Yerra
quien cree que el entorno ha de mantenerse inmutable como intentamos que
permanezcan nuestros recuerdos; sin nuestro concurso va adaptándose a circunstancias
que los tiempos imponen constriñéndonos a un mar de memorias ilusionadas.
Andaba
en eso, recorriendo a pasos breves y melancólicos las losas planas en que la
bonanza municipal ha convertido uno de los pocos paseos arbolados de la ciudad,
cuando me pareció entrever entre la multitud bulliciosa una figura conocida que
caminaba en mi dirección. Tate, me dije, ese es Zenón, Zenón Reviriego, mi
antiguo camarada de estudios.
Era
él, en efecto, más encorvado y rotundo, con menos pelo, abundosa papada y andar
mesurado que sustentaba un bastón de Manila.
—¡Zenón!
Quedó
perplejo. Quise achacarlo a la dificultad que le propiciaba el ojo tapado con
un parche, antes que al tiempo que había pasado desde nuestro último encuentro.
Me entristeció su visible deterioro.
—Carlos,
Carlos Martí, tu colega de pupitre en los Hermanos.
—Coño,
Carlitos, perdona, este ojo…
Recordé
que Zenón tenía un ojo de cristal. Un accidente infantil con una res en la
granja de su padre, había sido el causante de aquella circunstancia de la que
con frecuencia hacíamos crueles bromas en el colegio.
Él
nunca pareció apocarse por ello -no sé si podría llamarse defecto o minusvalía-
que durante los primeros días del curso hizo que cruzáramos apuestas sobre su
capacidad para morderse un ojo, ganándolas al sacarse de la cuenca aquel objeto
cristalino que daba un poco de repelús cuando lo enseñaba en la palma de la
mano.
—¡Cuánto
tiempo!
—Y
tanto, por lo menos…
Siguió
un dialogo tan inane como cualquiera que surge entre dos ancianos que fueron
colegas en tiempos olvidados y no tienen en común más que los años y la
decadencia física, sobre la que pueden extenderse sine die a poco que encuentren quien soporte la retahíla.
Aludí
al parche sobre el ojo –no supe si era el de cristal o el otro- por pura
cortesía y Zenón, con el agradecimiento servil de quien se interesa por el tema
de nuestros achaques, me indicó un banco cercano.
—Ven,
nos sentaremos a la sombra de aquellos Castaños de Indias, tengo esta ciática que...
El
banco estaba profusamente decorado de cagadas de paloma que a Zenón no parecían
importarle. Tuve que adecentar mi zona con un pañuelo de papel previamente
escupido que me apresuré a arrojar a la papelera cercana.
Zenón
no había interrumpido su perorata, al parecer tampoco su oído andaba demasiado
fino, o la suerte de encontrar interlocutor le hacía crecerse.
—…un
artefacto de última generación, en China la medicina está muy adelantada, hay
quien dice que es un régimen totalitario, pero eso son cuentos, allí las
cuestiones sociales son prioritarias. Todo el mundo tiene acceso a la cultura y
a la sanidad.
—-Hombre,
la libertad de prensa, la igualdad, la democracia… -me atreví a sugerir.
—Todo
eso son puñetas, antes la mitad de la gente pasaba hambre y ahora comen todos
los días, aunque sea un plato de arroz.
—Visto
así…
—El
caso es que, en mi última revisión, me recomendaron un médico chino. Acudí a la
consulta más por curiosidad que por otra cosa, creyendo que sería una cuestión
de agujas o algo por el estilo. El chino me propuso implantarme en lugar del
ojo de cristal, uno de ‘visión binocular estroboscópica’. En vez de tener un
foco, como tenemos en cada ojo, este tiene dos, de manera que la visión
binocular se la hace el solo, tenía otra cualidad extraordinaria: con el ojo se
podía leer cualquier lengua oriental excepto el sanscrito, que esperaban
incorporar en fecha próxima. Recordé que hacía poco compré un terminal
telefónico cuyas instrucciones venían exclusivamente en chino y me pareció
aquella la ventaja definitiva. Puestos a probar…al fin y al cabo, por el de
cristal, no veía gran cosa –se reía del chiste-, el caso es que tiré de ahorros
y me implanté el artilugio.
—Entonces…
—Por
eso llevo el ojo tapado. Me dijo el doctor que era cuestión de unos días hasta
que pasara el último control y me diera de alta. Ya te contaré.
No hubo ocasión, pocos días después me encontré con la desagradable noticia de su esquela en el periódico. Asistí al entierro y una hija de Zenón –era viudo hacía años- me aclaró que su padre había fallecido de una septicemia generalizada y fulminante.
La
prudencia que siempre me ha acompañado me impidió recabar detalles, para
siempre me quedó en la imaginación –nunca sabré si de forma injusta- la imagen
de un oftalmólogo chino charlatán y chapucero.
La historia de Zenón me vino a la memoria cuando en mi última revisión oftalmológica, el amable galeno que me explicó los resultados, me sugirió la conveniencia de operarme de cataratas.

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