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martes, 5 de febrero de 2019

CHATOS Y NAPIAS


Cuando la conoció quedó prendado, aunque se dio cuenta enseguida de que ya nunca podría emplear una de las expresiones que le gustaba utilizar con frecuencia: chatilla. Y es que aquella chica lo era de forma extremada. Era chata como “la Chata”, popular hermana de Alfonso XII, chata como un japonés chato, el colmo de la chatez, chata del todo. Lo cual resultaba gracioso, porque él tenía una nariz de considerables dimensiones. En el colegio le llamaron “Napy” y arrastró el mote durante toda su vida. Era la suya muchísimo nariz, nariz tan fiera…, prominente y altiva, entre borbón, Cyrano o Pinocho, que le precedía como un heraldo y de la que se sentía orgulloso.


Encajaron como la llave en la cerradura y pronto fueron uno. Les sonrió la fortuna. Todo iba de maravilla, salvo el pequeño detalle del acoplamiento facial: a él le sobraba lo que ella no tenía. Cada uno fingía no advertirlo, pero allí estaba.
Ese verano decidieron pasar las vacaciones con las familias respectivas, él en su pueblecito de la Mancha, ella con los abuelos de Jaén.

Cuando se reencontraron en Atocha les paralizó la sorpresa. Ambos había pasado por el taller de las batas verdes: a ella le habían añadido y a él le habían quitado.
Pero no eran los mismos. Nada volvió a ser igual.




martes, 29 de enero de 2019

BOINAS, GORRAS Y SOMBREROS


García Márquez nos relató en su momento la importancia de colocar un letrero explicativo sobre cada cosa o animal cuando los habitantes de Macondo perdieron la memoria afligidos por la peste del insomnio. Explicaba como ejemplo el letrero que José Arcadio Buendía había colocado en la cerviz de la vaca: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche.
Mi abuelo, modesto terrateniente de la zona de Nerpio, tenía colocado en el zaguán de su casa este otro letrero sobre una percha situada detrás de la puerta:
Percha: adminiculo que sirve para que el visitante de esta casa deposite, mientras permanezca en ella, la boina, gorra o sombrero de que venga provisto.
Pretendía mi abuelo, como enseguida habrá colegido el sagaz lector, que sus visitantes del entorno no permanecieran durante su estancia en la casa con la prenda de cabeza encasquetada en ella, lo que era a la sazón costumbre generalizada por aquel territorio. Creía mi abuelo que, como el Emperador Carlos cuando implantó en nuestro país la etiqueta borgoñona, en lugar cerrado suponía una descortesía hacia el anfitrión permanecer cubierto. Ignoro si mi abuelo, al igual que el Emperador, eximía de esa formalidad a los Grandes de España cuando le visitaban.

Han cambiado los tiempos, seguramente para bien, y esas exigencias protocolarias y otras normas de conducta social se han desleído como los antiguos azucarillos se disolvían en el café. Por fortuna, hoy día, nadie se extraña de que las prendas de cabeza utilizadas, bien como adorno, bien como imprescindible prótesis, permanezcan en su lugar cuando el usuario se encuentra en sitio cerrado, banquetes, espectáculos, incluso en actos públicos o en tertulias televisivas. No es extraño verlos en esos lugares con la gorra encasquetada hasta las orejas, como si se la hubieran embutido a presión.
Seguramente es un avance de nuestras modernas sociedades dar al traste con costumbres añejas y eliminar de nuestra convivencia diaria normas antediluvianas y protocolos sociales anticuados, como los saludos mañaneros, los usted perdone, ceder el paso a las señoras o el asiento en los autobuses a los mayores o disminuidos. No puedo por menos que regocijarme de ello y animar a los “engorrados permanentes” a que no prescindan de tan útil prenda ni en los momentos más íntimos, pero me reservo el derecho de despojarme del sombrero cuando entro en un lugar público, llego a casa de unos amigos o saludo a una señora. ¡Que le vamos a hacer! Como ustedes habrán deducido, pertenezco a una raza coetánea del Tiranosaurius Rex.



martes, 15 de enero de 2019

ALTERNANCIAS


Los gobernantes romanos en las diferentes fases políticas por las que atravesó la nación Monarquía, Republica e Imperio, se aplicaron con tal denuedo a producir leyes que aún hoy son la base de la legislación de muchos estados europeos. El estudio del Derecho Romano es materia que por lo compleja y minuciosa sigue proporcionando innumerables dolores de cabeza a los estudiantes de nuestras facultades. Después de los romanos, siguieron los visigodos la misma tónica de abundancia legislativa, esta vez conciliar; se cita, como ejemplo de inoperancia de la legislación visigoda el excesivo volumen de normas reguladoras sobre los mismos asuntos. La abundancia de leyes, como la de cualquier otra cosa, no resulta medida de su excelencia, es preciso que sean también de calidad, es decir, justas, oportunas y reflejo de la sociedad que pretenden regular amén de estar dotadas del necesario presupuesto para que su implantación las haga viables. Dictar leyes por meras razones ideológicas o represivas suele conducir a la ineficacia y el ridículo.
Las leyes solo se cumplen, son oportunas y culminan su función primordial de regular las conductas de los ciudadanos cuando son justas y aceptadas sin reservas, proporcionando a la sociedad los cauces adecuados para una adecuada convivencia.
Hemos vuelto, por desdicha, a los tiempos de alternancia partidista en los años de Isabel II. Puede que aquel sistema de gobierno respondiera a una exigencia histórica o a una mera cuestión de supervivencia política, pero hoy las circunstancias y los hombres son bien diferentes. Aquellos eran pactos entre caballeros (especie en vías de extinción), cuyo primer compromiso era no echar por tierra lo edificado por los adversarios políticos en el periodo anterior. Hoy asistimos a todo lo contrario: unos y otros prometen a sus seguidores derribar el edificio legislativo que no les parece adecuado en cuanto logren hacerse con el poder. Así, como en una triste parodia de Sísifo y su peñasco, jamás daremos por acabada la toma del Palacio de Invierno, nos interrumpiremos en el camino teniendo que acatar nuevas reglas que se cambian a mitad del partido. En los tiempos que padecemos, con unas administraciones sobredimensionadas, unos reinos de Taifas cuyo ineficaz mantenimiento es insostenible, unos reyezuelos locales que, en su megalomanía dilapidan nuestros ahorros en proyectos ilusorios y  ansían hacer del pueblo ciudad, de la ciudad emporio y de la región nación, este vaivén legislativo es solo otro más de los disparates que se ciernen sobre nuestro maltrecho esqueleto.
Pluga al cielo que logremos ver tiempos mejores.



martes, 8 de enero de 2019

VOX EN LA TERTULIA


 Las fiestas navideñas han mantenido la tertulia bajo mínimos. El Cacaseno se adelanta de ordinario para hacerse con uno de los periódicos locales, aunque según reflejan los manchurrones de aceite que adornan sus páginas, alguien madrugó más.
Después de los saludos y deseos de fortuna para el año que acabamos de inaugurar, el Dr. Mateo, que disfruta de vacaciones en el pueblo, inicia la conversación:
— ¿Algo nuevo este año, Cacaseno?
— La esquizofrenia de siempre; abro el periódico y me encuentro un titular que dice: “Ha llegado el momento de que las mujeres sean escuchadas” ¿a estas alturas aún no las escuchamos?, me pregunto. JxCat, renacida de las cenizas de la antigua Convergencia presiona para investir de nuevo a Puigdemont, al parecer, quiere ser otro Guadiana. ‘La manada’ disfrutando de libertad como si lo suyo hubiera sido una leve broma de mal gusto. Garre confía en una ‘despertá murciana’ frente al auge de Vox. El aeropuerto de Corvera –al que algunos llaman el parto de los montes-, terminado desde el 2012, parece que por fin se va a poner en marcha, facilitando a los murcianos que lo deseen viajar hasta los más recónditos lugares del universo, menos a España de la que solo se podrá visitar Asturias. He oído a un periodista de la SER: “El hecho de que Vox exista es suficiente para quedar invalidado como socio ante los ojos de PP y Ciudadanos”. Por si fuera poco, ya tenemos la primera víctima de violencia machista en Laredo con veinte puñaladas. La esquizofrenia total.
Juan de la Cirila salta.
—Te veo venir, Mateo, estás contra Vox, ¿a que sí, Fernández?
Fernández se concentra en la tostada como si el asunto no fuera con él. Cuando el Dr. Mateo asiste a la tertulia, prefiere dejarle el papel de moderador.
—No estoy contra nadie, no me gustan las palabra ‘contra’ ni ‘anti’. Baste decir que “ese partido del que usted me habla” está muy lejos de mi postura política y que, desde luego, no se me ocurriría votarlo jamás.
—De acuerdo, Mateo, es una decisión personal y respetable, lo que no me puedes negar es que se trata de un partido igual de legal que todos los demás.
—Ahí está el busilis de la cuestión, Juan. No acabo de entender como un partido que traslada la carga de la prueba a las mujeres violadas, por no hablar de otras cuestiones contempladas en su ideario, pueda ser legal. Por cierto ¿Has leído los cien puntos del programa de Vox?
—No
—Pues por ahí habría que empezar. A lo mejor cambiabas de opinión y en vez de votar con las tripas (en el curso de una mala digestión), votabas con la cabeza.
—Tampoco es eso, Mateo –tercia Fernández- no entremos en el terreno personal. El asunto es complejo y algo de responsabilidad habrán  tenido los partidos de izquierda para dar lugar a este fenómeno que recorre Andalucía a caballo, con grande sorpresa de tirios y troyanos. No he oído el menor atisbo de autocrítica, ni en Andalucía ni en Madrid. Y me hubiera gustado.
—Lo más sensato que se ha dicho esta mañana: ‘el asunto es complejo’. Si no nos ponemos de acuerdo cuatro viejos amigos en una tertulia mañanera ¿Cómo queremos que haya una miaja de buen sentido en un país de opiniones tan diversas?
Ahí las dao, Mateo, dos caminos tenemos: o el ruido y la furia, o respeto y dialogo. Y si estos políticos no lo entienden, a tiempo estamos de poner otros.






martes, 1 de enero de 2019

POSTRIMERÍAS


 Fue incapaz de reaccionar cuando aquel grandullón salió corriendo con la mitad del polo que aún le quedaba. Se quedó quieto, experimentando por primera vez la sensación de pérdida definitiva. Y de injusticia. Y el ansia de venganza cruel y despiadada. Le afloraron lágrimas de impotencia.
Olvidó pronto el incidente (cuando consiguió de su madre el dinero para otro helado). Pero un sentimiento extraño se le quedó para siempre anudado a las tripas: nada dura eternamente, no existe lo definitivo, cualquier cosa es susceptible de acabar en forma abrupta e inesperada. Hay que estar preparado para cuando las cosas lleguen al final inexorable.  Quizás a eso se referían los curas cuando le hablaban de “las postrimerías”. Acaba el manjar que nos resulta placentero, y el amor, el sexo, la dicha, el dolor. Acaba siempre el placer por más que nos empeñemos inútilmente en prolongarlo, pero lo último también forma parte de lo primero; entonces nada empieza ni acaba, todo continúa, como un círculo que no tiene principio ni fin. Habrá que estar preparado para tomar el final con la misma alegría que se tomó el principio.
Creció con ese sentimiento, que lo fue volviendo temeroso y taciturno, con frecuencia ensimismado. Comprendió por igual a los que se negaban a considerar lo efímero de las cosas humanas viviendo en la inconsistencia evanescente, y a los que hacían de las postrimerías el reflejo permanente de su vivir diario, a los botarates y a los monjes de clausura. Entre la cigarra irreflexiva y la hormiga conservadora, intentó encontrar una tercera vía de la que siempre acababa cayendo hacia uno u otro lado.
Y continuó buscando, creyéndose un inquieto privilegiado sin saber que la búsqueda es el estado natural del hombre y que no hacía nada que lo diferenciara de los demás mortales. Visitó muchas creencias y acabó entendiendo que todas eran la misma, que el afán de trascendencia era tan potente que inventaba mundos y dioses con tal de distraer la atención de la única verdad. Pero aprendió algo de cada una de las creencias: que jamás ninguna de encontraría cobijo en su corazón.
De maestros budistas aprendió el no-ser y la contemplación de la única realidad: considerar la muerte como parte de la vida y experimentarla en cada acto, en cada momento, en cada pequeña muerte que late en el sueño diario y en el final definitivo de las cosas queridas.
Supo que un día, tarde o temprano, estaría liberado de aquella sensación de pérdida que conoció cuando le arrebataron su helado. Nada de lo que tuvo era suyo y nada de lo que perdiera podría dañar su corazón.


martes, 18 de diciembre de 2018

GABINO Y LAS MONJITAS

Su padre consideró conveniente depositar, en una primera instancia, la responsabilidad de su buena educación en las sabias y bondadosas manos de las monjitas del Carmelo. Aquel colegio aún sobrevive convertido, por el paso del tiempo, en Mayor. Gabino llegaba cada mañana –unas veces más puntual y la mayoría menos- a una de las dos colas que se formaban a la puerta. Se habilitaba una para niños y otra para niñas. Llegado su turno, restregaba rápidamente las narices en el largo y negro escapulario de la hermana portera, (que presentaba un sólido y añejo reguero de mocos infantiles), y entraba sin demasiada premura al gran patio desde donde se accedía a las aulas.

Recordaría, años después, aquel olor inconfundible: mezcla de cocina rancia, espacios cerrados con aire respirado varias veces, sotanas de paño nada limpias y cuerpos con zonas íntimas que jamás llegaron a trabar amistad estrecha con la pastilla de jabón ni el maligno invento francés del caballito. Un olor característico y asfixiante que quedó asociado en su mente a todo lo eclesial. A veces, en los actos litúrgicos donde el olor se volvía más denso y reconcentrado, se recurría al cloroformo de los incensarios y eso era aún peor. La mezcolanza olorosa se convertía en una sensación de ahogo difícil de soportar. A Gabino, por aquel entonces comenzó a despertársele un secreto regomello ante la posibilidad –remota- de acabar en un cielo nutrido de personal tan pestilente. Quizás por eso las sotanas en general y los hábitos monjiles en particular, le produjeron cierto rechazo y una vaga sensación de incomodidad nunca superada.
Desde ese primer contacto con los religiosos, quizás porque nadie se tomó la molestia de explicárselo, no comprendió qué pintaban en su educación aquellas buenas mujeres, embutidas en raras e incómodas vestimentas que les quitaban el aspecto de los seres humanos normales. Resultaba difícil expresar esas opiniones en un entorno que aceptaba la situación como la cosa más natural del mundo y donde cualquier crítica sobre asuntos de índole eclesial era tomada por insólito anatema. En aquella época, los religiosos tenían cierto prestigio por el solo hecho de serlo, como si fueran depositarios de la moral general o guardianes de la moral pública. Había que guardarles un respeto especial y tener con ellos una serie de actos reverénciales consistentes en besarles a cada uno lo que le correspondiera: el hábito, el bordón, la mano, el anillo etc.
Gabino, se chupó los dos años reglamentarios de Carmelitas. Nunca pudo averiguar por qué las llamaban descalzas, ya que a pesar de sus muchos esfuerzos jamás pudo verle los pies a ninguna. Sufrió pequeñas odiseas cotidianas y obligados paseos por la clase de las niñas para purgar ignorados pecados propiciados por su carácter que ya empezaba a manifestarse díscolo.
Aquellos paseos que las buenas religiosas le daban por otras clases con la ingenua intención de que le resultaran afrentosos, devinieron en encantadoras charlas y escarceos con las niñas mayores. Resultaban aquellas mucho más interesantes que las de su tiempo, lo que acabó llevando a las religiosas, muy a pesar suyo, a recomendarle a su padre un colegio de varones que era lo que su edad y su precoz desarrollo reclamaban a gritos.
Gabino recordaría para siempre, con alegre desasosiego, aquella educación retrograda y mezquina que, por fortuna,  sus hijos jamás conocerían.   
     





martes, 4 de diciembre de 2018

BUENOS Y MALOS


Dice mi amigo Andrés de La Orden que el hombre es malo por naturaleza, y a través de esa premisa contempla el mundo que le rodea. Su hermosa poesía, descarnada, no está precisamente orlada de optimismo. Sigue la línea argumental de Hobbes que consideraba al hombre “lobo para el hombre” y justificaba con ello la idea del “Leviatán”, el estado controlador que impidiera los desmadres. Conviene tener en cuenta que Hobbes vivió en época absolutista y quizás con ello pretendía justificar la situación. Otros, por la misma época, afirmaban que el hombre es esencialmente bueno en su origen (el buen salvaje de Rousseau), pero que las circunstancias lo transforman en malo. Como el fandanguillo andaluz, en el que una cordera de tanto acariciarla se vuelve fiera.
Con todos mis respetos a don Andrés, a Hobbes, a Rousseau y a la cordera, creo que no es un asunto de buenos y malos, sino de algo más sencillo: el Hombre, dicho en universal, es simplemente, como la Historia nos muestra, un animal que por razones ignotas ha adquirido algo que lo diferencia de todas los demás con los que comparte territorio y quizás universo. La evolución, misteriosa y difícil de comprender lo ha dotado de herramientas que lo alejan de los demás especímenes para siempre. El hombre ha inventado algo nunca visto antes que con frecuencia lo supera: se ha sumido en un avance tecnológico sin saber a dónde lo conduce ni con qué objetivo, al tiempo que rechaza y pretende  ignorar la rémora de su origen.
Los objetivos de la humanidad han ido variando a lo largo de los tiempos. Durante muchos años fue la supervivencia, luego el dominio del territorio, que tenía mucho que ver con lo anterior, después el dominio de las ideas y la exclusividad de los dioses, a los que adjudicó su creación. En la actualidad, nos debatimos entre vivir lo mejor posible el tiempo que tenemos asignado, o aplicarnos haciendo planes sobre un mundo futuro que cada cual imagina a su manera. El debate es permanente, pero mientras, continuamos sujetos a las leyes naturales de la competencia, de la supervivencia de los más adaptados y del crecimiento exponencial y enloquecido propio de las poblaciones que no tienen depredadores naturales que regulen su equilibrio.
Seguimos comportándonos como si hubiéramos inventado un sistema nuevo, como si, por arte de birli-birloque, hubiéramos aparecido desde un mundo extraño y no nos afectaran las circunstancias de nuestro entorno. Como si no estuviéramos sujetos a las leyes naturales del mundo que nos ha engendrado.
De vez en cuando, las cosas se trastornan, un Tsunami, una erupción volcánica, un terremoto o nuestra propia estupidez destructora hace que el sistema se desestabilice y aparezcan millones de muertos, pero pronto se olvida el suceso. Las generaciones siguientes, lo incorporan a los libros de historia como si no fuera con ellos. Y el asunto sigue, como si nos reinventáramos de nuevo cada día, viviendo en un mundo ilusorio sin un objetivo determinado, salvo el de “vivir cada vez mejor”, que nadie sabe del todo qué quiere decir eso.
Creo, pues, que el hombre no es, intrínsecamente, ni bueno ni malo. Es, simplemente el Hombre.



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