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En cada una de las pestañas encontrareis una seccion diferente: en "Pagina principal", las entradas habituales. En "Trabajos y días", articulos de literatura e historia, "De mis lecturas" reúne notas, resumenes y opiniones sobre libros que me interesan y he leído en los últimos tiempos. En la pestaña "Desde el Asilo" (Libro), están todas las historias contenidas en ese libro, en cuyo inicio se explica el titulo de este blog. "Cuentos truculentos" reúne los comprendidos en el libro del mismo título. Cualquier texto que aqui se publica está a disposición del publico, naturalmente citando la fuente. Sírvase usted mismo.















jueves, 30 de diciembre de 2010

VENTUROSO 2011

EL FIN DE LA CRISIS
Mientras las gentes, en los países de nuestro entorno se retuercen entre las garras del desastre económico que nos ha sorprendido a todos, los españoles podemos, por fin, respirar aliviados; la crisis, para nosotros, ha sido definitivamente conjurada. Tenía razón el presidente: hay crisis, pero a malas penas. 
Hemos estado explotando estos últimos años, de la forma más irresponsable y alocada, una bonanza artificial en la que nos sumergimos con la actitud del niño que devora la bolsa de caramelos obtenida sin esfuerzo, ignorando la inevitable caguetilla que ha de provocarle.
No ha sido la primera. En realidad, la historia de nuestro género es la de una crisis permanente que se agudiza de vez en cuando; la humanidad ha conocido muy pocos periodos de tiempo sin guerras, hambrunas, pandemias o desastres naturales. Y cuando, ya en nuestros días de tecnologías punta e ipoc-ipac-ipic-capú, parecía que todo estaba controlado… plaf, se nos viene encima este trance que ha hecho tambalear los cimientos de muchos sistemas políticos; y lo que es peor, los de la poderosa banca a cuyo auxilio han acudido al unísono los gobiernos, ya que ese es el único gato al que nadie se atreve a ponerle un cascabel.
Se recordaba, tan vagamente como las invasiones vikingas, el reinado de Felipe II o las lágrimas de Boabdil el Chico abandonando su vega de Granada, que en América, un jueves, 24 de octubre de 1929 hubo una crisis que precipitó elegantes banqueros de Wall Street por las ventanas de los rascacielos, como los bellos y jóvenes monjes se defenestraban en la abadía de Umberto Eco; que se había producido, en el país más rico del mundo, una involución económica capaz de arrastrar a mucha gente, hasta entonces pudiente, a las colas zarrapastrosas de la sopa del ejército de salvación; y que solo se había podido salir de esa depresión, muchos años después, gracias al auge de la industria de armamento que serviría para producir cincuenta millones de muertos en la segunda guerra mundial. Menos gente y más trabajo.
Pero eso había pasado a la historia. Las gentes del mundo, el “primer mundo” claro, caminábamos felices y arrogantes por el sendero del progreso a costa de cualquier cosa. Nada importaba el estrago de la naturaleza, la contaminación a todos los niveles, el alicatado de las huertas ni el exceso de construcciones hasta el mismo borde de las playas. Cada generación debe explotar los recursos a su alcance de forma total e indiscriminada. Y el que venga detrás, que arrée. Pan para nosotros hoy. Si los de mañana pasan hambre, ya se apañarán. Al fin y al cabo, no hemos de estar para verlo.
Pero cuando este tétrico panorama parecía haberse adueñado sin remedio de nuestro futuro, hete aquí que un venturoso 25 de julio de 2010 nos desayunamos con la solución que aparece a grandes titulares en todos los periódicos: SM. el Rey ha decidido encomendarle la salida de la crisis al apóstol Santyago, animado quizás por la intención del Santo Padre que quiere visitarlo tambien en fechas próximas, instando a los fieles para que se acerquen a recabar las indulgencias correspondientes.
Sabido es que Santyago, por encima de las mal intencionadas investigaciones históricas que ponen en duda su paso por España (cuanto más que aquí pueda encontrarse su tumba), es grande milagrero, como pudieron constatar los muchos testigos que lo vieron en la batalla de Clavijo, espada en mano sobre su famoso caballo blanco, animando a los castellanos contra la chusma sarracena y matando moros a troche-moche.

Así que no hay de qué preocuparse ante el incierto 2011. Depositados en las manos del santo nuestros problemas mediante el real abrazo, solo nos queda sentarnos a esperar los venturosos resultados que, a no dudar, han de producirse en fechas próximas. Y encima, si lo hemos visitado a lo largo del 2010, obtener la indulgencia plenaria. Bonanza para el cuerpo y paz para el espíritu.




jueves, 23 de diciembre de 2010

OTRA HISTORIA DE NAVIDAD

AÑO DE MATANZAS

La matanza había estado superior: a las ocho de la mañana llegó un camioncillo con el cochino, un lustroso ejemplar de la prestigiosa ganadería de Pepito el Rate, seleccionado con esmero para agasajar a sus amigos. No llegué a enterarme de lo que pesaba porque le echaron el cálculo en arrobas, pero seguro que más de ciento cincuenta kilos. Sin quitarle el morral, fue elevado en volandas por los más atrevidos hasta la mesa sacrificial, mientras pataleaba y gruñía, con riesgo manifiesto de aporrear a cualquiera. El hábil Tino, que lo esperaba “degollaor” en mano le propinó una certera y profunda cuchillada en el lugar exacto para partirle el corazón. La sangre brotó espesa y roja salpicándolo todo, cayendo en un chorro espasmódico dentro del lebrillo que una mujer de arremangados brazos removía sin cesar para que no se cuajara. El soplete de butano y los rascadores hicieron su faena dejando al bicho sin un pelo, luego las piedras pómez se encargaron de dejar el pellejo como el culito de un recién nacido. El Tino y su ayudante “El alcarde” lo colocaron “de cúbito prono” y lo abrieron de arriba abajo por el lomo iniciando la operación de descarne y troceado. Pronto chirriaron en la brasa los pellejos y las tajadas de tocino de papada que aun se estremecían como si por ellas pasara una corriente eléctrica. Los primeros tragos de vino espeso y negro ayudaron a pasar la carne con sabor a lumbre, cortada, navaja en mano, sobre rodajas de pan casero…
Así se fue desarrollando el resto del día. A media mañana comenzaron a salir de la bullente caldera las morcillas, apretadas y piñoneras, luego los blancos, morcones, salchichas, longanizas y sobreasadas. La gente no paraba de engullir y los porrones circulaban como un tío vivo mientras los grupos se formaban y se deshacían como cristalillos multicolores de un caleidoscopio. Todos hablaban con todos y se aprovechaba la ocasión para restablecer vínculos olvidados durante tiempo y ponerse al día de los últimos acontecimientos sociales ocurridos en el pueblo y sus cercanías. A medio día se hicieron un par de paellas de conejo con caracoles y una sartená de migas con los tropezones del pobre animalico difunto. Cuando empezó a caer la tarde en la amplia campa que nos había servido de palenque, las conversaciones se había hecho más discretas y los cubatas corrían como ríos de color miel proporcionando el merecido enjuague a los estragados galillos.
Consideré que era el momento apropiado para poner pies en polvorosa antes de que el coche, aunque amaestrado convenientemente y ducho en aquellos lances, se negara en redondo a llevarme una vez comprobado mi nivel de alcohol en sangre. Me despedí cortésmente de los anfitriones y emprendí el camino de regreso que bordea la Rambla Salada, todavía enfangado por las recientes lluvias, que ese año habían sido excepcionales. Las luces del coche se reflejaban en los charcos como espejos produciendo miles de sombras evanescentes y juguetonas, y el barrete del camino formaba una pista deslizante que me obligaba a conducir despacio, lo que agradecían mis sentidos, un tanto apantallados de reflejos por los avatares de la jornada. En esas estábamos cuando un corpachón que al pronto me pareció un rinoceronte pero que resultó ser una cabra, salió como una bala de detrás de un ribazo y se estrelló con un trueno contra el capó del coche. Giré el volante intentando evitar al cornúpeta pero fue peor el remedio que la enfermedad: el coche comenzó a dar vueltas en el barro como una peonza y fuimos a parar, coche, cabra y conductor a la rambla de cabeza.
La castaña fue regular. Yo quedé atrapado bajo el coche; la cabra, malherida y agonizante, balaba con desconsuelo al otro lado, oculta a mí vista (luego me enteré de que se había roto el espinazo), y el motor del coche daba los últimos estertores como un animal asmático mientras las ruedas giraban en el vacío. Mi primer pensamiento fue “estoy vivo” y el segundo “pero jodido”, a la vista del dolor espantoso que tenía en el hombro. Me arrastré como pude fuera del coche recordando con una claridad que me parecía milagrosa, las escenas de las películas americanas en que los coches se incendian después de un accidente. Medio a rastras, me fui alejando por el cauce seco de la rambla hasta sentarme, ya a salvo, sobre un pedrusco desprendido de la ladera, a suficiente distancia del vehículo. El brazo, desde luego, estaba fastidiado. Algo se había roto en el hombro y me colgaba como un pingajo clavándome alfileres de dolor a cada movimiento. Tenía un enorme chichón en la frente y de los labios, partidos contra el volante, sentía el sabor a hierro de la sangre.
Entonces, en medio del rumor de pezuñas y el sonar de esquilas que no había percibido hasta aquel momento, apareció Pepito el Vitola rodeado por las cabras y borregas de su rebaño que los perros corretones mantenían arracimadas junto a él. Y si una de aquellas bestias estúpidas había sido la causa de mi desdicha, su dueño fue la causa de mi salvación porque en aquel momento quedé a merced de la fortuna: perdí el conocimiento y caí hacia adelante abriéndome otra brecha en la frente. De lo que sucedió después solo me queda un nebuloso recuerdo con nubarrones de sirenas estentóreas, ruido de coches y focos tras los que se adivinaban verdes y enmascaradas siluetas fantasmales.
Os haré merced de la fase hospitalaria que nada interesante añadiría a nuestro relato. Baste anotar que, después los imprescindibles cuidados, analgesias y escayolas, me reintegré paulatinamente a la vida activa en un tiempo prudencial.   
Una de mis primeras intenciones, fue ir a ver a Pepe el Vitola. Las largas jornadas de hospital me habían devuelto a la memoria la infancia que había compartido con él, tanto tiempo sepultada en algún recóndito cajón de los recuerdos por un desconocido atavismo freudiano. Ahora el pasado se había ido reestructurando de nuevo en la conciencia, pasando ante mis ojos como una película de la que era actor principal y espectador al mismo tiempo, y en la que personajes relevantes como el Vitola iban apareciendo para rescatar sus papeles tanto tiempo olvidados.

Tendría yo unos siete años cuando conocí al Pepito y él, poco más o menos los mismos. Pero ahí se acababa el parecido. Yo era un muchachito de ciudad, educado en los frailes de luengas barbas, cursi como un rábano y tímido como una gacela, bien alimentado, bien vestido y sin más problemas vitales que mi renuencia a aprenderme los ríos de España o a leer “La Guerra de la Galias” como mi padre pretendía inútilmente. El Vitola sabía lo que era levantarse de la mesa con hambre todos los días, pasar frio en el invierno y calor en el verano y en cuanto a escuela, su única referencia era que en el pueblo había un maestro y que algunos hijos de ricos acudían a ella. A poco de echar a andar sustituyó a su hermano mayor con el ganado. El Diego ya tenia once años y podía hacer faenas de hombre, así es que Pepe tuvo que aprender deprisa el silbo con el que gobernar los perros, a ayudar a parir a las borregas, a manejar el garrote por si se arrimaban otros perros o le salía la zorra y a contar cada noche los animales porque le sonaba en las orejas el chascar de la correa del padre si alguno se extraviaba o se lisiaba por su culpa.
Mi familia tenía una casa edificada sobre un altozano, en  medio de la finca heredada del abuelo. Allí, en los turbios años de posguerra se refugiaban mis padres con su numerosa prole para pasar un  verano de tres meses. Su llegada era saludada con alborozo por los labradores del entorno pues mi madre era persona de inacabable generosidad y en aquellos tiempos de míseras economías de subsistencia, cualquier apoyo en especies, que ella distribuía con largueza, era recibido como el maná en medio del desierto. Aún recuerdo la cara de asombro de mis amigos campesinos, cuando los llevaba a casa a merendar, arrobados ante la jícara de chocolate Tárraga (por cierto más malo que el cólera, elaborado con harina de algarrobas o vaya Ud. a saber) con que madre acompañaba la generosa hogaza de pan que nos distribuía a cada uno.
Quizás por esos generosos donativos o por su natural abierto y acogedor, fui enseguida aceptado entre los pilletes de mi edad a los que acompañaba asiduamente en sus largas jornadas de pastoreo. Mientras para ellos eran deberes ineludibles a los que estaban encadenados inexorablemente a lo mejor de por vida, para mí constituían sólo un divertimento, una fuente inagotable de maravillosos descubrimientos cotidianos, en un mundo lleno de sorpresas fantásticas que nada tenía que ver con la tediosa vida de estudiante reprimido por la ñoñería de los venerables y barbudos esperpentos bajo cuya égida discurría mi vida durante el curso.
Aprendí a hacerme obedecer por los perros a base de hábiles cantazos, a seguir el rastro de las liebres observando los lugares donde se encamaban, a buscar nidos de merlas y verderones y criar los pajarillos con miga de pan mojado, a tejer cuerdas con corteza de bolaga, a encaminar el rebaño hasta la azacaya donde abrevaban… y otra serie de habilidades fundamentales para la formación del hombre en las que aquellos analfabetos que se ponían rojos y bajaban la cabeza avergonzados delante de los forasteros, eran auténticos maestros en el disfrute de la vida, puede que sin saberlo.
Los veranos se repitieron; cada nuevo encuentro estacional era una fuente de sorpresas, siempre con el fondo del ganado y las largas caminatas tras los pastos. Íbamos creciendo y aparecieron las pulsiones de adulto, comenzamos a intercambiar experiencias de adolescentes ávidos, hablábamos de chicas, aquel mundo mágico del que ignorábamos todo y sobre el que fabulábamos incansablemente… y así fuimos madurando, forjando unos lazos extraños que dejarían en nuestros corazones improntas definitivas.
La vida nos separó pronto; yo me fui lejos y a la vuelta, era un adulto “con estudios” y una sesgada experiencia de la vida. Volví a encontrarme a Pepe junto a su rebaño. Ya era un hombre cuyos únicos vicios aparentes eran fumar puros y escuchar una radio de pilas que era su cordón umbilical con un mundo al que nunca pertenecería del todo. Nos unía la vieja amistad forjada en la infancia…y poco más. A veces le traía un mazo de caliqueños de la Vall d’Uxó, que tenían fama de excelentes y misterio de ilegales. Él me lo agradecía quemándolos con unción casi reverente. Charlábamos, nos poníamos al día de las noticias de la zona, de los amigos comunes… y luego cada uno se reintegraba a un mundo que discurría por senderos divergentes.

Había vuelto el invierno cuando me sentí con fuerzas para girarle una visita después del accidente. Llamé a la puerta de su casa entre dos luces y me abrió Dolores, su mujer. Al verla en el umbral, pálida y mucho más vieja de como la recordaba, vestida de luto riguroso y con el pañuelo negro que le orlaba la cara, supe que algo no iba bien.
-¿El Pepe?
-Si, pasa
Llegamos hasta la cocina donde ardían rajas de olivera. Volvió a ocupar la silla de cordeta donde había estado pelando limones para secar la cascara. Por toda iluminación, las llamas danzarinas de la chimenea y una mortecina bombilla con rastros ancestrales de cagadas de moscas que pendía del techo. Me señaló la mecedora a un lado del fuego, donde seguramente se sentaba el Pepe cada tarde.
-¿Cuando fue?
Siguió la conversación a bonico, como si le hablara al fuego, con las manos inertes y agrietadas muertas sobre el oscuro delantal a rayas:
- Por San Juan fue. Hace un par de años ya le había dado un vomito negro. El médico le dijo que era cosa del polvo que había tragado yendo siempre detrás del ganado… y también del tabaco. Que se dejara las dos cosas. Pero como él decía, “me dejo esto ¿y qué me queda?” Siguió haciendo la misma vida y fumándose los mismos caliqueños. A lo mejor, hasta le apretaba un poco más. Cuando fue a verte al hospital, le dije que hablara contigo, que lo llevarías a algún médico de paga, pero volvió como se había ido, dijo que por no molestarte. A primeros de junio no pudo salir con las borregas, luego ya fue ligero. Lo enterramos el veintiséis.
Se levantó sin prisa, como quien ha acabado la faena. Sacó de la alhacena un plato en el que, cubiertos por un tapete de ganchillo había mantecados con dibujos de canela y pasteles de cabello de ángel, luego, dos botellas y dos copas como dedales. Los puso sobre la mesa de camilla y dijo:
-Convídate, que estamos en pascuas.
Llenó su copa de anís dulce y la mía de coñac. Las bebimos sin mirarnos, sabiendo que le echábamos el alboroque a un muerto que compartíamos desde aquel instante.

La vuelta a casa se me hizo corta, insensible, uno de esos ratos que no dejan rastro en la memoria. El buzón, siempre olvidado, rebosaba de cartas con anuncios de regalos maravillosos, facturas y papelajos de variada índole. Encontré entre toda aquella furufalla un tarjetón de mis amigos del campo invitándome a la matanza anual, pero supe enseguida que no iría. No era año de matanzas.

martes, 21 de diciembre de 2010

PARA ESTAS FECHAS NAVIDEÑAS

LA MATANZA

Este año, como todos los últimos, he tenido la fortuna de ser invitado a una matanza casera por Pepito 'El Carlos', uno de los buenos amigos que en el  pueblo tengo y que las celebra tradicionalmente. Es, además de buen restaurador, excelente matachín y adobador de embutidos, oficio que le viene de su ya lejana juventud, cuando no había tanto control sanitario y sí un poco más de hambre. En aquellos tiempos, junto con su padre y uno de sus hermanos, Paco, formaban una experta cuadrilla que no daba abasto a los cochinos del pueblo.
La matanza se hace en un cuartico del campo un tanto apartado de miradas indiscretas y a hora temprana. Se enciende un buen fuego de leña de limonero o de olivera que ayuda a templar los cuerpos por fuera mientras por dentro se les calienta con tragos de “regüerto”, mezcla de vino viejo y anís seco, capaz de matar al más recalcitrante “gusanillo” y a su padre (sí lo hubiere), o con algún “tegüi”, producto este de tiempos más actuales. El cochino, que sin perdón así se llama, permanece en un rincón vecino, amarrado por una pata observando los preparativos con mirada torva y desconfiada, hasta qué llegado el momento se trinca con el morral y se sube a fuerza de brazos a la mesa, donde lo sujetan los asistentes de más valentía. Él pugna desesperado por desasirse, angustiado quizá por el futuro trágico que presiente inmediato. Con ademán rápido y certero, fruto de su magistral práctica, Pepe le asesta la cuchillada mortal buscándole el guajerro y la pobre bestia “da la sangre” a borbotones densos y humeantes entre espeluznantes aullidos. María acude presta a removerla para que no cuaje, que ha de aprovecharse hasta la última gota para que bien mezclada con cebolla cocida, de lugar a la excelente morcilla de corazón piñonero.
Después de chumarrado y afeitado y una vez cercenada a ras la cabeza, se le coloca de bruces sobre la mesa para abrirlo por el lomo como es costumbre por esta zona. Una vez extraído el espinazo que dará las ricas costillejas, compañía inmejorable de exquisitos arroces aparecen, además de las magras, las dos hojas de blanco tocino, parte de las cuales serán para seco y parte para incorporarlo a blancos y morcones. Todo, ha de aprovecharse, y todo es de primera calidad. Ya lo dice el saber popular: “Del chino me gustan hasta los andares”.
Una vez troceado y mientras se va picando la carne, es momento de relajarse y echar los primeros pellejos y tajadas de lomo y tocino a la lumbre, que para entonces es ya brasa rojiza y ansiosa de ser útil. No hay manjar comparable a una buena loncha de tocino asado, comida sobre una rebanada de pan casero, que se va cortando a pedazos con la imprescindible navaja, adminículo en vías de extinción pero que necesariamente hay que rescatar para estas ocasiones. Ni que decir tiene que, de tanto en tanto, cuando la garganta se encuentra con dificultades de deglución, se la auxilia con uno o varios tragos del generoso y espeso vino de la tierra, que vuelve a poner las cosas en su sitio, y llena el corazón de buenos deseos. 
Incomparable festejo y óptima introducción a las fiestas navideñas el que constituye una matanza campesina de las de mi pueblo, rodeado de buenos amigos, en un frío día de invierno cercana ya la Pascua. ¡Ojalá Pepito tenga el humor de continuar matando durante muchos años y el buen gusto de seguir invitándome!

Del libro “Desde El Asilo”. IJK,  Murcia, 2000

domingo, 19 de diciembre de 2010

PARA DESENGRASAR

LA LECHERA
Caminaba la muchacha tan contenta con su cántaro a la cintura. La leche, recién ordeñada blanca y espumosa le latía en el costado al compas del grácil paso. Su desbordante imaginación planteaba halagüeñas perspectivas de negocio. Pensó: con los pingües beneficios de la venta, emprenderé acertadas inversiones: primero compraré unos huevos. Vendiendo los huevos con la adecuada plusvalía, un par de capones; con el producto de estos, un choto, luego un cerdo, después una vaca, etc.
Y dicho y hecho; en unos pocos años, hete aquí a la lechera convertida en presidenta del Consejo de Administración de una de las más importantes industrias lácteas de nuestro país.
Moraleja: nada tiene de malo fabular con el futuro. Lo importante es no tropezar durante el proceso.

sábado, 18 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (VII)

¿El fin del conflicto?

Veinte años son muchos para que un conflicto armado permanezca latente sin que las condiciones que lo desencadenaron hayan sufrido una modificación sustantiva. Dos generaciones han visto la luz desde que se produjo; las circunstancias políticas y sociales de las partes y de los países del entorno poco se parecen a las de aquellos tiempos, y las soluciones posibles en la actualidad tienen que buscar formulas viables dentro de esta situación, tan diferente a la del inicio.
El conflicto, la guerra, se planteó entre lo que parte de los saharauis consideraban la invasión de su territorio y lo que Marruecos y Mauritania creían un derecho legítimo de ocupación en virtud de la cesión de administración que les había hecho la potencia colonizadora, España.
Transcurrido todo este tiempo, desde el alto el fuego en 1991, sin que las resoluciones de la ONU sirvan para nada, las posiciones siguen más o menos lo mismo. Reuniones y más reuniones en América o donde convenga sin otro resultado que declaraciones de buena voluntad, como mucho.
El FP. se mantiene irreductible en su reivindicación independentista, con referéndum previo. Pero ¿De verdad alguien cree que en la actualidad sería posible un referéndum? ¿Como se haría el censo? ¿Entre los ciudadanos que hoy habitan la región? Todas las fuentes coinciden en que un 75% son “colonos” del norte llegados a partir de “la marcha verde”, empadronados allí y con derecho a voto desde el punto de vista marroquí.
¿Hacer un censo solamente de los saharauis? ¿Cuales? ¿Los de Marruecos, los de Tinduf, los de Europa? ¿Todos ellos? ¿Los del censo español de 1974? ¿Los nacidos en todas esas partes desde entonces y hoy mayores de edad? ¿Los anteriores al conflicto?... Ya se intentó en su día y fue imposible completarlo. ¿Hoy sería más factible? No parece probable.
El camino de la guerra, cuya amenaza surge de vez en cuando, parece más un recurso dialectico que una realidad factible. No es probable que los dirigentes del FP. estén en condiciones de volver a las duras condiciones de la guerra en desierto treinta y cinco años después y no creo que las generaciones actuales estén animados del mismo espíritu que aquellos fieros beduinos, llenos de  fervor guerrero y acostumbrados a las duras condiciones de un terreno inhóspito, que lucharon sin cuartel contra Marruecos. Los tiempos, incluso en el desierto, han cambiado.
Marruecos propone la vía autonómica. Puede que no sea la mejor de las soluciones, pero es la única que se perfila posible, aún a largo plazo. Sin duda acarrearía un largo proceso en el que muchas instituciones del estado actual se verían sometidas a revisión. La experiencia española, por más cercana (a pesar de sus indudables diferencias), es una muestra de las dificultades que semejante proceso entraña y de lo que tarda en culminarse con un éxito relativo.
Lo que ha quedado claro, a lo largo de estos años, es que si no se emprende un camino de negociación, con todas las dificultades que ello comporta, esta situación puede perdurar otros treinta y cinco años o más, sin ningún problema. La paciencia de Marruecos es infinita. Y los únicos realmente perjudicados son los que todavía se encuentran bajo las jaimas, en Tinduf, malviviendo de los subsidios mientras estos duren y deteriorándose lentamente como personas y como pueblo.

viernes, 17 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (VI)

Los países implicados

Una de las preguntas que surgen inevitablemente cuando se trata del asunto del Sahara es la del papel que en todo este embrollo han representado y representan los países que tienen relación con él.
España fue el desencadenante de “la catástrofe”, indudablemente presionada por el gobierno de Marruecos y la marcha verde. Pero si el gobierno español no hubiera decidido abandonar su provincia de forma abrupta, a saber que otros futuribles de variada índole se habrían hecho realidad. Desde entonces, según el punto de vista internacional, la potencia administradora es Marruecos, pero en el interior del país ha ido creciendo el sentimiento, propiciado por el gobierno y comúnmente aceptado, de que el antiguo Sahara Occidental forma y ha formado parte desde siempre del territorio marroquí. Salvo la presencia policial, que es mucho más abundante en “las provincias del sur”, y los precios de muchos artículos de primera necesidad, subvencionados por el gobierno en un buen porcentaje, nada las diferencia del resto de Marruecos.
El fallo del tribunal Internacional de la Haya es interpretable y, como todos los documentos de ese tipo, pretende nadar y guardar la ropa. Desde el punto de vista marroquí se puede entender de una forma y del contrario, de otra. Y es posible que ambas sean ciertas. En tiempos pretéritos, los sultanes de Marruecos tuvieron lazos vasalláticos con las gentes del Sahara y durante largos periodos de tiempo la oración se hizo incluyendo a la autoridad marroquí del momento, pero no es menos cierto que durante otros, cuando la situación de los gobiernos del norte era más débil, las tribus saharauis no reconocían autoridad alguna ni se sentían vinculados a ella en lo que al pago de impuestos se refiere.
Para muestra, unos botones del texto de la Resolución del Tribunal Internacional de La Haya de 16 de octubre de 1975:
Los materiales e información presentadas al Tribunal muestran la existencia, en el momento de la colonización española, de vínculos jurídicos de vasallaje entre el Sultán de Marruecos y algunas de las tribus que viven en el territorio del Sahara Occidental.  Igualmente, muestran la existencia de derechos, incluidos derechos sobre la tierra, que constituyen vínculos jurídicos entre la entidad mauritana, tal como la entiende el Tribunal, y el territorio del Sahara Occidental.
Pero a renglón seguido, puntualiza:  
De otro lado, la conclusión del Tribunal es que los materiales e información presentadas a él no establecen ningún vínculo de soberanía territorial entre el territorio del Sahara Occidental y el reino de Marruecos o la entidad mauritana.
O sea, que sí pero no, o no pero sí. Cada uno puede tomar el rábano por  la parte que más le convenga.
Otro país relacionado de cerca con el conflicto, es Mauritania. Se trata de un enorme territorio (1 M. de km²) con pocos y dispersos habitantes (unos tres millones en la actualidad), de los que casi la mitad viven en las dos principales ciudades, Nuakchot y Nuadibú. Es un territorio pobre y desértico sobre el que el reino de Marruecos siempre ha tenido afanes anexionistas. El sueño del “Gran Magreb” alumbrado por Allal el Fasí a mitad del S.XX, incluía parte de Argelia y la totalidad de Mauritania. De hecho, esta última entró en la guerra contra el Polisario ante el temor de que Marruecos invadiera su territorio con la excusa de luchar contra ellos. Luego las cosas se normalizaron,  Mauritania se retiró de la guerra en agosto de 1979 renunciando a cualquier reivindicación; fue el asilo de muchos saharauis escapados de Marruecos y la vía natural de salida de los disidentes polisarios hacia Europa.
Argelia, enemigo tradicional de Marruecos cuyas últimas operaciones bélicas, “la guerra de las arenas” en 1963 acabó con la cesión de las regiones de Tinduf y Bechar, vio el cielo abierto cuando los dirigentes del Polisario vinieron a pedirle apoyo militar y logístico, igual que les proporcionaba Libia. Les cedieron una amplia zona en la desértica hamada de Tinduf (de indudables reminiscencias reivindicativas para Marruecos que había sido soberano de esos territorios en el pasado) y les apoyaron con armas, combustibles y asesoramiento militar, nunca se sabrá a cambio de cuanta cesión de autogobierno. Para Argelia, tenerle un dedo metido en el ojo al gobierno marroquí y dejarse expedita una posible salida al atlántico si el “protegido” lograba la independencia, justificaba el dispendio.
A Marruecos le apoyaron (y le apoyan) de forma incondicional sus tradicionales valedores internacionales, Estados Unidos y Francia. ¿Las razones? Largas y complejas, cuya explicación requeriría espacio más dilatado. Baste recordar que el reino de Marruecos fue el primer estado en reconocer a los EEUU en 1821 y en ofrecerle sede consular en Tanger.
La Asamblea de las NNUU dicta periódicamente sus resoluciones de las que nadie hace caso y se anda con pies de plomo para no manifestar en voz demasiado alta nada que pueda ofender al rey de Marruecos, pero sin dejar de mantener enhiesto, al mismo tiempo, el pendón en defensa de los derechos humanos, lo cual supone un exhaustivo trabajo que parece consumir sus mejores recursos.
Este galimatías internacional explica, siquiera de forma somera, que el conflicto tenga muchas más ramificaciones de las que en un principio se podían presumir. La situación geoestratégica, que hoy ha alcanzado enorme importancia en el concierto de las naciones, hace que la hegemonía de uno u otro bloque mediatice de forma importante las ayudas, actuaciones y tomas de posición de unos u otros países respecto de la cuestión y explica que algunos gobiernos se anden con pies de plomo a la hora de manifestarse ante ciertas actuaciones que pueden parecer desmesuradas, por mor de las consecuencias colaterales que puedan sobrevenirles.
El conflicto entre el Frente Polisario y el reino de Marruecos se ha convertido en un asunto tan complejo que cada vez se hace más patente la duda de si es posible encontrarle una solución sin recurrir, en mayor o menor medida, a la opinión y la ayuda internacional. Y de momento nadie está, de una forma comprometida, por la labor.






jueves, 16 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (V)

Las tribus del Sahara

Los más antiguos relatos que poseemos sobre los pobladores del Sahara Occidental datan de cuando algunos intrépidos aventureros se adentraron en sus arenas, hacia el S.XIX; hablan de unas gentes rudas, semisalvajes, nómadas alimentados de carne y leche que cultivaban esporádicamente graras de cebada o trigo y con los que no era fácil relacionarse, renuentes siempre al trato con los infieles “que salían del mar”. Sin demasiado contacto con el mundo exterior, eran crueles con los marinos canarios que naufragaban en sus costas, en los que solo percibían la posibilidad de buenos rescates negociados a través de las gentes del norte. Marraquech era su referencia más cercana de la civilización.
En 1860, por el Tratado de Tetuán, el sultán Muhammad ibn al-Raman, había cedido al gobierno de España un territorio costero denominado “Santa Cruz de Mar pequeña”, probablemente en los alrededores de la Actual Sidi Ifni, donde ya se habían instalado unos primeros aventureros en 1476, estableciendo una rudimentaria factoría pesquera. La ocupación efectiva de Sidi Ifni, no se realizaría hasta 1934.
Cuando en 1884, Bonelli realizó el primer intento serio de establecer factorías en la costa atlántica africana, contaba probablemente con la postura hostil de los nativos, aunque los suyos eran propósitos comerciales, alejados de cualquier veleidad colonizadora. En la misma línea, le seguiría en 1877 otro aventurero, Donald Mackenzie, un inglés que había obtenido autorización para instalar una factoría comercial en Tarfaya, la “Casa Mar”. Sus ruinas aun pueden contemplarse en la playa, frente al modesto monumento de un avioncito de metal que recuerda a Antoine de St. Exiupery, autor del “Pequeño príncipe”. Poco después, miembros de los Ulad Delim, la tribu más numerosa de la zona de Dajla (la Villacisneros española) atacó las factorías de Bonelli y pasó a cuchillo a sus moradores.
Pero los Ulad Delim no era la única tribu de los contornos, en realidad nunca se estaba seguro del todo de quienes ocupaban el territorio y quiénes no. Para el beduino, la tierra es de Dios y los hombres solo la utilizan, siempre que no haya sido ocupada por otros. Todas las tribus del Sahara de la época eran nómadas, aunque con características ligeramente diferentes. Algunos, como los pertenecientes a la Confederación Tecna (Ayt Ymel, Ayt Lahsen, Iaggut, Izarguien, etc.), ocupaban la zona norte, en el Ued Nun, tendiendo al sedentarismo. Otros, como los Ulad Tidrarín se situaban más al sur y poseían innumerables rebaños de camellos y cabras. Casi todos reclamaban su origen árabe, llegados a la zona en sucesivas oleadas a partir del S.XIV y muchos de ellos remontaban su origen al Profeta (Chorfa). Los Ergueibat, la tribu más numerosa y potente de todo el territorio eran los más abiertos. Bajo su manto democrático cabían todos aquellos que no encontraban acomodo en otras tribus y que acababan diciéndose Ergueibat a los pocos años. Otras tribus, como los Ulad Bu Sbaa o los Tajakant se dedicaron al comercio y establecieron largas rutas caravaneras que llegaban desde Tombuctú hasta oriente. Algunas tribus pequeñas (Tubalt, Filala), sin más afán de conquista que la religiosa, se convirtieron en maestros (taleb), alojados entre las grandes tribus, al igual que los majarreros, casi siempre de origen judío, que vivían entre ellos ocupándose de los atalajes de las bestias y de la artesanía y enseres necesarios para las actividades beduinas. Las últimas tribus, como los Chej Ma el Ainín, aparecieron ya en los finales del S.XIX.
A todos era común la posesión de esclavos, generalmente negros cazados o comprados en las riveras del Senegal. Estos se ocupaban de las faenas más penosas y acababan más o menos integrados entre las pertenencias de la familia.
Entre las gentes del Sahara, el sentimiento tribal, hasta épocas muy recientes (y sospecho que en muchos casos hasta hoy día), es muy superior al de estado. Las tribus nunca se consideraron como una unidad política. Si acaso, en tiempos de tribulación se anudaban alianzas de unos contra otros, o de todos contra todos, pues una característica común era su fiera defensa de sus tierras y sus derechos. Alianzas que después fueron contra el peligro exterior y que tuvieron su culmen cuando los extranjeros comenzaron a invadirlos: en 1909 los franceses ocuparon El Adrar, avanzando desde sus bases en el Senegal y haciendo pinza con los españoles que habían ocupado antes la zona a la que llamaron Sahara Occidental en un tardío sueño colonial que no reportó más que desdichas para ocupantes y ocupados.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (IV)

Saharauis, dentro y fuera

La retirada de España de su provincia del Sahara a finales de 1975 fue el detonante de una guerra que el Frente Polisario (Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro) emprendió inmediatamente contra la ocupación de Marruecos por el norte y Mauritania por el sur, en virtud de “Los acuerdos de Madrid” suscritos con España en noviembre de 1975 por los cuales esta les cedía la administración del territorio, que no la soberanía, todavía hoy en el limbo de las cuestiones históricas no resueltas.
Fue una guerra heroica por parte de los polisarios, un reducido ejercito que, nunca superó los diez o doce mil hombres, contra un país de treinta y cinco millones de habitantes y otro, aunque mucho más pequeño cuyo ejército avanzaba por el sur. Si la guerra hubiera sido exclusivamente contra Mauritania, la habría ganado el Polisario rápidamente o se hubiera firmado la paz, porque era una guerra contra-natura: ambas etnias son bidani y tienen todo en común: historia, costumbres, formas de vida, etc. pero Mauritania se vio obligada a entrar en la guerra ante el temor de que Marruecos aprovechara la confusión para lograr sus viejas reivindicaciones territoriales invadiendo su espacio so capa de lucha contra el Polisario.
Sea como fuere, una vez que Mauritania se retiró del conflicto en agosto de 1979, la guerra se enquistó hasta que el Sr. Kisinger y los suyos dieron con la clave en forma de muro. Y se firmó el alto el fuego en septiembre de 1991.
Durante los dieciséis años que se sucedieron desde el abandono de España hasta el alto el fuego, los saharauis de las distintas tribus tomaron diversas posiciones: algunos se quedaron en la zona marroquí, plenamente integrados, incluso ocupando altos puestos en la administración, considerando que el rey era su rey y que su deber de buenos musulmanes era mantenerle el respeto debido como Emir al-miminin y la obediencia como leales súbditos a la que les obligaba la pleitesía otorgada. Otros se quedaron también en el territorio, pero sin tanto convencimiento ni integración. Confiaban en que algún día las cosas cambiarían (a mejor) y que los saharauis, mediante el procedimiento que fuera, podrían seguir habitando su tierra, con sus costumbres y forma de vida ancestrales. El tercer grupo de los que permanecieron en la zona marroquí, constituyeron lo que podría llamarse “la quinta columna”. Desde el principio estuvieron descontentos, participando en acciones de bajo perfil contra las fuerzas del orden y esperando algún prodigio por medio del cual, el FP. lograra por fin los objetivos que se habían perdido (o por lo menos aplazado sine die) en la guerra.
De los que partieron a Tinduf, de mejor o peor grado (porque los hubo llevados a la fuerza), algunos, con los años y sin ataduras, “retornaron” a la zona marroquí aburridos de la miseria de los campamentos y de las injusticias cometidas por la cúpula dirigente (que las hubo y muchas). Allí se integraron, según fuera su grado de compromiso con uno u otro de los grupos que hemos visto antes.
Otros permanecen todavía en los campamentos, bien porque sigan fieles a su ideario independentista, bien porque las ataduras familiares o de otro tipo les impiden salir de allí. A todos estos grupos hay que añadir los de la diáspora, salidos de una u otra parte, a través de Argelia, Marruecos o Mauritania y que se han establecido por toda Europa, en muchos casos sin intención de volver, porque sus hijos han nacido o se han criado en otro país, con otras costumbres y otras religiones, que acabaran absorbiéndolos; es cuestión de tiempo. En la diáspora viven, desde hace mucho tiempo, los principales dirigentes del Polisario, que emplean su tiempo en recaudar fondos para un pueblo que, por desdicha, se ha acomodado a vivir de los subsidios.
Cuanta gente pertenezca a cada uno de estos grupos, es cosa que dejo a la imaginación del lector, pues las estadísticas, de uno y otro lado son (desde mi punto de vista) poco fiables. En temas como este, nadie dice la verdad y todos señalan las cifras que les son más favorables.
Puede que en todo el territorio de Marruecos haya unos 350.000 saharauis de las distintas tribus, puede que en Tinduf queden entre 40-60.000 mil, puede que en la diáspora haya entre 10.000 y 20.000, puede que en Cuba queden un par de miles, puede, puede, puede…

martes, 14 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (III)

Ceuta y Melilla
Cda vez que surge la trifulca con el reino marroquí (y últimamente ha surgido, por desgracia de forma especialmente virulenta con el asunto del campamento Agdaym Izik del Aaiún), se plantea el asunto de Ceuta y Melilla, como si se tratara de un pecado histórico por el que los españoles deberíamos tener mala conciencia al usurpar un trozo de territorio a nuestro país vecino, con el que, precisamente por serlo, estamos condenados a entendernos lo mejor posible. Cosa, por otra parte, muy beneficiosa para ambas partes.
Quizás sería bueno recordar que Ceuta, ocupada ya por los fenicios en el S.VII aC., ha sufrido (o gozado, depende de cómo se mire), el paso de numerosos visitantes, empezando por los púnicos, hasta que, derrotados por Roma la ceden al reino de Numidia. Vuelve a ser romana en tiempos de Calígula, formando parte de la Mauritania Tingitana. En 429 caería en poder de los vándalos de Genserico, luego fue otra vez romana en tiempos de Justiniano volviendo a manos de los visigodos. Fue musulmana por primera vez en el 709, ocupada por los califas idrisies en 788 y por Abderramán III, el omeya, para el califato de Córdoba. Luego parte de las taifas de Málaga y Murcia; después, de almorávides y almohades, hafsíes,  azáries y nazaríes, en vaivenes sucesivos que la hicieron pasar de unas manos a otras sucesivamente.
En 1415, el rey de Portugal Juan I y sus hijos la conquistaron para la corona de su país, estableciendo tratados con el reino de Fez. Cuando murió el rey Don Sebastián en la famosa “batalla de los tres reyes” (1580), la ciudad pasó a la monarquía española bajo Felipe IV. Y así hasta nuestros días, después de sufrir asedios por parte de ingleses, marroquíes y holandeses.
Melilla, por su parte, fue también fundación de los fenicios, que por el S. VII aC. eran los señores del Mediterráneo. La llamaron Rusadir. También fue incorporada a los territorios romanos tras la caída de Cartago, en una historia casi paralela a la de Ceuta. Más tarde llegarían los árabes en 711, etc.
Pedro Estopiñan la tomó, para el Ducado de Medina Sidonia en 1497 y pasó a manos de la corona española en 1556. Tras varias escaramuzas más, en 1860 por el tratado de Wad-Ras
con lo que entonces era el sultanato de Marruecos, se establecieron los límites de la ciudad.

A la vista de estos someros antecedentes históricos, uno se pregunta si dos ciudades, con poblaciones mitad cristianos y mitad musulmanes (además de su pequeño núcleo de judíos), que viven en normal armonía, tienen mayores o menores razones para ser más marroquíes que españolas, o viceversa. Esto de reivindicar territorios porque antes (en periodos históricos más o menos remotos) sufrieron diferentes avatares, es asunto harto discutible en el que, a menudo intervienen intereses que poco tienen que ver con el fondo de la cuestión. Y así nos pasa con enclaves como Gibraltar, o Llivia, el territorio español dentro de Francia que persiste como anacronismo desde el tratado de los Pirineos de 1659 sin que, por otra parte, nunca haya planteado conflicto alguno.
Las fronteras van y vienen a lo largo de los tiempos y, desgraciadamente, de las guerras. Basta recordar el Rhur y la Silesia, los territorios centroeuropeos balcánicos, etc.
El Reino de Marruecos, liberado del Protectorado de España y Francia desde 1956, ha tenido también sus disputas territoriales con su siempre irritable vecino del este. Y ha conocido, a lo largo de su dilatada historia, casos como el de Tinduf, iniciada como campamento camellero en 1852 por los Tajakant, una tribu saharaui; la ciudad de Ujda, fundada bajo el califato omeya por Ziri Ibn Attia que a punto estuvo de quedarse para Argelia, etc.
Hemos tenido la mala suerte de heredar algunos de estos “disparates históricos” de tiempos pasados y no tengo muy claro si en los actuales, con los conocimientos y la sabiduría que se nos supone, vamos a ser capaces de darles soluciones más equilibradas y justas que puedan contentar a una amplia mayoría.



lunes, 13 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (II)

El pueblo saharaui
Con la que está cayendo estos días, en todos los medios de comunicación se escuchan de forma continuada las referencias al “pueblo saharaui” y en muchas ocasiones, los que a ello se refieren, no saben muy bien lo que quieren decir y hacen poco favor a lo que realmente deberían transmitir a la ciudadanía.
Sabido es que desde tiempos inmemoriales, los pescadores canarios, por su proximidad al rico banco pesquero de las costas africanas, que tienen a poco mas de 100 km. de las suyas, han mantenido cierta vinculación con ellas. En 1884, Bonelli estableció las primeras factorías españolas en Río de Oro, Sintra y Cabo Blanco. Y en el Congreso de Berlín de 1885 se adjudicó a España un pedazo de desierto en aquella zona, con más valor simbólico (lo de la geoestrategia era entonces algo nebuloso) que práctico. Cuando el gobierno español ocupó el territorio, se encontró con una inhóspita tierra poblada, escasa y circunstancialmente, por un conjunto de tribus hostiles que vivían en fiera libertad, con sus organizaciones administrativas peculiares y que nunca habían constituido un conjunto político ni jamás se habían considerado como un solo pueblo. Compartían usos y costumbres, formas de vida, religión, y nada más. En las épocas que majzen de Marruecos era fuerte, se veían obligados a pagar tributos; cuando no era así, se consideraban libres de obligaciones y seguían viviendo del pastoreo, recorriendo el desierto sin fronteras desde el ued Nun hasta el río Senegal y sin otra sujeción que la obediencia a sus jefes (Chiuj), libre y democráticamente escogidos.
Los españoles, cuando se instalaron en las costas, porque el interior resultaba inhóspito, hostil y poco interesante para cualquier intento de colonización, agruparon a aquellas gentes bajo el denominador común de “saharauis”, aún siendo conscientes de las diferencias entre Ergueibat, Ulad Delim, Ulad Bu Sbaa, Tekna, Ulad Tidrarin, Izarguien, y otras muchas tribus que lo poblaban, tan diferentes entre ellos que en muchos casos ni se mezclaban entre sí.
España fue una potencia colonizadora como todas, quizás un poco más benévola, vista nuestra desastrosa experiencia suramericana y nuestro carácter abierto y humanitario, pero colonizadores al fin. Cuando en 1955 España ingresa en Naciones Unidas y se somete a los principios del organismo en materia de descolonización, se hace un amago de considerar a los saharauis como ciudadanos españoles, creando la provincia nº 53 y proporcionándoles un DNI español, si bien de características especificas. Y a partir del abandono de 1975, los saharauis entraron en un periodo de destrucción de aquella identidad ficticia de que España les había dotado y que prometía cierto futuro, para entrar en la espiral de disolución que los amenaza desde entonces.
Después de la guerra con Marruecos, se produjeron una serie de bloques: unos huyeron a Tinduf, en tierras argelinas, otros (según las cifras, siempre especulativas, las dos terceras partes) se quedaron en el territorio que muchos llaman “ocupado”, con más o menos agrado, esperando una integración en Marruecos que les permitiera mantener sus costumbres y su formas de vida tradicionales. Otros, de una y otra parte, con diferentes ideologías, salieron a una diáspora que en muchos casos sería definitiva. Algunos optaran por recuperar la nacionalidad española que un día se les prometió a todos y viven, aquí o allí, amparados por ella.  De forma que cuando se habla del “pueblo saharaui” conviene especificar a qué parte nos referimos, pues esos distintos grupos que hemos mencionado tienen planteamientos y posiciones políticas radicalmente distintas.
Salvo en Tinduf, donde el sistema tribal se intentó laminar, aunque con escaso éxito, los antiguos habitantes del Sahara Occidental, siguen manteniéndolo de forma prioritaria. No es casual que la gran mayoría de la cúpula que dirige el Polisario desde hace más de treinta años, pertenezcan a la tribu más potente del territorio, los Ergueibat.
Todo este complejo entramado, con frecuencia mal conocido por los que vivimos en una sociedad radicalmente diferente hace que, a menudo, los conceptos se entremezclen en un “totum revolutum”, que más dificulta que ayuda a comprender el verdadero estado de la cuestión.

domingo, 12 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (I)

SOBRE EL SAHARA

Ya se han cumplido treinta y cinco años de aquel disparate histórico por el que el Gobierno de España abandonó a su suerte a sus, hasta entonces ciudadanos, cediendo la administración del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania.
El Frente Polisario se había constituido en abril de 1973 con objetivos claramente anticolonialistas y, hasta el abandono del territorio por España a finales de 1975, la lucha, los atentados a las instalaciones de fosfatos y los apresamientos de barcos habían sido contra España, no contra Marruecos. Las armas, la preparación y el asesoramiento logístico y militar, corrieron a cargo de Libia y Argelia.
El gobierno español, agobiado por la agonía de Franco y presionado por “la marcha verde”, mediante la cual el astuto monarca alauita se quitaba elementos conflictivos de encima y se los endosaba a los saharauis diluyendo la población, firmó “Los Acuerdos de Madrid” el 14 de noviembre de 1975. El conflicto estaba servido. Los polisarios volvieron sus armas contra los ejércitos de Marruecos y Mauritania, ocupantes de los territorios que España les había cedido.
Y la guerra es la guerra, los principios éticos caen en el fondo de los armarios y el objetivo es matar a tantos enemigos como se pueda al menor coste posible. Aquellas partidas de guerrilleros desarrapados se rebelaron como hábiles estrategas incendiados  por su ansia de independencia que masacraron a las largas columnas de bisoños y desmotivados soldados marroquíes atrapadas en la única carretera que va desde Tarfaya hasta La Güera. El socio americano logró poner fin al desastre propiciando la construcción de un muro de más de 2.000 km. que encerró a las dos partes (Mauritania se había retirado del despropósito en agosto de 1979, después de sufrir graves descalabros).
En 1991, ante la presión internacional, se acordó el alto el fuego, y desde entonces, fuerzas de los dos ejércitos se vigilan por encima del muro mientras los soldados de NNUU (Minurso) garantizan el cumplimiento del acuerdo, alojados en los mejores hoteles de la zona.
Los muchos refugiados que, huyendo de los bombardeos y del napalm habían encontrado asilo en la hamada de Tinduf, territorio argelino, iniciaron allí una precaria existencia que se ha prolongado hasta hoy. Llegaron a ser mas de 200.000; hoy día no se tienen más que cifras aproximadas que van de los 50 a los 90 mil.
La vergonzosa y timorata actitud de todos los gobiernos españoles que se han sucedido desde entonces, ha sido compensada en parte con la ayuda solidaria de las gentes de buena voluntad que han peregrinado hasta los campamentos de Tinduf aportando su grano de ayuda o acogiendo a niños durante los veranos.
Muchos de los saharauis de Tinduf, hartos de que el tiempo pase sin que se vislumbre una solución y de que sus dirigentes sean los únicos que se lucran de esta situación de indigencia, han vuelto a sus antiguos territorios. Son los “retornados”, a los que se les proporcionaron viviendas, exenciones tributarias y ayudas alimenticias. Pero la situación en el Sahara administrado por Marruecos no es mucho mejor que en sus antiguos campamentos; hay una alta tasa de paro, la población está formada en un 75%  por colonos marroquíes a los que se otorgan de forma prioritaria los puestos en la administración, la policía o los servicios, que es el único trabajo que hay. Los saharauis siguen postergados. Se preguntan donde están los beneficios de los fosfatos, de la pesca en sus costas y de sus recursos naturales. Y viven descontentos. Su único refugio es ir al “Badía”, marcharse al desierto, con sus pocos camellos y cabras, donde se hacen la ilusión de volver a ser libres.
El campamento montado cerca del Aaiún ha sido la punta del iceberg que muestra esta situación de injusticia y falta de libertades. Naturalmente Marruecos no permite que los periodistas extranjeros cubran nada de lo sucedido en estos últimos días. La evidencia, si se niega con suficiente rotundidad, acaba por no existir, o eso creen.
Y el gobierno español actual sigue a la estela de sus predecesores, en una vergonzosa cobardía por si Ceuta y Melilla, o por si nos mandan mas pateras, nos revocan los acuerdos de pesca (por cierto en el banco saharaui), nos perjudican a las empresas españolas o dejan de comprarnos armas…
¿Tanto miedo hemos llegado a tomarle al “hermano marroquí” que no nos atrevemos a una enérgica protesta ante semejantes disparates?
Daría una perra gorda por saber que piensan hacer nuestros gobernantes al respecto.
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