mantiene con una cliente empeñada en conocer el futuro de una relación nueva y, al final de la consulta, la vidente vuelve a referirse a Santiago Padrón, artífice de la cúpula del Cristo de Medinaceli y del valle de los Caídos. Un sobresalto. Dice que murió en un accidente automovilístico en..... Otro sobresalto. Ahora ya no hay duda. Se trata de Santiago Padrós, mi amigo, mi compañero de mañanas soleadas en la playa de Comarruga. El hombre al que acompañaba en su patín, que me enseñó los rudimentos de la difícil navegación de un velero sin timón, el hombre que firmaba como Sant Yago sus obras de arte.
Se perdió Santiago en un estúpido accidente de coche y la posibilidad de su obra futura, como se había perdido Alvar Fañez en la conquista de Úbeda, aunque no por las mismas razones; no se sabe si Fañez se perdió por los cerros –imposibles de encontrar- o por los cirros que con frecuencia cubren los bajos, llenándolos de una bruma sobre la que parece flotar la gente entre un paisaje de olivos. Como flotaba Francisco de los Cobos sobre las brumas de su afán de pervivencia cuando mandó construir la gran capilla donde enterrarse él y sus descendientes, quizás para que las generaciones futuras pudiéramos admirar el poderío que tuvo en vida. La vanidad de los hombres nos viene acompañando desde hace muchos siglos con tal intensidad que pretendemos ser diferentes, hasta después de muertos. Don Francisco de los Cobos hizo construir ese enorme edificio funerario, igual que los faraones del imperio antiguo construyeron las pirámides, o Mauloso su sepulcro del que solo conservamos vagas referencias. Ese mismo afán debió de llevar a Caterina Campodónico, la castañera de Génova, a ahorrar céntimo a céntimo el dinero necesario para sufragar un panteón que admiraran los visitantes del cementerio de Staglieno. Un joven estudiante menesteroso, al que de vez en cuando aliviaba el hambre con sus castañas templadas, se convirtió andando el tiempo en el músico Giuseppe Verdi que, en recuerdo de aquellos tiempos la invitó a cada uno de sus estrenos operísticos. Él y sus amigos terminaron de pagar la estatua que el maestro Orengo le había confeccionado a la castañera.
Aun en el más humilde está el afán de ser recordado para siempre.






viernes, 23 de octubre de 2015

BAEZA, ÚBEDA Y ALVAR FAÑEZ

Para Isabel y Eduardo, miembros de la caravana.
El viajero, que es disciplinado, se une a la caravana que lleva rumbo a Baeza. Le han dicho que, junto con su vecina Úbeda, son ciudades medievales que conviene visitar. Y a él le parece bien. Al viajero, sabedor de que el viaje y no el destino es casi siempre lo importante, cualquier rumbo le parece adecuado. Oyó decir hace mucho tiempo que a la mente, igual que a los perros domésticos y a los viejos, es necesario sacarlos a pasear de vez en cuando porque si no, se engandulan. A la mente hay que proporcionarle espacios renovados, vistas diferentes, ciudades que la sorprendan. Esos estímulos hacen que genere ideas, almacene  imágenes que luego será capaz de procesar, quizás para construir mundos ilusorios. La mente es cosa que no siempre controlamos y a la que hay que concederle un cierto respeto ya que posee una inquietante tendencia a funcionar de forma autónoma. El viajero, que en el transcurso del tiempo ha llegado a una saludable concordia con ella, la saca de paseo cuando la ocasión se le ofrece, como si fuera una mascota caprichosa o un anciano cuya silla de ruedas hay que empujar de forma dulce y constante.
Baeza es una ciudad medieval y cuidada. Los edificios, de mediana señoría, tienen la fortuna de estar construidos en solida piedra, lo que probablemente ha propiciado su pervivencia a lo largo de los siglos. El viajero la compara con su pueblo, de cerámica mucho más perecedera y siente cierta envidia…
En un bar llamado Bou Sadif, un guardia civil de uniforme hace manitas con una hermosa joven de vestimenta evanescente. Los tiempos cambian y nos proporcionan, a veces, escenas impensables no hace mucho.
El viajero y sus amigos deambulan, acompañados por el airecillo fresco que parece presagiar nieve, a través de las calles empedradas hace muchos años. En un recodo, una banda de muchachos atrona el aire con el sonido de tambores premonitorios de la Semana Santa. Los chicos se emplean a fondo, como si su felicidad dependiera de cada golpe asestado con inequívoca potencia. La comitiva tamborera pasa delante del antiguo seminario conciliar de san Felipe Neri, hoy sede de la Universidad Internacional de Andalucía donde el grupo de peregrinos tiene la suerte de coincidir con un delicado concierto de sonatas de Beethoven.
Las notas del violín y el piano se esparcen por la sala recoleta -quizás una antigua capilla con excelente sonoridad- como mariposas multicolores que acarician los oídos con su aleteo suave. La sala -unas cien localidades- está llena a rebosar y el público escucha en silencio reverente. Acabada la actuación, dos ‘propinas’ de Falla los dejan más que satisfechos.
A la salida, los tambores siguen atormentando el ambiente. Se les han añadido una banda de cornetas. Los chicos trompetistas, no se sabe si en su ímpetu juvenil o con el afán de superar a los tambores, soplan con todas sus fuerzas.
La caravana pasa, al día siguiente, por Jaén y se detiene a repostar. El viajero no puede por menos que recordar los versos de Baltasar de Alcázar: 'En Jaén, donde resido, vive Don Lope de Sosa...' y la recita a sus acompañantes, que la escuchan distraídos.
Jaén, desde el punto de vista arquitectónico, parece una ciudad de poco fuste después de lo que llevan visto los viajeros. Sin embargo, el museo del centro cultural Baños Árabes, los sorprende de forma agradable; un edificio laberíntico, plagado de recovecos, asentado sobre unos baños árabes donde, probablemente hubieron antes unas termas romanas. Alberga también un museo del aceite lleno de artilugios desconocidos y fascinantes.
La caravana no se detiene. Pasa por Úbeda, donde nunca hubo cerros. Sin embargo,  Alvar Fañez dijo haberse perdido por ellos mientras permanecía agazapado durante las escaramuzas para la toma de la ciudad por Fernando III el Santo. A lo mejor el hombre, a pesar de ser sobrino del Cid, era un poco trapalón y algo cagueta.
La caravana sigue hacia el sur...



martes, 13 de octubre de 2015

UNA ESTATUA DESCABEZADA

Era inevitable, la noticia corrió como la pólvora por el pueblo minutos después de producirse el hecho. Llegó enseguida hasta la barraca cabe el Ayuntamiento, donde los objetores procesionarios se regalaban con los excelentes productos que allí elaboran las Amas de Casa. Las redes sociales se incendiaron, los comentarios de todo orden incluso los irrespetuosos y fuera de lugar, las invadieron. La Verdad publicó la noticia en su edición del día siguiente, merced al ojo siempre avizor de nuestro reportero local.
Juan de la Cirila llegó a la tertulia con el periódico recién comprado.
—Todavía estoy erizado. Me pilló justo al laíco del trono, mira, mira, aquí está la foto.
—El video de Tele Santomera, cazó toda la caída a la perfección. Vaya un accidente estúpido.
—Como todos los accidentes, por eso se llaman así, dice el Cacaseno.
—Parece que la sujeción era un poco chapucera. 
—O que a la Virgen le dio un repente…
—No seas irreverente ni le faltes al respeto, Cacaseno, es la patrona del pueblo y hay mucha gente que le tiene devoción.
—No le falto al respeto a nadie, pero creo que hay que poner las cosas en su sitio. En primer lugar, lo que cayó es solo una representación, una estatua, un ídolo con la relevancia que cada uno quiera darle. En segundo lugar, la fe en la religión católica es importante para el que la profesa, con el mismo derecho que tiene el que no la profesa a considerarla una fábula. Nadie puede arrogarse el patrimonio de la verdad, ni siquiera las mayorías, suponiendo que existan.
El doctor Mateo interviene,
—Haya paz. Siempre he dicho que, en materia de fe, debemos ser respetuosos, porque todos tenemos derecho a creer en lo que queramos o no creer en nada. Otra cosa son las manifestaciones públicas. Vivimos en un país aconfesional de mayoría católica según parece y las manifestaciones públicas de esa religión se han mezclado con el folklore, la tradición y la historia, de forma que hemos llegado a un totum revolutum en el que se confunden unas cosas con otras. De ahí que cualquier crítica o comentario desafortunado sobre cuestiones de fe levante ampollas y amenace excomuniones, no sé si más o menos eficaces. Los representantes públicos se encuentran en el dilema de participar o no en unos desfiles que no se sabe en qué medida son religiosos, populares, tradicionales o ciudadanos. Y lo resuelven como mejor pueden en cada caso.
—Todo eso está muy bien, Mateo, pero no hay derecho a que la gente se ría, diga que la virgen se ha tirado del carro o que en este pueblo se cortan cabezas.
—Juan, derecho tiene todo el mundo a decir lo que le parezca oportuno, aunque a algunos le parezcan sandeces. Ya sabes que existe la libertad de expresión. Puede ser cosa de mala educación, quizás bromas estúpidas, pero tampoco pasan de ahí. No hagamos dramas que nada es intocable en cuestión de opiniones y ninguna verdad se hace incontrovertible a base de repetirla entre sahumerios y bendiciones.
—Tú lo que quieres es darle la razón a todo el mundo.

—Puede ser.

martes, 6 de octubre de 2015

HERMANOS

Fue un cataclismo que sucedió en el lugar y el momento menos adecuado, como suceden siempre los accidentes, de forma inopinada. Una sorpresa para todos menos para Jordi, el causante de la conmoción. Nuestro padre nos había advertido en repetidas ocasiones de que en la mesa no se trataban asuntos de política, de religión, del servicio o de dinero; en general, de nada que fuera importante o que pudiera redundar en una falta de atención hacia aquella actividad que consideraba fundamental para la supervivencia del género humano.
—Se come en silencio, con dedicación plena, saboreando los manjares y agradeciendo la suerte que tenemos, en un mundo en que la mitad de la población se acuesta con hambre todos los días -nos repetía con frecuencia.
Y Jordi, quizás abusando de su mayoría de edad recién estrenada, se había cargado las normas de un plumazo:
—Tengo decidido marcharme de casa.
El disparo cogió a nuestro padre aplicándose con las últimas cucharadas de sopa, la Bullabesa un poco cargada de ajo por la que sentía especial aprecio que debía tomare en silencio reverente, con una unción comparable a la de los místicos en éxtasis. La cuchara interrumpió su recorrido a mitad de camino, la boca entreabierta permaneció expectante mientras dirigía a Jordi aquella mirada de sus ojos oscuros, entre irónica y amenazadora que nos había hecho temblar tantas veces. En el otro extremo de la mesa, la madre, sobrecogida, tampoco dijo nada, siguió con su sopa como si el asunto le fuera ajeno, pero con el rabillo del ojo pude apreciar que tenía las pestañas húmedas.
Aquello fue el principio del éxodo. Padre jamás le hizo a Jordi ningún reproche ni se quejó nunca, pero cuando cerró la fábrica a la que había dedicado su vida, él se quedó sin trabajo con un magro subsidio y las cosas empezaron a ir de mal en peor. Poco después, se marchó Iñaki y dos meses después Santiago. Todos tenían sus trabajos, unos buenos, otros regulares y otros daban justo para sobrevivir, pero con su ayuda la economía familiar se había sostenido de forma pasable, Y ellos, hasta entonces, se habían beneficiado del arca común. Al marcharse de casa, desaparecieron las cargas, pero también los ingresos, y sobre todo el sentido de solidaridad que desde siempre habíamos pensado que imperaba en la familia.
Quedamos solo los más pequeños, sobrecogidos al percatarnos de que aquella unidad en la que habíamos nacido y que considerábamos de una robustez a prueba de bomba, se resquebrajaba descubriendo una fragilidad que nunca habíamos sospechado. La fuga fue contagiosa, Amparo ya anunciaba sin ningún rubor su marcha en cuanto las circunstancias se lo permitieran y Curro dijo que iría donde ella fuera. Encarna y yo quedamos cada vez más perplejos y desarbolados, sin saber a qué árbol arrimarnos. Los padres se preguntaban -sin encontrar la respuesta-, qué habían hecho mal y se arrepentían, como en todos los errores humanos, tarde e inútilmente de habernos imbuido una unidad que, a la hora de la verdad, se revelaba ficticia.
La familia siguió desmoronándose lentamente hasta desaparecer por completo. Acabamos siendo perfectos desconocidos y poco faltó para que nos tratáramos de usted cuando nos cruzábamos por la calle, si no es que cambiábamos de acera para evitarnos mutuamente un momento embarazoso.




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