A Micol.
Un amigo médico me da noticia del triste final de una de sus pacientes. Afectada de una enfermedad terminal y sin encontrar la ayuda necesaria para acabar con un sufrimiento que no se sentía capaz de resistir por más tiempo, le puso fin arrojándose por una ventana.
Me ha recordado este asunto el artículo, que sobre el mismo tema, publiqué en una revista en marzo de 2008. Como podrá apreciar el sufrido lector, las cosas han cambiado poco desde entonces.
*
El caso de Eluana, la muchacha italiana desconectada por fin de los aparatos que la habían mantenido en una pseudo-vida durante 17 años, ha vuelto a desencadenar la polémica sobre un tema de tanta sensibilidad e importancia como para mantener radicalmente dividida a la sociedad de muchos países.
Me recuerda este, el caso de Ramón Sampedro, un gallego tetrapléjico atado durante muchos años a una cama, defensor a ultranza de la eutanasia, a la que por fin pudo acceder de forma un tanto rocambolesca, con la ayuda de amigos. La justicia cubrió con un piadoso manto las posibles responsabilidades y el caso permanece vivo en una estupenda película protagonizada por Javier Bardem.
En aquel momento de fuerte debate televisivo y social, tuve ocasión de presenciar un espacio en el que se contrastaba la postura de Sampedro con la de un sacerdote católico reducido a situación parecida que, sin embargo la afrontaba con presupuestos diametralmente opuestos. El sacerdote, no sé si debido a la fe que profesaba o a otras razones, postulaba (y llevaba a la práctica) su voluntad de continuar su vida, aun reducido a una silla de ruedas que solo podía accionar con la barbilla. Asumía las servidumbres de todo tipo que tal estado comportaba de la forma más activa y participativa posible. Aceptaba con resignación su situación, aún creyéndola injusta.
Ambas posturas me parecieron dignas de respeto y en absoluto antagónicas. Creo que la esencia de la convivencia y su manifestación político-social como modelo, la democracia, consiste en que posiciones diferentes e incluso enfrentadas puedan coexistir y ser compatibles sin necesidad de que una de ellas tenga que laminar a la otra. No creo en la desafortunada frase “El que no está conmigo está contra mí” (Luc.11, 14, 24) y estoy en radical desacuerdo con los que la practican. Creo que los que así piensan son un peligro para la comunidad a la que se creen en la obligación de conducir por los raíles de su creencia, sin más razones que una fe, que nadie cuestiona pero que los demás no tienen por qué asumir. Esta necesidad enfermiza de que todos compartamos las mismas ideas, me trae a la memoria la canción de los monos de Ruyard Kipling en El libro de las Tierras vírgenes, “Nuestra es la verdad, porque somos muchos y todos decimos lo mismo”.
Con todo el respeto que me merecen las instituciones, cuyas normas acato aún en mis desacuerdos puntuales, creo que debería revisarse la legislación de este país de manera que hubieran soluciones para todas las tendencias sin más limitación que el libre albedrio y la conciencia de cada uno, siempre que no se invada la libertad de los demás.
Que yo sepa, nadie ha propuesto jamás que opciones como la eutanasia, el aborto, los anticonceptivos, el matrimonio homosexual, etc. sean obligatorias para nadie.
La creencia es absolutamente respetable... para aquellos que la profesan. Los demás tienen el mismo derecho que ellos a pensar y practicar –insisto en la libertad de todos-, lo que les parezca más oportuno.
Revista “La Calle”. Santomera, Marzo 2008.














