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martes, 22 de marzo de 2016

UN PERRO RABIOSO

Caminaba por el sendero que atraviesa el bosque silencioso y nevado, cuando me encontré con aquel perro, grande como un ternero. Jadeaba con estertores roncos, el pelaje entrapizado y sudoroso, las fauces llenas de espuma, la mirada agónica, sanguinolenta.
Al verme se agazapó, prevenido para el salto, con el rabo abatido y las orejas gachas. Me detuve indeciso y atemorizado; dirigí instintivamente hacia él la vara en que me apoyaba, imaginé su salto y me vi metiéndole la contera metálica del báculo por la boca, ensartándolo como una becada lista para las brasas. Pero eso era solo una fantasía. La realidad es que me temblaban las piernas y mis dientes no se daban tregua. Si superaba el ataque, el menor roce de aquellos colmillos que me parecían dagas florentinas sería suficiente para contagiarme la rabia. Y de rabia se muere uno sin remedio. Pensé llegado mi último momento en aquel lugar perdido, de una forma ignorada y estúpida.
En las situaciones de peligro –todos lo habréis comprobado- se piensa rápidamente. Miles de imágenes se entrecruzan en esos momentos de tensión y es difícil escoger una entre todas ellas. Recordé que alguien me había dicho: ‘No acorrales nunca a un perro rabioso, déjale una salida o serás su próxima víctima’. Ese recuerdo fue, probablemente, lo que me salvó. Sin dejar de interponer entre nosotros el extremo metálico del bastón, retrocedí despacio hasta que el sendero dejó espacio para que me apartara. El perro avanzó, todavía con las orejas gachas, roncando amenazas y arrastrando la panza, hasta que me sobrepasó. Siguió por el sendero mientras yo tomaba asiento, desfallecido, en un risco y me secaba el sudor que se había quedado frío.
A los pocos días, siguiendo el vuelo de una bandada de cuervos, di con lo que quedaba de su cadáver.
*
No conviene acorralar a un perro rabioso. Más pronto que tarde, morirá por lo suyo.



12 comentarios:

  1. Una realidad que descubre una alegoría inmensa, patética y peligrosa. Sí, Mariano, es cierto, cuando un perro ataca o se prepara para ello, la solución es ignorarle, dejar camino por medio y no perder su cara jamás, como a los toros. Sin embargo existen perros rabioso que a pesar de poseer caminos por los que transmitir su rabia, cuando no lo consiguen, se convierten en peligrosas fieras que creen estar enjauladas en su propio mal. Les da igual que se les amenace o que se les acaricie, siguen, implacables, un camino que lleva a su propia destrucción y la de quienes, sin perderles la cara, creen que es un animal noble.
    Un gran abrazo, maestro Mariano.

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  2. Asin es, maestro Antonio. Atención a los perros rabiosos!

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  3. ¿En quién estabas pensando, Mariano?

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. La respuesta de D. Mariano, Maestro en todas las Gramáticas, es sabia, muy sabia. La mía no, no lo soy.
      Podría ser esta: ¿Qué interés se te sigue, Unknown, personaje enterrado junto a la tumba de Carson, como se explica en "El bueno, el feo y el malo"? ¿No ve usted, Unknown, que es una inmensa falta de cortesía y educación ser indiscreto? ¿No se lo enseñaron en la escuela de párvulos? Pues vaya aprendiéndolo allí donde se ha "formado" y con quienes han sido sus "directores de consignas".
      Disculpa, Mariano, ha sido un pronto.

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  4. A veces yo también me siento perro, pero apaleado.

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  5. Gracias Mariano. Siempre es una delicia leerte.

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  6. Gracias Mariano. Siempre es una delicia leerte.

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  7. A veces yo también me siento perro, pero apaleado.

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  8. Gracias a ti, Lola, por aparecer por aqui.

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