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martes, 30 de abril de 2013

MOROS Y CRISTIANOS (III). El Cid cabalga.


Corría el año 1081 cuando el Cid salió al destierro. El mapa de España estaba tan liado que no había muchas posibilidades de escoger patrón fuera de la Egida de Alfonso. Aun no había oficinas de empleo y el asunto, para un parado de su categoría se presentaba chungo. Parece que se dirigió a los hermanos Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II pero aquellos tenían la plantilla completa. Rodrigo entonces, volvió la mirada a los reinos de Taifas. Encontró trabajo en Zaragoza donde el rey al-Mutamán lo envió a luchar contra su hermano Mundir que gobernaba Lérida y se habia aliado con Berenguer Ramón II, conde de Barcelona y con el rey de Aragón, Sancho Ramírez. El Cid repartió estopa sin distinción de clase ni religión y que en la batalla de Almenar acabó tomando prisionero –ironías de la vida- al mismo que no lo había querido entre los suyos, Ramón Berenguer II.
Las cabalgadas, escaramuzas y batallas del Cid en esa época fueron numerosas y llenas de éxito, acrecentándose su fama y fortuna. Es posible que de una de sus entradas triunfales en Zaragoza le venga el nombre de Cid (Sidi) con el que lo conocería la Historia.
Mientras tanto, Alfonso seguía con sus conquistas: en 1084, al-Qadir, rey de Toledo le pidió ayuda contra un levantamiento que pretendía derrocarle. Alfonso corrió en su auxilio pero fue meter a la zorra en el gallinero (dicho con todos los respetos): una vez dentro de la ciudad, decidió quedarse y mandar al ingenuo al-Qadir a Valencia de vacaciones bajo la protección de Alvar Fañez.
En África, por aquel entonces, había estallado un movimiento renovador del Islam al que habían dado el nombre de almorávides (de al-morabitum, los que llevan el velo). Eran seguidores del Coran a pies juntillas y, como todos los movimientos militares, ignorantes pero de gran eficacia con las armas en la mano. Los reyes de las taifas del sur – Sevilla, Granada, Almería y Badajoz- decidieron pedir ayuda contra los reyes cristianos al líder de los almorávides, Yusuf ibn Tasufín, que desembarcó en 1086 en el puerto de Algeciras al frente de un numeroso contingente ávido de botín.
Alfonso VII, cuando tuvo noticia de lo que se le venia encima, abandono el cerco a la ciudad de Zaragoza que lo ocupaba en aquel instante y se dirigió a matacaballo hacia el sur para enfrentarse al ejercito confederado de Almorávides y musulmanes de las taifas. El 23 de Octubre de 1086 sufrió una estrepitosa derrota en Zalaca, y suerte tuvo de no pasar mayor descalabro cuando salió huyendo de vuelta a Toledo porque Yusuf, avisado de la muerte de uno de sus hijos, decidió volver a su tierra sin apurar la victoria.
Alfonso envió entonces mensajes a todos los príncipes de Europa intentando montar una cruzada internacional contra la moraima que lo acosaba, pero tuvo escaso eco.
A pesar de todo algunos caballeros acudieron a la llamada y el astuto rey aprovechó la ocasión para casar a dos de sus hijas, Urraca y Teresa, con dos señores cruzados: Raimundo y Enrique de borgoña, emparentando así con la prestigiosa casa de los borgoñones.
Yusuf ibn-Tasufin, preparaba su segundo desembarco en la Península

Como se verá en la próxima entrega,

martes, 23 de abril de 2013

MOROS Y CRISTIANOS (II). Traiciones y emboscadas.


En el asedio de Zamora, el rey Sancho de Castilla, llamado El Fuerte, halló la muerte. Dice la leyenda que a manos de un traidor llamado Bellido Dolfos. Los historiadores que solo se fían de fuentes seguras, opinan que hay poco de verdad en esa leyenda; tan poco como en el hecho de que Rodrigo Díaz de Vivar, a la sazón escudero distinguido de Sancho, hiciera jurar a Alfonso que no había tenido parte en la muerte de su hermano, ni de que el destierro del Cid se produjera en ese momento, como ya se vio en la entrega anterior. La historia que nos cuentan, a veces, parece un poco falluta.
El tercero en discordia entre los hermanos, García, aprovechó la confusión del momento para recuperar su trono gallego, pero en 1073, el taimado Alfonso lo atrajo con engaños a una reunión en el Castillo de Luna. Allí lo dejó, aherrojado, hasta su muerte en el año 1090. Poco después, Alfonso se anexionaría los territorios de Álava, Vizcaya, Guipuzcoa y La Bureba, adoptando en 1077 el titulo de Imperator totius Hispaniae, lo que quizás resultaba un tanto presuntuoso si tenemos en cuenta que media España estaba en manos de las taifas musulmanas.
Precisamente para enmendar esa situación, Alfonso inició una serie de campañas encaminadas a presionar a los moros logrando que, ante la amenaza de guerra, las taifas, que eran más bien acomodaticias, se avinieran a pagar tributos (parias) con tal de que las dejaran en paz. Algo parecido a lo que años más tarde pondría en práctica la mafia siciliana con notable éxito.
Por esta época encontramos a Rodrigo Díaz de Vivar a partir un piñón con el rey Alfonso, una vez pasados ya los episodios guerreros de Zamora y Galicia en los que probablemente se había ganado el nombre de “campeador”, el que combate a campo abierto. Tan buenas relaciones tenia con el rey que este le arregla, en 1074, el matrimonio con Jimena Díaz, noble bisnieta de Alfonso V de León. Con ella tendría Rodrigo tres hijos: Diego, María y Cristina.
Las taifas de Sevilla y Granada, gobernadas por los reyezuelos al-Mutamid y Abdalá ibn Buluggin respectivamente, estaban mas entretenidas en pelearse entre si que en luchar contra los cristianos. Ambas gozaban de la protección de Alfonso, que envió al Cid a defender al-Mutamid del ataque de Abdalá, al que reforzaban las importantes mesnadas de un noble castellano, García Ordóñez. El Cid venció a los enemigos de al-Mutamid en la Batalla de Cabra e hizo prisionero a García Ordóñez. Probablemente en ese lío de todos contra todos, moros y cristianos en un totum revolutum, se inserta el descontento del rey Alfonso con el Cid, que, ya metido en harina, se había dedicado a saquear en beneficio propio la zona oriental de la taifa de Toledo. Taifa que también pagaba onerosas parias al rey para evitar precisamente esos desmanes y cuyo rey al-Qadir se le quejó a Alfonso amargamente. “Tanto pagar protección para qué”, dicen que le dijo.
En vista de que el caballero campeador se le había desmandado más de la cuenta, el rey lo desterró por tiempo indefinido. Y fue entonces cuando al destierro con doce de los suyos –polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.


Pero aún quedaba mucha madeja por desliar. Paciencia.
Ah! Y feliz día del libro!

martes, 16 de abril de 2013

MOROS Y CRISTIANOS (I). Los reyes peleones


Esta  serie sobre acontecimientos de nuestra Historia de España, está dedicada a mi buen amigo José Luis Muñóz Díaz que, desde tierras catalanas sigue este Blog y, de vez en cuando, me cede alguna de sus valiosas ideas a titulo gracioso.


El ciego sol la sed y la fatiga
Por la terrible estepa castellana
Al destierro con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- El Cid cabalga

Dice Machado que salió el Cid de Burgos después de hacerle jurar en Sta. Gadea a Alfonso VI que no había tenido parte en la muerte de su hermano Sancho. No todos los historiadores están de acuerdo que tal juramento tuviera lugar. Al parecer, la primera referencia literaria que hay sobre el dudoso acontecimiento es de 1236. De cómo suceden los hechos a como son recogidos en la posteridad, suele existir un largo camino que los estudiosos se empeñan (con frecuencia vanamente) en recorrer de nuevo.
Sea como fuere, la supuesta jura de Sta. Gadea habría tenido lugar en el año 1072 y el destierro (primero) del Cid, que por entonces era solo Rodericus, no se produciría hasta el año 1081. Algo pasaría en ese periodo de diez años, así es que vayamos al principio:
Fernando I de León, en el año 1066 convocó una Cura Regia, a la que expuso su voluntad de repartir sus reinos entre los hijos igual que cualquier amantísimo padre, llegado el momento, reparte sus enseres más preciados. Al primogénito, Sancho, le concedió el Reino de Castilla, creado para él, y las parias o impuestos sobre el reino taifa de Zaragoza. A Alfonso le correspondió la principal corona, el reino de León, y los derechos sobre la taifa de Toledo. A su hermano menor, García, le adjudicó el reino de Galicia y los derechos sobre las taifas de Sevilla y Badajoz. A su hija Urraca le dio la ciudad de Zamora y a la otra hija, Elvira, la de Toro.
Cualquiera diría que aquel reparto efectuado por la voluntad regia habría de ser aceptado y respetado en todos sus extremos, pero al parecer los muchachos eran más díscolos de lo que su padre había previsto. Cuando Alfonso fue coronado rey en León, como era su derecho, su hermano Sancho no aceptó el nombramiento, considerando que, como primogénito, debía ser el heredero de todo el imperio paterno. Desafió a Alfonso a un juicio de Dios en el que el vencedor se alzaría con todo. Sancho vence, pero Alfonso no se conforma con la derrota y convence a su hermano para que no se hagan daño entre si, poniendo los ojos al unísono en el reino de Galicia. Dicho y hecho. Los aliados se vuelven contra García, al que derrotan en Santarem y se lo mandan, para que lo conserve a buen recaudo, a al-Mutamid de Sevilla, con el que mantenían, en ese momento, buenas relaciones.
El concierto entre los dos ambiciosos dura poco. En 1072 se produce una nueva batalla en Golpejera y Sancho sale vencedor. Alfonso es tonsurado[1] y recluido en el monasterio de Sahagún, pero con la ayuda de su hermana Urraca convence al abad del monasterio de que lo deje escapar y se refugia en la taifa de Toledo de la que es rey su vasallo al-Mamún.
Sancho monta en cólera contra su hermana Urraca y pone cerco a Zamora, su ciudad. En el asedio, encontrará la muerte.
Pero no adelantemos acontecimientos, eso se verá en el próximo número.       



[1] La tonsura, desde tiempos visigodos, llevaba aparejada el ingreso en la vida religiosa y, consecuentemente, la incapacidad para reinar.

martes, 9 de abril de 2013

ABUELA, QUIERO SER POETA


 A Rocío y José Manuel, mis compañeros de mesa en el Zalaca.

Longtemps, longtemps, longtemps
Après que les poètes ont disparu
Leurs chansons courent encore dans les rues…
(
Hace mucho tiempo,
Después de que los poetas desaparecieran
Sus canciones suenan aún por las calles)
(Traducción completamente libre)
 
Era yo un mozuelo imberbe cuando escuché por primera vez esa canción. Y me impresionó. Quise ser poeta de inmediato. Me pareció que no debía ser muy dificultoso escribir dulces palabras de melodioso sonido como las de aquel señor –aún no sabía que se llamaba Charles Trenet-, capaces de emocionar a la gente.
Me puse a la faena. Provisto de un cuaderno ad hoc –que no era gris- di en cantarle a una imaginaria enamorada (nada original, la vecinita del segundo), a la luna, a los árboles, a los arroyos, a las puestas de sol, y a todo lo que se cruzara en mi camino. Como entonces no estaba de moda todavía la poesía sincopada sin rima, sin métrica, y con frecuencia sin nada, me di a rimar con singular donaire amor con terror, furor y rumor, sin olvidarme de estertor y  tambor, aunque estos me resultaban más difíciles de colocar. Luego probé con una, tuna, luna, bruna, pruna y otras lindezas por el estilo. Aquello marchaba. En cuanto a la métrica, ensayé con los cuartetos, los tercetos encadenados, las quintillas, las décimas y hasta me atreví con el soneto. Logré pergeñar uno cuyo significado no he logrado desentrañar todavía.

Mediado el cuaderno (que afortunadamente no tenia muchas hojas) tuve que encontrar al critico adecuado para aquellas maravillas y lo encontré en mi paciente abuela. La mujer, victima de una parálisis infantil que la retenía en su enorme sillón, era incapaz de salir de estampida cada vez que yo iniciaba la lectura, como seguramente hubiera querido. Presa del cariño que me profesaba, me animó a seguir por aquel camino recién descubierto, augurándome toda clase de éxitos, sospecho que para salir del paso y quitarse de encima al pelmazo.

Nunca lo hiciera, porque me apliqué con tal denuedo al oficio que pronto rellené de engendros infumables dos o tres cuadernos como el primero.
Pasó el tiempo, llegó el amor por la vía normal, olvidé aquellos cuadernos, curó por lo suyo la enfermedad juvenil de la poesía y, cuando muchos años después volví a dar con los cuadernos en una mudanza, los arrinconé en una leja inaccesible de mi biblioteca. Allí yacen, como ese cabo de lápiz que uno no se decide a tirar, sin que nunca me haya atrevido a abrirlos. A la espera de que un día los entregue como pasto a las llamas, que debe ser su natural fin.
*
A veces, alguno de mis buenos amigos me invita a un recital de jóvenes promesas que nos deleitan con sus últimas creaciones en el mundo del verso. Y  no puedo evitar acordarme de cuando estuve a punto de ser poeta.




martes, 2 de abril de 2013

PECADO Y DELITO


Desde el Neolítico, las religiones han sido para el tronco humano como las hojas para los arboles caducifolios: aparecen, cumplen su cometido y desaparecen barridas por los vendavales del tiempo. Así pasó con los mesopotámicos, los persas, los egipcios, los griegos, los romanos, etc. (por centrar la mirada solamente en nuestro familiar lago mediterráneo).
Y todas las religiones, pasadas y actuales han tenido algunos objetivos en común: convencer a sus adeptos de que hay un mundo de bienaventuranza en otra dimensión al cual tendrán acceso aquellos que se dejen guiar por la casta sacerdotal del momento, siguiendo a rajatabla sus indicaciones que incluyen un comportamiento que evite el pecado, definido por cada religión de acuerdo con sus postulados.
Entre estos, se encuentra aclarar qué es lo bueno y lo malo y a esto último clasificarlo como pecado, creando la sensación de culpa imprescindible para el buen gobierno de la grey. Como objetivo último y más importante de cada estructura sacerdotal se encuentra alcanzar el poder sobre las almas, y de paso sobre los cuerpos. Se pretende que la sociedad civil acepte en bloque todos los preceptos de la organización religiosa, de forma que el pecado sea asimilado al delito, con lo cual, este será punible de oficio por el brazo secular, tal como recordamos de tiempos inquisitoriales, no tan lejanos, en nuestro país.
Y esto es una confusión que nos ha sumido desde siempre en el desastroso estado de mezcolanza ideológica que todavía arrastramos; la iglesia católica (una más entre tantas verdaderas) ha mantenido como objetivo prioritario extender sus tentáculos dentro del sistema de gobierno de forma que el personal confunda mandamiento religioso con la imposición civil. Este disparate que sufrimos desde hace tantos años merece una reflexión permanente manifestando con toda claridad que la creencia religiosa es una cosa a la que están obligados los que, voluntariamente se entreguen a ella y otra es la norma civil, que obliga e implica de forma universal a los ciudadanos del país. Si la ley civil, promulgada con todas las garantías proporcionadas por el estado de derecho, legisla en la materia que considere oportuna, ninguna ley religiosa, por mucho origen o iluminación divina que se arrogue, es bastante para cuestionarla. La religión, cualquiera de que se trate, tiene plena vigencia y autoridad para aquellos que creen en ella, la practican con todo el ardor que consideren oportuno y a ellos solamente extiende su autoridad e imposiciones. Al resto de los ciudadanos, tiene la obligación inexcusable de dejarnos en paz, sometidos al imperio de la ley civil, que ya es bastante.
No son sinónimos pecado y delito. Pueden ser considerados como pecado para esta o aquella religión hechos como el concubinato, el aborto, el matrimonio homosexual, la ingesta de cerdo, alcohol, u otros productos que para la ley civil no constituyen delito ni siquiera infracción y que para otras gentes resultan incluso saludables. Y los creyentes de la religión de que se trate, tienen absoluta libertad para abstenerse de ellos mientras los no creyentes hacen lo que les parezca más oportuno.
Y los unos y los otros, tenemos la obligación de respetar las posturas ajenas sin que ello tenga por qué comportar la menor sombra de enfrentamiento o rechazo.





martes, 26 de marzo de 2013

VELOCISTAS Y CORREDORES DE FONDO



Dice Fernández que estuvo el otro día oyendo recitar a escritores y poetas en el Museo Gaya durante el homenaje a Francisco Sánchez Bautista.
—No acabo de entender bien en qué se diferencian los escritores de poesía de los de prosa. Para mí son todos escritores y los admiro por igual, porque soy incapaz de hacer una o con un cañuto. Hablar, lo que haga falta, pero ponerlo por escrito, es otra cosa. No se escribe igual que se habla, ni mucho menos. Un magnífico orador, puede resultar una castaña de mucho cuidado escribiendo, y a la inversa.
—Pues no sabría decirte, querido amigo. Entiendo poco de escritores y menos de poetas, pero a lo que puedo vislumbrar desde mi modesta atalaya de lector, yo diría que el poeta es como el corredor de velocidad, y el escritor de prosa se asemeja más a un corredor de fondo. Me imagino que, sin una inspiración instantánea y furibunda, el poeta difícilmente alumbraría un verso que, por su naturaleza tiende a ser un mensaje condensado, aunque poetas haya que escriban largos memorándum o libros en verso (me viene ahora a las mientes "El viaje del Parnaso", de cuyo autor manchego hemos hablado tantas veces). Otra cosa es que el poeta, igual que hace el buen escritor de novela, repase y vuelva a repasar, corrija y pula su obra una y otra vez. Ya conoces el dicho atribuido a Oscar Wilde: "Ayer corregí un texto y eliminé una coma. Hoy volví a ponerla". Un poema, dicen otros, nunca se acaba, solo se abandona.
—Sin embargo, a lo que columbro, el escritor de prosa -pongamos novelista- requiere para su menester, además de la imaginación imprescindible, un detallado programa con el que ir desarrollando la complejidad de la obra. Creo que escribir una novela es trabajo arduo que requiere mucho más que la sola inspiración (por otra parte imprescindible). Es preciso adquirir -y desarrollar- lo que se llama oficio, un andamiaje complicado sin el cual no es posible construir el edificio de la novela.
—Hay una especie de aliviadero, que es el cuento.
—Hombre, tanto como aliviadero, no, que el cuento es género también de mucho mérito.
—El cual no le quito en absoluto, lo digo por la brevedad.
—En eso te doy la razón, admitiendo que dentro del cuento existan piezas maestras que nada tienen que envidiar a muchos novelones, que entre estos también los hay del tipo ladrillo. Y en lo del cuento como obra maestra, no cito al argentino por estar en la mente de todos.

martes, 19 de marzo de 2013

DIOSES Y ESTATUAS


Ha vuelto Fernández de un viaje a Egipto patrocinado por alguna de esas organizaciones que se dedican a difundir la cultura entre las poblaciones llamadas de forma eufemística “tercera edad” o “mayores”, como si nos diera vergüenza reconocer que hemos llegado a lo que toda la vida ha sido la vejez, la digna, merecida e inevitable vejez. Es una recomendable práctica no confundir el culo con las temporas.
Venía el hombre impresionado por la cantidad de monumentos que todavía se tienen en pie, a pesar de la desidia de los egipcios, debida más a la falta de recursos y a desdichados regímenes políticos que a su voluntad. Le había asombrado la rica vida cultural que debió florecer a lo largo de los más de 3.000 años que duró la historia del país desde que se fundaron los primeros nomos hasta que Alejandro Magno lo invadiera en 332 a.C. Ptolomeo Soter, uno de los generales que se repartieron el imperio a su muerte, se hizo reconocer como faraón en 305 a.C., imponiendo el panteón griego que sincretizaría con los dioses egipcios como más tarde lo harían los romanos con ambos. Se da el curioso fenómeno de que una gran cantidad de momias que se conservan en el museo del Cairo son de época romana, como muestran las pinturas que las adornan. Los rostros de los difuntos aparecen en la parte externa del envoltorio a modo de prístinos DNI.
Lo que más había impresionado al Fernández filósofo rural, era la importancia que la religión había tenido para aquellas gentes. Incluso las estatuas de los faraones más importantes como Ramsés II, Seti I, Amenofis III,o las pirámides de Sakkarah o de Guiza, estaban construidas en función de una idea religiosa. Lo que se pretende es desvelar el misterio del más allá, cuestión que ha preocupado al hombre desde que adquirió conciencia de sí mismo en las tupidas selvas de Tanzania.


Las castas sacerdotales monopolizaron pronto el culto a las divinidades de cada momento y el faraón, que las encarnaba en la tierra antes de transmutarse en dios, acababa convirtiéndose en una correa de transmisión que le contaba al pueblo lo que convenía a los sacerdotes. En Kom-Ombo había visto, además del dios-cocodrilo Sobek artísticamente momificado, el nilometro, un pozo construido al lado del río con el que los sacerdotes podían predecir la fecha exacta de la crecida anual. Cuando las aguas comenzaban a subir, “ordenaban” al rio que creciera y las gentes, asombradas del poder de los sacerdotes, creían a pies juntillas que actuaban en estrecho contacto con los dioses.
Pero lo que más le ha impresionado, según contaba, era el conjunto de Karnak, construido por el famoso arquitecto Senenmut, en época de Tutmosis I (1530-1520 aC.) y el templo a cuyo interior solo podían acceder los sacerdotes y el faraón. En lo más recóndito del interior se encuentra el tabernáculo del dios. En la ceremonia del “despertar”, se abrían las puertas del recinto, se accedía a la estatua sagrada a la que se lavaba y perfumaba con esencias aromáticas, se envolvía en vendas de lino y se le repintaban los ojos y la boca. Los sacerdotes interpretaban sus deseos y estos le eran trasmitidos al faraón para que tomara sus decisiones de gobierno de acuerdo a la voluntad del dios.
Concluía Fernández que los sacerdotes eran los que menos razones tenían para creer en los dioses, unas criaturas inanimadas construidas a su imagen y semejanza. Aquellas, que fueron verdades incontrovertibles para millones de personas durante miles de años (bastantes más de los que llevamos desde el principio de nuestra Era) se revelaron, cuando llegaron pueblos más potentes con dioses más recios, creencias absolutamente falsas. Menos mal que nosotros tuvimos la suerte de descubrir otras que sí eran ciertas, claro que cada una con sus dioses, diferentes y enemigos entre sí. Todos verdaderos y omnipotentes, sin la menor duda.



martes, 12 de marzo de 2013

UN DÍA EN LA BASTIDA


 Tuve la suerte, hace unos días, de visitar La Bastida de Totana, un yacimiento arqueológico de enorme importancia. Pertenece a la llamada Cultura del Argar que abarca la zona geográfica del sudeste (provincias de Alicante, Albacete, Murcia, Jaén, y Granada) y un espacio temporal entre 2200 y 1100 aC.)
La iniciativa que reunió a más de un centenar de personas de Santomera, fue promovida por el IES Julián Andujar y el Club Quijar de la Vieja y coordinado por el profesor Blas Rubio, a quien desde aquí manifiesto el agradecimiento de todos los que nos regalamos con un baño de cultura. Dirigieron la visita y las charlas y excursiones anteriores a ella, los doctores Vicente Llull, Rafael Mico y Lourdes Andugar, de la Universidad Autónoma de Barcelona, implicados ahora en los estudios y excavaciones que se iniciaron hace ya 150 años.
Resulta impresionante el conjunto defensivo del yacimiento. De los restos aparecidos, los arqueólogos que de eso entienden, son capaces de extractar consecuencias que para el ojo poco avezado pasarían desapercibidas.
Una de las cosas más interesantes (por cuanto supone el conocimiento de las formas de vida y la organización social de unos antepasados poco lejanos en la relatividad del tiempo) es la estructura social del grupo y su relación con el resto de comunidades que habitaban la zona.
Eran sociedades temerosas del ataque de otras, como demuestran los enormes bastiones levantados en una época en la que solo se podía contar con esfuerzo humano: doble línea de murallas, torres defensivas colocadas al borde de un barranco, poternas desde las cuales se podían realizar ataques de flanco, una enorme cisterna capaz de almacenar medio millón de litros de agua, etc.
Deducen también los expertos que existía una gran diferencia de clases. Solo los que ocupaban la cima de la pirámide social tenían derecho a enterramiento, como atestigua el escaso número de tumbas halladas en proporción a la población que los datos arqueológicos permiten suponer. El resto de los difuntos seria abandonado a los carroñeros, quien sabe si arrojados al río o enterrados en tumbas anónimas imposibles de localizar hoy. Era una sociedad con muchos esclavos o siervos y pocos ricos y/o poderosos que los dirigían. Estos últimos trabajaban poco o nada. Sus restos muestran un estado de salud envidiable y una alimentación equilibrada. El resto, se apañaban como podían y, probablemente morían a una edad mucho más temprana.
Las armas de bronce (alabardas y puñales primero, espadas al final de la época) estaban en manos de los poderosos que las utilizaban para la defensa de los ataques exteriores y para el control de los posibles descontentos interiores.
La ciudad, que llegó a contar con más de un millar de habitantes, fue abandonada, hacia el año 1100 aC. Puede que por haber esquilmado los recursos del entorno, por exceso demográfico, por ataques exteriores, o por una mezcla en proporciones variables de todas esas circunstancias.
*
Al regreso de la visita, en el silencio del coche que nos traía de vuelta, alguno no pudo evitar preguntarse ¿Hemos sido capaces de cambiar algo realmente importante desde entonces?
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