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En cada una de las pestañas encontrareis una seccion diferente: en "Pagina principal", las entradas habituales. En "Trabajos y días", articulos de literatura e historia, "De mis lecturas" reúne notas, resumenes y opiniones sobre libros que me interesan y he leído en los últimos tiempos. En la pestaña "Desde el Asilo" (Libro), están todas las historias contenidas en ese libro, en cuyo inicio se explica el titulo de este blog. "Cuentos truculentos" reúne los comprendidos en el libro del mismo título. Cualquier texto que aqui se publica está a disposición del publico, naturalmente citando la fuente. Sírvase usted mismo.















domingo, 12 de agosto de 2018

ABORTO


Seguramente porque estamos en periodo de “sequera”, que aflige de forma especial a los “medios” escritos, el director de un periódico con el que colaboro esporádicamente, me solicita un artículo sobre el aborto.
Y cuando me siento ante el artilugio intentando reagrupar las ideas que al respecto tengo, me percato de que por lo delicado y controvertido del asunto, debo ser cauto, no vaya a suscitar las iras de buena parte de la parroquia. El margen entre opiniones contrapuestas, según se ha comprobado en Argentina, no es demasiado ancho.
Me percato también de que es tema en el que no es prudente aventurarse, por ser de la exclusiva competencia de las mujeres que hayan de enfrentarse a tan difícil (y sospecho que nada agradable) decisión. Si acaso, puede que estuvieran llamados a opinar, incluso que su opinión pesara lo suficiente en la balanza, los corresponsables de la situación. Y nadie más. Las diferentes y contrapuestas teorías sobre el nasciturus y el momento en que le es otorgada el alma inmortal y su categoría de persona, son todas respetables y cada una/o tiene libertad para adherirse a la que mejor cuadre con sus creencias y situación.
Sí figura en el número de mis convicciones que las leyes permisivas, a diferencia de los otros dos tipos (imperativas y prohibitivas), solo reconocen o aclaran un derecho establecido, pudiéndose amparar en ellos cualquier persona que lo desee, con entera libertad.
Me parece que el asunto debe dejarse a la  decisión de cada una de las mujeres que se encuentre en ese trance, para que en conciencia tome las medidas que crea oportunas. Y que deben dictarse la leyes necesarias que las amparen en cuanto a plazos, procedimientos, lugares, etc. Me queda claro que a nadie puede obligarse a abortar contra su voluntad.
No entiendo el afán de oponerse a tales leyes, de colectivos que predican asuntos tan peregrinos y fuera de lo “natural” como el celibato, la segregación de sexos, la exclusión femenina de puestos de responsabilidad, etc., sin que nadie se lo reproche, más allá de la respetuosa opinión a la que todos tenemos derecho. Creo que una sana forma de convivencia consiste en que cada uno haga de su capa un sayo, y que cada mujer decida con entera libertad, y amparada por el estado, sobre su cuerpo, del que es soberana.
Dicho todo lo cual, aconsejado por quien bien me quiere, decido no enviar el articulo al director pretextando un imaginario alifafe. No es prudente remover aguas turbulentas.

http://vegamediapress.com/not/16650/aborto/

martes, 19 de junio de 2018

ISMAIL


Mi amigo Ismail es buena gente. Nació en un pueblecito colgado en las laderas del Rif y cuando se hartó de pasar hambre y de pastorear una punta de escuálidas cabras -lo que constituía su labor diaria desde que cumplió los siete años-, reunió lo suficiente y se embarcó en una patera rumbo a España. De eso hace ya muchos años. Ahora Ismail es padre de familia, vive en el pueblo y respeta y es respetado por sus vecinos. Trabaja ocasionalmente en época de fruta, cobra en negro a cuatro euros la hora, y el resto del tiempo subsiste gracias a su pensión no contributiva. Los años de duras labores campesinas no perdonan y su espalda se resiente de vez en cuando, pero tiene una buena cobertura médica y su incipiente diabetes se controla perfectamente con las tiras coloreadas de que lo proveen regularmente en su centro de salud. Su mujer contribuye al mantenimiento de la casa cuidando hijos de otras vecinas magrebíes que tienen trabajo en las industrias de la localidad.
Ismail viste a la europea, y de no ser por su semblante moreno, nada lo distingue de un habitante de Castellón de la Plana o de Pola de Siero. Rahima, su mujer, no. Rahima siempre lleva amplios ropajes que enmascaran la figura. La mujer no debe provocar, amén de que esas ropas y el hiyab sin el que jamás sale a la calle, conforman una parte importante de su identidad, anuncian: “soy musulmana”. Ella también va a la Mezquita los viernes, aunque no reza cinco veces al día como Ismail; el Profeta es menos exigente con las mujeres. A la mezquita acude los viernes con su marido, aunque se ubican en salas diferentes. No es bueno que hombres y mujeres permanezcan en lugares comunes, la promiscuidad no es del agrado del Profeta.
Cuando llega el Ramadán, que llega todos los años aunque no en el mismo mes, Ismail intensifica sus rezos, come de noche y duerme de día. El Ramadán en un mes santo para los musulmanes, que celebran la entrega del Corán a Mahoma por el Arcángel Gabriel. Con su celebración, a los que practican el Islam les son perdonados sus pecados, “como si fueran quemados”. El Ramadán es una buena medida profiláctica que sana el cuerpo y el espíritu.
Ismail y Rahima tienen dos hijos nacidos españoles, Mohamed y Fatimetu. Mohamed es mecánico de coches y trabaja en el taller de un concesionario. Le hacen un contrato de seis meses y lo mandan al paro otros tres, así lleva desde que acabó los cursos de FP. Sale con una pandilla de chicos del país y tiene una novia que no es del agrado de sus padres. Fatimetu estudió auxiliar de enfermería en una escuela privada y estuvo trabajando en una residencia de ancianos durante dos años. Vestía pantalones vaqueros y nunca llegó a utilizar el hiyab. Sus padres le concertaron un matrimonio con un primo de Ismail ya talludo. A partir de ese día viste como el resto de mujeres magrebíes, hiyab incluido. Lleva a su hijo al colegio público y procura que se relacione con amigos musulmanes. Dos tardes por semana el niño va a la madraza donde el imam de la comunidad les enseña a recitar el Corán; Fatimetu quiere que sea buen musulmán, como sus padres, como sus abuelos.
El pueblo donde viven es un pueblo tolerante y acogedor, hay una sociedad caritativa que en tiempos de penuria reparte alimentos de primera necesidad entre los más desfavorecidos, sin hacer distinción de tirios ni troyanos. Fatimetu acude a veces y complementa su despensa.
Tanto Fatimetu como su madre compran, en las tiendas halal que se han instalado en el pueblo, los alimentos permitidos por la saria, ley religiosa que impera en los países musulmanes. Esos establecimientos garantizan que los animales de consumo han sido sacrificados con arreglo a los preceptos religiosos: un varón circuncidado, de cara a La Meca, con un doble paso de cuchillo en la garganta para propiciar el completo desangrado, y recitando las adecuadas palabras de alabanza a Dios.
Ismail y su familia, están plenamente integrados.



martes, 5 de junio de 2018

LA MAR


Durante mis primeros años el mar fue una perspectiva inabarcable por la que unos cuantos pilluelos nos aventurábamos en un esquife de remos. Llenos de sueños infantiles, pretendíamos emular hazañas mal leídas y peor interpretadas en las que se mezclaban sin tino Colón con los Vikingos de Vineland, El Corsario Negro y la Perla de Labuán, o Sandokán con sus tigres de Mompracem.
Tardé poco  (lo que tardan en desvanecerse los sueños infantiles) en averiguar que aquel era un mar finito y limitado, “una laguna interior”, como dicen ahora los folletos turísticos en un vano intento de atraer extranjeros con posibles, y que “el mar mayor” como llamábamos a la enorme extensión que comenzaba al otro lado de la Manga, era el auténtico mar, el mar inabarcable.
Poco después, anclado en Tarragona durante una temporada, descubrí fascinado aquella extensión de vacío azul con cargueros no más grandes que una hormiga en lontananza, observados desde el “Balcón del Mediterráneo”. Allí pasé largas tardes de añoranza reconfortándome con la idea de que aquel mar era el mismo que bañaba las costas de mi tierra lejana y acaso llevaría hasta ella un punto de mi triste desesperanza. Pero también se quedó pequeño. Por entonces descubrí a Henry Pirenne y supe que lo había reducido a un familiar lago, el “mare nostrum”, y que los romanos habían hecho de él cuna y vehículo de una cultura común después de adueñarse y asimilar la fenicia y la griega.
Andando el tiempo, desde el delta del Nilo, cerca de El Cairo multiforme y bullicioso, en una tarde de sosiego imprescindible, imaginé las columnas de Hércules que me parecía adivinar entre las brumas, hacia occidente; y el estrecho que da paso a otro mar infinito, paso breve que tantas veces habría de cruzar años después. El mar, la mar, como le llaman los que tienen más familiaridad con él, continuó fascinándome siempre, como deja boquiabiertas  a las gentes de tierra adentro la primera vez que contemplan sus azules.
Descubrí luego el Cantábrico, nervioso y movedizo, de olas cortas y ariscas, espumeando las rocas perceberas, que se arremansa solamente en las rías serpenteantes de verdor para nutrir las incontables bateas de mejillones. Allí conocí el fenómeno de las mareas que cambian cada pocas horas el perfil de la costa. Luego navegué por el Bósforo que separa el pasado y el presente de nuestra historia, crucé el Cuerno de Oro en medio de su incesante barahúnda y me parecieron todavía vecinos los otomanos y los mamelucos de tiempos napoleónicos.

Pero ningún mar conmovió mi corazón y llenó mis ojos como el Atlántico, cuando tuve ocasión de contemplarlo a lo largo de la costa que va desde Marruecos a Senegal bajando por tierra mauritana. Hay una carretera que, bordeando la costa llega desde Safi en Marruecos hasta Dakar, en Senegal, y permite viajar durante miles de km. con un ojo puesto en cada uno de los desiertos, el azul y el rojo, separados por los escarpados farallones donde se estrellan las altas olas impotentes. Es el mismo mar que, más sosegado, puede verse en las costas de Huelva de playas infinitas, o en Portugal, donde inspira el melancólico y dulce sonido de los fados. Allí, en Figueira da Foz, presencié, acunado en amorosos brazos, las más bellas puestas de sol que nunca imaginara y que permanecerán en mi recuerdo para siempre. De la misma forma que en Japón se goza el privilegio de ver nacer el sol cada amanecer, allí se disfruta de un ocaso mágico que invita a cultivar la esperanza del día siguiente.

El mar, la mar.



martes, 29 de mayo de 2018

PADRE, HIJO Y BURRA



Debo aclarar, para no vestirme con plumas ajenas, que el origen de esta historia es un cuento de padre incierto, posiblemente hindú, que conoce muchas versiones, en una de las cuales adaptada a mi tierra, lo he oído contar.

Pues señor, esto era una vez un campesino dueño de unas viñas distantes del pueblo en que vivía. Llegado el tiempo de la escarda levantóse una mañana al alba y ordenó a su hijo, mozo sólido y trabajador, que aparejara la burra para llegarse hasta el majuelo.
Salieron, padre hijo y burra, y a poco, tropezaron con un vecino que les dijo:
—Se ve que queréis mucho a la burra, que va de señorita; por lo menos podría montar el más viejo.
Hízolo así el padre y siguieron caminando un trecho hasta encontrar a otro vecino que les dijo:
— ¿A escardar vais?  ¿Y quién ha de trabajar más duro?
—El mozo, como es de ley
—Pues entonces, bien podría ir él montado, que llegaría más fresco
Recapacitó el padre, y encontrando justa la sugerencia que nadie había pedido, bajó de la burra cediéndole al hijo la albarda.
Llegaron a un río, y al ir a cruzarlo, el barquero les dijo:
—Bonita forma de respetar las canas: el mozo lleno de salud en la burra y el padre, achacoso, a pie. Si por lo menos fueran los dos montados, que la burra puede...
Consideró el padre que la observación era oportuna y montó a la grupa del zagal, siguiendo todos, menos la burra, tan contentos el camino.
Cerca ya de las tierras, encontraron a otro lugareño y como el padre viera que se disponía a opinar sobre el asunto, antes de que abriera la boca le dijo:
—No me digas nada de la burra, que menos yo y el muchacho, todo el mundo tiene que opinar de ella.
Y picando talones hizo acelerar, en lo posible a la pollina, perdiéndose el mascullar del hombre que decía para su coleto:
—Hay que ver que cuajo, dos hombres hechos y derechos, montados en una burra vieja que va derrengada.


Moraleja: Si algún día tienes que ir a escardar la viña, no hagas caso de opiniones.

martes, 24 de abril de 2018

COLECCIONISTAS Y COLECCIONES


Decía mi profesor de Antropología en un libro titulado “El animal paradójico” (algunos traviesos alumnos lo remedaban de forma burlesca como “El animal parapléjico”)[1], que el afán de coleccionismo es lo que sitúa al hombre, desde tiempos prehistóricos, en su auténtica dimensión humana.
El utensilio no existe sino en un ciclo operatorio y la colección de utensilios del Australopitécido nos habla de un lenguaje de posibles, una visión de del futuro, de lo por-venir que descarta selectivamente (en el hecho mismo de hacer tal selección) una serie de imposibilidades funcionales, de actos. Lo posible prevalece siempre sobre lo real y lo real no es más que el residuo de lo posible.
En lenguaje más pedestre, el afán de coleccionar parece estar estrechamente ligado con el de poseer el utensilio o el bien para siempre, con el afán por trascender uno mismo a través de los objetos; en definitiva, con la conquista de un futuro eterno ante el miedo de la extinción que nos amenaza desde la cuna, en una cabriola que pretende diferirla por todos los medios.
En muchas ocasiones, la colección se convierte en el trasunto de nuestra vida y acumulamos objetos como si con ellos pudiéramos construir nuestra propia inmortalidad. En otros casos el coleccionista lo es de objetos raros o difíciles con los que pretende la conquista de una individualidad que lo distinga del resto de los mortales. Con frecuencia, en la colección se pretenden dos objetivos, el numero o la cantidad per se, y la dificultad o la rareza como elemento añadido.
Lo más decepcionante de la colección es que, por extensa o variada que se logre, nunca tiene final y lo que pretendía ser una acción de conquista de la temporalidad puede acabar convirtiéndose en un mensajero del desasosiego y en una muestra evidente de la caducidad inevitable de las empresas humanas. Consumar o dar por terminada una colección es tarea utópica, a menos que, como Pepe Carvalho, nos decidamos un día a encender la lumbre despellejando los libros acumulados durante toda nuestra vida.
Sabios y ascetas han postulado a lo largo de la historia, el desprendimiento/desamor por los objetos y bienes terrenales, pero también ese vacío de utensilios resulta con frecuencia aterrador, si no es sublimándolo en un ejercicio de entrega a la divinidad. Ya los antiguos griegos optaron por la inmortalidad pergeñando elementos que los hicieran permanecer para siempre en la memoria de los hombres:

Es de ver como inculpan los hombres sin tregua a los dioses
Achacándoles todos sus males. Y son ellos mismos
Los que traen por sus propias locuras su exceso de pena

Canto I. Odisea

Ya te digo.




[1] El catedrático de Filosofía de la universidad de Murcia, D. José Lorite Mena

martes, 10 de abril de 2018

JULIO Y SU SEÑORA, CON CIFUENTES AL FONDO

Cayo Suetonio Tranquilo (70-126) fue un gran escritor romano al que pirraban las noticias de alcoba. Se tomó la molestia de investigar la vida y milagros de ‘Los doce césares’ (desde Julio a Domiciano) para dejar a la posteridad un interesante libro, hasta hoy lectura obligada en las facultades de historia. 
Una de las muchas historias que relata se refiere a Pompeya, esposa de Cesar, de la que se sospecha que el taimado Julio quería deshacerse de forma que no ofendiera a las leyes ni a la sociedad. Para ello, aprovechó que en unas fiestas sólo para mujeres (ya entonces un incipiente feminismo –al menos entre las clases altas- comenzaba a manifestarse), llamadas de la Bona Dea, se había colado un enamorado de Pompeya, llamado Clodio. Enterado Cesar de la profanación festera y haciendo aparecer a su esposa como cómplice del hecho (al parecer sin serlo), aprovechó la ocasión para repudiarla basándose en el evanescente principio de que ‘la mujer del Cesar no solo debe ser honesta sino parecerlo’.

Viene la historia de Suetonio a cuento del rifirrafe eclosionado estos últimos días sobre el asunto del también evanescente máster, que no se sabe si inexistente, perdido en traslado o devorado por un perro ‘con ansia papirivora’, como diría el Zorba de Kazantzakis.
No quisiera pecar de purista pero sí creo que a los dirigentes políticos que se postulan esgrimiendo la intención de servir al público en general y no a sus intereses en particular, habría que exigirles la misma honestidad que al resto de la población, y si me apuran un plus más, dada la imagen pública de que gozan y que debería ser ejemplarizante.
Me pregunto, si no sería fácil deshacer el entuerto mostrando el famoso máster que la señora presidenta –a cuya palabra hemos de conceder, en principio, el beneficio de la credibilidad-, dice haber obtenido con calificación de notable. Y cómo, desde su partido, interesado desde siempre en esclarecer los numerosos casos de corrupción que han sembrado sus filas de ‘hechos puntuales’ ajenos a la organización, no se la anima a que tal esclarecimiento se produzca; antes bien, se pretende asesinar al mensajero como imaginario culpable.
No quisiera pensar que lo dicho por la vox populi tan malintencionada de ordinario, sea cierto: que la señora recibió tal trato de favor que le permitió obtener un máster con asistencia virtual cuando la presencial es obligatoria para el común de los alumnos; que el trabajo de fin de curso fuera inexistente y por tanto no defendido como es preceptivo ante un tribunal cuya acta se falsificó; y toda una serie de irregularidades más que los maledicentes le adjudican. Estoy seguro de que la Sra. Cifuentes, como Pompeya, podrá demostrar su inocencia pese a las añagazas de los Clodios que buscan hacer daño gratuitamente.
¡Ay, si Suetonio viviera en nuestros días! ¡Cuánto material para sus crónicas!



martes, 3 de abril de 2018

TRES CANTORES Y UNA DAMA CON PEINETA


El Hogar del Pensionista ofrecía un aspecto desangelado. La gente había acudido en masa a la procesión del resucitado, la más folclórica del pueblo. En ella, para alivio del cuerpo y lenitivo del alma después de los pasados días de congoja, es tradición regalarse con empanadillas y otras exquisiteces de bollería, donadas por los generosos cofrades o adquiridos con cargo al peculio propio. El Cacaseno, renuente a los festejos religiosos, desmenuzaba la prensa en una mesa apartada cuando llegó Fernández.
—¿Qué?, poniéndote al día de los festejos populares.
—Calla, calla, que estoy ojeando el periódico local y parece la hoja dominical de la parroquia. 
—Pues que quieres, en estas fechas ya se sabe…
—Lo digo por los cantores del himno de la legión y la señora del diferido con teja y mantilla. Pa mear y no echar gota.

—No me digas que no te parece bien que canten.
—No te quedes conmigo, Fernández, que no soy Juan de la Cirila.
—Por cierto, Juan estará viendo pasar la procesión y comiendo empanadillas de guagui, no como nosotros, aquí más solos que la una. Pero a lo que vamos, ¿qué tiene de malo que tres ministros del gobierno canten al unísono el bonito y ejemplarizador himno de la legión? Y no me saques al manquituerto y a Unamuno, que te veo venir.
—Dirás lo de ejemplarizador de coña porque lo del ‘novio de la muerte’ y memeces por el estilo son dignas de figurar en la antología del disparate. Me da vergüenza tener unos ministros así. Estamos volviendo a la cutrez esperpéntica de los tiempos pasados, y lo que es peor, sin que nadie del gobierno se ruborice, incluida la señora del diferido. Por si fuera poco, lo defienden como “tradición cultural”. A este paso me veo a Mariano bajo palio, claro que ya nadie se sorprende de nada. Cada vez más recortes en políticas sociales y más perras para armamento y zarandajas por el estilo. Vuelta al pasado, segregación por sexo en los colegios concertados (a pesar de lo que diga la Constitución), fuera la filosofía, y procesiones infantiles para asegurarse la parroquia el día de mañana. Y luego hablamos de adoctrinamiento infantil en Cataluña.
—Pero bueno, ¿no tenemos un estado aconfesional? Pues el que quiere va a las procesiones o a las iglesias y el que no quiere, no. Como tú y yo, que estamos aquí tan ricamente desayunando, sin estatuas, desfiles, pífanos ni atabales. Eso es libertad y democracia.
—Insisto en que me da grima ver a los ministros, especialmente al de educación, cantando a voz en grito el himno de la legión, ¡vaya ejemplo para nuestros jóvenes alevines! Y no acabo de entender que pintan los representantes del orden, alcaldes, concejales, guardia civil o policías locales desfilando tras los tronos procesionales.
—Pues será para protegerlos de posibles robos o atentados, mira lo que le pasó a uno de los últimos papas.
—Pues será, pero me sigue dando grima.



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