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viernes, 27 de marzo de 2020

EL SELLO


—Perdone, ¿la dirección de pagos retroactivos? Me han mandado esta carta, dice que me cobraron de más en la liquidación de hace tres años y me tienen que devolver un dinero...
—A ver, déjeme...si, un pago retroactivo por exceso de cabida en la declaración  anual...Planta dieciocho, sección segunda.
—Gracias, ¿el ascensor?
—Al fondo del pasillo, donde está la gente esperando.
—¿Todos van al mismo sitio?
—Eso creo, hay muchos pagos estos días. Como es fin de mes, se amontona la faena.
*
—Perdone, ¿esta ventanilla es la de pagos retroactivos? Recibí esta carta ayer. Llevo haciendo cola desde las nueve, pero cuando ha llegado mi turno, me han mandado aquí.
—A ver la carta. Esto es para un cobro retroactivo, ¿no? ¿El interesado es Ud.?, déjeme su DNI...si, correcto, aquí dice..., efectivamente, se le adeuda la cantidad... pero este oficio no tiene sello, tiene la firma del pagador pero no tiene sello, ¿lo ve?
—Ya, pero yo lo he recibido así.
—Correcto, correcto, pero hace falta el sello, sin sello no le puedo facilitar el impreso 32/68 para que pagaduría haga efectiva la libranza de la autorización de pago, ¿me sigue?
—Le sigo, le sigo, ¿pero ahora que hago?
—Muy sencillo, aquí tiene este impreso por triplicado, lo rellena y lo presenta en la sección de solicitud de sellos. Impreso 34/82, apriete el boli que quede clara la copia roja, que es para usted…Siguiente.
—Perdone, una cosa más ¿donde es la sección de solicitud de sellos?
—En la planta catorce, los ascensores allá al fondo, verá la cola enseguida. Siguiente...
*
—Buenas, ¿la sección de solicitud de sellos para pagos retroactivos?
—No es en esta ventanilla, es en la de al lado, pero ya está cerrada, ¿no ve que es la una y cinco?
—Ya, pero llevo más de una hora haciendo cola
—Sí, sí, y los demás también, qué más quisiera yo que poder atenderle, pero este es el negociado de pagos demorados y el suyo no lo es, ¿verdad? Vuelva mañana temprano, que hay menos gente.
*
—Buenas, me han dicho que a esta notificación le falta el sello. Aquí traigo el impreso 34/82 cumplimentado, las copias...
—¿Donde le han dado esto?
—Me lo dieron ayer, en pagos retroactivos, en el piso dieciocho, me puse en cola, pero cuando llegué, ya estaba cerrada la ventanilla.
—Claro, como que tenemos que cerrar a la una en punto, para trabajo interno, ¿sabe? A ver, déjeme el impreso. ¡No te digo! Esos siempre liándola, mira que se lo tengo dicho, este impreso es el 34/82. Yo no puedo hacer nada, éste es para la solicitud del sello de conformidad final. Lo que usted necesita es la solicitud de validación previa.
—¿Y eso?
—Se lo voy a resolver porque uno es como es, pero eso se lo tenían que haber dicho en pagaduría general. Aquí tiene el impreso correcto para la solicitud de validación previa del sello, el impreso 27/95.
—Ya, ¿y con esto?
—Me rellena todas las casillas, apretando el bolígrafo, que se grabe bien la copia, que luego no se puede leer y tenemos las madres mías. 
—Ya, ya, apretando... ¿y luego?
—Cuando se lo hayan aceptado en validación, me trae usted la copia verde, le doy su copia roja y con esa va usted a pagaduría adjuntando el impreso 34/82, y si es correcto, le pedirán su número de cuenta para hacer el ingreso.
—¿Y si no tengo cuenta?
—Pues ya no le puedo yo decir...
—¿Sabe que le digo? Que para 27 cochinos euros que me cobraron de más hace tres años, se los pueden meter donde les quepa, envueltos en la hoja verde, la roja y la amarilla que le dejo aquí. Buenos días.
—Jope, como se ponen algunos a la más mínima.




jueves, 19 de marzo de 2020

O TEMPORA, O MORES



Cuentan los que de ello saben que Marco Tulio Cicerón, una vez se hubo zafado del intento de asesinato por parte de su colega Lucius Sergius Catilina, emprendió contra él una campaña en el Senado a la que se dio el nombre de Catilinarias. Corría el año 63 a.C. y la Republica Romana comenzaba a dar signos de agotamiento, tantos que no tardaría mucho en ser sustituida por el principado de Augusto. Pero eso no lo sabía entonces Catilina, al que se le atribuyen al menos dos conspiraciones, sobre las que no todos los estudiosos del tema se ponen de acuerdo. Sea como fuere, Cicerón en su primera catilinaria Oratio in Catilinam Prima in Senatu Habita, deploraba la perfídia y corrupción de su tiempo en general y de Catilina en particular, añorando otros tiempos de mejor factura con la frase que encabeza este artículo.
De las sabias enseñanzas que la historia nos proporciona, a poco que prestemos oreja atenta, se desprende que ya en tiempos pasados, las corruptelas, zancadillas y puñaladas políticas (y no tan políticas, si no que le pregunten al pobre Julio), eran de uso común, y que se añoraban tiempos anteriores de mayor bonanza. A lo que parece, poco hemos progresado, solo que ahora se trabaja con dinero negro, se destruyen ordenadores y se llevan los cuartos a Suiza, Andorra, Panamá o las Islas Caimán, por no hablar de comisiones reales.
Parece, la de volver la vista atrás con añoranza, práctica extendida entre literatos, con la idea de que cualquier tiempo pasado fuera mejor, como decía don Jorge cuando le sobrevino la orfandad. También el avellanado manchego se refería a ello al pronunciar ante ciertos cabreros: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos…”
Puede que resulte decepcionante, después de tantos siglos de “‘avances” comprobar que, en algunos aspectos, hemos adelantado tan poco. Ansiamos llegar a la luna y quién sabe dónde más, en un afán exploratorio que heredamos seguramente de nuestros ancestros primitivos. Sin embargo, hemos dedicado pocos esfuerzos a comprender el sentido de nuestra existencia, tanto personal como colectivamente. Y menos aún a crear una sociedad paritaria, igualitaria y justa alejándonos en lo posible de nuestros comportamientos instintivos, herramientas imprescindibles para prosperar en el inhóspito mundo heredado de nuestros parientes monos. Ya tendríamos que haber superado la naturaleza que compartimos con ellos merced a la gran conquista que nos hace diferentes: nuestro cerebro capaz de conferirnos una categoría espiritual y ética que ningún animal de nuestro mundo ha ostentado jamás.
Sin embargo, los comportamientos humanos siguen siendo los mismos: dominio de la sociedad por los menos solidarios, permanentes guerras de conquista o religión, indiferencia de las sociedades opulentas que gastan más dinero en dietas que los pobres en procurarse comida; aniquilamiento del que no piensa como nosotros o del que adora un dios diferente…
Varios millones de años de evolución, no parece que hayan servido para mucho, pero a lo mejor aún hay tiempo, habrá que tener paciencia.

¡O tempora o mores!



martes, 5 de noviembre de 2019

LÁGRIMAS POR EL MAR MENOR


Decía una de mis antepasadas: “Lloraría si no fuera porque en la guerra se me acabaron las lágrimas”. El tierno infante que yo era entonces, desconocía cuya era aquella guerra ni cuales habían sido sus devastadores efectos. Del tema se trataba en familia, sotto voce, interrumpido abruptamente en presencia de niños.
No he tenido que padecer ninguna guerra, como no haya sido la memoria recogida en algunos museos visitados, o en las lecturas imprescindibles para llegar a forjarme una idea clara de la doméstica que padecieron mis mayores. Me costó tiempo y trabajo desaprender las muchas falacias que sobre aquella desdichada contienda me contaron de una y otra parte.
Ahora, cuando veo la destrucción del Mar Menor, a la que he asistido como muchos de mis conciudadanos, con estupor y asombro, en un día a día prolongado a lo largo de muchos años, recuerdo aquella frase de mi antepasada y lloro con lágrimas del alma.
Lloro de rabia y de desánimo porque me siento responsable por inacción, por haber permitido la irrupción de políticos incompetentes a los que pusimos en sus puestos y no hemos sabido retirar a tiempo.
Recordando la época de mi infancia en la que aquel mar recoleto y familiar constituía un oasis de quietud y sosiego, me resulta imposible imaginar la vuelta a la placidez que los habitantes de la región recordamos.



¿Cabe en lo posible que el espanto arquitectónico de La Manga remita? ¿Que vuelva a su primigenio estado Puerto Mayor? ¿Que se abandonen las miles de hectáreas de cultivos con nitratos y “demonios coloraos” que acaban en el agua?  ¿Que se recompongan los tanques de tormenta que no han servido para nada? ¿Que se descontamine el acuífero superficial de agua dulce que acaba vertiendo nitratos al mar? ¿Que desaparezcan las desaladoras legales e ilegales? ¿Que se prohíban los barcazos de atronadores motores que surcan “la laguna” dejando un rastro de pestilente combustible? ¿Qué se retiren las arenas que las lluvias han de arrastrar inexorablemente hasta el fondo del mar? ¿Qué se dejen de verter los muchos emisarios que envían los detritus humanos al agua? ¿Qué se retiren los miles de “muertos” sembrados a discreción de cada cual en los muchísimos fondeaderos que abarrotan la costa? ¿Qué se construyan viviendas (muchas de ellas ilegales) en los cauces de las ramblas? Y sobre todo, ¿Que logremos poner al frente de nuestros recursos medioambientales a políticos eficaces y con formación suficiente, antes que a mequetrefes ignorantes atentos solo a la voz de su amo y a sacar el cuello una cuarta por encima de sus rivales políticos? ¿Qué las administraciones opten por un método más racional que echarse las culpas y responsabilidades, la local a la regional, ésta a la nacional, la nacional a la local, y vuelta a empezar?
Tantas circunstancias han contribuido a la colmatación de nuestro Mar Menor, y tantos disparates habría que enmendar, que justifican mi percepción de un futuro tenebroso. La vuelta a un ecosistema natural y sostenible como lo fuera en su día, es circunstancia que se me antoja harto improbable.
Deseo de todo corazón errar en mi vaticinio, sería una de las veces que con más alegría he aceptado equivocarme.
Para mayor ampliación de causas, véase el siguiente artículo de Ángel Montiel:


martes, 24 de septiembre de 2019

REFLEXIONES SOBRE EL DANA CON SANTOMERA AL FONDO

Vueltas las aguas a su cauce, en fase de lamernos las heridas, me parece adecuada una reflexión sobre los acontecimientos provocados por esta situación excepcional.
Fenómenos como el que ha acontecido, aunque poco frecuentes, no son desconocidos. Santomera ya sufrió con anterioridad riadas de efectos demoledores: septiembre de 1879 (800 muertos en Murcia y pedanías), septiembre de 1906 (31 muertos en Santomera), septiembre de 1947 (11 muertos en Santomera). Como remedio a las avenidas se construyó el pantano, terminado en 1966 –que probablemente nos ha librado en la presente de mayores males-, y el encauzamiento de la rambla salada.
Para más detalles, es interesante la página del Ministerio de Transición Ecológica que recoge las sucesivas y numerosas riadas ocurridas en la región desde el año 1259:  https://www.chsegura.es/chs/informaciongeneral/elorganismo/unpocodehistoria/riadas.html
Gozamos en la actualidad de una gran ventaja: la predicción de los fenómenos atmosféricos, que ayuda a que la catástrofe pueda ser anticipada, y en la medida de lo posible conjurada. Como decían los antiguos, más cercanos a la realidad que nuestra actual visión miope de la naturaleza, “cuando el agua viene, trae las escrituras bajo el brazo”. Hemos edificado en ramblas, escorrentías y zonas bajas, construido autovías y carreteras en parajes inundables con absoluto desprecio del trazado de los cauces tradicionales, hemos obstruido torrenteras, ramblizos y desagües naturales. Los consistorios de uno y otro signo que hemos padecido han mirado para otro lado cuando los arribistas han construido en medio de la huerta naves industriales sin más autorización que “el hecho consumado”, ayudando a la degradación del medio.
Nos sorprendemos de que cuando al cielo se le antoja soltar lastre –quizá aburrido de nuestra insensata interacción con el medio ambiente-, lo haga siguiendo sus leyes y no las nuestras. Nos limitamos a hacer la gracieta de dar al desastre el nombre del santo o la virgen del día que, por cierto, poco interés suelen tomar en el asunto.
En Santomera, las autoridades y los grupos de acción implicados, corporación municipal, bomberos, policía, guardia civil, UME, etc., han tenido una actuación impecable, generosa y abnegada. Sin escatimar esfuerzos y olvidando horas de sueño. El comportamiento del vecindario  ha sido ejemplar. Los cuatro tontos autores de noticias falsas y alguna alcaldesa de la Vega Baja desinformada e inconsciente, son solamente actuaciones que confirman el viejo dicho bíblico “stultorum numerus infinitus est”.
La cuestión de fondo es si los responsables que hemos puesto al frente de la gestión de los recursos públicos tienen los conocimientos y altura de miras adecuados para ejercer una política eficaz al respeto. Si son conscientes de que nuestra supervivencia y la de nuestros herederos depende de la gestión medioambiental que hagamos y no del politiqueo partidario, trasnochado y pueblerino. Unas palabras del director de la Confederación Hidrográfica del Segura, vertidas en los primeros días del DANA, reconocían el mal estado de los cauces como consecuencia de las restricciones motivadas por la crisis. Las próximas elecciones nos brindan la ocasión de reflexionar detenidamente.
Algunos municipios costeros han sufrido especialmente los efectos destructores de la riada. Hasta los menos informados saben que el curso natural de las aguas es hacia el mar, y no al revés. Si edificamos en ramblas y torrenteras difícilmente podremos confiar en que las avenidas cambien su curso natural para respetar las viviendas. Y si llenamos las playas del Mar Menor de toneladas de arena traída de lugares remotos no debería sorprendernos que, en caso de avenida, el agua las arrastre hacia el maltrecho fondo y acabe colmatándolo. Podemos maldecir a la naturaleza inclemente, pero sorprendernos de sus exabruptos es de tontos. Máxime cuando el cambio climático amenaza, según dicen los que de esto saben, con hacer que semejantes fenómenos se conviertan en habituales.
Al menos, serán predecibles y evitables en gran medida, si colaboramos con la naturaleza y no pretendemos vencerla. Eso, como en tantas ocasiones viene demostrado, resulta grave estulticia.
“Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais” diría remedando al personaje de Blade Runner, y como colofón dejo, este enlace con un artículo de Ángel Montiel que conviene releer cada vez que caigan cuatro gotas.


martes, 3 de septiembre de 2019

AQUEL MAR MENOR… (y II)


Soy “cliente” del Mar Menor desde hace muchos años, desde que tenía seis o siete hasta ahora, muchos decenios después. Primero lo cruzaba en un bote de aparejo latino llamado “San José”, ocasionalmente en veleros de amigos, ahora en un cayac que junto a mi reducida tripulación impulsamos, palada a palada, desde estaciones diversas: La Ribera, Villananitos, Los Alcázares, Los Nietos, Punta Brava, La Manga, dependiendo de dónde sople el viento de nuestro caprichoso destino. Y he asistido, al principio con indiferencia, después con estupor, ahora  con pena, al desastroso “desarrollo” de nuestro pequeño mar.
La Manga, una ligera lengua de tierra que lo separaba del “mar mayor”, se colmató en pocos años de edificios monstruosos, de miles de personas que la llenaban en verano con ríos de coches amontonados en el cuello de botella en que se convertía la única vía de acceso. Los pequeños barcos de pescadores se vieron desplazados por enormes navíos, seguramente diseñados para espacios de mayor envergadura, y de motos de agua –el artilugio más hortera y menos marinero del mundo- que aparecían inopinadamente a velocidades de vértigo, causando natural pavor a los descuidados bañistas.
Simultáneamente “el progreso” hizo que se desarrollara una agricultura intensiva en el campo de Cartagena, cuyos desechos y los de las desaladoras –en buena parte ilegales- vertían el subproducto salino a unas aguas que parecían digerirlo todo. Y no era así. Un espacio semi-cerrado como ese, tiene un límite. Quisimos hacer playas artificiales con arenas de procedencia ignota que pervirtieron el ecosistema, mientras los bañistas disfrutábamos creyendo que habíamos alterado la naturaleza en nuestro beneficio. Y tampoco era así. Llegó un momento en que el mar dijo “no puedo más”. Y se colapsó. Las aguas se volvieron pútridas, incapaces de digerir tanto vertido residual de los cultivos, tantos residuos mineros cargados de metales pesados, tantos emisarios que lo llenaban de nuestros detritus, tantos restos de combustible vertidos por los potentes motores que las surcan… mientras nuestras ineficaces administraciones miraban embobadas al feroz pelotazo urbanístico, a los rendimientos de una agricultura esquilmante, a la edificación sin tasa, a los beneficios inmediatos de tanto barco atracado por doquier sin orden ni concierto.
¿Catastrofismo? No, realidad. El daño ya está hecho. Los remedios, hasta ahora, han consistido en poner redes para que las invasoras medusas no se adhieran a las espaldas de los bañistas, o a propiciar autovías bancaleras para mayor afluencia del personal, que se hunden a los pocos años de su construcción convirtiéndose en peligrosa montaña rusa. La solución, otra chapuza, discos provisionales de limitación a 80 Km/h. que nadie respeta.
Hace poco, me comentaba un amigo viajero que en un lago alemán, de dimensiones parecidas a nuestra mal llamada “laguna salada”, solo estaba permitida la navegación a vela, a remo, o con motores eléctricos. Y uno se pregunta ¿no será posible –nunca es tarde- un plan integral y coherente capaz de revertir esta situación de la que todos somos responsables por inacción?
¿Cómo es posible que nuestros administradores –de cualquier signo que nos toque padecer- no escuchen de una vez por todas a los que de verdad saben del tema –que los hay, aunque no en abundancia- y se apresuren con la valentía necesaria a poner coto a este desafuero?
¿O será que estamos condenados para siempre a clamar en un desierto, esta vez marino?


martes, 27 de agosto de 2019

AQUEL MAR MENOR…


Hace ya tanto tiempo que si creyera en la reencarnación, me parecería que fue en una vida anterior. El Mar Menor era entonces refugio estival de menos categoría que las elegantes playas de Torrevieja. Algo más asequible para una población murciana de posguerra que descubría tímidamente “el veraneo”. La gente más selecta se agrupaba en La Ribera (aún no se había descubierto La Manga), y los menos pudientes se desparramaban, hacia un lado por Los Alcázares, Los Narejos, Los Urrutias y Los Nietos. La Puntica y Villananitos hacia el otro. A mí me tocó esta última opción, entonces con escasos habitantes incluso en verano: el Castillo de Trucharte, hoy desaparecido; la taberna de Cruz “La Negrilla”, maestra velera y cabeza de una larga saga de pescadores; la casa señorial de los Sanz Quesada (¡el inolvidable “Pocholo”!), rodeada por un jardín abandonado donde resistían heroicamente unos escuálidos cerezos; los Yáñez constructores un poco más abajo, junto a la casa de la tía “Pereta”; algo más lejos los Clavel Escribano…Una suerte de desierto plácido donde los muchachos asilvestrados pasábamos el día de correrías infantiles a imagen de los piratas de la Malasia, cuyas fantasías devorábamos en las interminables siestas de silencio y sol implacable.
Los chiquillos nos dedicábamos a la captura tempranera de cangrejos para la sopa, a coger sin esfuerzo algún perezoso caballito de mar, entonces tan abundantes, o a surcar las aguas de aquel mar que nos parecía inmenso y limpio en un botecillo de remos. En el Mar Menor jamás hubo playas de arena. Los barcos de pescadores salían de madrugada, con frecuencia bogando a falta de viento, hacia La Manga desierta donde habían calado redes la tarde anterior. Acabada la pesquera, con la morralla invendible, un puñado de arroz, unos ajos y dos ñoras fritas, componían un exquisito caldero que reparaba de forma adecuada el esfuerzo del madrugón.
Con la mejora de nuestra autárquica economía a partir de los años sesenta, “el progreso” comenzó a extenderse y los avispados descubrieron el incipiente pelotazo urbanístico. La pinada lindera al Castillo de Trucharte y cuanto la rodeaba cayó bajo la piqueta que no se detuvo, casi por milagro, sino en el Molino de Quintín, donde comenzaban las primeras balsas de las salinas.
Cierto que el progreso es bueno (si supiéramos donde conduce), pero no es menos cierto que sus efectos secundarios (lo que los americanos llaman “fuego amigo”) pueden ser demoledores.
Lo que entonces eran unos miles de personas que ocupaban modestas casitas veraniegas, a veces sin agua corriente y con una electricidad precaria, se multiplicó de forma exponencial. Fueron centenares de miles los que acudieron a las riberas de nuestro mar doméstico. El progreso nos ha traído necesidades que multiplican varias veces las de entonces, y no hablemos de la agricultura extensiva en la zona cartagenera, los vertidos mineros, las motos y barcos que parecen trasatlánticos regando las aguas de petróleo, los emisarios que más o menos depurados tiran nuestros desechos al mar… El sistema, sencillamente, no da más de sí. Y se ha rendido. El agua se ha contaminado, la luz solar no llega hasta el fondo y las algas no prosperan, las medusas y los cangrejos invasores han descubierto un paraíso en decadencia, las arenas traídas de no se sabe dónde conteniendo no se sabe qué han alterado el ecosistema…
Podemos echarle la culpa a los políticos (que seguro tienen su parte) o a quien queramos, pero la responsabilidad es de todos. Somos hijos de la naturaleza y, en vez de adaptarnos a ella, hemos querido dominarla y ponerla a nuestro servicio. Ese error lo pagaremos caro. Si no nosotros (la vida del hombre es efímera), nuestros hijos o nuestros nietos. Este soporte, que con un orgullo ciego hemos creído dominar, un día, cada vez más cercano, acabará con nosotros.
¿Quiere eso decir que debemos desesperar? ¡No y mil veces no! Debemos luchar con todas nuestras fuerzas para revertir esta situación. Primero concienciándonos cada uno de nosotros, luego concienciando a los que nos rodean, después eligiendo cuidadosamente a quienes deben representarnos y cuidar eficazmente del patrimonio común. Y condenando al ostracismo sine die a los malos políticos que han permitido el deterioro de nuestro entorno y las construcciones megalómanas que solo han servido para que se enriquezcan ellos y sus amiguetes.
Los franceses tuvieron su revolución. Es hora de que hagamos la nuestra, pacífica y serena, pero tan contundente como aquella. Así empezó Gandhi y echó a los ingleses invasores de su país.

miércoles, 26 de junio de 2019

TRATOS Y PACTOS


Maurice Druon en la recomendable serie “Los reyes malditos”, hace referencia, entre otros muchos acontecimientos históricos, al acaecido en tiempos de Felipe V de Francia durante sus complejas relaciones con el papado.
A la muerte del pontífice Clemente V (1264-1314), resultaba procedente el nombramiento de otro papa. Dado el carácter de autoridad que la Iglesia detentaba en aquella época (y en las posteriores), la elección del jefe de la Iglesia Católica tenía importantes connotaciones políticas, de ahí que los príncipes cristianos procuraran arrimar el ascua a su sardina influyendo en el conclave para que la elección recayera en persona afín a sus deseos y objetivos.
Los cardenales de todo el mundo cristiano se reunieron en  el conclave de Lyon (1314-1316), pero las muchas presiones a que se veían sometidos hicieron que el conclave resultara fallido una y otra vez.
Felipe V, conocido familiarmente como El largo, que pretendía un papa de su país y a ser posible en territorio galo, incomodado por las disputas sin resultado de los cardenales, decidió prepararles una emboscada encerrándolos en la iglesia del convento de los dominicos de Lyon a la que había hecho retirar el techo para mejorar en lo posible la influencia del Espíritu Santo, actor imprescindible en ese tipo de negociaciones. A los cardenales encerrados solo se les permitió un sirviente por venerable cabeza, y escasas raciones de pan y agua por toda comida, lo que al parecer del monarca había de redundar favorablemente en la salud física y claridad mental de los ponentes.
La medida resultó altamente eficaz, hasta el punto de que surtió el efecto apetecido en breve espacio de tiempo, resultando elegido Jacques Duèze, a partir de cuyo momento sería conocido en toda la cristiandad con el nombre de Juan XXII, que fijó a renglón seguido su residencia en Aviñón, Francia.
Y hasta aquí el hecho-anécdota que nos proporciona motivo para reflexionar sobre las circunstancias políticas por las que atravesamos, en las que las sentadas, reuniones y pactos, se han convertido en el azote informativo de nuestros días. Imaginemos que, a modo del Largo, encerráramos a los políticos “pactables” en lugar inhóspito y sin techo, sin más alimento ni cuidado que el proporcionado a los cardenales de nuestra historia. Estoy seguro de que la medida podría alcanzar resultados tan halagüeños como los que obtuvo el conclave de Lyon de 1316.
Es idea que brindo desinteresadamente a cuantos tengan interés en poner a trabajar a los políticos en la difícil tarea de propiciar el bien común, por encima de los objetivos partidarios y al margen de las consignas de los “aparatos” de los partidos que, con frecuencia, confunden el bien común con el propio.




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