Seguidores

martes, 6 de diciembre de 2022

EN EL TREN

 

Gente que duerme con aspecto derrotado y macilento —son las 10 de la mañana—, a saber de dónde vendrán y cuantas horas de viaje llevan. Un fraile con hábito blanco y una amplia banda de color marrón que le cuelga hasta el suelo por el pecho y la espalda. Parece ensimismado en sus rezos que sigue mientras pasa las gruesas cuentas de madera de su rosario. Me ha recordado las plegarias de mis amigos musulmanes que pasan el día dando vueltas a sus rosarios de 99 cuentas mientras musitan los nombres de Alá. Se levanta y va hacia la puerta, supongo que buscando el baño. Lo sigo y espero que salga. Me hago el encontradizo.

—Perdone, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Usted dirá

—¿A qué orden pertenece? Me ha sorprendido su hábito, no se ve con frecuencia.

—Pertenezco a la orden de los mercedarios.

—¿Los que rescataron a Cervantes?

El hombre sonríe, quizás sorprendido.

—Sí señor, entre muchos otros.

El tren sigue su marcha. En el descansillo se percibe más fuerte el traqueteo, pero estamos a salvo de importunos ya que se trata del último vagón. El hombre parece tener gana de conversación o de hacer adeptos.

—Precisamente la orden se creó con el objeto de rescatar cautivos de los musulmanes, allá por el año 1218 por nuestro fundador san Pedro Nolasco, al que se le apareció la Virgen de la Merced al mismo tiempo que a Jaime I el conquistador y a san Raimundo de Peñafort, el confesor de nuestro fundador.

—¿Al mismo tiempo?

—Sí señor, al mismo tiempo.

Sonríe ante mi gesto de escepticismo.

—Son misterios de fe.

—Ahora ya no hay cautivos que rescatar de los moros, más bien son los moros los que vienen a que los rescatemos.

El monje sonríe, se ve que no es amigo de polémicas.

—Por suerte, nuestra misión no termina por eso. Tenemos, como los jesuitas, un cuarto voto además de los tres clásicos de pobreza, obediencia y castidad. Ellos tienen el de obediencia directa al Papa y nosotros el de liberar a otros más débiles en la fe.

—Ya.

La conversación no da más de sí. No soy ducho en milagros y ha debido de darse cuenta. El rosario cuelga de su mano invitándolo a proseguir su práctica piadosa.

—Adiós, que tenga usted buen viaje.

—Hasta otra.

Una muchacha joven con el pelo tintado de un rubio mugriento dos asientos más allá, con un vestido blanco sujetado por escasos tirantes que sostienen un pecho breve. Tiene tatuajes multicolores en ambos brazos que le cubren desde la muñeca hasta el hombro. Me gustaría ver con detalle las figuras que representan, pero la buena educación impide que me fijé con mayor atención. 

Dos chicas con chándal de brillantes apliques verde amarillento y un evidente sobrepeso que evoca la morcilla de Burgos. El resto de pasajeros quedan fuera de mi radio de visión. Todos llevan mascarillas, la mayor parte de ellas quirúrgicas colgando por debajo de la nariz.

El tren se desliza sin prisa, como si su objetivo no fuera transportar viajeros de un sitio a otro sino permitirles recrearse en un paisaje que tiene poco de interesante. Las paradas son frecuentes y tediosas a pesar de que el tren pertenece a esa categoría indeterminada que llaman “intercity” a la que se le supone cierta rapidez. En este caso la rapidez consiste en emplear algo más de siete horas para recorrer los seiscientos treinta kilómetros que nos separan de Barcelona.

Para el tren en Alicante y entre otros pasajeros sube una chica de piel morena que ocupa uno de los asientos fronteros al observador. La larga parada permite escuchar sin interferencias un interesante debate en la radio sobre los funerales en general y el de la reina de Inglaterra en particular. La anciana señora ha muerto a una edad más que venerable después de haber sido testigo privilegiado de acontecimientos mundiales y escándalos familiares durante el último siglo. Uno de los contertulios radiofónicos nos ilustra sobre el ritual de los entierros musulmanes y luego el de los chinos, que son bien distintos. Al observador le parecen esos ceremoniales harto alambicados y piensa si no sería más lógico, habida cuenta de la realidad inexorable de la muerte, aceptarla de principio y verla llegar de una forma natural y no con la sorpresa inesperada con que se recibe, aunque suceda a las vetustas edades que son habituales en nuestros días. El dolor con que se despide al viajero involuntario se debe, por partes iguales, a la pena de quedarse para siempre sin la compañía de quién nos era grato y necesario, y a la constatación subconsciente de que nuestro propio fin se vislumbra en lontananza. La muerte está exenta de la vida cotidiana, quizás por eso constituye un hecho traumático cuando aparece. Aunque si la tuviéramos presente de continuo, quizás la vida se convertiría en una carga insostenible.

Sube, entre otros pasajeros, un matrimonio que parece filipino con dos niños que ocupan los asientos vecinos. Los niños, como los padres, son bajitos, los ojos rasgados y una piel ligeramente anaranjada. En los niños se nota aún más la desproporción de la cabeza que parece corresponder a un cuerpo mayor bajo su espesa mata de pelo negro y lacio. El pelo lacio corresponde a la sección redonda y el rizado a la ovalada, oí decir hace tiempo ya no recuerdo a quien. El mayor de los chicos puede tener siete u ocho años, el pequeño unos tres. Este permanece en brazos de la madre y sufre frecuentes accesos de mal humor manifestados con potentes alaridos que la señora se ve en dificultades para reprimir. Tiene cara de chino viejo. El que parece ser el padre ha caído en un asiento al otro lado del pasillo y se inhibe de la cuestión abstraído en la contemplación de su teléfono móvil. A ratos deja caer la cabeza en el respaldo y parece dormir hasta que lo despiertan los alaridos del niño. El tren prosigue a su marcha llena de parsimonia y la voz impersonal de una mujer desgrana por el altavoz instrucciones ininteligibles en varios idiomas entre los que se entiende la palabra Villena.

El día se ha metido en borias que parecen despedir a un verano que ha resultado extremadamente duro. Los desusados calores comenzaron casi a principio de junio y han durado hasta ahora, mitad de septiembre. Las moscas, que son muy sabias, conocen perfectamente el momento en que han de aparecer. Probablemente han llegado desde tierras saharauis para anunciar el final del verano, como aquella canción del Dúo Dinámico.

El paisaje es yermo, la dura canícula ha agostado la tierra y las pocas hierbas que se divisan fugazmente son raquíticas y amarillas. No se ve un alma en los campos que el tren atraviesa ahora a razonable velocidad.

La chica de piel morena ha sacado un ordenador portátil y se abstrae en la contemplación de la pantalla, de vez en cuando escribe algo, puede que sea una maestra que se incorpora a su primer destino o una ingeniera que se dirige a la Refinería de Tarragona o una supervisora de un hotel de Castelldefels, vaya usted a saber. El fraile se levanta para ir al servicio y por un momento me propongo provocar otra charla para aliviar la monotonía, pero no me atrevo. Es difícil el diálogo con gente de creencias, no hay posibilidad de controversia, o se tiene fe o no se tiene. Fe y raciocinio tienen pocos puntos de contacto.

Suena un teléfono y la muchacha que hay tres asientos más lejos contesta con una voz que inunda el vagón. Nos enteramos de que estaba durmiendo cuando ha recibido la llamada, de que le falta todavía una hora para llegar a su destino, de que no ha podido llamar antes a Elvira porque estábamos atravesando túneles y no tenía cobertura, de que el padre de ambas sigue estupendamente ya muy mejorado de su afección prostática y de que le envía cariñosos recuerdos a un tal Paco. Termina con un "adiós cariño” que deja al resto de pasajeros aliviados.

El paisaje cambia paulatinamente de amarillo a tonos verdosos. A los olivos que han ido apareciendo en pequeños grupos, les suceden los bancales de naranjos alineados como si se tratara de soldaditos de plomo en permanente posición de espera.

La madre del niño que se parece al malvado enano de la película de James Bond ha encontrado una triquiñuela para que deje de gritar: proporcionarle un yogur cremoso que saca de las profundidades de una bolsa de viaje a pique de reventar. El niño se empastifa cara y adyacentes con una aplicación digna de encomio. La madre se resigna a recibir algún churrete como daño colateral. Es muy de agradecer el silencio aplicado que el niño dedica al yogur y nos permite escuchar la voz de la azafata que dice Xativa.

Suben dos mujeres, una con habito musulmán y pañuelo en la cabeza y otra, que parece por el parecido hija o pariente próxima, con vaqueros y un breve body que resalta unos notables encantos. Contraste de civilizaciones y costumbres.

En un libro de Landero, que me acompaña en el viaje, tropiezo con el obispo Eulogio de Córdoba que animaba a sus feligreses a blasfemar del profeta Mahoma en los barrios musulmanes para así ser condenados a muerte y mediante ese ingenioso ardid entrar triunfantes en el Paraíso. El mismo Eulogio, en un ejercicio de brillante ejemplaridad logró que lo condenaran a muerte con ese astuto subterfugio. En aquella época, por lo visto, era relativamente fácil engañar a las autoridades musulmanas para poblar el paraíso cristiano de mártires. Tomo buena nota para posibles futuras visitas al mundo musulmán. Es reconfortante saber que tiene uno el paraíso al alcance de la mano.

Los filipinos han llegado a su destino cuando el tren para en Valencia, que si no llega a ser la mitad del camino, es por lo menos un hito importante en el recorrido. Bajan del tren.

El cual, en su marcha lenta pero constante desfila ahora por entre terrenos en los que se amontonan grandes masas de baldosas de cerámica, señal inequívoca de que nos aproximamos a Castellón y con ello a la mitad del camino. En la parada sube una chica de falda larga y expresión amable que ocupa el asiento de la madre filipina. Va cargada con tres enormes maletas que, con dificultad y mi ayuda encajamos en la rejilla de equipajes. Saca un libro de la bolsa que lleva en bandolera y un lápiz Joan Sindel 2H con el que subraya algunos párrafos. El libro se llama “Ungidas” y la autora Mariola López Villanueva, como me permite observar una discreta ojeada. Me quedo con las ganas de preguntarle si se trata de una obra feminista o algo por el estilo. En el tren, un desconocido sentimiento de timidez me impide entablar conversación con otros viajeros, más si son mujeres, quizás por el temor de parecer un ridículo vejestorio rijoso. Pocas cosas hay que atemoricen más que el ridículo.

Volvamos a la prosa ágil y entretenida de Landero. "El pensamiento, si uno no lo controla, se echa al monte, como quien dice, se pone bravo y traspasa todos los límites, rompe todas las reglas, crea todo tipo de disparates y de monstruos.” Puede que sea cierto, a veces resulta difícil controlar la imaginación desbordada. 

En los viajes, el espacio cerrado dificulta liberarse de ciertas servidumbres inherentes a la condición humana. Me refiero tanto a la necesidad de comer como a la de descomer. Esta segunda está medianamente bien resuelta mediante pequeños cubículos que cumplen perfectamente su función con la sola salvedad de no usarlos mientras el tren está parado como avisa una pegatina escrita en primorosos caracteres góticos. Es de suponer que, en marcha, cualquier tipo de residuos que puedan depositarse en ellos ha de ser dispersado por la veloz marcha del convoy. En cuanto a la primera cuestión, si el pasajero no ha tenido la precaución de proveerse de los consumibles necesarios, se verá obligado a recurrir al servicio de restauración instalado en uno de los vagones de cabeza, opción que sin duda quedará impresa en su memoria durante mucho tiempo, tanto por la repugnante calidad de los productos ofertados, cuanto por el abusivo precio que tendrá que pagar por ellos.

Acunado por el solecillo que me da de refilón, he dado unas cuantas plácidas cabezadas y el libro abierto se ha deslizado por las piernas despertándome. En el sillón de enfrente se ha instalado un señor grandote y enmascarado con una especie de bozal negro que parece hecho a medida. No sé si me observa o no a través de las gafas de un negro impenetrable. Las piernas de un grosor inusual y una largura propia de su humanidad exagerada, invaden mi espacio y me obligan a retirar las mías derivándolas hacia el pasillo. Lleva dos anillos plateados, a modo de alianza, en cada uno de los dedos índice y anular de la mano derecha y un tercero del mismo porte en el medio de la izquierda. La barba perteneciente a la papada que le rebosa de la mascarilla me hace pensar en José Luis Balbín y su Clave, pero sé que no puede ser él porque murió hace unos años, igual que Jesús Quintero, el inolvidable Loco de la Colina, muerto a los ochenta y dos años según anuncia la radio. Es tiempo de pérdidas.

Sigue el tren aumentando cada vez más la velocidad, como si quisiera, en un último esprint como hacen los ciclistas cuando se avizora la meta, recuperar el atraso acumulado a lo largo de las muchas horas que nos ha arrastrado con singular parsimonia. Desfilan ahora velozmente por la izquierda las urbanizaciones costeras y por la derecha el mar que parece único e inconmovible. Como un ramalazo veloz intuyo, más que veo, la silueta de una iglesia de piedra. Acabamos de dejar atrás Sitges, la blanca Subur cuyas historias pueblan tantos recuerdos del viajero. Tiempos de lejana juventud, casi de infancia. Una ciudad cuyos hábitos de libertad la asimilaban en el decir de la gente a Gomorra. Único lugar de España donde la nefanda relación se contemplaba como la cosa más natural del mundo, que Santiago Rusinyol hubiera podido incluir sin malicia en su “Auca del señor Esteve”. Hermosos tiempos de luminosidad esplendorosa y veranos llenos de libertad en una patria de sociedad cutre y mezquina.

Dice Luis Landero que “En el amor y en la amistad pasa como en las grandes arquitecturas. De pronto aparece una grieta y ya toda la obra se encuentra en peligro de colapso” y puede que tenga razón, mejor no comprobarlo en carne propia.

La tierra por la que atraviesa el tren ahora está parcelada en cuadrados, como un tablero de ajedrez, sino que los cuadrados no son blancos y negros, encierran superficies verdes de cultivos para subsistencia. Se ven tomateras, pimientos, alcachofas, brócolis y una serie de verduras que uno imagina destinados al auto consumo por el pequeño tamaño de las explotaciones. La inflación desbocada y la escasez de algunos alimentos han propiciado la aparición de estos huertos a los que se dedican muchos emigrantes que abandonaron sus tierras de origen para trabajar en las fábricas y que ahora, en paro o jubilados, han encontrado en este nuevo encuentro con la tierra una razón para emplear su tiempo y una fuente de discreta riqueza con la que aliviar las maltrechas economías familiares.

Nos aproximamos a Barcelona y los túneles se suceden velozmente creando una atmosfera inquietante, tan pronto luz como oscuridad acompañadas por el cambiante estrepito de las vías. Por fin se aminora la marcha y el tren se desliza por el iluminado subterráneo de la estación de la Ciudad Condal.

 

*

 

 

sábado, 6 de agosto de 2022

ENCUENTRO EN WILLIAM

(Foto cortesía de Miguel López Guzmán)
 

A mi amigo Juan, donde quiera que se encuentre.

La tenue luz del amanecer se colaba por los intersticios de la ventana mal ajustada dibujando contornos fantasmales entre los muebles de la habitación: la lámpara holandesa de seis brazos regalo de sus padres que nunca le había gustado a su mujer pero que allí seguía años después de que ella ya no estuviera; el tocador con el amplio espejo donde la recordaba cepillándose el pelo antes de acostarse; el cristo sangrante de brazos enclavados que tantas veces se había prometido donar a alguna asociación caritativa pero que no encontraba el momento de quitárselo de encima; objetos que ahora le parecían ajenos pero que formaban parte de una existencia a la que no se decidía a renunciar.

Le asaltó una sensación amarga recordando retazos del último sueño: las imagines de Los Soprano que había estado viendo en la televisión hasta que se quedó dormido, mafia, injusticia y crimen, mezcladas con sus tiempos de estudiante y la angustia de unos exámenes a los que siempre se enfrentaba con la sensación de fracaso. Se esforzó en hacer memoria de algunos detalles más y recordó unos exquisitos gazpachos en El Asilo. Entonces apareció Juan, el compañero entrañable de aquellos lejanos tiempos. Un hombre del que siempre había envidiado la seguridad, el aplomo y la capacidad de decisión. Mientras los demás estudiantes se esforzaban asistiendo a las soporíferas clases de una universidad cutre con profesores sobrevivientes de época glacial, Juan, que asistía a las clases de tarde en tarde, aprobaba con facilidad asignaturas en las que los demás se clavaban durante años. El temible monstruo de Conocimiento de Materiales famoso por la larga tradición de suspensos que lo acompañaba desde tiempo inmemorial, había sido soslayado por Juan en el primer envite sin esfuerzo aparente. Aquel hombre estúpido cuyo éxito como profesor se cimentaba en el número de suspensos anuales, siguió enseñoreado de su cátedra durante muchos años.

Juan empleaba el tiempo que no dedicaba a estudiar a misteriosos negocios inmobiliarios que debían reportarle pingües beneficios porque siempre disponía de dinero y vestía de una forma que para el resto de los compañeros resultaba inalcanzable. Mientras los demás dependían de los magros recursos familiares, el ya había conquistado la independencia económica. Sin esfuerzo habría sido considerado como un “dandi”. Recordaba sus zapatos Yanko y los elegantes polos de Lacoste que lo hacían destacar entre los demás, en una época de austeridad en las que aquellas prendas estaban reservadas a los pocos que podían acercarse a la tienda de Roger. Se matriculó en Derecho en la universidad de Murcia, lo que había constituido para él un “paseo por la castellana” de la misma forma que la primera Ingeniería Técnica que habían estudiado juntos en Cartagena.

 

Una vez recuperada del sueño, la imagen de Juan se volvía más nítida y los recuerdos acudían en tropel. Recordaba la casa de Vistabella visitada alguna tarde, donde Juan había vivido con sus padres, sus numerosos hermanos algunos de los cuales había alcanzado altos puestos en la magistratura y en la banca de donde procedía su padre. Después de su matrimonio con una bella cartagenera, se asentó su fama de abogado de prestigio que trabajaba para unos pocos clientes escogidos. Había instalado su bufete en dos amplías dependencias de su piso en una zona céntrica de la ciudad y allí habían tenido lugar las amenas reuniones protagonizadas por Jack Daniel, el único wiski que merecía su aprobación. La razón de aquella americanización alcohólica como tantos otros rasgos de su carácter quedaría para siempre entre los misterios sin resolver.

Hacía unos años que no se habían vuelto a encontrar, la vida transcurría cada vez a mayor velocidad y los acontecimientos se precipitaban en un torbellino que lo arrasaba todo a su paso. De pronto se dio cuenta de que había entrado en una venerable senectud y sintió la necesidad de volver a una de aquellas charlas de Jack Daniel y humo de pipas. Echó mano al teléfono:

—¿Juan?

—……

—Estaba recordando viejos tiempos y he pensado que es hora de que volvamos a nuestras charlas de wiski y pipa. En tu casa, en la mía o donde prefieras. 

—…

—Cuando quieras, yo estoy siempre disponible. Hace años que no tengo nada importante que hacer.

—…

—De acuerdo, nos vemos en la terraza del William, a las siete. ¿Te parece buena hora?

—…

—Perfecto, hasta entonces.

Dejó el teléfono con satisfacción. Liquidada una deuda que tenía pendiente. Se había propuesto no dejar asuntos sin resolver a la vista de que el tiempo menguaba cada vez a mayor velocidad. Las cinco, le quedaba tiempo suficiente y Melampo andaba alborotando hacía rato con la correa de salir a pasear en la boca. Se preguntó una vez más qué coño hacía dedicando sus ratos de ocio a pasear tres veces al día a aquel perro mil leches recogido de la perrera municipal. Él, que para que no se le acumularan los platos en el fregador requería la ayuda de una asistenta dos veces por semana. 

A las seis y cuarto dejó a Melampo en su cojín y la bolsita de cagarros, fruto de su paseo por el parque, en la basura. Le gustaba hacer las cosas con tiempo. De su casa al William había menos de diez minutos, pero el recorrido se le hizo extrañamente farragoso. Por alguna extraña razón se equivocó de calle dos o tres veces y se encontró deambulando por esquinas que le parecieron desconocidas y edificios que nunca había visto. Por un momento le asaltó la angustia de no llegar a la hora, la misma que le solía acometer la víspera de los exámenes hacía tanto tiempo. Cuando se encontró por fin en replaceta donde los camareros del William instalaban las mesas vio a Juan de pie, en un extremo de la terraza, aplicado en encender su pipa de espaldas al poco airecillo que soplaba a través del arco de Santo Domingo. Llevaba sus inconfundibles zapatos Yanko bien lustrados, los pantalones con la raya recién trazada y su inconfundible polo con el cocodrilo boquiabierto. Se acercó a saludarlo, pero no era Juan, sino un señor desconocido de pelo cano que encendía un cigarrillo minúsculo. De repente recordó que Juan había muerto tres años antes después de luchar contra un cáncer de pulmón durante mucho tiempo. Y por fin despertó.

 

 

martes, 19 de julio de 2022

REFLEXIÓN DE ATARDECER

Nací a mediados del año 1943, cuando más de medio mundo se entretenía en tirarle los trastos a la cabeza al otro medio con resultado de muerte, situación que solo conocí al cabo de cierto tiempo. Tuve la suerte de aparecer en el seno de una familia acomodada —en unos tiempos de escasez económica y miseria ideológica—, lo que me permitió disfrutar de una educación privilegiada y una casa en la que existía una biblioteca. El resto del paréntesis que no tardará mucho en cerrarse carece de interés: es el de multitud de individuos en parecidas circunstancias, sino que yo tuve la suerte de visitar otros países, educarme en otras lenguas y llegar a conclusiones que me apartaban de las rígidas y estereotipadas que teníamos al alcance de la mano en aquel momento.

Se nos predicaba a los jóvenes un conjunto de pseudo verdades obsoletas que pretendían que viviéramos en una permanente observación del ombligo nacional y en la adoración sin fisuras a un general golpista elevado por la gracia de dios a dirigente universal de cuerpos y almas auxiliado por una iglesia que siempre busca el medro cerca de los vencedores. Aquello permitió el desarrollo de un país unitario y retrogrado que durante los cuarenta años de vida activa de su diseñador estuvo dedicado a que los ganadores de la guerra fratricida medraran y los perdedores permanecieran en el silencio de las catacumbas como habían sobrevivido los mamíferos durante el largo periodo de dominio de los dinosaurios.

Pasaron los tiempos, la naturaleza siguió su curso y como no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo resista), se extinguió un régimen y fue sustituido por otro más actualizado, con sus indudables ventajas y los normales inconvenientes. No hay haz sin envés, luz sin oscuridad ni moneda con una sola cara. Las personas consecuentes de uno y otro lado de los dos en que el país seguía fraccionado de forma más o menos visible, pensaron que por fin saldríamos del marasmo de la autarquía y, merced al apoyo europeo nos incorporaríamos —siquiera en el vagón de cola— al resto de países que durante nuestro dilatado letargo habían aprovechado para ganar terreno en avances tecnológicos, sociales, en educación y en sanidad.

Y así fue…en gran medida, quizás en la  que éramos capaces. Nuestros vecinos franceses tuvieron su revolución burguesa y las rentas de aquel sangriento episodio les han permitido mantenerse, junto con lo que queda del transformado Imperio Austrohúngaro, a la cabeza de este largo tren en que se ha configurado Europa. Entre nosotros se habían dado circunstancias menos afortunadas y recuperar logros que solo habíamos entrevisto de forma fugaz en el breve periodo de nuestra II Republica, nos iba a costar “sangre sudor y lágrimas”, parafraseando al líder inglés.

Son nuevos tiempos con nuevos desafíos. En lo exterior se avecina —ya está aquí— una crisis de imprevisibles consecuencias: el fin anunciado de los recursos fósiles a los que, a pesar de los encomiables intentos de ayudar con energías alternativas, no hay forma de sustituir (¿con qué navegaran los petroleros, con que volaran los aviones cuando el crudo se acabe?); el agotamiento paulatino del planeta sometido al enorme estrés de soportar a una humanidad creciente en número y necesidades; la contaminación de plásticos que envenenan la tierra y a nosotros mismos; la alteración del clima, cuyas mínimas variaciones (dos, tres, cinco grados), son capaces de alterar de forma a veces catastrófica nuestras sociedades que pensaban, equivocadamente, dominar la naturaleza. ¿Quién puede, hoy día en nuestra zona mediterránea prescindir del aire acondicionado? Pronto los rigores climáticos comenzarán a cobrarse vidas humanas. Escasea el gas, en manos de quien tienen la facultad de cerrar el grifo al resto de los países que han basado su economía en él. Los detentadores de las fuentes de energía eléctrica se han hecho más fuertes que los gobiernos, que colocaron a sus cesantes en los consejos de administración otorgándoles pingües beneficios. Pensamos que la globalización era la gran panacea del futuro y hemos comprobado que cualquier pequeño accidente es capaz de interrumpir esas “rutas de la seda” que creíamos establecidas para siempre. La falta de suministros industriales provenientes de oriente es capaz de detener las fábricas de la otra media humanidad. Nuestro sistema de consumo permanente e ilimitado venga de donde venga está llegando a su fin.

En el interior del país, es visible el deterioro de la educación, las formas sociales y la convivencia ciudadana. Los políticos —elegidos democráticamente, eso sí—lo son la mayoría de las veces en virtud de sus imágenes elaboradas por conspicuos asesores, de que sepan vender mejor que el oponente “la mercancía” o gritar las alto y con mayor énfasis argumentos para desacreditar al adversario, y no por sus trayectorias virtuosas o por sus relevantes cualidades profesionales.

Es indudable e irreversible nuestra situación democrática y a ella deberíamos asirnos como el náufrago a la tabla, para percatarnos de la enorme fuerza de la sociedad civil que constituimos y exigir a los que nos gobiernan y representan el cumplimiento riguroso del mandato otorgado por las urnas, así como el empleo de los recursos en políticas igualitarias y sociales que redunden en beneficio de todos, antes que en el logro de mayores cuotas de poder de una u otra formación política. Para ello es imprescindible que la ciudadanía tome conciencia de su enorme poder y lo ejercite concediendo su voto a los que mejores programas de actuación propongan. Y en caso de incumplimiento los rechacen con vehemencia condenándolos al ostracismo y a la muerte política.

Es justo reconocer que esa es la pescadilla que se muerde la cola: cuanto más culto es un pueblo, con mayor rigor elige a sus líderes, pero los malos líderes, los oportunistas, los que solo aspiran al medro personal, no tienen interés alguno en que el pueblo, “Las masas” que diría Ortega, alcancen ese límite de educación que les permita hacer un análisis objetivo. Y en esa encrucijada estamos.

La visión optimista que debe guiarnos, por más que el análisis objetivo presente ribetes tenebrosos, nos impulsa a pensar que todo tiene remedio y a concienciarnos de que cada uno, en nuestra pequeña parcela, tenemos una importante labor que desarrollar ayudando a los más cercanos o más desfavorecidos, procurando ilustrarlos en la medida de nuestras posibilidades y ayudándoles a completar sus espacios vacíos en los que podamos serles de utilidad. En definitiva, “La revolución fundamental” que decía Krisnamurti, la que empieza por uno mismo y se va extendiendo como las ondas del estanque cuando el niño travieso arroja una piedra.

 


 

 

 

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger... http://programalaesfera.blogspot.com.es/2012/07/el-ventanuco.html?spref=fb