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miércoles, 28 de junio de 2023

YOLANDA SUMA

Hoy se nos adelantó “La Tutuvía”. Cuando llegamos al bar del Hogar del pensionista, ya había terminado de leer el periódico local (la hoja dominical, le llama ella) y estaba enredada con el sudoku.

—¿No has llevado los chiquillos al cole?

—Anoche les tocaba dormir en casa del padre y me imagino que los habrá llevado él, aunque ese tipo…

María y su ex yerno no se llevan demasiado bien, así es que Fernández, el diplomático, imprime otro rumbo a la conversación.

—¿Y qué hay de nuevo en la política?

—Eso éste, que seguro estuvo ayer en lo de Yolanda —dice María señalando al Cacaseno.

—Pues sí señor, estuve en el Templete del Cuartel de Artillería y tengo que decir que no cabía un alfiler.

—Menos lobos, Caperucita —salta Juan de la Cirila— allí caben cuatro gatos.

—Pues que sepas que habían más de ciento cincuenta personas y fue un acto precioso y emotivo. Toda la izquierda de Murcia y pedanías a una. Unidos por primera vez en la historia. Algo insólito que vimos hecho realidad.

—En el PP eso no es ninguna novedad, llevamos unidos desde hace mucho.

—Pues ahora os ha salido el ala derecha respondona y os ha sacado de los raíles. Tú que presumías de pertenecer a un partido de centro derecha europeo, ahora resulta que a tu jefe lo llevan del morro los del águila imperial que nos quieren volver a los tiempos del fascio de Mussolini.

—Y menudo retroceso para las mujeres y las libertades de los colectivos con los que ellos no comulgan —tercia María.

—Ojo, no me confundáis con Vox, yo estoy muy lejos de sus postulados, en eso coincido con vosotros.

—Entonces, no me negarás que lo que está haciendo tu jefe de filas va contra la esencia del PP que tú siempre has defendido.

—Yo estaba con María Guardiola, la extremeña.

—¿La que decía “No puedo dejar entrar en mi gobierno a los que niegan la violencia machista y si hay que ir a elecciones, ¿se va” y ahora se la ha envainado con la mayor naturalidad y donde dijo digo dice Diego? Pues vaya una gente de palabra.

—Hombre en política, ya se sabe…

—No, tío Juan, en política, como en cualquier otro asunto hay cuestiones que se llaman dignidad y principios que en este momento están en serio peligro de desaparecer, gracias a los que sustentan a “ese partido del que usted me habla”, carca y retrogrado hasta decir basta. Si no fuera porque es un disparate, te diría que el único efecto positivo que ha tenido su aparición es que, gracias a una señora con un par, ha logrado que toda la izquierda se una. Ella sabrá lo que le ha costado, porque…

—Vamos a dejar eso, Cacaseno, lo pasado pasado está, ahora mirar hacia el futuro, a ver si aprendemos de una vez que ir cada uno por su cuenta no sirve más que para atomizar el voto y que por la puñetera ley del Dont ese, la mitad de los votos se vayan por el sumidero.

—Tienes razón, María, vamos a dejarnos de leches de pava y a arropar a Yolanda, que es lo mejor que nos ha pasado en los últimos tiempos.

Juan de la Cirila se levanta con la poca rapidez que le permiten las maltrechas articulaciones, requiere el bastón y se dirige a la salida cariacontecido. Ya en la puerta se gira:

—Lo que es menester es que de estas próximas elecciones salga lo mejor para todos.

—Sí, tío Juan, un gobierno progresista que sea capaz de igualar, y en su caso mejorar, al que hemos tenido en estos últimos años.

 

                                      Antonio Campillo, futuro senador por Murcia
 

 

miércoles, 7 de junio de 2023

De visita a la ciudad

 

Llevo tiempo sin ir a la ciudad. No es sitio de mi gusto. La gente vive en palomares, unos encima de otros. El terreno es caro y se hacen las viviendas hacia arriba en vez de en horizontal. Son escasos los arboles frondosos, las plazas se han convertido en espacios hueros de verdor que se han sustituido por terrazas donde los ciudadanos acuden a disfrutar de un refrigerio y del escaso aire limpio que queda. Los pocos animales que se ven son “mascotas” atrailladas y con frecuencia provistas de atuendos ridículos. A los animales les está vedado vagar libremente. Las gentes caminan presurosas, como si fuera el día del fin del mundo.

Decido, a pesar de todo, ir a la ciudad. Tengo una buena excusa: la presentación del libro de un amigo en el que se sacude el polvo de los zapatos. Se compone de una serie de artículos publicados en un diario de la localidad a lo largo de tres años y lo presenta el director de ese periódico que no se deja arrinconar por la reciente jubilación. Procuro no llegar tarde a ningún sitio, me tomo el tiempo necesario para acudir al “evento” y decido viajar en tranvía, atemorizado por las dificultades de aparcamiento. La tarde es templada y agradable, ha llovido —de forma siempre insuficiente—, eso basta para que los arboles reverdezcan y la gente se lance a la calle que hierve de bullicio. El paseo desde el tranvía al centro es una marea cantarina de transeúnte que discurren —hoy sí— de forma mesurada, quizás esta sea la mejor obra de la alcaldía anterior que sigue el criterio de las más modernas ciudades europeas: peatonalizar el centro de la villa alejando los coches. Lástima que las calles de Trapería y Platería no estén en su mejor momento. El comercio tradicional ha sido fagocitado por las grandes superficies y las tiendas de antaño se han visto en la necesidad de fraccionarse en pequeños cubículos que sobreviven difícilmente a base de productos novedosos de vida efímera. El paisaje cambia con frecuencia y me entretengo a cada nueva visita explorando las novedades de un comercio en permanente cambio.

Me detengo en Drexco y pido un asiático. Es bebida típica de Cartagena, más concretamente del Albujon, donde nació el invento, en el Bar Pedrín, en los tiempos en que la carretera discurría junto a su puerta y el local era parada obligatoria para cualquiera que hiciera el camino en una u otra dirección. El asiático del Drexco está bueno, aunque no lo sirvan como el genuino, con sus tres o cuatro capas de componentes claramente diferenciados. Nada es como antes, tampoco el Drexco estuvo siempre ahí. Lo recuerdo en su lugar originario, más arriba, en dirección a la Catedral, con sus camareros de blancos mandiles y los dos orondos hermanos de ojo atento controlando a la clientela.

La tarde y el buen sabor del asiático invitan al paseo relajado y aprovecho la tempranera para dar un paseo por la Platería hasta la Plaza de las Flores y de allí, pasando por la Calle del Pilar, hasta la vecindad de la iglesia de san Antolín, donde según noticias fidedignas fui bautizado en los años posteriores a la guerra una vez reconstruida la iglesia que había sido reducida a un montón de cascotes. La calle del Pilar siempre me pareció un espacio mágico, con una vida y un paisanaje bien diferente del de las Cuatro Esquinas que fue el asiento de mi niñez. La pajarería, que aún existe, era un toque exótico y variopinto en una Murcia provinciana y monótona. Aquellos paseos me parecían prodigiosas aventuras.

Dudo si escoger para el refrigerio el Guinea o Luis de la Viuda, un poco más lejos. Escojo este último reservando el Guinea para ágapes de mayor consistencia. No me atrevo con el vermut por traicionero y opto por el vino negro y áspero de la tierra ayudado con una anchoa a caballo sobre cebolla en vinagre, la pareja me trae a la memoria lejanas barrabasadas de estudiante. Paréceme que he vuelto a aquellos tiempos y con el corazón más alegre deshago lo andado para sumergirme en el mundo de las letras, se va acercando la hora.

La presentación es en un elegante espacio vecino a la catedral. La sala es espaciosa, quizás demasiado para el público que los eventos literarios atraen. Dicen los que saben que mejor una sala pequeña que se llene a rebosar. Sea como fuere, el acto es brillante. El periodista que la dirige tiene tablas y las emplea con habilidad, la presentación es larga, prolija pero no hasta el punto de hacerse cargante. Montiel tiene un discurso desenfadado y ameno. Domina la situación con soltura. El autor solo tiene de adusto el gesto, es hombre afable, educado y a juzgar por su obra, de una fecundidad floreciente. Lo descubrí en el Imperio de Yegorov y me hice con casi todo el resto de sus obras. Aunque lamento no ser adicto a la prensa diaria, celebro la circunstancia de que los artículos publicados en el periódico vean la luz ahora en forma de libro.

En el tranvía que me devuelve al retiro campesino, aprovecho para echarle un vistazo a la obra, editada por Menoscuarto de Palencia, y a la dedicatoria del autor que tanto agradezco.

Se trata de un diario que abarca el periodo 2018-2020 que comienza, curiosamente, con una referencia a Marrakech, la ciudad de un país —con Mauritania y Senegal—por los que he viajado a lo largo de muchos años. Las casualidades forman parte de las circunstancias más agradables de la vida. Más adelante, el autor relata peripecias diarias de su trabajo de funcionario con otras referidas a viajes por diversos lugares de este país y de otros, sus encuentros literarios con personajes de relevancia, habla con soltura de música, de gastronomía sencilla y popular, de cine y de un sinfín de temas que hacen del libro una lectura amena, divertida e instructiva, además de un referente de personajes murcianos que ha dejado fijados para siempre.

Se escuda Moyano en la necesidad de cumplir un compromiso periodístico para encadenarse a escribir. Sospecho que no se ajusta por completo a la verdad: de sus líneas se desprende una fluidez literaria tan natural que parece constituir su manera de ser.

Moyano en estado puro.

Ha sido una tarde provechosa.

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