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domingo, 22 de marzo de 2026

OPERACIÓN CATARATA

Era una tarde plácida que invitaba a la meditación. Había decidido visitar la cercana ciudad, sus calles céntricas por las que transcurrió parte de mi feliz infancia ya no me recordaban aquellos momentos, el tiempo que todo lo muta y enrarece, las había trocado en fachadas multicolores y diminutos comercios que me resultaban extraños. Aun así, el transcurso por ellas era placentero y aleccionador. La gente seguía transitando, quien, plácidamente recreándose en los escaparates siempre novedosos, quien apresurado y sudoroso como si fuera a extinguir un fuego existente en su imaginación. El mundo del farrago multitudinario de aquellas calles recoletas parecía no haber cambiado sino en los atuendos, ahora variopintos e imaginativos, ropas elegantes y olor a colonias exóticas. La pobreza ya no existía.

Yerra quien cree que el entorno ha de mantenerse inmutable como intentamos que permanezcan nuestros recuerdos; sin nuestro concurso va adaptándose a circunstancias que los tiempos imponen constriñéndonos a un mar de memorias ilusionadas.

Andaba en eso, recorriendo a pasos breves y melancólicos las losas planas en que la bonanza municipal ha convertido uno de los pocos paseos arbolados de la ciudad, cuando me pareció entrever entre la multitud bulliciosa una figura conocida que caminaba en mi dirección. Tate, me dije, ese es Zenón, Zenón Reviriego, mi antiguo camarada de estudios.

Era él, en efecto, más encorvado y rotundo, con menos pelo, abundosa papada y andar mesurado que sustentaba un bastón de Manila.

—¡Zenón!

Quedó perplejo. Quise achacarlo a la dificultad que le propiciaba el ojo tapado con un parche, antes que al tiempo que había pasado desde nuestro último encuentro. Me entristeció su visible deterioro.

Carlos, Carlos Martí, tu colega de pupitre en los Hermanos.

—Coño, Carlitos, perdona, este ojo…

Recordé que Zenón tenía un ojo de cristal. Un accidente infantil con una res en la granja de su padre, había sido el causante de aquella circunstancia de la que con frecuencia hacíamos crueles bromas en el colegio.

Él nunca pareció apocarse por ello -no sé si podría llamarse defecto o minusvalía- que durante los primeros días del curso hizo que cruzáramos apuestas sobre su capacidad para morderse un ojo, ganándolas al sacarse de la cuenca aquel objeto cristalino que daba un poco de repelús cuando lo enseñaba en la palma de la mano.

—¡Cuánto tiempo!

—Y tanto, por lo menos…

Siguió un dialogo tan inane como cualquiera que surge entre dos ancianos que fueron colegas en tiempos olvidados y no tienen en común más que los años y la decadencia física, sobre la que pueden extenderse sine die a poco que encuentren quien soporte la retahíla.

Aludí al parche sobre el ojo –no supe si era el de cristal o el otro- por pura cortesía y Zenón, con el agradecimiento servil de quien se interesa por el tema de nuestros achaques, me indicó un banco cercano.

—Ven, nos sentaremos a la sombra de aquellos Castaños de Indias, tengo esta ciática que...

El banco estaba profusamente decorado de cagadas de paloma que a Zenón no parecían importarle. Tuve que adecentar mi zona con un pañuelo de papel previamente escupido que me apresuré a arrojar a la papelera cercana.

Zenón no había interrumpido su perorata, al parecer tampoco su oído andaba demasiado fino, o la suerte de encontrar interlocutor le hacía crecerse.

—…un artefacto de última generación, en China la medicina está muy adelantada, hay quien dice que es un régimen totalitario, pero eso son cuentos, allí las cuestiones sociales son prioritarias. Todo el mundo tiene acceso a la cultura y a la sanidad.

—-Hombre, la libertad de prensa, la igualdad, la democracia… -me atreví a sugerir.

—Todo eso son puñetas, antes la mitad de la gente pasaba hambre y ahora comen todos los días, aunque sea un plato de arroz.

—Visto así…

—El caso es que, en mi última revisión, me recomendaron un médico chino. Acudí a la consulta más por curiosidad que por otra cosa, creyendo que sería una cuestión de agujas o algo por el estilo. El chino me propuso implantarme en lugar del ojo de cristal, uno de ‘visión binocular estroboscópica’. En vez de tener un foco, como tenemos en cada ojo, este tiene dos, de manera que la visión binocular se la hace el solo, tenía otra cualidad extraordinaria: con el ojo se podía leer cualquier lengua oriental excepto el sanscrito, que esperaban incorporar en fecha próxima. Recordé que hacía poco compré un terminal telefónico cuyas instrucciones venían exclusivamente en chino y me pareció aquella la ventaja definitiva. Puestos a probar…al fin y al cabo, por el de cristal, no veía gran cosa –se reía del chiste-, el caso es que tiré de ahorros y me implanté el artilugio.

—Entonces…

—Por eso llevo el ojo tapado. Me dijo el doctor que era cuestión de unos días hasta que pasara el último control y me diera de alta. Ya te contaré.

No hubo ocasión, pocos días después me encontré con la desagradable noticia de su esquela en el periódico. Asistí al entierro y una hija de Zenón –era viudo hacía años- me aclaró que su padre había fallecido de una septicemia generalizada y fulminante.

La prudencia que siempre me ha acompañado me impidió recabar detalles, para siempre me quedó en la imaginación –nunca sabré si de forma injusta- la imagen de un oftalmólogo chino charlatán y chapucero.

La historia de Zenón me vino a la memoria cuando en mi última revisión oftalmológica, el amable galeno que me explicó los resultados, me sugirió la conveniencia de operarme de cataratas.

 





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