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martes, 31 de enero de 2012

LA MUJER DEL CESAR

Suetonio, el escritor romano, nacido hacia el año 70 aC. tuvo la acertada idea de dejarnos escritas las Vidas de los Césares, que abarca a los emperadores romanos desde Julio hasta Domiciano; su obra, de indudable valor  histórico, se recrea con frecuencia en detalles de tipo domestico (y en el caso de Cesar un tanto hagiográficos) de las que pueden extraerse numerosas enseñanzas.
Relata, y es el caso que nos ocupa, como Julio Cesar repudió a su tercera esposa, Pompeya, que se había visto asediada (parece que a su pesar), por un presunto amante llamado Clodio, en unas celebraciones religiosas exclusivas para mujeres a las que este había asistido travestido de tal, con la intención manifiesta de atentar contra la honra de la, hasta entonces, virtuosa matrona. El asunto se difundió más de lo que seguramente ninguna de las partes implicadas hubiera deseado hasta el punto de que el Senado tomó cartas en el asunto ordenando una minuciosa investigación que dio lugar a toda clase de comentarios entre la plebe romana, ávida, al igual que hoy día, de escándalos de alcoba y entrepierna.
El hecho es indudablemente cierto, las razones últimas que el Cesar tuviera para repudiar a su señora, ya son otra cosa; las malas lenguas dijeron que había encontrado la ocasión propicia para desembarazarse de una esposa que había dejado de convenirle para su ambiciosa carrera política. El asunto es que justificó sus motivos diciendo que “la mujer del césar no solo debe ser virtuosa, sino también parecerlo a los ojos de los demás”, expresión que ha llegado hasta nuestros días.
Y uno se cuestiona: si los amagos de inmoralidad (sea del tipo que sea) en los personajes públicos ya se daban con asiduidad en época tan pretérita, parece inevitable llegar a la desesperanzadora conclusión de que no hay nada que hacer con la naturaleza humana: es ancestralmente corruptible y por tanto estamos sujetos a la inevitable perversión de hechos y costumbres de todos en general y de los que ocupan los puestos dirigentes de la sociedad, en particular.
Sin embargo, se puede deducir de esta historia una segunda moraleja un poco más optimista, y es que cerca de los corruptos o inmorales, hay a veces personas con capacidad de decisión que, como en el caso de Julio Cesar, reaccionen tomando medidas drásticas, interviniendo de forma fulminante para ejercer la cirugía política de modo que la situación se remedie, apartando a los fundadamente sospechosos de la cosa pública, simplemente porque con su actuación demasiado nebulosa han defraudado las esperanzas que en ellos depositaron quienes los escogieron para el menester. No es pertinente esperar el dictamen de culpabilidad de los cauces jurídicos (que también, pero ese es otro tipo de responsabilidad, exigida por las instancias que corresponda, a las que suponemos imparciales y justas). Se trata de penalizar con rigor, desde el punto de vista político actuaciones inadecuadas de las que los inmorales o corruptos deben responder ante quienes los colocaron en su puesto para defender los intereses de la mayoría, no los propios. A esos electores es a quienes han defraudado de forma notoria y es ante ellos ante quienes tienen que responder de forma inmediata, sin perjuicio de las actuaciones de la justicia a que pudieran haber dado lugar.
Y eso es lo que los partidos políticos exigen habitualmente en un estado de derecho con buena salud democrática. El partido, instancia supra-personal, vela por su salud interna cercenando con decisión la parte que pueda haber quedado dañada por la ponzoña a fin de que el resto del cuerpo no se contamine de ella ni le toque siquiera la sospecha; y pueda mantener ante los ciudadanos la imagen impoluta que les presentó en la campaña electoral cuando, con dulces cantos de sirena y almibaradas razones, aun expresadas en tonos apocalípticos y mitineros, les solicitó su voto prometiendo gobernarlos con toda corrección y respeto.

¿O no?

martes, 24 de enero de 2012

RELIGION Y LIBERTAD


 
Desde el principio de los tiempos, la humanidad ha sentido la necesidad de aplacar a los dioses, siempre encolerizados sin que se supiera muy bien el motivo. Ya en la prehistoria se encuentran muestras de rituales mágico-propiciatorios y desde épocas muy antiguas se evidencian tumbas con ajuar funerario, lo que supone la creencia en un mundo al otro lado de la muerte.
El hombre, desde que aparece sobre la tierra, toma conciencia de sí mismo y se ve inerme ante cualquier fenómeno natural que no puede controlar; supone un mundo gobernado por fuerzas misteriosas a las que debe apaciguar para que no le muestren su lado más destructivo. Y cuando inventa los dioses, lo hace a su imagen y semejanza; así, los griegos colocaron en el Parnaso a una familia real que era, poco más o menos como debían ser las suyas: un padre omnipotente y malhumorado que lanzaba rayos en el paroxismo de sus frecuentes cóleras, una madre engañada con diosas y humanas sin distinción, hijos (legítimos algunos y bastardos muchos) con sus querellas domesticas, etc. El hombre, con una capacidad de invención limitada, extrapola a lo sobrenatural sus propias vivencias.
No hay deidad más funesta que tú, padre Zeus, que no tienes
Compasión de los hombres: después de engendrarlos tú mismo,
en desgracia los sumes y en penas crueles, se dice en La Odisea (C.XX)
Los romanos no hicieron sino adoptar el panteón griego cambiando los nombres para que se apreciara el sello propio y en un alarde de tolerancia que solo se encuentra en las religiones orientales, dieron cabida a todos los dioses que se les quisieron sumar, incluso emperadores deificados. A cada uno de ellos levantaban el templo o los templos correspondientes y les encomendaban una serie de faenas determinadas. Y todos contentos, sin conflictos de competencias.
Tiempos antes, Moisés había sacado al pueblo judío de Egipto, dando forma definitiva a la primera de las grandes religiones monoteístas o “religiones del libro”, porque todas ellas arrancan de esa primera colección de libros judíos: el Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio). Pero ahí se j… el invento. A partir de ese momento los dioses se volvieron excluyentes: dos no pueden ser verdaderos al mismo tiempo; o tú o yo. Y si de la discusión no sale la luz, se recurre a las armas. No hay lucha más santa y aceptada que la emprendida en nombre de la religión para convertir a los incrédulos. Al que no se le pueda convencer, se le mata y angelicos al cielo. Y los dioses tan contentos.
Después, ya en época imperial romana, apareció el cristianismo: otra de lo mismo. Se hace tabla rasa de lo anterior y se anuncia una nueva verdad que modifica todo lo dicho y se impone a costa de lo que sea. El emperador Constantino en el año 313 por el Edicto de Milán, convirtió al cristianismo a todo el mundo romano de un plumazo y se acabaron las discusiones... por una temporada, justo hasta que Oriente se separó de Occidente y los ortodoxos de los romanos. Luego, las llamadas herejías e iglesias separadas con sus numerosas fracciones y subfracciones (todas ellas en posesión de la verdad absoluta) que han llegado hasta nuestros días. Cada una con su Biblia o libro sagrado redactado a su acomodo, considerado único verdadero en cada caso.
Y por fin, el Islam, última hasta el momento, de las grandes religiones monoteístas. El Corán fue revelado por Dios (Alah) a su Profeta Mahoma a través del arcángel Gabriel y recogido por el califa Othman hacia el año 650 de la forma canoníca y en lengua árabe que se ha mantenido hasta la actualidad.
Cada una de estas religiones “del libro” son verdaderas para los que las practican, pero, curiosamente, persiguiendo un objetivo común, cada una rechaza, por impostoras a las demás y les hace la guerra considerándolas espúreas y engañosas. Dioses contra dioses y hombres contra hombres en nombre de la idea religiosa.
Y uno se pregunta: ¿No sería más sencillo y propio de la especie humana no atarse a ninguna para poder creer en todas? ¿No sería hermoso disfrutar de la libertad de pensamiento sin el corsé de una religión que, además de regular todos los actos de la vida te convierte en enemigo del resto de la humanidad? ¿No podríamos desterrar ese miedo a la libertad de pensamiento?
Parece que no.


martes, 17 de enero de 2012

FERNANDEZ DE VACACIONES

Ha vuelto Fernández de unas bien ganadas vacaciones en no sé qué estupendo hotel del sur, merced a los programas de vacaciones del IMSERSO. Cuenta y no acaba de las maravillas del sistema, ahora que está todo el mundo con la soga al cuello mientras los “mayores” o “sénior”, como se llaman en esta época de eufemismos a los viejos de toda la vida, se pegan vacaciones de lujo en hoteles de cuatro estrellas con bufetes de infarto (que acaban por causarlos).
-     ¡Si los viejos de mi tiempo levantaran la cabeza y vieran como vivimos ahora! Cierto es que hemos trabajado, cotizado y que recibimos lo que legalmente nos pertenece, pero ellos hicieron lo mismo y muchos, como acémilas viejas e inútiles, murieron en la indigencia.
-     No te pongas trascendental –tercia Juan de la Cirila- y cuenta como estaba aquello, que para penas, ya tenemos los telediarios y para desatinos los del yerno.
-     Pues chico, por no entrar en el precio, que es tirado y el ambiente que es de vejestorios como uno mismo, el resto, estupendo: un hotelazo de un montón de estrellas donde se recibe un trato elegante y cortés. La zona, no te digo, en medio del parque Doñana, plena naturaleza; sin agobios, que en esta época no hay más que pensionistas, caminantes sin desmayo por el largo paseo marítimo que detiene el Atlántico; algún barecillo que sobrevive como pez en el barro de la sabana hasta que vuelva la temporada de lluvias turísticas, donde uno puede tomarse unos vinillos de la zona con las gustosas olivas que en esta tierra se adoban como en ninguna otra; y la entera provincia de Huelva por explorar: cerca del mar, pueblos con aromas colombinos que parecen sacados de aquellos libros de geografía abundosos de patriotismo universal que todos recordamos: Moguer, Palos, San Lucar de Barrameda, Punta Umbría, La Rábida… Hoy son pueblos modernos, limpios, pintados de blanco y albero con gentes amables que os indicaran la dirección de las recoletas tabernas de fino y tapa incluida si os acomete una necesidad imperiosa.
El Rocío, es un remanso de paz excepto en la época del alocado bullicio del mes de abril, con unos pocos barecillos que resisten la invernada, donde se puede tomar una exquisita manzanilla a la que acompañan tapas a voluntad, todo incluido en los módicos precios.
-     Verías a la virgen, entre copa y copa.
-     No tengas mala leche, lo que si vi fue un gracioso monumento en Almonte “A la tolerancia”, en la Plaza del Bacalao. Es el primero con tal dedicatoria que veo en este país y me pareció una cosa curiosa. Una especie de “rollo”, una columna vertical sobre pedestal cuadrado, en cada uno de cuyos lados hay una leyenda que refleja los valores constitucionales: igualdad, libertad, justicia y pluralismo político.
-     Sí que es curioso, ¿y el resto?
-     El resto, una provincia andaluza donde, a simple vista no se aprecia más crisis que la de los muchos hoteles cerrados (que no es poco), unas playas infinitas de arena fina y blanca que el Atlántico, estos días sosegado, lame dulcemente; y una parte de montaña, ya con aires extremeños, donde se curan los mejores jamones que en el mundo han sido. Jabugo y los pueblos de los alrededores (Castaño del Robledo, Fuenteheridos, Aracena, Alájar, Linares de la sierra, etc.) muestran la mejor combinación de embutidos ibéricos y caldos ambarinos que pueda darse.
En un recorrido de pocos kilómetros se puede encontrar el excelente pescado del chiringuito “El Tabla”  en la playa de la Canaleta en Punta Umbría; las gambas que cuece con primor el dueño de la cervecería “El Bolo” de Almonte, donde a pocas calles de distancia se puede comer en “El Tamborilero” un menú lleno de ingenio; y unos kilómetros más lejos, en La Punta del Moral, cerca de Ayamonte, un recoleto restaurante de sabor marinero llamado “Simón”, os animará a probar los innumerables “platillos” de mariscos variados y pescado recién frito.
-     Se me está haciendo la boca agua, puñetero, parece que solo viajas para comer.
-     No solo, tío Juanito, no solo.

martes, 10 de enero de 2012

DE VISITA EN MACAEL

A mi familia de allí.
En Macael se nota el viruji de forma notable. El airecillo de la sierra, fino como una cuchilla, aprieta las carnes, afila las narices y cura de forma inigualable los magníficos embutidos que allí se producen. Sin embargo es, en su arquitectura, un pueblo feo entre los feos. En eso no parece andaluz, pero es que Almería es la menos andaluza de las provincias del sur. Nada que ver con esos pueblecitos blancos de la baja Andalucía, con geranios de un rojo reventón plantados en botes de aceitunas que alegran la vista con su modesta y limpia decoración bordeada en tonos de azulete. Aquí, la abundancia de mármol, principal fuente de riqueza de la zona, inunda plazas, calles y casas. El efecto es demoledor porque la blancura de la piedra empleada en demasía, hace que el pueblo se convierta en un mausoleo frio y desangelado. Las aceras son de mármol, y las plazas de mármol, las balaustradas de mármol y los bancos de mármol. Uno mira con avidez a su alrededor buscando algo que no sea de mármol…y no lo encuentra.
Las casas se agarran, en forma desesperada, a la vertiente de la montaña y llegan hasta la cumbre, detenidas por las canteras que pueblan la vertiente opuesta. Las calles son un dédalo estrecho que serpentea, retorciéndose entre rampas y escaleras y hacen difícil la circulación para los coches y penosa para las personas. Por la parte inferior, el pueblo linda con el cauce de la rambla que tiene su origen en la “Fuente Maestra”, ahora seca. En los años ochenta, tuvo lugar la última gran avenida de las aguas que, desde las estibaciones de la Sierra de Filabres cayeron sobre el pueblo. El puente sobre la rambla hizo tapón hasta que el ímpetu de la crecida lo hizo saltar en un estallido de espumas y restos de todas clases que inundaron las casas bajas. Más arriba, justo donde siempre estuvo la fuente, el agua encontró una salida subterránea y se precipitó por ella, desapareciendo para siempre rumbo a un destino desconocido, quizás el mar.
Ahora, lo que antaño fuera riachuelo de diferente envergadura según la estación, se ha convertido en ocasional paseo de excursionistas, encajonado entre acúmulos de mármol verde de formas fantasmagóricas y paredes ciclópeas de masas inservibles, apiladas por las grandes máquinas para detener el avance irremisible y depredador de las escombreras.
Abandonados han quedado el molino y la fábrica del mármol que movían sus artes con la fuerza de las aguas. De aquello solo quedan un par de edificios ruinosos que alimentan los recuerdos de los paseantes cuando, de chiquillos, venían a recoger las naranjas menudas y dulces regadas con los escurrimbres de las represas. “Allá, ¿ves aquellos naranjos medio secos?, estaba el huerto”… “de aquel bujero del río se sacaba la arena fina y abrasiva para engrasar los artes”… os contarán los naturales del pueblo, compañeros de paseo.
Las gentes de Macael son acogedoras y cálidas -en eso sí es plenamente andaluz el pueblo- y a la menor ocasión os convidarán a probar esos excelentes embutidos que el frio de la sierra amojama confiriéndoles un sabor que no puede encontrarse en ningún otro sitio. El vinillo “del país”, áspero y un poco agrio, que muchos elaboran de sus propias viñas, le hacen excelente compañía. Las gruesas lonchas de tocino blanco como la nata y la morcilla de arroz o cebolla, oscura y densa, son inigualables; por no hablar del oloroso “blanquillo” y el chorizo ligeramente picante que, usado como postre, deja en la boca un sabor que puede durar varios días.
La cocina es sencilla como resulta habitual entre gentes de vida ruda que han sobrevivido arrancando a la áspera tierra serrana magras cosechas a base de silencioso y tenaz esfuerzo, aguantando nevazos de metro en invierno y secarrales insufribles en verano, hurgando en las entrañas del terruño para arrancar de su corazón las masas que la montaña no se deja arrebatar si no a regañadientes. Las migas de harina, cocinadas con aceite virgen de oliva y mucho brazo, son blancas y esponjosas, excelentes para acompañar boquerones rebozados y crujientes; y para el crudo invierno se preparan, en los meses de bonanza, las orzas de queso, lomo, o costillejas en adobo que basta calentar para convertirlas en un manjar exquisito.
Por estas y otras muchas cosas que ahora se me hace largo relatar, venir a Macael es siempre una fiesta. El problema –si alguno hubiera- es el disgusto que nos da la balanza cuando volvemos a casa.

martes, 27 de diciembre de 2011

UN AÑO

Mira tú por donde este blog, que empezó casi de broma, se ha ido solidificando hasta cumplir un año de publicaciones semanales, con lo que podríamos llamar discretamente cierto “éxito de crítica y público”. Han pasado por aquí más de 27.000 visitas de varios países. Jamás sospeché que tal cantidad de personas sintieran interés por mis escritos. El éxito de la “crítica” lo entiendo mejor: hay mucha buena gente por el mundo, no escasea tanto la buena educación como los “adultos” postulamos frecuentemente y muchos de los que pasan por aquí son amigos cuya categoría personal hace que lean mis palabras con más indulgencia que justicia. El “jaboncillo” que nos dispensamos entre “blogueros” no es más que una muestra de la cortesía que nos hermana.
He oído muchas veces preguntar a los escritores de oficio cual es la razón de su trabajo, pasión, necesidad, o como se quiera llamar a este ejercicio que, como dirá D. Quijote,  alcanzar alguno a ser eminente en las letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vagidos de cabeza, indigestiones de estomago y otras cosas a estas adherentes. Y todos, casi sin excepción, contestan de forma sesuda, profesional y a veces profunda aludiendo a “vocación irrefrenable”, “oficio pero también forma de vida”,  “necesidad imperiosa de volcar el interior” o “poner negro sobre blanco” algo que les bulle por dentro y a lo que tienen que dar salida sin remedio. Otros quizás tomen la pluma para confesarse y experimentarse verdaderos, como dice el Asklepios de Miguel Espinosa que ordenaba Demócrito: de los escritores, admiro la voluntad de concepto, la voluntad de estilo y la voluntad de síntesis o facultad de acuñar expresiones. Otros, como Plá, seran incapaces de resistir la pasión arrolladora de la escritura: es objetivamente desagradable no sentir ninguna ilusión, solo esta secreta y diabólica manía de escribir a la cual lo sacrifico todo, a la cual, probablemente, lo sacrificaré todo en la vida.
Con la libertad que me proporciona ser un “diletante” que nunca ha de abandonar esa categoría, os diré a la oreja que yo escribo, simplemente, porque me divierte y me relaja. Cada vez que acabo un relato, una historieta o un cuento, me siento bien. Generalmente me he divertido mucho durante su construcción o en el tiempo que me ha llevado investigar algunos detalles necesarios. Luego empieza la siguiente época de vacío, de sensación de inutilidad… hasta que aparece un nuevo motivo. Pero así es la vida del hombre: continuos periodos de fluctuación y altibajos entre los que hay que entresacar y aprovechar a fondo los buenos momentos, como si de días primaverales y soleados se tratara. Mi vecino del segundo, que ejerce de psicólogo, dice que esto de los blogs es una especie de catarsis que ha sustituido a los confesonarios y a las confidencias de puticlub. Sus razones tendrá.
Algunos colegas blogueros me han manifestado desencuentros por mor de lo abierto y accesible de esta plataforma a la que cualquiera puede llegar con mejores o peores intenciones. No es mi caso. Las pocas opiniones contrarias y aun disonantes que he recibido me han enriquecido antes que molestado y si alguien ha considerado interesante plagiar algo de lo que he escrito, solo me ha prestado un inmerecido tributo. Con saber quién es el verdadero padre de la criatura (aunque seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios), tengo bastante. Harta desdicha tiene quien se ve en la necesidad de vestirse con plumas ajenas; hágalo con algunas mías si es que le gustan y de salud que le sirva.
Con que lo dicho, amigos. Gracias a todos los que me hacen merced de sus visitas y aquí sigo para lo que gusten mandar.

martes, 20 de diciembre de 2011

COMPRANDO “AL FIADO”

El economista de nuestra tertulia es Cipriano “el sangres”, apodo ganado a lo largo de muchos años elaborando las mejores morcillas que nunca se comieron en este pueblo. Cipriano ha regentado, durante toda su vida la carnicería heredada de sus antepasados, y con ella el arte de navegar económicamente en épocas difíciles, donde se solía comprar “al fiado” y vender a lo mismo. El encaje de bolillos que había que hacer para obtener algo de evanescente liquidez, era primoroso.
A pesar de ello, “el sangres” ha culminado con éxito la historia sangrienta de su negocio y ha tenido la suerte de dejarlo, floreciente y prestigiado, en manos de sus descendientes.
Entre los contertulios, que recuerdan como si fuera ayer aquellos tiempos de penurias en los que muchas veces comieron unas costillas de cabrito (dicho sin mirar a nadie) o un arreglo de matanza gracias al crédito de Cipriano, goza de un aura de buen gestor. Por eso, cuando habla de economía, todos le escuchamos en silencio reverente.
-     Los políticos, ya se ve, son gente instruida, por lo menos, estudios deben tener. Yo sé las cuatro reglas escasamente y con ellas me he defendío regular. Me pueden contar lo que quieran, pero yo entiendo la economía como la regla de los dos bolsillos y siempre me ha ido bien: si en el bolsillo izquierdo metes lo que te pagan y del derecho sacas lo que tienes que pagar, el único truco es que el izquierdo tenga siempre una miaja mas de dinero que el derecho, así cuando este se quede falluto, siempre podrás echar mano del otro.
Eso del crédito que parece de actualidad, es un invento antiguo, ¿os acordáis de cuando se compraba al fiado y se llevaba la cuenta haciendo muescas en una caña?  Entonces la gente sabía lo que debía y cuando llegaba el final de mes, lo primero que se hacía era pagar a unos y otros y quedarse en paz. Ahora, resulta que todo el mundo debe más de lo que tiene. Las familias deben el piso, el coche, la casa de la playa y los estudios de la nena (que no daba talla para la pública), en la privada; los ayuntamientos no pagan la luz, ni a los proveedores; las Comunidades deben a las farmacias y el Estado tiene que subastar deuda cada dos por tres para que “los mercados” que nadie sabe lo que puñetas son, le exijan los intereses que quieran.
Y yo me hago una pregunta tonta: ¿por qué debemos dinero? Y sobre todo, ¿por qué deben dinero los estados? ¿No sería más práctico gastar solo lo que se tiene antes que estirar el brazo más que la manga y empeñarse en unas perras que no sabemos si se pueden pagar? La solución de las Comunidades es emitir más deuda para poder seguir gastando más. Y digo yo, ¿no sería más práctico, sobre todo, más ajustado a la realidad, adaptarse cada una a sus posibilidades y gastar lo que pueden, no “lo que necesitan”?
-     Hombre, Cipriano, tu entenderás mucho de administración y de cañas, pero cuando los economistas del mundo entero trabajan así, será por algo.
-     Será, pero yo no veo que el resultado sea bueno, sino todo lo contrario. Si no hay perras para un coche, pues no se compra y ya está, o se espera a ahorrar para comprarlo. Y esto vale para personas, Ayuntamientos, Comunidades o Estados Generales. ¿De qué nos sirve empuarse hasta las cejas y estar esperando a que el Fondo Monetario Internacional nos preste más perras y nos diga cómo gastarlas? Si hay cuartos para carreteras, se hacen y si no se espera a hacerlas más despacio o más pequeñas. No es ninguna vergüenza que cada uno se adapte a sus posibilidades y aceptar que unos países son más ricos y otros más pobres, como las personas. ¿De qué nos sirve que tengamos las mejores autopistas si ahora no tenemos perras para pagar los plazos del coche ni echarle gasolina, ni comer en un restaurante?
-     Eso es una miaja simple, no quiera tu entender también de macroeconomía. Todos los países de nuestro entorno están igual.
-     Pues mira, “mal de muchos…”

martes, 13 de diciembre de 2011

A HACER PUÑETAS

Vivíamos tan felices desde que, entrados de lleno en la democracia y rediseñados los reinos de taifas, descubrimos que nuestra situación era beatifica e inacabable. La bonanza económica se había instalado entre nosotros para siempre. No hacía falta que los jóvenes estudiaran ni se sometieran a esfuerzo alguno: bastaba con irse a una obra, emplear sus energías desbordantes en cualquier trabajo sin cualificación pero bien remunerado y hala, a comprarse un piso, tirar de cochazos, fiestas y rayuelas. Pero de pronto, la cruda realidad nos dio un soplamocos. Los bancos cerraron el grifo y decidieron que era mejor ir a los mercados especulativos de fácil y rápida respuesta que seguir invirtiendo en industrias de dudoso resultado ni en hipotecas basura que el ventilador americano había distribuido por el mundo entero.
Y nos encontramos con que no podíamos pagar las hipotecas sobredimensionadas, que los pisos que habíamos comprado sin necesidad no valían lo que nos habian dicho y que comenzábamos a quedarnos en el paro a velocidad alarmante. Las cajas descubrieron que tenían las arcas llenas de caca; los bancos, pobrecitos, dijeron que si nos los rescataban, no seguían en el juego, y los gobiernos con el pañal pegado, acudieron en su socorro con el inocente afán de que abrieran la espita y siguieran dando créditos (porque aquí todo el mundo vive del crédito: los particulares, las empresas, los ayuntamientos, las comunidades y los estados). Pero los bancos son empresas que se rigen por una ley implacable y universal: obtener el máximo beneficio. Compran dinero barato y lo venden caro (al doble, si pueden, y con ese 2%, van tirando). Y los gobiernos se encontraron con que tenían que recurrir a la banca para que les prestaran el mismo dinero que les habian dado, pero a un interés mayor, para que siguieran obteniendo beneficios y no se llevaran las perras a paraísos fiscales.
Y uno se pregunta: si, como dicen los expertos, para salir de esta crisis provocada por las hipotecas subprime al otro lado del charco hace falta, a) reducir el déficit y b) relanzar la economía estimulando el consumo y la contratación, ¿Quién le pone el cascabel al gato para que el crédito –la sangre fiduciaria- fluya, las empresas contraten, los trabajadores puedan consumir y la economía se relance? ¿Habremos aprendido la lección en este país al que, como más débil, el virus de la crisis se ha cebado en forma tan agresiva?
Uno, que no solamente no es economista sino que se va dejando entre los rastrojos del camino las pocas hebras de sentido común que le quedaban, oyendo tantos discursos que solo entiende a medias se pregunta si los políticos tienen verdadero interés en arreglar la situación; o si su miopía constitutiva les impide ver más allá de las míseras guerras partidarias, que los llevan a estar permanentemente enzarzados en el estéril dialogo de “ellos y nosotros” que tanta nausea provoca en el ciudadano de a pie.
“Ellos” son los de un partido y “nosotros” los del otro. “Ellos” son los del gobierno regional y “nosotros” los del autonómico o viceversa, “ellos” son los de una región y “nosotros” los de otra…
¿Hasta cuando hemos de soportar tanta estupidez? ¿No nos daremos cuenta nunca de que esta es una nación -un mundo– global, de que estamos todos metidos en la misma arca de Noé , unos animales y otros, y de que si esto no aterriza en el monte Ararat nos vamos, unos y otros, a hacer puñetas?

A hacer puñetas: frase usada cuando se quiere despedir a alguien con desprecio y sin consideración. Las puñetas son bocamangas realizadas con bordados y puntillas que adornaban togas de jueces y magistrados. Realizadas siempre a mano en labor primorosa de flores y figuras, requerían notoria habilidad y gran paciencia. En ocasiones eran realizadas por reclusas, lo que incrementa el tono despectivo de la frase.





martes, 6 de diciembre de 2011

AGUA PARA TODOS


Campea en la ilustre fachada de nuestro ayuntamiento murciano el letrero “Agua para todos” desde hace tanto tiempo que mucha gente cree que formaba parte de la decoración inicial. Usada como herramienta política, la guerra del agua nos ha perjudicado a todos sin excepción. “Los mercados”, asustados por la posible escasez de limones, buscaron hace ya tiempo nuevas fuentes de abastecimiento y ahora los que se compran en Murcia llegan de la Argentina con tan buena calidad y a mejor precio que los locales. La guerra del agua nos ha hecho perder la agricultura: la huerta retrocede y los bancales de limoneros y naranjos se abandonan a las culebras y las ratas. Los huertos acabarán alicatados.
Pero el “Agua para todos” de los que defendían el trasvase de Ebro y que ahora pasan sigilosamente por debajo del letrero, temerosos de que se desplome sobre sus cabezas, no es de ahora. Antonio Botías, en un delicioso libro, imprescindible para los amantes del terruño, (Murcia, secretos y leyendas, 2011) nos ilustra sobre los orígenes de la ingeniosa frase: el diario La Paz de Murcia publicaba el 19 de Septiembre de 1868 un artículo arremetiendo contra la Ley de aguas promulgada en 1866: “Haya agua para todos, que hubiera una distribución de aguas que matase el caciquismo de los pueblos […] pues lo que Dios ha concedido como bienes no son para determinada persona. Quisiera esta justa distribución desde el nacimiento de los ríos hasta los mares”.
Poco efecto debieron tener las palabras del ignorado articulista sobre los padres del agua porque el 13 de junio de 1912, la edición murciana de El Liberal madrileño, proclamaba: “¿Habrá “Agua para todos”? La llave de todos los manejos políticos está en el agua, las acequias y los riegos, siendo la agricultura la única riqueza de este pueblo”.
Como se ve, el asunto del agua viene de lejos y su utilización política y partidaria, también.
“Agua para todos” era el titulo de un suelto en el que El Semanario Murciano de marzo de 1973 recogía la visita a Murcia de autoridades almerienses  para agradecer a Octavio Carpena Artés, a la sazón gerente de la Comisión para el Desarrollo Social y Económico, el interés que había demostrado porque el agua del Tajo llegara, a través de Murcia, al valle del Almanzora.
En octubre de 1974, La Verdad de Murcia recogía unas declaraciones del subsecretario de Obras Publicas, Sr. Sánchez Terán (Subsecretario en época de Franco, ministro de Obras Publicas y Trabajo con Adolfo Suarez y Gobernador Civil de Barcelona en la democracia), impulsor del llamado “Plan Ebro”, en las que aseguraba que el cauce del Ebro tiene “Agua para todos”, y en la Hoja del Lunes de Murcia de 20 de Agosto de 1979 que por aquel entonces dirigía “en funciones” Ismael Galiana (padre), se ponía a grandes titulares la frase “Agua para todos” en boca del Gobernador Civil de Toledo, Ignacio López de Hierro (más tarde Gobernador civil de Toledo y en la actualidad esposo de la Presidenta de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, Dª Dolores de Cospedal).
En 1993, editado por la Caja de Ahorros de Murcia, apareció el libro Agua para Todos  de Daniel Cremades Cerdán en el que sentaban las bases para una planificación hidrológica peninsular.
Unos apostaron por la desalación localizada, otros por los trasvases cuando eran herramienta arrojadiza para hacerse con el manubrio de gobernar. Don Mariano, desde Abanilla, comunicaba a La Verdad el 11 de julio de 2004: “Si volvemos a ganar, el trasvase del Ebro se va a construir porque la opción de las desaladoras no tiene ningún sentido. Contaminan y además tampoco se van a hacer”. Y ahora se queda tan pancho mirando para otro sitio cuando le preguntan por el asunto. ¿“Agua para todos”? ¿Qué nuevas milongas piensan contarnos ahora que tienen la sartén por el mango?
El fango político ha contaminado por igual el agua de las desaladoras y de los trasvases. Y el pueblo, a beber agua turbia.
Menos mal que, sin necesidad de vírgenes, procesiones ni rogativas, el agua del cielo se ha derramado en abundancia sobre nuestras cabezas este mes de noviembre. ¿Quizás D. Mariano, per se o a través de la conferencia episcopal, tiene más influencia en las alturas de la que le suponíamos?
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