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martes, 14 de febrero de 2012

LIBROS ARDIENTES

El cierre de algunas bibliotecas públicas como consecuencia de los recortes económicos que tantas actividades han rebanado (menos los sueldos y proyectos faraónicos de los políticos), ha propiciado manifestaciones de protesta tan pintorescas como la simbólica quema de libros frente a la Biblioteca Regional de Murcia que ha indignado al profesor Belmonte Serrano (“Los libros arden mal” La verdad, 02.02.2012). En efecto, no parece que esa forma de protesta ayude a la supervivencia del libro y su difusión; más efectiva fuera una protesta “a la japonesa” en la que se repartieran libros a cascoporro o se propiciaran concursos de lectura maratonianos, pongo por caso.
Los libros, fuente de saber e ilustración pero de materialidad vulnerable y perecedera, se vieron atacados por el fuego desde el principio de los tiempos. Las bibliotecas han sido proclives a las llamas desde la de Alejandría hasta el monasterio italiano del Nombre de la Rosa. Hoguera más modesta hicieron el ama y la sobrina con los libros de caballerías “de los que hallaron más de cien cuerpos de libros grandes” y que solo salvaron unos cuantos a instancias del cura y el barbero conjurados (Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, La Diana, Los diez libros de Fortuna del amor, El Pastor de Iberia, etc.). En el otro lado del mar, también se dieron a las llamas como alimento algunos de ellos: El 29 de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, ordenó una quema colectiva de libros, entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry, Galeano... Dijo que lo hacía "a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas... para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos". Y agregó: "De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina". (Diario La Opinión, Buenos aires, 30 de abril de 1976).
En todas partes cuecen habas, como se ve. A veces con fuego libresco.
Años antes, Ray Bradbury había escrito una novela sobre el asunto que François Trufaut llevó al cine con el mismo título, Fahrenheit 451, en 1966: imagina que en un futuro (afortunadamente ya sobrepasado sin problemas), los bomberos se dedican a quemar libros para preservar a las gentes del agobio a que pueden conducirlos mostrándoles la realidad que les envuelve, conclusión a la que, por otras vías, había llegado Pepe Carvalho  de la mano de su autor Manuel Vázquez Montalbán, encendiendo la chimenea de su casa de Vallvidrera con selectas ediciones escogidas minuciosamente según la ocasión.
A cualquier amante de los libros estas historias le producen cierta grima, pero estamos inmersos de lleno en una época de libros virtuales y es muy probable que dentro de pocas generaciones las bibliotecas se hayan replegado con exclusividad a lugares públicos, donde los volúmenes intocados acaben cubriéndose de polvo ilustrado. No parece que la juventud opte ahora por el coleccionismo libresco y el amor a las estanterías, cuando tienen una infinita biblioteca a su alcance en internet. Puede que la hermosa liturgia del libro impreso, su tacto amoroso, el olor a tinta, sabiduría y polvo añejo, y el agradable peso que deforma el bolsillo de la chaqueta, estén viviendo los últimos momentos en las manos de unos pocos nostálgicos trasnochados, pero creo que tiene razón Don José Belmonte cuando cita a su admirado Pérez Reverte:
“Cuando un libro arde mueren todas las vidas que lo hicieron posible, todas las vidas en él contenidas y todas las vidas a las que ese libro hubiera podido dar, en el futuro, calor y conocimientos, inteligencia, goce y esperanza”.


8 comentarios:

  1. En verdad histórico y repetitivo es el "quemar los libros" creyendo apagar las "ideas que queman". En la hoguera, o reservado en los monasterios como muestra el texto de Ecco El nombre de la Rosa, el pensamiento queda destinado a unos pocos. Pero como el trovador de la edad media, este y otros espacios circulan agitando vientos de libertad.

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  2. ¡Me ha encantado tu artículo Mariano!

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  3. Es una pena, pero seguramente esa gente habrá dado mil vueltas a su forma de presionar y en su ira no encontraron la más idónea. Igualmente está pasando con todos los recortes. Estoy seguro que las medidas de presión que utilicen podrán no ser las mejores, pero será siempre por ser decididas mediadas por la indignación y la impotencia.
    Tienes razón, pero me da pena todo lo que está pasando.
    Saludos.
    Joker

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  4. Soy una de esas a las que le da grima escuchar que arden libros, ¡vade retro! Cruzo los dedos, suspiro y oro a los dioses de la letra impresa que jamás las llamas se ceben en mis tesoros.
    La quema de libros no es la mejor forma de protestar, que siempre ha estado asociada a posturas inquisitoriales. Entiendo que se proteste por los recortes en las bibliotecas, pero no de esa forma que viene a demostrar el escaso aprecio a los libros.
    (¿Me creerás si te digo que tengo una estampica de San Francisco bendecida entre mis libros. Señala que es muy buena para evitar maremotos, inundaciones, terremotos, incendios y calamidades de esa calaña. Con eso te lo digo todo, y mira que no soy santera ni iconoclasta, pero por si acaso...).
    Abrazos, Mariano.

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  5. El problema de los libros y las bibliotecas es que , para la burguesía, han dejado de ser un elemento de pr4estigio. Observa que en las pelis yanquis y las teleseries ya no aparece la consabida biblioteca; y eso lo ve el niño desde pequeño. ¿Cómo vencer eso? No se me ocurre, pero es lo que hay en este momento. Por eso las bibliotecas de ser un elemento de dignificación social ha comenzado tomarse como algo residual y donde llevan los maestros a entretenerlos.

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  6. Soy bibliotecaria. Bueno, en realidad soy parada, pero estudié para ser bibliotecaria...me gusta mucho el texto, la referncia a Carvalho, que creo que he leído todas las novelas y esa resignación a que el libro en papel vaya dejando su lugar a la tecnología. Probablemente nunca sea lo mismo, pero no tiene porque ser peor, pero que los libros ardan... Eso es una tragedia.

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  7. Magnífica entrada. No deben desaparecenr los libros, pero a los poderosos no les convienen los pueblos cultos. Mis abrazos.

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  8. Genial lo de la protesta a la japonesa. Me apunto.
    Con lo que no estoy de acuerdo es con el cartelito final. Para esos menesteres en lo que menos me fijo es en sus lecturas. Lo siento.

    Un abrazo, maestro.

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