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martes, 24 de abril de 2012

SEÑOR PRESIDENTE (II)

Tengo por cierto, Sr. Presidente, que habrá Ud. leído mi primera (ver entrada de este blog correspondiente al martes 28.02.2012: SEÑOR PRESIDENTE) con la atención que se merece y que, me consta, suele conceder a los asuntos de importancia. No soy yo de los que creen que sus habituales silencios en temas de capital relevancia respondan a ese mal entendido galleguismo del laissez faire, laissez passer que los malintencionados le atribuyen. Muy al contrario, creo que son producto del carácter meditativo y discreto de que, afortunadamente, está Ud. bien dotado.
El motivo de la presente es comunicarle -por si hubiera quedado inquieto o desasosegado debido a las razones que le exponía en mi anterior-, que he hallado la solución a buena parte de los males que nos afligen en estos delicados momentos. Y puesto que el destino en forma de urnas le ha puesto a Ud. al timón de la patria, se los brindo con el desinterés que caracteriza a un buen patriota.
En otra entrada de este blog (cuya lectura le recomiendo encarecidamente) ya enumeraba, con mi perspicacia habitual, los elementos a conjugar para acabar con la dichosa crisis. (ver entrada correspondiente al 30.12.2010, VENTUROSO 2011). Ahora abundo en la misma dirección recomendándole la atenta lectura del anuncio que aparece en un periódico de mi localidad estos últimos días. En él encontrará Ud. un remedio para cada una de las desdichas que nos afligen en la actualidad:
Para causas perdidas y asuntos desesperados: encomendarse a San judas Tadeo.
Para grandes milagros, no hay como San Vicente Ferrer.
Para enfermedades de garganta: San Blas.
San Isidro proporciona buenas cosechas, que falta nos hacen, y San Felipe Neri puede resultarle eficaz remedio contra la depresión, cuya afilada garra estoy seguro debe acecharle en algunas ocasiones.
En caso de que decida Ud. atacar el drama del paro que amenaza con sumir a una gran parte de este país en la más negra desesperación, nada tan fácil como encomendarse a San Pancracio, cuya influencia en el sector es bien conocida por cualquiera que haya visitado ciertos locales que abundan al borde de las carreteras de nuestro país. Más si, oportunamente dispuesto en cualquier repisilla de su despacho, le coloca Ud. o alguno de sus ayudantes, con frecuencia semanal, un ramito de perejil. Le garantizo que es mano de santo.
Santa Ana, patrona de las embarazadas, puede ayudarle en el asunto de la modificación de la ley del aborto y aminorar los disparates de la “violencia estructural” del Sr. Ruiz Gallardón; y San Antonio de Padua (especialista en la búsqueda de objetos perdidos) le resultará eficaz ayuda para encontrar el rumbo (hoy perdido) de la nave que pilota. Puede quitarse el problemón de la hipotecas ninja, recomendando a los sufrientes que se coloquen bajo el mando protector de San Onofre, que se dedica a proporcionar casa propia.
En mi tierra, estamos acostumbrados desde hace muchos años a sufrir inclemencias políticas y sequías pertinaces. A las primeras no hemos podido todavía encontrar remedio, pero contra las segundas hemos luchado (y triunfado) en numerosas ocasiones con las rogativas de nuestra patrona y la intercesión de S. Elías, santo hidráulico y muy milagrero. Ya ve, Sr. Presidente, que todo tiene solución en esta vida, y que encomendándose a las alturas de forma conveniente, podremos salir adelante. Con lo demás, es cuestión de seguir recortando a troche-moche hasta que no quede ni el famoso Tato.
Por mi parte, con la que está cayendo y temiendo que pueda venir más gorda todavía, me coloco bajo la égida protectora de Santa Bárbara, eficaz remedio contra las tormentas, como de todos es sabido.
Mis saludos respetuosos, señor Presidente.

martes, 17 de abril de 2012

DE REYES Y ELEFANTES

                                                                                                                                                                                                                                                       
Con el debido respeto, Majestad, me permito dirigirle la presente a fin de expresarle mis mejores deseos para su persona y Casa Real, y desearle una pronta recuperación en el doloroso trance a que lo ha abocado su afición cinegético-proboscidica.
He oído decir (a las malas lenguas) que ese viaje, secreto y financiado por no se sabe qué oscuras fuentes o institutos ni con qué tenebrosos intereses, ha sido una insensatez impropia de una monarquía transparente como la que disfrutamos, y de unos tiempos en que a los ciudadanos de a pie se nos retiran, no ya diversiones y escarceos, sino las más imprescindibles prestaciones para sanidad, dependencia, educación, vivienda etc.
Y quiero comunicarle mi absoluta discrepancia con los que así opinan alegremente, sin pararse a considerar el arduo trabajo que a la abnegada monarquía encomendamos en la Constitución de 1978. No saben, o no quieren saber esos tales (de lenguas bífidas y maledicentes), el trabajo incansable y el peso que sobre sus reales espaldas gravita de forma permanente, (quizás porque SM. lo lleva de forma tan elegante y paso firme que más parece áleve plumón de garza pinturera que agotador peñasco sisifiano y recurrente), ni los onerosos dispendios en viajes, palacios, veraneos y regatas, a los que la monarquía se encuentra abocada y que mantienen sus arcas exhaustas en contra de la opinión de esos malintencionados que le atribuyen, sin más fundamento que taimados rumores, una de las mayores fortunas de este país llamado (no sabemos por cuanto tiempo todavía) España.
¡Qué menos que regalarse, de vez en cuando, con una discreta salida para propiciar el turismo en alguno de esos países del tercer o cuarto mundo que tanto lo necesitan! Y una vez en él, ¿habrá cosa más lógica que matar unos cuantos elefantes de los que allí sobran, con cuya carne regalar a unas gentes siempre hambrientas y prestas a la revuelta? O ¿que quieren, que se dedique SM. a la caza de vulgares pardalillos? ¡Insensatos! Yo encuentro la actitud de SM. de lo más natural, hasta diría que encomiable.
¿Que el viaje era secreto?, ¿Que quien lo acompañaba y por qué? ¿Que valía una pasta? ¿Que los revoltosos ecologistas pondrán el grito en el cielo? ¿Y qué? Bien merecido  lo tiene SM. después de  las extenuantes obligaciones que lo tiene sometido el desempeño de sus  reales tareas. Todos le hemos visto en interminables reuniones, comidas y cenas de gala, vestido de incomodos uniformes medalleros, dándole coba a personajes con aspecto de ser muy pesados, teniendo que pronunciar esos farragosos discursos para los que, afortunadamente, tan bien dotado está. Sabemos de primera mano lo difícil que le resulta conciliar el descanso al pensar en los muchos jóvenes que se han quedado sin trabajo (y en los que se van a quedar). Estoy seguro de que en ese lejano país de África, después de una buena cacería y unas copichuelas para celebrarla, recuperará SM. el dulce sueño reparador y obtendrá un merecido descanso, como sin duda le ha recomendado su médico de la Seguridad Social en vez de recetarle cualquier barbitúrico para pensionistas, de los llamados genéricos.
Eso sí, me atrevería a recomendar a SM. que se cuide de las armas de fuego, largas y cortas, como de los idus de Marzo. Y no digo más sobre este tema, que ni mi habitual prudencia lo permite, ni la conocida perspicacia y memoria de SM. lo requieren. Y al chiquillo escopetero, ni nombrarlo, que se las carga el demonio. 
Deseando verle cuanto antes de nuevo al frente de sus ocupaciones, aprovecho la ocasión para saludarle, junto a lo que quede a esas alturas de la real familia, muy atentamente.
                                                                    
                                                                                                                                                                                  
                    ¿Reacción en cadena?

lunes, 9 de abril de 2012

UN SAN JUAN ZURDO

En mi pueblo se vive la semana santa, como en muchos de la región, con una mezcla de fervor religioso, tradición, pinceladas folklóricas, y muchas ganas de fiesta; cada uno se los administra en la proporción que considera más oportuna. Quizás ahí radique el éxito de nuestras famosas procesiones: unas están llenas de recogimiento, oración y silencio; otras de arte imaginero; las de más allá de juguesca bullanguera y colorista; muchas de caramelos, monas con huevo y habas; y todas de una tradición de años (a veces siglos) que parece haberlas asentado per in saecula saeculorum. Cada uno de los que van a presenciar los desfiles juega, con toda la libertad de que hoy gozamos, al palo que más se adapta a sus creencias y gustos.
Es condición de todas sacar en ”desfile procesional” a las representaciones de santos y divinidades que en cada parroquia existen, las unas más afamadas y meritorias, de autores consagrados, las otras más discretas de artesanos poco o nada conocidos, algunas francamente horrorosas y sangrientas.
Las procesiones de mi pueblo son poco más o menos como las de otros lugares, en ellas figuran algunas tallas conocidas, esperadas con expectación, caso de “la cama” (un cristo yacente de hermosa factura dentro de una urna profusamente adornada con “alarises”), y otras que cumplen su cometido con mayor discreción, aunque suscitando el mismo empeño y devoción de sus fieles. Sobresaliendo entre estas últimas, se encuentra una de San Juan que tiene cierta peculiaridad: sabido es que en los tiempos bíblicos, el porcentaje de diestros era notablemente superior al de zurdos y había muy pocas personas que supieran escribir con la mano izquierda. Cuando se quería representar algún santo en actitud de trabajo o prédica (que solía ser el suyo), se hacía siempre con la mano derecha, incluido el caso de San Juan, al que se suele presentar con un dedo señalando las alturas (de ahí el conocido dicho de “hasta que San Juan baje el dedo” cuando se quiere dilatar alguna cosa ad calendas graecas). Pues bien, el San Juan de mi pueblo, una talla más que discreta (restaurada con poco acierto para más INRI), a diferencia de toda la imaginería conocida, mantiene erguido y señalando al cielo el brazo izquierdo (quizás recomendándolo como lugar de accésit y objetivo final del devoto, o señalando a María el camino a recorrer, aseguran otros), lo que podrá apreciar con claridad el que llegare, paciente, hasta el final de este escrito.
¿Y a qué se debe este hecho peculiar? Se preguntará más de uno de mis sufridos lectores. Ahí ya tengo poca cosa que añadir, pues no he encontrado otra cosa en mis archivos que rumores, habladurías y consejas sobre tan enigmático caso.
Que si se fabricó en época republicana por un artífice de esa cuerda; que si el tallista erró el brazo derecho y prefirió subirle el otro; que si el hombre estaba fuera de sus cabales y quiso hacer burla de la imaginería anterior… Ya digo, rumores y consejas, pero ahí está el San Juan de mi pueblo, con su brazo izquierdo señalando las virtuosas alturas.

Helo:

Se me habia olvidado. La fotografía de "La cama" es de Ismael Mateo. A cada santo, su peana.




miércoles, 4 de abril de 2012

LOS SALZILLOS

Uno tuvo infancia, como casi todo el mundo, y pasó por los mismos cauces que los niños de su edad y condición pasaban en aquella Murcia ignorante y plácida de mitad del siglo pasado. Uno fue, como algunos de sus amigos y compañeros de colegio, mayordomo de la Cofradía de Jesús y desfiló, durante muchos años, con sus zapatillas blancas de cabritilla hechas a medida, chorreras de puntillas y báculo en ristre, la mañana del Viernes Santo, ejerciendo la infantil ficción de mantener el orden de la procesión. Luego las cosas cambiaron, uno se hizo adulto y arrancó a pensar por su cuenta, adoptó otros pagos, otras costumbres y otras creencias, pero como todas las cosas de la infancia, quedaron impresos en el corazón para siempre el canto de los Auroros ante la iglesia de Jesús, los amaneceres del Viernes Santo, el bullir de las túnicas moradas y las medias de repizco, los pies descalzos de anónimos juanetes, la salida de la Dolorosa con los primeros rayos de sol y los churros con chocolate de la Aduana.
Por encima del fenómeno religioso, quedó el amor a las cosas de la tierra, el olor del azahar en primavera, las migas en los días lluviosos del invierno, el calor inclemente del verano y el acento sincopado, de vocales largas e indefinidas del habla murciana. ¡Cosas de la naturaleza humana!
Y ahora resulta que el Obispado de Cartagena con D. José Manuel Lorca Planes a la cabeza, y la Cofradía de Jesús, con D. Rafael Cebrián a la suya, andan a la greña por la propiedad de las bellísimas estatuas del taller de Salzillo. Según manifiesta el señor Soubrier, don Federico, expulsado de la cofradía [a decir de La Opinión de Murcia de 2011.10.26], hace años, esos bienes fueron donados a la Cofradía por familias pudientes de la localidad entre las que se contaba la suya, por lo que, en caso de litigio, podrían ser reclamados por los descendientes de aquellos si los hubiere. Y si no, la sociedad murciana en su conjunto.
Cuesta trabajo imaginar a una organización generosa y desprendida como la Iglesia Católica metiendo baza en asunto tan material. No se entiende esa avidez por los bienes terrenos en quienes predican con tanto ahínco el desprendimiento de lo perecedero. Si quien mantiene el Museo de Salzillo es la Comunidad Autónoma (al fin y al cabo los murcianos), por más que no muestre demasiada diligencia en los pagos según manifestaciones del tesorero de la Cofradía Sr. Moya-Angeler, sorprende que el Obispado de Cartagena (al fin y al cabo la Iglesia Católica) quiera lucrarse de un bien cuyo mantenimiento y sustento cede tan generosamente a la comunidad civil.
Uno que ya no está en el ajo, pero que continúa manteniéndose murciano probablemente hasta sus postrimerías, siente su poquito de vergüenza cuando ve estas “movidas” y piensa para su íntimo caletre que todos esos bienes culturales, sean de índole religiosa o de cualquiera otra, deben pertenecer al Estado, que en definitiva es el pueblo. Como las catedrales y otros asuntos por el estilo.
Dicho todo esto sin ánimo de ofender a nadie y menos a cualquier iglesia ni dios alguno.

martes, 27 de marzo de 2012

UN POCO DE BRONCEMIA

Al P.D.G. del club Thornton


El leader de la tertulia más prestigiosa y cualificada de Murcia, no ha mucho que publicó una de sus ingeniosas entradas en un blog que goza de fama internacional (Thornton club). La llamó broncemia y describía en ella una afección que, con ser tan antigua como la condición humana, tiene en nuestros días una extensión que amenaza convertirla en preocupante. Esta llamada de atención, interesante como todas las suyas, me sugirió la visita, pormenorizada y ensoñadora a las estatuas de Rodin que adornan, en estos días prólogo de la Semana Santa, un hermoso espacio de nuestra ciudad. Quise comprobar de cerca si experimentaba en mis entretelas alguno de los síntomas con que describe la enfermedad el prestigioso galeno Dr. Núñez, bien conocido por sus extensos estudios sobre la materia: diarrea mental, sordera interlocutoria, reflejo céfalo-caudal y pérdida paulatina de la capacidad ensoñadora.
Con las debidas precauciones para evitar cualquier roce contaminante, me aproximé a la primera de ellas: Il penseroso, concebida en principio para figurar en la puerta del infierno de un museo de artes decorativas. Avatares de la historia hicieron que nunca se ubicara en aquel destino y que la figura, que quiere representar a Dante meditando sobre su obra, adquiriera entidad propia. Así ha llegado hasta Sto. Domingo.
Rodin, a quien en su época se acusó de modelar sobre el natural (tan perfectas eran las esculturas que presentó en su primera exposición de Paris), quiso dejarnos en “el pensador” un cuerpo convertido en cerebro cuya tensión se manifiesta en cada uno de los músculos que resaltan bajo la piel, de la cabeza hasta los dedos de los pies, que parecen aferrarse en un rictus ultimo a la roca que los sustenta. No se sabe si el cuerpo atlético, acabado un esfuerzo titánico ha quedado meditabundo por un momento o si de esa tranquilidad surgirá de improviso el salto imparable. La quietud del instante ha quedado atrapada para siempre en el bronce.
Las otras seis figuras forman la colección “Los burgueses de Calais”, un encargo que el escultor recibió del consejo de la ciudad para honrar a seis de sus ciudadanos que tuvieron un destacado papel en la defensa de la villa ante la invasión inglesa en el año 1347. El papel, nada honroso, consistía en entregar las llaves al rey inglés Eduardo III como símbolo de rendición, y comportaba el grave riesgo de que fueran ajusticiados o torturados. (Es sabido que matar al mensajero ha sido deporte practicado con asiduidad por reyes y generales). Quizás por ello se presentaron ante el vencedor con la túnica de los condenados como único atuendo, descalzos, con las llaves de la ciudad  y la soga al cuello.
Cuenta la tradición que las estatuas fueron modeladas desnudas para luego ir añadiéndoles los ropajes bajo los que se intuyen siempre las expresivas formas,  “erigidos unos al lado de otros como los últimos arboles de un bosque arrasado”, en palabras de Rainer María Rilke, secretario de Rodin, han quedado para siempre en Calais, junto al ayuntamiento.
Cada una de las estatuas expresa sentimientos distintos frente a la catástrofe que les aguarda: desesperación (Andrieu D’Andrés); ansiedad temerosa ante el cruel destino (Jean de Fiennes); arrogancia dentro de la sumisión (Eustache de St. Pierre); duda (Jacques de Wissant), mientras que Pierre, el más anciano de todos, se muestra decidido y valiente. Con ser impresionantes todas y cada una de ellas, me resulta estremecedora la tensión crispada de Jean d’Aire cuyos músculos parecen a punto de reventar la piel que los sujeta con dificultad. Imagino el rostro terso, la mirada orgullosa y desafiante, la barbilla provocadora, velados discretamente por sus compañeros cuando aparecieran ante el rey inglés.
*
Notando un ligero incremento en mi peso, continué caminando hacia la tertulia de Belluga “por en medio de esa vieja calle salón” [como dice Pedro García Montalvo (otro distinguido miembro del Club Thornton) en su retrato de Avellaneda[1]], con idea de repostar en el Hispano, mientras decía para mis adentros: he de corregir a los sabios doctores; la broncemia, a pequeñas dosis, no parece peligrosa.


[1] GARCIA MONTALVO, PEDRO, El aire libre, Ed. Comares, Granada, 2002. P.95


martes, 20 de marzo de 2012

LLUEVE EN MURCIA

 

A finales de marzo, después de un invierno seco como un cascabillo, de improviso un día amanece lloviendo contra todo pronóstico de los hombres del tiempo que habían asegurado, quizás llevados de la práctica rutinaria durante tanto tiempo ejercida, “tiempo seco y soleado”. Murcia, bajo la cortina de agua mansa que cae del cielo entreverado de grises, parece esponjarse con la humedad. Arroyos de agua oscura recogen los lodos de tiempo inmemorial y los charcos van creciendo a medida que el día avanza y la lluvia persiste. Gran parte de los desagües, olvidada durante tanto tiempo su función, permiten indiferentes y ciegos que los riachuelos pasen sobre ellos; y los transeúntes apresurados chapalean mojados hasta las rodillas sin llegar a incomodarse por la lluvia que resulta una novedad insólita y gratificante.

Mediado el día, los edificios van rezumándose de una humedad que los tiñe de color marrón y  los riachuelos se vuelven más transparentes y lentos. Las palomas del jardín de Santo Domingo, que han aprovechado las primeras gotas para lavarse las costrosas plumas levantando las alas de forma alternativa, hartas del baño que ya se hace pertinaz, acaban refugiadas bajo los aleros que cobijan los nidos siempre crecientes, y los escuálidos naranjos del llamado pomposamente Bulevar Cetina, derraman un torrente cristalino cada vez que un muchachuelo travieso los agita, bromista, al paso de un compañero.
Las gentes, a las que ya va incomodando el agua, caminan pegadas a los edificios sorteando los gruesos goterones que caen a espacios intermitentes de las azoteas, resguardándose bajo los paraguas rescatados de rincones olvidados o comprados precipitadamente en tiendas de chinos, que se han apresurado a colocar todas sus existencias en las vitrinas.
Uno, que ama la lluvia como ama al sol y al viento y disfruta de ellos cuando toca, aprovecha ese día en la ciudad para hacer largas caminatas sin destino sintiendo el agua sobre la espalda, metiendo los pies en los charcos como cuando era chico y recordando –imagen recurrente siempre que llueve- aquella escena del pequeño salvaje, irrecuperable como todos los niños ferales, que danzaba enloquecido y feliz bajo la lluvia torrencial de Aveyrón.

martes, 13 de marzo de 2012

NO ME SACUDA, SR. IMÁN.

No es práctica habitual de este blog acoger escritos ajenos. Pero en esta ocasión me ha parecido oportuno dar cabida a la carta de una señora de Tarrasa, conocida mía, por parecerme que ha de interesar a alguno de mis lectores.
Sr. Imán de Terrassa:
No sé si recuerda, Sr. Imán, que llegué a este país hace ya años, una madrugada fría de otoño en una barca desahuciada para la pesca, después de haber pagado por “el pasaje” un dinero que tardé dos años en reunir. Estaba helada, hambrienta, desesperada y con un hijo dentro de mí. No le volveré a relatar las cosas que ya le conté en su día: que sobreviví como pude, trabajando de sol a sol en invernaderos asfixiantes; que parí con fortuna a mi hijo gracias a la Seguridad Social de este país que me acogió a pesar suyo; que logré abrirme camino y ahora disfruto de cierto bienestar junto a mi compañero español; que sigo practicando el islam del que me siento orgullosa y haciendo que mi hijo lo conozca. Religión que no me separa en absoluto de mis convecinos españoles que practican otra diferente, o ninguna.
Y ahora me sorprende usted, Sr. Imán, ilustrando a los hombres de mi comunidad con un manual de castigos a las mujeres que incluye técnicas de “adoctrinamiento y respeto” para que no les dejen marcas ni las hagan sangrar en demasía, poniendo ejemplos concretos de cómo golpearlas, cómo aislarlas en el domicilio conyugal y cómo negarles las relaciones sexuales. Sospecho, Sr. Imán, que sigue usted anclado en el año 1433 de la Hégira, como reza el calendario musulmán y no en el 2012. Y lo que es más grave, parece no haberse percatado de que estamos en un país en que la ley civil y el catecismo están escritos en libros diferentes. El civil afecta y obliga a todos los residentes y el religioso al que practique cualquiera de las varias que existen.
No es el suyo mi Corán, Sr. Imán, por más que comprenda que, como todos los libros sapienciales, dicen una cosa y su contraria con igual desenvoltura (a veces en la misma página), razón por la cual, a lo largo de los siglos han necesitado (y necesitan) intérpretes que con frecuencia emiten opiniones contradictorias sobre los mismos asuntos.
Le diré más: su actitud y sus principios, que no compartimos la gran mayoría de musulmanes sensatos, dañan de forma grave la imagen de los que practicamos esa religión, con toda libertad, en nuestro país de acogida. No es cierto ni mucho menos, Sr. Imán, que la suya sea actitud generalizada de los que seguimos el Islam en nuestros días. Somos gente trabajadora y digna, con voluntad de convivencia sana y honesta (como quizás lo hicieron nuestros antepasados en lejanos tiempos), que respetamos y cumplimos las leyes de este país que nos acoge con plenitud de derechos civiles y unas posibilidades de trabajo y convivencia que no habíamos encontrado en los nuestros.
Dispense lo áspero de mi lenguaje, Sr. Imán, pero no me es posible respetar su postura ni la situación que se arroga (a mi forma de ver, indebidamente) de representante religioso musulmán. Creo que sus ideas pertenecen a tiempos ya olvidados (no por ello menos injustos) y que si desea seguir difundiéndolas y poniéndolas en práctica, es buen momento para que se acoja a otras comunidades y países donde esas barbaridades se sigan practicando. Lo que le encarezco por su propio bien y por el de la comunidad de los creyentes.

Terrassa Marzo de 2012
Atentamente
Fátma Bousoli

martes, 6 de marzo de 2012

PAJARILLOS

En Murcia, el invierno dura poco. Unos cuantos días de frio, a finales de enero, que hacen exclamar a la gente (como si hubieran perdido la memoria de años pasados) “este invierno está haciendo más frio que nunca”. Pero enseguida, la sensación se desvanece y acabando febrero, el sol, que pasa más alto, derrite las últimas humedades y anima árboles, plantas y gentes.
Terciada la mañana de esos días soleados que invitan al paseo sin rumbo, comienzan los pájaros su fiesta. Han vuelto los gorriones, colorines y verdoleros que restauran sus viejos nidos deteriorados por los vientos invernales, o buscan nuevos encajes entre los árboles que se podaron para el invierno. Agrupados en bandadas que poco a poco se irán escindiendo para formar parejas de enamorados, gorjean sin cesar, se persiguen y vuelan en grupos multiformes dejándose caer todos a una sobre la loma cercana o entre las ramas, peladas aún, de las higueras.
La pareja de ardillas que construyó su nido en la copa del árbol centenario, sale a recibirlos. Corren, alocadas, persiguiéndolos en una broma permanente que describe rutas helicoidales sobre el tronco, como si les dieran la bienvenida.
Les tengo especial cariño a una pareja de petirrojos que llega cada primavera. Son como de la familia. Todos nos alegramos al verlos y sospecho, por sus trinos amigables,  que ellos también nos echaron de menos en su invierno africano. Sobre la gran mesa familiar que reúne a los míos en ocasiones señaladas, bajo la morera emparrada, aún sin yemas, tengo siempre dispuesto un viejo frutero, desechado de otros menesteres, donde les dejo golosinas: un trozo de bizcocho, algo de pan remojado, unas binzas de tomate o los restos de una lata de caballa.
Se dejan caer de las alturas, ya sin recelo, en cuanto me retiro unos metros y se aplican al condumio con nerviosismo, meneando la cola a impulsos breves y seguidos. Nunca, ni ellos ni yo, traspasaremos esa distancia de seguridad. Pero nos conocemos y quiero pensar que también me profesan cierto afecto.

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