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martes, 6 de enero de 2015

OPINION Y REALIDAD

Vivimos tiempos turbulentos que nos mantienen en perpetuo desasosiego ante la avalancha de desinformación que ha invadido nuestros días. Desde tiempos inmemoriales, la información estuvo al alcance de unos pocos que la utilizaron para manejar a su antojo a los muchos, pero en estos tiempos asistimos a un fenómeno que nunca antes se había dado en la historia: la gran mayoría tiene acceso a toda la información disponible (otra cosa es que la utilice de forma razonable y útil). Se acabaron el oscurantismo y los adoctrinamientos para siempre: los medios de comunicación e internet han llegado al alcance de todos. La red se ha convertido en la nueva definición de lo infinito: imposible imaginar hasta donde pueda llegar.
Y sin embargo, un exceso de información corre el peligro de transformarse, con frecuencia, en desinformación. Una cosa es tener opinión y otra, muy diferente, atreverse a opinar de todo, fenómeno al que asistimos cada vez con menos perplejidad, en los grandes medios de comunicación: personajillos que no tienen más autoridad que su osada desenvoltura ante las cámaras, se atreven con cualquier tema al que los superficiales presentadores/as, siempre a la búsqueda del share (índice de audiencia, dicho en lenguaje normal) y de la carnaza fácil. Y lo grave es que sus opiniones, a menudo infundadas y siempre carentes de interés, entran a saco en los patios vecinales de gentes aún más desinformados que ellos causando estragos en pareceres y conciencias. La realidad, a cuyo conocimiento es imposible acceder sin un mínimo de rigurosa investigación, ha quedado por completo devaluada. Antes que hacer el esfuerzo de contrastar la información, se prefiere acepar la opinión de cualquiera de esos elementos que, hablando a gritos, haciendo gala de una vergonzosa mala educación y con la rotundidad del ignorante, sientan cátedra con una frecuencia y desenvoltura temibles. Muchos de ellos se han hecho “famosos” a base de no decir más que tonterías, y los encontramos hasta en la sopa en cuanto se le da un poco de aire al mando de la tele.
Ya desde siempre, la teología nos enseña que opiniones expresadas con la suficiente rotundidad y defendidas con énfasis plúmbeo, acaban implantándose como verdades incontrovertibles, capaces de llenar sesudos tratados en los que se repite siempre lo mismo expresado de mil variadas formas. Es cuestión de tiempo y de machaque (Nietzsche dejó dicho que en teología no hay hechos, solo opiniones); al final la opinión acaba por instalarse como hecho consumado. Y así nos luce el pelo. Como experimento corroborador de lo antedicho, propongo el siguiente: Tómese al memo de turno, hágasele manifestar su opinión sobre cualquier asunto, ya sea banal o trascendente: lo hará con la gravedad y el énfasis del que posee la mayor autoridad; repítase la formula varias veces para que se asiente de forma perdurable en las dóciles molleras de los indocumentados y nos encontraremos a la opinión transformada en realidad incontrovertible. No se asombre el bienintencionado lector que sospeche exageración en mis palabras, el fenómeno es tan real que ya se encuentran trazas en el Quijote, cuando el posadero considera desproporcionado y fuera de lugar el relato de las hazañas de Gonzalo Fernández de Córdoba, llamado el Gran Capitán y sin embargo toma por verdaderas y fidedignas las inventadas historias de Amadís de Gaula, de todos conocido como lo que hoy llamaríamos “relato de ficción”, sin más visos de realidad que la imaginación desbordante de su autor.
Dice una antigua conseja que es de sabios separar cuidadosamente el grano de la paja para no confundirlos, y otra que hay que llevar ojo, no vaya a ser que nos den gato por liebre, animal aquel, que también se puede comer (de hecho, ¡en cuantas ocasiones de hambruna no se habrá comido!), aunque no sepa lo mismo que un tierno gazapillo.
Conviene permanecer alerta y huir de esos que se manifiestan con la rotundidad del estólido y la seriedad del caballo antes de que “emborien” con su osada estupidez nuestros frágiles cerebros, víctimas inocentes de tanta tontería como se desparrama en muchos programas de lo que debería ser un medio cultural e informativo.




2 comentarios:

  1. Tan certero como siempre, Mariano. Podemos convenir que los conocimientos previos son imprescindibles para poder razonar sobre opiniones que se comvierten en hechos. ¡Ay! pero estos conocimientos deben cimentarse con el pensamiento, la enseñanza, la cultura... ¡Qué palabras! ¡Qué desgracia no saber, o no querer saber, que de todo hay, su significado! Querido Mariano, es posible que sigamos, por mucho tiempo, hablando de este fundamental problema que describes porque mentes muy sabias nos dicen: ¡Pero, si usted puede elegir! Un sofisma que conduce a la sociedad a un pozo sin fondo.

    Un abrazo, Mariano.

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