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martes, 8 de junio de 2021

LA ESPECIE PRIVILEGIADA

(Leyendo “Sapiens”)

Nos consideramos la especie privilegiada para dominar nuestro entorno, el mundo. Nuestros abuelos salieron de la falla del Rif apenas hace unos miles de años. La oscilante evolución los había dotado con un elemento hasta ese momento desconocido: la cerebración creciente, la capacidad de pensar, hablar y valerse de sus manos para elaborar utensilios. La no especialización, que los haría diferentes de todos los animales existentes hasta el momento, fue uno de sus logros más espectaculares.

La naturaleza está en armonía porque se mantiene sujeta a una ley inexorable: toda especie depreda a otras y a su vez es depredada, de forma que se mantenga el equilibrio poblacional. En la naturaleza no existen (o existen por poco tiempo) animales viejos o enfermos. Solo el hombre, cargado con su nuevo bagaje ético, era capaz de vulnerar esa regla, cuidar de los ancianos o débiles y enterrar a sus muertos, previendo —ansiando— un más allá que lo hiciera eterno.

El problema que subyacía en su expansión y en su dominio del mundo, que pronto se demostró limitado, es que competiría con otras especies animales, bien por el territorio, bien porque las considerara presas susceptibles de alimentarlo, iniciando una cadena de depredaciones que no tendrá fin.

 

La primera oleada de colonización de los sapiens fue uno de los desastres ecológicos mayores y más celebres que acaeció en el reino animal. Homo sapiens llevó a la extinción a cerca de de la mitad de las grandes bestias del planeta mucho antes de que los humanos inventaran la rueda, la escritura o las herramientas de hierro.  (Sapiens, 90)

 Nuestro planeta es limitado, como el del Principito. Algo más grande, pero limitado. Cuando éramos unas hordas en busca de carroña, el mundo era infinito. Pasados unos pocos años nos convertimos en millones de personas aisladas tras las fronteras que establecimos. Defendíamos tras ellas,  con uñas y dientes, nuestras costumbres y nuestros dioses, diferentes y superiores a los demás.

Hoy, las azagayas, arcos y mazas han sido sustituidos por tanques y misiles. La eficacia destructora se ha multiplicado hasta el infinito. Hay muchos países con la capacidad suficiente para hacernos desaparecer a todos (hombres y animales) de un plumazo. Somos el paradigma de la evolución sin objetivo.

Puede que ese sea nuestro destino inexorable, y sin embargo, cuanta capacidad de abnegación, de empatía específica, de empatía alberga el ser humano. ¿Cómo no hemos explotado, desarrollado, practicado, las grandes virtudes que se esconden en el corazón de toda persona? Las religiones se han alzado con el patrimonio de las conductas generosas. Nunca hemos ahondado en nuestra real naturaleza, reconociendo humildemente que tenemos mucho de las bestias que fuimos hace poco tiempo, pero que podemos torcer esa naturaleza irrenunciable para hacernos la vida confortable unos a otros, sin distinción de razas, géneros ni países.

*

 

 

martes, 20 de abril de 2021

CIENCIA Y RELIGIÓN

Se dice en el Génesis “Al principio, creó Dios los cielos y la tierra” y la nota del exegeta apostilla:”Es el dogma fundamental de la religión, opuesto a todos los falsos sistemas filosóficos y a todas las falsas religiones” (Nacar Colunga ed.1963). Más adelante, en 2.27 del libro sagrado, se describe como, una vez completada por Dios la creación de la tierra, crea también al hombre a imagen suya.

Aún se discute, en las diversas escuelas, religiones y ramas de religiones, en que época y por quien se redactaron estas palabras, recogidas en el libro del Génesis y atribuidas tradicionalmente a Moisés. Parece que si no fue él (entre otras cosas por la dificultad inherente a relatar su propia muerte) sería alguno de sus sucesores, probablemente Josué. El autor es lo de menos; es la obra la que ha perdurado y la que tanta influencia ha tenido sobre buena parte de la humanidad.

Otra visión del principio de los tiempos es la que tenemos en el Evangelio de Juan, (hacia el 300 d.C.) que dice: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”.

Si decidimos seguir las directrices de la religión (en este caso de la religión católica) tenemos resueltos en estas breves líneas todo el cumulo de preguntas posibles acerca de la creación del mundo, así como el origen del hombre que tanto preocupa a antropólogos e investigadores.

Hay una fuerza sobrenatural y omnipotente que decide un buen día, ya aparecida la tierra y cuanto en ella se contiene, crear al hombre (varón y mujer). Lo dota de raciocinio para que, a diferencia de los animales que previamente les ha proporcionado para sustento y compañía, sea responsable de sus propias obras y, como diría Don Miguel mucho después, “artífice de su ventura” (Quijote II,66).

Esto, que soluciona de un plumazo las miles de preguntas que el hombre viene haciéndose desde que, a diferencia de los animales, toma conciencia de sí mismo, puede ser verdad. Es solo cuestión de creérselo. A partir de ese momento habrán desaparecido las dudas. La ciencia podrá reducirse a lo que siempre debió ser: un conjunto de reglas capaces de explicar los fenómenos naturales y de descubrir sus leyes más o menos complejas para que los hombres no tengamos necesidad de estar al albur de la magia y desterremos de nuestras vidas el temor a lo desconocido. Una explicación tan simplista como en el primer caso, necesitará de apoyos permanentes, ya que la fe que se nos pide requiere grandes dosis de esfuerzo y el concurso de muchas personas que participen de la misma postura. Es notorio el refuerzo que las ideas sufren en función del número de personas que creen en ellas. Una verdad expresada por una sola persona tiene un valor determinado, generalmente escaso, pero si esa misma verdad (o su contraria) es expresada por unos cientos de miles de personas, la cosa cambia.

Se abre una primera perspectiva de análisis: una verdad (ponga en su lugar teoría, hipótesis, tesis, idea o lo que guste el lector sagaz) es más o menos potente según el número de personas que la suscriban. Imaginemos una teoría falsa o equivocada (falsable) pero cuya condición depende, no de su propia idiosincrasia, sino del número de personas que la apoyan. Habremos introducido el componente subjetivo. Decían los monos de Kipling en la canción que desgranaban estridentes mientras recorrían las copas de los arboles “Somos muchos, todos decimos lo mismo, luego esa es la verdad”.

 

 

 

martes, 15 de diciembre de 2020

LOS DOS PASTORES (Cuento que puede pasar por navideño).

Pues señor, esto eran dos pastores que dada la escasez de recursos del lugar en que tenían sus ganados, se veían obligados a que ambos pastaran juntos. En principio, la armonía estaba garantizada: cada mañana, abrían la puerta de sus apriscos y las dóciles ovejas, en ordenada procesión y fraternal armonía, se desparramaban por el valle y se aplicaban al condumio con similar afán.

Quiso el demonio, capaz de enredarlo todo, que los pastores, que nunca se habían llevado excesivamente bien pero hasta la presente se habían tolerado de forma más o menos educada, concibieran la extraña idea de que el valle les pertenecía en exclusiva. Y buscaron a otros pastores del entorno que, aportándoles un número relativamente pequeño de ovejas, dieran fuerza a sus reivindicaciones basadas en el número de cabezas.

Cada día, los pastores de ambos grupos se reunían a la fresca sombra de una enorme encina y provistos de suficiente recado alimenticio se enmarañaban en inacabables discusiones acerca de la mejor manera de conducir el rebaño comunal.

Unos creían que lo más adecuado sería encaminarlos a la falda de la montaña donde la hierba era primeriza y frágil. Allí, el agua de los regatos que el sol de la primavera deshacía en los neveros, habrían de proporcionarles refrescante bebida. Otros opinaban que mejor sería bajarlas hasta el fondo del valle donde la hierba era alta y jugosa, y las ovejas podrían calmar su sed en el riachuelo que lo recorría mansamente.

Las discusiones eran interminables porque ninguno de los grupos daba su brazo a torcer. La cuestión se había convertido en algo personal, un asunto de fe, instalado en cada uno de los bandos que los convertía en enemigos irreconciliables, olvidado ya el origen de la disputa. Para obtener la razón no tenían empacho en recurrir a falaces argumentos y torticeros embustes.

Las ovejas, mientras tanto, agostaban el pasto de la breve zona en que las habían dejado abandonadas a su suerte y a remedo de sus jefes, se entretenían en inacabables discusiones tomando partido por unos u otros dando al traste con la pacífica convivencia que habían mantenido hasta entonces.

Los lobos montaraces hacían sangrientas excursiones entre la indefensa grey cobrándose numerosas víctimas. Los pastores, frente a los ataques lobunos, antes que perseguir a las alimañas y poner coto a sus desafueros, se empeñaban en inútiles discusiones culpándose mutuamente de las andanzas de las fieras. En lo único que se mostraban unánimes era en repartirse las viandas de las que se nutría el fondo común, en interminables sesiones que jamás acababan en pacto. Terminadas las reuniones y con el estomago repleto, se separaban para reunir fuerzas con que seguir sus enfrentamientos al día siguiente.

 Las ovejas se preguntaban: ¿Hasta dónde llegará la estulticia de estos pastores, incapaces de lograr un acuerdo beneficioso para ambos bandos, mientras los lobos y la escasez de alimento acaba con nosotras, que somos su único sustento?

¿Habremos nosotras de tomar el mando?


 

 

martes, 8 de diciembre de 2020

¿QUIERE UD. HACERME UNA FOTO?

 

Mi amigo Felipe gustaba de pasear las mañanas de domingo por el parque del retiro. Desayunaba en un chiringuito junto a la puerta de entrada donde ya lo conocían. El  camarero, con esa desenvoltura un poco chulesca que tienen los de Madrid, al verlo traspasar la puerta de cristales gritaba, hubiera o no gente: "¿Caballero, su con leche y las porritas de los domingos?" A Felipe no le hacía gracia que le llamaran caballero, le parecía una de tantas modas estúpidas surgida para sustituir la anticuada expresión, señor, que había pasado al limbo de las palabras retiradas de la circulación por clasistas. Sin embargo le hacía gracia la camaradería desenvuelta y profesional de aquel hombre con el que cruzaba escasas palabras una vez a la semana. Reconfortado con el desayuno decidió permitirse un cigarrillo en uno de los bancos, a la sombra refrescante del tilo situado junto al kiosco. Enfrente, una pareja de menudos japoneses mantenía una animada conversación. Parecían discutir sobre la forma de hacerse una foto. Él le indicaba que posara y ella reclamaba la máquina para hacerle la foto a él.

Felipe pensó, mira qué ocasión para hacerles un favor a los japos, me acerco y les digo con toda corrección, ¿quieren que les tome yo la foto a los dos? Seguro que me lo agradecen, ya se sabe los correctos que son los hijos del Imperio del Sol Naciente. Pero ¿y si se le ocurre que quiero coger la máquina y echar a correr? No sería la primera vez que ha pasado eso. A lo mejor el japonés se cabrea y me manda a hacer puñetas, a  lo mejor el tío va y me suelta: agladesido señol, pero metase en sus asuntos y no molestal paleja de extranjelos que vienen a pasal vacasiones tlanquilamente España. Estos tíos son muy finos pero no tienen nada de tontos y cuando se carabean igual te hacen el harakiri, ¡pues no tiene peligro el japonés ese, ahora que lo miro bien! ¡y parece que no ha roto un plato en su vida!

Felipe se decide, deja su banco y se encamina al de los japoneses, se dirige directamente al hombre y le dice: ¿Sabe Ud. Lo que le digo? Que se meta la maquina donde le quepa, que yo solo quería ser amable. ¿Se ha pensado Ud. que todos los españoles somos unos chorizos? Pues está muy equivocado, aquí hay tantas personas honradas como en su país o más. Ahora no le haría una foto ni aunque me lo pidiera de rodillas.

Los dos menudos nipones se quedan con los ojillos a cuadros.

*

Sé que a mis avezados lectores no habrá escapado la relación y aún el  parecido que esta fabulilla tiene con el manido cuento del hombre que buscaba un gato para cambiar la rueda pinchada en una noche de tormenta. Quizás piensen incluso que la he copiado de aquella. Les daría la razón si no fuera porque la de los japoneses es una anécdota vivida de primera mano. Aún recuerdo la cara de asombro de los menudos personajes cuando terminé mi incomprensible perorata.

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