
No
hace tantos años que los maricones corrientes ascendieron al estatus de gay (palabro que,
curiosamente, teniendo el mismo significado, no se considera peyorativo);
denominación que nos llegó de otras tierras más avanzadas en la gestión de las
libertades sociales. Durante toda mi etapa de formación, y hasta bastantes años
más tarde, toda la información que recibí sobre la homosexualidad, que me
llegaba de una forma vergonzante, a menudo soto
voce, y siempre con ribetes de menosprecio y rechazo, era que se trataba de
una especie de enfermedad o malformación que afectaba a unos seres extraños,
perversos y desde luego absolutamente rechazables por la población “normal”. A
menudo esa “malformación” se intentaba curar a palos, muchas veces en las propias
familias donde aparecía, con frecuencia por padres que eran “muy machos”. Mujereta, era un insulto de menor cuantía
con el que se designaba entre los grupos juveniles a los que mostraban una
especial sensibilidad feminoide o se manifestaban demasiado “tiernos” en los
bruscos juegos que entre los chicos se potenciaban. Es muy probable que la
iglesia católica, de tan importante como perniciosa influencia en nuestra
formación adolescente, tuviera mucho que ver con ello, ya que “el pecado
nefando” se nos definía como una suma perversión que, por el hermético significado
de que lo rodeaban, fascinaba al personal juvenil haciéndolo terrible por su oculta
e irreductible maldad que conducía de forma inmisericorde a las temibles llamas
sempiternas.
Lo
de las mujeres resultaba un poco más lejano, al menos para los chicos, que
vivíamos por completo ajenos al sexo opuesto, solamente imaginado. Sabíamos que
había “bolleras” y “marimachos” a las que se referían los ortodoxos dispensadores
de formación con el mismo desprecio y afán de marginación que en el caso de los
hombres.
Por
fortuna, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo
resista) y los tiempos nuevos nos proporcionaron una óptica más equilibrada y
real sobre este y otros muchos asuntos, tantos años sometidos a las ideas
retrogradas de instituciones ancladas en un pasado incapaz de evolucionar, víctima
de su propia idiosincrasia. En el camino, y esa es la desgracia irrecuperable,
quedaron innumerables historias de represión e incluso cárcel, sexo de
marginación y desdicha, depresiones y sufrimiento para los que no tenían más
desgracia que la de manifestar y practicar una opción sexual diferente, pero
tan licita como la del resto de ciudadanos.
Dicen
los entendidos que los movimientos históricos tienen cierta tendencia a
manifestarse de forma pendular; ahora hemos pasado al otro extremo: es preciso
hacer manifestación ostensible de la existencia de colectivos homosexuales, una
muestra de lo cual es la celebración del día del orgullo gay. Y para mí, que
comparto con ese y con el resto de colectivos el carácter de ciudadano con
iguales derechos y obligaciones, me resulta síntoma de que algo no se ha
digerido todavía por completo en nuestra sociedad; porque si se considerara la
opción sexual una cuestión de carácter tan intimo, respetable y perteneciente
al ámbito personal como la adscripción a un credo religioso, una opción política,
un club de futbol o una afición fetichista, no veo la necesidad de
reivindicación alguna. Se reivindica lo que es difícil de alcanzar porque lo
niega una parte de la sociedad a la otra, y la opción sexual me parece que a
estas alturas debería estar por completo ajena a ese debate, de la misma manera
que no se concibe la implantación del día del heterosexual, del comedor de
herbívoros o del practicante de pádel.
Me
parece que la opción sexual, como otras, pertenece al ámbito discreto de la
intimidad personal y no es preciso, ni hacer ostentación manifiesta de ella, ni
reprimirla por ningún imperativo social, siempre que se manifieste en las
normales condiciones que la Constitución ampara para todos, “…iguales ante la
ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento,
raza, sexo, religión, opinión, o cualquier otra condición o circunstancia
personal o social”, como reza el art. 14 de la Constitución en vigor.