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viernes, 13 de marzo de 2026

LOS COCHES DE MI AMIGO ZENÓN

Ya me lo habían dicho: “Ándate con ojo, ese Zenón es muy especial”, a mí, la verdad, me traía sin cuidado, no soy amigo de consejas ni advertencias. La gente está llena de prejuicios las más de las veces poco fundados y muchos heredados de habladurías sin fundamento o de recuerdos ancestrales de incierta localización. Quizás por eso, aquella mañana no me sorprendió encontrarme a Zenón –nunca se sabe quién encuentra a quien- caminando torpemente tanteando con su bastón de manila las losas desiguales del paseo hasta la mesa donde me encontraba, ante un apurado café con leche, mientras ojeaba el periódico insustancial y daba breves chupadas a la pipa a punto de apagarse.

Me pareció que andaba un poco más desastrado que la última vez que lo vi. Lo recordaba atildado y pulcro cuando dirigía su negocio de coches usados. Andaba cargado de espaldas y de años, no llevaba corbata, el cuello de la camisa se abría a un pescuezo de tortuga nada limpio. La chaqueta, otrora de espiguilla de moda y ahora de color indefinido con lamparones variopintos, le flotaba alrededor como banderola de tiempos pretéritos y los pantalones de rodilleras transparentes parecían de un par de tallas mayor de la que le correspondía. Lo único que parecía vivaz en aquel rostro ajado y de un poco atractivo color amarillento, como si la muerte ya se hubiera adueñado de él, era el ojo sano que giraba como el de un camaleón en todas direcciones. El de cristal mantenía la inconmovible fijeza de siempre, una mirada al infinito que con frecuencia había imaginado dueña de visiones misteriosas que a los demás nos estaban vedadas.

No esperó a que le invitara a sentarse –Zenón no era de los que guardan etiqueta-, apartó con imprudente ruido la silla que tenía al otro lado de la mesa y tomó asiento después de apoyar el bastón a su costado. Mi primera intención fue improvisar una excusa y marcharme. Luego pensé que no tenía nada mejor que hacer y se estaba bien en aquella terracilla dejándose acariciar por el agradable sol de mayo tamizado por las hojas superviviente de los castaños de indias.

—Tienes buen aspecto -me dijo después de los saludos protocolarios-, salgo poco y siempre por las mismas calles de nuestra infancia que me cuesta trabajo reconocer, han cambiado las tiendas y desaparecido los bares donde nos refugiábamos, para dar asiento a franquicias que cambian cada tres meses renovando rostros de gente de otros países. Me cuesta trabajo reconocer a viejos camaradas, decadentes o motorizados en artilugios que se manejan con una palanca diminuta, sonriendo al saludarte como si viajaran a lomos de aquellos chismes con tres cojinetes que elaborábamos con cuatro chapas de madera cuando éramos críos.

—Los tiempos cambian y la vida sigue, me atreví a decir, aprovechando la pausa del camarero que depositó en la mesa un café con leche y dos cruasanes que se añadirían a mi cuenta.

—Desde luego, me recuerdan aquellos en que los que yo andaba en el trapicheo de coches de segunda mano. ¿Te acuerdas de aquel Ford Taunus?

Sí, me acordaba, era un coche magnifico de tres marchas, con el cambio en una palanca bajo el volante capaz de alcanzar la increíble velocidad de cien km que pocas veces las carreteras permitían.

—Aquel si era un buen coche, dije recordando el color verde plata que suscitaba envidias y comentarios en cualquier sitio que lo aparcara.

—Y tanto, ya te lo advertí, los coches buenos envejecen bien, los malos duran cuatro días, están hechos bajo el principio de la ‘obsolescencia programada’, como un artilugio más, cuando les llegue su tiempo se cambian y a otra cosa, compras uno nuevo si tienes con que pagarlo, y el viejo a la chatarra. Un coche bueno tiene una buena vejez, si le haces un rasguño, se repara la chapa, una capa de pintura y queda como nuevo. Si se le va un manguito, se cambia. Si se perfora el radiador, se busca uno de desguace. Aquellos motores admitían dos o tres rectificados y podían hacer una pila de km. A poco que se cuidaran, eran eternos.

Zenón, tenía, entre otras virtudes, la de comer vorazmente sin parar de hablar. Para entonces, había engullido sus dos cruasanes y apurado el vaso de café con leche. Requirió el bastón, apartó la silla y se dispuso a macharse dando por concluida la conversación.

—Nos vemos otro día, dijo mientras se alejaba con su paso tardo y dificultoso.

Volví a la lectura del periódico, pero ya no me interesaban las noticias del desdichado giro que habían tomado desde que el loco del pelo rojo tomó el mando en aquel país lejano, otrora faro de la democracia. Pagué la cuenta y me dispuse a volver a casa pensando si aquella metáfora de los coches de Zenón no sería aplicable a nuestra propia existencia, prolongada a base de los recambios y cuidados que nos proporcionan los talleres de la medicina actual.

 

 

 

 

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