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martes, 31 de diciembre de 2013

OJO POR OJO

Una de las primeras leyes que se inventaron en nuestro mundo asirio-mediterráneo, fue la de Hhammurabi, en aquella fértil zona donde apareció nuestra civilización, entre el Tigris y el Éufrates, que llamamos Mesopotamia (Los montes de Armenia, elevados y cubiertos de nieve dan origen a dos ríos profundos y rápidos, el Tigris al este y el Éufrates al oeste, decía El Clío, aquel hermoso libro que me inició en el estudio de la Historia). En su origen, el código fue tallado en una estela de Diorita de dos metros de altura en cuya zona superior se representa al rey Hammurabi delante del dios Shamash, que se supone inspirador del código. Basado en el principio de justicia distributiva derivada de la Ley del Talión, consideraba que el castigo impuesto al delincuente debía ser proporcional al crimen cometido. De origen divino y grabada en piedra, la ley era tan importante que ni el rey estaba autorizado a modificarla. Pongamos un ejemplo de su aplicación: si la casa edificada por un arquitecto se derrumbaba causando la muerte al hijo del propietario (que se supone, además, que había pagado por el proyecto y la construcción), en justa compensación debía sacrificarse al hijo del arquitecto. Nada más justo, ojo por ojo, diente por diente e hijo por hijo. Seguramente, con esa reparación, el dueño de la casa habría de encontrar la paz para siempre. No se sabe si al arquitecto le pasaría lo mismo o si se arriesgaría a nuevas construcciones a menos que le quedaran más hijos para compensar con ellos posibles desaguisados constructivos.
Han pasado más de 3.700 años desde entonces y las cosas han cambiado de forma sustancial. Las leyes de nuestras sociedades modernas contemplan las penas de reclusión bajo otro prisma: que el delincuente debe pasar por un periodo de privación de libertad encaminado a una posible reinserción social, además de cumplir la pena a que le condenó la justicia. Pasado ese periodo, el penado volverá a disfrutar de su libertad con los mismos derechos civiles que Ud. o yo.
Pero el asunto se complica cuando el asesinato es múltiple y la pena se incrementa por cada uno de los decesos causados. Diez muertos, a treinta años por cadáver, pongamos por caso, hacen un total de trescientos años, que es a la pena a la que el tribunal puede condenar al asesino. Pero hete aquí que el código penal vigente en la época exigía que ninguna persona pudiera cumplir más de veinte (o treinta, según los casos)  años de prisión, atenuados por los beneficios penitenciarios que le fueran de aplicación. Se da el caso entonces que ese asesino, una vez cumplida su pena (si tiene edad para ello), se encuentra en la calle del mismo pueblo que los familiares a cuyos parientes cercenó la vida. Con los mismos derechos y obligaciones que ellos tienen. Irá a comprar el pan a la misma panadería, entrará en el mismo estanco, suponiendo que sea fumador, y se tomará los chiquitos en los mismos bares que los familiares de sus víctimas, codo con codo, quizás con mirada arrogante y desafiadora si es que no se ha arrepentido de sus desmanes.
Es una paradoja difícil de entender y aun más de asimilar por aquellos que, a manos de esos facinerosos perdieron deudos y amigos, pero absolutamente legal. Luego vienen la doctrina Parot y esas cosas que cada uno entiende a su manera.


Y yo me pregunto: ¿No será que aún no estamos preparados para trascender el Código de Hammurabi?
Este artículo se publicó en VEGAMEDIA PRESS el 29.12.2013                                                                 

martes, 24 de diciembre de 2013

SENSACIONES



Ya sé que es solo una sensación vaga, imprecisa, sin fundamento, pero a veces me dejo llevar por ella y mi estado de ánimo se inclina peligrosamente a la zozobra en el proceloso mar de los delirios imaginados.
Desde hace un tiempo –ya demasiado- a esta parte, me parece que todo a mi alrededor se va volviendo cutre, miserable, minúsculo, como si me hubiera sumergido de improviso en una obra de Jonathan Swift.  
Los niños y las niñas vuelven a estar separados en los colegios, como en mi infancia, y lo que es más grave, subvencionados por el Estado. Tenemos un rey anciano y achacoso que arrastra penosamente su humanidad intentando hacer buena letra para enmendar trapacerías recientes. El príncipe, cuya preparación ha sido minuciosa y completa, se está convirtiendo en un funámbulo pacienzudo que no sabemos si acabará haciendo el ridículo como su primo inglés, esperando heredar después de jubilado. La Constitución se nos ha quedado obsoleta por la desidia inmovilista de unos y otros; ahora no hay quien se atreva a meterle mano porque en tiempo de tribulación no es recomendable hacer mudanza. A la política y al olisque del ladrillo golfistico, han desembarcado buen numero de los chorizos del país como las pirañas acuden a la gallina arrebatada por las aguas del Amazonas. Se han dilapidado los recursos de la nación en gastos faraónicos, en ciudades de las artes compostelanas y en aeropuertos sin pasajeros en cada pueblo de nuestra geografía, incluida mi desdichada región. Las compañías energéticas suben con alevosía impune sus tarifas amparadas por los ex presidentes y pelotas de primer nivel de uno y otro signo que han encontrado en sus brazos cómodos retiros millonarios.
La banca sigue obteniendo beneficios después de los multimillonarios rescates que pagarán nuestros descendientes en los próximos cientos de años; ya no interesa la inversión en industria o servicios, sino la especulación “en los mercados” que proporciona pingües beneficios con poco riesgo. El aumento de la delincuencia propio de tiempos turbulentos, se sustancia con el recorte de los medios al aparato judicial y los movimientos espasmódicos del Código Civil. El Gobierno, en vez de gestionar con eficacia los recursos y apretar el cinturón de sus gastos, acude a la simplificación de recortar en sanidad, investigación, enseñanza y pensiones, aún a sabiendas de que ese es el camino más corto para hacer retroceder el país a tiempos pre-constitucionales. La curia medieval, con su Torquemada al frente, sigue dando la vara en el vano intento de aplicar a la universalidad de la ciudadanía sus antediluvianos preceptos monjiles. Entre tanto desastre, la única solución que les cabe a nuestras mentes pensantes son proyectos ilusorios como Eurovegas o Paramount –olvidados ya los ridículos Murcia no typical que costaron una fortuna- con los que hacerle el caldo gordo a mafiosos internacionales que les acaben de llenar el cazo ya rebosante. Y si hay que cambiar las leyes, se les cambian a su medida, por algo somos un país de pandereta.
*
Ya digo, es solo una sensación vaga, imprecisa, sin fundamento, pero a veces me dejo llevar por ella y mi estado de ánimo se inclina peligrosamente a la zozobra en el proceloso mar de los delirios imaginados.

Este artículo se publicó en VEGAMEDIA PRESS en 2013.12.09





martes, 17 de diciembre de 2013

EL AUTOR Y LA OBRA



Produce inevitable asombro comprobar la gran distancia que se establece, en algunos casos, entre la excelencia de la obra y la personalidad y forma de gestionar su vida del autor, muchas veces llena de miserias y tormentos, incluso algunas, abocada a un final trágico.
Personajes tan importantes como Cervantes, de cuya obra de categoría universal podría inferirse una vida llena de equilibrio y éxitos personales, resulta que en la realidad arrastró una existencia mediocre, llena de hechos ramplones y desdichados donde el puterío y los cuernos estuvieron a la orden del día, pasando incluso por la cárcel y el cautiverio en Argel a manos del moro (aunque esto último no le fuera directamente imputable). Ni siquiera el retrato de Juan de Jauregui que hemos aceptado siempre como suyo es seguro que corresponda al personaje. Algo parecido pasó, en otro aspecto del arte, con Vincent Van Gog, este con un final más trágico todavía, que Cervantes al menos murió en su cama y empezando a vislumbrar los albores del éxito.


La lista sería interminable si contemplamos los variados aspectos del arte: la obra va por un lado y el autor por otro que resulta no corresponder en absoluto con lo que parecía razonable de la categoría de aquella. El asunto abarca a grandes músicos o cantantes, como Maikel Jackson, desdichado negro en pos de la blancura; Elvis Presley, repleto de estupefacientes, al que convirtió en su suegro, o Edith Piaf deshecha por las drogas y la paranoia; escritores como Mariano José de Larra, Jose Agustin Goytisolo, Emilio Salgari, Virginia Wolf, Sandor Marai, Yasunari Kawabata, Yukio Misima, Hernest Hemingway, Stefan Zweig, y un interminable etcétera, que acabaron de forma trágica manu personali, después de dejar escrita una abundante producción de categoría universal, u otros que por desagradables, fachas, groseros, pedorros y estrambóticos, como Cela, hacen que uno se concentre en la magnífica categoría de lo escrito sepultando en el más negro de los olvidos al esperpéntico autor. Algunos actores de cine, como Jony Vismuller, acabaron devorados por el personaje, convertido en alter ego dominante al final de su vida, como el Norman Bates de la película Psicosis.


*
La moraleja, si alguna hubiera, podría ser la dificultad inherente a todo ser humano para mantener un cierto equilibrio entre las múltiples facetas de la vida. De la misma forma que el ejercicio desmesurado de un miembro hace que este se desequilibre con respecto a los demás, así también, el cultivo desorbitado de una sola disciplina hace que el resto de la personalidad adolezca de cierto retraso respecto a ella.
Postulaban los hombres del Renacimiento la conveniencia de una formación holística en las ramas del conocimiento, y puede que no estuvieran exentos de razón, a la vista de las grandes obras que nos legaron y de lo que nuestros sistemas educativos, con especialidades exclusivas, desarrolladas de una forma obsesiva, nos ofrecen hoy día.




                     


martes, 10 de diciembre de 2013

SEÑOR PRESIDENTE (XIV). En boca cerrada…


Me permito, Señor presidente, renovar mi contacto epistolar con Ud. habida cuenta de las noticias que me han llegado acerca del mucho aprecio que ha hecho de las anteriores. Ello me anima a continuarlas para proporcionarle el apoyo del que últimamente le veo un poco falto; y para animarle, de paso, a que siga con la boca bien cerrada, pues como seguramente le diría a Ud. cuando era chiquillo su abuela –como nos lo han dicho toda las nuestras- “nene, en boca cerrada no entran moscas”, fin de la cita.
Hay quienes se quejan de que da Ud. la callada por respuesta ante los muchos y graves males que afectan a este país que es el suyo (con permiso del Sr. Mas ansioso de su particular reino de Taifas en la parte noreste que no sabemos si acabará siendo media España), pero intuyo que no saben muy bien lo que se dicen. Comprendo, y comparto, plenamente su postura. Ha llegado Ud., como buen estudioso de la Historia a la conclusión de que debe gobernar este país como lo hiciera nuestro brillante rey Felipe II, en cuyos reinos, como es bien sabido, nunca llegó a ponerse el sol. Es fama que el rey tenía dos grandes montones de legajos en su mesa. A la izquierda uno con un letrero que decía “asuntos urgentes a resolver”, a la derecha, otro montón con otro letrero: “asuntos que el tiempo ya ha resuelto”. El astuto monarca había descubierto que su labor fundamental era ir trasladando, con real parsimonia, los legajos del montón de la izquierda a los de la derecha. Su reinado fue feliz y fructífero, el merdé que nos dejo a su muerte ya es harina de otro costal.
Ya le digo, Sr. Presidente, no se deje amilanar por las acerbas críticas que le hacen los malos periodistas en esas encerronas internacionales a las que no tiene Ud. más remedio que someterse. Esas ruedas de prensa son una ignominia, debían hacer como aquí, donde los periodistas no tienen más remedio que enfrentarse a una pantalla de plasma o a unas preguntas pactadas. Bonico estaría que todo un señor presidente aclamado, como se sabe, por una mayoría estruendosa, tuviera que plegarse a las indiscreciones de unos plumillas malintencionados. Al fin y al cabo, los grandes asuntos en los que Ud. se afana intensamente están a punto de dar excelentes resultados. Que quieran ponerles fecha, ya es el colmo. ¿Que el paro juvenil atenaza al cincuenta por cierto de los jóvenes? Paciencia, todo se andará. Acabaran volviéndose al hogar de los abuelos que nunca debieron abandonar o marchándose a trabajar al extranjero, con lo que eso puede repercutir en ventaja para su conocimiento de idiomas y en ayuda para nuestra balanza comercial cuando manden sus magros sueldos para alimentar a los hijos que aquí han dejado. ¿Qué la corrupción nos come, que Fabra se ríe de la justicia, que alcaldes imputados como los de mi región pretenden hacer lo mismo?
¿Qué su antes amigo Barcenas los ha dejado con el culo al aire?, Bagatelas, peor están los otros con los maletines chinos, todo es cuestión de aplazados y diferidos. La gente traga y el tiempo acabará por poner las cosas en su sitio, las niñas volverán a educarse sin la perniciosa presencia de los púberes varones calentejos, la moral católica volverá a enseñorearse de unas costumbres que nunca debieron abandonarla, los pobres se harán dueños del Reino de los Cielos donde morarán eternamente y puede que el país vuelva a ser una Unidad de Destino en lo Universal una vez que el Sr. Mas reciba los cuartos que pretende.


Cuente con mi apoyo como siempre, Sr. Presidente, y recuerde a la abuela: “Marianico, en boca cerrada no entran moscas”. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

EL VILLANO EN SU RINCÓN


Es un pueblo de la Vega Media del Segura donde suceden las mismas cosas que en los demás pueblos. Fernández el conciliador, el Cacaseno, admirador de Lenin; Juan de la Cirila, devoto del PP; María “la Tutuvía”, activista izquierdosa, y el doctor Mateo de forma ocasional, dialogan en sus desayunos del Hogar del Pensionista. Yo escucho.

Parezco un hombre opuesto

al cortesano, triste  

  por honras y ambiciones,                        

que de tantas pasiones

el corazón y el pensamiento viste,

porque yo sin cuidado

de honor con mi iguales vivo honrado.

Lope de Vega, EL Villano en su rincón


Llegó Fernández el lunes a la tertulia con una sonrisa que se le salía de la cara.

Sursum corda, señores. Los quintos corren de mi cuenta.
Lo de sursum corda impresionó a todos los asistentes menos a Juan de la Cirila, que es de mucha misa y ya lo tenía oído.
— ¿A qué se debe rasgo de generosidad tan inusual como extemporáneo? –saltó el Cacaseno que siempre procura estar a la altura de las circunstancias.
—A nada especial, queridos colegas, a la elemental alegría que me produce estar vivo y encontrarme en vuestra distinguida compañía.
(Cuando Fernández se pone fino y convida a cerveza, hay que temer alguna de sus disquisiciones pseudo-eruditas).
—Me encontraba ayer al medio día con mi Antonia a la reconfortante sombra del plantón de morera delante de mi casa que ya conocéis. En la rustica mesa de mármol amarillento, un condumio no por elemental menos consistente: huevos de pava con chorizo a los que había dado el punto justo mientras ella dejaba reposar una satená de patatas en ajo cabañil; media docenas de morcillas de la matanza de mi vecina Eulalia ligeramente doradas en la sartén y un puñado de habicas recién cogidas, para refrescar. Completaban el bodegón una ensalada murciana –tomate de lata, huevo duro, cebolla tierna y olivas de cuquillo- más la imprescindible frasca de vino de la Cañada del Trigo que daba amorosa compañía a los sencillos manjares. Cuando metí la sopa de pan casero a la yema amarilla y soleada como un as de oros, tuve que reprimir el ansia de mascarla a dos carrillos recordando como D. Quijote reprochaba esa fea costumbre a Sancho. Mientras saboreaba aquel primer bocado, dije para mi santiguada:
—“Hombre afortunado puedo considerarme. Ni el papa de Roma  con toda su pompa mitrada puede permitirse una comida como esta, bajo acogedora sombra y en excelente compañía. Como el villano en su rincón, no trocara yo la sencilla paz campesina de que disfruto –Beatus ille- por el boato principesco ni por caceras africanas de las que solo se puede sacar algún hueso roto o unas reales ladillas.”
Eso me dije, e hice en aquel momento firme propósito de compartir, al menos la imagen, con vosotros.
Callaron los contertulios mientras digerían lo del beatus ille que les sonaba mitad a canto gregoriano, mitad a músicas celestiales. Solo el Cacaseno se atrevió a decir:
—Brindo por eso, mientras se llevaba el quinto a la boca después de limpiarle el gollete a la botella con una servilleta de papel. El Cacaseno siempre ha sido un poco asquerosillo para las cosas de comer.
Luego añadió:
—Me has recordado, Fernández, una poesía que aprendí en la escuela:
 Allá muevan feroz guerra
Ciegos reyes
Por un palmo más de tierra
Que yo tengo aquí por mío
Los asistentes, boquiabiertos, guardaron un prudente silencio. Al Cacaseno le gusta emparejar la parva siempre que puede.


lunes, 25 de noviembre de 2013

VALLAS Y CUCHILLAS

 Tuve la fortuna en mis tiempos universitarios de disfrutar el magisterio de estupendos profesores, algunos, excelentes prehistoriadores. Ellos me enseñaron que, hace unos cuantos años la nuestra convivió con otra especie, a la que tiempo después llamamos Neandertales, durante un periodo de diez mil años, mes arriba o abajo. Ya entonces descubrimos que dos eran demasiadas especies para repartirse el mundo-aunque a la sazón era infinito-, de modo que en la pugna por el territorio una de las dos había de sucumbir. Y les tocó a ellos.
De los pocos millares de individuos que sobrevivieron de nuestra especie –Homo Sapiens Sapiens, también llamados Cromañones y de otras variadas maneras- hemos pasado a ser unos diez mil millones, con la estremecedora perspectiva de que somos capaces de duplicar esa cifra cada veinticinco años, mes arriba o abajo. El problema es que la tierra no se estira en la misma medida que las poblaciones crecen, de forma que lo que en principio fuera un planeta deshabitado como el del Pequeño Príncipe, amenaza con convertirse en una superficie alicatada por los edificios y en un mar agostado por la pesca intensiva.
A falta de Neandertales a los que disputar el espacio, ahora nos lo disputamos entre miembros de nuestra especie, haciendo distinción entre blancos, rojos, amarillos o negros. Unos, más afortunados, ocupamos las parcelas fértiles mientras otros se vieron relegados a los desiertos, a las tierras nevadas o a los territorios yermos. Los más desfavorecidos no se resignan a su suerte y quieren compartir nuestras parcelas abundosas. Solución: levantar barreras que impidan tal subversión del orden establecido durante miles de años a base de garrotazo y tente tieso.
Esta medida, que se viene empleando desde tiempos inmemoriales por todas las civilizaciones (recuérdense las enormes murallas erigidas a lo largo de la historia: la china, la marroco-saharaui, la americo-mexicana, etc. -Ver un excelente articulo al respecto del blog “Dactiloteca” http://elbamboso.blogspot.com.es/2013/05/la-caridad-humilla.html), alcanza hoy el virtuosismo de la erigida en la ciudad de Melilla. Tiene por objeto impedir la entrada a los subsaharianos ansiosos por disfrutar de la prosperidad que los encantadores de serpientes les han dicho que existe entre nosotros. Son gentes que solo pueden perder la vida en el intento y la suya apenas tiene valor. Desde luego, no el mismo que la de cualquier individuo del “primer mundo”.
El debate, ahora es si ponemos o no cuchillas en las que puedan dejarse las carnes a tiras si siguen empecinados en su intento; o si dejamos la valla tal como está, de modo que en los asaltos no se produzcan heridas demasiado sangrientas. Así no costará mucho repararlos antes de devolverlos al Teneré donde pueden morir tranquilamente, lejos de miradas importunas.
Soluciones de mayor calado resultarían complicadas para el sistema capitalista en que vivimos y nadie está dispuesto a plantearlas. Estamos demasiado ocupados en mirarnos el ombligo por si hemos engordado en exceso los últimos días para ocuparnos de unos pocos negros desesperados por llevarse algo a la boca.
No es asunto nuestro.

Este artículo se publicó en Vegamediapress el 15.11.2013


viernes, 15 de noviembre de 2013

AEROPUERTOS


A ver si nos aclaramos con el Aeropuerto de Corvera, porque el asunto me está haciendo sospechar que soy más tonto de lo que venía admitiendo hasta ahora.
En un periódico de 1935, que el Sr. Valcárcel, -bien conocido por sus dotes de politólogo- mostró en días pasados a los miembros de la Asamblea Regional, se hablaba de instalar un aeropuerto en las cercanías de Corvera. Habrá que suponer, dado el escaso desarrollo de la aviación civil por aquellas épocas que el asunto se trataba de la misma forma con que Julio Verne hablaba de los viajes a la luna.
Sea como fuere, al amparo de los militares de San Javier que eran los únicos, -además de las gaviotas-, capaces de levantar el vuelo por entonces, el 20 de julio de 1964 se abrió al tráfico civil el Aeropuerto de San Javier. Como la gran mayoría de murcianos sabemos por haber hecho uso de sus servicios en alguna ocasión, era un aeropuerto de bolsillo, modesto como correspondía a nuestras necesidades y posibilidades, pero eficaz y rentable, una especie de “aeropuerto de cercanías”. Para empresas más ambiciosas, teníamos casi a igual distancia y mejor comunicación el de Alicante. Antes de que el fraccionamiento regional se pusiera en marcha, no recuerdo que nadie se sintiera disminuido en su orgullo autonómico por tener que ir a embarcar a la comunidad vecina. Aquello de “Murcia sur”, que decía la propaganda de los operadores, era una tontuna como tantas otras y, a mi modesto entender, la misma categoría imprime el haber nacido en Murcia que en Alicante o en Argamasilla de Alba. Lo que siempre echamos de menos es que nuestros dirigentes hubieran tenido la “pesquis” de organizar un buen servicio de lanzaderas que hicieran los viajes al Altet menos penosos. Con muy pocas perras hubiéramos tenido a mano un aeropuerto de primera. Y no me consta que a nadie le pregunten en Alicante a qué Comunidad Autónoma pertenece antes de embarcar.
Pero llegaron las vacas gordas y al socaire de la burbuja, los ladrillos y el afán megalómano de algunos malos políticos, cada alcalde de pueblo quiso tener su aeropuerto. Y Murcia no fue una excepción. Al tiempo que se ampliaba de forma desmedida el de Alicante esperando llegar a los tres millones de visitantes, se proyectó el de Corvera mientras se duplicaba el de San Javier. Tres aeropuertos en un radio de 40 Km.
Naturalmente, el disparate dio sus frutos emponzoñados. Ahora nos encontramos un aeropuerto en San Javier con dos pistas y unas magnificas instalaciones que incluyen una moderna torre de control, valorado todo ello en unos 60 millones de euros, un aeropuerto en Corvera -terminado y sin que se sepa muy bien a quien pertenece por el momento-, que tiene todo el aspecto de ser deficitario para siempre aún en el caso de que San Javier cierre. Y el de Alicante que, a un tiro de piedra, sigue ofreciendo una enorme panoplia de vuelos internacionales.
¿Cuál es la solución para Corvera? ¿De donde van a salir los dos millones de pasajeros al año que se preveían? ¿Es que va a cerrar también Alicante al tiempo que San Javier? Según todas las promesas, Corvera debería estar ya abierto, pero ¿Cuándo será ese día?
El tiempo lo dirá. Voy a hacer un esfuerzo por llegar a verlo, pero no tengo mucha esperanza, la verdad.

Este artículo se publicó en Vegamediapress el 06.11.2013


sábado, 9 de noviembre de 2013

LA TINAJA, DE VUELTA


Han pasado unos meses desde que la tinaja partiera con rumbo ignoto. Arrostró temporales y galernas, subió montañas y recorrió valles, cruzó ríos y se detuvo al borde de mares lejanos, espoleada siempre por el ansia de lo desconocido. Se amadrinó con otras gentes y otras artes, aprendió de todos de todos ellos y se hizo un poco más adulta sin abandonar al niño que nunca terminó de crecer en su interior. Acabó por regresar a los orígenes, quien sabe si más cargada de sabiduría o de desencanto, que no siempre contemplar a la humanidad de cerca resulta satisfactorio.
Durante ese tiempo pleno, me ha parecido de ley dar un respiro a mis abnegados lectores, que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y mis páginas, si atendiéramos a su calidad, habrían de ser más discretas en el número. Quizás también en el contenido, dice el Pepito Grillo que llevo escondido tras la oreja. (Ne quid nimis, recomendaban los antiguos).
Algunos de mis amigos, guiados más por su bondadoso corazón que por mis méritos, me animan a continuar en el tajo. Y no puedo defraudarlos, su opinión es demasiado importante para mí, son mi única riqueza. Así es que aquí estamos de nuevo, con otra temporada al lomo, lo que no sé es si este ha sido positivo para el incremento de mi sabiduría que, según el vulgo, se adquiere mediante el simple trascurso del tiempo. Tengo serias dudas al respecto.
Vaya, para todos los que pasáis por aquí, mi agradecimiento. Y a los que pueda molestar alguna de mis opiniones (que no siempre son prudentes),  mis excusas y mi sincera contrición. Admito, anhelo, algún comentario que me reconduzca a la realidad que a veces puedo apreciar distorsionada.

Bienvenidos de nuevo y un abrazo para todos y cada uno de vosotros, amigos.
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