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martes, 9 de febrero de 2016

FALTAS Y REPARACIONES

En la cultura judeo-cristiana, la comisión de una falta lleva aparejada, para su condonación, la necesaria reparación en la forma que la justicia o la sociedad civil tengan establecida. En términos religiosos, eso se llama penitencia, cumplida la cual, el reo –voluntario o accidental- queda libre de toda mancha. En términos sociales, pasa lo mismo. El infractor, cumple la pena que el organismo correspondiente le haya infringido y queda completamente limpio, exactamente igual que antes de cometer el desafuero.
Pero toda regla tiene su excepción y los poderosos tienen la especial habilidad de librarse de las normas que son aplicables, con rigurosa exactitud, al resto de los mortales. Si un rey se equivoca, metiendo la pata hasta el corvejón –que para eso es humano como todo el mundo- le bastará con un “Me he equivocado, no volverá a ocurrir” para quedar exento de toda mácula. Si un presidente del gobierno, pongamos por caso, es engañado por alguno de sus secuaces de primer nivel y continua mandándole mensajitos infantiles, ignorante de que hoy día se pueden rastrear hasta los momentos más íntimos de cualquier persona, le bastará con la misma fórmula que al monarca anterior. Y aquí no ha pasado nada.
Don Vito Corleone, que también ejercía el poder a su manera, ya nos recomendaba hace muchos años no hablar por teléfono y menos dejar rastros como esos. Según su opinión, el que eso hacía no era bueno ni malo, era, sencillamente, tonto. Conviene leer, porque se aprende mucho.
Me traen a la memoria estos casos de errores nunca subsanados, a los que los miembros de esta sociedad nos acostumbramos de forma vergonzosa, la reparación que Enrique II Plantagenet, bien motu proprio, bien obligado por las circunstancias, proporcionó a su país tras haber inducido el asesinato de su canciller Tomás Becket: con el torso desnudo, en el atrio de la catedral de Canterbury, ofreció su espalda al verdugo para que le diera la tanda de azotes correspondientes a la expiación de su grave falta. El pueblo asistió a la flagelación y luego vitoreó a su rey.

Para eso, quizás había que ser un rey de verdad, o ser inglés, vaya Ud. a saber. Jean Anouilh lo cuenta así, y la película “Beckett o el honor de Dios”, lo plasma en magnificas imágenes que desde aquí recomiendo.

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