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martes, 7 de junio de 2022

TODO ES RELATIVO

Mi amigo Oriol Bofarull regenta tiene un restaurante de reconocida fama cerca de La Fajeda d’en Jordà, próxima a Olot, en la comarca de la Garrotxa. Un lugar paradisiaco lleno de volcanes durmientes. Oriol se ufana, y no sin razón, de la tradición de su establecimiento.

—Viene de mis abuelos, ¿saps?, comenzaron con una pequeña tasca donde se reunían los pageses después de la feina, unos vasos de vino con cacahuetes, alguna lata de berberechos los domingos y poca cosa más. Con el tiempo se fue ampliando el negocio, luego lo llevaron mis padres, después me tocó a mí, y hasta ahora. Desde 1904, está en pie el negocio, ya ves si es antiguo.

—Sí que es antiguo, sí, pero todo es relativo. Por ejemplo ¿sabes el nombre de tu bisabuelo?

—Oriol, como todos los hereus de la familia.

—Y el apellido?

—Pues Bofarull.

—Y el de tu bisabuela?

—Ese no lo sé. El apellido de las mujeres se pierde en un par de generaciones. Hace demasiado tiempo.

—No hace tanto, piensa que esto del tiempo es relativo. ¿Cuánto crees que tiene la ciudad de Olot?

—No sé.

—Pues hacia el 872 el rey Carlos el calvo de Francia (no olvidemos que la región entraba dentro de los condados vasallos del rey francés) hizo un precepto de confirmación de bienes a favor del abad Racimir de Sant Aniol d’Agulla y más tarde, en 977 el conde obispo Miró dio a los monasterios de Camprodon y Besalú unos alodios (especie de arrendamientos) situados en la parroquia de san Esteben de Oloto, como se llamaba entonces.

—Pues sí que hace tiempo.

—Todo depende de cómo lo mires. Yo vengo de una ciudad del sureste que parece fundada hacia el año 825, cuando los moros andaban por la Península, por orden de Abderramán II, quizás sobre un asentamiento romano anterior. Fíjate el tiempo que había pasado desde el año cero, en el que convenimos todos que se inició la era cristiana, pero nuestra historia había comenzado mucho antes. La Cartago Nova de los púnicos ya funcionaba en el 227 a.C. Los romanos, que son nuestros antecesores en muchos aspectos, sitúan la fundación de su ciudad (ab Urbe condita), según los cálculos de Marco Terencio Varrón, en el tercer año de la sexta olimpiada, que viene a ser el 753 a.C., pero antes de eso habían existido los imperios asirio, babilónico, persa, egipcio y muchos otros. Y antes, la colonización de la Creciente fértil (hacia 8.000 a 10.000 a.C.) por nuestros abuelos recolectores cuando se cansaron de andar errantes y decidieron domesticar plantas y animales. Y antes aún, se habían implantado en Europa y Asia los neandertales, de los que conservamos algunos genes; y antes nuestros antepasados cromañones, negros en su origen, aunque ya nos hemos desecho de los pigmentos; y antes todavía, los parientes de nuestra bisabuela Lucy y sus colegas Australopithecus Afarensis, de los que nos separan unos 3 millones y medio de años; y antes nuestros parientes más cercanos, los chimpancés.

—Hombre, no me lo hagas tan lejano.

—Quiero decirte que todo es relativo y cuando se habla de años, tenemos una mirada tan cercana y tan miope que nos impide contemplar en su verdadera dimensión el mundo que nos acoge y en el que hemos prosperado con tan poco respeto a la naturaleza que nos sustenta. Nosotros debemos adaptarnos al mundo y no al revés, al fin y al cabo, somos unas criaturas surgidas de la casualidad. Si seguimos saltando hacia atrás, descubriremos a nuestros auténticos antepasados, los mamíferos, que prosperaron gracias al accidente que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años. Los dinosaurios, que poblaron la tierra durante unos 130 millones fueron la especie más exitosa, probaron todas las posibilidades: fueron ovíparos, vivíparos, de sangre fría, de sangre caliente, herbívoros, carnívoros, terrestres, anfibios, voladores, un verdadero prodigio de adaptación que solo ha igualado el Hombre, gracias a la tecnología. Lástima que aquel meteorito del Yucatán acabó con ellos.

—¿Pero entonces, nosotros?

—Nosotros somos los tataranietos de aquellos mamíferos que andaban escondidos para que no se los comieran y que prosperaron con la extinción de los saurios.

—¿Y antes que había?

—Ahí entramos ya en otras cifras. Dicen los que de esto saben que La Tierra se formó hace unos 4.500 millones de años y que la vida apareció poco tiempo después en forma de organismos unicelulares. Una cosa detrás de otra trajo la vida con sus múltiples variedades hasta nosotros, como intuyó Darwin en su viaje del Beagle. De aquí hasta el origen del universo, solo hay otro salto de 10.000 millones de años, cuando arrancó el Big Bang, y de una cosa como la cabeza de un espetón, salió todo el universo que está en continua expansión. Cuando llegue a su límite, que no sabemos dónde está porque el universo es infinito, volverá a contraerse hasta quedar reducido a un punto donde no existe el tiempo, pero no creo que nosotros lo veamos, y es muy probable que la especie humana tampoco.

—Caray, entonces mi restaurante es antiguo, pero no tanto.

—Ya te digo, todo es relativo.


 


martes, 31 de mayo de 2022

LA CATEDRAL DE REIMS


(Apuntes de una visita)

La ciudad de Reims es capital del departamento del Marne, la zona vinícola más importante de Francia. Está situada al nor-este del país, por encima de Borgoña y es famosa por ser la patria de Dom Pierre Perignon, cuyo nombre embotellado ha trascendido hasta nuestros días. El monje benedictino, amante de los buenos caldos, en el poco tiempo de ocio que le dejaban libre sus piadosas prácticas de clausura descubrió (para su alborozo y el nuestro) que de un vino mediocre, con una segunda fermentación, podía obtenerse un excelente espumoso.

Pero, además de eso, la ciudad es también famosa por su catedral, llamada, como tantas, de Notre Dame (Nuestra Señora) cuya construcción se inició en 1211 sobre unas antiguas termas romanas que el obispo San Nicasio había sacralizado en el siglo V. Tiene la catedral una particularidad no ostentada por ninguna otra del país: en ella han sido coronados  veinticinco reyes de Francia, empezando por el fundador de la dinastía merovingia, Clovis o Clodoveo I que inició la tradición de las entronizaciones reales a modo de legitimación imprescindible. El espaldarazo divino concedía al monarca una autoridad indiscutible, amén de otras prerrogativas como la de sanar las escrofulas de los indigentes con una leve imposición de manos.

Entre las muchas peculiaridades de la catedral (más famosa por su historia que por su escaso merito arquitectónico, apuntalado por unas hermosas vidrieras de Marc Chagall) figura el hecho de que fuera reconstruida después de la I Guerra Mundial con fondos donados por el magnate judío norteamericano John D. Rockefeller.

Pero volvamos a Clovis: una leyenda que puede rastrearse hasta época medieval, aseguraba que María Magdalena, la supuesta compañera de Jesús de Nazaret, tras la muerte violenta de este, había emigrado a la Provenza francesa donde dio a luz un hijo sobre cuya paternidad se hacían múltiples conjeturas y del que descendería la dinastía merovingia, poseedora de una sangre especialmente real, de la que Clovis I sería el primer soberano reinante. A partir de ese momento, los reyes de Francia buscaron en la iglesia católica y en su máximo representante sobre la tierra, el Papa, la legitimación de su situación ante el pueblo siendo coronados en la catedral de Reims por el pontífice de turno. Clovis, arriano de origen como buen franco-salio, acabó convirtiéndose al cristianismo gracias a los buenos oficios de su esposa Clotilde y a la ayuda divina recibida en la batalla de Tolbiac contra los alamanes (es bien sabido que, en las batallas, Dios se coloca siempre del lado de los ganadores), y bautizándose en la catedral de Reims el 25 de Diciembre del 426.

Pasados los años, el fundador de la dinastía carolingia, Carlomagno, por exigencias del guion, tuvo que plegarse a que en la navidad del año 800 lo entronizara en Roma el papa León III, que le devolvía el favor de haberlo ayudado a recuperar los estados pontificios de donde lo había botado una conjura de infieles súbditos (hoy por ti, mañana por mí, colega). Así retomaba la línea imperial romana de la que se consideraba heredero.

El hijo de Carlomagno, Ludovico Pío, volvió a la tradición doméstica de la coronación en Reims en el 816, siendo recompensado de forma fehaciente en el momento álgido de la ceremonia por la aparición de una paloma (¿el Espíritu Santo?) que portaba en el pico una ampolla conteniendo un bálsamo milagroso con el que, en adelante, fueron ungidos los reyes. La ampolla milagrosa se conserva todavía en la ciudad, custodiada con devoto esmero en un convento de discretas monjas de clausura a la espera de volver a ser util si la ocasión lo requiere.

Tiempo después, Carlos VII, el Valois ‘bien servido’, fue el artífice de la reunificación de Francia después de la Guerra de los 30 años que mantuvo enfrentadas a las gentes de una y otra parte del Canal de La Mancha, hasta que Juana de Arco, también por inspiración divina, terció en la contienda inclinando la balanza hacia el lado de los buenos cristianos franceses, que bien se lo merecían. Carlos fue coronado el 17 de julio de 1429, arropado por la santa de Orleans, cuya estatua preside en la actualidad la plaza a la que se asoman los tres hermosos arcos de la catedral de Reims. Sin embargo, de poco habrían de servirle a la combativa pucelle los importantes servicios prestados a la patria: entregada a los ingleses, fue condenada por bruja y achicharrada en una hoguera de sarmientos, lo que le valió, como compensación, su ascenso a los altares.

¡Cosas de la Historia!

 

 

 

 

sábado, 23 de abril de 2022

PARA MI HERMANO JOAQUIN, ALLÁ DONDE SE ENCUENTRE:

EL DESTINO

Viajábamos hacia Walata en busca de las ciudades perdidas en el desierto. Las ciudades de las que surgió el fuego purificador de los morabitos, el fuego que haría renacer el esplendor malekí en los decadentes estados de al-Ándalus. En esas ciudades perdidas del sur de Mauritania: Atar, Walata, Chinguetti, Azugui, aún se conservan bibliotecas que guardan celosamente los textos sagrados del Islam en recónditas habitaciones donde apenas llega la luz del día; sólo se puede acceder a ellas tras una complicada operación con primitivas llaves de madera, capaces de abrir las puertas, casi taponadas por el incesante avance de la arena del desierto que amenaza con sepultar las frágiles construcciones. Ese era nuestro destino último.

En una de las acampadas fuimos a parar a un pequeño oasis donde una veintena de palmeras daba escasa sombra a la familia de beduinos, de la tribu Yudala, poseedora del pozo que les permitía vivir de los exiguos peajes que cobraban a los viajeros que decidían hacer un alto en él.

Después de montar las tiendas y tomar una parca cena, tras una dura travesía por malas carreteras en los indestructibles todoterreno, nos agrupamos en torno a la fogata que era todo el lujo que podían ofrecer nuestros anfitriones. Los hombres, cuyos rostros tapados con el turbante negro nunca llegamos a ver, hacían té de una manera compulsiva, vertiendo incansablemente el líquido amarillento de unos vasos a otros hasta conseguir el halo de espuma deseado; después, con mucha ceremonia iban pasando los vasos a todos los circunstantes de un modo ritual y ordenado: primero los forasteros, luego los bedú en orden a su rango, y por último las mujeres, en una segunda fila del círculo formando un confuso montón de melkfas multicolores del que salían cuchicheos incesantes de ignota procedencia, ya que todas se tapaban la boca para hablar.

Fue allí donde escuché la historia que ahora quiero relataros todo lo fielmente que mi memoria la ha conservado: uno de aquellos hombres, el responsable del grupo seguramente, se expresaba con toda corrección en un castellano gutural aunque expresivo. Había viajado por las rutas caravaneras llevando la sal a través del Sahara occidental y hablaba todas las lenguas del desierto.

Después del enésimo té, a ruegos de los expedicionarios que conocían su fama de narrador, inició su historia.

—Esto que voy a contaros pasó hace mucho, mucho tiempo, aquel en que mi pueblo nomadeaba el gran desierto que va desde el Senegal hasta las faldas del gran padre Atlas que toca el cielo con la punta de sus dedos. Allí, cerca de las montañas, mis antepasados fundaron la ciudad de Marrakech en cuya gran plaza, la Yema-ef-na se cambian toda clase de mercancías, oro del Sudán, esclavos, especies y sal. Los encantadores de serpientes las hacen bailar al compás de sus pífanos sonoros y los vendedores de monos esperan al jeque poderoso que quiera deleitarse con el exquisito bocado de sus cerebros aún palpitantes. Los barberos rasuran la cabeza de los creyentes que están de luto y ofrecen un surtido inacabable de muelas a aquellos que ya no las tienen. Los narradores (entre los que yo mismo me conté durante un tiempo) hacen las delicias de la gente, tienen la habilidad de excitar la imaginación deteniendo el cuento en el momento más interesante, y no continuarlo hasta que reciben el óbolo suficiente. Aquél es el centro del mundo, el punto de reunión de todas las gentes. Es la ciudad en la que todos pueden reunirse sin peligro, pues la venganza de sangre está prohibida y es pecado imperdonable verter la del enemigo.

En las afueras de la ciudad había levantado sus jaimas un rico mercader cuyas caravanas pagaban generosos peajes desde el norte hasta Tombuctú, llevando a lomos de sus innumerables camellos todas las mercancías imaginables. Era un hombre afortunado pues había logrado todo lo que ansiaba. Pero una noche, durante el sueño, lo visitó el ángel de la muerte.

Lo vio como vosotros me veis a mí, sentado a los pies de su yacija. Y el ángel le dijo: Abd-Al-lāh, el mercader, he venido a visitarte porque no hay fortuna sin desdicha y hasta en la mayor alegría hay un grano de tristeza. Es necio el hombre que cree haber alcanzado la felicidad en esta vida. Igual que el padre Ibrahim (Dios le conceda la gloria) debía perder a su hijo, así tú perderás el tuyo. Dentro de diez días vendré para llevármelo porque ese es mi capricho y así está escrito.

Abd-Al-lāh despertó aterrado. Su único hijo, fruto póstumo de su esposa a la que aún guardaba luto, era la alegría de sus ojos, el sostén de su vejez. Se rebeló contra lo injusto de su suerte y decidió engañar a aquel ángel horrible y caprichoso. Llamó a su primogénito y le dijo estas palabras: ‘Hijo mío, he decidido que viajes hasta el pozo de mis parientes, los Yudala. Hay allí un primo mío al que entregaras ciertas mercancías. El viaje es largo, debes permanecer entre ellos hasta que te repongas de la fatiga. Bajo ningún concepto iniciarás el regreso hasta que haya pasado un mes.

El hijo, obediente, hizo preparar camellos y mercancías y al amanecer del día siguiente emprendió el viaje. Tardó nueve días en llegar al campamento de sus parientes y descansó entre ellos. Al atardecer del día siguiente, un viajero se acercó a las tiendas. Era un hombre viejo, de la tribu de los Lamtuna que llevaba el turbante blanco de los que han peregrinado a La Meca. Cenó con ellos, comió dátiles y a la hora del té, le rogaron que contara alguna historia de las muchas que habría conocido en su caminar. Él les dijo: “os contaré un cuento breve y un poco triste, porque habla de la muerte inevitable, pero hoy mi corazón está abatido por la pesadumbre y esa es la única historia que puede salir de mis labios. Dicen los hombres que viven junto al gran río del sur, que la muerte tiene como esclavo a un ángel negro como ellos al que manda todos los días a la tierra para que le traiga una vida escogida al azar. El ángel, según su parecer elige hoy a un hombre rico y mañana a uno pobre; si su capricho se lo dicta toma a un gordo y si no a uno flaco. Unas veces es un hombre alto y otras uno bajo... pero todos tienen algo en común y es que no pueden escapar a su destino.

Como buen narrador, Yusuf hizo una dramática pausa oteando las expectantes caras del círculo, se tomó su tiempo para carraspear, le dio una chupada profunda a su tuba y continuó su narración.

Los hombres escuchaban al viajero estremecidos y temerosos, arrebujándose en las amplias darrás por entre cuyos pliegues se colaba el frío de la noche mezclándose con sus propios miedos. Solo el hijo de Abd-Allá, el mercader, recostado en la silla de su mehari dormía plácidamente, para siempre, con el hermoso rostro de blanca sonrisa resplandeciendo a la luz de la luna.

 

viernes, 18 de marzo de 2022

EL HOMBRE

 

Fue el primer hijo de la abuelita, y cuando lo conocí debía andar por los cuarenta y tantos años. Era alto, con un porte distinguido y elegante que le venía de familia, aunque por aquella época no vestía con el esmero que debía caracterizarlo años después; por el contrario, prestaba poca atención al atuendo. Los trajes, siempre arrugados, flotaban a su alrededor como banderolas al viento; pantalones con brillantes rodilleras y chaqueta siempre abierta de abultados bolsillos, que parecían seras, llenos de papeles y notas entre las que nunca encontraba la adecuada. Lo que sí usaba ya, era el sombrero, que en sus diversas variedades habría de acompañarlo el resto de su vida.

Lo recuerdo presuroso siempre, afanándose de un sitio a otro, caminando a trancos cortos y veloces para atender, como un malabarista a los dos o tres trabajos que le eran precisos para mantener a la familia que crecía año tras año. Su casa era un pozo sin fondo habitada por una multitud en continuo aumento compuesta de hijos, primos, amigos... Entraba y salía, con un horario anárquico; a veces iba a comer a las tantas, cuando ya todos estaban en el colegio y la madre, vencida, reposaba disfrutando el único rato de paz que conseguía a lo largo de su extenuante jornada. Devoraba entonces a tragaloperro lo que le hubieran dejado bajo un plato que pretendía mantener la comida caliente y salía disparado a sus múltiples ocupaciones después de engullir el enésimo café del día en “Mi Bar” o en “Drexco”. Las más de las veces llamaba a última hora excusando su presencia para comer en la buena compañía de sus amigos. En cualquier caso, los hijos no lo verían hasta el día siguiente, en el instante fugaz del desayuno, si es que no había tenido que madrugar.

Era un padre al uso de la época, repitiendo los modelos impuestos por la sociedad de posguerra como buenamente podía, acertando cuando había suerte y errando cuando tocaba, mientras alimentaba a grandes paletadas la insaciable caldera de aquel tren que no podía detenerse. Fueron creciéndole los hijos, a los pequeños debió conocerlos muy de lejos, aunque por todos procurara con igual esmero; pero he podido comprobar, años después, que las opiniones de muchos de ellos sobre el Hombre eran dispares y aún contradictorias, haciendo verdad el aserto de que “ningún hijo conoce al mismo padre”.

Durante muchos años vivimos en tierras diferentes, y nuestro contacto se debilitó por largas temporadas, pero esperábamos el reencuentro con avidez y por encima de las controversias y diferencias de opinión que a veces nos hacían llevar la mano al cinto (ambos éramos de genio vivo) primaba el respeto y el afecto que habíamos conquistado, a base de escaramuzas, a lo largo de muchos años.

Rindió un especial culto a la amistad y la vida le recompensó con buenos amigos a los que se entregó sin cortapisas y de los que recibió cumplida correspondencia; se cumplió en él la bíblica promesa del ciento por uno. Tuvo la suerte de mantener muchos de ellos hasta los últimos años, en cuya compañía remansaron los ánimos en la tertulia mañanera del acogedor Hispano, al amoroso arrullo del vino de Rioja o de la Ribera del Duero. En éste, como en tantos otros aspectos de la vida, fue muy afortunado.

Hombre de cultura sólida y profunda, de la que jamás hizo alarde y que nunca utilizaba sino para su propia satisfacción, citaba con facilidad en latín y en griego, y aún recuerdo los largos párrafos de la Guerra de las Galias con que me regalaba, en su fina ironía, a mí, que había tropezado con los clásicos desde los primeros encuentros.

Me enseñó lo que es la verdadera valentía, no la de los pistoleros del oeste ni la de los valentones capaces de tundir a otro a palos en un rifirrafe cualquiera, sino el verdadero valor, el que anida en el corazón de algunos hombres y que les permite ir por la vida con la cabeza alta, como el que sabe quién es y eso le importa por encima de todo.

Tuvimos la suerte de compartir muchos momentos buenos y cuando llegaron los malos, que siempre llegan, los repartimos a lo que tocáramos, sin ladearnos ninguno. Tuvo en mí la confianza total de quién pone su vida en manos de otro, y lo traté como si fuera yo mismo. Le vi practicar su código en la hora de la verdad. Se enfrentó con la muerte, que lo citó con tiempo, de forma serena, de igual a igual, sin entregarse pero sin rebelarse más que lo justo ante lo inevitable y natural. Con un par.

 

Siempre lo recordaré como un gran hombre. Se llamaba José María y era mi padre. 

*

De mi libro: Desde El Asilo, Murcia,2000.

 



 


martes, 8 de marzo de 2022

ENERGIAS LIMPIAS Y SUCIAS

Llegó el Cacaseno “encendido” porque anoche le cortaron la luz y solo pudo ver el final de uno de sus realitys favoritos.

—Y sin previo aviso, que es lo que me repatea. De golpe y porrazo tos a oscuras. Estas eléctricas no tienen vergüenza. Son el refugio de los “amortizados” políticos de una y otra banda que encuentran en ellas cómodo refugio para sus retiros dorados. Y al contribuyente que le den.

—Ale, ale, Cacaseno, disparando en altura a to lo que se menea.

—No, tío Juan, diciendo verdades como puños. Las eléctricas se han hecho más fuertes que el gobierno. Si no, mira lo del recibo de la luz, que nos va a llevar a la ruina. Hasta el presidente se ve negro para poder recortarlo una miaja antes de que lo abran en canal por la derecha y por la izquierda.

—Tú no tienes idea de lo complicado que es eso y de lo difícil que se está poniendo el asunto de las fuentes energéticas con lo de que si son limpias o sucias, ¿a que sí, Fernández?

—Yo solo puedo decir lo que me cuenta un primo de mi mujer que es ingeniero en la central nuclear de Trillo, en Guadalajara. Según él, la energía más limpia es la de centrales hidráulicas, pero tiene el inconveniente de que los recursos son limitados y de que las centrales son de época franquista y están viejas.

—Coño, ya apareció el tío Paco el de los pantanos que están empeñados en meternos hasta en la sopa los del diccionario[1]. El caso es que las centrales hidráulicas dependen de que llueva o no llueva y los pantanos se llenen. Y el tiempo, con lo del cambio climático, no está por la faena. El debate está entre la nuclear y la eólica o la fotovoltaica, ¿no?

—El debate es complicado, Juan, y el tema requiere, como todos, afrontarlo sin criterios apriorísticos, informarse bien y, sobre todo, mantenerlo lejos del politiqueo partidista.

—Eso está claro, pero vamos al grano: ¿la nuclear es limpia o no es limpia? Y, sobre todo, ¿es peligrosa?


 

—Todas las fuentes de energía tienen sus pros y sus contras. Ni siquiera el sol que es la más natural y la más barata es inocua si se toma en exceso. La energía nuclear es limpia —solo emite a la atmosfera el vapor de agua de las torres de refrigeración— y segura siempre que se la dote de los mecanismos de control adecuados.

—Pero no me negarás que tiene el peligro de que haya un fallo y mande al carajo a las poblaciones del entorno, por no hablar del problema de los residuos radioactivos. A mí me han contado que las centrales nucleares tienen una vida breve, como mucho veinte o treinta años, que desmantelarlas cuesta un sentido, los materiales son poco reciclables y que luego no saben qué hacer con los residuos radioactivos.

—Sí, tirarlos a la fosa atlántica que hay frente a Galicia. Una pasá de bidones en mal estado que un día de estos va a reventar. Ya lo dijo el Custeau que estuvo inspeccionándolos.

—Efectivamente, Cacaseno, esa es la parte negativa. Por eso decía yo que hay que sopesar muy detenidamente los pros y los contras, no vaya a ser que los contras sean más que los pros.


 Juan de la Cirila echa mano a su móvil, lo trastea unos segundos y dictamina:

—No serán tan malas las nucleares cuando nuestros vecinos franceses tienen 57 y proyectan construir unas cuantas más, los belgas tienen 8, los alemanes 7 y los ingleses 15. En España solo hay 5 y no sé si todas funcionan. Con ese gran número de centrales, no se recuerdan más que dos grandes accidentes: Chernobil en Rusia y Fukushima en Japón. El primero por fallos garrafales de seguridad y el segundo porque estaba tan mal situada que se la llevó un tsunami.

—Lo mejor son las energías “verdes”, esas sí que no contaminan ni tienen peligro.

—Todas contaminan en mayor o menor medida, Cacaseno. También esas producen residuos poco reciclables, por ejemplo las baterías. Efectivamente, lo ideal sería que pudiéramos abastecernos de las más “naturales”, pero eso no es posible al cien por cien. Si no hace sol o no hace viento, nos quedamos a oscuras. Y contemos con la contaminación visual de los parques eólicos, que a muchos les desagrada. Lo ideal en un mix.


 

—Qué es eso del mix. ¿No puedes hablar en castellano?

—El mix es el conjunto de unas y otras de manera que se complementen.

—Pos empieza por ahí.

—El asunto es que cada vez demandamos más energía eléctrica y esa energía no se puede almacenar, así es que los “administradores” tienen que suministrar en cada momento la que demanden los consumidores. Eso requiere mantener un complicado equilibrio en la producción. Y menos mal que estamos conectados con las redes europeas que hacen de colchón.

—¿Y el gas qué?

—El gas es bastante limpio en lo que a emisión de residuos se refiere, pero tiene el mismo inconveniente que el resto de los combustibles fósiles, es un producto limitado, aunque de momento parece que hay reservas para rato. El problema es que en España no tenemos y hay que comprarlo a otros países, con el problema del transporte: en barco —que gasta petróleo—, o por gaseoductos a través de países que pueden cerrar el grifo si se enfadan los gobiernos por una u otra causa.

—Pos estamos apañaos, Fernández, a ver si tengo suerte y me dejan ver la tele esta noche, aunque me cueste un ojo de la cara.

—Que haya suerte, Juan.

 

*

 



[1] Juan de la Cirila se refiere a la colección de diccionarios VOX muy conocidos del público cuyas siglas utiliza también cierto partido político.

 

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