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sábado, 18 de julio de 2020

LABRADOR


A la memoria de Ramón ‘el Estuto’, allá donde se encuentre.
Labrador,
ya eres más de la tierra que del pueblo.
Cuando pasas, tu espalda huele a campo.
Ya barruntas la lluvia y te esponjas.
Ya eres casi de barro.
De tanto arar, ya tienes dos raíces
debajo de tus pies heridos y anchos.
(Gloria Fuertes)

El hombre apura el vaso y chasquea la lengua complacido. El vinillo de la tierra, clarete y áspero, parece menos agrio que otros años. Se complace pensando que aún le quedan tres grandes damajuanas llenas, bien selladas, durmiendo en el frescor del sótano. Calcula que le hasta que las uvas maduren en octubre.
Aparta el plato, se levanta de la mesa y no puede evitar un gesto de dolor. La espalda se resiente después de un día duro. Atraviesa la puerta del cortijo y sale a la era. Es de noche y la luna creciente brilla. Faltan cuatro días para que esté llena. El hombre se sienta en el poyete junto a la puerta y se reclina contra la pared desconchada de la casa. Ha sido un día fuerte pero bien aprovechado. Se levantó al alba y, mientras los mulos daban cuenta del primer pienso fue a inspeccionar la era donde los muchachos extendían la mies. Las hijas ayudan a los hombres mientras la madre enciende el fuego y prepara los tazones de leche con achicoria. El padre saca el trillo con piedras de sílex incrustadas y prepara los atalajes de las bestias. No le gusta dejar esa faena a los muchachos que no acaban nunca de hacerla a su gusto. Enseguida empiezan la trilla. Los mulos, engandulados todavía, se muestran remisos a emprender la marcha. El látigo que acaricia los lomos con firmeza los convence de que no valen triquiñuelas. Arrancan a un trote cochinero que no les será permitido abandonar hasta el mediodía, cuando la parva se haya reducido a polvo.
A la hora de comer el hombre da orden de parar. El sol está en su zenit y fatiga en demasía a personas y animales. No corre viento aún. Es hora de tomar un bocado y hacer un alto hasta que el calor remita.
A una voz del amo la mujer sale de la casa con una gran sartén de rabo largo llena de migas blancas y esponjosas. En el centro, como diamantes negros, los tropezones de tocino, hígado y asadura. La coloca sobre los trébedes bajo la sombra entreverada de la parra. Los hombres se aproximan y esperan a que el patrón saque la primera cucharada. Comen despacio, a grandes bocados que mastican lentamente. A cada uno el ama le ha servido un tazón lleno de caldo caliente donde flotan pimientos secados al sol, es ‘el remojón’ que ayuda a suavizar las migas. El amo mantiene el porrón a su lado en el suelo y lo pone en circulación cuando le parece oportuno. Los hombres, por turno, se lo echan a la cara y dejan que el hilillo trasparente les acaricie los labios entrecerrados. Después alguien saca una petaca que recorre el círculo y fuman todos en el mismo silencio concentrado. El cuerpo cansado es poco proclive a la conversación ociosa. Queda mucho día por delante.
A media tarde, cuando la sombra del cortijo se ha alargado, comienza a soplar el airecillo de la sierra. La era está situada en un altozano en el centro del valle, expuesta a los cuatro vientos. Lleva allí toda la vida.  Pudo ser obra del abuelo o del padre del abuelo, vaya usted a saber. Quienquiera que fuera, sabía el oficio. Las lajas de piedra siguen firmes y encajadas como el primer día, el lugar perfecto para aventar la parva que ya está preparada. Los hombres, provistos de largas palas de encina, lanzan la mies al viento. El grano cae cerca y la paja va amontonándose, un poco más lejos, en un largo caballón adonde el viento la arrastra,
Al anochecer se acaba la faena. Los sacos de trigo se alinean junto a la pared de la casa, listos para llevarlos al granero cuando acaben de perder la humedad.

El hombre se recuesta un poco más y estira las piernas doloridas. La trilla ha terminado. Han sido días intensos, pero valió la pena. La cosecha es buena. Hay cebada y trigo suficiente para el año y aún se podrá vender una buena parte. Se trasformará en harina de primera en el molino maquilero; alimentará a hombres y animales, engordará la cochina y parirá, si Dios quiere, un buena camada; los embutidos colgarán de las cañas, cabe el techo; las orzas panzudas rebosarán de lomos y costillejas en aceite. Se avecina un buen año.

Se levanta poco a poco, tentándose los riñones que le arden y se encamina a la casa a paso lento. Mañana será otro día.


sábado, 25 de abril de 2020

VIRUS Y DIOSES


Las pestes, epidemias o pandemias, vienen acompañando al hombre desde su primitivo asentamiento en este planeta, que comenzó siendo infinito para los pocos miles de pobladores que se expandieron por él en un principio, y ha acabado por reducirse ante el crecimiento en progresión geométrica de nuestra especie.
Si nos referimos a la pequeña parte del mundo del que tenemos noticia los europeos, conocemos las "pestes" desde tiempos bíblicos: las diez plagas de Egipto; la plaga de Justiniano en el S.I que se llevó por delante a unos 25 millones de personas; la plaga Antonina o plaga de Galeno, hacia el año 170 (igual que la anterior, de sarampión, de viruela o de ambas cosas), que mató a unos cinco millones de personas; la peste de Justiniano (541) entre 30 y 50 millones de muertos; la Peste Negra de 1347, unos 200 millones de personas. Y así sucesivamente, pasando por las grandes pestes del siglo XVIII, el cólera, la gripe española (que no era española) de 1918 que mató entre 40 y 50 millones; la gripe rusa, la gripe asiática; el VIH que se instaló entre nosotros para quedarse, en 1981 y lleva causadas entre 25 y 35 millones de muertes, y una larga serie de pestes y epidemias que harían esta relación interminable.
A la vista de esta somera exposición de datos, cabría preguntarse: ¿A que se deben estas epidemias, pandemias, infecciones o cualquier otro nombre que quiera darse al fenómeno? Caben dos grandes grupos de explicaciones: las científicas y las religiosas. Ambas, hasta tiempos recientes, han estado muy mezcladas. En el primer grupo de razones también podríamos hacer dos grandes subgrupos: bacterias y virus. Las bacterias son "bichitos" que nos invaden -muchos de ellos nos acompañan de por vida y su acción nos resulta imprescindible-, y a los cuales se puede combatir con medios, digamos "naturales", como los antibióticos. Si los antibióticos se hubieran conocido en la Edad Media, la Peste Negra y su variedad más mortífera la Septicémica, causadas por la bacteria Yersiria pestis, otro gallo les hubiera cantado. 
Los virus, a diferencia de las bacterias, son "partículas formadas por ácidos nucleicos, es decir, moléculas largas de ADN o ARN, rodeados de proteínas, con capacidad para reproducirse a expensas de las células que invaden". Necesitan un "huésped" para sobrevivir, pues a la intemperie mueren en un plazo más o menos largo. Aun así, el virus tampoco desea la muerte del huésped, que sería la suya propia, por lo que espera que el huésped desarrolle un sistema de equilibrio que les permita coexistir a los dos mientras siguen infectando. Ahí entran las vacunas.
Ambas formas de peste pueden ser atribuidas a dos grandes conjuntos según su origen: el científico y el religioso. En el primero están los que lo suponen consecuencia de mutaciones genéticas o proveniente de animales en los que existe como huésped habitual. En el segundo, los que tienen por cierto que se trata de un castigo divino de razones desconocidas. Para el primer caso solo hay que esperar que el sistema inmunológico del afectado reaccione ayudado por tratamiento sintomático y toda suerte de medidas profilácticas. Para el segundo, las plegarias o hecatombes.
Dado que entre los 7.500 millones de personas (más o menos) que actualmente poblamos La Tierra hay seguidores de varios miles de dioses, se trataría de averiguar cuál de ellos ha sido el causante del estropicio. Y si no ha sido el de nuestra preferencia, rogarle que tras la hábil negociación con el dios causante, le convenza de que haga remitir el fenómeno. Por su parte, los no creyentes opinarán que es más práctico encomendarse a los cuidados de la ciencia y dejar el mundo de la creencia a los administradores de los dioses en La Tierra que tan bien suelen gestionar sus recursos.


martes, 14 de abril de 2020

MI AMIGO EL PASTOR


Tengo un amigo campesino al que algunas tardes acompaño en su pastoreo. Me lleva por montes y cañadas llenas de encanto, al ritmo lento que las cabras siguen, mientras van alimentándose de cuanto les sale al paso. Los tres perros, gos d’atura, bien entrenados, se cuidan de que el grupo permanezca unido. Delante, con una enorme cencerra que casi le arrastra por el suelo, va un viejo macho de luengas barbas, con cuernos grandes y retorcidos. Mi amigo y yo aprovechamos el momento para rememorar viejos tiempos, recordar la infancia que compartimos, y dedicar un añorante recuerdo a la gente con la que ya no podemos contar. A pesar de que vive retirado del mundo, está bien informado de las circunstancias políticas que nos agobian. Tiene por compañía permanente una radio diminuta que lo mantiene al día. 
Aquella tarde, mientras el ganado seguía a lo suyo, nos acomodamos sobre unas rocas a echar un cigarro. Los perros, a nuestros pies, parecían seguir la plática de mi amigo. 
- ¿Te acuerdas de la familia que vivía en el cortijo de la loma, al final de la cañada? La pareja con cinco o seis hijos ocupaba una casa medio derruida y un patio lleno de escombros. Por toda ayuda tenían una burra vieja que el patrón había desechado. El padre trabajaba en lo que podía. Si había jornal, se comía, si no, se ayunaba. Los chiquillos, a los seis años ya llevaban el ganado del amo. La madre no paraba en todo el día y siempre llevaba un chiquillo mamantón colgando del costado. Todos estaban secos como espátulas. El amo era rico y malo, la mujer, avariciosa. Disfrutaban de todas las comodidades y mataban un par de cochinos todos los años. La despensa rebosaba y sus hijos merendaban pan blanco con chocolate sobre rebanadas de pringüe, mientras los hijos del jornalero los miraban con ojos desencajados y barrigas a punto de explotar. De vez en cuando, la señorita llamaba a la madre al cortijo para entregarle un exiguo “presente” de la matanza. Hacía que se lo diera su hijo para enseñarle a tener caridad con los pobres.
Han pasado los años. Los hijos del señorito se hicieron marxistas, luego comunistas y han acabado en socialistas. Los hijos del bracero se hicieron de Alianza Popular, luego del PP, y han acabado en Vox. ¿Qué te parece?
Los perros y yo guardamos silencio.



viernes, 27 de marzo de 2020

EL SELLO


—Perdone, ¿la dirección de pagos retroactivos? Me han mandado esta carta, dice que me cobraron de más en la liquidación de hace tres años y me tienen que devolver un dinero...
—A ver, déjeme...si, un pago retroactivo por exceso de cabida en la declaración  anual...Planta dieciocho, sección segunda.
—Gracias, ¿el ascensor?
—Al fondo del pasillo, donde está la gente esperando.
—¿Todos van al mismo sitio?
—Eso creo, hay muchos pagos estos días. Como es fin de mes, se amontona la faena.
*
—Perdone, ¿esta ventanilla es la de pagos retroactivos? Recibí esta carta ayer. Llevo haciendo cola desde las nueve, pero cuando ha llegado mi turno, me han mandado aquí.
—A ver la carta. Esto es para un cobro retroactivo, ¿no? ¿El interesado es Ud.?, déjeme su DNI...si, correcto, aquí dice..., efectivamente, se le adeuda la cantidad... pero este oficio no tiene sello, tiene la firma del pagador pero no tiene sello, ¿lo ve?
—Ya, pero yo lo he recibido así.
—Correcto, correcto, pero hace falta el sello, sin sello no le puedo facilitar el impreso 32/68 para que pagaduría haga efectiva la libranza de la autorización de pago, ¿me sigue?
—Le sigo, le sigo, ¿pero ahora que hago?
—Muy sencillo, aquí tiene este impreso por triplicado, lo rellena y lo presenta en la sección de solicitud de sellos. Impreso 34/82, apriete el boli que quede clara la copia roja, que es para usted…Siguiente.
—Perdone, una cosa más ¿donde es la sección de solicitud de sellos?
—En la planta catorce, los ascensores allá al fondo, verá la cola enseguida. Siguiente...
*
—Buenas, ¿la sección de solicitud de sellos para pagos retroactivos?
—No es en esta ventanilla, es en la de al lado, pero ya está cerrada, ¿no ve que es la una y cinco?
—Ya, pero llevo más de una hora haciendo cola
—Sí, sí, y los demás también, qué más quisiera yo que poder atenderle, pero este es el negociado de pagos demorados y el suyo no lo es, ¿verdad? Vuelva mañana temprano, que hay menos gente.
*
—Buenas, me han dicho que a esta notificación le falta el sello. Aquí traigo el impreso 34/82 cumplimentado, las copias...
—¿Donde le han dado esto?
—Me lo dieron ayer, en pagos retroactivos, en el piso dieciocho, me puse en cola, pero cuando llegué, ya estaba cerrada la ventanilla.
—Claro, como que tenemos que cerrar a la una en punto, para trabajo interno, ¿sabe? A ver, déjeme el impreso. ¡No te digo! Esos siempre liándola, mira que se lo tengo dicho, este impreso es el 34/82. Yo no puedo hacer nada, éste es para la solicitud del sello de conformidad final. Lo que usted necesita es la solicitud de validación previa.
—¿Y eso?
—Se lo voy a resolver porque uno es como es, pero eso se lo tenían que haber dicho en pagaduría general. Aquí tiene el impreso correcto para la solicitud de validación previa del sello, el impreso 27/95.
—Ya, ¿y con esto?
—Me rellena todas las casillas, apretando el bolígrafo, que se grabe bien la copia, que luego no se puede leer y tenemos las madres mías. 
—Ya, ya, apretando... ¿y luego?
—Cuando se lo hayan aceptado en validación, me trae usted la copia verde, le doy su copia roja y con esa va usted a pagaduría adjuntando el impreso 34/82, y si es correcto, le pedirán su número de cuenta para hacer el ingreso.
—¿Y si no tengo cuenta?
—Pues ya no le puedo yo decir...
—¿Sabe que le digo? Que para 27 cochinos euros que me cobraron de más hace tres años, se los pueden meter donde les quepa, envueltos en la hoja verde, la roja y la amarilla que le dejo aquí. Buenos días.
—Jope, como se ponen algunos a la más mínima.




jueves, 19 de marzo de 2020

O TEMPORA, O MORES



Cuentan los que de ello saben que Marco Tulio Cicerón, una vez se hubo zafado del intento de asesinato por parte de su colega Lucius Sergius Catilina, emprendió contra él una campaña en el Senado a la que se dio el nombre de Catilinarias. Corría el año 63 a.C. y la Republica Romana comenzaba a dar signos de agotamiento, tantos que no tardaría mucho en ser sustituida por el principado de Augusto. Pero eso no lo sabía entonces Catilina, al que se le atribuyen al menos dos conspiraciones, sobre las que no todos los estudiosos del tema se ponen de acuerdo. Sea como fuere, Cicerón en su primera catilinaria Oratio in Catilinam Prima in Senatu Habita, deploraba la perfídia y corrupción de su tiempo en general y de Catilina en particular, añorando otros tiempos de mejor factura con la frase que encabeza este artículo.
De las sabias enseñanzas que la historia nos proporciona, a poco que prestemos oreja atenta, se desprende que ya en tiempos pasados, las corruptelas, zancadillas y puñaladas políticas (y no tan políticas, si no que le pregunten al pobre Julio), eran de uso común, y que se añoraban tiempos anteriores de mayor bonanza. A lo que parece, poco hemos progresado, solo que ahora se trabaja con dinero negro, se destruyen ordenadores y se llevan los cuartos a Suiza, Andorra, Panamá o las Islas Caimán, por no hablar de comisiones reales.
Parece, la de volver la vista atrás con añoranza, práctica extendida entre literatos, con la idea de que cualquier tiempo pasado fuera mejor, como decía don Jorge cuando le sobrevino la orfandad. También el avellanado manchego se refería a ello al pronunciar ante ciertos cabreros: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos…”
Puede que resulte decepcionante, después de tantos siglos de “‘avances” comprobar que, en algunos aspectos, hemos adelantado tan poco. Ansiamos llegar a la luna y quién sabe dónde más, en un afán exploratorio que heredamos seguramente de nuestros ancestros primitivos. Sin embargo, hemos dedicado pocos esfuerzos a comprender el sentido de nuestra existencia, tanto personal como colectivamente. Y menos aún a crear una sociedad paritaria, igualitaria y justa alejándonos en lo posible de nuestros comportamientos instintivos, herramientas imprescindibles para prosperar en el inhóspito mundo heredado de nuestros parientes monos. Ya tendríamos que haber superado la naturaleza que compartimos con ellos merced a la gran conquista que nos hace diferentes: nuestro cerebro capaz de conferirnos una categoría espiritual y ética que ningún animal de nuestro mundo ha ostentado jamás.
Sin embargo, los comportamientos humanos siguen siendo los mismos: dominio de la sociedad por los menos solidarios, permanentes guerras de conquista o religión, indiferencia de las sociedades opulentas que gastan más dinero en dietas que los pobres en procurarse comida; aniquilamiento del que no piensa como nosotros o del que adora un dios diferente…
Varios millones de años de evolución, no parece que hayan servido para mucho, pero a lo mejor aún hay tiempo, habrá que tener paciencia.

¡O tempora o mores!



martes, 5 de noviembre de 2019

LÁGRIMAS POR EL MAR MENOR


Decía una de mis antepasadas: “Lloraría si no fuera porque en la guerra se me acabaron las lágrimas”. El tierno infante que yo era entonces, desconocía cuya era aquella guerra ni cuales habían sido sus devastadores efectos. Del tema se trataba en familia, sotto voce, interrumpido abruptamente en presencia de niños.
No he tenido que padecer ninguna guerra, como no haya sido la memoria recogida en algunos museos visitados, o en las lecturas imprescindibles para llegar a forjarme una idea clara de la doméstica que padecieron mis mayores. Me costó tiempo y trabajo desaprender las muchas falacias que sobre aquella desdichada contienda me contaron de una y otra parte.
Ahora, cuando veo la destrucción del Mar Menor, a la que he asistido como muchos de mis conciudadanos, con estupor y asombro, en un día a día prolongado a lo largo de muchos años, recuerdo aquella frase de mi antepasada y lloro con lágrimas del alma.
Lloro de rabia y de desánimo porque me siento responsable por inacción, por haber permitido la irrupción de políticos incompetentes a los que pusimos en sus puestos y no hemos sabido retirar a tiempo.
Recordando la época de mi infancia en la que aquel mar recoleto y familiar constituía un oasis de quietud y sosiego, me resulta imposible imaginar la vuelta a la placidez que los habitantes de la región recordamos.



¿Cabe en lo posible que el espanto arquitectónico de La Manga remita? ¿Que vuelva a su primigenio estado Puerto Mayor? ¿Que se abandonen las miles de hectáreas de cultivos con nitratos y “demonios coloraos” que acaban en el agua?  ¿Que se recompongan los tanques de tormenta que no han servido para nada? ¿Que se descontamine el acuífero superficial de agua dulce que acaba vertiendo nitratos al mar? ¿Que desaparezcan las desaladoras legales e ilegales? ¿Que se prohíban los barcazos de atronadores motores que surcan “la laguna” dejando un rastro de pestilente combustible? ¿Qué se retiren las arenas que las lluvias han de arrastrar inexorablemente hasta el fondo del mar? ¿Qué se dejen de verter los muchos emisarios que envían los detritus humanos al agua? ¿Qué se retiren los miles de “muertos” sembrados a discreción de cada cual en los muchísimos fondeaderos que abarrotan la costa? ¿Qué se construyan viviendas (muchas de ellas ilegales) en los cauces de las ramblas? Y sobre todo, ¿Que logremos poner al frente de nuestros recursos medioambientales a políticos eficaces y con formación suficiente, antes que a mequetrefes ignorantes atentos solo a la voz de su amo y a sacar el cuello una cuarta por encima de sus rivales políticos? ¿Qué las administraciones opten por un método más racional que echarse las culpas y responsabilidades, la local a la regional, ésta a la nacional, la nacional a la local, y vuelta a empezar?
Tantas circunstancias han contribuido a la colmatación de nuestro Mar Menor, y tantos disparates habría que enmendar, que justifican mi percepción de un futuro tenebroso. La vuelta a un ecosistema natural y sostenible como lo fuera en su día, es circunstancia que se me antoja harto improbable.
Deseo de todo corazón errar en mi vaticinio, sería una de las veces que con más alegría he aceptado equivocarme.
Para mayor ampliación de causas, véase el siguiente artículo de Ángel Montiel:


martes, 24 de septiembre de 2019

REFLEXIONES SOBRE EL DANA CON SANTOMERA AL FONDO

Vueltas las aguas a su cauce, en fase de lamernos las heridas, me parece adecuada una reflexión sobre los acontecimientos provocados por esta situación excepcional.
Fenómenos como el que ha acontecido, aunque poco frecuentes, no son desconocidos. Santomera ya sufrió con anterioridad riadas de efectos demoledores: septiembre de 1879 (800 muertos en Murcia y pedanías), septiembre de 1906 (31 muertos en Santomera), septiembre de 1947 (11 muertos en Santomera). Como remedio a las avenidas se construyó el pantano, terminado en 1966 –que probablemente nos ha librado en la presente de mayores males-, y el encauzamiento de la rambla salada.
Para más detalles, es interesante la página del Ministerio de Transición Ecológica que recoge las sucesivas y numerosas riadas ocurridas en la región desde el año 1259:  https://www.chsegura.es/chs/informaciongeneral/elorganismo/unpocodehistoria/riadas.html
Gozamos en la actualidad de una gran ventaja: la predicción de los fenómenos atmosféricos, que ayuda a que la catástrofe pueda ser anticipada, y en la medida de lo posible conjurada. Como decían los antiguos, más cercanos a la realidad que nuestra actual visión miope de la naturaleza, “cuando el agua viene, trae las escrituras bajo el brazo”. Hemos edificado en ramblas, escorrentías y zonas bajas, construido autovías y carreteras en parajes inundables con absoluto desprecio del trazado de los cauces tradicionales, hemos obstruido torrenteras, ramblizos y desagües naturales. Los consistorios de uno y otro signo que hemos padecido han mirado para otro lado cuando los arribistas han construido en medio de la huerta naves industriales sin más autorización que “el hecho consumado”, ayudando a la degradación del medio.
Nos sorprendemos de que cuando al cielo se le antoja soltar lastre –quizá aburrido de nuestra insensata interacción con el medio ambiente-, lo haga siguiendo sus leyes y no las nuestras. Nos limitamos a hacer la gracieta de dar al desastre el nombre del santo o la virgen del día que, por cierto, poco interés suelen tomar en el asunto.
En Santomera, las autoridades y los grupos de acción implicados, corporación municipal, bomberos, policía, guardia civil, UME, etc., han tenido una actuación impecable, generosa y abnegada. Sin escatimar esfuerzos y olvidando horas de sueño. El comportamiento del vecindario  ha sido ejemplar. Los cuatro tontos autores de noticias falsas y alguna alcaldesa de la Vega Baja desinformada e inconsciente, son solamente actuaciones que confirman el viejo dicho bíblico “stultorum numerus infinitus est”.
La cuestión de fondo es si los responsables que hemos puesto al frente de la gestión de los recursos públicos tienen los conocimientos y altura de miras adecuados para ejercer una política eficaz al respeto. Si son conscientes de que nuestra supervivencia y la de nuestros herederos depende de la gestión medioambiental que hagamos y no del politiqueo partidario, trasnochado y pueblerino. Unas palabras del director de la Confederación Hidrográfica del Segura, vertidas en los primeros días del DANA, reconocían el mal estado de los cauces como consecuencia de las restricciones motivadas por la crisis. Las próximas elecciones nos brindan la ocasión de reflexionar detenidamente.
Algunos municipios costeros han sufrido especialmente los efectos destructores de la riada. Hasta los menos informados saben que el curso natural de las aguas es hacia el mar, y no al revés. Si edificamos en ramblas y torrenteras difícilmente podremos confiar en que las avenidas cambien su curso natural para respetar las viviendas. Y si llenamos las playas del Mar Menor de toneladas de arena traída de lugares remotos no debería sorprendernos que, en caso de avenida, el agua las arrastre hacia el maltrecho fondo y acabe colmatándolo. Podemos maldecir a la naturaleza inclemente, pero sorprendernos de sus exabruptos es de tontos. Máxime cuando el cambio climático amenaza, según dicen los que de esto saben, con hacer que semejantes fenómenos se conviertan en habituales.
Al menos, serán predecibles y evitables en gran medida, si colaboramos con la naturaleza y no pretendemos vencerla. Eso, como en tantas ocasiones viene demostrado, resulta grave estulticia.
“Yo he visto cosas que vosotros jamás creeríais” diría remedando al personaje de Blade Runner, y como colofón dejo, este enlace con un artículo de Ángel Montiel que conviene releer cada vez que caigan cuatro gotas.


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