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viernes, 17 de diciembre de 2010

SOBRE EL SAHARA (VI)

Los países implicados

Una de las preguntas que surgen inevitablemente cuando se trata del asunto del Sahara es la del papel que en todo este embrollo han representado y representan los países que tienen relación con él.
España fue el desencadenante de “la catástrofe”, indudablemente presionada por el gobierno de Marruecos y la marcha verde. Pero si el gobierno español no hubiera decidido abandonar su provincia de forma abrupta, a saber que otros futuribles de variada índole se habrían hecho realidad. Desde entonces, según el punto de vista internacional, la potencia administradora es Marruecos, pero en el interior del país ha ido creciendo el sentimiento, propiciado por el gobierno y comúnmente aceptado, de que el antiguo Sahara Occidental forma y ha formado parte desde siempre del territorio marroquí. Salvo la presencia policial, que es mucho más abundante en “las provincias del sur”, y los precios de muchos artículos de primera necesidad, subvencionados por el gobierno en un buen porcentaje, nada las diferencia del resto de Marruecos.
El fallo del tribunal Internacional de la Haya es interpretable y, como todos los documentos de ese tipo, pretende nadar y guardar la ropa. Desde el punto de vista marroquí se puede entender de una forma y del contrario, de otra. Y es posible que ambas sean ciertas. En tiempos pretéritos, los sultanes de Marruecos tuvieron lazos vasalláticos con las gentes del Sahara y durante largos periodos de tiempo la oración se hizo incluyendo a la autoridad marroquí del momento, pero no es menos cierto que durante otros, cuando la situación de los gobiernos del norte era más débil, las tribus saharauis no reconocían autoridad alguna ni se sentían vinculados a ella en lo que al pago de impuestos se refiere.
Para muestra, unos botones del texto de la Resolución del Tribunal Internacional de La Haya de 16 de octubre de 1975:
Los materiales e información presentadas al Tribunal muestran la existencia, en el momento de la colonización española, de vínculos jurídicos de vasallaje entre el Sultán de Marruecos y algunas de las tribus que viven en el territorio del Sahara Occidental.  Igualmente, muestran la existencia de derechos, incluidos derechos sobre la tierra, que constituyen vínculos jurídicos entre la entidad mauritana, tal como la entiende el Tribunal, y el territorio del Sahara Occidental.
Pero a renglón seguido, puntualiza:  
De otro lado, la conclusión del Tribunal es que los materiales e información presentadas a él no establecen ningún vínculo de soberanía territorial entre el territorio del Sahara Occidental y el reino de Marruecos o la entidad mauritana.
O sea, que sí pero no, o no pero sí. Cada uno puede tomar el rábano por  la parte que más le convenga.
Otro país relacionado de cerca con el conflicto, es Mauritania. Se trata de un enorme territorio (1 M. de km²) con pocos y dispersos habitantes (unos tres millones en la actualidad), de los que casi la mitad viven en las dos principales ciudades, Nuakchot y Nuadibú. Es un territorio pobre y desértico sobre el que el reino de Marruecos siempre ha tenido afanes anexionistas. El sueño del “Gran Magreb” alumbrado por Allal el Fasí a mitad del S.XX, incluía parte de Argelia y la totalidad de Mauritania. De hecho, esta última entró en la guerra contra el Polisario ante el temor de que Marruecos invadiera su territorio con la excusa de luchar contra ellos. Luego las cosas se normalizaron,  Mauritania se retiró de la guerra en agosto de 1979 renunciando a cualquier reivindicación; fue el asilo de muchos saharauis escapados de Marruecos y la vía natural de salida de los disidentes polisarios hacia Europa.
Argelia, enemigo tradicional de Marruecos cuyas últimas operaciones bélicas, “la guerra de las arenas” en 1963 acabó con la cesión de las regiones de Tinduf y Bechar, vio el cielo abierto cuando los dirigentes del Polisario vinieron a pedirle apoyo militar y logístico, igual que les proporcionaba Libia. Les cedieron una amplia zona en la desértica hamada de Tinduf (de indudables reminiscencias reivindicativas para Marruecos que había sido soberano de esos territorios en el pasado) y les apoyaron con armas, combustibles y asesoramiento militar, nunca se sabrá a cambio de cuanta cesión de autogobierno. Para Argelia, tenerle un dedo metido en el ojo al gobierno marroquí y dejarse expedita una posible salida al atlántico si el “protegido” lograba la independencia, justificaba el dispendio.
A Marruecos le apoyaron (y le apoyan) de forma incondicional sus tradicionales valedores internacionales, Estados Unidos y Francia. ¿Las razones? Largas y complejas, cuya explicación requeriría espacio más dilatado. Baste recordar que el reino de Marruecos fue el primer estado en reconocer a los EEUU en 1821 y en ofrecerle sede consular en Tanger.
La Asamblea de las NNUU dicta periódicamente sus resoluciones de las que nadie hace caso y se anda con pies de plomo para no manifestar en voz demasiado alta nada que pueda ofender al rey de Marruecos, pero sin dejar de mantener enhiesto, al mismo tiempo, el pendón en defensa de los derechos humanos, lo cual supone un exhaustivo trabajo que parece consumir sus mejores recursos.
Este galimatías internacional explica, siquiera de forma somera, que el conflicto tenga muchas más ramificaciones de las que en un principio se podían presumir. La situación geoestratégica, que hoy ha alcanzado enorme importancia en el concierto de las naciones, hace que la hegemonía de uno u otro bloque mediatice de forma importante las ayudas, actuaciones y tomas de posición de unos u otros países respecto de la cuestión y explica que algunos gobiernos se anden con pies de plomo a la hora de manifestarse ante ciertas actuaciones que pueden parecer desmesuradas, por mor de las consecuencias colaterales que puedan sobrevenirles.
El conflicto entre el Frente Polisario y el reino de Marruecos se ha convertido en un asunto tan complejo que cada vez se hace más patente la duda de si es posible encontrarle una solución sin recurrir, en mayor o menor medida, a la opinión y la ayuda internacional. Y de momento nadie está, de una forma comprometida, por la labor.






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